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A pedal y coraje: La subida al árbol solitario

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Lo que queda de un bosque alto andino, ante el crecimiento de la ciudad de Bogotá y sus municipios cercanos.

Autor y protagonista de la historia: Andrés Felipe Berrocal Pava.

El aire helado que se siente en el Occidente de la Sabana corta en la cara con solo salir de la casa. En horas de la mañana, el frío empaña las gafas oscuras y congela unas manos sin guantes que sostienen con fuerza un manubrio que no dispone de frenos, mientras una neblina espesa se parte en dos para mostrar un camino hacia el alto de Mondoñedo, el más cercano que tiene el municipio de Mosquera.

Los primeros pedalazos son un intento de calentar el cuerpo frente al desafío que representa el inicio del ascenso. En el primer kilómetro de la subida, es evidente ver cómo la carretera se convierte en un territorio hostil donde la bicicleta es el eslabón más débil entre los gigantescos motores que transitan habitualmente. Camiones repletos de piedra, extraída de las canteras cercanas, pasan rozando a centímetros de distancia, levantando ráfagas de aire y arena que hacen temblar la bicicleta, mientras entorpecen la visión.

Poco a poco, el paisaje se va haciendo más rural. Los colores verde y arena en el fondo de la montaña contrastan con un solitario árbol ubicado en la cima del alto, que representa un norte para todo ciclista que se embarca en este reto.

Mientras las motos y los carros serpentean a toda velocidad, grupos de ciclistas suben con la misma persistencia que las bandadas de aves, organizándose de forma compacta para reducir la resistencia al viento. Si bien muchas aves se mueven en grupos, existen otras que vuelan de manera solitaria.

Así como la evolución dota a las diferentes especies para facilitar tareas que antes se veían imposibles, muchos ciclistas adaptan sus vehículos para enfrentar el ascenso, donde regularmente se prioriza el poco peso, la aerodinámica y el uso de las velocidades que se alternan para coronar la cima. No obstante, así como en la naturaleza, la carencia de estas adaptaciones obliga a ciertas especies a compensar con otras capacidades para competir en igualdad de condiciones.

El verdadero desafío se da cuando el sofoco no viene del esfuerzo físico, sino del pulso que se acelera al ver el último tramo de la cima. El tiempo permanece inmóvil y solo quedan los más persistentes, el ruido del corazón se agudiza y el ritmo se vuelve frenético mientras la competencia imaginaria define un ganador al cruzar una meta invisible.

Al coronar el alto, el cuerpo suelta toda la presión acumulada y las piernas descansan; el rival pasa a ser un compañero más con el que el cansancio importa menos que la satisfacción de llegar a salvo a disfrutar de la vista junto al mismo árbol que marcó el rumbo desde la base del trayecto.

Desde allí arriba, la Sabana parece detener el tiempo. La neblina se abre por instantes y deja ver los municipios, las carreteras y el incesante desfile de vehículos que, desde abajo, parecían dueños del camino. Es entonces cuando uno comprende que la verdadera conquista nunca fue vencer la pendiente ni llegar primero. Fue haber salido de casa antes del amanecer, desafiar el frío, compartir la carretera con respeto y descubrir que cada pedalazo tiene sentido.

Porque las montañas enseñan una lección que las ciudades suelen olvidar: nadie asciende completamente solo. Un saludo entre desconocidos, una voz que anima desde atrás, una botella de agua compartida o un simple “ya falta poco” pueden pesar mucho menos que una bicicleta, pero empujan mucho más que cualquier desarrollo mecánico.

Al final, el descenso será inevitable y el regreso también. Volverán el tráfico, los semáforos, el ruido y la rutina. Sin embargo, quien alguna vez coronó un alto entiende que la bicicleta nunca fue únicamente un medio para desplazarse. Es una escuela silenciosa de paciencia, humildad, voluntad y perseverancia. Enseña que el camino siempre recompensa a quien respeta su propio ritmo y que las metas más importantes no tienen una cinta de llegada.

Quizás por ello miles de personas vuelven una y otra vez a buscar esa montaña. No para demostrar que son más fuertes que los demás, sino para recordarse que todavía son capaces de vencer sus propios miedos. Porque, al fin y al cabo, la bicicleta no cambia la pendiente, ni el viento, ni el frío. Cambia a quien decide enfrentarlos. Y esa es, tal vez, la victoria más grande que puede ofrecer un par de ruedas.

La Protagonista de muchos kilómetros por la Sabana de Bogotá. Desafortunadamente se perdió para siempre después de sufrir un atraco, por fortuna no sufrí lesiones terribles, aunque si me patearon e insultaron. Quizás esté completa, o estará rodando sus piezas en otros marcos. Y si, de entrada el error de no haberla registrado en el Registro Bici- Bogotá. https://registrobicibogota.movilidadbogota.gov.co/#!/

Un momento para comenzar escribir y compartir con ustedes

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La bicicleta, una forma inteligente de vivir la ciudad

Esta parte del siglo tiene sus urgencias, crisis y ponteciales esperanzas para poder superar la historia que hemos venido arrastrando de siglos anteriores, el 19 y el 20, donde se van terminando los grandes imperios colonialistas, especialmente el Británico, que de alguna forma fue el combustible de las dos Guerras Mundiales, y después una Guerra Fría que pensabamos superada, pero que vuelve a sentirse con el tema Ruso y Ucrania y el tema terrible de Palestina e Irsael.

Toda esa locura transita por el poder económico de la industrialización, la energía para poder sostenerla y el comercio global, que si bien nos trae de todo como en botica, los problemas comerciales y las estrategías económicas nos llevan de nuevo, si es que hemos salido alguna vez, a tiempos de Guerra Fría.

¿Qué hacer ante esta realidad desde el poder individual que tiene cada ser humano para transformar su contexto? Bueno BICIURBA pretende ayudar a encontrar caminos posibles, tanto urbanos como rurales, para defender el planeta, la existencia y diseñar un buen vivir desde la sencillez, la tecnología y recuperar viejas formas de hacer las cosas, que en la realidad si funcionan y no desentonan con este siglo digital.

Sean bienvenidos y vamos a recorrer desde una bicicleta senderos que nos permitan un buen vivir.

El rey que quería ser el más poderoso del mundo

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El poder que amenaza puede impresionar, pero el poder que ayuda es el que finalmente transforma.

Había una vez, en un reino muy grande, un rey que estaba convencido de que el mundo entero debía escuchar su voz. Su castillo era enorme, sus salones estaban llenos de mapas y sobre las paredes colgaban espadas, escudos y antiguas coronas. Desde una torre muy alta, el rey podía mirar hacia las montañas, los ríos, los bosques y hasta los mares que rodeaban su reino.

—¡Somos los más poderosos! —decía con frecuencia—. Y nadie debe olvidar que podemos hacer lo que sea necesario para proteger lo que consideramos nuestro. Los consejeros asentían. Algunos lo hacían porque estaban de acuerdo y otros porque tenían miedo de que el rey se enfadara.

Una mañana, el rey extendió un enorme mapa sobre la mesa.

—Aquí hay tierras que están demasiado cerca de nosotros —dijo—. Y en ellas viven hombres peligrosos que se han apoderado de pueblos enteros. Hay que recuperar esos lugares.

Uno de sus consejeros, un hombre muy viejo, se atrevió a preguntar: Majestad, ¿y si antes de enviar soldados enviamos maestros, médicos y personas que ayuden a esos pueblos?

El rey lo miró sorprendido. —¿Ayudar? —preguntó—. Yo tengo ejércitos.

El anciano bajó la cabeza. A veces, Majestad, una mano extendida consigue más que una espada.

El rey no respondió.

Después miró otro mapa. Al otro lado del mar había una pequeña isla gobernada desde hacía muchos años por un régimen que él consideraba equivocado.

—Esa isla caerá —dijo—. Algún día cambiará.

Pero una niña que escuchaba escondida detrás de una cortina preguntó:

—¿Y si los habitantes de la isla quieren cambiar por sí mismos?

El rey volvió a quedarse callado.

Aquella misma tarde llegaron noticias de una gran guerra en tierras lejanas. Dos pueblos llevaban tanto tiempo enfrentados que ya nadie recordaba exactamente cómo había comenzado la pelea.

Miles de jóvenes habían partido hacia los campos de batalla y muchos no habían regresado. El rey observó las imágenes que llegaban desde aquellas tierras. Por primera vez en mucho tiempo, no habló de ejércitos ni de poder. —Ya no quiero ver esto —murmuró.

Entonces decidió enviar mensajeros a los dos bandos. Díganles que hablen —ordenó—. Que encuentren una manera de detener esta guerra.

Los mensajeros partieron.

Mientras tanto, en el reino comenzaba a aparecer algo nuevo. Era una máquina extraordinaria que podía aprender, conversar, calcular y resolver problemas en cuestión de segundos. Los sabios la llamaron la Gran Inteligencia. El rey quiso tenerla bajo su control.

—Nadie debe gobernar esa máquina desde fuera de nuestro reino —declaró—. Nosotros debemos decidir qué hacer con ella.

Pero una joven inventora le explicó: Majestad, una herramienta tan poderosa necesita responsabilidad. Si todos quieren dominarla, puede terminar sirviendo al miedo en lugar de servir a las personas.

El rey volvió a caminar hasta la ventana.

Abajo, en la plaza, vio algo que nunca había reparado en mirar.

Un niño avanzaba lentamente en una bicicleta, no llevaba soldados, ni armadura. No tenía mapas secretos ni máquinas extraordinarias.

Solo tenía dos ruedas, un manubrio y una pequeña campanilla.

El niño se detuvo para ayudar a una anciana a cruzar la calle. Después esperó a otro pequeño que había perdido una rueda de su bicicleta. Finalmente continuó su camino.

El rey bajó de la torre.

—¿Por qué haces eso? —preguntó.

—¿Hacer qué?

—Ayudar a todos.

El niño sonrió.

—Porque no cuesta mucho.

El rey miró aquella bicicleta sencilla. Comprendió entonces algo que ninguno de sus consejeros se había atrevido a decirle.

Había pasado tantos años pensando en cómo ser más fuerte que había olvidado algo mucho más importante: ser útil.

Una espada podía conquistar un territorio. Un ejército podía imponer obediencia. Una amenaza podía provocar miedo, pero ninguna de esas cosas conseguía que dos personas confiaran una en la otra.

Desde aquel día, el rey comenzó a recorrer su reino sin armadura. Escuchó a los campesinos, habló con los niños, visitó hospitales y permitió que los pueblos resolvieran sus propios problemas antes de enviar soldados.

Y cuando alguien le preguntaba cuál era la máquina más poderosa de su reino, señalaba aquella pequeña bicicleta que había visto en la plaza.

—No es una máquina poderosa —decía—. Es una máquina sencilla.

Y agregaba: Pero puede llevar a una persona hasta donde necesita llegar. Puede transportar una pequeña carga. Puede acompañar a un amigo. Puede enseñar paciencia. Puede acercar a una familia. Y cuando alguien cae, siempre hay otra persona que puede detenerse para ayudarlo.

Desde entonces, por los caminos del reino comenzaron a verse cada vez más bicicletas, grandes y pequeñas., nuevas y viejas. Con canastos, con parrillas, con campanillas y algunas tan sencillas que parecían hechas solamente para pedalear.

Y los habitantes descubrieron que aquella pequeña máquina tenía cinco grandes virtudes: sencillez, prudencia, generosidad, confianza y amistad.

Porque, al fin y al cabo, para avanzar por el mundo no siempre hace falta ser el más poderoso. A veces basta con tener dos ruedas, un camino por delante y alguien dispuesto a pedalear contigo.

Y cuentan los viejos del reino que, desde aquel día, el rey nunca volvió a preguntar quién era el más fuerte. Preguntaba algo mucho más importante: ¿A quién podemos ayudar hoy?

El bosque tarda décadas en crecer; para destruirlo basta una chispa

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Incendio en Villa de Leyva, Boyacá

Hay una escena que se repite con demasiada frecuencia: humo en el horizonte, helicópteros descargando agua, bomberos agotados, animales huyendo, familias evacuadas y hectáreas de vegetación convertidas en ceniza. Después llegan las fotografías. Luego los balances. Finalmente, cuando desaparece el humo, llega el silencio. Pero el bosque no vuelve con el silencio.

En Villa de Leyva, Boyacá, el incendio del cerro San Marcos, en el sector La Marmolera, obligó a movilizar organismos de socorro, solicitar apoyo aéreo y ordenar la evacuación preventiva de viviendas cercanas. Las autoridades reportaron más de 40 hectáreas afectadas en una zona boscosa donde abundan los pinos. Los fuertes vientos complicaron las labores de control.

Incendios en Santander

Mientras tanto, en Ábrego, Norte de Santander, en el entorno regional de Cúcuta, otro incendio forestal llegó a afectar unas 3.000 hectáreas y comprometió cuatro veredas, cultivos, sistemas de riego y acueductos veredales. Las autoridades investigan las causas y han advertido sobre la necesidad de evitar quemas debido a las condiciones de propagación del fuego.

Y no muy lejos, en El Zulia, también en Norte de Santander, un incendio en el cerro Las Cruces alcanzó una afectación preliminar de unas 900 hectáreas de cobertura vegetal. Bomberos de El Zulia y Cúcuta participaron en las labores de control.

La preocupación no está solamente en el tamaño de las cifras, sino en lo que esconden. Detrás de una hectárea quemada puede haber árboles que tardaron décadas en convertirse en adultos. Puede haber nidos, madrigueras, insectos polinizadores, microorganismos, semillas, pequeños mamíferos, reptiles y plantas que quizá solamente existen en ese ecosistema.

Un incendio no pregunta si una especie es endémica, si está amenazada o si necesita cincuenta años para recuperarse. Simplemente avanza. Y cuando el bosque desaparece, también cambia el agua.

La vegetación ayuda a proteger el suelo, retener humedad, disminuir la erosión y regular el comportamiento del agua. Cuando las llamas destruyen esa cobertura, las lluvias posteriores pueden arrastrar cenizas y sedimentos hacia quebradas y ríos. Una reserva hídrica no siempre desaparece de golpe; algunas veces comienza a deteriorarse silenciosamente.

El problema adquiere otra dimensión con el cambio climático.

El IDEAM ha advertido sobre condiciones asociadas a El Niño, fenómeno que puede favorecer temperaturas superiores a lo normal, presiones sobre el recurso hídrico y una mayor amenaza de incendios de cobertura vegetal.

Pero cuidado: El Niño no es el único responsable. También están la urbanización que avanza sobre áreas naturales, la vegetación seca, las quemas, la basura y, algunas veces, la irresponsabilidad humana convertida en fuego.

Una botella abandonada, una colilla, un recipiente, un pedazo de vidrio o una quema mal controlada pueden terminar haciendo algo que ningún bosque merece: convertir años de crecimiento en unas horas de llamas.

En Colombia, además, existen denuncias e investigaciones sobre posibles incendios provocados deliberadamente. En el caso de Ábrego, por ejemplo, autoridades señalaron que presuntamente habría una persona involucrada, pero corresponde a las autoridades competentes establecer las responsabilidades. No se puede acusar sin pruebas, pero tampoco se puede mirar para otro lado.

Del fuego al granizo

Granizo en una ciudad costera del Caribe, Barranquilla

Mientras unos territorios se queman, otros reciben señales meteorológicas igualmente extraordinarias. En Barranquilla, después de jornadas con temperaturas cercanas a los 35 grados, las lluvias llegaron acompañadas de fuertes vientos, inundaciones y reportes de granizo en sectores de la ciudad y su área metropolitana.

¿Contradicción? No necesariamente. El clima puede producir extremos diferentes en lugares distintos y en momentos distintos. Una ciudad puede estar sufriendo calor intenso mientras otra recibe lluvias torrenciales.

Algo similar ocurre en Quito, Ecuador, donde entre el 7 y el 13 de septiembre el Municipio registró 30 incendios forestales y 189 quemas de desechos. En un incendio registrado en el Itchimbía, las autoridades incluso monitorearon la calidad del aire y la dispersión del humo.

En la zona de San Juan, Argentina, el fuego también forma parte de un escenario donde las condiciones ambientales pueden convertir rápidamente una chispa en una emergencia. Un ejemplo fue el incendio que afectó la Estancia Guañizuil, en Iglesia, donde unas 300 hectáreas de bosques, siembras y pasturas fueron alcanzadas por las llamas.

El humo no reconoce fronteras. Tampoco las consecuencias.

Estancia Guañizuil, en Iglesia

Un árbol adulto es una inversión de tiempo que ninguna máquina puede fabricar rápidamente. Sembrarlo es apenas el comienzo. Después vienen las lluvias, las raíces, los insectos, las aves, los hongos, las semillas, los ciclos de nutrientes y muchas estaciones. Un bosque maduro es una construcción colectiva de la naturaleza.

Por eso, cuando se quema, no estamos perdiendo solamente árboles: estamos perdiendo tiempo biológico. Y recuperarlo puede tomar décadas, siempre que vuelvan a darse las condiciones necesarias.

Quizás por eso resulte tan absurdo que alguien arroje basura desde la ventana de un automóvil, abandone un recipiente en un terreno seco o haga una quema pensando que “no pasa nada”.

Sí puede pasar. Y puede pasar muchísimo.

Y aparecen dos ruedas

Frente a semejante panorama, la bicicleta parece una cosa pequeña: dos ruedas, un marco, una cadena, unos pedales y las piernas de quien la conduce. Pero tiene una virtud extraordinaria: no necesita quemar combustible para moverse.

Una bicicleta utilizada diariamente para trabajar, estudiar, comprar o simplemente desplazarse no produce gases de escape. No necesita petróleo para recorrer cada kilómetro ni convierte combustible en humo. Tampoco tiene un motor de combustión capaz de producir chispas sobre un pastizal seco.

No va a apagar un incendio forestal, por supuesto. Pero puede ayudar a que necesitemos menos combustibles fósiles y contribuir a ciudades con menos contaminación, menos ruido y menos emisiones.

Tal vez la Tierra no esté pidiendo milagros. Quizás esté pidiendo un poco de sentido común: no arrojar basura, no hacer quemas irresponsables, cuidar el agua y entender que destruir un bosque también afecta el ciclo natural que sostiene la vida. El bosque tarda décadas en crecer. Para destruirlo, basta una chispa.

Para ayudar al planeta, a veces bastan dos ruedas y cuando podamos, a pedalear, porque también le conviene a todas las expresiones de vida que todavía nos acompañan en este planeta.

Una aliada de la naturaleza en general y de los bosques en particular: l bicicleta

La gasolina para comenzar la semana

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Iniciemos la semana con esperanza y haber podido disfrutar de la familia

Hay fines de semana que funcionan como una suerte de gasolina para el resto de la semana. No necesariamente porque hagamos grandes cosas, viajemos lejos o llenemos la agenda de actividades. A veces basta con algo mucho más sencillo: estar juntos.

Para quienes tenemos la fortuna de contar con una familia extendida, reunirnos alrededor de una mesa tiene un valor que los años hacen cada vez más evidente. Hijos, nietos, yernos, nueras y aquellos que, de una u otra manera, se fueron incorporando a nuestra historia forman parte de ese patrimonio que no aparece en ninguna cuenta bancaria.

Es una sensación parecida a la de un día soleado, pero con temperatura fresca. El aire trae aromas: quizá el de un buen asado, el de una ensalada fresca, el de una copa de vino escogida sin demasiada ceremonia. Después llegará el café; en este caso, un buen colombiano. Y entonces uno solo puede decir gracias.

Gracias a Dios, a la vida, a la suerte o a aquello en lo que cada uno decida creer.

Hay algo de todo esto que se parece mucho a montar en bicicleta. Cuando uno sale acompañado, encuentra un camino bonito y confiable, pedalea sin demasiadas preocupaciones y disfruta de las buenas sensaciones que aparecen a cada vuelta de rueda. No se trata solamente de llegar. Se trata de compartir el camino.

Quizá por eso los espacios también importan.

Las grandes ciudades han ido reduciendo nuestra vida cotidiana. Apartamentos cada vez más pequeños, terrazas convertidas en lugares multifunción, balcones que intentan suplir lo que antes era un patio. Todo está optimizado, calculado y aprovechado al máximo. Pero, algunas veces, se pierde algo difícil de medir: la sensación de que ese lugar realmente nos pertenece.

Un parque público puede ser maravilloso, pero allí todos somos visitantes. Compartimos el espacio con desconocidos, soportamos ruidos que no escogimos y, en ocasiones, terminamos siendo testigos involuntarios de situaciones que preferiríamos no presenciar.

En cambio, en casa está nuestro patio, nuestro asador, nuestra mesa. Está ese asador en jefe que se toma su trabajo con seriedad y una colección de vinos que permite escoger cuál acompañará mejor la comida. No hace falta demasiada elegancia. Lo importante es sentirse parte.

Y quizá allí aparece uno de los grandes valores de la familia: pertenecer.

Porque cuando la vida termina reducida al trabajo, las obligaciones y una mascota que, por supuesto, queremos muchísimo, puede quedar un espacio vacío. La vida urbana tiene una manera muy particular de esconder la soledad. Estamos permanentemente conectados, pero no siempre acompañados.

El teléfono nos permite hablar con familiares que no vemos, conversar con amigos que hace tiempo no encontramos en persona y enterarnos de lo que ocurre al otro lado del planeta. Pero ninguna pantalla reemplaza completamente una mesa compartida, una conversación sin interrupciones o la risa de un nieto corriendo por el patio.

Mientras tanto, el mundo continúa girando. Las guerras no cesan. La inteligencia artificial abre preguntas que hace pocos años parecían propias de una película de ciencia ficción. No sabemos exactamente cuánto cambiará nuestras vidas ni qué mundo encontrarán los niños que hoy comienzan a crecer.

Una buena comida en muy buena compañia, una bendición en cualquier lugar del mundo

Por eso uno también guarda esperanza. La esperanza de que esos chicos encuentren su camino, desarrollen sus talentos, persigan sus sueños y tengan la oportunidad de construir una vida buena. Una vida que, ojalá, tenga menos pantallas y más encuentros; menos aislamiento y más familia.

El lunes llegará, como siempre. Con sus obligaciones, sus problemas, sus correos y sus angustias. Pero después de un fin de semana así, uno puede enfrentarlo de otra manera. Sabiendo que existe un tesoro que no se compra: el privilegio de compartir el presente con quienes queremos.

Quizá por ahora alcance con levantar una copa de buen vino. Y más tarde, cuando caiga la tarde, un “tinto”, como llamamos al café.

Y volver a decir gracias. A Dios, a la vida, a la suerte o simplemente a aquello que cada uno lleve dentro. Porque, al final, también de eso se trata pedalear: avanzar juntos, disfrutar el camino y agradecer que, por un momento, el camino sea bueno.

El agua no sale de la llave: también pedalea por la vida

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El agua es un bien preciado para todo el paneta, solo que se nosl olvida cuando tomamos una ducha de tiempo infinito

Hay un momento del día en el que casi nadie piensa en el planeta: cuando abre la ducha y deja caer sobre el cuerpo un chorro de agua tibia. Parece un acto cotidiano, casi automático. Abrimos la llave, esperamos unos segundos y allí está.

Pero que haya agua en una casa, en una ducha, en un sanitario o en la cocina es mucho más que un asunto de tuberías, bombas, tanques y plantas de tratamiento. Es el resultado visible de un enorme sistema natural que lleva millones de años funcionando: el ciclo del agua. El problema es que ese ciclo ya no funciona con la regularidad que conocíamos.

La Organización Meteorológica Mundial (OMM), en su más reciente informe sobre el estado de los recursos hídricos mundiales, acaba de advertir que el ciclo del agua se está volviendo cada vez más irregular e imprevisible. El año 2025 estuvo entre los más secos para los caudales de los ríos en los últimos 35 años y, por séptimo año consecutivo, las cuencas con condiciones consideradas normales fueron claramente minoritarias.

Y aquí aparece una palabra que ya forma parte de nuestras conversaciones cotidianas: El Niño.

Este fenómeno natural altera los patrones de lluvia y temperatura en diferentes regiones del planeta. En las condiciones actuales, la OMM advierte que un El Niño en fortalecimiento puede aumentar el riesgo de sequías en unas zonas y de lluvias e inundaciones en otras.

Pero el problema no está únicamente en lo que cae del cielo. El agua también está desapareciendo de las reservas que durante siglos funcionaron como una especie de caja de ahorros de la humanidad. Las aguas subterráneas, los lagos, los ríos, la humedad del suelo, la nieve y los glaciares forman parte de ese almacenamiento continental. Según la OMM, esta reserva lleva aproximadamente una década disminuyendo.

Los glaciares ofrecen una señal particularmente preocupante. Por cuarto año consecutivo, todas las grandes regiones glaciares registraron pérdida de masa. Entre 2023 y 2025 desaparecieron, acumuladamente, unas 1.400 gigatoneladas de agua almacenada en los glaciares. Es una cifra difícil de imaginar, pero sirve para entender la magnitud del problema: equivale aproximadamente al agua de 560 millones de piscinas olímpicas.

Las aguas subterráneas tampoco están enviando buenas noticias. Casi dos terceras partes de los pozos monitoreados en el mundo presentaron en 2025 condiciones fuera de su comportamiento histórico.

Entonces, ¿qué hacemos nosotros frente a semejante escenario? Tal vez comenzar por algo tan sencillo como dejar de comportarnos como si el agua fuera infinita.

Una ducha más corta. Una llave que no permanezca abierta innecesariamente. Reparar una fuga. Reutilizar, cuando sea posible y seguro, el agua doméstica. Recoger agua lluvia para usos que no requieran agua potable. Regar en las horas adecuadas. No convertir el sanitario en una papelera. No lavar vehículos, pisos o aceras como si el planeta tuviera una fuente inagotable detrás de cada grifo.

El fenómeno de El Niño y de la Niña, la perdida constante de glaciares y aguas subterraneas, ríos que pierden caudal y represas que se secan.

Son pequeños actos, sí. Pero millones de pequeños actos construyen una cultura. Y aquí aparece nuestra querida bicicleta. No porque una bicicleta vaya a solucionar por sí sola la crisis mundial del agua. Sería absurdo decirlo. Pero sí puede formar parte de una manera diferente de relacionarnos con los recursos naturales.

Una bicicleta no necesita gasolina ni diésel para desplazarnos. No requiere combustibles para llevarnos al trabajo, a estudiar, a comprar el pan o simplemente a dar una vuelta. Consume energía humana y, en comparación con un automóvil, o una motocicleta demanda muchos menos recursos para realizar desplazamientos cotidianos.

Incluso su limpieza puede ser un pequeño ejemplo de sobriedad: un trapo, un poco de agua y sentido común suelen ser suficientes para mantenerla en condiciones dignas. No hace falta convertir cada bicicleta en una pieza de exhibición bañada diariamente con litros de agua.

La relación entre bicicleta y agua, entonces, no está solamente en el balde utilizado para lavarla. Está en todo lo que evitamos consumir cuando elegimos movernos de una manera más sencilla.

Menos combustibles fósiles significan menos emisiones. Menos emisiones ayudan a enfrentar el calentamiento del planeta, que está alterando el comportamiento de la atmósfera y del ciclo hidrológico. Y cuidar el agua significa, también, cuidar los ecosistemas que hacen posible nuestra propia existencia.

El agua no desaparece: circula. Se evapora, forma nubes, precipita, corre por los ríos, penetra en el suelo, alimenta acuíferos, se almacena en lagos y glaciares y vuelve nuevamente a la atmósfera.

Ese es el maravilloso ciclo del agua. Lo que estamos haciendo es alterar las condiciones en las que ese ciclo ocurre. Por eso quizá sea hora de mirar la ducha, la llave, el río, el glaciar y también la bicicleta como partes de una misma conversación. Una conversación sencilla: si queremos seguir pedaleando sobre este planeta, primero tenemos que ayudar a que el planeta conserve el agua que hace posible la vida y llevar una caramañola llena en nuestras bicicletas todos los días.

Una forma muy especial de usar la bici

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Más que salir a pedaler, es una oportunidad para recuperar vida y hacer amistades

En San Juan la bicicleta no es solo un aparato a tener en casa, es mucho más. Esto lo entienden tanto mujeres como hombres, y aquí si que no importa la edad, prefesión u oficio. Y hay ruras que son permanentes espacios para entrenar, exigirse, quizás hacer sufrir un poco a las piernas, pero todos encuentran en la Ruta del Sol, que les lleva hasta el Dique de Ullun, una meta por lograr.

En esa ruta se quedan todos los espantos, angustias y problems, porque la bici no solo es ejercicio, es terapia personal, aunque se vaya en grupo. Lo interesante es que la mayoria van solos y con el tiempo se van uniendo, alrededor de la bici- Y no se propone comprar la super bici, bueno eso llega con el tiempo y en ciertas circunstancias, pero la primera bici se mantiene por muchos años.

Adrian Murciano es testigo y parte de esta locura colectiva, por demás muy positiva, que vive en la sociedad sanjuanina. Aquí su testimonio.

Dos ruedas, muchas historias: las mujeres que pedalean en San Juan- Argentina

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“Hay límites que no se rompen a gritos ni a golpes. Algunos simplemente se pedalean hasta dejarlos atrás.”

Hay bicicletas que sirven para ir al trabajo, llevar a los hijos al colegio, hacer mercado o simplemente escapar durante un rato del ruido de la ciudad. Otras cargan equipaje y se convierten en compañeras de aventuras capaces de atravesar países, cordilleras y fronteras. También están aquellas que parecen construidas para hacer las locuras más disparatadas sobre dos ruedas.

Pero existe otra bicicleta. Una mucho más íntima. Es la bicicleta que permite conversar con uno mismo mientras las piernas trabajan, los ojos recorren el camino y los brazos sostienen el manubrio. Una máquina aparentemente sencilla que, cuando encuentra a la persona adecuada, termina convirtiéndose en una especie de espacio personal con ruedas.

En San Juan, Argentina, esa historia tiene rostro de mujer.

Por las calles y rutas cercanas a la ciudad aparecen grupos de mujeres que han convertido la bicicleta en una compañera habitual. Salen a rodar durante dos o tres horas, recorren kilómetros, regresan cansadas y, probablemente, con las piernas reclamando un poco de consideración. Algunas pedalean todos los días; otras lo hacen día por medio.

Amira Yanadel de buzo azul con tres de sus compañeras de ruta

No parecen buscar solamente velocidad ni kilómetros. Hay algo más. Uno de esos grupos es Victoria Team, integrado por cerca de 60 mujeres de distintas edades, ocupaciones y profesiones. Al frente está Amira Yanadel, profesora de Educación Física, una formación que ayuda a entender que el deporte no necesariamente consiste en derrotar a alguien más.

A veces la competencia más importante ocurre con nosotros mismos.

El deporte puede ser reto personal, disciplina, esfuerzo, perseverancia y, sobre todo, la posibilidad de descubrir capacidades que estaban allí, esperando una oportunidad. La bicicleta simplemente ofrece el escenario.

Cada salida tiene una pequeña historia. Una subida que antes parecía imposible. Una distancia que daba miedo. Un ritmo que costaba sostener. Un regreso en el que el cansancio confirma que el cuerpo todavía tiene mucho que decir.

Y en ese proceso aparece algo particularmente interesante: la posibilidad de desmontar algunos de los límites que la sociedad ha colocado históricamente sobre las mujeres.

No hace falta convertir la bicicleta en una pancarta ni en un discurso. Basta con pedalear.

Porque cuando una mujer decide salir, avanzar, sudar, cansarse y completar una ruta que se había propuesto, está haciendo algo mucho más profundo que ejercicio. Está comprobando, en primera persona, que puede enfrentarse a sus propios temores.

La bicicleta no hace milagros. Tampoco es psicóloga ni psiquiatra. No reemplaza a profesionales cuando se necesita ayuda especializada.

Pero puede ser una amiga extraordinariamente sincera. Una de esas amigas que no interrumpe mientras uno piensa. Que no pregunta demasiado. Que simplemente acompaña. Y cuando llega una subida, cambia la relación entre plato y piñón y parece decir: “Vamos, todavía podemos”.

Entonces ocurre algo curioso. La cabeza empieza a negociar con las piernas. El cuerpo dice que está cansado, pero la voluntad responde que todavía quedan unos metros. Aparece el límite y, detrás de él, otro pequeño esfuerzo hasta que se llega.

Tal vez sea una meta de dos horas. Tal vez una distancia determinada. Tal vez simplemente el regreso a casa. Lo importante no siempre está en el número que marca el ciclocomputador. Está en la sensación de haber cumplido aquello que unas horas antes parecía difícil.

Hay una especie de aprendizaje en el cansancio porque montar en bicicleta también es darse tiempo. para pensar, para respirar, para reconocer capacidades y límites. Incluso para perdonarse. Y esto último quizá sea una de las tareas más difíciles.

Somos mucho más generosos castigándonos por lo que no hicimos que reconociendo aquello que sí conseguimos, así la bicicleta propone otra conversación, no exige perfección, solo exige movimiento.

Por eso resulta tan interesante observar a estas mujeres sanjuaninas rodando juntas. Cada una tiene su propia historia, sus obligaciones, sus preocupaciones, sus alegrías y sus asuntos pendientes. Pero durante unas horas comparten una ruta y una decisión: pedalear.

La compañera que va adelante puede marcar el ritmo. La que viene detrás puede necesitar un poco de aliento. Una puede tener más experiencia; otra, menos kilómetros. Y, sin embargo, todas forman parte de la misma salida.

Ahí aparece otra de las virtudes de la bicicleta: iguala. No pregunta profesión, salario, edad ni cargo. Dos ruedas, un manubrio, pedales y una ruta. Lo demás queda momentáneamente estacionado.

Y quizá por eso Victoria Team y otros grupos de mujeres ciclistas representan una escena que merece ser contada. No porque estén haciendo algo extraordinario en el sentido espectacular de la palabra, sino porque están haciendo algo profundamente cotidiano: apropiarse de su tiempo, de su cuerpo, de sus decisiones y de sus caminos.

Son mujeres y bicicletas empoderadas, sí, pero sin necesidad de estereotipos ni discursos panfletarios. Simplemente mujeres que encontraron en una máquina maravillosa una compañera para sentirse mejor.

Después de dos o tres horas, regresan a sus casas. Allí siguen siendo madres, esposas, profesionales, trabajadoras, amigas y ciudadanas. La vida cotidiana no desaparece porque hayan pedaleado.

Pero quizá ellas sí regresan un poco diferentes. Con menos miedo. Con más confianza. Con la satisfacción de haber superado una subida, una distancia o, quién sabe, alguno de esos monstruos invisibles que todos cargamos alguna vez.

La bicicleta no promete cambiar la vida, pero a veces basta con que nos ayude a cambiar la manera de mirarla. Y mientras estas mujeres sigan pedaleando por San Juan, habrá una pequeña certeza rodando por sus calles: hay límites que no se rompen a gritos ni a golpes. Algunos simplemente se pedalean hasta dejarlos atrás.

Cuando cae la tarde…

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El día termina, llega la noche y es tiempo de pensar un poco, rodando en bicicleta

Cuando llega la tarde y el sol comienza a bajar, las grandes ciudades activan su propio mecanismo de supervivencia. No importa demasiado si el día fue bueno, malo o simplemente interminable: hay que volver a casa, llegar al segundo trabajo, recoger a los hijos, estudiar, hacer compras, responder mensajes y, si queda algo de energía, recordar que también existe una vida personal.

En teoría, muchas jornadas deberían terminar a las seis de la tarde. En la práctica, a esa hora comienza otra.

Las calles se llenan de personas que corren sin que nadie haya anunciado una emergencia. Corren hacia el colectivo, hacia el metro, hacia el auto, hacia una reunión, hacia el gimnasio o hacia ese misterioso lugar llamado “casa”, donde supuestamente uno descansa. La palabra “descanso”, conviene aclararlo, pertenece cada vez más al museo de las buenas intenciones.

En las ciudades pequeñas, en cambio, existe todavía esa institución casi revolucionaria que llamamos siesta. Mientras el resto del mundo discute sobre productividad, inteligencia artificial y cómo conseguir hacer más cosas en menos tiempo, alguien sensato decidió cerrar las persianas y dormir.

Dos horas. A veces tres. No es pereza. Es una forma de civilización.

El comercio vuelve a la actividad durante la tarde y la jornada laboral retoma su curso después de ese paréntesis que parece un lujo, aunque durante mucho tiempo fue simplemente una costumbre. Algunos aprovechan para dormir. Otros hacen deporte, salen a caminar, toman mate, conversan o se dedican a esas actividades que no producen absolutamente nada, que quizá por eso mismo resultan tan saludables.

Después llega la noche.

En algunos lugares, realmente llega la noche. La jornada termina y aparece la posibilidad de salir a comer algo rico, sentarse en un lugar agradable, escuchar buena música, conversar con alguien querido y mirar alrededor como si la vida tuviera, de vez en cuando, la delicadeza de una película.

Claro que eso también tiene algo de fantasía, porque mientras unos imaginan una cena perfecta, otros salen del trabajo pensando en la tarjeta de crédito. La gastronomía de autor puede esperar; la factura de electricidad, aparentemente, no.

También están quienes se dirigen al gimnasio. Allí comienza otra batalla, esta vez contra las calorías, la gravedad y el paso del tiempo. Hay que quemar las energías que quedaron después de trabajar ocho, diez o doce horas, mientras las pantallas prometen abdominales perfectos, músculos perfectamente imperfectos y una juventud que, convenientemente, siempre parece estar a tres cuotas sin interés.

Ellas y ellos sudan frente a espejos enormes, porque incluso el esfuerzo físico necesita testigos.

Y, sin embargo, todas esas escenas —la siesta, el restaurante, el gimnasio, la carrera hacia casa, la ciudad encendiendo sus luces— pertenecen a un mundo que, por momentos, parece vivir en una burbuja. Porque en otros lugares del planeta la tarde tiene otro significado.

No se espera la hora de cenar. Se espera que no caiga una bomba. No se piensa en qué restaurante elegir. Se piensa en conseguir comida. No se discute si conviene ir al gimnasio o quedarse en casa. Se intenta encontrar un lugar donde la casa siga en pie.

Hay millones de personas para quienes el final del día no significa descanso, sino otra prueba. Sobrevivir la noche. Conseguir agua. Encontrar medicinas. Proteger a los hijos. Dormir con un oído despierto. Esperar que llegue la mañana y que ojalá traiga algo parecido a una oportunidad.

Las guerras tienen esa capacidad extraordinaria de convertir lo cotidiano en un lujo.

Y mientras tanto, quienes estamos lejos de ellas seguimos con nuestras pequeñas tragedias domésticas: el tránsito, el jefe, el precio del supermercado, el celular sin batería, la contraseña que olvidamos, el gimnasio al que prometimos ir tres veces por semana y esa reunión que pudo haber sido un correo electrónico.

Es el mundo que hemos construido. Y no precisamente ayer.

Un mundo capaz de desarrollar inteligencia artificial para escribir poemas, diagnosticar enfermedades o responder preguntas en segundos, pero que todavía no encuentra la manera de impedir que seres humanos maten a otros seres humanos por territorio, poder, religión, dinero o banderas.

La ironía alcanza su punto máximo cuando aparecen declaraciones sobre el futuro de la inteligencia artificial. Donald Trump, por ejemplo, sostuvo que frente a los riesgos de esta tecnología la protección necesaria pasa por contar con un presidente “fuerte e inteligente”, incluso haciendo énfasis en el coeficiente intelectual. La humanidad lleva siglos intentando controlar sus propios impulsos y ahora parece haber descubierto que el problema fundamental era no tener suficiente IQ en la Casa Blanca.

En fin.

Quizá por hoy sea mejor apagar los noticieros. No porque lo que ocurre no importe, sino porque también hace falta respirar. Hay días en que uno necesita desconectarse un rato del ruido del mundo para recordar que todavía existe el mundo.

Así que esta tarde prefiero la bicicleta. Salir al parque. Rodar un poco. Mirar cómo el sol se esconde detrás de los árboles y cómo la noche comienza lentamente a ocupar su lugar. Dejar que el cuerpo haga algo tan elemental como avanzar mientras la cabeza, por un rato, deja de intentar entenderlo todo.

A quienes puedan, disfruten. Una comida, una conversación, una siesta, una caminata, una canción. No hace falta convertir cada minuto en una hazaña productiva.

A quienes sobreviven cada día en medio de la guerra, el hambre y la incertidumbre: paciencia, voluntad y esperanza.

Y por las víctimas de todas las guerras, una oración.

Yo seguiré pedaleando, quizá porque, al final, mientras unos buscan conquistar el mundo, otros apenas intentamos llegar a casa antes de que anochezca. Y, visto cómo va todo, pedalear despacio tampoco parece una mala estrategia de supervivencia.

La vieja historia del saqueo, ahora con inteligencia artificial

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La tecnología promete conducirnos al futuro, pero para llegar hasta allí vuelve a depender de una vieja práctica: extraer del planeta todo aquello que considera indispensable, justificando todo tipo de guerra y dominación

Hay historias que nunca terminan de contarse porque, en realidad, nunca terminan de suceder. Una de ellas es la explotación de los minerales del planeta. La humanidad cambia de imperios, de banderas, de tecnologías y hasta de discursos, pero mantiene una sorprendente fidelidad a una vieja costumbre: encontrar algo valioso bajo tierra, declarar que es indispensable para el progreso y proceder a extraerlo con la mayor velocidad posible.

Algo parecido ha ocurrido con la agricultura a gran escala. El azúcar, el té, la palma de aceite, las maderas, el trigo, la cebada y muchos otros productos han sido, en distintos momentos de la historia, mucho más que simples alimentos o materias primas. Han servido para construir fortunas, financiar imperios y consolidar poderes políticos. También han dejado a su paso pobreza, guerras, desplazamientos, explotación laboral y, por supuesto, discursos solemnes sobre el desarrollo.

La geografía ha hecho su parte. Las riquezas están repartidas por el planeta y, casualmente, no siempre se encuentran debajo de las casas de quienes tienen el dinero, la tecnología o el poder para explotarlas. De modo que el comercio global, las necesidades industriales y los avances tecnológicos han terminado por convertir territorios enteros en piezas de un gigantesco tablero económico.

El procedimiento tampoco ha cambiado demasiado. Llega el buscador de recursos, acompañado de mapas, estudios técnicos, maquinaria y una presentación cuidadosamente elaborada. Se habla entonces de inversión, empleo, infraestructura, desarrollo y bienestar para las comunidades cercanas. Se promete, en suma, un futuro luminoso al país que tiene en su suelo esas riquezas.

La historia, sin embargo, suele tener la desagradable costumbre de contradecir los folletos corporativos.

Hoy las justificaciones pueden ser distintas. Se habla de la defensa de las fronteras, de la seguridad nacional, de la industria armamentística, de la energía, de la transición tecnológica y, más recientemente, de la inteligencia artificial y la robótica. Son palabras modernas, incluso fascinantes. Parecen pertenecer a un futuro que acaba de llegar.

Pero detrás de esa modernidad hay algo bastante antiguo: minerales.

Porque la inteligencia artificial no flota mágicamente en el aire, ni los robots nacen de una impresora celestial. Ambos necesitan computadores, centros de datos, redes, baterías, sensores, sistemas de comunicación y una enorme infraestructura industrial. Y todo eso requiere materiales que, para la mayoría de nosotros, tienen nombres bastante menos familiares que los de un teléfono móvil o una marca de automóvil.

Nuestra vieja tabla periódica del bachillerato, aquella que alguna vez miramos con la esperanza de aprobar química, quizá no llegó a prepararnos para esta nueva fiebre extractiva. Hay elementos y minerales cuya importancia estratégica crece al mismo ritmo que nuestra dependencia tecnológica.

Un teléfono celular, por ejemplo, es mucho más que un aparato para llamar, enviar mensajes o mirar las redes sociales mientras esperamos el café. Es, en esencia, un pequeño computador que llevamos en el bolsillo y cuya capacidad aumenta constantemente. Lo mismo ocurre con los automóviles, los electrodomésticos, los equipos médicos, las herramientas de oficina y prácticamente cualquier dispositivo que forme parte de la vida contemporánea.

La tecnología se ha instalado en casi todo lo que hacemos, compramos y utilizamos. Y cuanto más sofisticados son nuestros artefactos, mayor es la demanda de los materiales que los hacen posibles.

Aquí aparece una curiosa paradoja. La humanidad presume de haber entrado en una nueva era tecnológica, pero para hacerlo necesita regresar a una actividad tan antigua como la civilización: sacar cosas de la tierra.

Lo que ayer fueron el oro y la plata de los imperios europeos en nuestra Abya Yala, hoy puede adoptar otros nombres y presentarse con una estética mucho más futurista. Cambian los minerales, cambian las herramientas y cambian los argumentos. La lógica, en cambio, conserva una inquietante continuidad.

Y si existen recursos estratégicos, también aparecen intereses estratégicos. Y cuando los intereses son suficientemente grandes, siempre hay alguien dispuesto a explicar por qué una guerra, una intervención, una frontera reforzada o una población desplazada constituye, en realidad, una necesidad histórica.

Así, la historia vuelve a repetirse, aunque ahora tenga mejores gráficos, inteligencia artificial y discursos sobre innovación.

También los robots parecen pertenecer al futuro, pero quizá tampoco sean tan nuevos como creemos. La literatura antigua está llena de criaturas artificiales, seres fabricados para servir, proteger, combatir o sustituir al ser humano. Lo verdaderamente nuevo no es la imaginación sobre las máquinas, sino la velocidad con la que estamos consiguiendo convertirla en realidad.

Y aquí aparece quizá el problema más inquietante: las máquinas no solamente pueden reproducir nuestras capacidades; también pueden reproducir nuestros defectos.

Porque la tecnología no nace en un vacío moral. Aprende de los modelos que construimos, de los datos que producimos y de las estructuras de poder que organizan nuestras sociedades. Si el modelo dominante está marcado por la competencia, la acumulación, la explotación y la desigualdad, resulta ingenuo pensar que una máquina será automáticamente más sensata que sus creadores.

La gente sencilla, por cierto, rara vez parece necesitar semejante despliegue tecnológico para imaginar una vida digna. A menudo basta con algo bastante menos espectacular: un paisaje tranquilo, agua limpia, un ambiente saludable, tiempo para crear, trabajar, conversar, descansar y satisfacer las necesidades básicas.

Eso sí, ese paisaje puede convertirse en un magnífico producto turístico de alto nivel, siempre que se le coloque un precio suficientemente alto. La naturaleza, después de todo, también ha aprendido a cotizarse.

Quizás algún día, no tan lejano, veamos robots tomando el sol junto a una piscina o recargando literalmente sus baterías en una playa. Será una escena perfecta del progreso: máquinas inteligentes disfrutando de un descanso que probablemente los humanos que las construyeron no puedan permitirse.

Mientras tanto, seguimos pagando con vidas, territorios y ecosistemas la historia de cada imperio que se concede el derecho de decidir cuánto planeta puede arruinar en nombre del futuro.

Y mientras todo esto sucede, yo prefiero una tecnología bastante más antigua. Voy a sacar mi bicicleta. Quiero sentir que todavía existo, moviéndome sobre una de las máquinas más eficientes, sencillas y elegantes que haya diseñado el cerebro humano. No necesita minerales estratégicos, inteligencia artificial ni un centro de datos. Solo un poco de energía, dos ruedas y el deseo elemental de avanzar.

Quizá, después de tantos siglos buscando máquinas que hagan todo por nosotros, todavía quede algo de sabiduría en recordar cómo movernos por nuestros propios medios.

Dos ruedas, cuatro ruedas y el extraño placer de acercarnos al desastre

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Solo basta con sentir la velocidad en nuestra infancia...es terriblemente adictiva

Hay un momento, probablemente entre los tres y los cinco años, en el que el ser humano descubre una verdad peligrosa: si tiene ruedas, puede ir más rápido.

Hasta ese instante caminamos. Después corremos. Y cuando aparece una bicicleta, se acabó la tranquilidad familiar. El niño aprende a pedalear y, en cuestión de minutos, la casa deja de ser un hogar y se convierte en una pista de pruebas. La madre grita “¡despacio!”, el padre grita “¡cuidado!” y el niño, naturalmente, acelera.

No hay mucha ciencia detrás. Dos piernas pequeñas, un par de pedales, una relación de transmisión bastante miserable y un sistema de frenos cuya eficacia depende de que alguien haya recordado ajustarlo. Pero alcanza para descubrir la velocidad y, sobre todo, para descubrir que la velocidad produce placer.

Después llega la adolescencia y el asunto se pone interesante. La bicicleta ya parece demasiado lenta. Aparecen los monopatines, las patinetas, los patinetes eléctricos, las bicicletas eléctricas y, finalmente, esa criatura maravillosa llamada motocicleta, y ahí ya no hay que pedalear.

El motor se encarga de todo mientras el cerebro adolescente, todavía en proceso de instalación, intenta administrar la situación.

La ciencia tiene algunas malas noticias al respecto. Durante la adolescencia se desarrollan y reorganizan sistemas cerebrales relacionados con la recompensa, la novedad y la toma de decisiones. Y la presencia de amigos puede aumentar la propensión a asumir riesgos. Es decir, si un adolescente está solo puede hacer una estupidez, si hay otros tres adolescentes mirando, puede hacer una estupidez considerablemente mayor.

Y no, no es un fenómeno exclusivamente masculino. Aunque los hombres jóvenes aparecen con mayor frecuencia en las estadísticas de muertes viales, las mujeres también descubrieron hace rato que un acelerador puede producir una relación sentimental bastante intensa.

Las dulces niñas que jugaban con muñecas crecen, algunas se convierten en excelentes conductoras, otras descubren el placer de hundir el pie derecho hasta el fondo. Así que la especie humana, en ese sentido, es bastante democrática.

Después llega el automóvil y ocurre algo todavía más interesante: la sensación de vulnerabilidad desaparece. En una bicicleta sabemos que estamos expuestos. En una motocicleta sabemos, al menos teóricamente, que una caída puede convertir nuestro cuerpo en un argumento médico, pero dentro de un automóvil estamos rodeados de acero, vidrio, airbags, cinturones, controles electrónicos, sensores, cámaras y asistentes que nos avisan hasta si estamos respirando demasiado cerca del volante. Y entonces nosotros, agradecidos, aceleramos.

La Organización Mundial de la Salud estima que aproximadamente 1,16 millones de personas mueren cada año en siniestros viales. Las lesiones de tránsito continúan siendo la principal causa de muerte entre niños y jóvenes de 5 a 29 años. Más de la mitad de las víctimas mortales son peatones, ciclistas y motociclistas: precisamente quienes tienen menos carrocería entre el cuerpo y la desgracia.

Y existe un detalle particularmente incómodo: la velocidad. La OMS calcula que cada incremento del 1% en la velocidad media se relaciona con un aumento aproximado del 4% en el riesgo de un choque mortal. Y para un peatón atropellado, pasar de 50 a 65 kilómetros por hora multiplica aproximadamente por 4,5 el riesgo de morir. Pero seguimos pensando que 15 kilómetros por hora no son nada, “Voy apenas un poquito más rápido.” Entonces nos encontramos con que la física no conoce el concepto de “apenas”.

Pero uno siempre cree que esas estadísticas les ocurren a otros. El otro es el idiota que adelanta, el que va demasiado rápido, el que cruza el semáforo en rojo, el motociclista que aparece por el retrovisor a 140. Nosotros simplemente tenemos prisa y aquí la diferencia semántica es importante.

Después están los aficionados al todoterreno. Esas personas que compran una camioneta cuyo precio podría financiar una pequeña vivienda y luego gastan otra fortuna en suspensiones, neumáticos, bloqueos de diferencial y modificaciones para introducirla voluntariamente en un barrizal donde una mula con veinte años de experiencia laboral miraría el camino y diría: “Por ahí no paso”.

La finalidad es demostrar que el vehículo puede hacerlo, y cuando finalmente lo consigue, todos celebran aunque después viene la grúa, en ocasiones también la ambulancia, o la aseguradora, que es una forma moderna de funeraria financiera, si es que se tomo un seguro.

Lo verdaderamente preocupante es que esa cultura del riesgo no siempre queda confinada a la pista, la montaña o el barro, la llevamos a la calle. Salimos con la moto, arrancamos el automóvil y empieza la carrera contra el reloj.

Hay que llegar…Hay que llegar ya…Hay que llegar antes.

¿Antes de quién? Nadie lo sabe, pero hay que llegar. Ah, y la locura aumenta cuando te enfrentas a un tracón, ahí llega la gota que derrama el vaso. Entonces adelantamos, aceleramos, nos pegamos al vehículo de adelante, cambiamos de carril, calculamos distancias con una precisión quirúrgica y confiamos en una mezcla de experiencia, reflejos, suerte y algún santo de preferencia.

La OMS tiene una expresión mucho más aburrida y bastante más sensata: Sistema Seguro. La idea parte de una premisa brutalmente realista: los seres humanos cometemos errores y el sistema vial debe estar diseñado para que esos errores no necesariamente terminen en una muerte.

Nosotros, en cambio, seguimos apostando por la teoría de que nunca nos equivocamos, hasta que lo hacemos y, cuando ocurre, la velocidad cobra la factura. Porque el automóvil moderno puede tener frenos excelentes, pero no puede frenar el tiempo. Puede tener airbags, pero no puede hacer desaparecer la energía de una colisión. Puede tener radar, cámaras y asistentes, pero todavía necesita un ser humano que no decida que el semáforo en rojo es una sugerencia cromática.

Hemos desarrollado máquinas capaces de circular con una precisión extraordinaria y, al mismo tiempo, conservamos dentro de ellas a un primate con prisa que quiere llegar cinco minutos antes, que se enfurece porque otro conductor va “demasiado lento”, que acelera cuando escucha que el motor cambia de sonido, que, después de haber visto cientos de videos de accidentes, sigue pensando: “A mí no me pasa”.

Tal vez la fascinación por la velocidad no sea únicamente tecnológica, quizás sea profundamente humana. Corremos, aceleramos, saltamos más lejos, subimos montañas, porque podemos.

Compramos vehículos preparados para cruzar desiertos y los utilizamos para llevar a los niños al colegio. Y después, cuando alguien nos pregunta por qué lo hacemos, respondemos: “Porque me gusta.” Una respuesta científicamente impecable y filosóficamente desastrosa.

La velocidad nos hace sentir vivos, el problema es que a veces lo demuestra de una manera demasiado literal y por eso existe una escena que resume toda esta historia mejor que cualquier estudio científico.

Una caravana de vehículos detrás de una camioneta fúnebre. De repente, nadie adelanta.
Nadie toca bocina. Nadie zigzaguea. Nadie tiene prisa. Todos guardan distancia. Todos circulan despacio. Todos respetan la velocidad.

Es curioso que para conseguir que millones de seres humanos reduzcan la velocidad quizá no necesitamos más radares, campañas, multas ni estadísticas. Quizá bastaría con poner una carroza fúnebre adelante de cada automóvil, aunque habría un pequeño inconveniente, la carroza solo funciona una vez para cada uno de nosotros.

El fin de semana: ese pequeño lujo llamado tiempo

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Tan esperado por todos, y dua menos queun suspiro: fin de semana

Llega el fin de semana y, con él, esa sensación de que por fin el mundo debería bajar un poco la velocidad. Es una ilusión bastante extendida, aunque no siempre se cumple. Para algunos, el sábado y el domingo representan descanso; para otros, una oportunidad para poner la casa en orden, llenar la despensa, hacer compras, resolver pendientes y, si queda algo de energía, salir el sábado por la noche. Porque descansar, en estos tiempos, también parece requerir cierta planificación.

Hay quienes se lanzan a la noche con entusiasmo y terminan en rumbas de resultado impredecible. La noche empieza con un inocente “vamos un rato” y puede terminar cuando ya canta el primer pájaro, generalmente sin que nadie sepa muy bien qué ocurrió entre una cosa y otra. Otros prefieren una estrategia bastante más conservadora: quedarse en casa, preparar algo sencillo, elegir una película y acostarse temprano. No hay nada heroico en ello, salvo el intento, cada vez más difícil, de recuperar esas horas de sueño que la semana laboral se encargó de cobrar con intereses.

Porque la semana moderna no parece tener siete días. Tiene seis de trabajo y uno de remordimiento por no haber hecho todo lo que estaba pendiente.

En las ciudades intermedias y pequeñas aparece otra posibilidad: salir. Caminar, tomar una ruta secundaria, conocer un pueblo cercano, buscar un paisaje que todavía no haya sido invadido por estacionamientos, filas y fotografías tomadas desde el mismo ángulo por cientos de personas. Hay algo profundamente saludable en salir sin demasiadas pretensiones, simplemente para descubrir que a pocos kilómetros de casa todavía existen caminos, árboles, montañas, ríos y lugares donde el teléfono deja de ser el protagonista.

Para otros, el plan es más elaborado: campamento familiar o con amigos. Se prepara el equipo, se revisa la carpa, se carga la comida y, por supuesto, alguien pregunta si llevaron carbón. Después llega el asado, la conversación y esa ceremonia sencilla de mirar el cielo cuando la noche ha conseguido apagar las luces de la ciudad.

En esos momentos ocurre algo curioso: nadie parece necesitar una pantalla para entretenerse. La conversación vuelve a ocupar su lugar natural y la compañía adquiere un valor que durante la semana suele quedar sepultado debajo de las notificaciones. Una fogata, una buena charla y un cielo despejado pueden ser una forma bastante económica de recordar que todavía sabemos divertirnos sin pagar una suscripción mensual.

También están los ciclistas. Esos personajes que el sábado por la mañana aparecen completamente equipados, con casco, guantes, gafas, ropa técnica y una bicicleta que parece tener más tecnología que el automóvil de la familia. Se reúnen en grupo y parten con una determinación que, para el ciudadano común, resulta desconcertante.

“Hoy hacemos una salida tranquila”, dicen.

Dos horas después ya han recorrido una distancia que obliga a revisar el mapa para comprobar que efectivamente siguen dentro de la misma provincia. Regresan felices, cansados y con una historia completa del recorrido: la subida, el viento, el compañero que pinchó, el café del camino y, por supuesto, lo bien que se portó la bicicleta.

Para ellos, darle gusto a las piernas es también una forma de descanso.

Las grandes ciudades, entretanto, ofrecen otro menú. Hay espectáculos, conciertos, restaurantes, centros culturales, parques temáticos y una interminable oferta de actividades. Muchas son excelentes, aunque casi todas tienen algo en común: hay que pagar. Y cuando no hay que pagar entrada, probablemente haya que pagar estacionamiento, transporte, comida o alguna otra cosa que empieza pareciendo pequeña y termina convirtiéndose en una cifra respetable.

El centro comercial, que durante años fue una especie de templo del entretenimiento urbano, tampoco conserva necesariamente el mismo encanto. Para muchos se ha convertido en un recorrido conocido: vitrinas, escaleras eléctricas, patio de comidas, tráfico y nuevamente vitrinas. Algunos fines de semana, además, hay centros comerciales tan congestionados que salir de ellos parece una actividad de resistencia física. Otros, por el contrario, adquieren un aire casi fantasmagórico, como si la ciudad hubiera decidido apagar parcialmente sus luces y esperar al lunes.

Pero existe una transformación más profunda: el fin de semana dejó de ser, para millones de personas, sinónimo de descanso.

La economía digital ha creado trabajadores que pueden estar en cualquier lugar y, precisamente por eso, parecen estar en todas partes. Hay negocios que deben atenderse por redes sociales, pedidos que deben despacharse, clientes que escriben a cualquier hora y reuniones que aparecen en la pantalla con una facilidad desconcertante. La oficina puede estar a cientos de kilómetros, pero cabe perfectamente dentro de un teléfono.

Son personas que viven en y de la Red. Para ellas, desconectarse no siempre es una decisión sencilla. Hay mensajes que contestar, ventas que cerrar y asuntos que resolver. Como diría algún comerciante de barrio, con absoluta sabiduría empresarial: “Negocio es negocio, socio, y no da espera”.

Y así llegamos al viernes esperando el fin de semana como quien espera una pequeña tregua. Queremos cambiar de escenario, dormir un poco más, respirar distinto, caminar sin mirar el reloj. Pero la gran ciudad tiene sus propias reglas y muchas veces obliga a continuar con tareas menos románticas: trabajar, producir, vender, responder, resolver.

Además, hay algo que no debemos olvidar: hacer ciertas cosas personalmente cuesta tiempo; pagar para que alguien las haga cuesta dinero. Y en muchas familias urbanas ambas cosas son bienes escasos.

Por eso quizá el verdadero lujo del fin de semana no sea una cena costosa, un espectáculo multitudinario o un viaje de cientos de kilómetros. Tal vez sea simplemente disponer de unas horas sin obligaciones, salir de casa y compartirlas con alguien.

En lo posible, darle gusto a las piernas. Subirse a la bicicleta, tomar un camino distinto, alejarse un poco del ruido de la gran ciudad y pedalear sin otra urgencia que regresar antes de que oscurezca. Encontrarse con otros ciclistas, compartir una conversación, detenerse a tomar algo y comprobar que el mundo sigue ahí afuera.

Porque, al final, el fin de semana no debería ser una carrera para completar pendientes. Tampoco una competencia para demostrar cuánto podemos hacer en cuarenta y ocho horas.

Quizá debería ser algo mucho más sencillo: una pausa.

Un espacio para recordar que la vida no consiste únicamente en llegar a tiempo, responder mensajes y cumplir obligaciones. A veces también consiste en pedalear, caminar, conversar, mirar el cielo y reírse un rato, y si además la bicicleta se porta bien, mucho mejor.

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