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Los Supersónicos ya llegaron… ¿y nosotros estamos preparados?

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Todas las historias han sido contadas, solo que las vamos modificando a la técnica narrativa y tecnológica de cada época

Hay recuerdos de televisión que, con el paso de los años, dejan de parecer ciencia ficción y empiezan a convertirse en documentales anticipados. Eso ocurre con Los Supersónicos, aquella serie de Hanna-Barbera que llegó a la televisión en 1962 y nos mostraba una familia viviendo en un futuro lleno de máquinas, robots y artefactos capaces de hacer casi todo.

Uno de los personajes más llamativos era Robotina, la empleada doméstica robot que limpiaba, atendía la casa y, de paso, resolvía buena parte de los problemas cotidianos de la familia. En aquel momento parecía una fantasía divertida. Hoy, medio siglo después, la pregunta ya no es si tendremos robots en casa, sino cuánto tardarán en convertirse en parte habitual de nuestra vida.

Ya existen aspiradoras que limpian y trapean los pisos, electrodomésticos que pueden programarse desde el teléfono y automóviles capaces de tomar decisiones que antes dependían exclusivamente del conductor. Los refrigeradores, las lavadoras, los sistemas de climatización y hasta los televisores siguen teniendo una apariencia relativamente familiar, pero por dentro son máquinas muy diferentes a las de hace unas décadas.

Y esto apenas comienza. China se ha convertido en uno de los grandes protagonistas del desarrollo de robots humanoides. En eventos internacionales, las máquinas caminan, manipulan objetos, realizan tareas industriales y muestran capacidades que hasta hace poco pertenecían exclusivamente al terreno de las películas de ciencia ficción.

La inteligencia artificial generativa está acelerando todavía más este proceso. Ya no se trata únicamente de programar una máquina para que repita mecánicamente una secuencia. Los nuevos sistemas pueden interpretar instrucciones habladas, reconocer objetos, comprender espacios cambiantes y tomar decisiones frente a situaciones que no estaban previstas exactamente en su programación original.

En fábricas, almacenes y plantas solares, los robots comienzan a encargarse de tareas peligrosas, repetitivas o que requieren gran precisión. En hospitales pueden colaborar en procedimientos quirúrgicos y en centros de atención apoyar algunas labores relacionadas con el cuidado de personas mayores.

Y aquí aparece uno de los cambios más interesantes: el robot está dejando de ser únicamente una máquina industrial para convertirse en un posible habitante de la casa.

Una caricatura animada a la que le asignamos acciones humanas, es la historia de siempre porque son nuestros relatos que vivimos

Algunos desarrollos buscan que los robots limpien, cocinen, organicen objetos, carguen electrodomésticos, doblen ropa o ayuden a personas que tienen dificultades para realizar determinadas actividades. Con sensores táctiles, cámaras, inteligencia artificial y sistemas capaces de aprender las rutinas de una familia, el electrodoméstico del futuro podría terminar pareciéndose más a un asistente personal que a una simple máquina. Robotina, entonces, estaría buscando empleo nuevamente.

Claro que este futuro también genera preguntas incómodas. Si una máquina puede limpiar una casa, conducir un automóvil, trabajar en una fábrica, cuidar a una persona mayor o realizar determinadas labores profesionales, ¿qué pasará con quienes hoy viven de esos trabajos?

El temor al desempleo tecnológico no es nuevo. Lo nuevo es la velocidad con la que la inteligencia artificial y la robótica están avanzando. Y junto con el empleo aparecen otras preocupaciones: quién controlará esas tecnologías, quién tendrá acceso a ellas, quién manejará los enormes volúmenes de información que producirán y qué poder económico y político terminará concentrándose en unas pocas manos. Porque el problema, posiblemente, nunca ha sido la tecnología, el problema hemos sido nosotros.

La historia demuestra que cualquier herramienta puede utilizarse para mejorar la vida o para aumentar la capacidad de destruirla. La tecnología puede servir para cuidar a un adulto mayor o para fabricar armas más sofisticadas. Puede reducir riesgos laborales o convertirse en instrumento de vigilancia. Puede ayudar a distribuir mejor los recursos o profundizar las desigualdades.

Y mientras hablamos de robots capaces de cocinar, planchar y doblar ropa, en las ciudades seguimos teniendo otro artefacto mucho más sencillo: la bicicleta urbana, no aprende nuestras rutinas familiares, no reconoce nuestra voz y tampoco requiere actualizaciones de software. Basta con pedalear.

La bicicleta, en cierta manera, representa la otra cara de esta revolución tecnológica. Frente a máquinas cada vez más autónomas, nos recuerda que todavía podemos hacer algo por nosotros mismos. Nos transporta, nos obliga a mover el cuerpo, ocupa poco espacio y no necesita un cerebro digital para entender una ciudad y tal vez el futuro no tenga que escoger entre robots y bicicletas.

Podemos utilizar robots para realizar trabajos peligrosos, pesados o repetitivos; inteligencia artificial para resolver problemas complejos; máquinas para asistir a quienes necesitan ayuda y, al mismo tiempo, conservar espacios donde las personas sigan caminando, pedaleando, conversando y encontrándose cara a cara.

Las tecnologías como la robótica y la IA, reflejan nuestras realidades humanas y encarnan nuestras virtudes y vicios

Eso sería bastante parecido al mundo de Los Supersónicos: tecnología, trabajo, escuela, familia, relaciones sociales y hasta problemas cotidianos. Porque aquella caricatura, más allá de sus máquinas voladoras y sus casas automatizadas, mostraba algo que a veces olvidamos: la tecnología debía estar al servicio de la vida, no la vida al servicio de la tecnología.

La pregunta final, entonces, resulta inevitable: ¿serán los robots humanoides mejores que nosotros tratando a las demás personas y a las otras especies que comparten el planeta?

Quizás sea una pregunta incómoda, porque si algún día tenemos en casa máquinas capaces de aprender, comprender, cuidar y actuar con mayor empatía que nosotros, tendremos que reconocer una curiosa derrota: habremos creado máquinas inteligentes para enseñarnos algo que los seres humanos llevamos miles de años intentando aprender.

Y mientras llega ese día, siempre nos quedará una bicicleta urbana para recordar que no todo necesita un algoritmo porque para avanzar, simplemente basta con pedalear y tener ganas de hacerlo.

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