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La humanidad también necesita una familia

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La familia se vive mejor en ciudades pequeñas, donde el ritmo de vida es más sereno, humano y solidario

Hay días en que uno abre el periódico, escucha la radio o mira las noticias y tiene la sensación de que las buenas noticias se quedaron sin espacio. El poder político, el dinero, las guerras, las disputas comerciales, la dominación cultural y las grandes decisiones tomadas desde oficinas muy lejanas parecen ocuparlo todo. Y casi siempre quienes tienen el poder nos explican que tienen la razón.

El problema es que, en esa pelea por tener la razón, pareciera que algunas personas terminaran convertidas en cifras, daños colaterales o simplemente en seres prescindibles. Ahora, además, aparece una nueva promesa: robots acompañados de inteligencia artificial capaces de hacer buena parte de los trabajos que hoy realizan millones de seres humanos.

No le tengo miedo a la tecnología. La bicicleta también fue tecnología alguna vez. Y qué maravilla de tecnología. El problema nunca ha sido la herramienta. El problema es lo que hacemos con ella. Pero detrás de todas estas discusiones hay un asunto que pocas veces ocupa los titulares y que, personalmente, me preocupa mucho más: estamos perdiendo, poco a poco, el sentido de familia.

En buena parte de Occidente, y particularmente en América Latina, las familias se han venido haciendo más pequeñas. Las tasas de natalidad han descendido y las razones son muchas: dificultades económicas, cambios culturales, nuevas prioridades profesionales, incertidumbre frente al futuro y, sencillamente, una manera distinta de entender la vida.

No se trata de condenar a nadie por sus decisiones. Cada generación tiene derecho a construir su propio camino, pero sí vale la pena preguntarnos qué estamos dejando por el camino. Porque una familia no es solamente una fotografía de domingo, una reunión en Navidad o una casa llena de personas. Una familia es, en esencia, un lugar seguro para aprender a ser humanos.

Allí conocemos el amor, pero también la diferencia. Aprendemos que existen las rabietas, los desacuerdos, las equivocaciones y hasta esos silencios incómodos que hacen parte de cualquier convivencia. Aprendemos a pedir perdón, a compartir, a cuidar al más pequeño y a respetar al más grande. Allí comienza nuestra educación social y cívica mucho antes de que aparezca un libro de colegio. En la familia aprendemos algo fundamental: el otro importa. Y quizás ahí está el gran problema de nuestro tiempo.

Si miramos a la humanidad como una enorme familia, viviendo todos bajo el mismo techo llamado planeta Tierra, resulta mucho más fácil comprender buena parte de lo que estamos haciendo.

Nos comportamos como una familia en la que algunos quieren quedarse con la comida, otros con la habitación más grande, otros con el agua, otros con la energía y otros pretenden decidir quién puede o no puede sentarse a la mesa.

La avaricia, la soberbia, la envidia y la obsesión por el poder terminan reemplazando aquello que debería mantener unida a cualquier familia: la consideración por el otro. Y cuando dejamos de considerar al otro como parte de nosotros, todo parece permitido.

Podemos destruir su territorio, aprovechar su pobreza, explotar sus necesidades, venderle adicciones, convertir sus debilidades en negocio y, llegado el caso, justificar la violencia porque siempre encontramos una explicación para convencernos de que somos los buenos. La historia de la humanidad está llena de ejemplos.

Quizás por eso necesitamos volver a una palabra aparentemente sencilla, pero extraordinariamente poderosa: familia.

No una familia perfecta, porque esas no existen. Una familia humana. Con diferencias, con discusiones, con distintas maneras de pensar, pero capaz de entender que nadie crece completamente solo. Y hoy, mientras escribo estas líneas, tengo una razón particularmente personal para pensar en todo esto.

Vuelvo a ser parte de una familia extensa. Hijos, nietos, amigos y allegados se encuentran nuevamente alrededor de una mesa, en una hermosa ciudad al sur del continente. Hay conversaciones pendientes, recuerdos que regresan, risas, historias repetidas —porque en las familias las historias buenas se cuentan muchas veces— y también tiempo para pensar.

Pensar en la vida, en la familia, en ese planeta que les estamos entregando a quienes vienen detrás y, por supuesto, pensar en la bicicleta. Porque habrá pocas máquinas tan sencillas capaces de recordarnos que la vida puede disfrutarse a otra velocidad. Una bicicleta nos permite recorrer una ciudad pequeña, descubrir sus calles, sus ciclovías, sus parques y esa particular tradición deportiva que le da carácter.

Rodar permite mirar a los ojos a la ciudad y quizá también nos permite mirarnos un poco a nosotros mismos. Mientras pedaleamos, entendemos que no necesitamos conquistar el mundo para sentirnos parte de él. Basta con avanzar, respirar, conversar, detenernos cuando sea necesario y continuar.

Tal vez eso sea también una buena definición de familia. Avanzar juntos, aunque no siempre pensemos igual. Esperarnos cuando alguien se queda atrás. Ayudar al que necesita una mano. Y entender que llegar primero no sirve de mucho si llegamos solos.

Después de miles de años de historia, guerras, imperios, revoluciones y tecnologías capaces de cambiar nuestra manera de vivir, seguimos teniendo una necesidad elemental: sentir que pertenecemos a alguien y que alguien pertenece a nosotros.

Quizás el gran desafío de la humanidad no sea construir máquinas cada vez más inteligentes, quizás sea aprender nuevamente a comportarnos como una familia, que es enorme, diversa, imperfecta y maravillosa que comparte una sola casa: La Tierra.

Y esa casa, por ahora, no tiene otro domicilio.

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