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El día que dejé empijamado mi auto

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Vivir mejor podría consistir en necesitar menos y si para conseguirlo tenemos que bajarnos del automóvil y subirnos a una bicicleta, tampoco parece un sacrificio demasiado grande. Después de todo, siempre podremos comprarle una buena piyama al auto, taparlo con cariño y dejarlo descansar, probablemente se lo haya ganado y nosotros también.

En mi casa siempre hubo autos y camionetas. Allí aprendí a conducir y, por fortuna, durante más de treinta años jamás tuve un accidente serio con otro vehículo, una moto, una bicicleta, un perro o, peor aún, una persona. Solo recibí una multa. Fue por conducir en contravía. La vía había cambiado de sentido y yo, evidentemente, no había recibido el memorando. Esa fue mi relación más cercana con la ley de tránsito.

Conduje en Perú y Argentina, en ciudades grandes y pequeñas. Tuve Renault, Suzuki y Volkswagen. En aquellos tiempos, conducir era relativamente sencillo: uno encendía el motor, ponía gasolina y llegaba. Luego aparecieron las grandes ciudades modernas y entre ellas Bogotá.

El automóvil que no se mueve y Bogotá pertenece a ese selecto grupo de ciudades donde un automóvil puede convertirse en una excelente máquina para permanecer quieto. La teoría dice que el auto nos permite llegar más rápido. La práctica bogotana recomienda salir más de una hora antes, rezar un poco y no hacer compromisos demasiado precisos.

Un trayecto de treinta minutos puede convertirse en una hora, dos o en una experiencia espiritual de duración indefinida. Mientras tanto, el automóvil consume combustible, aceite, frenos, llantas y paciencia.

El conductor también consume algo: salud mental, porque mantener un automóvil no consiste únicamente en pagar impuestos, seguro, mantenimiento y combustible. Están los pequeños gastos que aparecen cuando menos se necesitan: una rayadura, un espejo roto, una pieza que decidió jubilarse prematuramente.

Y en Bogotá hay una particular interacción entre automóviles, motos y bicicletas. Algunos motociclistas y ciclistas parecen convencidos de que el cuerpo humano puede adelgazar milagrosamente para atravesar el espacio entre dos vehículos. El problema es que los espejos retrovisores no participan de ese milagro. Un roce, un golpe, una pintura rayada y aparece el inevitable interrogante: ¿quién fue?

El responsable suele desaparecer con admirable velocidad. Y discutir puede ser una actividad de riesgo. De modo que uno respira profundo, guarda las imprecaciones y empieza a sacar cuentas.

Llegar es solo la mitad del problema y supongamos que finalmente llegamos y ahora, parece otro problemita y por demás costoso: estacionar. Dejar el automóvil en la calle es una invitación abierta a la multa, la grúa, el robo o a regresar y descubrir que nuestro vehículo ha emprendido una vida independiente. Si se lo llevó la grúa, comienza otra aventura: patios, multas, trámites y una factura capaz de producir síntomas que ningún médico había diagnosticado.

Por eso hay que buscar parqueadero y pagar. Incluso visitar amigos puede implicar pagar estacionamiento. Uno llega con un regalo, un abrazo y, dependiendo del conjunto residencial, una tarjeta de crédito. Así el automóvil, ese supuesto símbolo de libertad, termina necesitando alojamiento.

Y hay un detalle muy particular, no solo en Bogotá, también en otras capitales de departamento, o provincias como dirian al Sur del Continente, el pico y placa. Y por favor, por salud mental, no se ponga hacer cuentas sobre los días al año que no puede usar su vehículo por esa norma que intenta solucionar la falta de vías, aún así, los impuestos son anuales al igual que los seguros. Y si quiere circular el día que no puede, simple: pague para poder hacer uso de su querido vehículo.

Durante décadas nos vendieron el llamado sueño americano: una casa, electrodomésticos, un automóvil y muchas cosas que demostraran que habíamos progresado. El auto era parte fundamental del paquete. Representaba independencia, éxito y estatus, pero quizá confundimos el símbolo con el objetivo.

Porque una cosa es tener automóvil y otra necesitarlo para absolutamente todo. En una ciudad como Bogotá, la pregunta resulta inevitable: ¿cuánta libertad nos da realmente una máquina que debemos comprar, asegurar, mantener, alimentar, estacionar y proteger? y además, se devalúa, es decir, pagamos mucho dinero por algo que, con el simple paso del tiempo, vale menos.

Nos vendieron una inversión extraordinaria, solo que al revés. Y aquí aparece una luchadora infatigable para mantener su espacio y vias en la Capital colombiana: la bicicleta entra en escena y entonces aparece una máquina bastante menos pretenciosa. No necesita gasolina. No paga parqueadero. No tiene embrague, radiador ni batería que decida morir un lunes por la mañana. Además no ocupa media calle y, sobre todo, no necesita que uno permanezca sentado esperando que el tráfico decida moverse.

En una ciudad como Bogotá, la bicicleta urbana no debería verse únicamente como un instrumento deportivo o una afición de personas vestidas con lycra., es la alternativa de movilidad para muchas distancias cotidianas y funciona. Uno se sube, pedalea, avanza y aprovecha la infraestructura de ciclorrutas que tiene la ciudad. No es perfecta, pero hay.

Mientras el automóvil permanece atrapado en un embotellamiento, la bicicleta sigue su camino. Mientras el conductor busca parqueadero, el ciclista busca dónde asegurarla. Mientras el motor consume combustible, las piernas hacen el trabajo. Y hay una ventaja adicional: la bicicleta no necesita demostrarle a nadie que uno triunfó.

Quizás se trata de vivir con menos y no se trata de declarar la guerra al automóvil porque hay viajes, cargas, distancias y circunstancias en las que sigue siendo necesario. Se trata de dejar de considerarlo indispensable.

Quizás el verdadero lujo contemporáneo no sea tener un auto nuevo, sino recuperar tiempo. Tiempo para caminar. Para pedalear. Para respirar. Para mirar la ciudad sin hacerlo a través de un parabrisas.

Durante años creímos que progresar significaba tener más cosas. Quizás ahora debamos descubrir que vivir mejor también puede significar necesitar menos. La bicicleta urbana representa justamente eso: sencillez, eficiencia y libertad. A diferencia del auto, no promete prestigio, ni promete comodidad absoluta. Solo promete algo bastante más valioso en una ciudad congestionada: moverse.

Así que quizá ha llegado el momento de comprarle al automóvil una buena piyama, cubrirlo con cariño y utilizarlo solamente cuando sea indispensable. Después de todo, tanto él como nosotros hemos trabajado bastante. Y, en Bogotá, permanecer estacionado ya sabemos hacerlo perfectamente.

Bogotá: de la ciudad de las bicicletas a la dictadura de las motos

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En Bogotá hay más de 500.000 motocicletas matriculadas, según datos recientes de movilidad y registros locales

Hay una curiosa familia de dos ruedas que merece algo de respeto histórico: la motocicleta. Prima acelerada de la bicicleta, ha sido durante más de un siglo mucho más que un vehículo para ir de un punto a otro. Ha servido como transporte individual y colectivo, como plataforma de carga, como herramienta de trabajo y, por supuesto, como juguete para quienes consideran que la velocidad es una forma de filosofía.

Hay marcas y modelos que parecen haber firmado un pacto con el tiempo. Sobrevivieron guerras mundiales, crisis económicas, carreteras imposibles y generaciones enteras de conductores. En muchos lugares del planeta, la motocicleta se convirtió en una alternativa económica y eficiente frente al automóvil e incluso frente a vehículos de transporte de mayor tamaño y consumo.

Los aventureros tampoco se quedaron atrás. La llevaron por desiertos, montañas, selvas y caminos donde el concepto de “carretera” era más una esperanza que una realidad. Y, en el otro extremo, están quienes decidieron convertirlas en protagonistas de carreras donde la velocidad y el riesgo parecen competir por el primer lugar.

El problema comienza cuando esa lógica de la pista se traslada a la calle.

Bogotá cambia de dos ruedas

Bogotá, durante años orgullosa de su condición de ciudad ciclística, parece estar transformándose aceleradamente en una ciudad de motocicletas. Y no precisamente mediante una transición tranquila, ordenada y hay varias razones.

La primera es el bolsillo. Tener automóvil en Bogotá puede convertirse rápidamente en una experiencia financiera cercana a la ciencia ficción. Comprar el vehículo ya es costoso; mantenerlo, alimentarlo con combustible y encontrar dónde estacionarlo puede convertir una simple diligencia en una pequeña expedición económica.

El automóvil particular es, en muchos casos, ese cajón sin fondo donde desaparece el dinero. Combustible, estacionamientos, seguros, mantenimiento, reparaciones y demás gastos aparecen con una puntualidad admirable. La moto, en cambio, ofrece una alternativa mucho más accesible para quien necesita desplazarse diariamente.

La segunda razón tiene que ver con la ciudad misma. Bogotá parece haber descubierto una peculiar forma de arquitectura urbana: construir obras que duran casi tanto como las obras literarias clásicas. Puentes, corredores, avenidas y tramos viales parecen tener una relación bastante relajada con el calendario, no hay fecha que se cumpla y los meses se convierten en años.

Mientras tanto, los ciudadanos pasan horas atrapados en trancones. Moverse por la ciudad exige tiempo, paciencia y una considerable capacidad para aceptar que quizá aquello que estaba “a diez minutos” realmente queda a cuarenta y cinco o más.

Y aparece la tercera razón: las motos son, sencillamente, más asequibles que un automóvil. Hay modelos económicos, de trabajo, de turismo, deportivos y auténticas máquinas de lujo. El mercado ofrece prácticamente una moto para cada bolsillo y para cada ego.

La regulación y la formación de conductores también han cambiado. Hoy existen escuelas de conducción y mayores exigencias para obtener la licencia. Algo que, dicho sea de paso, no debería ser visto como un obstáculo, sino como una inversión en algo bastante útil: llegar vivo.

El problema no son las motos

Aquí conviene hacer una precisión: el problema no son las motocicletas. Son las conductas. Hay excelentes motociclistas que respetan las normas, conviven con automóviles, buses, peatones, bicicletas y entienden que una vía pública no es una pista de pruebas. Pero también están los otros…

Los que convierten el escape en sistema de tortura pública con sonidos terriblemente molestos. Los que consideran que la ciclorruta es un carril adicional. Los que descubren que el andén puede ser una vía rápida cuando hay tráfico. Los que adelantan por donde encuentran un espacio de veinte centímetros y, en general, parecen interpretar las normas de tránsito como sugerencias creativas.

Y hay algo todavía más preocupante: la violencia y la arbitrariedad con la que algunos motociclistas se relacionan con los demás usuarios de la vía. Para un peatón, un ciclista o incluso para quien conduce un automóvil, encontrarse con una moto que aparece de cualquier lado, invade el espacio reservado para otros, toca la bocina de manera intimidante o responde con agresividad ante un reclamo puede convertir un desplazamiento cotidiano en una situación de tensión y peligro permanente. Ya no se trata simplemente de llegar rápido; se trata de poder llegar tranquilo. En una ciudad donde movilizarse debería ser una actividad cotidiana y predecible, resulta bastante absurdo tener que calcular si el vehículo que viene detrás respetará la distancia, si el que aparece por la derecha ocupará la ciclorruta o si una protesta por una maniobra peligrosa terminará en una discusión. La calle no debería ser un ring y mucho menos una prueba de carácter.

Para quienes utilizamos la bicicleta urbana, la situación resulta especialmente delicada. Compartir la ciudad debería significar eso: compartirla. No convertir cada trayecto en una competencia para descubrir quién tiene menos paciencia.

Los accidentes están ahí, con heridos, víctimas mortales y nuevos trancones que se suman a los que Bogotá ya produce con una eficiencia casi industrial.

Como ciclista urbano, uno termina preguntándose dónde están los controles. No se trata de perseguir motociclistas ni de demonizar un medio de transporte que, bien utilizado, resulta extraordinariamente útil. Se trata de hacer cumplir las reglas para todos.

Una ciudad que necesita convivir

Bogotá tiene encantos de sobra, pero cada día parece más difícil habitarla. Moverse puede ser complicado, inseguro y contaminante. Y mientras se intenta solucionar un problema, aparecen otros.

Los andenes y las calles, incluso después de ser limpiados o recuperados, vuelven rápidamente a convertirse en basureros. No parece ser un problema de quienes hacen la limpieza, sino de una cultura ciudadana que todavía confunde espacio público con “territorio de nadie”.

En el transporte público la situación tampoco resulta alentadora. TransMilenio ha sido víctima de buena parte de ese desorden: puertas vulneradas, ingresos irregulares, vendedores ambulantes y comportamientos que ponen en riesgo e incomodan a los demás usuarios.

Y el futuro metro tendrá, además de trenes y estaciones, un reto menos tecnológico pero mucho más difícil de resolver: la convivencia. Porque construir infraestructura es complicado. Construir cultura ciudadana parece ser bastante más difícil.

La motocicleta, mientras tanto, seguirá ganando espacio. Es económica, práctica y necesaria para miles de personas. La bicicleta urbana también seguirá siendo una herramienta fundamental para una ciudad que necesita alternativas de movilidad más limpias y eficientes.

Quizá el verdadero desafío de Bogotá no sea decidir si quiere ser una ciudad de bicicletas, motos, buses o metro. El desafío es conseguir que todos puedan circular sin sentirse protagonistas de una película de acción.

Alguna vez llamaron a Bogotá la Atenas Suramericana, no precisamente por su arquitectura, sino por su vida cultural. Hoy, viendo cómo nos movemos, cómo ocupamos el espacio público y cómo respetamos —o no— las reglas, quizá haya que actualizar el título.

Por ahora, Bogotá parece ser apenas suramericana. Y con bastante problemas de circulación en cualquier vehículo que se disponga.

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A la sombra de los árboles: pedalear la ciudad

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Los parques urbanos son un oasis de vida, de espacios para disfrutar y dejar la rutina de correr y correr, para solo contemplar la vida

Hay ciudades que se conocen desde la ventanilla de un automóvil, otras desde la mesa de un café y algunas, quizá las más interesantes, se descubren a pie o sobre una bicicleta. San Juan, y Mendoza en Argentina, son esas ciudades que invitan a bajar la velocidad.

No hace falta buscar grandes monumentos ni diseñar una ruta turística demasiado elaborada. A veces basta con entrar a un parque, dejar la bicicleta a un lado o comenzar a pedalear por sus senderos para descubrir una ciudad diferente. Una ciudad que respira entre los árboles, que conversa en los bancos y que, durante unas horas, parece olvidarse de las prisas.

El Parque de Mayo es uno de esos lugares. Está ahí, en medio de San Juan, como una pausa verde entre las calles, los edificios y el movimiento cotidiano. El visitante puede llegar caminando, en automóvil o, mejor aún, en bicicleta. Y una vez dentro, algo cambia. El ruido de la ciudad parece quedar unos metros atrás y aparece otro paisaje: árboles enormes, senderos, césped, fuentes y personas que han decidido regalarse un poco de tiempo.

Los ciclistas pasan sin afán. Algunos utilizan la bicicleta como ejercicio; otros simplemente ruedan. No parece importar demasiado la distancia recorrida. Lo importante es estar allí, moverse y disfrutar de una velocidad que permite mirar. Porque la bicicleta tiene esa ventaja: permite avanzar sin aislarse completamente del lugar.

Desde el asiento se puede ver al corredor que calcula su ritmo, a la persona que camina con las manos detrás de la espalda, al niño que persigue una paloma o al lector que ha encontrado un banco bajo la sombra de un árbol. También está el habitual del parque, ese que parece conocer cada rincón y que seguramente conoce al vendedor del kiosco.

Los kioscos de los parques merecerían, por sí solos, una crónica. Tienen algo de almacén, de refugio y de punto de encuentro. Allí se compra una bebida, un café, algo para comer. Pero con el tiempo ocurre algo más importante: el vendedor empieza a reconocer a sus clientes. Primero es un saludo; después, una conversación breve; finalmente, aparece el nombre. Así se construye una pequeña comunidad alrededor de un lugar que quizá en un mapa solo aparece señalado como un kiosco.

Los árboles hacen el resto. En San Juan, donde el clima puede recordar con fuerza que estamos en una región de temperaturas exigentes, la sombra no es un detalle menor. Es parte fundamental de la experiencia urbana. Bajo esos árboles se camina, se conversa, se lee y se descansa. Las copas verdes transforman el ambiente y ofrecen un refugio frente al sol.

Las fuentes también cumplen su papel. Son hermosas, claro, pero su presencia no es únicamente decorativa. El agua aporta frescura y humedad, y durante los días calurosos puede cambiar la sensación térmica del entorno. Son pequeños oasis construidos dentro de la ciudad.

Parque San Martín – Mendoza

Algo parecido ocurre en Mendoza, donde el agua y los árboles forman parte esencial de la identidad urbana. Allí el Parque General San Martín ofrece otra escala y otra manera de encontrarse con el verde. Sus caminos permiten caminar, correr y pedalear mientras la ciudad parece alejarse progresivamente.

San Juan y Mendoza tienen diferencias evidentes, pero comparten una lección urbana: el espacio verde no es un lujo, es una necesidad.

En medio del crecimiento de las ciudades, los parques representan una oportunidad para conservar una relación cotidiana con la naturaleza. No se trata de una naturaleza salvaje, desde luego. Son espacios cuidadosamente diseñados, mantenidos y organizados. Pero cumplen una función que va más allá de la estética: permiten que los habitantes encuentren un lugar donde desacelerar.

Y quizá ahí esté su verdadero valor. Vivimos pendientes del reloj. Hay que llegar, producir, responder, comprar, vender, avanzar. Incluso el ocio parece haber adquirido una velocidad propia. Salimos a correr con una aplicación que registra los kilómetros, tomamos café mientras respondemos mensajes y paseamos mirando una pantalla.

El parque propone exactamente lo contrario, propone detenerse, sentarse en un banco y mirar cómo un pájaro picotea el césped puede parecer una actividad insignificante. Pero tal vez sea precisamente lo contrario. En ese instante no estamos produciendo nada. No estamos cumpliendo una meta. No estamos acumulando kilómetros, estamos viviendo.

Y una bicicleta puede ser una excelente compañera para ese ejercicio de lentitud. No la bicicleta de la competencia, ni la del cronómetro, ni la que convierte cada trayecto en una prueba de rendimiento. La bicicleta urbana, la que permite desplazarse, mirar, descubrir una calle diferente y detenerse ante un árbol particularmente grande, una fuente, una conversación o una escena cotidiana, eso también es movilidad urbana y eso también es ciudad.

Por eso, la próxima vez que llegue a San Juan o Mendoza, quizá valga la pena hacer algo diferente. Buscar un parque, alquilar o llevar una bicicleta y comenzar a rodar sin una meta demasiado precisa y dejar que el camino decida un poco.

Detenerse bajo la sombra. Tomar un café. Hablar con alguien. Leer unas páginas. Escuchar el agua de una fuente. Mirar los árboles y descubrir que, entre las construcciones, los automóviles y las calles, todavía hay lugares donde la ciudad permite respirar.

Y cuando vuelva a subir a la bicicleta, hacerlo sin afán. Pedalear respetando a quienes caminan, manteniéndose lejos de los jardines y del césped, entendiendo que el parque es un espacio compartido.

Porque una ciudad también se mide por la posibilidad que ofrece de detenerse y quizá una de las mejores maneras de conocerla sea, sencillamente, pedalear despacio bajo sus árboles.

Mateo y su bicicleta del futuro

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Este es el posible diseño de la bici-robótica que algún día construirá el protagonista de esta pequeña historia


Me llamo Mateo y tengo 9 años.Vivo en la hermosa ciudad de San Juan.. Mi papá me regaló mi primera bicicleta. Era negra y tenía llantitas auxiliares. Con esa bici aprendí a andar y, aunque ahora está guardada, llena de polvo, todavía me acuerdo de cuando empecé a pedalear.

Hoy tengo una bicicleta muy diferente. Por lo menos para mí, es una súper bicicleta. Tiene rin 29 y me la adaptaron para que yo pudiera usarla.

Cuando voy en ella siento el aire en la cara y claro, en cada estación del año, las sensaciones son distintas. Frío en invierno, y calor en el verano. Sea como fuere, en las cuatro estaciones siempre hay un motivo para disfrutar de andar en bici. Es una bicicleta muy bonita, pero también es bastante grande para mí y a veces eso me incomoda, especialmente cuando tengo que detenerme.

En la calle tengo que tener cuidado. Muchas veces voy muy cerca de la vereda porque necesito poder apoyar un pie rápidamente cuando tengo que parar. Si no alcanzo a hacerlo, me puedo caer. Arrancar es más fácil, eso sí. Cuando hacemos trayectos largos, las piernas empiezan a sentirse, pero igual me gusta salir y rodar.

En San Juan, una ciudad del norte de Argentina, está mi casa y también mi colegio. Los lunes, además, voy a un taller de robótica. Me encanta todo lo que tiene que ver con los robots. Son geniales y divertidos, especialmente cuando con mis compañeritos podemos diseñar, armar y hacer funcionar una máquina hecha por nosotros.

Y tengo una idea que me gustaría hacer realidad algún día: diseñar una bicicleta que también sea un robot.

Me imagino una bici para ir al colegio y moverme por la ciudad, pero que también tenga piloto automático para llevarme a los lugares donde tengo que llegar. Quisiera que pudiera evitar accidentes, avisarme cuándo puedo cruzar una calle y decirme cuándo cambia el semáforo.

Sería genial que fuera un tándem para tres pasajeros. Espero poder construirla algún día, quizás dentro de un año. También tendría los colores de mi bandera: celeste y blanco.

Le pondría buenos cambios, luces suficientes y guardabarros, porque tendría que ser una bicicleta urbana. No sería para competir. Para eso tendría que pensar en otra bicicleta.

Por ahora, sigo usando la que tengo. Mi ciudad es muy agradable para andar en bicicleta y, hasta el momento, no he tenido ningún problema.

Así que sigo pedaleando. Y quién sabe… quizás algún día la bicicleta robot deje de ser una idea y pueda salir conmigo a recorrer San Juan.

La humanidad también necesita una familia

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La familia se vive mejor en ciudades pequeñas, donde el ritmo de vida es más sereno, humano y solidario

Hay días en que uno abre el periódico, escucha la radio o mira las noticias y tiene la sensación de que las buenas noticias se quedaron sin espacio. El poder político, el dinero, las guerras, las disputas comerciales, la dominación cultural y las grandes decisiones tomadas desde oficinas muy lejanas parecen ocuparlo todo. Y casi siempre quienes tienen el poder nos explican que tienen la razón.

El problema es que, en esa pelea por tener la razón, pareciera que algunas personas terminaran convertidas en cifras, daños colaterales o simplemente en seres prescindibles. Ahora, además, aparece una nueva promesa: robots acompañados de inteligencia artificial capaces de hacer buena parte de los trabajos que hoy realizan millones de seres humanos.

No le tengo miedo a la tecnología. La bicicleta también fue tecnología alguna vez. Y qué maravilla de tecnología. El problema nunca ha sido la herramienta. El problema es lo que hacemos con ella. Pero detrás de todas estas discusiones hay un asunto que pocas veces ocupa los titulares y que, personalmente, me preocupa mucho más: estamos perdiendo, poco a poco, el sentido de familia.

En buena parte de Occidente, y particularmente en América Latina, las familias se han venido haciendo más pequeñas. Las tasas de natalidad han descendido y las razones son muchas: dificultades económicas, cambios culturales, nuevas prioridades profesionales, incertidumbre frente al futuro y, sencillamente, una manera distinta de entender la vida.

No se trata de condenar a nadie por sus decisiones. Cada generación tiene derecho a construir su propio camino, pero sí vale la pena preguntarnos qué estamos dejando por el camino. Porque una familia no es solamente una fotografía de domingo, una reunión en Navidad o una casa llena de personas. Una familia es, en esencia, un lugar seguro para aprender a ser humanos.

Allí conocemos el amor, pero también la diferencia. Aprendemos que existen las rabietas, los desacuerdos, las equivocaciones y hasta esos silencios incómodos que hacen parte de cualquier convivencia. Aprendemos a pedir perdón, a compartir, a cuidar al más pequeño y a respetar al más grande. Allí comienza nuestra educación social y cívica mucho antes de que aparezca un libro de colegio. En la familia aprendemos algo fundamental: el otro importa. Y quizás ahí está el gran problema de nuestro tiempo.

Si miramos a la humanidad como una enorme familia, viviendo todos bajo el mismo techo llamado planeta Tierra, resulta mucho más fácil comprender buena parte de lo que estamos haciendo.

Nos comportamos como una familia en la que algunos quieren quedarse con la comida, otros con la habitación más grande, otros con el agua, otros con la energía y otros pretenden decidir quién puede o no puede sentarse a la mesa.

La avaricia, la soberbia, la envidia y la obsesión por el poder terminan reemplazando aquello que debería mantener unida a cualquier familia: la consideración por el otro. Y cuando dejamos de considerar al otro como parte de nosotros, todo parece permitido.

Podemos destruir su territorio, aprovechar su pobreza, explotar sus necesidades, venderle adicciones, convertir sus debilidades en negocio y, llegado el caso, justificar la violencia porque siempre encontramos una explicación para convencernos de que somos los buenos. La historia de la humanidad está llena de ejemplos.

Quizás por eso necesitamos volver a una palabra aparentemente sencilla, pero extraordinariamente poderosa: familia.

No una familia perfecta, porque esas no existen. Una familia humana. Con diferencias, con discusiones, con distintas maneras de pensar, pero capaz de entender que nadie crece completamente solo. Y hoy, mientras escribo estas líneas, tengo una razón particularmente personal para pensar en todo esto.

Vuelvo a ser parte de una familia extensa. Hijos, nietos, amigos y allegados se encuentran nuevamente alrededor de una mesa, en una hermosa ciudad al sur del continente. Hay conversaciones pendientes, recuerdos que regresan, risas, historias repetidas —porque en las familias las historias buenas se cuentan muchas veces— y también tiempo para pensar.

Pensar en la vida, en la familia, en ese planeta que les estamos entregando a quienes vienen detrás y, por supuesto, pensar en la bicicleta. Porque habrá pocas máquinas tan sencillas capaces de recordarnos que la vida puede disfrutarse a otra velocidad. Una bicicleta nos permite recorrer una ciudad pequeña, descubrir sus calles, sus ciclovías, sus parques y esa particular tradición deportiva que le da carácter.

Rodar permite mirar a los ojos a la ciudad y quizá también nos permite mirarnos un poco a nosotros mismos. Mientras pedaleamos, entendemos que no necesitamos conquistar el mundo para sentirnos parte de él. Basta con avanzar, respirar, conversar, detenernos cuando sea necesario y continuar.

Tal vez eso sea también una buena definición de familia. Avanzar juntos, aunque no siempre pensemos igual. Esperarnos cuando alguien se queda atrás. Ayudar al que necesita una mano. Y entender que llegar primero no sirve de mucho si llegamos solos.

Después de miles de años de historia, guerras, imperios, revoluciones y tecnologías capaces de cambiar nuestra manera de vivir, seguimos teniendo una necesidad elemental: sentir que pertenecemos a alguien y que alguien pertenece a nosotros.

Quizás el gran desafío de la humanidad no sea construir máquinas cada vez más inteligentes, quizás sea aprender nuevamente a comportarnos como una familia, que es enorme, diversa, imperfecta y maravillosa que comparte una sola casa: La Tierra.

Y esa casa, por ahora, no tiene otro domicilio.

“¿Y si el planeta no se acaba…pero nosotros sí?”

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Consumir menos, para vivir mejor. Desperdiciar menos para ayudar a la humanidad a vivir en La Tierra

Hay momentos en la historia de la Tierra en los que resulta difícil imaginar que este planeta, tal como lo conocemos, alguna vez haya sido diferente. Y, sin embargo, lo ha sido muchas veces. La Tierra no ha permanecido quieta ni un solo instante de sus aproximadamente 4.500 millones de años de existencia. Ha cambiado de piel, de clima, de geografía y hasta de habitantes.

Hubo un tiempo en que los continentes no estaban separados como los conocemos hoy. Pangea reunía buena parte de las tierras emergidas en un enorme territorio que, con el paso de millones de años, comenzó a fragmentarse hasta dar origen al mapa que ahora vemos en los atlas. Los océanos cambiaron, las montañas aparecieron, desaparecieron especies y otras ocuparon su lugar.

Y no fueron cambios precisamente amables. La historia geológica está marcada por grandes extinciones. Algunas especies desaparecieron prácticamente de un día para otro en términos geológicos. Otras transformaciones fueron tan profundas que modificaron para siempre las condiciones de vida sobre el planeta. La Tierra ha sobrevivido a impactos de asteroides, enormes erupciones volcánicas, variaciones climáticas extremas y alteraciones de los océanos. La vida, de alguna manera, siempre encontró una salida.

Nosotros aparecimos muchísimo después. La época en la que actualmente vivimos pertenece al Holoceno, un periodo geológico relativamente reciente que comenzó hace unos 11.700 años, después de la última gran glaciación. Durante este tiempo se estabilizaron las condiciones climáticas que favorecieron el desarrollo de la agricultura, el crecimiento de las sociedades humanas y, finalmente, la civilización que hoy conocemos. Es decir, buena parte de lo que llamamos historia humana ocurrió bajo unas condiciones ambientales extraordinariamente favorables.

En estos tiempos abundan las voces que anuncian el fin del mundo. Unas lo hacen desde la religión, otras desde la política, algunas desde las redes sociales y otras simplemente porque el apocalipsis parece vender bastante bien. Pero la ciencia, aunque tiene suficientes razones para preocuparse, no necesariamente está anunciando que mañana se acaba el planeta.

La Tierra no está a punto de desaparecer, tampoco el Sol. Nuestra estrella algún día cambiará radicalmente y, muchísimo más adelante, dejará de ser la estrella que conocemos. Pero para entonces habrán pasado miles de millones de años. Si alguien está pensando en organizar desde ahora la despedida, puede guardar tranquilamente la tarjeta de invitación.

El problema verdadero es mucho más cercano, porque no necesitamos esperar a que el Sol se apague para tener dificultades, basta mirar cómo utilizamos los recursos disponibles del planeta.

El modelo económico dominante ha conseguido algo extraordinario: convertir prácticamente todo lo que existe en un recurso susceptible de ser extraído, transformado, vendido, consumido y, finalmente, desechado. Agua, bosques, minerales, combustibles, alimentos, suelo y hasta la atención humana entraron en esa gigantesca cadena de consumo.

El problema no es consumir. La humanidad necesita consumir para vivir, el problema aparece cuando confundimos vivir mejor con consumir más. Extraemos recursos a una velocidad que muchas veces supera la capacidad de recuperación de los ecosistemas. Desperdiciamos alimentos mientras millones de personas padecen hambre. Utilizamos enormes cantidades de energía para fabricar objetos que tendrán una vida útil cada vez más corta. Contaminamos ríos, alteramos ecosistemas y reducimos la diversidad biológica, como si la naturaleza tuviera una bodega infinita de repuestos.

Y no todos participan de la fiesta de la misma manera. Hay personas que han decidido no tener hijos porque consideran que traer nuevas generaciones a un mundo incierto sería una irresponsabilidad. Otras intentan vivir con poco, reducir su consumo y dejar una huella más pequeña. Y hay millones que ni siquiera tienen la posibilidad de escoger: simplemente sobreviven. Mientras tanto, una pequeña fracción de la población mundial puede consumir recursos en cantidades que para otros resultarían inimaginables.

La bicicleta, desde luego, no va a resolver por sí sola semejante problema. Pero quizá tenga algo que enseñarnos. Cuando alguien decide desplazarse en bicicleta, descubre una verdad elemental: para avanzar no siempre necesitamos quemar combustible, consumir toneladas de materiales o gastar grandes cantidades de energía. A veces basta con dos ruedas, una cadena, algo de mantenimiento y nuestras propias piernas.

Tal vez el asunto sea precisamente ese: recuperar la capacidad de distinguir entre lo que necesitamos y aquello que simplemente nos han convencido de necesitar.

Porque la Tierra continuará. Si desapareciéramos, el planeta no tendría demasiado interés en nuestra ausencia. La vida probablemente encontraría otros caminos, como ya lo hizo después de las grandes extinciones.

La pregunta, entonces, no es si la Tierra sobrevivirá. La pregunta es si nosotros seremos capaces de sobrevivir a nuestra propia manera de habitarla, y si algún día el Holoceno termina, como han terminado todos los periodos geológicos anteriores, ¿qué condiciones encontrará la humanidad para continuar?

Tal vez el futuro no dependa de conquistar otro planeta, tal vez dependa de algo mucho más sencillo y mucho más difícil: aprender a vivir en este sin agotarlo.

Mientras tanto, una bicicleta, con buenos años encima, sigue esperando en la puerta. Dos ruedas, poco consumo y una lección bastante antigua: para avanzar no siempre hace falta gastar más y consumir más.

El Niño nos obliga a ahorrar… ¿por qué no empezar pedaleando?

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Ideam encendió las alertas sobre las condiciones climáticas que enfrentaría Colombia durante los próximos meses

Hay fenómenos de la naturaleza que uno quisiera recibir con sombrilla, gafas oscuras y paciencia. Pero El Niño no viene precisamente de paseo. Menos lluvias, temperaturas elevadas, riesgo de incendios, presión sobre los embalses y posibles restricciones de agua y energía terminan llevando el fenómeno hasta nuestra propia casa.

Y allí aparece una pregunta sencilla: ¿qué podemos hacer nosotros?

Porque el ahorro de agua y energía no puede ser responsabilidad exclusiva del Gobierno o de las empresas de servicios públicos. También corresponde a quienes vivimos en apartamentos, casas, conjuntos, fincas y, especialmente, a quienes todavía creen que abrir una llave o encender un interruptor no tiene consecuencias porque “para eso pagamos”.

En Colombia buena parte de la generación eléctrica depende de las hidroeléctricas. Cuando disminuye el nivel de los embalses, el sistema debe recurrir con mayor intensidad a las termoeléctricas, que utilizan combustibles como gas y carbón. Es decir, cuando falta agua para producir electricidad, podemos terminar utilizando más combustibles fósiles para mantener encendidas las luces.

Una paradoja bastante incómoda, la primera recomendación es sencilla: consumir menos electricidad. Apagar luces innecesarias, utilizar iluminación LED, desconectar equipos que permanecen en espera y aprovechar la luz natural son pequeñas acciones que, multiplicadas por millones de hogares, dejan de ser pequeñas. También puede usar equipos que funcionan con baterías recargables para tener radio, lámparas de lectura, o su computador portátil como oficina personal.

En tierra fría —como llamamos los colombianos a nuestras ciudades de montaña— conviene revisar especialmente calentadores, duchas eléctricas y otros equipos destinados a combatir el frío.

En tierra caliente y en las zonas costeras, el gran consumidor suele ser el aire acondicionado. Antes de convertirlo en el trabajador más ocupado de la casa, conviene aprovechar ventilación cruzada, cortinas, persianas, sombra, vegetación y ventiladores cuando las condiciones lo permitan y si utilizamos aire acondicionado, tampoco es necesario convertir la sala en una nevera. También puede usar ventiladores personales de baterías recargables.

Colombia tiene sol de sobra. ¿Por qué no aprovecharlo? Los paneles solares pueden ser una alternativa para casas, pequeños comercios y conjuntos residenciales. En viviendas con techo propio puede estudiarse su instalación; en apartamentos, la solución puede ser colectiva para zonas comunes, iluminación, bombas o calentamiento de agua, dependiendo de las condiciones.

Pero hay una regla BiciUrba: antes de producir más energía, aprendamos a desperdiciar menos. No tiene mucho sentido llenar el techo de paneles para continuar gastando electricidad sin necesidad. Y ya pronto llegan las fiestas de fin de año, bueno iluminación LED alimentada con baterías recargables a través de paneles solares.

Al agua, otra oportunidad recogerse el agua que dejamos correr mientras esperamos que salga caliente de la ducha, y aún cuando nos bañamos, con ella se puede para limpiar pisos u otros usos apropiados. También podemos instalar dispositivos ahorradores, reparar fugas y reducir el tiempo bajo la ducha. Y cierre la llave en procesos de lavado de la vajilla, cuando nos lavamos los dientes o cuando nos afeitamos. Y si puede, recoja el agua de la lavadora, sirve para los sanitarios.

La casa también puede defenderse del clima. En tierra caliente, proteger ventanas del sol, ventilar durante las horas más frescas y aprovechar árboles y zonas de sombra puede disminuir el uso de equipos de refrigeración. Plantas al interior también ayudan a mejoran la sensación de frescura.

En tierra fría, aprovechar el sol durante el día, cerrar cortinas al caer la tarde, revisar puertas y ventanas y evitar pérdidas de calor puede reducir el consumo destinado a calentarnos. Y por supuesto, puede abrigarse con ropa que lo mantenga a buena temperatura. En ambos casos, la vivienda puede convertirse en nuestra primera herramienta de adaptación.

Y salgamos a la calle, todo esto nos lleva a la movilidad. Podemos ahorrar agua, apagar bombillos, instalar paneles solares y reutilizar agua, pero si para recorrer tres kilómetros seguimos encendiendo un motor de combustión, dejamos una parte importante de la conversación por fuera.

Automóviles y motocicletas con motores de combustión siguen dependiendo de combustibles derivados del petróleo. La motocicleta puede gastar menos combustible que un automóvil, pero menos petróleo sigue siendo petróleo. La bicicleta tiene una ventaja elemental: no necesita gasolina, diésel ni estación de servicio, necesita piernas, y cuando esas piernas necesitan ayuda, existen las bicicletas eléctricas.

El cambio climático tiene causas globales y la quema de combustibles fósiles es una de las principales. No vamos a detenerlo desde el grifo de la cocina ni con una bicicleta, pero sí podemos reducir nuestra propia huella. El Niño nos recuerda que el agua y la energía no son infinitas. La pregunta es si vamos a esperar a que llegue el racionamiento para aprender a ahorrar, o si podemos convertir el ahorro en una costumbre.

Porque, al final, cuidar el planeta también puede comenzar cerrando una llave, apagando un interruptor…y sacando la bicicleta del bici parqueadero. Ah, y circular en bici también ayuda a disminuir las facturas de servicios cada mes y mejora el balance financiero mensual personal y familiar.

No solo es racionamiento de agua y de energía, es la pérdida de biodiversidad, alimentos y alteración de los ecosistemas que afectan a todas las manifestaciones de la vida a nuestro alrededor

El oro que brilla… y el río que desaparece

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Es la cotidianidad en nuestro continente, la pérdida constante de biodiversidad en manos criminales

Hay algo profundamente contradictorio en el oro. Lo admiramos porque brilla, porque representa riqueza, porque termina convertido en joyas, lingotes, monedas, componentes electrónicos y hasta reservas financieras. Pero pocas veces nos preguntamos qué quedó atrás para que ese pequeño objeto dorado llegara hasta nuestras manos.

En algunos lugares de América Latina, la respuesta es incómoda: quedó un río destruido, un bosque convertido en lodo, un suelo sin vida y comunidades que perdieron una de sus principales fuentes de agua y alimento.

La minería ilegal no solamente extrae oro. También puede extraerle la vida al territorio. El río Sambingo, en el Cauca colombiano, es uno de los ejemplos más dramáticos. La desviación de cauces y el uso de maquinaria pesada llevaron a que prácticamente desapareciera. El Atrato, mientras tanto, ha soportado durante años la extracción de oro y platino, el trabajo de dragas y la contaminación con mercurio, hasta el punto de que la Corte Constitucional reconoció en 2016 sus derechos bioculturales.

Y no estamos hablando únicamente de Colombia. En la cuenca del Madre de Dios, que atraviesa Perú, Bolivia y Brasil, la minería aurífera ha transformado extensas zonas de bosque amazónico en paisajes de lodo y arena. En los ríos Puré y Cotuhé, en la Amazonía colombiana y brasileña, las dragas alteran ecosistemas fluviales que también son territorio de pueblos indígenas. El Puyango-Tumbes, entre Ecuador y Perú, ha sufrido contaminación minera y pérdida de especies de peces. Y en el río Santiago, en la Amazonía peruana, las dragas amenazan los ecosistemas y las fuentes de agua de comunidades awajún y wampis.

Daños ambientales irreversibles por actividad minera ilegal en el municipio de Ataco, Tolima

El problema comienza mucho antes de que el oro sea convertido en una joya. Una retroexcavadora puede remover las capas superficiales del suelo, precisamente aquellas donde está concentrada buena parte de la materia orgánica. Después llegan las bombas, el lavado de toneladas de tierra y la formación de grandes montículos de arena prácticamente estéril.

Donde antes había bosque, raíces, microorganismos y humedad, queda un terreno que difícilmente puede volver a ser lo que fue. El bosque tampoco desaparece simplemente porque corten los árboles. La maquinaria destruye el banco natural de semillas y las redes de hongos que ayudan a regenerarlo. Las especies oportunistas ocupan el espacio y el microclima cambia: aumenta la temperatura, disminuye la humedad y se altera el delicado equilibrio del agua.

Y entonces aparece otro problema: los animales. La turbidez provocada por las dragas puede afectar las branquias de los peces, bloquear la entrada de luz al agua y destruir zonas de reproducción. El ruido, la maquinaria y la fragmentación del bosque expulsan aves, mamíferos y reptiles.

Y están los metales. El mercurio es quizá el más conocido porque puede transformarse en metilmercurio y acumularse en los peces. Pero la remoción de grandes cantidades de tierra también puede movilizar otros elementos potencialmente tóxicos, como arsénico, cadmio y plomo.

La tragedia ambiental, entonces, no termina cuando la draga apaga su motor. Pero hay una pregunta todavía más incómoda: ¿quién compra ese oro?

El mercado latinoamericano funciona entre una minería legal sometida —con distintos grados de cumplimiento— a títulos, impuestos, regalías y controles, y otra corriente ilegal que puede estar vinculada con organizaciones criminales, grupos armados, redes de lavado de dinero y empresas fachada. El oro tiene además una característica que facilita el problema: una vez fundido y mezclado, resulta extremadamente difícil determinar visualmente de qué mina salió.

Opulencia descarada y sin ninguna consideración con el planeta y la humanidad

Así, el oro que nació en un río devastado puede terminar convertido en un lingote, una joya o un diminuto componente de un teléfono, un computador, un satélite o un dispositivo médico.

Y aquí aparece la bicicleta. Porque cuando hablamos de movilidad sostenible solemos concentrarnos en los combustibles, las emisiones, las ciclorrutas y los automóviles. Pero la sostenibilidad también consiste en preguntarnos de dónde salen los materiales que utilizamos para construir nuestro mundo moderno y qué costo ambiental pagamos por ellos. No basta con movernos de manera limpia si seguimos consumiendo sin preguntarnos qué ocurre detrás de cada producto.

El oro seguirá brillando. Eso difícilmente cambiará. Lo que sí podemos cambiar es nuestra indiferencia frente al lugar de donde viene. Tal vez la próxima vez que veamos una joya de oro, un teléfono nuevo o cualquier objeto que contenga ese metal, valga la pena hacernos una pregunta sencilla, pero incómoda:

¿Cuánto río, cuánto bosque, cuánto suelo y cuánta vida tuvo que desaparecer para que ese pequeño pedazo de oro pudiera llegar hasta nosotros? Porque quizá el verdadero lujo del futuro no sea tener más oro. Quizá sea poder beber de un río que todavía exista y de un bosque que lo acompaña y protege…

La sostenibilidad no solamente consiste en cómo nos movemos, sino también en preguntarnos qué mundo estamos dejando mientras nos movemos. En qué ponemos nuestra atención y lo que realmente representa para los ecosistemas, la fauna, flora y la vida en general, porque somos protagonistas de este desastre planetario comprando y gastando sin medida y sin saber el costo real de nuestros gustos y despilfarro

Cuando la bicicleta deja de ser bicicleta… y se convierte en locura

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La bici nos acompaña a donde nuestras locuras nos lleven, el tema es considerar riesgos y accidentes lamentables

Hay muchas maneras de entender el ciclismo. Para un niño, montar bicicleta es casi un acto de magia: descubrir que dos ruedas pueden llevarlo más lejos que sus propios pies. Para el adolescente comienza otra etapa, generalmente acompañada por una preocupante relación con las normas de seguridad: casco que desaparece, luces que nadie sabe dónde quedaron y una confianza en las propias habilidades que suele superar ampliamente la experiencia.

Luego llega la juventud y aparece la velocidad. La bicicleta deja de ser solamente un vehículo y se convierte en desafío. Hay quienes buscan competir, superar marcas, ganar carreras y conseguir triunfos deportivos. Otros, sencillamente, buscan demostrar que pueden bajar más rápido, saltar más alto o hacer una maniobra que nadie en su sano juicio recomendaría repetir.

Con la madurez, afortunadamente, algo cambia. La bicicleta vuelve a ser lo que siempre debió ser: un vehículo. Nos lleva, nos trae, nos permite hacer ejercicio y, sobre todo, nos interesa que nos devuelva a casa con todas las piezas originales.

Pero el ciclismo tiene un lado bastante más extremo. Cuando bajar ya no es simplemente bajar. Las competencias de ruta, pista y montaña forman parte del ciclismo deportivo convencional. Sin embargo, existen modalidades en las que la palabra riesgo parece haber sido incorporada deliberadamente al reglamento.

Los descensos de alta velocidad son un buen ejemplo. En carreteras de montaña, algunos ciclistas pueden alcanzar velocidades de entre 80 y más de 100 kilómetros por hora. La indumentaria, en cambio, sigue siendo sorprendentemente sencilla: un traje de licra y un casco.

A esas velocidades, un bache deja de ser un desperfecto de la carretera y se convierte en una decisión de vida. Una mancha de aceite, una curva mal calculada o una pérdida de control pueden terminar contra un guardarraíl, una roca o, en el peor de los casos, en un precipicio.

Y aquí aparece una pregunta muy BiciUrba: ¿en qué momento alguien decidió que bajar una montaña a más de 100 kilómetros por hora sobre dos ruedas era una buena idea? La respuesta probablemente tenga que ver con la pasión deportiva. Y también con esa antigua costumbre humana de descubrir los límites… normalmente después de acercarse peligrosamente a ellos.

El downhill lleva la idea todavía más lejos. Los ciclistas descienden por montañas, bosques o pistas artificiales extremadamente empinadas, enfrentando raíces, piedras, saltos, curvas y obstáculos naturales o construidos. Aquí no se trata simplemente de bajar. Hay que hacerlo rápido, controlar la bicicleta y, de paso, conseguir que el cuerpo sobreviva a la experiencia.

Los ciclistas utilizan cascos integrales y protecciones corporales, pero el riesgo sigue presente. Las fracturas, los traumatismos craneoencefálicos y las lesiones de columna forman parte de los peligros de una disciplina en la que un error de centímetros puede convertirse en un problema de varios meses.

Entre las lesiones más frecuentes aparecen las fracturas de clavícula, muñeca, mano y costillas. La clavícula, particularmente, parece tener una relación poco amistosa con el ciclismo de montaña: una caída sobre el hombro o sobre el brazo extendido puede transmitir una enorme cantidad de energía hasta ese pequeño hueso que, probablemente, jamás pidió participar en semejante aventura.

Las muñecas y las manos tampoco salen bien libradas. Cuando la bicicleta se encuentra repentinamente con una piedra, una raíz o un obstáculo, el cuerpo busca instintivamente detener el golpe con los brazos. El problema es que el suelo normalmente tiene más argumentos que nosotros.

Si el downhill parece suficientemente extremo, existe el freeride y competencias como Red Bull Rampage, donde los ciclistas descienden por terrenos desérticos y prácticamente verticales, eligiendo sus propias líneas entre acantilados y formaciones rocosas. Allí aparecen saltos enormes, maniobras en el aire y aterrizajes que parecen diseñados para poner a prueba simultáneamente la bicicleta, el ciclista y las leyes de la física. Un error en la trayectoria o en el aterrizaje puede tener consecuencias fatales.

Es una modalidad espectacular, sin duda. También es una de esas actividades que uno puede admirar tranquilamente desde una pantalla, sentado en un sofá, con la certeza de que el sofá no tiene precipicios.

En la pista tampoco hay mucha tranquilidad, particularmente modalidades como el keirin y la Madison, tiene otra característica: la velocidad. Las bicicletas de pista no tienen frenos convencionales ni piñón libre. Las piernas forman parte del sistema de propulsión y también del control de la máquina. En determinadas pruebas, las velocidades superan los 70 kilómetros por hora y los ciclistas comparten un espacio relativamente reducido.

Un pequeño error puede provocar una caída colectiva a gran velocidad. Aquí no hay árboles, rocas ni precipicios. Pero hay algo que puede ser igualmente contundente: la madera del velódromo.

Y están los que convierten la ciudad en una pista, porque una ciudad también puede ser un circuito de aventura. Escaleras, callejones, rampas, muros, techos y descensos urbanos se transforman en obstáculos. Es una especie de parkour sobre bicicleta, con el pequeño detalle de que el concreto, los postes, los cables y las paredes no suelen tener ninguna intención de colaborar.

La espectacularidad puede ser enorme. El margen de error, diminuto y cuando llega la caída, el cuerpo suele ser el primero en pagar la factura, además que tiene memoria… y facturas pendientes

En las disciplinas de mayor riesgo, muchas lesiones se concentran en la parte superior del cuerpo: hombros, brazos y manos. El motivo es bastante sencillo. Cuando el ciclista sale despedido por encima del manubrio, el instinto natural es extender los brazos para intentar amortiguar el impacto. El resultado puede ser una fractura de clavícula, una lesión de muñeca, daños en los ligamentos del hombro o fracturas de costillas.

También aparecen las lesiones articulares y ligamentarias. Una caída lateral puede producir una separación o luxación acromioclavicular. El pulgar y la muñeca pueden sufrir esguinces cuando el manubrio gira violentamente después de que la rueda delantera encuentra un obstáculo inesperado.

Y está la cabeza, que aunque el casco integral reduce considerablemente determinados riesgos, no convierte al ciclista en invulnerable. Una desaceleración brusca puede producir una conmoción cerebral o un traumatismo craneoencefálico incluso sin que exista una fractura del cráneo. Y hay que tener muy en claro: el casco protege, pero no hace milagros.

Las abrasiones y laceraciones completan el catálogo. Tierra, piedras, ramas y superficies ásperas pueden producir heridas profundas, raspaduras y las famosas «quemaduras por fricción». En otras palabras: la naturaleza también tiene su propia manera de cobrar peaje.

La bicicleta no siempre tiene la culpa, como máquina, nunca va a decir que no. Uno puede llevarla por una ciclorruta, por una carretera de montaña, por una escalera o directamente hacia una decisión cuestionable. La bicicleta obedecerá, por eso, más que culpar a la máquina, habría que hablar de quien decide cómo utilizarla.

Una bicicleta puede ser una extraordinaria herramienta deportiva. Puede llevarnos a competir, superar nuestros límites y alcanzar metas que parecían imposibles. Pero también puede convertirse en una máquina para producir lesiones cuando la velocidad, la imprudencia o el exceso de confianza reemplazan la técnica y la preparación.

Y aquí aparece una diferencia fundamental. El ciclista profesional conoce el riesgo, entrena para enfrentarlo y utiliza equipamiento específico. El ciclista urbano, en cambio, tiene otra misión: llegar al trabajo, a la casa, al supermercado, a recoger a los hijos. Llegar a donde sea que la ciudad nos obligue a llegar!

El ciclista urbano ya tiene suficientes obstáculos: vehículos que no respetan la distancia, motocicletas que aparecen de cualquier dirección, peatones distraídos, huecos, infraestructura incompleta, cruces peligrosos y ciclorrutas que, en algunos lugares, parecen haber sido diseñadas por alguien que jamás montó bicicleta, por eso no necesitamos agregarle más problemas al recorrido.

La ciudad nos enseña, muchas veces a la fuerza, que la prudencia no es cobardía. Que frenar a tiempo no significa perder. Que llegar cinco minutos después es infinitamente mejor que no llegar. Porque al final, la bicicleta tiene una maravillosa particularidad: no necesita que arriesguemos la vida para demostrarnos que somos buenos ciclistas.

Y quizás la verdadera hazaña del ciclismo urbano no sea bajar una montaña a 100 kilómetros por hora, saltar un precipicio o atravesar una escalera a toda velocidad. La verdadera hazaña puede ser mucho más sencilla: salir en bicicleta, disfrutar el recorrido y regresar a casa completos, funcionando y con ganas de volver a rodar mañana.

Eso también es ciclismo y, francamente, bastante más inteligente.

Los Supersónicos ya llegaron… ¿y nosotros estamos preparados?

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Todas las historias han sido contadas, solo que las vamos modificando a la técnica narrativa y tecnológica de cada época

Hay recuerdos de televisión que, con el paso de los años, dejan de parecer ciencia ficción y empiezan a convertirse en documentales anticipados. Eso ocurre con Los Supersónicos, aquella serie de Hanna-Barbera que llegó a la televisión en 1962 y nos mostraba una familia viviendo en un futuro lleno de máquinas, robots y artefactos capaces de hacer casi todo.

Uno de los personajes más llamativos era Robotina, la empleada doméstica robot que limpiaba, atendía la casa y, de paso, resolvía buena parte de los problemas cotidianos de la familia. En aquel momento parecía una fantasía divertida. Hoy, medio siglo después, la pregunta ya no es si tendremos robots en casa, sino cuánto tardarán en convertirse en parte habitual de nuestra vida.

Ya existen aspiradoras que limpian y trapean los pisos, electrodomésticos que pueden programarse desde el teléfono y automóviles capaces de tomar decisiones que antes dependían exclusivamente del conductor. Los refrigeradores, las lavadoras, los sistemas de climatización y hasta los televisores siguen teniendo una apariencia relativamente familiar, pero por dentro son máquinas muy diferentes a las de hace unas décadas.

Y esto apenas comienza. China se ha convertido en uno de los grandes protagonistas del desarrollo de robots humanoides. En eventos internacionales, las máquinas caminan, manipulan objetos, realizan tareas industriales y muestran capacidades que hasta hace poco pertenecían exclusivamente al terreno de las películas de ciencia ficción.

La inteligencia artificial generativa está acelerando todavía más este proceso. Ya no se trata únicamente de programar una máquina para que repita mecánicamente una secuencia. Los nuevos sistemas pueden interpretar instrucciones habladas, reconocer objetos, comprender espacios cambiantes y tomar decisiones frente a situaciones que no estaban previstas exactamente en su programación original.

En fábricas, almacenes y plantas solares, los robots comienzan a encargarse de tareas peligrosas, repetitivas o que requieren gran precisión. En hospitales pueden colaborar en procedimientos quirúrgicos y en centros de atención apoyar algunas labores relacionadas con el cuidado de personas mayores.

Y aquí aparece uno de los cambios más interesantes: el robot está dejando de ser únicamente una máquina industrial para convertirse en un posible habitante de la casa.

Una caricatura animada a la que le asignamos acciones humanas, es la historia de siempre porque son nuestros relatos que vivimos

Algunos desarrollos buscan que los robots limpien, cocinen, organicen objetos, carguen electrodomésticos, doblen ropa o ayuden a personas que tienen dificultades para realizar determinadas actividades. Con sensores táctiles, cámaras, inteligencia artificial y sistemas capaces de aprender las rutinas de una familia, el electrodoméstico del futuro podría terminar pareciéndose más a un asistente personal que a una simple máquina. Robotina, entonces, estaría buscando empleo nuevamente.

Claro que este futuro también genera preguntas incómodas. Si una máquina puede limpiar una casa, conducir un automóvil, trabajar en una fábrica, cuidar a una persona mayor o realizar determinadas labores profesionales, ¿qué pasará con quienes hoy viven de esos trabajos?

El temor al desempleo tecnológico no es nuevo. Lo nuevo es la velocidad con la que la inteligencia artificial y la robótica están avanzando. Y junto con el empleo aparecen otras preocupaciones: quién controlará esas tecnologías, quién tendrá acceso a ellas, quién manejará los enormes volúmenes de información que producirán y qué poder económico y político terminará concentrándose en unas pocas manos. Porque el problema, posiblemente, nunca ha sido la tecnología, el problema hemos sido nosotros.

La historia demuestra que cualquier herramienta puede utilizarse para mejorar la vida o para aumentar la capacidad de destruirla. La tecnología puede servir para cuidar a un adulto mayor o para fabricar armas más sofisticadas. Puede reducir riesgos laborales o convertirse en instrumento de vigilancia. Puede ayudar a distribuir mejor los recursos o profundizar las desigualdades.

Y mientras hablamos de robots capaces de cocinar, planchar y doblar ropa, en las ciudades seguimos teniendo otro artefacto mucho más sencillo: la bicicleta urbana, no aprende nuestras rutinas familiares, no reconoce nuestra voz y tampoco requiere actualizaciones de software. Basta con pedalear.

La bicicleta, en cierta manera, representa la otra cara de esta revolución tecnológica. Frente a máquinas cada vez más autónomas, nos recuerda que todavía podemos hacer algo por nosotros mismos. Nos transporta, nos obliga a mover el cuerpo, ocupa poco espacio y no necesita un cerebro digital para entender una ciudad y tal vez el futuro no tenga que escoger entre robots y bicicletas.

Podemos utilizar robots para realizar trabajos peligrosos, pesados o repetitivos; inteligencia artificial para resolver problemas complejos; máquinas para asistir a quienes necesitan ayuda y, al mismo tiempo, conservar espacios donde las personas sigan caminando, pedaleando, conversando y encontrándose cara a cara.

Las tecnologías como la robótica y la IA, reflejan nuestras realidades humanas y encarnan nuestras virtudes y vicios

Eso sería bastante parecido al mundo de Los Supersónicos: tecnología, trabajo, escuela, familia, relaciones sociales y hasta problemas cotidianos. Porque aquella caricatura, más allá de sus máquinas voladoras y sus casas automatizadas, mostraba algo que a veces olvidamos: la tecnología debía estar al servicio de la vida, no la vida al servicio de la tecnología.

La pregunta final, entonces, resulta inevitable: ¿serán los robots humanoides mejores que nosotros tratando a las demás personas y a las otras especies que comparten el planeta?

Quizás sea una pregunta incómoda, porque si algún día tenemos en casa máquinas capaces de aprender, comprender, cuidar y actuar con mayor empatía que nosotros, tendremos que reconocer una curiosa derrota: habremos creado máquinas inteligentes para enseñarnos algo que los seres humanos llevamos miles de años intentando aprender.

Y mientras llega ese día, siempre nos quedará una bicicleta urbana para recordar que no todo necesita un algoritmo porque para avanzar, simplemente basta con pedalear y tener ganas de hacerlo.

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