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A pedal y coraje: La subida al árbol solitario

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Lo que queda de un bosque alto andino, ante el crecimiento de la ciudad de Bogotá y sus municipios cercanos.

Autor y protagonista de la historia: Andrés Felipe Berrocal Pava.

El aire helado que se siente en el Occidente de la Sabana corta en la cara con solo salir de la casa. En horas de la mañana, el frío empaña las gafas oscuras y congela unas manos sin guantes que sostienen con fuerza un manubrio que no dispone de frenos, mientras una neblina espesa se parte en dos para mostrar un camino hacia el alto de Mondoñedo, el más cercano que tiene el municipio de Mosquera.

Los primeros pedalazos son un intento de calentar el cuerpo frente al desafío que representa el inicio del ascenso. En el primer kilómetro de la subida, es evidente ver cómo la carretera se convierte en un territorio hostil donde la bicicleta es el eslabón más débil entre los gigantescos motores que transitan habitualmente. Camiones repletos de piedra, extraída de las canteras cercanas, pasan rozando a centímetros de distancia, levantando ráfagas de aire y arena que hacen temblar la bicicleta, mientras entorpecen la visión.

Poco a poco, el paisaje se va haciendo más rural. Los colores verde y arena en el fondo de la montaña contrastan con un solitario árbol ubicado en la cima del alto, que representa un norte para todo ciclista que se embarca en este reto.

Mientras las motos y los carros serpentean a toda velocidad, grupos de ciclistas suben con la misma persistencia que las bandadas de aves, organizándose de forma compacta para reducir la resistencia al viento. Si bien muchas aves se mueven en grupos, existen otras que vuelan de manera solitaria.

Así como la evolución dota a las diferentes especies para facilitar tareas que antes se veían imposibles, muchos ciclistas adaptan sus vehículos para enfrentar el ascenso, donde regularmente se prioriza el poco peso, la aerodinámica y el uso de las velocidades que se alternan para coronar la cima. No obstante, así como en la naturaleza, la carencia de estas adaptaciones obliga a ciertas especies a compensar con otras capacidades para competir en igualdad de condiciones.

El verdadero desafío se da cuando el sofoco no viene del esfuerzo físico, sino del pulso que se acelera al ver el último tramo de la cima. El tiempo permanece inmóvil y solo quedan los más persistentes, el ruido del corazón se agudiza y el ritmo se vuelve frenético mientras la competencia imaginaria define un ganador al cruzar una meta invisible.

Al coronar el alto, el cuerpo suelta toda la presión acumulada y las piernas descansan; el rival pasa a ser un compañero más con el que el cansancio importa menos que la satisfacción de llegar a salvo a disfrutar de la vista junto al mismo árbol que marcó el rumbo desde la base del trayecto.

Desde allí arriba, la Sabana parece detener el tiempo. La neblina se abre por instantes y deja ver los municipios, las carreteras y el incesante desfile de vehículos que, desde abajo, parecían dueños del camino. Es entonces cuando uno comprende que la verdadera conquista nunca fue vencer la pendiente ni llegar primero. Fue haber salido de casa antes del amanecer, desafiar el frío, compartir la carretera con respeto y descubrir que cada pedalazo tiene sentido.

Porque las montañas enseñan una lección que las ciudades suelen olvidar: nadie asciende completamente solo. Un saludo entre desconocidos, una voz que anima desde atrás, una botella de agua compartida o un simple “ya falta poco” pueden pesar mucho menos que una bicicleta, pero empujan mucho más que cualquier desarrollo mecánico.

Al final, el descenso será inevitable y el regreso también. Volverán el tráfico, los semáforos, el ruido y la rutina. Sin embargo, quien alguna vez coronó un alto entiende que la bicicleta nunca fue únicamente un medio para desplazarse. Es una escuela silenciosa de paciencia, humildad, voluntad y perseverancia. Enseña que el camino siempre recompensa a quien respeta su propio ritmo y que las metas más importantes no tienen una cinta de llegada.

Quizás por ello miles de personas vuelven una y otra vez a buscar esa montaña. No para demostrar que son más fuertes que los demás, sino para recordarse que todavía son capaces de vencer sus propios miedos. Porque, al fin y al cabo, la bicicleta no cambia la pendiente, ni el viento, ni el frío. Cambia a quien decide enfrentarlos. Y esa es, tal vez, la victoria más grande que puede ofrecer un par de ruedas.

La Protagonista de muchos kilómetros por la Sabana de Bogotá. Desafortunadamente se perdió para siempre después de sufrir un atraco, por fortuna no sufrí lesiones terribles, aunque si me patearon e insultaron. Quizás esté completa, o estará rodando sus piezas en otros marcos. Y si, de entrada el error de no haberla registrado en el Registro Bici- Bogotá. https://registrobicibogota.movilidadbogota.gov.co/#!/

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