Inicio Blog Página 2

El auto inteligente y el dueño que paga por no pensar

1
No se trata de declarar enemigo al automóvil eléctrico. Puede ser una herramienta valiosa para reducir emisiones y transformar el transporte, se trata de recordar que la tecnología debe estar al servicio de las personas, no convertirlas en clientes cautivos...

Hay sueños que el mercado nos vende desde hace décadas. Tener casa propia, viajar por el mundo y, por supuesto, comprar un automóvil. Si es de alta gama, mucho mejor. Si tiene pantalla gigante, conexión a internet, comandos por voz y hasta capacidad para estacionarse solo, mejor todavía. La publicidad lo llama progreso. El departamento de facturación, una oportunidad de negocio que nunca termina.

Porque el automóvil moderno, especialmente el eléctrico y conectado, está cambiando las reglas del juego. Ya no basta con comprar la máquina: también hay que pagar por algunos de los servicios digitales que la hacen más inteligente. En otras palabras, el vehículo es suyo, pero una parte de sus capacidades funciona bajo arrendamiento tecnológico.

Bienvenidos al maravilloso mundo de las suscripciones sobre ruedas. El auto es suyo, las funciones están en alquiler

Comprar un automóvil significaba adquirir un vehículo con determinadas prestaciones. Uno pagaba el precio, llenaba el tanque, cambiaba el aceite, revisaba los frenos y salía a la calle. Si quería escuchar música, instalaba una radio. Si necesitaba orientación, consultaba un mapa o preguntaba por una dirección. La vida tenía sus complicaciones, pero no exigía una tarjeta de crédito para encender el aire acondicionado desde el teléfono.

Hoy, algunos fabricantes ofrecen servicios conectados que, después de un periodo de prueba, requieren pagos mensuales o anuales. Mapas con información del tráfico en tiempo real, conexión wifi, aplicaciones de entretenimiento, localización GPS, comandos remotos, diagnósticos a distancia y ciertas funciones avanzadas de asistencia a la conducción pueden depender de una suscripción.

La ironía alcanza niveles notables cuando una función requiere componentes que ya vienen instalados de fábrica, pero cuya activación depende de una licencia. La nueva pregunta de la industria no parece ser cuánto cuesta fabricar un automóvil, sino cuántas veces se puede cobrar por él después de venderlo.

Un teléfono móvil con cuatro ruedas

Los fabricantes norteamericanos, europeos o asiáticos apuestan por vehículos donde el software, las pantallas, la conectividad y las actualizaciones tienen un papel central. A estos alquileres de partes, las baterías también sufren del mismo mal en algunas opciones. El cliente puede adquirir el vehículo sin comprar la batería y pagar periódicamente por su uso, esto ilustra hasta dónde puede llegar la idea de separar la propiedad de una parte esencial del producto.

Paquetes de datos gratuitos durante un tiempo limitado, sistemas avanzados de asistencia a la conducción cuyas prestaciones dependen del modelo, la legislación y las condiciones comerciales de cada mercado. El automóvil se parece cada vez más a un teléfono inteligente con ruedas. Solo que el teléfono cabe en el bolsillo y, cuando se queda sin batería, uno puede cambiarlo de bolsillo. El automóvil, en cambio, necesita un estacionamiento, cuatro neumáticos, seguro, mantenimiento y, en ciertos casos, una suscripción para seguir presumiendo de inteligencia.

Y cuidado con la conectividad, si el fabricante no ofrece compatibilidad con Android Auto o Apple CarPlay, utilizar las aplicaciones del celular puede ser más complicado. No ocurre con todos los vehículos, pero conviene comprobarlo antes de comprar. La libertad digital también aparece escrita en la letra pequeña.

Durante generaciones, el mecánico de confianza fue una figura esencial del barrio. Escuchaba el motor, revisaba una conexión, encontraba una pieza y, con paciencia y conocimiento, devolvía el automóvil a la carretera. Con los vehículos eléctricos y electrónicos, buena parte de ese trabajo sigue siendo necesaria, pero se suman nuevos obstáculos.

Los sistemas electrónicos pueden utilizar herramientas de diagnóstico y programas propietarios. En algunos casos, acceder a determinadas funciones requiere autorización del fabricante, licencias o equipos especializados. Frenos, neumáticos, suspensión y otros componentes siguen necesitando mantenimiento convencional, sin embargo, la complejidad digital y el acceso limitado a información técnica pueden encarecer las reparaciones independientes.

Además, una intervención incorrecta en los sistemas eléctricos puede provocar fallos graves. No es asunto de improvisar con un destornillador y buena voluntad. Por eso el movimiento internacional por el derecho a reparar reclama acceso razonable a repuestos, información técnica y herramientas de diagnóstico. La discusión importa especialmente en América Latina, donde las reglas y los mecanismos de protección varían entre países. Porque si una reparación sencilla termina exigiendo una grúa, una cita y una factura del concesionario, el progreso puede resultar bastante costoso.

Frente a semejante despliegue tecnológico, existe una máquina que lleva más de un siglo resolviendo buena parte de la movilidad urbana sin necesitar conexión satelital, actualizaciones inalámbricas ni planes prémium para desbloquear sus pedales. Su mecánica es relativamente sencilla, sus repuestos suelen estar disponibles y muchas reparaciones pueden hacerse en casa o en la bicicletería del barrio. No necesita combustible ni una batería de alta tensión. Tampoco exige pagar una cuota mensual para autorizar el funcionamiento del manubrio.

Sus gastos son previsibles: mantenimiento, neumáticos, frenos, lubricación y, de vez en cuando, algún accesorio que el ciclista compra porque la bicicleta, aunque nunca pide nada, termina recibiendo de todo. Y hay una suscripción que sí vale la pena: pedalear con regularidad para mejorar la condición física, despejar la mente y gastar menos dinero en desplazamientos cotidianos.

En la ciudad, para muchos recorridos diarios, la bicicleta es una de las alternativas más sensatas: ocupa poco espacio, requiere una inversión moderada y permite llegar al destino con el cuerpo en movimiento y la cabeza más despejada. Mientras unos pagan para que su automóvil siga siendo inteligente, otros pedalean sin intermediarios. Y cuando llega la hora de reparar, basta muchas veces con una herramienta, un poco de conocimiento y la bicicletería de la esquina.

La bicicleta no necesita demostrar que es inteligente. Lo demuestra quien decide utilizarla diariamente.

La humanidad progresa a toda velocidad… hacia el precipicio

2
El pulmón del continente ante el resultado de una elección política y económica

Estamos desarrollando inteligencia artificial, edificios inteligentes , automóviles inteligentes y que vuelan. Lo único que todavía no conseguimos es comportarnos inteligentemente con el planeta.

La Tierra ha sobrevivido a cinco extinciones masivas. Ahora, según numerosos científicos, estamos entrando en una sexta, esta vez con una diferencia importante: no hace falta esperar la caída de un meteorito. Para semejante trabajo contamos con una especie muy eficiente, capaz de talar bosques, contaminar ríos, recalentar el clima y después organizar una cumbre internacional para discutir quién paga la factura.

Sí, la especie humana. Esa que se considera la más inteligente del planeta porque inventó el teléfono móvil, aunque a veces no levanta la mirada de la pantalla ni para comprobar si viene un camión.

Las cifras de la biodiversidad son preocupantes. El Informe Planeta Vivo de WWF registró una disminución promedio del 73 % en las poblaciones de vertebrados monitoreadas entre 1970 y 2020. No significa que haya desaparecido ese porcentaje de todas las especies, sino que las poblaciones estudiadas se han reducido drásticamente. Los ecosistemas de agua dulce figuran entre los más golpeados.

Pero tranquilos: mientras desaparecen especies, nosotros seguimos perfeccionando los empaques de plástico, comprando productos que no necesitamos y celebrando cada nuevo récord de consumo como si fuera una medalla olímpica.

Las abejas, por ejemplo, cumplen una tarea esencial para la polinización de numerosos cultivos. No tienen oficinas, no convocan ruedas de prensa ni necesitan una aplicación para organizar sus jornadas. Simplemente trabajan. Y nosotros, que dependemos de su labor para producir alimentos, seguimos destruyendo los lugares donde viven. Después nos sorprenderemos cuando la compra del mercado cueste más. ¡Qué misterio tan difícil de resolver!

También desaparecen humedales, se deterioran las fuentes de agua y se pierden especies que podrían contener sustancias útiles para futuros medicamentos. La naturaleza lleva millones de años investigando sin laboratorios corporativos y sin cobrar suscripciones. Nosotros estamos desmontando esa biblioteca antes de terminar de leerla.

La Amazonía no acepta discursos de ventas

La selva amazónica es una pieza fundamental del equilibrio climático mundial. Brasil, que alberga la mayor parte de este bioma, tiene una responsabilidad enorme en su conservación.

Durante el gobierno de Jair Bolsonaro, entre 2019 y 2022, aumentó la presión sobre la selva y se debilitaron mecanismos de fiscalización ambiental. Con Luiz Inácio Lula da Silva se recuperaron medidas de control y la deforestación disminuyó. Sin embargo, la contradicción persiste: proteger el bosque mientras se promueven actividades económicas que pueden comprometerlo.

Porque el desarrollo, según algunas interpretaciones, consiste en extraer todo lo que tenga algún valor comercial y dejar para después la pregunta sobre qué haremos cuando se agote.

Claro que las comunidades necesitan carreteras, hospitales, escuelas, empleo e ingresos. No se puede exigir a una familia que proteja el bosque mientras carece de servicios básicos. Pero tampoco hay que confundir desarrollo con abrir una herida en la selva y llamarla oportunidad de negocio.

La naturaleza, por cierto, no vota. Tampoco pertenece a un partido político. No distingue entre discursos de izquierda o derecha: cuando se destruye un ecosistema, sus consecuencias no solicitan identificación ideológica antes de llegar.

El cambio climático se ha convertido en motivo de disputas políticas, como si la temperatura del planeta dependiera de una encuesta electoral. Unos minimizan el problema; otros anuncian grandes transformaciones, mientras los intereses económicos siguen empujando en direcciones contradictorias. Entretanto, el termómetro no espera a que los dirigentes se pongan de acuerdo.

Trabajar, comprar, pagar y repetir

Las ciudades son otro capítulo de esta comedia. Construimos torres de concreto, compramos automóviles cada vez más sofisticados y aceptamos pasar horas atrapados en el tráfico. Después llegamos a casa agotados, pedimos comida por una aplicación y nos sentamos frente a otra pantalla para descansar del día que acabamos de perder.

Al día siguiente, repetimos la operación. Trabajamos para pagar la vivienda, el automóvil, los servicios, el combustible y todos esos objetos que prometían ahorrarnos tiempo. Y cuando finalmente tenemos tiempo, estamos demasiado cansados para disfrutarlo.

¡Un modelo de eficiencia verdaderamente admirable!

La publicidad nos convence de que siempre nos falta algo. El mercado vende la solución y, de paso, fabrica una nueva necesidad. La tecnología avanza, pero no necesariamente mejora nuestra relación con el tiempo, los vecinos o la naturaleza.

No se trata de rechazar la innovación. Se trata de entender que una sociedad no es más avanzada solamente porque consume más energía, produce más basura o construye edificios más altos.

Y cuando llegamos a la vejez, aparece una revelación extraordinaria: todo aquello que acumulamos no cabe en el último viaje. No hay entierros con trasteo, ni camión de mudanzas para llevarse los electrodomésticos al más allá.

La bicicleta: una revolución sin sala de juntas

Aquí aparece nuestra vieja amiga de dos ruedas. Sin discursos grandilocuentes, sin combustibles fósiles durante el pedaleo y sin necesidad de actualizar el sistema operativo cada quince días.

Una bicicleta urbana puede resolver muchos desplazamientos cotidianos, reducir la dependencia del automóvil, favorecer la actividad física y aliviar el bolsillo. No acabará por sí sola con la deforestación, pero ayuda a cuestionar la idea de que cada persona necesita mover una tonelada de metal para transportar su humanidad.

Y no hace falta comprar una bicicleta que parezca preparada para conquistar una competencia internacional. Una sencilla, cómoda, segura y bien mantenida puede ser suficiente. No necesitamos componentes de carbono para ir a la panadería ni un uniforme de patrocinador para visitar a los amigos.

La bicicleta tampoco exige regresar a las cavernas. Podemos utilizar internet, disfrutar de los avances médicos y aprovechar la inteligencia artificial sin convertir cada novedad en una excusa para comprar algo más. Lo que necesitamos es inteligencia de la otra: la que permite distinguir entre lo útil y lo superfluo, entre progreso y despilfarro, entre comodidad y dependencia.

La naturaleza seguirá funcionando con sus propias reglas. Nosotros podemos continuar fingiendo que todo se resuelve con dinero, tecnología y discursos, o comenzar a cambiar algunas costumbres.

Por ejemplo, ahorrar combustible, mover las piernas, recuperar tiempo y descubrir que la ciudad también existe más allá del parabrisas. No resolveremos la crisis ambiental pedaleando una sola mañana. Pero cada viaje puede ser una pequeña declaración de independencia frente a una sociedad que nos vende velocidad y termina robándonos el tiempo.

Al fin y al cabo, si vamos a seguir avanzando como especie, convendría asegurarnos de que no estamos pedaleando hacia el precipicio. Y para eso, una bicicleta urbana, algo de sentido común y menos ganas de comprarlo todo pueden ser un excelente comienzo, hasta para defender la amazonía.

Bogotá: cuando llueve, el agua nos pasa la cuenta

0
Una ciudad limpia y amable no se consigue únicamente con grandes obras. También se construye con pequeños actos de respeto

Las inundaciones no son solamente un problema de alcantarillas. También reflejan nuestros hábitos, la falta de civismo y esa curiosa costumbre de creer que la ciudad es responsabilidad de los demás.

Bogotá y sus municipios vecinos volvieron a experimentar, en los últimos días, la fuerza de las lluvias y las granizadas. El pasado 14 de octubre, los aguaceros provocaron inundaciones en Soacha, afectaciones en la Autopista Sur y serias dificultades para la movilidad. La naturaleza hizo lo suyo, pero también dejó al descubierto problemas que llevamos años acumulando. Literalmente.

Porque cuando las calles se convierten en ríos, los sumideros se taponan y los residuos aparecen flotando donde deberían circular las aguas lluvias, conviene hacerse una pregunta incómoda: ¿cuánto de esta situación tiene que ver con nuestra propia conducta?

Bogotá ha conocido campañas memorables de cultura ciudadana. Durante la alcaldía de Virgilio Barco Vargas, en los preparativos para la visita del papa Pablo VI en 1968, se impulsaron acciones de recuperación y embellecimiento urbano. Décadas después, Antanas Mockus llevó la pedagogía ciudadana a las calles, con mensajes y estrategias que buscaban enseñarnos algo elemental: convivir también requiere aprender a comportarse.

Parece que algunas lecciones necesitan repetirse, ojalá sin necesidad de convocar otra visita papal.

El agua siempre encuentra su camino

La Sabana de Bogotá fue un territorio de lagunas, humedales, ríos y corrientes que descendían de las montañas. Buena parte de ese paisaje fue transformado por la urbanización, las vías y las construcciones. Hoy vemos ladrillo, concreto y asfalto, y a veces olvidamos que debajo de esa ciudad persiste una geografía que no desapareció por decreto.

Cuando llegan precipitaciones intensas, el agua busca por dónde avanzar. Si encuentra sumideros obstruidos por bolsas, botellas, empaques y otros desperdicios, el problema se agrava. La lluvia no necesita leer un manual de urbanismo: simplemente sigue la pendiente y ocupa el espacio disponible.

Por supuesto, las inundaciones también dependen de la intensidad de las precipitaciones, la capacidad de los drenajes, la ocupación de zonas inundables y el mantenimiento de la infraestructura. No todo se explica por la basura. Pero arrojar residuos a la calle es una manera bastante eficaz de empeorar una situación que ya puede ser compleja.

Y ahí aparece nuestro talento para la contradicción: exigimos calles limpias mientras dejamos basura en las aceras; pedimos parques agradables, pero los tratamos como si fueran extensiones del basurero; reclamamos soluciones a las autoridades y, al mismo tiempo, ponemos obstáculos a quienes deben resolver los problemas.

La espuma de la vergüenza

En Bosa y sectores de Soacha, las inundaciones recientes volvieron a mostrar acumulaciones de espuma asociadas con aguas contaminadas. Detrás de esas imágenes hay una mezcla preocupante de residuos, materia orgánica y sustancias provenientes de actividades domésticas, comerciales e industriales.

Los detergentes y otros productos de limpieza, cuando llegan sin tratamiento adecuado a las corrientes de agua, pueden contribuir a deteriorar los ecosistemas acuáticos. Basta mirar la degradación histórica del río Bogotá y su recorrido hacia el Salto del Tequendama para comprender que la contaminación no desaparece porque dejemos de verla.

La espuma puede llamar la atención de las cámaras, pero el problema es mucho más profundo: consumimos, ensuciamos y descargamos residuos como si los ríos tuvieran una capacidad infinita para recibirlos.

Después, cuando el agua contaminada invade una calle o un barrio, nos sorprendemos. ¡Qué misterio! Parece que todavía no entendemos que todo lo que arrojamos a nuestro entorno termina afectando a alguien, en algún lugar.

Una ciudad no se construye solamente con cemento

Es justo reconocer la importancia de invertir en vías, ciclorrutas, colegios, parques y redes de servicios públicos. La infraestructura es necesaria, y su mantenimiento también. Las administraciones tienen responsabilidades concretas en la prevención de inundaciones, la gestión de residuos y la protección de los humedales.

Pero ninguna alcaldía puede instalar un policía detrás de cada ciudadano para impedir que arroje una envoltura al suelo.

La cultura ciudadana también se demuestra al respetar las normas de tránsito, no colarse en TransMilenio, evitar maniobras irresponsables en motocicleta, separar correctamente los residuos y no dejar regueros cuando se revisan los contenedores para recuperar materiales reciclables.

No se trata de señalar a un grupo particular. Se trata de entender que cada persona tiene una cuota de responsabilidad y que las buenas prácticas deben acompañarse de condiciones dignas de trabajo, infraestructura adecuada y servicios eficientes.

Mientras esperamos que termine la temporada de lluvias o que llegue el tiempo seco asociado con El Niño, deberíamos aprovechar para revisar nuestras costumbres. El clima no negocia con nuestra indiferencia. Y el agua, menos.

El civismo también tiene dos ruedas

La ciudad necesita obras, sí, pero también ciudadanos que las cuiden. Personas capaces de entender que el espacio público no es tierra de nadie, sino un lugar compartido que todos tenemos la obligación de respetar.

En ese propósito, la bicicleta urbana puede ser una gran maestra. Quien pedalea aprende que debe estar atento a los demás, respetar las señales, cuidar su vehículo, evitar riesgos innecesarios y compartir la vía con peatones, motociclistas y conductores.

Por supuesto, montar en bicicleta no convierte automáticamente a nadie en un buen ciudadano. También hay ciclistas imprudentes y quienes olvidan que las normas son para todos. La diferencia está en cómo usamos ese medio de transporte y en la responsabilidad que asumimos al hacerlo.
La lección empieza en casa, continúa en la acera y se demuestra todos los días.

El buen uso de la bicicleta demuestra que eres un buen ciudadano cuando pedaleas con prudencia, respetas a los demás y cuidas el espacio que compartimos. Y esa misma actitud debe acompañarnos al caminar, conducir, reciclar o sacar la basura.

Porque una ciudad limpia y amable no se consigue únicamente con grandes obras. También se construye con pequeños actos de respeto.

La inteligencia artificial también puede arruinar el mercado con estrategías ya conocidas

0
La inteligencia artificial, como tantas herramientas humanas, puede contribuir al bienestar o utilizarse para hacer daño. Por eso importan tanto la responsabilidad de quienes la desarrollan, la ética de quienes la utilizan y el criterio de quienes reciben sus mensajes.

Hay días en que uno quisiera desconectarse de internet, de las noticias, apagar el celular y salir a caminar o montar bicicleta para recuperar el contacto con el mundo real. No es mala idea. Sobre todo cuando descubrimos que, mientras discutimos con una aplicación porque no reconoce nuestra contraseña, alguien podría estar utilizando la tecnología para convertir los refrigeradores de un supermercado en hornos capaces de arruinar gran cantidad de alimentos.

Eso es, en esencia, lo que ocurrió en Francia, donde cientos de supermercados fueron afectados por un ciberataque contra los sistemas informáticos que regulan la temperatura de sus equipos de refrigeración. Los atacantes habrían manipulado el software para elevar las temperaturas durante la noche, en algunos casos hasta los 50 °C, comprometiendo alimentos frescos y congelados y provocando pérdidas millonarias.

Los congeladores suelen realizar ciclos nocturnos de descongelación, una operación normal y controlada. Pero una cosa es que el equipo descanse de la escarcha y otra muy distinta que alguien decida convertirlo en una sucursal del desierto del Sahara o pasar de neveras a hornos.

La Fiscalía de París abrió una investigación por un ataque informático de gran escala contra sistemas de refrigeración de importantes cadenas comerciales. Las autoridades calificaron el incidente como extremadamente grave y sin precedentes. Y no es para menos: cuando alguien puede manipular a distancia los equipos que conservan los alimentos, el problema deja de ser exclusivamente informático. Se convierte en una amenaza para el abastecimiento, la economía y la seguridad alimentaria.

El supermercado conectado, pero indefenso

Durante años nos vendieron las maravillas de la conectividad: electrodomésticos inteligentes, edificios automatizados, ciudades digitales y máquinas capaces de comunicarse entre sí. Todo muy moderno, eficiente y conveniente, hasta que alguien encuentra la puerta equivocada y decide entrar sin invitación.

Ahora, además de preguntarnos si el pescado está fresco, tendremos que confiar en que el sistema informático que mantiene frío el mostrador no haya recibido instrucciones de cocinarlo.

La paradoja es evidente. Hemos construido sistemas cada vez más dependientes de internet para facilitar tareas cotidianas, pero no siempre dedicamos la misma energía a protegerlos. La eficiencia avanza a toda velocidad; la seguridad, en ocasiones, pedalea con una llanta desinflada.

Y el asunto puede ser más complejo.

Según publicación de DW, investigadores de Anthropic han advertido sobre los riesgos potenciales de programas maliciosos basados en inteligencia artificial que podrían propagarse entre dispositivos conectados, adaptándose a diferentes sistemas y aprovechando vulnerabilidades. La idea recuerda a los conocidos gusanos informáticos, capaces de copiarse de un equipo a otro, pero con una diferencia inquietante: la IA podría ayudar a automatizar tareas de adaptación y resolución de problemas que antes exigían mayor intervención humana.

Imaginemos una red de electrodomésticos, cámaras, sensores y equipos industriales comprometidos, capaces de comunicarse y contribuir a la propagación de un programa malicioso. Cuantos más dispositivos vulnerables existan, mayor podría ser el alcance del problema. Y si la amenaza logra operar de manera descentralizada, contenerla podría resultar mucho más difícil.

Por supuesto, conviene separar las advertencias tecnológicas de los hechos comprobados. No se ha establecido que el ataque francés utilizara gusanos de inteligencia artificial. El incidente demuestra los riesgos de manipular sistemas de control conectados, pero no permite atribuirle automáticamente las capacidades más avanzadas que se investigan en el campo de la IA.

La diferencia importa. El periodismo responsable no necesita convertir cada refrigerador averiado en el comienzo de una película de ciencia ficción. La realidad ya ofrece suficientes motivos para preocuparse.

La tecnología debería servir para acercarnos, aliviar dificultades, despertar curiosidad y ayudarnos a comprender mejor el mundo; nunca para sembrar odio, fabricar sufrimiento o convertirnos en instrumentos de agresión.

La tecnología necesita frenos, no solamente aceleradores

Las recomendaciones de ciberseguridad son conocidas: actualizar los equipos, corregir vulnerabilidades, restringir los accesos remotos y desactivar las conexiones a internet que no sean necesarias. También hacen falta controles independientes, planes de contingencia y procedimientos para intervenir manualmente cuando los sistemas automáticos fallen o sean atacados.

Porque no basta con instalar el último programa disponible y cruzar los dedos. Una empresa que depende de sistemas digitales para conservar toneladas de alimentos necesita saber qué hará si esos sistemas dejan de obedecer.

La discusión también nos obliga a pensar en nuestra dependencia tecnológica. Si una falla informática puede comprometer una cadena de frío, ¿qué podría ocurrir cuando los sistemas conectados administren redes eléctricas, agua potable, transporte o centros de distribución de medicamentos?

La inteligencia artificial puede ayudar a detectar amenazas, mejorar procesos y ahorrar recursos. Pero también puede facilitar actividades maliciosas. El desafío no consiste en demonizarla ni en aplaudirla como si fuera una divinidad recién llegada, sino en desarrollar controles proporcionales a su capacidad de causar daños.

Mientras tanto, los consumidores podemos hacer algo más sencillo: valorar las tecnologías útiles sin entregarles una confianza ilimitada. No todo necesita estar conectado, no todo requiere una aplicación y no toda novedad representa un progreso. Hay máquinas que trabajan mejor con buenos controles y personas que viven mejor cuando no tienen que consultar una pantalla para resolver cada pequeño asunto.

Quizás por eso convenga recordar que todavía existen soluciones bastante elementales para algunos de nuestros problemas cotidianos. Para recorrer la ciudad, hacer ejercicio, ahorrar combustible y despejar la cabeza no necesitamos una red neuronal instalada en el manubrio ni una aplicación que nos autorice a respirar.

A veces basta con revisar los frenos, inflar las llantas y salir a pedalear. Eso sí, antes de regresar a casa, conviene comprobar que el refrigerador siga funcionando. Porque una cosa es disfrutar de la libertad sobre dos ruedas y otra muy distinta descubrir que la cena también decidió independizarse de la cadena de frío.

Que la tecnología nos facilite la vida, no que termine cocinándonos los alimentos, enfriándonos las ideas y calentándonos la cabeza. O que en casa se arme un ejercito de electrodomésticos hackeados y amenazantes que impliquen también el automotor de la familia.

Por ahora, que nunca falten caminos por recorrer ni buenas historias sobre dos ruedas, construidos entre amigos, un buen café y paisajes urbanos o rurales para observar y sentirnos conectados con la naturaleza y con los pedales de la bici…

La tiranía de la inmediatez y el placer de recuperar nuestro tiempo

2
Menos afán, más humanidad y muchos más caminos por disfrutar.

Vivimos apurados. Queremos que todo esté a la mano, funcione bajo cualquier circunstancia, nunca se detenga y, de ser posible, responda antes de que terminemos de formular la pregunta. Y no estamos hablando de un vehículo, sino de nuestra vida cotidiana, convertida en una carrera de velocidad donde parece que perder un segundo fuera una catástrofe.

Los aparatos que nos rodean deben ser cada vez más rápidos, eficientes y obedientes. Nosotros, mientras tanto, corremos detrás de ellos, como si pudiéramos ganarle al tiempo. Una batalla inútil: el tiempo sigue su camino, indiferente a nuestros afanes, mientras nosotros acumulamos pendientes, mensajes y una curiosa sensación de que nunca hacemos suficiente.

El celular es el rey de esta fiesta. Nos acompaña al trabajo, a la mesa, a la cama y hasta de vacaciones. Si estamos en otro país, podemos hablar con la familia, consultar las noticias de nuestra ciudad y enterarnos de lo que ocurre al otro lado del planeta. Una maravilla tecnológica, sin duda. El problema comienza cuando, estando lejos, seguimos viviendo exactamente donde estábamos.

Nos llevamos el mundo en el bolsillo, pero dejamos de mirar el que tenemos delante.

La naturaleza también habita en las ciudades: un árbol que florece, un pájaro que busca alimento, una nube que cambia el paisaje o una plaza donde alguien conversa sin mirar el reloj. Sin embargo, vamos tan ocupados que apenas registramos esas pequeñas maravillas. Si algo llama nuestra atención, levantamos el celular, disparamos una fotografía y seguimos de largo. Después tendremos pruebas de que estuvimos allí, aunque no necesariamente recuerdos de haberlo disfrutado.

Como aquellos viajes relámpago por Europa, con diez ciudades en quince días y cientos de fotografías. París, Roma, Madrid, Bruselas, Berlin, Londres… pasan ante nuestros ojos como diapositivas. Cumplimos el itinerario, compramos recuerdos y regresamos agotados. Estuvimos en muchos lugares, pero ¿cuánto tiempo dedicamos a sentirlos, conversar con sus habitantes o sentarnos tranquilamente a tomar un café? Solo cruzamos, no vivimos o experimentamos.

La vida urbana reproduce ese mismo frenesí desde que despertamos hasta que intentamos dormir. El trabajo, el tráfico, las obligaciones, las pantallas y las notificaciones se disputan nuestra atención. Y cuando por fin tenemos un momento libre, muchas veces lo llenamos con más ruido. Descansar parece haberse convertido en otra tarea pendiente.

La tecnología, además, nos ha vuelto dependientes de un pequeño aparato que concentra buena parte de nuestra existencia. Allí están las cuentas bancarias, los medios de pago, el correo, los periódicos, el entretenimiento y las comunicaciones laborales y familiares. Si falla, aparece la angustia. Si estamos de viaje, el problema puede ser mayor: conseguir un reemplazo cuesta dinero y tiempo, precisamente esos recursos que creíamos ahorrar gracias a la tecnología.

Entonces corremos al centro comercial para resolver de inmediato el desastre. No vaya a ser que pasemos unas horas sin conexión y descubramos que el mundo sigue funcionando.

Desconectarse no significa renunciar a los avances tecnológicos ni regresar a las cavernas. Significa recuperar la capacidad de elegir cuándo conectarnos y cuándo prestar atención a la vida que sucede alrededor. Caminar sin auriculares, conversar sin interrupciones, observar un paisaje o tomar una bebida sin consultar cada tres minutos la pantalla son placeres sencillos que no requieren suscripción mensual.

Y aquí aparece nuestra querida bicicleta.

También hay dos maneras de pedalear. Una consiste en subirse a una bicicleta y correr como locos, al buen estilo de la estática de un gym, mirar una pantalla, perseguir cifras, mantener una cadencia y terminar exhausto, convencido de que cada gota de sudor debe traducirse en un indicador de rendimiento. Es una opción válida para quien la disfruta, pero no es la única forma de moverse ni de cuidar la salud.

La otra consiste en salir a la ciudad, tomar una ciclorruta, descubrir una calle arbolada o recorrer el campo sin convertir cada salida en una competencia. Pedalear porque estamos vivos, porque las piernas responden y porque todavía podemos descubrir algo nuevo a la vuelta de una esquina. Detenernos a tomar un café, compartir una charla, conocer a otros ciclistas o simplemente contemplar el paisaje.

En esa bicicleta, el tiempo recupera otra dimensión. Si hay que regresar, regresamos; si podemos prolongar el recorrido, lo hacemos. No necesitamos batir un récord ni publicar la ruta en las redes para demostrar que existimos. El premio está en el camino, en la conversación y en la libertad de avanzar al ritmo que nuestro cuerpo permite.

Quizá el verdadero lujo contemporáneo no sea tener el teléfono más moderno, la conexión más veloz o la agenda más ocupada. Quizá consista en disponer de tiempo para uno mismo, para la familia, los amigos y esas experiencias que no caben en una pantalla.

La conexión permanente promete acercarnos a todo, pero también puede alejarnos de lo esencial. Desconectarnos un rato nos devuelve el silencio, la curiosidad y la posibilidad de mirar a los demás sin pensar en la siguiente notificación.

En BiciUrba lo tenemos claro: una bicicleta no necesita wifi para llevarnos a lugares extraordinarios, ni una aplicación para enseñarnos el valor de una buena conversación.

La bicicleta número uno es la de los robots: corre, mide, registra y obedece. La bicicleta número dos es la de los humanos: rueda, descubre, comparte y disfruta. Y entre vivir acelerados para llegar a ninguna parte y pedalear sin afán para disfrutar el camino, todavía podemos elegir. Afortunadamente, para esa decisión no necesitamos actualizar ninguna aplicación ni cambiar de celular.

La ciudad necesita parques, no solo apartamentos y estacionamientos

0
Una ciudad no se construye solamente con edificios y avenidas; también con espacios para encontrarnos, convivir y disfrutar la vida

Hay ciudades que crecen hacia el cielo, pero parecen olvidar algo fundamental: las personas necesitamos espacio para vivir, no solamente un techo bajo el cual dormir.

Las torres residenciales se multiplican, con apartamentos de 26 a 70 metros cuadrados que prometen modernidad, seguridad y una larga lista de comodidades. Piscina, gimnasio, salón de reuniones y espacios para trabajar en línea aparecen en los folletos inmobiliarios como si cada comprador estuviera adquiriendo una pequeña sucursal de un club social. Sin embargo, hay una pregunta que pocas veces aparece en la publicidad: ¿dónde nos encontramos con los demás?

Aquí entran en escena los llamados terceros espacios, esos lugares que no son la casa ni el trabajo, pero que resultan esenciales para la vida social. Parques, plazas, cafés, bibliotecas y espacios públicos donde podemos encontrarnos sin necesidad de comprar algo, pagar una membresía o presentar una solicitud ante la administración del edificio.

Porque la sociabilidad no debería ser un artículo de lujo.

El apartamento no es el mundo entero

La vivienda compacta puede ser una solución práctica frente al precio del suelo urbano, pero convertirla en el centro de toda la existencia tiene sus complicaciones. Más aún cuando una familia tiene niños o comparte su vida con animales.

Los pequeños necesitan correr, jugar, desarrollar sus habilidades motoras, hacer amigos y descubrir el mundo más allá de una pantalla. Cuando faltan parques y espacios de juego, la televisión inteligente, los videojuegos y los dispositivos digitales terminan ocupando el tiempo que antes se repartía entre la calle, el balón, la bicicleta y los amigos del barrio.

La tecnología no es el enemigo. El problema aparece cuando se convierte en sustituta permanente del movimiento, la naturaleza y el contacto humano.

Con las mascotas ocurre algo parecido: necesitan caminar, explorar y gastar energía. Sacarlas a pasear no es un capricho, sino una responsabilidad. Y cuando el barrio carece de zonas verdes y recorridos agradables, la convivencia se complica para animales, propietarios y vecinos.

Mientras tanto, las amenidades de las torres también tienen sus cuentas pendientes. Piscinas, gimnasios y salones requieren mantenimiento, personal y dinero. Con el tiempo, las cuotas de administración pueden aumentar, algunos residentes dejan de pagar y los servicios que parecían garantizados terminan convertidos en un problema financiero para la comunidad.

Se intenta venderle al trabajador una vida de millonario en miniatura. Pero las matemáticas, esas señoras tan poco impresionables ante los folletos publicitarios, terminan pasando la factura.

El parque: una vieja idea que sigue vigente

Los parques urbanos no son un invento reciente. Desde los jardines públicos de las civilizaciones antiguas hasta los grandes parques urbanos desarrollados durante el siglo XIX, las ciudades han reconocido, con diferentes propósitos, el valor de reservar espacios para el descanso, el paseo y la vida colectiva.

Hoy necesitamos recuperarlos como infraestructura esencial, no como el pequeño espacio verde que queda después de construir edificios, centros comerciales, vías y estacionamientos.

Un buen parque debe ofrecer árboles, jardines, fuentes, juegos infantiles, zonas deportivas, senderos para caminar, bancas, lugares para tomar un café y espacios donde los adultos mayores puedan conversar mientras los niños juegan. También debe incluir recorridos seguros para la bicicleta urbana, estacionamientos para bicicletas y circuitos donde los pequeños aprendan a pedalear.

La bicicleta urbana tiene mucho que aportar. Permite llegar al parque sin depender del automóvil, conecta barrios, facilita el ejercicio cotidiano y amplía el radio de exploración de niños y adultos. Una ciclorruta bien diseñada es valiosa, pero no reemplaza al parque: una sirve para desplazarse; el otro, además de permitir movimiento, invita a quedarse.

No todo en la ciudad debe tener como finalidad llegar más rápido a alguna parte. También necesitamos lugares donde no tengamos ninguna urgencia.

Parques que también protegen

En ciudades como Mendoza y San Juan, Argentina, los espacios abiertos tienen una importancia adicional: pueden servir como puntos de encuentro y áreas de concentración durante determinadas emergencias, incluidos los terremotos, según las condiciones de cada lugar y los planes de protección civil.

En regiones sísmicas, el crecimiento vertical exige construcciones que cumplan rigurosamente las normas sismorresistentes. Pero también demanda planificación urbana, rutas de evacuación y espacios abiertos accesibles. Un parque no elimina el riesgo sísmico, pero puede formar parte de una estrategia de preparación y respuesta.

La seguridad urbana no depende únicamente de la resistencia de los edificios. También importa lo que sucede entre ellos.

Una ciudad para vivir, no solamente para producir

Seguimos destinando enormes superficies a avenidas, intercambiadores, puentes y estacionamientos, mientras los parques compiten por el suelo que queda disponible. El automóvil recibe kilómetros de infraestructura; las personas, a veces, reciben una banca al lado de una vía ruidosa.

Una ciudad verdaderamente moderna no debería medirse solo por la altura de sus edificios, la velocidad de sus vehículos o la cantidad de apartamentos construidos por hectárea. También debería evaluarse por la facilidad con que sus habitantes pueden caminar, pedalear, jugar, conversar y encontrarse sin gastar dinero.

Los terceros espacios son una inversión en salud, convivencia, bienestar emocional y sentido de pertenencia. Permiten que la ciudad deje de ser una colección de viviendas y oficinas para convertirse en una comunidad.

No todos quieren pertenecer a un club, pagar un gimnasio o socializar dentro de una aplicación. Algunos simplemente quieren sentarse bajo un árbol, conversar con un vecino, pasear al perro o enseñar a su hijo a montar bicicleta.

¿Parece demasiado pedir?

Quizás el futuro urbano no necesite más torres ni más pantallas, sino una mejor combinación de viviendas dignas, barrios caminables, naturaleza y espacios compartidos. La inteligencia artificial podrá organizar el tráfico, automatizar servicios y hasta sugerirnos con quién conversar. Pero difícilmente reemplazará la alegría espontánea de encontrarse con alguien en el parque.

Vamos, salgamos al parque. Caminemos, llevemos a los niños, invitemos a los vecinos y saquemos la bicicleta urbana. Porque una ciudad no está verdaderamente viva cuando todos sus habitantes tienen dónde dormir, sino cuando también tienen dónde encontrarse, compartir y disfrutar la vida.

San Salvador: las lecciones del Foro Mundial de la Bicicleta para Bogotá

0
Más que un encuentro académico, encontramos un espacio de intercambio de experiencias, aprendizajes y cooperación que también nos permitió volver a preguntarnos por qué hacemos lo que hacemos y qué podemos seguir aportando desde Bogotá.

Fundación BiciActiva compartió experiencias y aprendizajes en un encuentro internacional sobre movilidad sostenible y transformación social.

Participar en la 15.ª edición del Foro Mundial de la Bicicleta, celebrada en San Salvador, El Salvador, fue para Fundación BiciActiva una oportunidad de encontrarse con organizaciones, colectivos, instituciones y personas de distintos países que comparten una convicción: la bicicleta puede ayudar a construir ciudades más humanas, sostenibles y solidarias.

Durante cuatro días, la Universidad de El Salvador se convirtió en punto de encuentro para conversar sobre movilidad, medio ambiente, seguridad vial, inclusión y transformación comunitaria. Más que un encuentro académico, fue una oportunidad para intercambiar experiencias y reflexionar sobre lo que cada organización puede aportar desde su territorio.

La amabilidad de las personas y la posibilidad de conversar con quienes están impulsando procesos similares en sus territorios hicieron que el encuentro fuera mucho más que una agenda de conferencias.

El Salvador nos abrió sus puertas

El Centro Salvadoreño de Tecnología Apropiada (CESTA) tuvo un papel fundamental en la organización del encuentro, que reunió a estudiantes, organizaciones sociales, colectivos ciclistas y representantes institucionales.

Conocer los esfuerzos de El Salvador para avanzar hacia una movilidad sostenible permitió reconocer tanto las iniciativas que están surgiendo como los obstáculos que todavía deben superarse.

Un dato divulgado durante el encuentro señaló que apenas el 1 % de la comunidad universitaria de la Universidad de El Salvador utiliza la bicicleta o medios de micromovilidad para llegar al campus. La cifra invita a reflexionar: promover la bicicleta no consiste solamente en construir infraestructura. También hacen falta seguridad, rutas conectadas, estacionamientos adecuados y una cultura ciudadana respetuosa.

Porque una ciclorruta puede estar muy bien pintada, pero si cada cruce parece una prueba de supervivencia, difícilmente se convertirá en una alternativa cotidiana.

Una región que pedalea con distintas realidades

Uno de los mayores valores del foro fue escuchar experiencias de cicloviajeros, líderes sociales, colectivos e instituciones de diferentes países. Aunque cada territorio tiene sus propias dificultades, muchas preguntas son comunes: ¿cómo hacer que la bicicleta sea accesible?, ¿cómo involucrar a las comunidades?, ¿cómo sostener económicamente las iniciativas sociales?

La Fundación BiciActiva compartió la experiencia ciclistica en Bogotá y mostró cómo las organizaciones sociales pueden conectar la bicicleta con la cultura, la educación, el arte, el territorio y la participación comunitaria.

La bicicleta no es solamente un vehículo para ir al trabajo, estudiar o hacer mercado. También puede convertirse en una herramienta educativa, un medio para recuperar espacios públicos y una oportunidad para fortalecer las relaciones entre vecinos.

Reparar bicicletas, transformar vidas

Entre las experiencias más interesantes estuvieron las iniciativas que utilizan la bicicleta para impulsar la autonomía económica y la transformación social.

Algunas organizaciones reciclan bicicletas usadas, recuperan las que todavía pueden rodar y destinan parte de ellas a la venta para financiar programas comunitarios gratuitos. Otras desarrollan talleres de mecánica que enseñan a reparar bicicletas y ofrecen conocimientos que pueden convertirse en una fuente de ingresos.

Una bicicleta recuperada puede significar transporte para quien lo necesita; una habilidad adquirida puede abrir una puerta laboral, y un taller comunitario puede convertirse en un espacio de aprendizaje y solidaridad.

En tiempos de consumo acelerado, estas experiencias recuerdan el valor de reparar, reutilizar y prolongar la vida útil de las cosas. La economía de la bicicleta también puede construirse con herramientas, conocimientos y voluntad de compartir.

“Colombia”, “Bogotá”, “Ciclovía”, “bici”. Fue bonito comprobar cómo estas palabras generan inmediatamente una conexión con nuestra ciudad.

Bogotá también pedaleó en San Salvador

Para Fundación BiciActiva fue especialmente significativo encontrar a Bogotá representada por el Instituto Distrital de Recreación y Deporte (IDRD), que compartió la historia y evolución de la Ciclovía bogotana.

Escuchar esa experiencia fuera de Colombia produce un sentimiento particular de orgullo. La Ciclovía forma parte de la identidad de Bogotá y demuestra que las calles pueden cumplir una función diferente a la de soportar interminables filas de automóviles.

Cuando el espacio público se habilita para caminar, pedalear, jugar y encontrarse, la ciudad deja de ser únicamente un lugar de paso y se convierte en un espacio para vivir.

Pero el reconocimiento internacional también trae responsabilidades. No basta con contar la historia de una experiencia exitosa: hay que conservarla, mejorarla y garantizar que siga siendo accesible para familias, niños, jóvenes y personas mayores.

Las lecciones que deja el encuentro

Las experiencias compartidas dejan varias enseñanzas. La primera es que la movilidad sostenible requiere políticas públicas, infraestructura segura, educación vial y participación ciudadana.

La segunda es que las organizaciones sociales necesitan alianzas y recursos para mantener sus proyectos. El entusiasmo permite comenzar, pero la continuidad exige planificación y compromiso.

La tercera es que la bicicleta puede contribuir a resolver problemas que van más allá de la congestión: facilita el acceso a oportunidades, promueve hábitos saludables, reduce impactos ambientales y fortalece vínculos comunitarios.

La cuarta es que ninguna ciudad tiene todas las respuestas. Compartir experiencias, reconocer errores y aprender de otras realidades es una forma inteligente de avanzar.

El próximo encuentro comienza desde ahora

Desde Bogotá, Fundación BiciActiva quisiera extender una invitación: que nuestra ciudad pueda convertirse algún día en sede del Foro Mundial de la Bicicleta. Sería una oportunidad para recibir a organizaciones de diferentes países, recorrer nuestras calles y mostrar lo que significa la Ciclovía para varias generaciones de bogotanos.

San Salvador nos recordó que las transformaciones importantes no siempre comienzan con grandes inversiones ni discursos solemnes. A veces nacen en un taller de mecánica, una bicicleta recuperada o una conversación entre personas que comparten los mismos sueños.

Porque la bicicleta tiene esa virtud: nos permite encontrarnos antes de tener todas las respuestas. Y mientras las ciudades discuten cómo resolver sus problemas de movilidad, podemos seguir pedaleando por algo tan sencillo y tan importante como vivir mejor, compartir el espacio público y construir comunidad.

Al fin y al cabo, para cambiar una ciudad no siempre hace falta un motor más potente. A veces bastan dos ruedas, un poco de confianza y muchas personas dispuestas a pedalear juntas.

El petróleo mueve las guerras; nosotros movemos el consumo

1
Menos guerras, menos calentamiento global, más calentamiento de piernas y más bicicletas en las calles.


De los campos de batalla a la bolsa de compras, la disputa por los recursos naturales también se alimenta de una economía que produce, consume y desecha sin descanso. ¿Y si empezamos a cambiar la historia pedaleando?

Hay guerras que comienzan con un disparo, otras con una invasión y algunas con una explicación oficial que promete salvar al mundo. Pero detrás de muchas disputas internacionales aparece un viejo protagonista, oscuro, viscoso y extraordinariamente rentable: el petróleo.

Durante el siglo XX, el crudo se convirtió en un recurso estratégico para mover tanques, aviones, barcos y ejércitos enteros. En la Segunda Guerra Mundial, el acceso a los yacimientos del Cáucaso fue una prioridad alemana, mientras que el embargo petrolero estadounidense a Japón contribuyó a la escalada que precedió al ataque a Pearl Harbor en 1941.

En 1953, el derrocamiento del primer ministro iraní Mohammad Mosaddegh, después de nacionalizar la industria petrolera, contó con la intervención de los servicios de inteligencia británicos y estadounidenses. La Operación Ajax ayudó a restaurar el poder del sha. El petróleo estaba en el centro de la disputa, junto con los intereses económicos y estratégicos de las potencias.

En 1973, el embargo petrolero árabe sacudió la economía mundial. Después llegaron la guerra entre Irán e Irak, la invasión iraquí de Kuwait y la Guerra del Golfo. En 2003, Estados Unidos y sus aliados invadieron Irak bajo el argumento de eliminar armas de destrucción masiva que no fueron encontradas. El petróleo volvió a ocupar un lugar central en las interpretaciones estratégicas de aquel conflicto.

Las consecuencias humanas son estremecedoras. El proyecto Costs of War, de la Universidad Brown, estimó que entre 2003 y 2023 murieron violentamente entre 550.000 y 580.000 personas en Irak y Siria, escenarios de las guerras posteriores a la invasión de Irak y de la lucha contra el Estado Islámico. No todas esas muertes pueden atribuirse al petróleo, pero la cifra dimensiona el costo humano de décadas de violencia.

Hoy, la disputa también se libra mediante sanciones económicas, bloqueos financieros y control de rutas estratégicas. Por el estrecho de Ormuz transitó, durante el primer semestre de 2025, cerca del 20 % del consumo mundial de líquidos petroleros. Cualquier interrupción puede sacudir los mercados y trasladar la tensión hasta el precio del combustible que pagamos en la estación de servicio.

El petróleo también vive en nuestra casa.

La petroquímica transforma hidrocarburos en plásticos, fibras sintéticas, fertilizantes, pesticidas, detergentes, pinturas, adhesivos y miles de productos cotidianos. Muchos envases, prendas y objetos que usamos durante unos minutos permanecen durante décadas como residuos.

Cuando el petróleo sube, aumentan los costos del transporte y de numerosos procesos industriales. También pueden encarecerse fertilizantes, envases y alimentos. Las economías importadoras sufren, los consumidores pierden capacidad de compra y las empresas trasladan parte de los costos a sus clientes. La guerra termina instalada en el presupuesto familiar, sin necesidad de que caiga una bomba en nuestro barrio.

¿Significa esto que comprar una botella de plástico equivale a financiar una guerra? No. Sería una simplificación injusta. Pero la demanda mundial de hidrocarburos sostiene un sistema económico cuyos intereses estratégicos pueden contribuir a las tensiones geopolíticas.

Y el problema no desaparece al cambiar de tecnología. Teléfonos, computadores, vehículos eléctricos y baterías necesitan minerales, energía y cadenas de suministro que también pueden generar conflictos sociales y daños ambientales. Sustituir el petróleo sin revisar el consumo puede significar cambiar de materiales y conservar intacta la cultura del desperdicio.

¿Entonces dejamos de vivir, cerramos las fábricas y regresamos a las cavernas? Tampoco.

Se trata de consumir con criterio, reparar antes de reemplazar, evitar compras inútiles, reducir residuos y exigir productos duraderos. La economía necesita transformarse, no desaparecer. La industria puede generar bienestar sin convertir el consumo ilimitado en su principal mandamiento.

Y aquí aparece nuestra vieja amiga de dos ruedas. La bicicleta urbana no resolverá por sí sola las guerras ni reemplazará todos los camiones que abastecen las ciudades. Pero, cuando sustituye viajes motorizados, reduce el consumo de combustibles, ayuda a descongestionar las calles y ofrece movilidad con una infraestructura relativamente sencilla. Tampoco necesita una batería de litio para llevarnos al trabajo, visitar a un amigo o comprar el pan.

La verdadera revolución quizá comience cuando dejemos de medir el progreso por la cantidad de cosas que compramos y empecemos a medirlo por la calidad de vida que conseguimos sin destruir el planeta.

Mientras los poderosos discuten quién controla los pozos, los oleoductos y los minerales, nosotros podemos tomar decisiones más sensatas en nuestras calles.

Menos consumo inútil, menos desperdicio y más kilómetros pedaleados. No es una fórmula mágica para acabar con las guerras, pero sí una manera de dejar de confundir el bienestar con la acumulación y la libertad con la compra permanente.

La bicicleta no necesita conquistar territorios, imponer sanciones ni amenazar a nadie. Basta con que sus ruedas giren, que sus frenos respondan y que quien la conduce entienda que el planeta no es una despensa infinita.

En un mundo empeñado en decidir quién está conmigo y quién está contra mí, pedalear puede recordarnos algo elemental: necesitamos menos enemigos, más prudencia y una economía que trabaje para las personas, no personas condenadas a consumir para mantenerla en movimiento.

Tembién en nuestras piernas esta la posibilidad de ganar guerras en el mundo, la bici, la máquina perfecta

Montería tendrá el primer Parque IKIGAI de Colombia

0
El Parque IKIGAI abrirá el 15 de octubre en Montería, en el marco de los diez años de Ciencia para la Paz. Esta iniciativa pionera de la Universidad del Sinú reúne, en 3.500 metros cuadrados, experiencias multisensoriales para conectar las aspiraciones personales con la contribución al bien común.

La Universidad del Sinú inaugurará el próximo 15 de octubre el Parque IKIGAI, un nuevo espacio del programa Ciencia para la Paz concebido para invitar a estudiantes, egresados, integrantes de la comunidad académica y visitantes a reflexionar sobre una pregunta que trasciende la elección de una profesión: ¿qué vida queremos construir y qué podemos aportar a los demás?

Andrea Ortega Bechara

El proyecto fue concebido y es dirigido por Andrea Ortega Bechara, quien inicialmente lo lideró desde la Vicerrectoría de Innovación y Desarrollo y actualmente lo impulsa desde su rol como asesora de Alta Dirección, con el liderazgo y respaldo de la rectora general, María Fátima Bechara.

“Formar profesionales también significa abrir espacios para que las personas piensen qué vida quieren construir y cómo pueden contribuir a la sociedad. Con IKIGAI queremos dar a esa reflexión un lugar en la vida cotidiana de la universidad”, señala María Fátima Bechara, rectora general de la Universidad del Sinú.

Por su parte, Ortega Bechara explica que el propósito no constituye una respuesta definitiva, sino un proceso que se construye y transforma a lo largo de la vida. “El propósito se cultiva. IKIGAI quiere ser un lugar para iniciar o profundizar esa búsqueda: conectar quiénes hemos sido, quiénes somos y quiénes queremos llegar a ser con aquello que podemos aportar más allá de nosotros mismos”, afirma.

Inteligencia artificial al servicio del florecimiento humano
Una de las experiencias del parque es “Mi futuro Yo”, una cápsula inmersiva que propone un encuentro entre inteligencia artificial y florecimiento humano. El recorrido invita a los participantes a revisar aspectos de su historia, imaginar futuros posibles y reconocer aquello que consideran valioso para orientar sus decisiones.

En esta experiencia, la tecnología funciona como una herramienta para acompañar la exploración personal, pero no reemplaza la reflexión ni las decisiones de cada visitante. La propuesta parte de la idea de que imaginar el futuro también puede ayudar a comprender mejor el presente y reconocer las posibilidades de transformación.

El parque entiende el propósito como un proceso dinámico, susceptible de evolucionar con las experiencias y aprendizajes de cada persona y estrechamente relacionado con los vínculos que establece con los demás. Por ello, la visita no busca entregar respuestas predeterminadas, sino propiciar preguntas y motivar pequeños pasos que puedan continuar más allá de este espacio, en las conversaciones, relaciones y acciones cotidianas.

“Más allá”: una pausa para ampliar la mirada
Otro de los espacios es la zona de hamacas “Más allá”, concebida como un lugar de pausa y contemplación entre la vegetación. Allí, los visitantes podrán reflexionar sobre la manera en que sus capacidades, valores y aspiraciones pueden ponerse al servicio de otras personas.

La propuesta busca ampliar la noción de realización individual para incorporar dimensiones como el cuidado de los demás, la construcción de comunidad y el compromiso con las causas que cada persona considera significativas. La sombra, la brisa y los sistemas de nebulización complementan la experiencia y contribuyen al confort térmico del lugar.

“Propósito en acción”: historias que inspiran
La concha acústica será escenario de “Propósito en acción”, un ciclo de encuentros quincenales en el que estudiantes, egresados y miembros de la comunidad, provenientes de diferentes programas académicos y sectores, compartirán historias sobre sus decisiones, vocaciones y experiencias, así como sobre la manera en que estas se han convertido en aportes para la sociedad.

Los encuentros buscan acercar a los asistentes a referentes diversos y mostrar que existen múltiples caminos para conectar los talentos y capacidades personales con las necesidades del entorno. Este espacio también podrá albergar actividades culturales, encuentros académicos y ceremonias de la Universidad del Sinú.

Mosaico IKIGAI: el propósito convertido en arte
El Mosaico IKIGAI, una obra de 280 metros cuadrados creada por el artista Andrés Molina con la participación de 200 estudiantes de la Universidad del Sinú, representa visualmente cuatro ámbitos de reflexión asociados a una interpretación contemporánea del ikigai: aquello que amamos hacer, el desarrollo de nuestra vocación y talentos, el aporte al mundo a través de una misión y el trabajo por el que recibimos una remuneración.

La obra propone explorar las relaciones entre estas dimensiones y su posible articulación en la construcción de una vida con sentido. La participación estudiantil incorpora, además, una dimensión colectiva al proyecto: las contribuciones individuales pasan a formar parte de una creación compartida que invita a pensar no solo en las propias aspiraciones, sino también en aquello que cada persona puede ofrecer a los demás.

Cultivar propósito, contribuir a la paz
Inspirado en el concepto japonés de ikigai, asociado a la razón de ser, el parque se integra a los espacios de la Universidad del Sinú orientados al florecimiento humano, entre ellos FLOW, su Centro de Felicidad. La iniciativa busca fortalecer el vínculo entre universidad y ciudad y extender esta conversación a la ciudadanía.

Desde el programa Ciencia para la Paz, IKIGAI plantea que construir un proyecto de vida también implica reconocer al otro, cuidar las relaciones y asumir responsabilidad frente al entorno. Su propósito es promover una visión en la que la realización personal esté vinculada con la contribución al bien común y con la construcción de una cultura de paz a través de las decisiones, los vínculos y las acciones de todos los días.

La inauguración del Parque IKIGAI se realizará el jueves 15 de octubre de 2026, a las 4:30 p. m., en el campus de la Universidad del Sinú, en Montería. El evento contará con cupos para estudiantes, comunidad académica, egresados y público general, previa inscripción. Los cupos son limitados y la confirmación de asistencia estará disponible hasta el 9 de octubre.

Texto de Guillermo Romero Salamanca

De la televisión al casino en casa

0
La bici ayuda a formar mejores personas, las pantallas son una puerta abierta a muchas cosas indeseables para nuestros hijos

Hay una escena que se repite en muchas casas: el niño llega del colegio, deja la mochila en cualquier parte, abre el computador, enciende la tableta o agarra el celular y desaparece.

No se fue de la casa. Peor: se quedó en ella. Está en su habitación o el estudio, pero puede encontrarse simultáneamente en cualquier lugar del planeta, rodeado de personajes digitales, recompensas, desafíos, sonidos, colores y desconocidos que nadie sabe muy bien quiénes son.

—¿Ya hiciste las tareas? Silencio.

—¿Me escuchaste? —Sí.

—¿Entonces qué te dije? —Ya voy.

Ese “ya voy” puede durar unas horas.

Y aquí aparece una de las grandes paradojas de nuestro tiempo: los adultos entregamos a los niños un aparato para que se entretengan un rato, porque necesitamos trabajar, cocinar, descansar o simplemente tener cinco minutos de tranquilidad. Después descubrimos que el aparato se convirtió en el dueño de esos cinco minutos, de la tarde y, en algunos casos, de buena parte de la vida familiar.

Y entonces nos indignamos. Claro que también tenemos algo de responsabilidad.

Porque nadie le enseñó a un niño a pasar horas frente a una pantalla por arte de magia. En algún momento alguien le entregó el dispositivo, permitió la conexión y dijo aquello de “solo un ratico”. El problema es que en el mundo digital los “raticos” tienen una extraña capacidad para convertirse en tardes completas.

Los videojuegos no son malos por definición. Tampoco lo es la tecnología. El problema aparece cuando el entretenimiento digital desplaza el sueño, el estudio, el ejercicio, la conversación familiar, el juego presencial y las relaciones con otros niños.

Ahí comienzan las dificultades. Algunos menores muestran irritabilidad cuando deben desconectarse, tienen problemas para aceptar límites, pierden interés por otras actividades y pueden terminar aislándose. Los juegos en línea agregan otra preocupación: el contacto con personas desconocidas y la posibilidad de compartir información personal sin comprender realmente sus consecuencias.

Plataformas como Roblox hacen parte de ese nuevo universo digital. No son simplemente un videojuego tradicional, sino espacios donde los usuarios encuentran múltiples experiencias, recompensas e interacción social. Y ahí los padres tienen una tarea que no admite delegación completa en la tecnología: acompañar, supervisar y poner límites.

Pero hay una pregunta más incómoda: ¿Qué hacemos después de apagar la pantalla? Porque decirle a un niño “deja el celular” y luego mandarlo a su habitación a mirar el techo tampoco parece una estrategia particularmente brillante. Tal vez la solución esté mucho más cerca y sea bastante más antigua. La bicicleta.

Esa bicicleta que compramos con tanta ilusión cuando nuestros hijos eran pequeños. La primera, con rueditas. Después, sin rueditas. Luego una más grande. Y finalmente una con cambios, luces, parrilla y, si el presupuesto alcanza, todos esos accesorios que aparentemente convierten al niño en explorador para rodar por el mundo con su bici.

Y después hacemos algo extraordinario: la dejamos guardada. Así termina colgada en una pared, detrás de unas cajas, debajo de una escalera, en el garaje o en el bicicletero. Mientras tanto, el automóvil sale algunos fines de semana porque “es más cómodo” y el niño sigue frente a la pantalla, bien del auto o la del celular. Tal vez el problema no sea solamente que los niños abandonaron la bicicleta, tal vez los adultos también la abandonamos.

Nos acostumbramos a llevarlos y recogerlos en automóvil, a comprarles bicicletas y a olvidarnos de que una bicicleta tiene una característica extraordinaria: funciona mucho mejor cuando alguien se sube en ella. y, lo hace mejor cuando se sube toda la familia. Una salida familiar en bicicleta no necesita grandes preparativos. No requiere pagar una mensualidad, reservar una cancha ni contratar un entrenador, tampoco exige convertir el domingo en una competencia de resistencia.

Puede ser algo tan sencillo como salir una hora. Padre, madre, hijos, abuelos. Pedalear despacio, conversar, detenerse parar a tomar agua y esperar al que va más lento. Reírse cuando alguien se equivoca de camino, ayudar al pequeño a subir una pendiente y regresar a casa.

Parece poca cosa, pero no lo es porque en esas pequeñas acciones el niño aprende a convivir, a que no siempre se gana, que hay que esperar, que existen normas, que otros también tienen derecho a circular, que hay que respetar al peatón y que la prudencia no es cobardía.Aprende también que sus padres no son solamente quienes pagan la conexión a internet, son sus compañeros y eso puede ser mucho más importante que cualquier recompensa digital.

La bicicleta además tiene una virtud que las pantallas todavía no han logrado copiar: obliga al cuerpo a participar. Hay que pedalear, mantener el equilibrio, mirar hacia adelante, escuchar, calcular distancias y tomar decisiones. El cerebro trabaja, pero también trabajan las piernas. Y entre una cosa y otra aparece algo que hemos ido perdiendo: el contacto con el mundo real.

No se trata de demonizar ni de declarar la guerra a los videojuegos. Se trata de recuperar el equilibrio.

  • Que haya tecnología, sí, pero también parque.
  • Que haya videojuegos, sí, pero también bicicleta.
  • Que haya amigos digitales, pero que existan amigos de carne y hueso.
  • Que haya pantallas, pero que no desaparezcan las conversaciones alrededor de la mesa.
  • Y, sobre todo, que los padres no se queden mirando desde la ventana mientras los hijos pedalean.

Subámonos a la bicicleta, quizá descubramos algo curioso: la bicicleta que compramos para que nuestros hijos aprendieran a crecer también puede servirnos a nosotros para recordar cómo se juega, cómo se conversa y cómo se comparte el tiempo. La pantalla nos promete mundos infinitos sin movernos de la silla, la bicicleta hace exactamente lo contrario: nos mueve para descubrir el mundo que ya tenemos.

Y quizás ese sea el mejor videojuego de todos: una familia pedaleando junta, sin controles, sin contraseñas y sin necesidad de darle “me gusta” a nadie. Además se logra que la ciudad preste atención a los parques y promueva ciclorrutas familiares para lograr un mejor vivir urbano para todos.

0SeguidoresSeguir
0SuscriptoresSuscribirte

Recent Posts