
Hay muchas maneras de entender el ciclismo. Para un niño, montar bicicleta es casi un acto de magia: descubrir que dos ruedas pueden llevarlo más lejos que sus propios pies. Para el adolescente comienza otra etapa, generalmente acompañada por una preocupante relación con las normas de seguridad: casco que desaparece, luces que nadie sabe dónde quedaron y una confianza en las propias habilidades que suele superar ampliamente la experiencia.
Luego llega la juventud y aparece la velocidad. La bicicleta deja de ser solamente un vehículo y se convierte en desafío. Hay quienes buscan competir, superar marcas, ganar carreras y conseguir triunfos deportivos. Otros, sencillamente, buscan demostrar que pueden bajar más rápido, saltar más alto o hacer una maniobra que nadie en su sano juicio recomendaría repetir.
Con la madurez, afortunadamente, algo cambia. La bicicleta vuelve a ser lo que siempre debió ser: un vehículo. Nos lleva, nos trae, nos permite hacer ejercicio y, sobre todo, nos interesa que nos devuelva a casa con todas las piezas originales.
Pero el ciclismo tiene un lado bastante más extremo. Cuando bajar ya no es simplemente bajar. Las competencias de ruta, pista y montaña forman parte del ciclismo deportivo convencional. Sin embargo, existen modalidades en las que la palabra riesgo parece haber sido incorporada deliberadamente al reglamento.
Los descensos de alta velocidad son un buen ejemplo. En carreteras de montaña, algunos ciclistas pueden alcanzar velocidades de entre 80 y más de 100 kilómetros por hora. La indumentaria, en cambio, sigue siendo sorprendentemente sencilla: un traje de licra y un casco.
A esas velocidades, un bache deja de ser un desperfecto de la carretera y se convierte en una decisión de vida. Una mancha de aceite, una curva mal calculada o una pérdida de control pueden terminar contra un guardarraíl, una roca o, en el peor de los casos, en un precipicio.
Y aquí aparece una pregunta muy BiciUrba: ¿en qué momento alguien decidió que bajar una montaña a más de 100 kilómetros por hora sobre dos ruedas era una buena idea? La respuesta probablemente tenga que ver con la pasión deportiva. Y también con esa antigua costumbre humana de descubrir los límites… normalmente después de acercarse peligrosamente a ellos.
El downhill lleva la idea todavía más lejos. Los ciclistas descienden por montañas, bosques o pistas artificiales extremadamente empinadas, enfrentando raíces, piedras, saltos, curvas y obstáculos naturales o construidos. Aquí no se trata simplemente de bajar. Hay que hacerlo rápido, controlar la bicicleta y, de paso, conseguir que el cuerpo sobreviva a la experiencia.
Los ciclistas utilizan cascos integrales y protecciones corporales, pero el riesgo sigue presente. Las fracturas, los traumatismos craneoencefálicos y las lesiones de columna forman parte de los peligros de una disciplina en la que un error de centímetros puede convertirse en un problema de varios meses.
Entre las lesiones más frecuentes aparecen las fracturas de clavícula, muñeca, mano y costillas. La clavícula, particularmente, parece tener una relación poco amistosa con el ciclismo de montaña: una caída sobre el hombro o sobre el brazo extendido puede transmitir una enorme cantidad de energía hasta ese pequeño hueso que, probablemente, jamás pidió participar en semejante aventura.
Las muñecas y las manos tampoco salen bien libradas. Cuando la bicicleta se encuentra repentinamente con una piedra, una raíz o un obstáculo, el cuerpo busca instintivamente detener el golpe con los brazos. El problema es que el suelo normalmente tiene más argumentos que nosotros.
Si el downhill parece suficientemente extremo, existe el freeride y competencias como Red Bull Rampage, donde los ciclistas descienden por terrenos desérticos y prácticamente verticales, eligiendo sus propias líneas entre acantilados y formaciones rocosas. Allí aparecen saltos enormes, maniobras en el aire y aterrizajes que parecen diseñados para poner a prueba simultáneamente la bicicleta, el ciclista y las leyes de la física. Un error en la trayectoria o en el aterrizaje puede tener consecuencias fatales.
Es una modalidad espectacular, sin duda. También es una de esas actividades que uno puede admirar tranquilamente desde una pantalla, sentado en un sofá, con la certeza de que el sofá no tiene precipicios.
En la pista tampoco hay mucha tranquilidad, particularmente modalidades como el keirin y la Madison, tiene otra característica: la velocidad. Las bicicletas de pista no tienen frenos convencionales ni piñón libre. Las piernas forman parte del sistema de propulsión y también del control de la máquina. En determinadas pruebas, las velocidades superan los 70 kilómetros por hora y los ciclistas comparten un espacio relativamente reducido.
Un pequeño error puede provocar una caída colectiva a gran velocidad. Aquí no hay árboles, rocas ni precipicios. Pero hay algo que puede ser igualmente contundente: la madera del velódromo.
Y están los que convierten la ciudad en una pista, porque una ciudad también puede ser un circuito de aventura. Escaleras, callejones, rampas, muros, techos y descensos urbanos se transforman en obstáculos. Es una especie de parkour sobre bicicleta, con el pequeño detalle de que el concreto, los postes, los cables y las paredes no suelen tener ninguna intención de colaborar.
La espectacularidad puede ser enorme. El margen de error, diminuto y cuando llega la caída, el cuerpo suele ser el primero en pagar la factura, además que tiene memoria… y facturas pendientes
En las disciplinas de mayor riesgo, muchas lesiones se concentran en la parte superior del cuerpo: hombros, brazos y manos. El motivo es bastante sencillo. Cuando el ciclista sale despedido por encima del manubrio, el instinto natural es extender los brazos para intentar amortiguar el impacto. El resultado puede ser una fractura de clavícula, una lesión de muñeca, daños en los ligamentos del hombro o fracturas de costillas.
También aparecen las lesiones articulares y ligamentarias. Una caída lateral puede producir una separación o luxación acromioclavicular. El pulgar y la muñeca pueden sufrir esguinces cuando el manubrio gira violentamente después de que la rueda delantera encuentra un obstáculo inesperado.
Y está la cabeza, que aunque el casco integral reduce considerablemente determinados riesgos, no convierte al ciclista en invulnerable. Una desaceleración brusca puede producir una conmoción cerebral o un traumatismo craneoencefálico incluso sin que exista una fractura del cráneo. Y hay que tener muy en claro: el casco protege, pero no hace milagros.
Las abrasiones y laceraciones completan el catálogo. Tierra, piedras, ramas y superficies ásperas pueden producir heridas profundas, raspaduras y las famosas «quemaduras por fricción». En otras palabras: la naturaleza también tiene su propia manera de cobrar peaje.
La bicicleta no siempre tiene la culpa, como máquina, nunca va a decir que no. Uno puede llevarla por una ciclorruta, por una carretera de montaña, por una escalera o directamente hacia una decisión cuestionable. La bicicleta obedecerá, por eso, más que culpar a la máquina, habría que hablar de quien decide cómo utilizarla.
Una bicicleta puede ser una extraordinaria herramienta deportiva. Puede llevarnos a competir, superar nuestros límites y alcanzar metas que parecían imposibles. Pero también puede convertirse en una máquina para producir lesiones cuando la velocidad, la imprudencia o el exceso de confianza reemplazan la técnica y la preparación.
Y aquí aparece una diferencia fundamental. El ciclista profesional conoce el riesgo, entrena para enfrentarlo y utiliza equipamiento específico. El ciclista urbano, en cambio, tiene otra misión: llegar al trabajo, a la casa, al supermercado, a recoger a los hijos. Llegar a donde sea que la ciudad nos obligue a llegar!
El ciclista urbano ya tiene suficientes obstáculos: vehículos que no respetan la distancia, motocicletas que aparecen de cualquier dirección, peatones distraídos, huecos, infraestructura incompleta, cruces peligrosos y ciclorrutas que, en algunos lugares, parecen haber sido diseñadas por alguien que jamás montó bicicleta, por eso no necesitamos agregarle más problemas al recorrido.
La ciudad nos enseña, muchas veces a la fuerza, que la prudencia no es cobardía. Que frenar a tiempo no significa perder. Que llegar cinco minutos después es infinitamente mejor que no llegar. Porque al final, la bicicleta tiene una maravillosa particularidad: no necesita que arriesguemos la vida para demostrarnos que somos buenos ciclistas.
Y quizás la verdadera hazaña del ciclismo urbano no sea bajar una montaña a 100 kilómetros por hora, saltar un precipicio o atravesar una escalera a toda velocidad. La verdadera hazaña puede ser mucho más sencilla: salir en bicicleta, disfrutar el recorrido y regresar a casa completos, funcionando y con ganas de volver a rodar mañana.
Eso también es ciclismo y, francamente, bastante más inteligente.





