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La vida sobre dos ruedas

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Con el paso de los años comprendemos que el esfuerzo, la dedicación, el aprendizaje permanente y el cuidado del cuerpo y de las emociones son el verdadero combustible para seguir pedaleando.

Cuando llegan los años y tienes tiempo para mirar hacia atrás, descubres que todo pasó demasiado rápido. Los afanes fueron más numerosos que los triunfos, las preocupaciones más frecuentes que las celebraciones. Pero también entiendes que el mayor logro no fue acumular bienes ni reconocimientos, sino llegar a ser un adulto mayor con los asuntos esenciales resueltos, con la esperanza de conservar la salud y la tranquilidad, sin quedarse detenido en la nostalgia pensando que cualquier tiempo pasado fue mejor.

Si comparamos la vida con una bicicleta, lo primero fue aprender a montarla. Casi siempre alguien nos sostuvo el sillín, corrió a nuestro lado y nos dio ese pequeño impulso que cambió nuestra historia. Desde ese instante entendimos, aunque todavía no lo supiéramos, que nadie construye su vida completamente solo. Siempre necesitaremos una mano amiga, y con el paso de los años también seremos esa mano para alguien más.

La primera bicicleta, como la vida misma, no la escogimos. Simplemente la recibimos. Después aprendimos a hacerla nuestra. Ajustamos el sillín, acomodamos el manubrio, buscamos que todo funcionara mejor para nosotros. Aunque, en realidad, no era la bicicleta la que hacía posible el viaje, sino nuestro talento, la disciplina, la paciencia y las ganas de seguir adelante.

Así comenzamos a recorrer valles, montañas, calles, ciudades, campos, oficinas, fábricas y despachos. Kilómetro tras kilómetro descubrimos que siempre había algo por mejorar. Un poco de pintura, un manubrio diferente, mejores frenos, unas llantas nuevas o unos rines más bonitos. Cambiaban las piezas, pero la bicicleta seguía siendo la misma, llevándonos por los caminos de la vida.

Y, casi sin darnos cuenta, apareció alguien rodando por la misma ruta. Al principio fue una conversación compartida durante el recorrido. Después llegaron las salidas de fin de semana, los descansos bajo un árbol, las fotografías con las bicicletas apoyadas una junto a la otra y los proyectos que empezaron a escribirse en plural. Entonces comprendimos que ya no bastaba una sola bicicleta.

Había que conseguir otra para esa compañera de ruta que decidió recorrer la vida a nuestro lado. Más adelante llegarían bicicletas más pequeñas, cascos de colores, rodillas raspadas y las interminables tardes enseñando a los hijos a mantener el equilibrio. Algún día serían los nietos quienes tomarían el relevo. Sin darnos cuenta, repetíamos el mismo gesto de quien alguna vez corrió detrás de nosotros sosteniendo el sillín para evitar la caída. La vida cerraba así uno de sus círculos más hermosos.

Todos aprendimos a pedalear gracias a alguien. La verdadera felicidad consiste en que, antes de terminar la ruta, también hayamos podido correr al lado de otra bicicleta, sosteniendo el sillín hasta que descubriera su propio equilibrio.

También aprendimos a detenernos a tiempo. Otras veces nos dimos un buen porrazo, porque había lecciones que solo podían aprenderse cayendo. Hubo metas alcanzadas a punta de esfuerzo, entrenamiento y perseverancia, poniendo a prueba tanto el cuerpo como la máquina.

La ruta también tuvo días generosos. Descensos suaves, viento a favor y paisajes capaces de borrar cualquier cansancio. Pero no faltaron los largos falsos planos, las subidas interminables, la lluvia inesperada, el frío que cala los huesos y esas jornadas en las que parecía que el viento siempre soplaba en contra.

Como ocurre con toda buena ruta, hubo momentos en los que fue necesario cambiar de dirección. Apretar con fuerza el manubrio, detenerse a pensar, observar las alternativas y tomar decisiones que modificaron el recorrido. Porque la bicicleta continúa siendo la misma, pero quien realmente cambia somos nosotros.

Con el paso de los años comprendemos que el esfuerzo, la dedicación, el aprendizaje permanente y el cuidado del cuerpo y de las emociones son el verdadero combustible para seguir pedaleando.

También vimos a otros querer ganar cualquier carrera. Algunos buscaron atajos, recurrieron a sustancias prohibidas o confundieron el éxito con la velocidad. Muchos terminaron arrinconados por sus propias decisiones, avergonzados y fuera de la gran competencia que realmente importa: la de vivir con dignidad.

La prudencia, la constancia y la capacidad de entender la ruta terminan siendo mejores compañeras que la prisa. En el camino aparecen muchos ciclistas. Algunos apenas cruzan un saludo; otros se quedan para siempre. Compartimos historias, remedios caseros para aliviar los dolores, una caramañola cuando la sed aprieta y no hay dónde conseguir agua, consejos sobre cómo mantener la bicicleta en buen estado y conversaciones que terminan siendo tan valiosas como cualquier destino.

Y un día llegan los años.

Entonces ya no existe la necesidad de correr tanto. Hasta la bicicleta cambia. Preferimos la seguridad antes que la velocidad, unas buenas luces para ver y ser vistos, frenos confiables y llantas capaces de enfrentar cualquier camino. Pero, por encima de todo, buscamos seguir compartiendo la ruta con esa persona que un día encontramos pedaleando en la misma dirección y decidió quedarse para siempre. Ver rodar a los hijos, y más adelante a los nietos, termina siendo una de las mayores recompensas del viaje.

Porque al final entendemos que la verdadera riqueza nunca fue la bicicleta. Fueron las personas con quienes compartimos el camino.

Llegará el día en que ya no necesitaremos seguir pedaleando. Seguramente extrañaremos el viento en la cara, el sonido de la cadena bien lubricada, el amanecer de una nueva ruta y la alegría sencilla de volver a casa después de un buen recorrido.

No tenemos noticias ciertas sobre lo que existe después de la última curva. Pero me gusta imaginar que, en ese nuevo destino, habrá caminos tranquilos, árboles dando sombra, amigos esperando para conversar y bicicletas listas para seguir rodando.

Y en la eternidad ojalá también tenga ciclovías, paisajes infinitos y el privilegio de volver a pedalear junto a quienes hicieron de nuestra ruta una vida que verdaderamente valió la pena.

El abuelo que nos enseñó a montar bicicleta

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Celebrando a los abuelos y los adultos mayores, por lo menos en Suramérica.

Hay un día del año que no ha sido conquistado por las vitrinas, las promociones de «compre dos y lleve tres» ni por los descuentos de temporada. Es el Día de los Abuelos. Quizás porque el cariño no cabe en una bolsa de regalo y los recuerdos no se venden en centros comerciales.

La celebración sigue teniendo un aire familiar. Vive en los colegios, donde aparecen cartas escritas con letras temblorosas y dibujos llenos de colores; en las parroquias católicas, donde se recuerda a Santa Ana y San Joaquín, los padres de María y abuelos de Jesús; y, sobre todo, en las casas donde todavía existe el privilegio de compartir varias generaciones alrededor de una mesa.

Sin embargo, los tiempos han cambiado. La disminución de la natalidad hace que cada vez haya menos nietos y, con ellos, menos oportunidades para que los abuelos transmitan esos pequeños conocimientos que jamás aparecen en un tutorial de internet. Uno de ellos es enseñar a montar bicicleta.

Todo comienza con ese pequeño caminador en forma de bicicleta, sin pedales, donde el equilibrio se descubre casi sin darse cuenta. Después llegan las rodachinas, que tranquilizan más a los padres que a los niños. Y ojalá duren poco, porque el verdadero aprendizaje empieza cuando desaparecen y el pequeño comprende que mantener el equilibrio depende únicamente de él.

Es entonces cuando aparece el abuelo.

Con una paciencia que solo dan los años, sostiene el sillín con una mano mientras el nieto cree que ya va solo. Corre unos metros detrás de él, aunque las rodillas ya no sean las mismas. Da instrucciones sencillas: mirar hacia adelante, sujetar firme el manubrio, frenar con suavidad, respetar el semáforo y nunca olvidar que la bicicleta también es un vehículo.

Mucho antes de que existieran los videos en redes sociales, los abuelos ya enseñaban conducción defensiva.

«Tal vez ese sea el verdadero legado de quienes enseñan a montar bicicleta: no solo entregar el equilibrio sobre dos ruedas, sino transmitir una manera de recorrer la vida.»

También enseñan a despinchar una llanta, limpiar la cadena, lubricarla, ajustar un freno o inflar correctamente las llantas. Son mecánicos improvisados, instructores de movilidad y, de paso, narradores de historias que aparecen mientras las manos se llenan de grasa.

Claro que llega el día en que el nieto descubre que la bicicleta también sirve para hacer piruetas. Levantar la rueda delantera, brincar un andén o intentar alguna maniobra que vio en internet.

El abuelo respira profundo.

Le recuerda que la bicicleta no es un juguete cualquiera, que el asfalto nunca ha sido blando y que las leyes de la física no se pueden convencer con entusiasmo. Pero también entiende que aprender implica caer.

Y cuando la caída llega —porque siempre llega— aparece el ritual que ha acompañado a generaciones enteras: un poco de antiséptico, una curita, un abrazo, unas palabras de ánimo y esa frase inmortal que casi todos hemos escuchado alguna vez:

—Vea… no fue nada. Súbase otra vez.

Porque el verdadero aprendizaje no consiste en evitar todas las caídas, sino en perderles el miedo.

Si el golpe resulta más serio, el abuelo deja de ser profesor y se convierte en el primero que toma de la mano al nieto para llevarlo al servicio médico. Después avisará a los padres. Primero resuelve la emergencia; así ha funcionado siempre.

Con los años ocurre algo inevitable. El abuelo ya no puede correr detrás del sillín. Las piernas reclaman descanso, la bicicleta permanece más tiempo colgada en el garaje y aquellos bebés que aprendieron a montar ahora son adolescentes que salen con sus amigos.

La vida sigue pedaleando.

Sin embargo, algo permanece.

Cada vez que esos nietos ajusten un casco, revisen los frenos antes de salir o esperen el cambio del semáforo, seguramente aparecerá, aunque sea por un instante, la voz del abuelo diciéndoles cómo hacerlo mejor.

Tal vez ese sea el verdadero legado de quienes enseñan a montar bicicleta: no solo entregar el equilibrio sobre dos ruedas, sino transmitir una manera de recorrer la vida.

Y cuando llega el momento de despedirlos, porque el tiempo nunca deja de avanzar, cuesta creer que desaparezcan del todo. Es más fácil imaginar que siguen rodando por algún lugar.

Quizás exista una inmensa ciclorruta entre las nubes, con árboles siempre verdes, sin huecos, sin trancones, sin conductores impacientes y con el viento siempre a favor. Seguramente allí también habrá bicicletas esperando a quienes hicieron de la paciencia una forma de amar.

¿Y los condenados?

Bueno… probablemente descubrirán demasiado tarde que el peor castigo no consiste en pedalear cuesta arriba para siempre. El verdadero infierno será comprender que ya no tienen un nieto esperándolos para aprender a montar bicicleta.

Mientras tanto, aquí abajo, sigamos celebrando este día como merece ser celebrado: sin que el mercadeo lo convierta en una fecha de consumo. Que siga viviendo en los dibujos hechos a mano, en las eucaristías dedicadas a los mayores, en los abrazos de domingo y en esos paseos al parque donde tres generaciones comparten el mismo sendero.

Porque pocas escenas son tan esperanzadoras como ver a un abuelo caminando junto a un niño que acaba de descubrir el milagro del equilibrio.

Y pocas herencias duran tanto como esa primera bicicleta que alguien nos enseñó a conducir.

Feliz Día de los Abuelos. Y gracias a todos los que, alguna vez, corrieron detrás de nosotros hasta que, sin darnos cuenta, aprendimos a seguir solos.

A pedal y coraje: La subida al árbol solitario

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Lo que queda de un bosque alto andino, ante el crecimiento de la ciudad de Bogotá y sus municipios cercanos.

Autor y protagonista de la historia: Andrés Felipe Berrocal Pava.

El aire helado que se siente en el Occidente de la Sabana corta en la cara con solo salir de la casa. En horas de la mañana, el frío empaña las gafas oscuras y congela unas manos sin guantes que sostienen con fuerza un manubrio que no dispone de frenos, mientras una neblina espesa se parte en dos para mostrar un camino hacia el alto de Mondoñedo, el más cercano que tiene el municipio de Mosquera.

Los primeros pedalazos son un intento de calentar el cuerpo frente al desafío que representa el inicio del ascenso. En el primer kilómetro de la subida, es evidente ver cómo la carretera se convierte en un territorio hostil donde la bicicleta es el eslabón más débil entre los gigantescos motores que transitan habitualmente. Camiones repletos de piedra, extraída de las canteras cercanas, pasan rozando a centímetros de distancia, levantando ráfagas de aire y arena que hacen temblar la bicicleta, mientras entorpecen la visión.

Poco a poco, el paisaje se va haciendo más rural. Los colores verde y arena en el fondo de la montaña contrastan con un solitario árbol ubicado en la cima del alto, que representa un norte para todo ciclista que se embarca en este reto.

Mientras las motos y los carros serpentean a toda velocidad, grupos de ciclistas suben con la misma persistencia que las bandadas de aves, organizándose de forma compacta para reducir la resistencia al viento. Si bien muchas aves se mueven en grupos, existen otras que vuelan de manera solitaria.

Así como la evolución dota a las diferentes especies para facilitar tareas que antes se veían imposibles, muchos ciclistas adaptan sus vehículos para enfrentar el ascenso, donde regularmente se prioriza el poco peso, la aerodinámica y el uso de las velocidades que se alternan para coronar la cima. No obstante, así como en la naturaleza, la carencia de estas adaptaciones obliga a ciertas especies a compensar con otras capacidades para competir en igualdad de condiciones.

El verdadero desafío se da cuando el sofoco no viene del esfuerzo físico, sino del pulso que se acelera al ver el último tramo de la cima. El tiempo permanece inmóvil y solo quedan los más persistentes, el ruido del corazón se agudiza y el ritmo se vuelve frenético mientras la competencia imaginaria define un ganador al cruzar una meta invisible.

Al coronar el alto, el cuerpo suelta toda la presión acumulada y las piernas descansan; el rival pasa a ser un compañero más con el que el cansancio importa menos que la satisfacción de llegar a salvo a disfrutar de la vista junto al mismo árbol que marcó el rumbo desde la base del trayecto.

Desde allí arriba, la Sabana parece detener el tiempo. La neblina se abre por instantes y deja ver los municipios, las carreteras y el incesante desfile de vehículos que, desde abajo, parecían dueños del camino. Es entonces cuando uno comprende que la verdadera conquista nunca fue vencer la pendiente ni llegar primero. Fue haber salido de casa antes del amanecer, desafiar el frío, compartir la carretera con respeto y descubrir que cada pedalazo tiene sentido.

Porque las montañas enseñan una lección que las ciudades suelen olvidar: nadie asciende completamente solo. Un saludo entre desconocidos, una voz que anima desde atrás, una botella de agua compartida o un simple “ya falta poco” pueden pesar mucho menos que una bicicleta, pero empujan mucho más que cualquier desarrollo mecánico.

Al final, el descenso será inevitable y el regreso también. Volverán el tráfico, los semáforos, el ruido y la rutina. Sin embargo, quien alguna vez coronó un alto entiende que la bicicleta nunca fue únicamente un medio para desplazarse. Es una escuela silenciosa de paciencia, humildad, voluntad y perseverancia. Enseña que el camino siempre recompensa a quien respeta su propio ritmo y que las metas más importantes no tienen una cinta de llegada.

Quizás por ello miles de personas vuelven una y otra vez a buscar esa montaña. No para demostrar que son más fuertes que los demás, sino para recordarse que todavía son capaces de vencer sus propios miedos. Porque, al fin y al cabo, la bicicleta no cambia la pendiente, ni el viento, ni el frío. Cambia a quien decide enfrentarlos. Y esa es, tal vez, la victoria más grande que puede ofrecer un par de ruedas.

La Protagonista de muchos kilómetros por la Sabana de Bogotá. Desafortunadamente se perdió para siempre después de sufrir un atraco, por fortuna no sufrí lesiones terribles, aunque si me patearon e insultaron. Quizás esté completa, o estará rodando sus piezas en otros marcos. Y si, de entrada el error de no haberla registrado en el Registro Bici- Bogotá. https://registrobicibogota.movilidadbogota.gov.co/#!/

Ante la música, colores… y cuidado con el DJ del imperio digital

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La música siempre nos acompaña, pero, ¿realmente qué es además de un sistema matemático?

Existe un dicho tan viejo como sabio: «Ante la música, colores». Cada quien tiene la banda sonora de su vida. Hay quien madruga con Bach, trabaja con jazz, pedalea escuchando rock, cocina con salsa y termina el día con un vallenato. Otros prefieren el reguetón, el hip-hop o la música electrónica. Y todos tienen derecho. El problema comienza cuando creemos que esa elección es completamente nuestra.

La música, como la bicicleta, parece un ejercicio absoluto de libertad. Usted decide qué escuchar y por dónde rodar. Pero basta mirar con atención para descubrir que, detrás de esa aparente espontaneidad, existen poderosas industrias, algoritmos, intereses comerciales y hasta proyectos políticos que intentan orientar nuestras decisiones.

Porque la música no nació ayer ni de un productor con computador portátil. Es una de las creaciones más sofisticadas de la humanidad. Detrás de una melodía hay matemáticas puras: frecuencias, proporciones, ritmos y armonías que obedecen leyes físicas tan exactas como las que permiten construir un puente o lanzar un satélite al espacio. Sin embargo, esos números se convierten en algo mucho más poderoso cuando llegan al cerebro humano. Allí aparecen la memoria, la nostalgia, la alegría, la rebeldía o el amor.

Y justamente porque la música mueve emociones, también mueve sociedades. Los grandes imperios lo entendieron mucho antes que Spotify. Durante la conquista de América llegaron soldados, sacerdotes… y canciones. La evangelización también se hizo cantando. Más tarde, Europa exportó sus conservatorios como símbolo de civilización.

En el siglo XX, Estados Unidos descubrió que un saxofón, una guitarra eléctrica o una estrella del pop podían conquistar más corazones que muchos discursos diplomáticos. Era el famoso soft power: conquistar sin invadir.

Hoy ya no hacen falta barcos ni ejércitos. Bastan un teléfono celular y unos audífonos. Las plataformas digitales conocen nuestros gustos con una precisión inquietante. Nos sugieren la siguiente canción, el siguiente artista y el siguiente éxito mundial. Poco a poco construyen una especie de autopista musical por donde millones de personas avanzan convencidas de que están explorando libremente, cuando en realidad siguen un recorrido cuidadosamente diseñado.

¿Les suena conocido? Algo parecido ocurre en nuestras ciudades. Cuando una administración elimina ciclorrutas o privilegia exclusivamente al automóvil, no prohíbe montar en bicicleta. Simplemente hace que cada vez menos personas quieran hacerlo. La libertad permanece… pero las condiciones cambian.

Con la música sucede igual. Nadie prohíbe escuchar un bambuco, una guabina, un pasillo, un currulao, un joropo o una buena orquesta sinfónica. Simplemente ocupan cada vez menos espacio en las grandes vitrinas culturales mientras un puñado de ritmos, respaldados por enormes presupuestos de mercadeo, domina las listas globales.

Y entonces aparece la vieja discusión. Unos afirman que la música de antes era mejor. Otros responden que los géneros urbanos representan la verdadera voz de las nuevas generaciones. Ambos tienen parte de razón… y ambos se equivocan cuando creen poseer la verdad absoluta.

La historia demuestra que casi toda música popular fue despreciada en sus comienzos. El tango escandalizó a las élites. El jazz fue considerado vulgar. El rock era «ruido». La salsa nació en barrios de inmigrantes. El hip-hop fue tratado como delincuencia rimada. Hoy muchos de esos géneros forman parte del patrimonio cultural de la humanidad.

Eso sí, una cosa es aceptar la evolución de la música y otra muy distinta renunciar a la curiosidad. Si el algoritmo siempre nos sirve el mismo menú sonoro, terminaremos creyendo que el mundo cabe en veinte canciones. Sería tan absurdo como construir una ciudad con diez carriles para automóviles y un solo metro de andén para los peatones.

La cultura, igual que la movilidad, necesita diversidad para mantenerse viva. Necesita obras complejas y canciones sencillas; grandes orquestas y músicos callejeros; tradición e innovación; silencio y ruido.

Por eso, quizás el verdadero acto de rebeldía contemporánea no sea escuchar lo que todos oyen, sino salir de la ruta recomendada. Buscar un compositor olvidado, descubrir un grupo local, volver a un disco que no aparece entre las tendencias o darle una oportunidad a una música que exige un poco más de tiempo, de atención y de oído.

Porque, al final, ante la música, colores. Entre gustos no hay disgustos. Lo que sí debería incomodarnos es que alguien —un imperio, una industria o un algoritmo— termine escogiendo por nosotros la banda sonora de nuestra propia vida. Y eso, como cualquier ciclista urbano sabe, siempre es mejor decidirlo con las manos firmes sobre el manubrio.

Así que escuche lo que quiera: Mozart o Metallica, Totó la Momposina o Miles Davis, un bambuco, una cumbia, un bolero o un rap de esquina. Pero hágalo con un pequeño acto de rebeldía: elija usted la banda sonora de su vida y no permita que ningún algoritmo, ninguna moda ni ningún imperio desafine esa decisión.

Eso si, que el volumen no moleste a su vecino, porque ahí su música se vuelve ruido insoportable y molesto.

Cada vez que aparece el Fenómeno de El Niño, Colombia revive un viejo temor: quedarse sin agua y quedarse sin energía

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Inmensa riqueza en energía solar, pero no ha logrado vencer la inercia de la politiquería nacional y regional

No es un miedo infundado, cerca de dos terceras partes de la electricidad que consume el país siguen dependiendo de las centrales hidroeléctricas. Cuando las lluvias desaparecen y los embalses bajan de nivel, el sistema eléctrico entra en una zona de tensión que obliga a recurrir con mayor intensidad a plantas térmicas alimentadas con gas, carbón o combustibles líquidos, mucho más costosas y contaminantes.

La historia ofrece un recordatorio contundente. Entre 1992 y 1993 Colombia sufrió uno de los racionamientos eléctricos más severos de su historia debido a una combinación de sequía extrema provocada por El Niño y una fuerte dependencia de la generación hidráulica. Dos décadas después, entre 2015 y 2016, el país volvió a caminar peligrosamente sobre la misma cuerda floja.

La pregunta parece obvia: si Colombia posee una de las mayores radiaciones solares del continente, ¿por qué aún depende tanto de la lluvia? Paradójicamente, Colombia se encuentra entre los países con mejores condiciones naturales para producir energía solar. Su ubicación ecuatorial permite una radiación relativamente constante durante todo el año, con niveles especialmente altos en departamentos como La Guajira, Cesar, Magdalena, Atlántico, Tolima y parte de los Llanos Orientales.

Durante años esa ventaja permaneció prácticamente desaprovechada. Mientras Alemania —con menos horas de sol— se convirtió en una potencia fotovoltaica, Colombia continuó construyendo represas y fortaleciendo un sistema eléctrico cuya principal fortaleza también constituye su mayor vulnerabilidad: depender del agua.

La situación comenzó a cambiar con la expedición de la Ley 1715 de 2014, que abrió el camino para integrar las Fuentes No Convencionales de Energía Renovable (FNCER), otorgando incentivos tributarios para quienes invirtieran en proyectos solares, eólicos y otras tecnologías limpias.
Posteriormente aparecieron normas técnicas como el RETIE, la NTC 2050 y la Resolución CREG 174 de 2021, que facilitaron la autogeneración y permitieron que hogares, empresas e industrias vendieran los excedentes de electricidad a la red nacional.

Sobre el papel, Colombia parecía haber iniciado la transición energética pero la realidad resultó mucho más compleja. El crecimiento existe… pero no al ritmo que necesita el país y sería injusto afirmar que no ha ocurrido nada, las cifras muestran un crecimiento extraordinario. Según datos de la Unidad de Planeación Minero Energética – UPME-, Colombia pasó de aproximadamente 200 MW de capacidad solar instalada en 2022 a más de 4.000 MW en 2026, multiplicando por veinte su capacidad fotovoltaica en apenas cuatro años.

También aumentó significativamente la autogeneración. Hoy existen más de 24.000 techos solares conectados al sistema eléctrico colombiano entre viviendas, industrias, comercios y pequeñas empresas. Solo durante 2025 se instalaron más de nueve mil nuevos sistemas fotovoltaicos.

En el primer trimestre de 2026 el operador del Sistema Interconectado y el administrador del Mercado de Energía Mayorista de Colombia – XM – reportó la entrada en operación comercial de 55 nuevos proyectos de generación, de los cuales la gran mayoría correspondió a generación distribuida y autogeneración solar. Son cifras históricas, pero también esconden otra realidad. Mucha capacidad instalada… poca participación en la energía diaria

Existe una diferencia que suele perderse en el debate público. No es lo mismo hablar de capacidad instalada que de energía efectivamente generada. Instalar miles de megavatios solares significa que esos paneles pueden producir electricidad, pero solamente producen cuando hay radiación solar.

Hidroeléctrica Hidrosogamoso en el departamento de Santander

Las hidroeléctricas, por su parte, pueden generar durante muchas más horas al día, siempre que exista suficiente agua almacenada. Por eso, aunque la capacidad solar instalada ha crecido de forma extraordinaria, la mayor parte de la electricidad que consumen diariamente los colombianos continúa proviniendo de las hidroeléctricas y, cuando escasea el agua, de las plantas térmicas. En otras palabras, Colombia avanza hacia una matriz más diversificada, pero todavía no ha dejado de depender de la lluvia.

Uno de los discursos más repetidos durante el gobierno del presidente Gustavo Petro ha sido que la solución al Fenómeno de El Niño no consiste en construir más plantas térmicas sino en acelerar la transición hacia energías renovables. El argumento tiene fundamento técnico. Cada panel solar instalado reduce la necesidad futura de combustibles fósiles y disminuye las emisiones de carbono. Sin embargo, la transición energética no depende únicamente de instalar paneles, requiere redes de transmisión, almacenamiento mediante baterías, regulación eficiente, inversión privada, estabilidad jurídica, financiación y aceptación de las comunidades donde se desarrollan los proyectos, y precisamente allí aparecen los mayores obstáculos.

Sobre el papel existen cientos de iniciativas solares registradas ante la UPME, pero registrarlas no significa construirlas. Muchas permanecen detenidas por consultas previas, conflictos sociales, problemas ambientales, dificultades para obtener financiación, retrasos en las líneas de transmisión o simplemente porque dejaron de ser rentables para los inversionistas.

En el corregimiento de Carretalito, proyecto solar en el sur de La Guajira

La Guajira resume perfectamente esa contradicción. Posee algunos de los mejores recursos solares y eólicos de América Latina, sin embargo, numerosos proyectos han sufrido retrasos por conflictos territoriales, procesos de consulta con comunidades indígenas y dificultades para construir las líneas que deben transportar esa electricidad hacia el resto del país.

La consecuencia es evidente, el potencial energético existe, la infraestructura todavía no. Entonce se plantea la pregunta ¿A quién benefician realmente los paneles solares? La respuesta depende del lugar donde se mire. En las grandes ciudades, la energía solar ha sido adoptada principalmente por industrias, centros comerciales, universidades, hospitales y empresas capaces de invertir varios millones de pesos en sistemas fotovoltaicos, para ellas el ahorro en la factura eléctrica puede ser considerable.

En zonas rurales el panorama cambia, allí miles de familias que nunca habían tenido acceso permanente a la electricidad hoy cuentan con pequeños sistemas solares aislados. En estos casos, la energía solar no solo reduce costos, significa refrigerar medicamentos, bombear agua, iluminar escuelas o mantener conectividad digital. El verdadero desafío consiste en extender esos beneficios más allá de los proyectos piloto.

Dentro de esa estrategia apareció el programa Colombia Solar, orientado a que hogares vulnerables y pequeños negocios de estratos 1, 2 y 3 puedan convertirse en autogeneradores de electricidad mediante la instalación de paneles solares. En lugar de subsidiar indefinidamente el consumo eléctrico, el Estado financia parte de la infraestructura necesaria para que las familias produzcan parte de su propia energía.

El concepto es atractivo, la pregunta será si logra ejecutarse con suficiente cobertura, continuidad y recursos. ¿Cumplió el gobierno Petro? Responder sí o no sería simplificar un proceso mucho más complejo. Los datos muestran avances indiscutibles.

Nunca antes Colombia había incorporado tantos proyectos solares ni había alcanzado un crecimiento tan acelerado de la capacidad instalada, pero también es cierto que muchos proyectos continúan retrasados, que la demanda eléctrica crece más rápido que la nueva oferta y que persisten cuellos de botella regulatorios, financieros y de transmisión. Expertos advierten que, si estos obstáculos no se resuelven, el país podría enfrentar déficits estructurales de oferta en los próximos años.

Es decir, la transición comenzó, pero aún está lejos de completarse. Y aquí entra el reto para el gobierno de Abelardo de la Espriella, que hereda un escenario complejo. Por un lado, recibirá una infraestructura renovable mucho mayor que la existente hace cuatro años. Por otro, enfrentará una creciente demanda eléctrica, incertidumbres sobre el abastecimiento de gas y proyectos renovables que todavía esperan superar barreras sociales, ambientales y financieras.

De acuerdo con los lineamientos públicos conocidos hasta ahora, la nueva administración ha planteado fortalecer nuevamente la exploración de petróleo y gas como respaldo para la seguridad energética, sin abandonar las energías renovables. El reto será encontrar un equilibrio entre garantizar el suministro inmediato y mantener el impulso de la transición energética.

Más allá de los discursos, cada Fenómeno de El Niño recuerda que la verdadera seguridad energética no depende de una sola fuente, no basta con construir más hidroeléctricas, tampoco basta con instalar miles de paneles solares. La resiliencia del sistema colombiano pasa por combinar hidroelectricidad, energía solar, eólica, almacenamiento, redes inteligentes, eficiencia energética y una planeación que trascienda los ciclos políticos.

El sol, por sí solo, no resolverá todos los problemas del sistema eléctrico nacional, pero ignorarlo sería desperdiciar uno de los recursos naturales más abundantes que posee Colombia. Porque una cosa es impulsar la energía solar y otra muy distinta lograr que esta pueda sustituir, en pocos años, la enorme capacidad de generación que hoy aportan las hidroeléctricas y las plantas térmicas. Del mismo modo, apostar nuevamente por el petróleo y el gas puede fortalecer la seguridad energética en el corto plazo, pero no elimina la necesidad de diversificar la matriz eléctrica frente a un clima cada vez más variable.

En ese escenario, el verdadero desafío no será escoger entre paneles solares o pozos petroleros. Será construir una política energética de Estado que combine seguridad de abastecimiento, competitividad económica y sostenibilidad ambiental, con decisiones basadas en evidencia científica y no únicamente en los ciclos políticos.

La última carrera no se gana con un automóvil

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El momento, para darnos tiempo de vivir, no solo de sobrevivir o existir.

Hay una certeza contra la que jamás ha podido luchar la humanidad. Ni los emperadores, ni los multimillonarios, ni las grandes corporaciones tecnológicas, ni los políticos que prometen cambiar el mundo cada cuatro años. Todos han perdido la misma batalla: el tiempo. El tiempo no negocia. No acepta sobornos. No conoce el botón de pausa ni el de retroceso. Sigue avanzando con una puntualidad casi ofensiva.

Lo curioso es que nos empeñamos en administrarlo como si fuera una cuenta bancaria. Compramos relojes inteligentes para ahorrar segundos, teléfonos cada vez más rápidos, computadores más potentes y automóviles capaces de acelerar de cero a cien kilómetros por hora en pocos segundos… para terminar inmóviles en un embotellamiento.

Y aquí la gran paradoja urbana. En las mega ciudades, dos, tres y hasta cuatro horas diarias desaparecen entre buses, trenes, metros, motocicletas, automóviles y trancones interminables. Se sale de casa cuando aún bosteza el amanecer y se regresa cuando ya es de noche. Al final del día no queda energía para vivir; apenas alcanza para sobrevivir y ajustar el despertador para el día siguiente…

En las ciudades medianas ocurre algo distinto. Todo parece estar a cinco o diez minutos. Da la impresión de que el tiempo transcurre más despacio. Pero es una ilusión óptica. La hora sigue teniendo sesenta minutos y cada minuto conserva sus sesenta segundos. Lo único que cambia es que uno deja de regalárselos al tráfico.

Mientras tanto, la vida pasa. Trabajamos. Compramos. Pagamos cuotas. Esperamos las vacaciones como quien espera un eclipse solar. Y para millones de personas esas vacaciones nunca llegan. La mayor parte de la humanidad no vive soñando con recorrer el mundo; vive soñando con llegar tranquila a fin de mes.

En el caso de familias con descendencia humana, el gran objetivo siempre fue el mismo: que los hijos tuvieran una vida mejor. Y, en muchos casos, lo lograron. Tan bien lo hicieron que ahora viven a miles de kilómetros, hablan otros idiomas y la antigua casa familiar terminó convertida en una reunión anual por videollamada. Así funciona el éxito moderno.

Cuando aparecen los setenta años —si la fortuna regala salud, una pensión y un techo propio— comienza un ejercicio inesperado: abrir el clóset. Entonces aparecen cinco chaquetas que nadie usa, veinte camisas perfectamente dobladas, zapatos para ocasiones que jamás volverán, tres celulares antiguos «por si acaso», dos computadores que ya parecen piezas de museo, tabletas, cables misteriosos que nadie sabe para qué sirven y cajas llenas de objetos cuyo único mérito consiste en haber sobrevivido a varias mudanzas. Uno descubre que pasó cuarenta años comprando cosas para terminar preguntándose quién tendrá que deshacerse de ellas cuando ya no esté.

El automóvil merece un capítulo aparte. Hay quienes lo lavan cada domingo con la misma dedicación con la que antes ayudaban a sus hijos con las tareas escolares. Otros hacen cuentas y concluyen que mantener un vehículo que apenas sale una vez por semana es un lujo bastante costoso. Lo venden sin demasiados remordimientos.

Claro, hay excepciones. En Estados Unidos el automóvil dejó hace décadas de ser un medio de transporte para convertirse en una forma de vida. Allí muchas ciudades fueron diseñadas pensando en motores y no en personas. Caminar suele parecer un acto de rebeldía y montar en bicicleta, salvo en algunos barrios o parques, exige más valentía que condición física.

Para este tiempo, también cambia la forma de habitar los espacios familiares. La casa donde cabía toda la familia empieza a quedarse demasiado grande para dos personas. Algunos la renta, muchos la venden y terminan viviendo en apartamentos donde el minimalismo deja de ser una filosofía japonesa para convertirse en una necesidad inmobiliaria.

Entonces aparece una pregunta incómoda. ¿Para qué guardamos tantas cosas? La respuesta suele ser sencilla: porque nunca tuvimos tiempo para preguntarlo antes. Y entonces lo verdaderamente importante empieza a reducirse a una lista mucho más corta. Cuidar la salud. No convertirse en una carga para los demás. Llamar a esos amigos que aún responden el teléfono. Encontrar un grupo con quien conversar, compartir una afición, hacer voluntariado o, en el peor de los casos, intercambiar memes y fotos por WhatsApp para demostrar que seguimos aquí.

Y es precisamente entonces cuando el cuerpo presenta la cuenta de cobro. La espalda protesta. Las rodillas opinan. El equilibrio ya no es el mismo. La respiración exige pausas. El corazón recuerda que durante décadas trabajó más de la cuenta y recibió muy poco mantenimiento. Muchos descubren demasiado tarde que invirtieron toda su vida en producir riqueza… menos la propia. Cultivaron empresas de otros. Cultivaron carreras profesionales llenas de títulos de postgrados. Cultivaron patrimonio. Pero olvidaron cultivar el cuerpo que debía acompañarlos durante todo el viaje.

Los compañeros de trabajo atraviesan historias parecidas. Algunos lograron conservar una excelente condición física. Son pocos. La mayoría pertenece a una generación educada para creer que el éxito consistía en trabajar sin descanso, acumular bienes, hacer especializaciones, pagar hipotecas y garantizar que los hijos llegaran más lejos. Y sí. Llegaron tan lejos que ahora toca cuadrar la llamada según el huso horario.

¿Hay arrepentimientos? Tal vez no, lo que existe es una comprensión más serena. Nos vendieron un modelo de vida que funcionó para algunos, pero nunca para todos. Creímos que el progreso resolvería las injusticias, que la tecnología reduciría las guerras, que el desarrollo traería tranquilidad. Sin embargo, el siglo XXI sigue despertando con conflictos armados, desigualdades profundas y un planeta que nos recuerda, con olas de calor e inundaciones, que también él tiene límites.

Aun así, no todo está perdido. Mientras exista la posibilidad de levantarse cada mañana, preparar un café, leer un buen libro, conversar con alguien querido, caminar unas cuadras o subirse nuevamente a una bicicleta, todavía queda futuro.

Quizás la verdadera riqueza nunca estuvo en la cuenta bancaria ni en el garaje lleno de vehículos. Tal vez siempre estuvo en disponer del tiempo suficiente para vivir despacio. Por eso, mientras las piernas respondan y el corazón siga marcando el ritmo, vale la pena salir a dar una vuelta en bicicleta. Sin prisa. Sin récords. Sin demostrarle nada a nadie. Después de todo, la única carrera que realmente importa ya no consiste en llegar primero. Consiste en disfrutar el camino antes de que el tiempo, ese viejo e invencible compañero de viaje, decida que hemos llegado al destino final.

La ciudad vista a 30 kilómetros por hora.

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Ciudades amables, donde se puede vivir, no solo existir

Hay ciudades que no fueron hechas para correr, sino para vivir. Lugares donde un recorrido cotidiano en bicicleta deja de ser una carrera contra el reloj para convertirse en una forma de descubrir el entorno. Ciudades de entre medio millón y un millón de habitantes, como Mendoza y San Juan, en Argentina; Viña del Mar, en Chile; Cuenca, en Ecuador; Pereira o Manizales, en Colombia; Arequipa, en Perú; Encarnación, en Paraguay; Santa Cruz do Sul o Joinville, en Brasil, e incluso varias capitales departamentales de Uruguay, conservan una escala que permite apreciar la vida desde una perspectiva diferente: la de un ciclista que pedalea a no más de 30 kilómetros por hora.

No se trata únicamente de la velocidad. Se trata del tiempo. A ese ritmo la ciudad deja de ser un paisaje borroso visto desde la ventanilla de un automóvil. Las calles recuperan sus detalles, los árboles vuelven a tener nombre, las fachadas cuentan historias y las plazas dejan de ser espacios por los que simplemente se pasa para convertirse en lugares donde vale la pena detenerse.

Muchas de estas ciudades han desarrollado ciclovías, parques lineales, avenidas arboladas y espacios públicos que, aunque no son perfectos, permiten desplazarse con una sensación de tranquilidad difícil de encontrar en las grandes metrópolis latinoamericanas. El tráfico existe, por supuesto, pero rara vez alcanza la intensidad permanente de ciudades de ocho o diez millones de habitantes. Los automóviles circulan a velocidades más moderadas, las distancias son razonables y el ciclista urbano puede disfrutar del recorrido sin vivir en permanente estado de alerta.

Es entonces cuando aparece uno de los mayores privilegios de la bicicleta: la posibilidad de observar una iglesia centenaria, una casona restaurada, un mural recién pintado o el movimiento de una plaza donde los niños juegan mientras los adultos conversan bajo la sombra de los árboles. Detenerse unos minutos para beber agua, tomar un café, un jugo natural o compartir un sencillo fiambre en un pequeño local de barrio deja de ser una pérdida de tiempo y se convierte en parte del viaje.

La bicicleta tiene esa virtud: transforma el trayecto en experiencia. También facilita algo que las grandes ciudades parecen haber olvidado: la conversación espontánea. Es frecuente que dos ciclistas coincidan frente a un semáforo, en una cafetería o junto a un bicicletero y terminen hablando sobre una nueva ruta, un componente recién instalado, el estado de una ciclovía o simplemente sobre cómo está la ciudad. Son encuentros breves, pero suficientes para recordar que el espacio público también sirve para construir comunidad.

En estas ciudades la vida productiva no desaparece. Existen oficinas, industrias, universidades, comercio y un creciente número de personas que trabajan de manera remota gracias a Internet. Sin embargo, los desplazamientos suelen consumir menos tiempo y eso significa algo invaluable: más horas disponibles para vivir. Todo parece quedar relativamente cerca. El trabajo, el colegio, el supermercado, el parque y, en muchos casos, el campo. En pocos minutos es posible abandonar el tejido urbano y encontrarse con viñedos, fincas, huertas, montañas, ríos o playas, dependiendo de la geografía. Son paisajes que no solo producen alimentos; también producen bienestar, biodiversidad y un equilibrio ambiental que todavía forma parte de la vida cotidiana.

La vivienda también suele conservar una escala más humana. Aún existen barrios de casas con patios, jardines y árboles frutales, donde el espacio permite que los niños jueguen, que una bicicleta tenga un lugar propio y que la reunión familiar ocurra al aire libre. Son barrios donde todavía es común conocer al vecino, saludarse cada mañana y celebrar juntos los acontecimientos importantes. Ese tejido social contrasta con la realidad de muchas grandes torres de apartamentos donde cientos de personas comparten ascensores, pasillos y parqueaderos sin llegar siquiera a saber el nombre de quienes viven al otro lado de la pared.

No significa que estas ciudades sean perfectas. También enfrentan desafíos como el crecimiento urbano, la congestión, la inseguridad o la presión inmobiliaria. Pero todavía conservan algo que las grandes metrópolis luchan por recuperar: una dimensión humana.

En buena parte de ellas el costo de vida resulta más accesible, la vivienda demanda un menor esfuerzo económico y los tiempos de desplazamiento permiten un mejor equilibrio entre trabajo, descanso y familia. El dinero rinde un poco más, pero, sobre todo, el tiempo alcanza para aquello que realmente importa.

Quizá por eso recorrer estas ciudades en bicicleta ofrece una sensación difícil de explicar. No es solo la satisfacción de utilizar un medio de transporte limpio, económico y saludable. Es la posibilidad de mirar alrededor sin prisa, de sentir el clima, de escuchar a las personas, de descubrir un café nuevo o una calle desconocida.

Pedalear a 30 kilómetros por hora termina siendo una filosofía de vida. Porque, al final, la verdadera riqueza de una ciudad no se mide por la altura de sus edificios ni por la velocidad de sus autopistas. Se mide por la capacidad que tiene de permitir que sus habitantes vivan, conversen, respiren y disfruten el camino. Y pocas formas de comprobarlo son tan sencillas como hacerlo sobre una bicicleta, mientras el reloj deja de ser el protagonista y la buena vida se respira en cada pedalazo.

Durante décadas nos convencieron de que el progreso estaba en las grandes ciudades. Allí estaban las oportunidades, el empleo, las universidades, la cultura y la promesa de una vida mejor. Millones de personas emprendieron ese viaje buscando prosperidad. Pero el crecimiento también tuvo un costo. Hoy muchas de esas megaciudades viven atrapadas entre embotellamientos interminables, viviendas cada vez más pequeñas, contaminación, ruido, largas jornadas de desplazamiento y un ritmo que apenas deja espacio para la familia, el descanso o la contemplación. En muchos casos ya no se vive la ciudad: se sobrevive a ella.

Quizá por eso comienza a surgir una nueva forma de entender el bienestar. No consiste en vivir donde todo ocurre, sino donde todavía es posible caminar, pedalear, conversar con un vecino, conocer al tendero del barrio, llegar al trabajo en pocos minutos y regresar a casa con tiempo para compartir una comida o ver crecer a los hijos.

La bicicleta no resuelve por sí sola los problemas urbanos, pero sí tiene la capacidad de revelar una verdad sencilla: las mejores ciudades no siempre son las más grandes ni las más ricas. Son aquellas donde el tiempo vuelve a pertenecerle a las personas. Donde recorrer unos kilómetros no significa librar una batalla contra el tráfico, sino disfrutar el trayecto.

Tal vez el verdadero desarrollo del siglo XXI no consista en construir ciudades cada vez más inmensas, sino comunidades donde la calidad de vida vuelva a ocupar el primer lugar. Y pocas formas de descubrirlo son tan claras como recorrerlas en bicicleta, a treinta kilómetros por hora, con la tranquilidad de quien sabe que el destino no es más importante que el camino.

Una mirada a nuestro tiempo, que ha heredado las experiencias de otros poderes

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Nuestras existencias, lo queramos o no, también están supeditadas a las políticas de los líderes planetarios

La historia de la humanidad demuestra que los imperios cambian de nombre, de bandera y de tecnología, pero conservan muchos de los mecanismos con los que han ejercido el poder. Desde la expansión marítima iniciada por Portugal y España en el siglo XV hasta la competencia estratégica entre Estados Unidos, China y la Unión Europea en la actualidad, la guerra, la presión económica, el dominio comercial y el control de la información han sido instrumentos recurrentes para ampliar o preservar la influencia política.

Aunque las formas de gobierno evolucionaron desde las monarquías absolutas hasta las democracias liberales y los sistemas de partido único, numerosos historiadores coinciden en que la competencia entre grandes potencias continúa siendo uno de los motores de la política internacional. La diferencia es que, en el siglo XXI, los campos de batalla ya no son únicamente militares: también son financieros, tecnológicos, industriales y culturales.

Durante los siglos XVI al XIX, los grandes imperios europeos consolidaron sus dominios mediante expediciones militares, colonización y control de las rutas comerciales. Posteriormente, el Imperio Británico convirtió el comercio internacional y el poder naval en los pilares de su hegemonía. Después de la Segunda Guerra Mundial, el escenario cambió profundamente. Estados Unidos emergió como la principal potencia económica, militar y tecnológica de Occidente, mientras la Unión Soviética lideró el bloque socialista hasta su desaparición en 1991.

Hoy, el panorama es más complejo. Estados Unidos continúa siendo la mayor potencia militar del mundo y mantiene el dólar como principal moneda de reserva internacional. China, entretanto, se convirtió en la segunda economía mundial y en la principal potencia manufacturera, además de competir en sectores estratégicos como inteligencia artificial, telecomunicaciones, vehículos eléctricos, energías renovables y exploración espacial. La Unión Europea, aunque carece de un ejército único, representa uno de los mayores mercados del planeta y ejerce una enorme influencia mediante regulaciones comerciales, ambientales y tecnológicas.

En este nuevo escenario, los aranceles, las sanciones económicas, el control de cadenas de suministro, las restricciones a la exportación de microchips y la competencia por minerales estratégicos como el litio, las tierras raras y el cobalto han reemplazado, en muchos casos, a la ocupación militar directa como herramientas de presión internacional.

Estados Unidos impulsa políticas destinadas a fortalecer su industria mediante subsidios estratégicos, restricciones tecnológicas y políticas comerciales orientadas a reducir su dependencia de China, y ésta desarrolla planes de largo plazo como Made in China 2025, la Franja y la Ruta y fuertes inversiones en inteligencia artificial, infraestructura y energía.

La Unión Europea intenta mantener su competitividad combinando innovación tecnológica, transición energética, regulación digital y apertura comercial, aunque enfrenta desafíos derivados del envejecimiento poblacional, los costos energéticos y la competencia industrial asiática y estadounidense. Es quizás el grupo geopolítico más afectado en este tiempos porque esta viendo como sus grandes industrias van perdiendo terreno, y es el turismo el que la ayuda a no sucumbir.

Más que una confrontación exclusivamente ideológica, el escenario actual refleja una competencia por el liderazgo tecnológico, industrial y financiero del siglo XXI. Y es aquí donde el dinero también gobierna. Las campañas electorales modernas requieren enormes recursos financieros. Esto ha incrementado la influencia de grandes empresas, grupos industriales, entidades financieras y organizaciones de presión —los llamados lobbies— sobre las decisiones gubernamentales.

La relación entre poder político y poder económico ha sido ampliamente estudiada. En algunos casos genera innovación e inversión; en otros, puede derivar en conflictos de interés, captura regulatoria o corrupción.

Según Transparencia Internacional, la corrupción continúa siendo uno de los principales obstáculos para el desarrollo. Su Índice de Percepción de la Corrupción muestra que más de dos tercios de los países obtienen calificaciones inferiores a 50 sobre 100, reflejando problemas persistentes tanto en economías desarrolladas como emergentes. Finalmente los costos recaen principalmente sobre los ciudadanos mediante mayores impuestos, menor calidad de los servicios públicos, menor inversión social y pérdida de confianza institucional.

Si durante el siglo XX la radio y la televisión fueron instrumentos fundamentales para construir legitimidad política, hoy la disputa ocurre también en internet. Las redes sociales, los motores de búsqueda, las plataformas digitales y la inteligencia artificial se han convertido en escenarios donde gobiernos, empresas y actores privados compiten por influir en la opinión pública.

La desinformación, las campañas coordinadas, los algoritmos y la utilización masiva de datos personales forman parte de una nueva dimensión del poder. El control de la información ya no depende exclusivamente del Estado. También participan grandes compañías tecnológicas cuyos servicios son utilizados diariamente por miles de millones de personas.

La humanidad ya no vive bajo los grandes imperios coloniales de hace tres siglos. Sin embargo, la competencia por la influencia mundial continúa. Hoy las armas incluyen satélites, inteligencia artificial, sanciones económicas, patentes tecnológicas, cadenas logísticas, mercados financieros y control de datos e información.

Sería una simplificación afirmar que todas las democracias funcionan igual que los antiguos imperios o que todas las grandes potencias emplean exactamente los mismos métodos. Existen diferencias importantes en sus sistemas políticos, en el respeto a los derechos humanos y en los mecanismos de control institucional. Pero también es cierto que la historia muestra patrones recurrentes: la búsqueda de poder, recursos, mercados e influencia sigue siendo un elemento constante de las relaciones internacionales.

Quizá la principal diferencia del siglo XXI sea que ningún imperio puede dominar el mundo por sí solo. La interdependencia económica, la velocidad de la información, la innovación tecnológica y los desafíos globales —como el cambio climático, las migraciones masivas, las pandemias o el crimen organizado transnacional— obligan a competir y cooperar al mismo tiempo.

En esa tensión permanente se mueve el mundo contemporáneo. Y, como ha ocurrido tantas veces en la historia, las decisiones tomadas por las grandes potencias terminan repercutiendo, tarde o temprano, en la vida cotidiana de millones de ciudadanos que solo aspiran a trabajar, vivir en paz y construir un futuro mejor.

Noventa minutos para un sueño de toda la vida

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Más allá de la copa, los verdaderos campeones

El próximo domingo el mundo volverá a detenerse durante noventa minutos —o quizás un poco más— para conocer al nuevo campeón del Mundial de Fútbol. Millones de personas vestirán la camiseta de su selección, otros se reunirán en familia, en un café, un parque o frente al televisor de la casa para vivir una de esas pocas experiencias capaces de unir a la humanidad alrededor de un mismo acontecimiento.

Como en cada Copa del Mundo, alrededor del balón giran muchos otros intereses. Está la geopolítica de los países anfitriones, el deseo de mostrar poder e influencia ante el planeta, las enormes cifras que mueve la FIFA, los derechos de televisión, los patrocinadores, el mercado de las apuestas deportivas y una industria que convierte al fútbol en uno de los mayores negocios del siglo XXI. Todo eso existe. Sería ingenuo negarlo, pero, por fortuna, el fútbol sigue siendo mucho más grande que todo ese engranaje económico.

No hace falta ser comentarista deportivo para comprenderlo. Tampoco analizar cada jugada con estadísticas o discutir durante horas si una alineación fue acertada o si un cambio llegó demasiado tarde. El verdadero aficionado entiende que el fútbol es, antes que nada, una historia profundamente humana.

En cada partido hay veintidós futbolistas y un equipo arbitral intentando hacer bien su trabajo. Hay miles de movimientos cuidadosamente entrenados, desmarques, pases, coberturas, sacrificios silenciosos y decisiones tomadas en apenas una fracción de segundo. Detrás de cada gol existe una construcción colectiva que pocas veces alcanza a percibir quien solo mira el resultado final.

El hincha suele ver únicamente una camiseta. El aficionado descubre personas. Cada jugador que llega a un Mundial carga una historia que difícilmente cabe en una transmisión de televisión. Muchos crecieron en barrios humildes, donde una pelota remendada era suficiente para imaginar un futuro distinto. Otros debieron abandonar muy temprano la comodidad de su hogar para ingresar a escuelas de formación, vivir lejos de sus padres y convertir la disciplina en una forma de vida mientras otros adolescentes disfrutaban de una juventud más tranquila.

Ser futbolista profesional no consiste únicamente en dominar el balón. Es aprender a levantarse después de una lesión. A soportar derrotas dolorosas. A convivir con la presión permanente de rendir cada fin de semana. A aceptar que una mala tarde puede convertir al héroe en villano ante millones de espectadores. Es entrenar cuando nadie observa y volver a empezar cuando las cosas no salen como se esperaba.

En la cancha no solo compiten músculos entrenados durante años. También compiten la fortaleza mental, la capacidad de controlar las emociones, la inteligencia para interpretar el juego y el valor de seguir adelante cuando el estadio entero parece estar en contra.

Porque jugar un Mundial significa convivir con una presión que pocos seres humanos experimentarán alguna vez. Cada pase puede ser decisivo. Cada error puede quedar grabado para siempre. Cada acierto puede inmortalizar un nombre en la memoria colectiva de un país. Y aun así, allí están. Corriendo hasta el último minuto.

Llegar a vestir la camiseta de una selección nacional ya representa una victoria extraordinaria. Antes hubo miles de niños soñando el mismo sueño, cientos de jóvenes compitiendo por un lugar y decenas de futbolistas que quedaron en el camino pese a tener un enorme talento. Integrar una convocatoria mundialista significa haber superado años de competencia feroz, sacrificios familiares, entrenamientos interminables y renuncias personales.

Por eso, independientemente de quién levante la copa el domingo, todos los futbolistas que participaron en este Mundial ya conquistaron algo que muy pocos seres humanos alcanzan: representar a su país en el escenario deportivo más importante del planeta.

Ese mérito rara vez aparece en los titulares. Quizás el hincha, cegado por la pasión, no siempre lo reconoce. Pero el verdadero amante del fútbol sí sabe valorar el recorrido que existe detrás de cada uniforme.

Cuando el árbitro dé el pitazo final habrá un campeón y un subcampeón. Así funciona el deporte. Sin embargo, también quedarán miles de abrazos en las tribunas, niños soñando con imitar a sus ídolos, familias enteras celebrando alrededor de un televisor, ciudades que por unas horas olvidaron sus diferencias y un planeta que volvió a hablar el mismo idioma: el del fútbol.

Sea que la gloria viaje hacia Suramérica o permanezca en la Península Ibérica, la esencia seguirá siendo la misma. Lo verdaderamente hermoso no es únicamente levantar una copa. Es comprobar que un balón continúa teniendo la capacidad de emocionar, unir culturas, despertar recuerdos y recordarnos que, detrás de cada camiseta, siempre hay un ser humano que un día fue un niño persiguiendo un sueño.

Y quizá esa sea la mayor victoria que deja cada Mundial: recordarnos que el deporte, cuando se mira con el corazón antes que con los intereses, sigue siendo una de las expresiones más nobles de la condición humana.

Imperios: la historia del poder escrita sobre las rutas comerciales

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"Quien controla el comercio controla la riqueza; quien controla la riqueza termina controlando el mundo."

Mucho antes de que existieran los bancos internacionales, las bolsas de valores o los tratados de libre comercio, el mundo ya giraba alrededor de una misma idea: dominar las rutas por donde circulaban los bienes más valiosos. La historia de la humanidad puede leerse como una sucesión de imperios que crecieron gracias al comercio, conquistaron territorios para asegurar materias primas y desaparecieron cuando perdieron el control de ellas.

Durante más de cinco mil años cambiaron las banderas, los idiomas, las religiones y las armas. Sin embargo, la lógica económica fue prácticamente la misma. Recursos naturales que han definido el destino de pueblos enteros. Y hay que recordar que los bienes más valiosos los establece el mismo imperio, hoy por ejemplo el dinero se representa en el dólar americano, pero, realmente ¿qué lo sustenta? Solo lo que el imperio reinante determine para todo el mundo desde una idea global. Todos los procesos imperiales lo han soñado, el límite hasta donde se conocía el planeta, hoy es total esa referencia.

Los invito a hacer un recorrido por los grandes imperios históricos, así logramos entrever el inicio, el eje de crecimiento y posterior desaparición, o por lo menos su menor influencia en el planeta. Arrancamos con Mesopotamia y se dio a partir del comercio organizado. Hacia 3.500 a. C., en la antigua Mesopotamia —entre los ríos Tigris y Éufrates, en el actual Irak— surgieron las primeras ciudades organizadas. Allí aparecieron también los primeros registros escritos de transacciones comerciales en tablillas de arcilla.

Los sumerios intercambiaban cereales, tejidos, madera y cobre con pueblos situados a cientos de kilómetros. Aquellas rutas comerciales impulsaron el desarrollo urbano y también las primeras disputas por el control de los recursos. Más tarde surgiría el Imperio Babilónico, cuyo primer gran período se extendió aproximadamente entre 1894 y 1595 a. C. Bajo el reinado de Hammurabi (1792-1750 a. C.), se fortalecieron los mercados y la administración del comercio. Desde entonces quedó establecida una constante histórica: quien controlaba los ríos controlaba el comercio.

De esa premisa surge Egipto, su poder el río Nilo. Entre 3100 y 30 a. C., los faraones organizaron una de las economías más eficientes del mundo antiguo. El trigo egipcio alimentaba buena parte del Mediterráneo oriental. Así las expediciones comerciales llegaban hasta Nubia, el mar Rojo y el legendario País de Punt —probablemente ubicado entre Eritrea y Somalia— en busca de incienso, ébano, marfil, oro y animales exóticos. El comercio enriquecía al imperio, pero también justificaba campañas militares para asegurar las rutas.

Entre 1500 y 300 a. C., los fenicios, establecidos en las costas del actual Líbano, transformaron el Mediterráneo en una inmensa red comercial. No fueron grandes conquistadores militares, pero sí extraordinarios comerciantes. Fundaron colonias desde Chipre hasta España, incluida Cartago, y comerciaron madera de cedro, vidrio, tintes púrpura y metales. Demostraron que un imperio podía construirse más con barcos que con ejércitos.

Logrado el manejo del Mediterráneo, el Imperio Aqueménida (550-330 a. C.) encontró que las carreteras imperiales eran las vías para comerciar y conquistar. Así construyeron más de 2.500 kilómetros desde la India hasta Egipto, entre ellas la Ruta Real Persa. Así las mercancías podían recorrer el imperio protegidas por un sistema administrativo y un ejercito, era una gigantesca plataforma logística.

Al escenario mundial, de la época, llegan Grecia y Roma, a partir de un mercado único que dominaron buena parte del comercio marítimo entre los siglos VIII y IV a. C. y desde el año 27 a. C. hasta 476 d. C., el Imperio Romano convirtió al Mediterráneo en lo que llamaban Mare Nostrum. Además comprendieron que mantener abiertas las rutas comerciales era tan importante como ganar batallas. Cuando esas rutas comenzaron a fragmentarse por invasiones, crisis económicas y conflictos internos, también empezó el declive del imperio romano.

Y en oriente, Asia durante la dinastía Han, comenzó a consolidarse la famosa Ruta de la Seda. Aunque nunca fue una sola carretera, conectó China con Asia Central, Persia y finalmente Europa. La seda era apenas uno de los productos, también viajaban porcelana, papel, pólvora, especias, conocimientos matemáticos, religiones y tecnologías. Fue quizá la mayor red de intercambio cultural y económico de la historia y que hoy se trata de consolidar nuevamente.

El mundo conocido sufre una gran transformación cuando los europeos llegaron a Abya Yala también nombrada como Pindorama, o Anáhuac y que los españoles denominaron como América. A partir de 1492 cambió completamente el comercio mundial.

España construyó uno de los mayores imperios de la historia entre los siglos XVI y XVIII. Se calcula que entre los siglos XVI y XVIII fueron extraídas de América más de 180 toneladas de oro y cerca de 16.000 toneladas de plata, para financiar guerras, palacios y ejércitos europeos. También significó la destrucción de civilizaciones como los aztecas e incas, epidemias devastadoras, trabajo forzado y explotación minera a gran escala. Por su parte Portugal, desarrolló un imperio marítimo basado en el comercio de especias, azúcar y posteriormente esclavos africanos.

Y si hablamos de multinacionales, bueno los holandeses durante el siglo XVII apareció una innovación que cambiaría el mundo. En 1602 nació la Compañía Holandesa de las Indias Orientales (VOC), considerada como la primera corporación multinacional moderna. No solo comerciaba. Podía declarar guerras, acuñar moneda, administrar colonias y firmar tratados. Por eso se da como origen del capitalismo moderno a esta nueva forma de imperio comercial y bancario.

Otras de las razones para construir imperios es el desarrollo tecnológico. Ya no solo es la tierra o las materias primas, es aplicar procesos industriales para dominar todo. Así entre los siglos XVIII y XX, Gran Bretaña construyó el mayor imperio territorial conocido. Hacia 1920 controlaba una cuarta parte de la superficie terrestre y una población cercana a 458 millones de personas.

Con la máquina de vapor impulsó la minería del carbón a gran escala, mecanizó e industrializo el algodón proveniente de India y Estados Unidos. Al desarrollar vehículos automotrices el caucho de Asia permitió fabricar neumáticos. El té, el café y el azúcar transformaron los hábitos de consumo de Europa y del mundo. Con la Revolución Industrial multiplicó la producción, pero también aceleró la contaminación atmosférica, la minería intensiva, la deforestación, arruinando fuentes de agua, tierras y destruyendo culturas en todo el orbe.

Tras la Segunda Guerra Mundial (1945), Estados Unidos emergió como la principal potencia económica mundial. Su liderazgo no dependía únicamente de su capacidad militar, tenía nuevos procesos y sistemas tecnológicos, industriales, financiero global, innovación científica y buena parte del comercio internacional.

Durante gran parte del siglo XX, numerosos conflictos geopolíticos estuvieron relacionados directa o indirectamente con el control de hidrocarburos. Hoy el mapa comercial vuelve a transformarse. El litio, el cobre, el cobalto, el níquel, el grafito y las llamadas tierras raras son indispensables para fabricar las nuevas tecnologías. Bolivia, Argentina y Chile concentra cerca del 60 % de las reservas mundiales de litio conocidas, la República Democrática del Congo produce alrededor del 70 % del cobalto mundial. Y hay que considerar que China domina buena parte del procesamiento de tierras raras utilizadas en componentes electrónicos. Si bien el escenario ha cambiado, las materias primas también pero la competencia por controlarlas continúa.

Cada imperio aportó en infraestructura, tecnología, cultura, modos de ver y entender el mundo y la sociedad, pero también dejó cicatrices ambientales profundas, destrucción de culturas, con millones de personas esclavizadas o desplazadas, con la decisión política de destruir culturas enteras absorbidas o destruidas por las potencias dominantes para imponerse.

Hoy hablamos de comercio digital, inteligencia artificial, cadenas globales de suministro y energías limpias. Sin embargo, detrás de un teléfono inteligente siguen existiendo minas de cobre, litio, silicio y tierras raras. Detrás de un automóvil eléctrico continúan extrayéndose millones de toneladas de minerales. Y detrás de cada gran potencia económica permanece la necesidad de asegurar el acceso a recursos estratégicos.

La historia demuestra que ningún imperio es eterno, Babilonia cayó, Persia desapareció, Roma se fragmentó, España perdió sus colonias, el Imperio Británico se disolvió tras la Segunda Guerra Mundial, incluso la hegemonía de Estados Unidos enfrenta hoy la creciente competencia económica y tecnológica de China, lo único que parece permanecer inalterable es la importancia del comercio. El desafío se establece en hacerlo sin repetir el ciclo que ha acompañado a casi todos los imperios: extraer hasta agotar, conquistar hasta destruir y crecer sin medir las consecuencias.

Quizá la verdadera potencia del siglo XXI tal vez sea aquella que logre demostrar que el progreso puede construirse sin convertir a la naturaleza y a las culturas en el precio inevitable del desarrollo y de la inversión que hacen desde lo militar, tecnológico o financiero.

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