Existe un dicho tan viejo como sabio: «Ante la música, colores». Cada quien tiene la banda sonora de su vida. Hay quien madruga con Bach, trabaja con jazz, pedalea escuchando rock, cocina con salsa y termina el día con un vallenato. Otros prefieren el reguetón, el hip-hop o la música electrónica. Y todos tienen derecho. El problema comienza cuando creemos que esa elección es completamente nuestra.
La música, como la bicicleta, parece un ejercicio absoluto de libertad. Usted decide qué escuchar y por dónde rodar. Pero basta mirar con atención para descubrir que, detrás de esa aparente espontaneidad, existen poderosas industrias, algoritmos, intereses comerciales y hasta proyectos políticos que intentan orientar nuestras decisiones.

Porque la música no nació ayer ni de un productor con computador portátil. Es una de las creaciones más sofisticadas de la humanidad. Detrás de una melodía hay matemáticas puras: frecuencias, proporciones, ritmos y armonías que obedecen leyes físicas tan exactas como las que permiten construir un puente o lanzar un satélite al espacio. Sin embargo, esos números se convierten en algo mucho más poderoso cuando llegan al cerebro humano. Allí aparecen la memoria, la nostalgia, la alegría, la rebeldía o el amor.
Y justamente porque la música mueve emociones, también mueve sociedades. Los grandes imperios lo entendieron mucho antes que Spotify. Durante la conquista de América llegaron soldados, sacerdotes… y canciones. La evangelización también se hizo cantando. Más tarde, Europa exportó sus conservatorios como símbolo de civilización.
En el siglo XX, Estados Unidos descubrió que un saxofón, una guitarra eléctrica o una estrella del pop podían conquistar más corazones que muchos discursos diplomáticos. Era el famoso soft power: conquistar sin invadir.

Hoy ya no hacen falta barcos ni ejércitos. Bastan un teléfono celular y unos audífonos. Las plataformas digitales conocen nuestros gustos con una precisión inquietante. Nos sugieren la siguiente canción, el siguiente artista y el siguiente éxito mundial. Poco a poco construyen una especie de autopista musical por donde millones de personas avanzan convencidas de que están explorando libremente, cuando en realidad siguen un recorrido cuidadosamente diseñado.
¿Les suena conocido? Algo parecido ocurre en nuestras ciudades. Cuando una administración elimina ciclorrutas o privilegia exclusivamente al automóvil, no prohíbe montar en bicicleta. Simplemente hace que cada vez menos personas quieran hacerlo. La libertad permanece… pero las condiciones cambian.
Con la música sucede igual. Nadie prohíbe escuchar un bambuco, una guabina, un pasillo, un currulao, un joropo o una buena orquesta sinfónica. Simplemente ocupan cada vez menos espacio en las grandes vitrinas culturales mientras un puñado de ritmos, respaldados por enormes presupuestos de mercadeo, domina las listas globales.
Y entonces aparece la vieja discusión. Unos afirman que la música de antes era mejor. Otros responden que los géneros urbanos representan la verdadera voz de las nuevas generaciones. Ambos tienen parte de razón… y ambos se equivocan cuando creen poseer la verdad absoluta.
La historia demuestra que casi toda música popular fue despreciada en sus comienzos. El tango escandalizó a las élites. El jazz fue considerado vulgar. El rock era «ruido». La salsa nació en barrios de inmigrantes. El hip-hop fue tratado como delincuencia rimada. Hoy muchos de esos géneros forman parte del patrimonio cultural de la humanidad.

Eso sí, una cosa es aceptar la evolución de la música y otra muy distinta renunciar a la curiosidad. Si el algoritmo siempre nos sirve el mismo menú sonoro, terminaremos creyendo que el mundo cabe en veinte canciones. Sería tan absurdo como construir una ciudad con diez carriles para automóviles y un solo metro de andén para los peatones.
La cultura, igual que la movilidad, necesita diversidad para mantenerse viva. Necesita obras complejas y canciones sencillas; grandes orquestas y músicos callejeros; tradición e innovación; silencio y ruido.
Por eso, quizás el verdadero acto de rebeldía contemporánea no sea escuchar lo que todos oyen, sino salir de la ruta recomendada. Buscar un compositor olvidado, descubrir un grupo local, volver a un disco que no aparece entre las tendencias o darle una oportunidad a una música que exige un poco más de tiempo, de atención y de oído.
Porque, al final, ante la música, colores. Entre gustos no hay disgustos. Lo que sí debería incomodarnos es que alguien —un imperio, una industria o un algoritmo— termine escogiendo por nosotros la banda sonora de nuestra propia vida. Y eso, como cualquier ciclista urbano sabe, siempre es mejor decidirlo con las manos firmes sobre el manubrio.

Así que escuche lo que quiera: Mozart o Metallica, Totó la Momposina o Miles Davis, un bambuco, una cumbia, un bolero o un rap de esquina. Pero hágalo con un pequeño acto de rebeldía: elija usted la banda sonora de su vida y no permita que ningún algoritmo, ninguna moda ni ningún imperio desafine esa decisión.
Eso si, que el volumen no moleste a su vecino, porque ahí su música se vuelve ruido insoportable y molesto.






