Inicio Blog

A pedal y coraje: La subida al árbol solitario

3
Lo que queda de un bosque alto andino, ante el crecimiento de la ciudad de Bogotá y sus municipios cercanos.

Autor y protagonista de la historia: Andrés Felipe Berrocal Pava.

El aire helado que se siente en el Occidente de la Sabana corta en la cara con solo salir de la casa. En horas de la mañana, el frío empaña las gafas oscuras y congela unas manos sin guantes que sostienen con fuerza un manubrio que no dispone de frenos, mientras una neblina espesa se parte en dos para mostrar un camino hacia el alto de Mondoñedo, el más cercano que tiene el municipio de Mosquera.

Los primeros pedalazos son un intento de calentar el cuerpo frente al desafío que representa el inicio del ascenso. En el primer kilómetro de la subida, es evidente ver cómo la carretera se convierte en un territorio hostil donde la bicicleta es el eslabón más débil entre los gigantescos motores que transitan habitualmente. Camiones repletos de piedra, extraída de las canteras cercanas, pasan rozando a centímetros de distancia, levantando ráfagas de aire y arena que hacen temblar la bicicleta, mientras entorpecen la visión.

Poco a poco, el paisaje se va haciendo más rural. Los colores verde y arena en el fondo de la montaña contrastan con un solitario árbol ubicado en la cima del alto, que representa un norte para todo ciclista que se embarca en este reto.

Mientras las motos y los carros serpentean a toda velocidad, grupos de ciclistas suben con la misma persistencia que las bandadas de aves, organizándose de forma compacta para reducir la resistencia al viento. Si bien muchas aves se mueven en grupos, existen otras que vuelan de manera solitaria.

Así como la evolución dota a las diferentes especies para facilitar tareas que antes se veían imposibles, muchos ciclistas adaptan sus vehículos para enfrentar el ascenso, donde regularmente se prioriza el poco peso, la aerodinámica y el uso de las velocidades que se alternan para coronar la cima. No obstante, así como en la naturaleza, la carencia de estas adaptaciones obliga a ciertas especies a compensar con otras capacidades para competir en igualdad de condiciones.

El verdadero desafío se da cuando el sofoco no viene del esfuerzo físico, sino del pulso que se acelera al ver el último tramo de la cima. El tiempo permanece inmóvil y solo quedan los más persistentes, el ruido del corazón se agudiza y el ritmo se vuelve frenético mientras la competencia imaginaria define un ganador al cruzar una meta invisible.

Al coronar el alto, el cuerpo suelta toda la presión acumulada y las piernas descansan; el rival pasa a ser un compañero más con el que el cansancio importa menos que la satisfacción de llegar a salvo a disfrutar de la vista junto al mismo árbol que marcó el rumbo desde la base del trayecto.

Desde allí arriba, la Sabana parece detener el tiempo. La neblina se abre por instantes y deja ver los municipios, las carreteras y el incesante desfile de vehículos que, desde abajo, parecían dueños del camino. Es entonces cuando uno comprende que la verdadera conquista nunca fue vencer la pendiente ni llegar primero. Fue haber salido de casa antes del amanecer, desafiar el frío, compartir la carretera con respeto y descubrir que cada pedalazo tiene sentido.

Porque las montañas enseñan una lección que las ciudades suelen olvidar: nadie asciende completamente solo. Un saludo entre desconocidos, una voz que anima desde atrás, una botella de agua compartida o un simple “ya falta poco” pueden pesar mucho menos que una bicicleta, pero empujan mucho más que cualquier desarrollo mecánico.

Al final, el descenso será inevitable y el regreso también. Volverán el tráfico, los semáforos, el ruido y la rutina. Sin embargo, quien alguna vez coronó un alto entiende que la bicicleta nunca fue únicamente un medio para desplazarse. Es una escuela silenciosa de paciencia, humildad, voluntad y perseverancia. Enseña que el camino siempre recompensa a quien respeta su propio ritmo y que las metas más importantes no tienen una cinta de llegada.

Quizás por ello miles de personas vuelven una y otra vez a buscar esa montaña. No para demostrar que son más fuertes que los demás, sino para recordarse que todavía son capaces de vencer sus propios miedos. Porque, al fin y al cabo, la bicicleta no cambia la pendiente, ni el viento, ni el frío. Cambia a quien decide enfrentarlos. Y esa es, tal vez, la victoria más grande que puede ofrecer un par de ruedas.

La Protagonista de muchos kilómetros por la Sabana de Bogotá. Desafortunadamente se perdió para siempre después de sufrir un atraco, por fortuna no sufrí lesiones terribles, aunque si me patearon e insultaron. Quizás esté completa, o estará rodando sus piezas en otros marcos. Y si, de entrada el error de no haberla registrado en el Registro Bici- Bogotá. https://registrobicibogota.movilidadbogota.gov.co/#!/

Un momento para comenzar escribir y compartir con ustedes

1
La bicicleta, una forma inteligente de vivir la ciudad

Esta parte del siglo tiene sus urgencias, crisis y ponteciales esperanzas para poder superar la historia que hemos venido arrastrando de siglos anteriores, el 19 y el 20, donde se van terminando los grandes imperios colonialistas, especialmente el Británico, que de alguna forma fue el combustible de las dos Guerras Mundiales, y después una Guerra Fría que pensabamos superada, pero que vuelve a sentirse con el tema Ruso y Ucrania y el tema terrible de Palestina e Irsael.

Toda esa locura transita por el poder económico de la industrialización, la energía para poder sostenerla y el comercio global, que si bien nos trae de todo como en botica, los problemas comerciales y las estrategías económicas nos llevan de nuevo, si es que hemos salido alguna vez, a tiempos de Guerra Fría.

¿Qué hacer ante esta realidad desde el poder individual que tiene cada ser humano para transformar su contexto? Bueno BICIURBA pretende ayudar a encontrar caminos posibles, tanto urbanos como rurales, para defender el planeta, la existencia y diseñar un buen vivir desde la sencillez, la tecnología y recuperar viejas formas de hacer las cosas, que en la realidad si funcionan y no desentonan con este siglo digital.

Sean bienvenidos y vamos a recorrer desde una bicicleta senderos que nos permitan un buen vivir.

Criar, consumir y sobrevivir conectados: ¿quién tiene tiempo para vivir?

0
Las pantallas una puerta de acceso a un universo que no siempre está preparado para recibirlo

Criar hijos nunca ha sido una tarea sencilla. Acompañarlos en su crecimiento, compartir tiempo, estimular sus talentos y ofrecerles espacios de recreación y aprendizaje constituyen responsabilidades fundamentales de quienes deciden formar una familia. Sin embargo, esta aspiración enfrenta hoy una contradicción evidente: mientras se exige a los padres mayor dedicación, el sistema económico parece empeñado en quitarles precisamente aquello que más necesitan: tiempo.

La economía del rendimiento ha convertido la jornada laboral en una carrera de resistencia. Trabajar más, producir más, consumir más. Muchas familias deben distribuir sus esfuerzos entre dos o más empleos para sostener una estructura de gastos que parece no tener techo. La estabilidad laboral pierde terreno y las promesas tradicionales del bienestar —casa, automóvil, tecnología y una interminable colección de objetos— terminan ocupando buena parte de la vida cotidiana. Curiosamente, cada vez tenemos más cosas y menos tiempo para disfrutarlas.

En este escenario, atender a los niños se transforma en un problema logístico. Algunas familias pueden contratar personal para acompañarlos; otras recurren a instituciones públicas o privadas, cuya cobertura suele ser limitada. Para muchos, la solución más inmediata parece estar en las pantallas.

Un teléfono, una tableta o un televisor inteligente pueden mantener entretenido a un niño durante horas. El recurso es práctico, pero también esconde una paradoja: aquello que parece resolver un problema doméstico puede abrir la puerta a un universo para el cual los menores todavía no cuentan con herramientas suficientes. Internet no es precisamente un jardín infantil, aunque algunos dispositivos parezcan ofrecerlo como tal.

Los videojuegos, las plataformas y las redes sociales han evolucionado hacia sistemas capaces de capturar y prolongar la atención. Detrás del entretenimiento existen modelos comerciales que compiten por cada minuto disponible. Los algoritmos aprenden preferencias, estimulan conductas y ofrecen contenidos diseñados para mantener la conexión. Los niños, todavía en proceso de desarrollar sus capacidades críticas y emocionales, quedan particularmente expuestos.

La supervisión adulta es indispensable, pero conviene preguntarse cuánto puede supervisar quien trabaja durante buena parte del día y llega a casa con el cansancio acumulado de una jornada interminable. La responsabilidad familiar no desaparece, aunque tampoco puede analizarse al margen de las condiciones sociales y económicas que la dificultan.

Para comprender estas transformaciones resulta interesante acercarse a tres autores. Shoshana Zuboff, en La era del capitalismo de la vigilancia, examina cómo las grandes plataformas convierten los datos personales y el comportamiento humano en materia prima de un poderoso modelo económico. Steven Brill, en The Death of Truth, analiza el deterioro de la verdad compartida y el papel de las plataformas digitales en la propagación de la desinformación. Por su parte, Oscar Agost Carreño, en su reciente libro ¿Quién está pensando por vos?, plantea una pregunta tan sencilla como inquietante sobre la autonomía del pensamiento en tiempos de algoritmos e inteligencia artificial.

Aunque desde perspectivas diferentes, sus trabajos convergen en una preocupación: quién controla la información, quién organiza nuestra atención y qué margen de libertad conservamos frente a estructuras tecnológicas cada vez más influyentes. La pregunta de Agost Carreño adquiere aquí una dimensión especial: si los adultos ya tenemos dificultades para reconocer cómo se orienta nuestra atención, ¿qué posibilidades tienen los niños de defenderse de semejante arquitectura digital?

Más que una herramienta, se ha convertido en una extensión de toas nuestras acciones diarias

El fenómeno no afecta exclusivamente a los menores. Los adultos permanecemos igualmente atrapados en las pantallas, consultando noticias, respondiendo mensajes, consumiendo opiniones y participando de discusiones que muchas veces terminan sin producir una sola idea propia. La información abunda, pero la comprensión parece escasear. Tenemos miles de voces disponibles y, paradójicamente, cada vez menos oportunidades para escuchar, reflexionar y construir un criterio independiente.

La inteligencia artificial agrega otra dimensión a este escenario. Sus posibilidades son extraordinarias, pero también lo es la concentración de capacidades tecnológicas en manos de empresas privadas cuyos intereses económicos no necesariamente coinciden con las necesidades de la sociedad. El desafío no consiste en rechazar los avances, sino en discutir quién los administra, con qué objetivos y bajo qué responsabilidades.

Frente a este panorama, recuperar espacios de convivencia y actividades fuera de las pantallas adquiere un valor que va mucho más allá del entretenimiento. Caminar, jugar, practicar deportes y compartir experiencias permiten desarrollar habilidades, autonomía y vínculos humanos. Entre esas alternativas hay una que merece especial consideración: la bicicleta.

Para los niños, pedalear significa movimiento, coordinación, equilibrio, confianza y descubrimiento. Aprender a andar implica superar dificultades, asumir pequeños riesgos y experimentar una libertad que no viene programada por ningún fabricante de software. Para los adultos, salir a rodar ofrece una pausa frente a la aceleración cotidiana. El cuerpo recupera protagonismo, la mirada vuelve a recorrer el paisaje y la mente encuentra un espacio menos condicionado por notificaciones, titulares y recomendaciones algorítmicas.

Naturalmente, pedalear no resolverá por sí solo las dificultades de la crianza, la precariedad laboral ni las contradicciones del modelo económico. Sería ingenuo atribuirle semejantes poderes. Pero puede contribuir a recuperar hábitos, encuentros y experiencias que la vida hiperconectada tiende a desplazar.

Quizás debamos revisar nuestras prioridades. Tener más dispositivos, más suscripciones y más posibilidades de consumo no significa necesariamente vivir mejor. Tampoco criar mejor. A veces, el verdadero progreso consiste en disponer de tiempo para acompañar a los hijos, compartir una actividad, conversar sin interrupciones y descubrir juntos el mundo que existe más allá de una pantalla.

Por ahora, queda una propuesta bastante menos sofisticada que cualquier innovación tecnológica: apagar los dispositivos, sacar las bicicletas y salir a rodar. Unos minutos pueden alcanzar para desentumecer las piernas, ordenar las ideas y recuperar cierta esperanza.

Al fin y al cabo, mientras algunos algoritmos trabajan incansablemente para decidir dónde debemos poner nuestra atención, la bicicleta nos recuerda algo elemental: todavía podemos elegir hacia dónde queremos ir. Y quizás, en estos tiempos, recuperar esa capacidad sea una de las formas más sencillas y necesarias de ejercer nuestra libertad.

Un tiempo para sentirse dueño de nuestra existencia y no como parte de un universo programado por el algoritmo

Las vías no son pistas de carreras ni tierra de nadie

0
Todos los usuarios de la infraestructura vial deben cumplir con ls normas, y lograr una mejor convivencia

En Colombia, más de 8.000 personas mueren cada año en las vías. Una cifra que debería quitarnos el sueño, aunque parece que a algunos conductores les preocupa más llegar cinco minutos antes que conservar la vida propia y la de los demás.

Frente a esta realidad, el Ministerio de Transporte puso sobre la mesa una propuesta para modificar el régimen sancionatorio del Código Nacional de Tránsito: implementar una licencia de conducción por puntos. La iniciativa, todavía en construcción y que no es una ley vigente, busca que las infracciones no se resuelvan únicamente pagando una multa, sino que también tengan consecuencias sobre el derecho a conducir.

El sistema no es nuevo en el mundo. China, por ejemplo, aplica un modelo de 12 puntos por año para los conductores. Las infracciones descuentan puntos según su gravedad y, cuando se agota el saldo, el infractor debe someterse a procesos de formación y evaluación para recuperar su autorización. Es una experiencia que merece atención: conducir no puede convertirse en una actividad donde reincidir sale tan barato como pagar la siguiente multa.

La propuesta colombiana también contempla reconocer a quienes respetan las normas y mantienen un buen comportamiento al volante. Una idea razonable: sería conveniente que la prudencia tuviera tantos incentivos como hoy parecen tener las infracciones.

Pero la responsabilidad vial no termina en los automóviles y las motocicletas. Las bicicletas eléctricas y las patinetas también hacen parte de esta nueva movilidad urbana y sus usuarios deben conocer las reglas que ya están reglamentadas en Colombia.

La Ley 2486 de 2025 y la Resolución 20263040030675 del 4 de agosto de 2026 establecen condiciones de circulación, identificación y seguridad para los vehículos eléctricos livianos de movilidad personal urbana.

A partir del 1 de enero de 2027, los vehículos cobijados por la norma deberán contar con una lámina de identificación técnica que incluya número de serie, año de fabricación, marca, modelo, peso, potencia y velocidad máxima. Para los vehículos nuevos, la instalación corresponde a fabricantes, importadores o comercializadores; los propietarios de los comercializados antes de esa fecha deberán encargarse de adecuarlos.

La reglamentación también contempla elementos de seguridad como frenos, luz frontal blanca, luz de freno roja, avisador acústico, indicadores de batería y velocidad, direccionales y limitadores de velocidad, según la categoría y configuración del vehículo.

Hay además dos límites que conviene recordar: 25 kilómetros por hora en la cicloinfraestructura y 40 kilómetros por hora en las vías donde esté autorizada su circulación. Cuando existan restricciones particulares, prevalecerán los límites inferiores establecidos por las autoridades.

En otras palabras, tener un motor eléctrico no convierte una bicicleta en motocicleta, ni una patineta en vehículo de carreras. La tecnología facilita el desplazamiento, pero no reemplaza el sentido común.

Y para quienes conducen automóviles y motocicletas también hay que decirlo sin rodeos: las ciclorrutas no son carriles auxiliares para escapar de los trancones, los andenes no son estacionamientos y los ciclistas no son obstáculos que deban apartarse a punta de bocinazos.

Respetar los semáforos, los límites de velocidad, las distancias de adelantamiento y la prelación de los actores más vulnerables es una obligación.

Por su parte, los biciusuarios y usuarios de patinetas deben entender que circular por una infraestructura exclusiva no significa tener vía libre para hacer cualquier cosa. También deben respetar las señales, mantener sus vehículos en condiciones adecuadas, hacerse visibles y proteger al peatón. El andén es para caminar, no para demostrar habilidades de equilibrio.

La seguridad vial no se construye exclusivamente con multas, puntos, placas o dispositivos electrónicos. Se construye con educación, autocuidado y respeto. Las sanciones son necesarias, pero mucho mejor sería no tener que aplicarlas.

Ojalá la propuesta colombiana de licencia por puntos llegue a buen término, con reglas transparentes y garantías para todos. Y ojalá los usuarios de bicicletas eléctricas y patinetas asuman que las nuevas tecnologías también traen nuevas responsabilidades.

Al final, todos compartimos las mismas calles, aunque nos movamos a diferentes velocidades y con distintas cantidades de ruedas. No se trata de ganarles a los demás el espacio ni de llegar primero a cualquier precio.

Porque en las vías, como en la vida, el mejor conductor no es el que más rápido llega, sino el que llega bien y permite que los demás también lleguen. Y si el viaje es en bicicleta, mucho mejor: menos ruido, menos emisiones y más ciudadanos conscientes de que la ciudad también se construye con cada pedalazo.

En bici la vida es mejor, más económica, divertida y con sabor a urbanidad y buen vivir

Ironman: cuando el cuerpo pone las reglas y la voluntad no conoce límites

0
Una carrera para atletas de verdad. Foto flicker

San Juan, Argentina, se convirtió durante un fin de semana en escenario de una de esas citas deportivas que despiertan admiración, respeto y, por qué no, cierta preocupación por las rodillas de sus protagonistas. Hombres y mujeres se enfrentaron a competencias de Ironman, demostrando que la resistencia humana puede llegar bastante más lejos de lo que recomienda el sentido común.

Hay deportes que se practican para divertirse, otros para mantenerse en forma y algunos para demostrar que el cuerpo humano puede convertirse en una extraordinaria máquina de resistencia. El Ironman pertenece, sin discusión, a esta última categoría.

La prueba más exigente del calendario llevó a sus participantes a enfrentar una verdadera odisea física: 3,8 kilómetros de natación en aguas abiertas, 180 kilómetros de ciclismo en ruta y, cuando cualquier persona sensata estaría pensando en una ducha y una cama, otros 42 kilómetros de carrera a pie. En total, una jornada de 225,8 kilómetros de esfuerzo continuado.

Y todo esto por voluntad propia.

Foto de Tiempo de San Juan

Porque nadie los obliga, no hay un salario extraordinario esperando en la meta ni necesariamente un patrocinador dispuesto a convertirlos en celebridades. Son deportistas aficionados que entrenan, se preparan, ahorran, organizan sus agendas y sacrifican buena parte de su tiempo libre para participar. Lo hacen por gusto, por superación personal y por esa satisfacción difícil de explicar que produce alcanzar una meta que alguna vez parecía imposible.

Detrás de cada competidor hay un mundo que pocas veces aparece en las fotografías de llegada. Meses de entrenamiento, alimentación cuidadosamente planificada, jornadas de natación, kilómetros sobre la bicicleta, carreras a pie, controles médicos y una disciplina que no admite demasiadas excusas. También hay lesiones, agotamiento, frustraciones y días en los que el cuerpo parece presentar una carta de renuncia.

No es una actividad para improvisados. Someter al organismo a semejante exigencia requiere preparación, seguimiento profesional y acompañamiento. Entrenadores, médicos deportólogos, nutricionistas y especialistas forman parte de ese engranaje. Y cuando no existe un equipo profesional numeroso, aparecen los asistentes más importantes: la pareja, los hijos, los padres, los amigos y esos familiares que esperan, acompañan, hidratan, animan y, seguramente, se preguntan en algún momento por qué alguien necesita nadar casi cuatro kilómetros para después montarse en una bicicleta durante seis o siete horas.

Ellos también merecen una medalla.

El Ironman tiene circuitos locales, nacionales e internacionales, y San Juan se suma a ese calendario como escenario de estas competencias. Una ciudad que, al recibir estos acontecimientos, no solamente ofrece sus rutas y espacios deportivos: también moviliza organizaciones, voluntarios, servicios, autoridades y comunidades alrededor de una actividad que promueve el deporte y proyecta su capacidad para albergar eventos de esta naturaleza.

Organizar una competencia de estas dimensiones implica logística, seguridad, atención sanitaria, señalización, coordinación vial y acompañamiento. Nada sucede por generación espontánea, aunque al espectador le parezca que los atletas simplemente aparecen, compiten y desaparecen después de cruzar la meta.

Foto flicker

Pero volvamos a la bicicleta.

Para un ciclista urbano, imaginar 180 kilómetros sobre una bicicleta de ruta puede resultar una experiencia cercana a la ciencia ficción. Su entrenamiento suele ser bastante menos sofisticado: salir de casa, esquivar automóviles, soportar bocinas, negociar algún espacio con motociclistas invasores, enfrentar semáforos, baches y, si el pronóstico meteorológico falla, regresar bajo la lluvia.

No tiene entrenador esperándolo, ni nutricionista calculando cada caloría, ni un equipo de apoyo instalado en los puestos de hidratación. A veces lleva una botella de agua, una herramienta básica y la esperanza de que no se pinche una rueda en el peor momento.

Sus competencias tampoco aparecen en los rankings deportivos. No recibe una medalla al llegar al trabajo ni un diploma por regresar sano y salvo a casa. Sin embargo, acumula kilómetros todos los días. Los de la ida y los del regreso, los de la semana, los del mes y los del año. Poco a poco fortalece sus piernas, mejora su capacidad cardiovascular y descubre que la bicicleta es mucho más que un medio de transporte.

Quizás no aspire a convertirse en Ironman, pero termina desarrollando una resistencia muy particular: sobrevivir al tráfico, a los aguaceros, a las rutas congestionadas y a las pequeñas batallas cotidianas de la movilidad urbana.

Hay, sin embargo, una diferencia importante: mientras el atleta de resistencia busca llevar su cuerpo al límite bajo condiciones cuidadosamente preparadas, el ciclista urbano debería procurar exactamente lo contrario. Su objetivo no es agotarse ni poner en riesgo su integridad, sino desplazarse con prudencia, disfrutar el recorrido y regresar a casa en buenas condiciones.

A los hombres y mujeres que participaron en San Juan, nuestro reconocimiento. También a quienes organizaron, acompañaron y trabajaron para que estas competencias fueran posibles. El deporte necesita atletas, pero también ciudades que crean en él y ciudadanos dispuestos a construir escenarios para practicarlo.

Y a quienes pedalean diariamente por las calles, sin cronómetros ni aspiraciones olímpicas, tampoco hay que olvidarles el mérito. Cada uno tiene su propia meta y su particular manera de vencer distancias.

Al final, no todos necesitamos ser Ironman. Algunos solamente queremos llegar a casa con las piernas enteras, el corazón contento y suficientes ganas para volver a pedalear mañana.

Porque hay medallas que se cuelgan en el pecho y otras que se ganan todos los días, simplemente por no bajarse de la bicicleta.

Domingo: ese día que todavía se resiste a trabajar

0
El domingo no necesita más actividades; necesita más vida

Al terminar una semana y comenzar la siguiente, existe un día que debería pertenecernos: el domingo. Un espacio de tiempo para compartir con la familia, encontrarse con los amigos de siempre, descansar o, sencillamente, hacer aquello que durante los otros seis días parece imposible: vivir sin mirar el reloj.

Pero las ciudades modernas tienen otros planes. Ahora se promueve la dinámica de las 24 horas, como si la humanidad hubiera firmado un contrato para trabajar, consumir y producir sin interrupciones. Hasta la vivienda ha terminado adaptándose a esa filosofía. ¿Para qué una casa con habitaciones amplias, un estudio, una sala donde recibir amigos o un patio para disfrutar del aire libre? Basta con un apartamento reducido, donde quepa lo estrictamente necesario. Eso sí, el precio de compra y mantenimiento puede competir tranquilamente con el de una casa de dimensiones mucho más generosas. El espacio se encoge, pero la factura no.

Así llega el domingo para muchos habitantes de las grandes urbes. Si usted tiene la fortuna de no trabajar ese día y sale a desayunar, encontrará que mientras disfruta tranquilamente de un café, alguien está cumpliendo su jornada laboral. Usted es el afortunado que puede sentarse sin afanes, mientras otros hacen posible que la ciudad siga funcionando. También puede comprar el pan y regresar a su pequeño apartamento a preparar el desayuno, una actividad que todavía no requiere suscripción mensual.

Si vive solo, sin familia ni mascotas, probablemente lo primero que haga sea revisar el celular. Hay que comprobar si WhatsApp tiene alguna novedad, si alguien se acordó de uno o si hay suficientes mensajes para reenviar. Porque, al parecer, descansar también exige estar conectado. Algunos consiguen pasar buena parte de la mañana distribuyendo noticias, fotografías y videos que nadie pidió, pero que consideran indispensables para la humanidad.

Otros prefieren torturarse escuchando las noticias. El presupuesto familiar no alcanza y, según los pronósticos, alcanzará menos. La política nacional parece una novela de suspenso mal escrita, mientras las guerras internacionales recuerdan que el planeta tampoco atraviesa su mejor momento. Después de un par de horas, la conclusión es inevitable: el mundo está cada vez más complicado, menos predecible y, para algunos, definitivamente se lo llevó el diablo.

Los más hacendosos aprovechan para limpiar el apartamento, poner la lavadora, organizar la ropa y dejar todo impecable. Nadie lo hará por ellos, especialmente cuando contratar ayuda doméstica se ha convertido en otro lujo urbano. Hay que mantener el espacio limpio, ordenado y cómodo, aunque sea tan pequeño que para barrer una esquina haya que mover tres muebles.

Finalmente llega el momento de salir. Algunos buscan encontrarse con su fe; otros prefieren rodar en bicicleta, visitar un parque, caminar o simplemente dar una vuelta. Claro que también están quienes terminan abriendo el computador para adelantar pendientes laborales. Trabajar conectado con clientes o empresas de otros países tiene sus ventajas, pero también su condena: el domingo colombiano puede ser el lunes de alguien en otro continente. Y hay que cumplir.

En los hogares con pareja e hijos, el panorama cambia. Los pequeños necesitan salir, distraerse y descubrir que existe un mundo más allá de las pantallas. Aparecen entonces los centros recreativos, los espectáculos infantiles, los parques municipales y las actividades familiares. Si hay abuelos, la visita se convierte en un buen plan: almuerzo, conversación, alguna historia repetida y una tarde compartida. Después viene el regreso, organizar uniformes, tareas y útiles escolares. El lunes no perdona.

Pero existe otra realidad. En las ciudades pequeñas y medianas el domingo todavía conserva algo de su naturaleza. El ritmo es diferente. Hay menos afán, distancias más cortas y, en ocasiones, una relación más amable con el tiempo. Allí todavía se puede vivir y no limitarse a existir.

Las casas suelen ofrecer espacios más generosos, habitaciones que no parecen diseñadas para guardar únicamente una cama y algún rincón para leer, escribir, pintar o escuchar música. Las cosas se compran porque se necesitan y tienen una utilidad, no simplemente porque una campaña publicitaria decidió que ahora son imprescindibles. Los vecinos se conocen, las conversaciones no siempre necesitan una pantalla y salir a recorrer unos buenos kilómetros en bicicleta puede ser un plan suficiente para sentirse feliz.

Naturalmente, tampoco son lugares perfectos. Pero tienen una ventaja que las grandes metrópolis parecen haber olvidado: permiten que el tiempo transcurra sin convertir cada minuto en una oportunidad de negocio.

Al final, cada domingo se parece a la vida que hemos construido. Algunos descansan, otros trabajan, unos consumen y otros aprovechan para compartir. Hay quienes acumulan objetos para llenar espacios cada vez más pequeños y quienes descubren que la felicidad no necesita demasiados metros cuadrados.

Y ni hablemos de las mascotas, que también tienen sus horarios, necesidades y derechos adquiridos dentro del hogar. A veces son los únicos que consiguen imponer una pausa obligatoria a sus dueños.

Quizás deberíamos recuperar el domingo. No como una obligación religiosa, comercial o familiar, sino como un derecho a detenernos, conversar, visitar a alguien, respirar aire fresco y recordar que no vinimos al mundo exclusivamente a pagar cuentas y cumplir horarios.

Una bicicleta, un parque, una mesa compartida o una conversación sin interrupciones pueden ser suficientes para rescatarlo. No hacen falta grandes presupuestos ni sofisticados planes de entretenimiento.

Porque todavía hay esperanza: mientras existan personas dispuestas a bajarse de la rutina, cerrar el computador y salir a pedalear, el domingo no estará completamente perdido. Y si además encontramos a alguien con quien compartir el camino, mucho mejor. La ciudad podrá seguir funcionando las 24 horas, pero nosotros no tenemos por qué hacerlo.

Salvar el planeta: mucho discurso, poca caja registradora

0
La biodiversidad también necesita financiación, no solamente discursos

La COP17 sobre Diversidad Biológica reunida en Ereván, Armenia, con el propósito de revisar qué tanto ha avanzado el mundo en la protección de la naturaleza y acelerar los compromisos adquiridos en el Marco Mundial de Biodiversidad de Kunming-Montreal, terminó con las diferencias económicas y políticas que dejaron nuevamente en evidencia una vieja costumbre internacional: todos quieren salvar el planeta, siempre que la factura no llegue a su escritorio.

Entre los resultados se encuentra la denominada Ruta de Ereván, una hoja de ruta para acelerar las metas ambientales. También se avanzó en el reconocimiento de los derechos y la participación de los pueblos indígenas y las comunidades locales, fundamentales para proteger territorios que durante generaciones han conservado bosques, fuentes de agua y ecosistemas.

Otro propósito es alcanzar el famoso 30×30: proteger el 30 % de las tierras y los océanos para 2030. Una meta que suena estupenda en las presentaciones oficiales, pero que exige mucho más que dibujar polígonos verdes sobre los mapas. Hay que impedir la minería ilegal, controlar la deforestación, frenar la expansión agrícola desordenada y conseguir que los parques naturales sean verdaderos territorios protegidos, no simples reservas de papel.

Latinoamérica: la riqueza natural y la cuenta pendiente

Nuestra región tiene razones de sobra para estar en el centro de estas discusiones. La Amazonía, el Gran Chaco, los Andes, los humedales, los bosques tropicales y los ecosistemas marinos representan una riqueza biológica extraordinaria. Sin embargo, Latinoamérica también registra uno de los deterioros más preocupantes de las poblaciones de fauna silvestre monitoreadas en el mundo.

La paradoja es evidente: tenemos buena parte de la riqueza natural que necesita el planeta, pero también soportamos las consecuencias de modelos económicos que convierten bosques en potreros, montañas en minas y ríos en canales de residuos. Y sin contar los estragos del narcotráfico y la minería ilegal, especialmente en Colombia, Venezuela y Ecuador

En nuestra realidad los pueblos indígenas y las comunidades afrodescendientes tienen un papel relevante. Su conocimiento del territorio y sus prácticas tradicionales de conservación no deberían aparecer solamente en las fotografías de las delegaciones internacionales. Deben participar en las decisiones, recibir reconocimiento y contar con recursos para proteger sus territorios.

Pero aquí aparece el viejo protagonista de todas las cumbres: el dinero, y la naturaleza no funciona con promesas politiqueras de ocasión. Los países en desarrollo necesitan recursos para cumplir sus compromisos ambientales, mientras las economías más poderosas siguen discutiendo cuánto deben aportar y bajo qué condiciones.

El Fondo Cali, creado para compartir los beneficios económicos derivados del uso de información genética de la biodiversidad, es un ejemplo bastante ilustrativo. Su propósito es que las grandes empresas que utilizan esos recursos, entre ellas las farmacéuticas y biotecnológicas, contribuyan a financiar la conservación y a beneficiar a las comunidades.

Sin embargo, a octubre de 2026, apenas dos empresas habían aportado conjuntamente 6.000 dólares. Una cifra que difícilmente alcanza para financiar una campaña de conservación de mediana escala, mucho menos para proteger los ecosistemas de un continente.

Mientras tanto, en las reuniones se anuncian compromisos multimillonarios, se crean comisiones, se redactan documentos y se organizan nuevas mesas de trabajo. La burocracia ambiental parece tener buena salud; la biodiversidad, no tanta.

Ecuador tendrá la responsabilidad de organizar la COP18 en 2028, después de ser elegido en la votación final frente a Panamá. Una oportunidad para que Latinoamérica pase de anfitriona de discursos a protagonista de resultados.

El planeta no puede esperar a que cuadren las cuentas

Hay otra contradicción que merece atención. Mientras las cumbres ambientales reclaman reducir las emisiones y proteger los ecosistemas, el mundo continúa dependiendo del petróleo, el carbón y el gas. Los combustibles fósiles siguen alimentando economías, conflictos geopolíticos y guerras transcontinentales. Sus consecuencias no se limitan a los ataques militares o a las disputas entre gobiernos: también llegan al bolsillo de los consumidores, a través del precio de la gasolina, el transporte, los alimentos y la energía.

La transición ambiental avanza, pero tropieza con intereses comerciales que parecen tener más capacidad de negociación que la propia naturaleza.

No se trata de desconocer la importancia de las conferencias internacionales. Sin acuerdos, cooperación y financiación sería todavía más difícil enfrentar la crisis ecológica. Pero tampoco podemos confundir las declaraciones con las soluciones. La naturaleza no entiende de calendarios diplomáticos y las especies que desaparecen no pueden esperar hasta la siguiente COP para conocer los resultados de una negociación.

También hacen falta decisiones cotidianas. Consumir menos, desperdiciar menos agua, proteger los árboles, exigir ciudades más verdes, cuidar los espacios públicos y utilizar medios de transporte que reduzcan la contaminación son acciones que suman.

Y aquí aparece una vieja conocida de BiciUrba: la bicicleta. No va a detener por sí sola la deforestación amazónica ni a resolver las disputas petroleras, pero sí demuestra que podemos movernos de otra manera, consumir menos energía y recuperar una relación más sensata con nuestro entorno.

Mientras algunos gobiernos necesitan dos semanas para acordar cómo proteger la vida, millones de ciclistas salen diariamente a demostrar que existe otra forma de habitar el planeta.

Quizás la próxima COP debería incluir una prueba sencilla para sus delegados: dejar por un día los vehículos oficiales, bajarse de las camionetas y recorrer la ciudad en bicicleta. Tal vez así descubran que el planeta no necesita tantos discursos para respirar un poco mejor, sino más voluntad para cambiar de rumbo.

Porque salvar la biodiversidad no consiste únicamente en proteger los lugares donde viven las especies. También significa construir ciudades donde los seres humanos puedan vivir mejor, con menos humo, menos ruido, más árboles y más espacio para pedalear.

Al final, el planeta es nuestra única casa. Y sería bastante absurdo terminar destruyéndola por no querer bajarnos del acelerador. ¡Nos vemos en la próxima rodada!

40 minutos más de vida: la bicicleta no hace milagros, pero casi

1
Porque la vida no se mide solamente por las horas que pasan, sino también por las que conseguimos vivir de verdad

Hay maneras de alejarse de una metrópolis sin salir de ella. No hace falta comprar un tiquete de avión, mudarse al campo ni esperar a que llegue un puente festivo para escapar del ruido, las carreras y esa curiosa costumbre urbana de vivir siempre de afán, como si al final del día entregaran un premio a quien más se haya estresado. A veces basta con ponerse ropa cómoda, sacar la bicicleta y comenzar a pedalear.

Esta es la historia de una decisión sencilla que me está regalando algo que vale mucho más que cualquier accesorio de moda: 40 minutos más de vida.

Durante mucho tiempo gasté 60 minutos, y a veces un poco más, entre esperar la llegada de la ruta de transporte público y completar el recorrido hasta mi lugar de trabajo. Una hora de mi existencia que se evaporaba entre la incertidumbre de los horarios, las esperas y los desplazamientos. Un tiempo que parecía perdido antes de que comenzara oficialmente mi jornada laboral.

Hasta que un día decidí cambiar de estrategia. En lugar de seguir esperando que el transporte resolviera mis mañanas, opté por ponerme ropa cómoda, montar en mi caballito de dos ruedas y salir a rodar. Y vaya sorpresa: no descubrí la pólvora, no inventé una aplicación revolucionaria ni necesité un curso de productividad. Simplemente comencé a pedalear.

El resultado ha sido estupendo. He conseguido ahorrarme más de 40 minutos y, lo mejor de todo, he comenzado a recuperar una porción de mi tiempo. Esos minutos que antes se iban entre la espera y el recorrido ahora tienen otro destino: mi familia, mis pensamientos, mi tranquilidad y esos pequeños placeres que solemos aplazar porque siempre estamos demasiado ocupados.

Las compañeras de ruta

¡Qué curioso! Trabajamos para vivir, pero a veces terminamos viviendo apenas para llegar al trabajo.

La bicicleta me ha permitido romper, al menos durante una parte del día, con esa rutina que convierte las mañanas en una carrera de obstáculos. Mientras algunos comienzan la jornada con el ceño fruncido, pendientes del reloj y haciendo cálculos para no llegar tarde, yo encuentro en la ciclorruta una oportunidad para respirar, observar y disfrutar.

Cada mañana, el paisaje urbano me ofrece una ciudad distinta. La misma metrópolis que desde una ventana puede parecer gris, ruidosa y desesperada, sobre dos ruedas revela otros encantos. Aparecen los árboles, las flores, el cielo que cambia de color, los pájaros que no parecen enterados de nuestras angustias y esos rincones que, por andar siempre corriendo, dejamos de mirar.

La ciudad no ha cambiado de un día para otro. Siguen ahí los trancones, las bocinas, las prisas y las obligaciones. Lo que ha cambiado es mi manera de relacionarme con ella. Ahora puedo recorrerla sin sentir que todo es una competencia. No tengo que ganarle al conductor del automóvil de al lado ni discutir con el reloj. Mi propósito es más sencillo: llegar a mi destino, disfrutar el camino y comenzar el día con otra disposición.

La ciclorruta se ha convertido en una pequeña pausa dentro del gran espectáculo de la vida urbana. Un espacio para pensar, ordenar las ideas y disfrutar de mi propio silencio. Porque también hace falta desconectarse un poco de las pantallas, de las noticias, de las conversaciones apresuradas y de esa avalancha de información que pretende mantenernos ocupados hasta cuando no tenemos nada urgente que hacer.

Rumbo a casa en una noche bogotana

En medio de ese recorrido encuentro tiempo para hablar con el Creador, agradecer por la vida y contemplar la naturaleza. No necesito grandes ceremonias ni escenarios extraordinarios. A veces, una mañana fresca, un árbol frondoso y el aire sobre el rostro son suficientes para recordar que estamos aquí, que tenemos mucho por agradecer y que la felicidad no siempre viene empacada en una caja con etiqueta y precio.

Por supuesto, pedalear no elimina las responsabilidades. Al llegar a la oficina, la metrópolis vuelve a reclamar su cuota de afán, reuniones, tareas y compromisos. Pero hay una diferencia: llego después de haberme regalado un momento para mí. Con la mente más despejada, el cuerpo en movimiento y la sensación de que el día no comenzó perdiendo una hora de mi vida.

Y esos 40 minutos recuperados no son solamente una cifra en el reloj. Son tiempo que puedo compartir con mi familia, tiempo para conversar, descansar, disfrutar y recordar que la vida está hecha de momentos que no deberían quedar relegados a los escasos minutos que sobran después de cumplir con todas las obligaciones.

Tal vez por eso la bicicleta tenga algo de rebelde. No necesita hacer ruido para cuestionar nuestras costumbres, ni gastar combustible para demostrar que nos podemos mover. Tampoco exige grandes inversiones para ofrecernos beneficios cotidianos. Basta con utilizarla con responsabilidad, respetar las normas, cuidar nuestra seguridad y entender que la vía pública es un espacio compartido.

Eso sí, la ciudad también tiene una tarea pendiente: ofrecer ciclorrutas seguras, continuas y bien mantenidas, con buena iluminación y respeto por quienes las utilizan. La voluntad individual ayuda, pero no puede reemplazar la responsabilidad de las autoridades ni la convivencia entre todos los actores viales. Mientras tanto, cada pedalazo es una pequeña declaración de independencia frente al afán. Una forma de recuperar el cuerpo, el paisaje y el tiempo que tantas veces entregamos sin preguntarnos si realmente vale la pena.

Hoy puedo decirlo sin exageraciones: amo montar en mi cicla. No porque sea una deportista de alto rendimiento ni porque pretenda convertir cada desplazamiento en una hazaña, sino porque encontré una manera sencilla de vivir mejor dentro de mi propia ciudad. Cuarenta minutos más para mi familia, para mí y para la vida. Si eso no es una buena inversión, habrá que preguntarle al reloj qué negocio estábamos haciendo antes.

Y mañana, cuando vuelva a salir el sol, ahí estará mi caballito de dos ruedas, listo para recordarme que no siempre necesitamos correr más para llegar más lejos. A veces, basta con pedalear para descubrir que el destino más importante no está en la oficina, sino en aprender a disfrutar el camino. Porque la vida no se mide solamente por las horas que pasan, sino también por las que conseguimos vivir de verdad. Y yo, por fortuna, he decidido regalarme 40 minutos más de vida. ¡Nos vemos en la ciclorruta!

Autora: Ing. Diana Paola Velasquez Ruiz.

Bogotá nos ofrece ciclorrutas en buenas condiciones, esperamos muchos más kilómetros para mejorar todo el sistema de bicis urbanas

La ciudad no se destruye sola: el civismo se aprende en casa y se practica en la cotidianidad

0
Si queremos ciudades más desarrolladas, limpias, ordenadas, seguras y agradables, empecemos por educarnos en casa, respetemos en la calle y demos buen ejemplo en cada acción en los espacios públicos

Las ciudades invierten millones en parques, estaciones de transporte, andenes, jardines, fachadas, bancas y luminarias para que sus habitantes disfruten de espacios públicos dignos. Sin embargo, basta con dar una vuelta para descubrir una paradoja: mientras unos construyen, otros se dedican a destruir. Y lo hacen con una tranquilidad que invita a preguntarse si hemos confundido la libertad con el derecho a estropear lo que pertenece a todos.

El mobiliario urbano parece tener enemigos declarados. Bancas rotas, papeleras arrancadas, señales de tránsito convertidas en adornos inútiles, jardines pisoteados y paredes recién pintadas que duran menos que un helado al sol. A ello se suman los grafitis realizados sin autorización, que algunos defienden en nombre del arte y la expresión personal. Pero una cosa es el arte urbano, capaz de embellecer y darle identidad a un barrio, y otra muy distinta es convertir cualquier pared ajena en un lienzo obligatorio. La creatividad no debería necesitar una víctima.

También está el pequeño catálogo de trampas cotidianas: arrojar basura a la calle, invadir los andenes, romper los contenedores para la basura, las ventas ambulantes, estacionar donde no corresponde o evadir el pago del transporte público. En Bogotá, por ejemplo, colarse en TransMilenio se ha convertido en una conducta recurrente que perjudica las finanzas del sistema y a quienes sí pagan su pasaje. El argumento parece sencillo: si puedo hacerlo sin pagar, ¿para qué voy a pagar? Una filosofía extraordinaria para ahorrar unas monedas y empobrecer la convivencia.

El problema va más allá de una papelera rota o un pasaje evadido. Es la idea de que lo público no es de nadie, cuando en realidad es de todos. Y cuando algo es de todos, su cuidado también debería ser responsabilidad de cada uno.

El espacio público es de todos y merece cuidado y protección

¿Dónde comienza esta cultura de la destrucción?

La respuesta incómoda está, muchas veces, en casa. La formación ciudadana no empieza cuando un profesor explica las normas de convivencia ni cuando una campaña oficial pega carteles sobre el respeto. Comienza cuando un niño aprende a recoger lo que ensucia, a cuidar sus juguetes, ordenar su habitación y su ropa, a desconectarse de las pantallas, a respetar al vecino, a esperar su turno y a comprender que sus derechos terminan donde empiezan los de los demás.

Pero ¿qué ocurre cuando esa escuela inicial funciona a media marcha? Hay hogares donde los padres están físicamente presentes, pero su papel formativo parece haber sido tercerizado. El televisor entretiene, los videojuegos ocupan las horas y las redes sociales administran buena parte de la atención familiar. Se comparte techo, pero no necesariamente conversaciones, valores ni experiencias.

Y cuando aparecen los problemas, surge el recurso habitual: que se encargue el colegio. Como si los docentes, además de enseñar matemáticas y ciencias, debieran reparar todas las ausencias de la crianza. La escuela tiene una responsabilidad fundamental, por supuesto, pero no puede sustituir a una familia que renuncia a ejercer la suya.

¿Qué podemos hacer, entonces?

Primero, recuperar el ejemplo cotidiano. No sirve exigirle a un niño que respete las normas mientras el adulto cruza con el semáforo en rojo, arroja una botella a la calle o presume de haberse colado en el transporte.

Segundo, dedicar tiempo real a los hijos. Conversar, caminar por el barrio, visitar un parque, utilizar el transporte público y enseñar a cuidar los espacios compartidos. La educación cívica necesita menos discursos solemnes y más prácticas diarias.

Tercero, combinar prevención con consecuencias. Las autoridades deben mantener los espacios públicos, facilitar la disposición de residuos, promover el arte urbano autorizado y aplicar sanciones proporcionales frente al vandalismo y la evasión. La ciudadanía, por su parte, debe participar en el cuidado de su entorno y denunciar los daños sin convertir cada problema en una pelea.

Y cuarto, reconocer las buenas conductas. Cuidar una jardinera, respetar una fila o recoger un residuo no debería parecer una hazaña extraordinaria. Es, sencillamente, cumplir con nuestra parte.

Mural en Suba Centro- Bogotá

La bicicleta también enseña civismo

El ciclista urbano tiene una oportunidad cotidiana para practicar estos principios. Aprende a compartir la vía, respetar semáforos, ceder el paso, advertir sus maniobras, cuidar su bicicleta y reconocer la vulnerabilidad de peatones y demás usuarios. También descubre que una ciudad amable no se construye únicamente con cemento, sino con prudencia, paciencia y consideración.

No todos los ciclistas son modelos de comportamiento, ni basta con pedalear para obtener un diploma de ciudadano ejemplar. También hay quienes invaden andenes, ignoran señales o creen que las normas son para los demás. Pero la bicicleta, utilizada responsablemente, puede convertirse en una escuela práctica de convivencia: permite observar la ciudad a otra velocidad y comprender que compartimos mucho más que una calle.

Nos falta camino, desde luego. Sería ingenuo afirmar que ya alcanzamos la perfección cívica. Pero cada vez que un ciclista respeta al peatón, cada vez que una familia cuida un parque y cada vez que alguien decide pagar su pasaje, estamos avanzando.

Porque una ciudad no es verdaderamente moderna por sus edificios, sus pantallas o sus estaciones inteligentes. Lo es cuando sus habitantes saben cuidar lo que les pertenece a todos. Y si queremos ciudades más limpias, seguras y agradables, empecemos por algo sencillo: eduquemos en casa, respetemos en la calle y demos ejemplo en cada recorrido. Que el buen uso de la bicicleta también demuestre que somos buenos ciudadanos.

Bicicletas compartidas: el civismo también se monta sobre dos ruedas

1
La bicicleta compartida funciona cuando compartimos algo más que la bicicleta: la responsabilidad de vivir juntos

Hay inventos urbanos que parecen hechos a la medida de una ciudad inteligente. Las bicicletas compartidas son uno de ellos: tomas una en una estación, pedaleas hasta tu destino y la devuelves en otra. Pagas digitalmente, desbloqueas el vehículo y sigues tu camino. Sencillo, económico, saludable y amigable con el medio ambiente. Una maravilla.

Claro, todo funciona de maravilla mientras alguien no confunda compartir con apropiarse, o crea que el mobiliario público es un catálogo gratuito de repuestos.

En Sudamérica, los sistemas de bicicletas compartidas han demostrado que el problema no siempre está en la tecnología, sino en una pieza difícil de fabricar, instalar y mantener: el civismo.

Bogotá cuenta con una flota de miles de bicicletas mecánicas, eléctricas, de carga y adaptadas. Buenos Aires supera las tres mil unidades y dispone de estaciones distribuidas por buena parte de la ciudad. Santiago de Chile también ha apostado por miles de bicicletas, mientras Lima mantiene una operación más fragmentada, concentrada principalmente en distritos exclusivos como Miraflores, San Isidro y San Borja.

Los millones de viajes acumulados en estas ciudades demuestran que existe demanda. Sin embargo, detrás de los pedaleos aparecen los costos menos románticos de la movilidad sostenible: bicicletas desaparecidas, anclajes destruidos, cables arrancados, baterías robadas y piezas que terminan en mercados informales.

En Bogotá, los problemas de vandalismo y seguridad han obligado a replantear la ubicación y operación de estaciones. En Buenos Aires, algunas estaciones han sido retiradas de sectores donde coincidían el vandalismo y una demanda insuficiente. Santiago también conoció las dificultades de los sistemas de bicicletas sin estaciones fijas, en Lima, la concentración del servicio en zonas con mayor vigilancia limita su expansión hacia otros sectores de la metrópoli.

Y aparece otra proeza de la creatividad delictiva: los usuarios fantasmas, las identidades falsas y las bicicletas que salen a rodar para no regresar jamás. Una especie de turismo de ida, financiado por un sistema que pretendía beneficiar a todos.

La respuesta ha sido reforzar anclajes, instalar cámaras, incorporar GPS, verificar identidades y aumentar los controles. Es decir, para que una bicicleta compartida pueda sobrevivir, hay que equiparla de tecnología, vigilancia y procedimientos que encarecen el servicio. El delincuente hace su trabajo gratis; la sociedad paga la factura.

En el otro extremo del planeta, Japón, ciudades como Tokio, Osaka y Kioto ofrecen ejemplos de sistemas de bicicletas compartidas apoyados en tecnología, organización y hábitos de respeto por el espacio común. Las bicicletas se desbloquean digitalmente y se devuelven en lugares autorizados. La confianza social y el cumplimiento de las normas ayudan a que el sistema funcione.

No significa que Japón esté libre de robos o problemas operativos. Significa que el respeto por lo compartido puede reducir la necesidad de convertir cada bicicleta en una pequeña fortaleza sobre ruedas.

En China, la ciudad de Hangzhou desarrolló uno de los grandes sistemas públicos de bicicletas compartidas, con decenas de miles de unidades. Su experiencia muestra la importancia de conectar las bicicletas con el metro y los autobuses, ordenar las estaciones y mantener una logística capaz de redistribuir y reparar los vehículos.

La comparación deja una lección interesante: la infraestructura importa, pero la cultura ciudadana también. No basta con comprar bicicletas, instalar estaciones y estrenar una aplicación con nombre moderno. Hay que conseguir que el usuario entienda que aquello que utiliza no es suyo en exclusiva, pero sí le pertenece como miembro de la sociedad.

Japón y China tienen problemas urbanos propios, y Sudamérica no está condenada al vandalismo. En nuestras ciudades también hay ciudadanos que cuidan, respetan y defienden lo público. El problema es que basta una minoría dispuesta a destruir para perjudicar a miles de personas.

Quizá debamos preguntarnos qué clase de ciudad estamos construyendo cuando necesitamos cámaras para impedir que alguien robe una batería o candados reforzados para evitar que desaparezca un sillín.

La bicicleta compartida es mucho más que un vehículo: es un pequeño ejercicio de confianza colectiva. Enseña que podemos usar algo sin adueñarnos de ello, disfrutar un servicio sin destruirlo y entender que lo público no es tierra de nadie.

Y aquí viene la ironía: queremos ciudades inteligentes, aplicaciones sofisticadas, vehículos eléctricos y sistemas de transporte de última generación, pero todavía tenemos que explicarle a algunos ciudadanos que llevarse una bicicleta ajena no es emprendimiento, que destruir una estación no es protesta y que robar una rueda no constituye una política de movilidad.

Tal vez el verdadero salto tecnológico no consista en instalar otro GPS, sino en actualizar nuestro sentido de pertenencia. Porque si quien la utiliza carece de respeto por los demás, el sistema entero termina pedaleando cuesta arriba. El buen uso de la bici también demuestra que eres un buen ciudadano.

Vivir no es lo mismo que existir: la bicicleta como lección de vida

1
No es suficiente existir, hay que vivir realmente

Hay noticias que se repiten con la puntualidad de un reloj descompuesto: inflación que golpea los bolsillos, economías que crecen menos de lo esperado, deudas externas que comprometen el futuro y gobiernos que prometen tiempos mejores mientras hacen malabares con las cuentas. En buena parte de Suramérica, millones de personas trabajan para vivir mejor, aunque a veces pareciera que viven exclusivamente para trabajar.

Desde pequeños nos enseñan la fórmula del éxito: estudiar, trabajar duro, progresar, comprar una casa, adquirir un automóvil, llenar la vivienda de comodidades y ahorrar para una jubilación tranquila. Un proyecto legítimo, por supuesto. El problema comienza cuando los medios se convierten en fines y terminamos sacrificando la vida para conseguir las cosas que supuestamente nos ayudarán a disfrutarla.

La sociedad de consumo es una excelente vendedora de promesas. Nos convence de que el próximo teléfono, el automóvil más reciente, la vivienda más grande o las vacaciones de catálogo nos acercarán a la felicidad. Y cuando finalmente conseguimos algo, ya hay una nueva versión esperando en la vitrina. Nunca es suficiente. El deseo tiene una particularidad: cuando lo alimentamos exclusivamente con objetos, siempre encuentra espacio para otro.

Mientras tanto, nuestras casas se llenan de cosas que compramos para ocasiones que nunca llegan. Aparatos que apenas utilizamos, ropa que olvidamos, herramientas que pierden sus instrucciones y muebles que terminan ocupando más espacio que las personas. Algún día habrá que decidir qué hacer con todo aquello. Si tenemos suerte, alguien lo aprovechará; si no, terminará en un vertedero, como testimonio material de una vida dedicada a acumular.

Y surge una pregunta incómoda: ¿cuánto de lo que poseemos nos ha permitido vivir mejor y cuánto de nuestra vida hemos dejado de vivir para conseguirlo?

No se trata de renunciar al progreso, sino de impedir que el progreso se convierta en una carrera sin línea de llegada. Tener una vivienda digna, alimentación, educación, salud y seguridad económica es fundamental. Para millones de familias, estas necesidades siguen siendo una aspiración legítima, no un lujo. El problema no es querer vivir mejor, sino aceptar que el valor de una persona se mida por sus adquisiciones.

Quizá debamos recuperar una distinción elemental: una cosa es existir y otra, muy diferente, construir una vida.

Vivir también significa desarrollar nuestros talentos, compartir conocimientos, cuidar a quienes nos rodean y aportar algo útil a la comunidad. No hace falta presidir una multinacional, dirigir una organización internacional ni aparecer en las portadas de las revistas. Un buen profesor, una enfermera comprometida, un mecánico honrado, una madre que acompaña a sus hijos o un vecino que ayuda sin esperar recompensa pueden contribuir mucho más a una sociedad humana que algún ejecutivo ocupado en multiplicar cifras.

Hay satisfacciones que no necesitan factura ni garantía extendida: aprender algo nuevo, conversar sin mirar el teléfono, compartir una comida, caminar por un parque o descubrir que nuestro trabajo le facilitó el día a otra persona. No producen dividendos bancarios, pero enriquecen una vida que no puede medirse únicamente en dinero.

En ese camino, la sencillez puede convertirse en una forma de inteligencia. Comprar lo necesario, disfrutar de comodidades razonables, mantener una vivienda que no nos esclavice con sus gastos y dedicar tiempo a lo que verdaderamente importa. Una casa ordenada, limpia y acogedora no necesita parecerse a la portada de una revista de decoración. Debe servir para vivir, no para impresionar a quienes nos visitan.

Y aquí aparece nuestra vieja amiga de dos ruedas.

Una bicicleta urbana, práctica, segura y sin adornos innecesarios, nos recuerda que para desplazarnos no siempre necesitamos una tonelada de metal, decenas de sistemas electrónicos y una cuenta mensual de gastos. Basta con una máquina bien mantenida, frenos confiables, luces, elementos reflectantes y la disposición de pedalear. No hace falta convertirla en una vitrina de accesorios para disfrutar de sus beneficios.

La bicicleta también enseña convivencia. No necesitamos correr como si el destino fuera a desaparecer, invadir el espacio ajeno ni demostrar superioridad en cada semáforo. Rodar implica respetar las normas, cuidar al peatón, anticipar riesgos y entender que la calle y las ciclorrutas son espacios compartidos. La prudencia no resta libertad; ayuda a conservarla.

Quizá esa sea una de sus lecciones más valiosas: avanzar sin agredir, disfrutar del trayecto y comprender que llegar sano y salvo importa mucho más que presumir de velocidad o de máquina.

Construir una vida es diferente de construir un imperio de objetos. Lo primero deja recuerdos, afectos, conocimientos y comunidades más fuertes. Lo segundo puede dejar bodegas llenas, deudas pendientes y herederos que no saben qué hacer con tantas cosas.

Al final, nadie puede pedalear por nosotros el camino de la existencia. Podemos pasar los años persiguiendo aquello que todavía no tenemos o aprender a disfrutar, cuidar y compartir lo que ya forma parte de nuestra vida.

La bicicleta no promete convertirnos en millonarios ni garantizar una jubilación de lujo. Nos ofrece algo más sencillo: la posibilidad de movernos, respirar, encontrarnos con otros y descubrir que el mundo no termina en la pantalla de un celular ni en la puerta de un centro comercial.

Así que bajemos un cambio. Menos afán por aparentar, menos objetos acumulados y más tiempo para vivir. Que el trabajo nos ayude a sostener la vida, pero que no termine consumiéndola. Porque, cuando llegue la hora de hacer el balance, sería triste descubrir que conseguimos casi todo lo que nos ofreciron comprar, pero dejamos pendiente aquello para lo que, en realidad, estábamos vivos.

Y si todavía tenemos fuerzas para pedalear, salgamos a la calle. Con una bicicleta sencilla, la prudencia como compañera y la generosidad como equipaje. No para demostrar cuánto tenemos, sino para recordar cuánto podemos disfrutar y compartir.

¡Motociclistas invasores! La ciclorruta no es una autopista con descuento

2
Una grave epidemia de infractores poniendo en riesgo loa vida de los ciclistas, peatones y de ellos mismos

BiciUrba | Movilidad, convivencia y cultura ciudadana

Hay conductores que consideran las normas de tránsito recomendaciones opcionales, como esas indicaciones médicas que uno escucha con atención y después ignora. Entre ellos, algunos motociclistas han convertido las ciclorrutas en carriles exprés para escapar de los trancones. El problema es que el atajo se lo conceden ellos mismos y el riesgo se lo trasladan a quienes pedalean.

En Bogotá, Medellín, Ciudad de México y Lima se repite la escena: una motocicleta aparece en el carril destinado a las bicicletas, acelera para ganar unos segundos y obliga al ciclista a frenar, desviarse o encomendarse a la prudencia. A veces, el invasor hasta toca la bocina, como si el intruso fuera quien lleva los pedales.

¡Qué espectáculo de civismo! El infractor reclama, el ciclista se aparta y la autoridad, cuando aparece, llega a comprobar que la infracción ya disfrutó de su paseo.

Una pelea desigual sobre dos ruedas

La diferencia de peso y velocidad entre una motocicleta y una bicicleta convierte cualquier encuentro en una situación peligrosa. El ciclista no tiene carrocería, airbags ni una tonelada de metal para protegerlo. Tiene casco, reflejos y, con suerte, espacio para escapar.

La congestión, las entregas urgentes y los cronómetros de las aplicaciones de reparto suelen utilizarse como excusa. Pero ni el almuerzo del cliente ni la impaciencia del repartidor convierten una ciclorruta en un atajo autorizado. La urgencia comercial no puede valer más que la integridad de las personas.

Además, algunos motociclistas invaden las aceras para entrar o salir de estos carriles, trasladando el peligro a los peatones. El resultado es perverso: quien utiliza un medio de transporte limpio termina arriesgando la vida y puede abandonar la bicicleta por miedo a los motores.

Controi policiaco con tecnologías. Lima-Perú

Bogotá, Medellín, Lima y Ciudad de México: el mismo motor, la misma excusa

Bogotá cuenta con una extensa red de ciclorrutas y una importante cultura ciclista, pero sigue enfrentando invasiones y conflictos viales. La Secretaría Distrital de Movilidad informó que durante 2025 realizó 1.409 operativos contra motocicletas que invadían andenes e impuso 17.650 comparendos por esa conducta. Son cifras sobre invasión de andenes, no exclusivamente de ciclorrutas, aunque ilustran la dimensión del problema de ocupación indebida del espacio peatonal.

En Medellín, los usuarios denuncian conflictos en sectores del centro y corredores como Las Vegas y la avenida Regional. En Ciudad de México, la congestión alimenta la tentación de utilizar las ciclovías para adelantar vehículos. En Lima, las motocicletas y algunos vehículos eléctricos añaden otra dificultad: tener batería y dos ruedas no significa que cualquier aparato pueda circular legalmente por una vía exclusiva para bicicletas.

Las autoridades deben aplicar las normas correspondientes. En Colombia, el Código Nacional de Tránsito contempla sanciones por circular en lugares prohibidos y por conducir sobre espacios peatonales. En Ciudad de México también se prohíbe la circulación de vehículos motorizados por la infraestructura ciclista. Perú, por su parte, ha anunciado sanciones para vehículos eléctricos motorizados que invadan las ciclovías.

Los códigos y montos de las multas deben verificarse según la jurisdicción y la norma vigente. Pero el principio es elemental: quien invade debe responder, y la reincidencia merece controles efectivos e inmovilización cuando corresponda.

Las cámaras, los registros de placas y los operativos móviles pueden ayudar a identificar infractores, siempre que exista un procedimiento legal para validar las pruebas y aplicar las sanciones. También hace falta separar físicamente las ciclorrutas en los puntos críticos, sin impedir el paso de las bicicletas, y exigir responsabilidad a las empresas de reparto por los incentivos que premian la velocidad a cualquier precio.

La pedagogía sirve, pero repetir que hay que respetar al ciclista mientras se deja libre el paso al infractor es como instalar un letrero de «prohibido pasar» en una puerta abierta.

Buenos Aires: la sorpresa sobre pedales

Y aquí aparece una sorpresa para quienes creen que en toda Latinoamérica el ciclista está condenado a mirar permanentemente por el retrovisor: Buenos Aires ofrece lecciones interesantes de convivencia.

La capital argentina ha desarrollado una red de ciclovías con separaciones físicas en numerosos tramos y ha promovido el uso cotidiano de la bicicleta mediante su sistema público Ecobici. Según el Gobierno porteño, la participación de la bicicleta en los viajes pasó del 0,4 % en 2009 al 7 % en 2023.

La protección física, el trazado por calles secundarias y una mayor familiaridad con los ciclistas contribuyen a una experiencia urbana más amable. No significa que Buenos Aires esté libre de accidentes, infractores o conflictos. Pero demuestra que diseñar calles para compartir el espacio, en lugar de entregárselo exclusivamente al motor, puede marcar una diferencia.

Bogotá conserva una experiencia ciclista admirable. Lo que necesita es que el respeto por sus usuarios esté a la altura de su infraestructura. Tener cientos de kilómetros de ciclorrutas sirve de poco si algunos las utilizan como atajo y otros deben pedalear con miedo.

La ciudad también se construye pedaleando

La bicicleta reduce gastos cotidianos, no emite gases por el pedaleo, ocupa menos espacio y ayuda a mantener el cuerpo activo. Permite, además, descubrir el barrio, saludar a los vecinos y llegar sin convertir cada trancón en una tragedia personal.

Pero sus ventajas dependen de algo que no se compra en una concesionaria: la convivencia. Las autoridades deben hacer cumplir las normas; los ciclistas, respetar semáforos y peatones; y los motociclistas, comprender que tener motor no concede superioridad moral.

Una ciudad moderna no es aquella donde todos consiguen acelerar más, sino aquella donde nadie necesita arriesgar la vida para llegar a tiempo.


Que las ciclorrutas vuelvan a ser caminos para pedalear, convivir y disfrutar la ciudad, no pistas de escape para quienes creen que la ley siempre debe frenar a los demás.. Buenos Aires
0SeguidoresSeguir
0SuscriptoresSuscribirte

Recent Posts