El ciclista urbano moderno suele estar muy preocupado por la presión correcta de las llantas, el estado de la cadena, la autonomía de las luces y hasta por la aplicación que registra cada kilómetro recorrido. Sin embargo, a veces olvida algo elemental: el motor principal de la bicicleta no está en las ruedas ni en los pedales. Está sentado sobre el sillín. Y ese motor humano funciona mejor cuando está bien hidratado.
Durante años, la industria de las bebidas deportivas nos convenció de que para recorrer unos cuantos kilómetros era indispensable consumir líquidos de colores fluorescentes, nombres futuristas y etiquetas tan largas que parecen el manual de una lavadora. El problema es que muchas de estas bebidas contienen altas cantidades de azúcar, saborizantes, colorantes y otros aditivos que, consumidos de forma frecuente y sin necesidad real, pueden convertirse en un visitante incómodo para la salud a mediano y largo plazo.
Una botella de gaseosa o bebida azucarada, poco tiene que ver con la nutrición, consumidas de manera ocasional no representan una tragedia nacional, pero cuando se convierten en compañeras permanentes de escritorio, almuerzo y paseo en bicicleta, la historia cambia.
La realidad es mucho más sencilla para la mayoría de los ciclistas urbanos. Quien usa la bicicleta para desplazarse al trabajo, estudiar, hacer diligencias o disfrutar un paseo tranquilo por la ciudad, generalmente no necesita una fórmula desarrollada por científicos espaciales. En muchos casos, agua fresca y una alimentación equilibrada son más que suficientes.
Y aquí es donde Colombia juega con ventaja. Pocos países tienen la fortuna de producir frutas durante todo el año y en tantos climas diferentes. Mientras en las tierras cálidas aparecen mangos, papayas, piñas y sandías, en zonas templadas abundan los cítricos, y en regiones más frías encontramos moras, curubas, uchuvas y fresas. Es casi como tener un supermercado natural distribuido por toda la geografía nacional.
Un ciclista colombiano puede preparar bebidas sencillas, económicas y saludables. Una limonada con poca panela, agua con rodajas de naranja, un jugo de sandía o una mezcla de maracuyá y agua pueden aportar hidratación y nutrientes sin necesidad de recurrir a productos ultraprocesados. Además, suelen ser mucho más amigables con el bolsillo, un detalle que siempre agradece el presupuesto familiar.
Por supuesto, tampoco se trata de convertir cada salida en bicicleta en una peregrinación gastronómica. Algunos ciclistas parecen llevar más comida que equipaje para una expedición al Himalaya. Para un recorrido urbano habitual, basta con mantener una hidratación constante antes, durante y después del trayecto. El cuerpo suele avisar cuando necesita líquidos, pero esperar a sentir una sed intensa es como esperar a que la cadena se rompa para decidir lubricarla.
Los expertos en salud coinciden en que la hidratación adecuada ayuda a mantener el rendimiento físico, favorece la regulación de la temperatura corporal y contribuye al buen funcionamiento de músculos y articulaciones. En otras palabras, ayuda a que el ciclista llegue a su destino con energía y no con la sensación de haber cruzado un desierto en pleno mediodía.

También conviene recordar que el mercadeo tiene la extraordinaria capacidad de vendernos una botella de colores brillantes como si contuviera el secreto de la inmortalidad atlética. Mientras tanto, una humilde naranja, una guayaba o una tajada de sandía observan la escena desde el mercado del barrio preguntándose qué hicieron mal para perder tanta fama.
Recuerde no es exprimir tres o cuatro naranjas, es una sola y mezclar con agua, esa misma fórmula con cualquier fruta, porque hay que considerar los niveles de fructuosa, es el azúcar de las frutas y no hay que exagerar la cantidad.
Diversos estudios han asociado el consumo frecuente de bebidas azucaradas con un mayor riesgo de obesidad, resistencia a la insulina y diabetes tipo 2. Dicho de otra manera: mientras una naranja necesita un árbol, meses de crecimiento y el trabajo de la naturaleza para llegar a nuestras manos, una gaseosa nace en una fábrica. Y aunque ambas son líquidas cuando terminan en un vaso, el cuerpo suele notar bastante la diferencia.
La bicicleta, después de todo, representa una forma de movilidad sencilla, eficiente y cercana a la naturaleza. Resulta lógico que la alimentación y la hidratación que la acompañan sigan esa misma filosofía. Menos laboratorio, más huerta. Menos etiquetas imposibles de pronunciar, más frutas que nuestros abuelos reconocerían sin necesidad de consultar internet.
Porque al final, cuidar la bicicleta es importante. Pero cuidar al ciclista es indispensable. Y en un país donde la naturaleza ofrece una despensa gigantesca de sabores y nutrientes, tal vez la mejor estación de abastecimiento no sea una tienda llena de bebidas fluorescentes, sino la frutería de la esquina.






