Una conversación de domingo en la Ciclovía de Bogotá, que vive en el corazón de quién escribe
Son las ocho de la mañana de un domingo cualquiera. Bogotá todavía bosteza mientras miles de bicicletas comienzan a ocupar las avenidas que durante unas horas dejan de pertenecer a los automóviles para convertirse en territorio de familias, deportistas, niños y adultos mayores. Entre ese río de ruedas avanzan Santiago, de once años, y su padre Andrés, de treinta y siete. No compiten. No buscan romper récords. Simplemente ruedan juntos por la ciclovía de la carrera séptima.
—Papá… ¿vamos hasta el Parque Nacional o seguimos derecho?
—Primero hasta el Parque. Después miramos si todavía nos quedan piernas para llegar más lejos.
—A mí sí me quedan.
—Ya veremos cuando aparezca la primera subida.
Los dos ríen. Pedalean unos metros en silencio. A esa hora el aire todavía conserva un poco del frío bogotano y el aroma del café recién hecho sale de las panaderías abiertas.
—Papá… ¿te acuerdas cuando yo me caía cada rato?
—Claro que me acuerdo.
—Yo pensaba que nunca iba a aprender.
—Y yo sabía que sí.
—¿Cómo?
—Porque nunca dejabas de levantarte.
El niño sonríe. Sigue pedaleando con esa mezcla de concentración y felicidad que sólo conocen quienes descubren la libertad sobre dos ruedas. La bicicleta fue primero un regalo de cumpleaños. Después una excusa para salir los domingos. Hoy es un lenguaje compartido.
—¿Sabes qué es lo que más me gusta?
—¿Qué?
—Que aquí hablamos mucho más que en la casa.
El padre sonríe sin responder de inmediato.
Quizás el niño tenga razón. En casa siempre hay tareas, pantallas, teléfonos que suenan, platos que recoger o cosas por hacer. Sobre la bicicleta, en cambio, sólo existe el camino.
—Es verdad. Aquí el tiempo alcanza.
—Y tú casi nunca miras el celular.
—Porque cuando salgo contigo no hace falta mirar otra cosa.
Un ciclista mayor los rebasa.
—Buenos días.
—Buenos días —responden ambos casi al mismo tiempo.
—¿Ves? —dice el padre—. Esa también es la bicicleta.
—¿Saludar?
—Claro. Aprender que uno no está solo en el mundo.
Siguen rodando.
Un niño más pequeño intenta aprender a montar sin ruedas auxiliares mientras su madre corre detrás sosteniéndolo del sillín.
Santiago observa la escena.
—Así hacías conmigo.
—Y terminé más cansado yo que tú.
—¿Te daba miedo que me cayera?
—Muchísimo.
—Pero me dejabas intentar.
—Porque si no te soltaba nunca, tampoco ibas a aprender.
El silencio vuelve por unos segundos.
Hay conversaciones que sólo necesitan el sonido de las ruedas sobre el pavimento para seguir creciendo.
—Papá… ¿por qué dices que la bicicleta enseña tantas cosas?
—Porque aquí uno aprende sin darse cuenta.
—¿Como qué?
—A esperar, a compartir el espacio, respetar las señales, darle paso al que va más despacio. ayudar si alguien tiene un problema mecánico, a no botar basura, cuidar el cuerpo. A entender que no siempre se llega primero y que eso no importa tanto.
El niño escucha atento.
—También enseña a comer mejor.
—¿Ah, sí?
—Claro. Si como muchas papas fritas me canso más rápido.
El padre suelta una carcajada.
—Esa lección yo tardé varios años en aprenderla.
La bicicleta también ha cambiado la mesa de la casa, ahora hay más frutas, más agua, menos gaseosa y más conversaciones sobre descanso que sobre videojuegos.
No ha sido una obligación, ha sido una consecuencia, porque cuando el cuerpo descubre el placer de moverse, empieza también a pedir que lo cuiden mejor.
Llegan a un semáforo, esperan la luz. Nadie intenta pasar antes.
—Papá…
—Dime.
—Gracias por traerme todos los domingos.
El hombre baja la mirada por un instante. Hay frases pequeñas capaces de llenar toda una mañana.
—No tienes que darme las gracias.
—Sí tengo. Algunos de mis amigos casi nunca salen con sus papás.
Andrés tarda unos segundos en responder. Entonces el agradecido soy yo.
—¿Por qué?
—Porque cuando seas grande probablemente ya no quieras venir todos los domingos conmigo.
—¿Quién dijo?
—Así pasa.
—Pues yo creo que sí voy a seguir viniendo.
Los dos ríen otra vez.
Quizá ninguno pueda prometer lo que ocurrirá dentro de diez o quince años. Pero ese domingo todavía les pertenece.
Mientras avanzan por la carrera Séptima, entre ciclistas, corredores, patinadores, vendedores de jugo de naranja y familias enteras caminando, la ciudad parece distinta. Más humana, más cercana, más lenta.
Antes de regresar a casa hacen una última parada para tomar agua.
—Papá…
—¿Sí?
—Cuando yo sea grande y tenga un hijo… también quiero traerlo a la ciclovía.
El padre no responde enseguida. Simplemente pone una mano sobre el casco del niño y sonríe.
No hace falta decir mucho más. Porque comprende que el mejor recorrido de esa mañana no fue el de los kilómetros marcados en el ciclocomputador.
Fue otro. El que comenzó hace años cuando un niño aprendió a mantener el equilibrio y un padre descubrió que educar también podía hacerse sobre dos ruedas.
Cada domingo, mientras Bogotá abre sus calles a la bicicleta, miles de historias como esta avanzan silenciosamente entre avenidas y parques. No aparecen en las estadísticas ni ocupan titulares. Sin embargo, allí se construye una parte esencial de la ciudad: la de los padres que enseñan con el ejemplo, los hijos que aprenden a confiar, las familias que conversan mientras pedalean y una ciudadanía que entiende que convivir también puede aprenderse sobre una bicicleta.
Quizá ese sea el verdadero valor de la Ciclovía. No sólo promueve la actividad física. También fabrica recuerdos, fortalece vínculos y demuestra que, cuando una familia rueda unida, el destino nunca es únicamente el final del recorrido, sino el camino compartido.







