Inicio Blog Página 3

La inteligencia artificial y el viejo miedo de siempre

2
Cada desarrollo tecnológico genera incetidumbre, pero en la relidad son espejo de los anhelos humanos, para bien o para mal

Cada cierto tiempo la humanidad descubre una nueva razón para tener miedo. Antes fueron los ejércitos, las bombas, los misiles, las pandemias, el calentamiento global y ahora tenemos a la inteligencia artificial. Y, por supuesto, estamos aterrados.

La pregunta que aparece por todas partes es hasta dónde puede llegar la IA. La respuesta, por ahora, parece sencilla: hasta donde lleguen la ciencia, la imaginación y, sobre todo, el dinero de quienes la están desarrollando. Porque detrás de buena parte de las discusiones sobre inteligencia artificial hay dos viejos conocidos de la humanidad: don dinero y don poder. No son precisamente una pareja nueva.

El mundo que hemos construido funciona alrededor de ellos. Con dinero se compran recursos, se desarrollan tecnologías, se organizan cadenas de producción, se conquista el comercio y se fabrica algo todavía más poderoso: el deseo de comprar cosas que, hasta que aparecieron en una vitrina, nadie sabía que necesitaba.

Después viene el miedo.

El poderoso teme perder su poder. El competidor teme quedarse atrás. El consumidor teme perder su empleo. El ciudadano teme que las máquinas sepan más que él. Y, mientras todos tememos algo diferente, alguien desarrolla una nueva tecnología y anuncia que estamos entrando en una nueva era.La humanidad, en realidad, lleva miles de años haciendo lo mismo.

Cuando nuestros antepasados se organizaron para protegerse de los depredadores, descubrieron que juntos eran más fuertes. Después descubrieron que podían organizarse para enfrentarse a otros grupos humanos. Y cuando alguien inventó una herramienta capaz de hacer más daño que la anterior, el ingenio se convirtió en carrera armamentista.

Una piedra. Una lanza. Una espada. Un cañón. Un avión. Un misil. Una bomba nuclear. La creatividad humana tiene una curiosa costumbre: inventar maravillas y, casi inmediatamente, preguntarse cómo utilizarlas contra alguien.

Ahora aparece la inteligencia artificial, y la imaginación vuelve a hacer lo suyo. Máquinas que piensan, robots autónomos, sistemas capaces de aprender, armas inteligentes, gobiernos vigilando ciudadanos, ciudadanos vigilando gobiernos, computadores tomando decisiones y, por supuesto, la inevitable posibilidad de que las máquinas terminen preguntándose para qué necesitan a los seres humanos.

Hollywood ya hizo varias películas sobre eso. Los escritores de ciencia ficción lo imaginaron hace décadas. Y muchas cosas que parecían fantasía terminaron convertidas en objetos cotidianos. Pero hay una cuestión más interesante: la inteligencia artificial no apareció de la nada. Es una creación humana. Y las creaciones humanas suelen llevar nuestra firma.

Son inteligentes, creativas, eficientes, sorprendentes y, al mismo tiempo, pueden reproducir nuestros defectos.

Pensemos en un automóvil de lujo. Un diseño extraordinario puede convertirse en vanidad. Un motor capaz de alcanzar velocidades absurdas puede convertirse en una amenaza y eventulmente la muerte. Un precio exorbitante puede representar una buena dosis de avaricia. Y toneladas de materiales, energía y recursos naturales pueden terminar convertidas en una pieza brillante que algún día acabará oxidada en una chatarrería.

Luego aparecerá alguien dispuesto a pagar una fortuna para restaurarla y volver a convertirla en una demostración de riqueza. Eso también es inteligencia humana.

Por eso quizá el problema no sea solamente preguntarnos qué hará la inteligencia artificial, sino qué queremos hacer nosotros con ella.

El ciudadano común tendrá que convivir con transformaciones profundas: empleos que cambiarán, profesiones que se reinventarán, nuevas formas de estudiar, de buscar información y de relacionarse con el conocimiento. Las universidades tendrán que adaptarse. Las empresas también. Y los gobiernos intentarán regular una tecnología que probablemente avance mucho más rápido que las leyes.

Mientras tanto, las grandes empresas tecnológicas tienen recursos, talento y capacidad de inversión suficientes para marcar buena parte del ritmo. Y hay que recordar que lo quieran o no, es un negocio y lo que importa es el predominio sobre el mercado, preferiblemente global.

Los políticos lo saben. También saben que, si una potencia acelera, las demás sienten que deben acelerar detrás. Nadie quiere quedarse mirando mientras otro construye la siguiente gran herramienta económica, científica o militar. Y entonces otra vez aparece el viejo miedo, solo que ahora tiene procesadores.

Quizá por eso convendría mirar la inteligencia artificial con menos pánico y un poco más de responsabilidad. No es un demonio salido de una película ni un ángel destinado a solucionar todos nuestros problemas. Es una herramienta extraordinariamente poderosa creada por seres humanos extraordinariamente contradictorios. Y entonces la pregunta fundamental seguirá siendo humana: ¿para qué queremos utilizarla?

Mientras encontramos la respuesta, existe una tecnología bastante más antigua, mucho menos amenazante y que todavía no necesita electricidad, algoritmos ni inteligencia artificial para funcionar. Tiene dos ruedas, un manubrio, unos pedales y una curiosa costumbre de recordarnos que avanzar también puede ser sencillo. La bicicleta no quiere dominar el mundo, solo vamos en ella a alguna parte y por ahora, eso parece suficiente.

“yo sé algo que ustedes todavía no saben”

Las mil y una excusas para no usar la bicicleta diariamente

2
“Bueno… mañana sí saco la bicicleta”.

Hay personas que tienen una bicicleta guardada en el apartamento, en el garaje, en el bicicletero, o en el cuarto de los chécheres. Está ahí, perfectamente inflada, esperando que algún día su propietario decida utilizarla para algo más que colgarle una chaqueta.

La bicicleta, paciente como pocas cosas en la vida, lleva meses escuchando las mismas explicaciones: “Es que queda muy lejos”, “es peligroso”, “hace mucho frío”, “seguro llueve”, “me voy a sudar”, “hay demasiadas subidas”, “las ciclorrutas están llenas”, “me pueden robar la bicicleta” o, la más honesta de todas: “Me da pereza”.

En Bogotá tenemos una ventaja extraordinaria: prácticamente contamos con un catálogo completo de excusas para no pedalear.

La primera es la pereza. Esa sí no necesita estudios científicos ni estadísticas. Es una negociación interna entre el cerebro y las piernas que generalmente termina con el cerebro diciendo: “Mejor cojamos el carro”. Y las piernas, agradecidas, vuelven al sofá.

Después aparece el miedo. Y aquí hay que reconocer que no todo es imaginación. Circular en una ciudad con millones de desplazamientos diarios implica riesgos. El ciclista comparte espacio con buses, camiones, motocicletas, automóviles y conductores que parecen considerar la bicicleta una especie de obstáculo móvil.

Pero una cosa es tener miedo y otra convertirlo en una excusa permanente. La solución no consiste en lanzarse a las calles como si uno fuera invulnerable, sino en aprender a circular: luces, casco, señalización, prudencia, rutas adecuadas, atención permanente y respeto por las normas. La bicicleta no elimina el riesgo; la educación ayuda a reducirlo.

Luego viene la lluvia. En Bogotá basta con que aparezca una nube oscura para que algunos ciclistas urbanos entren en estado de emergencia. “Hoy no puedo, está lloviendo”. Ciertamente no siempre es cómoda, desde luego, pero también se puede aprender a convivir con ella. Un buen impermeable, protección para las pertenencias, luces y una planificación razonable hacen una diferencia enorme. Y si el aguacero parece diluvio universal, quizá lo sensato sea esperar unos minutos.

Está también el famoso argumento del sudor. “¿Y cómo llego a trabajar todo sudado?” Pues depende de cómo se use la bicicleta. Pedalear con tranquilidad, utilizar cambios adecuados, salir con suficiente tiempo y aprender a regular el esfuerzo permiten llegar bastante más presentable de lo que muchos imaginan. Además, siempre queda la posibilidad de una ducha. Sí, esa maravillosa invención humana que, según parece, todavía funciona.

Otra excusa frecuente es la distancia. Para algunos bogotanos, recorrer cinco kilómetros en bicicleta parece una expedición al Amazonas. Pero esos mismos cinco kilómetros pueden convertirse en cuarenta minutos dentro de un automóvil atrapado en un trancón. Y aquí aparece una de las grandes paradojas de la movilidad urbana: muchas veces no necesitamos recorrer grandes distancias; necesitamos dejar de perder tanto tiempo recorriéndolas.

También están las montañas. Bogotá tiene pendientes, claro. Pero la bicicleta tiene cambios. No están ahí como decoración tecnológica para presumir en la ciclovía dominical. Sirven precisamente para subir con menos esfuerzo. Y si una subida es demasiado dura, siempre existe la posibilidad de bajarse y caminar unos metros. Nadie ha establecido que el ciclista urbano pierda su ciudadanía por hacerlo.

Otra explicación: “Las ciclorrutas están congestionadas”. Es cierto que algunos corredores tienen una alta demanda y que compartir espacio exige paciencia. Pero tampoco podemos pedirle a la bicicleta que resuelva sola los problemas de una ciudad diseñada durante décadas alrededor del automóvil.

La solución pasa por mejorar la infraestructura, conectar corredores, mantenerlos, iluminarlos y hacerlos seguros. Y también por aprender a convivir. Una ciclorruta no es una pista privada para demostrar quién pedalea más rápido o una arena de circo para hacer piruetas.

Después aparece el argumento del robo, puede desaparecer en pocos minutos si se deja mal asegurada, así que utilizar buenos sistemas de seguridad, registrar la bicicleta, evitar lugares de alto riesgo y no convertir una máquina sencilla en un objeto innecesariamente atractivo para los amigos de lo ajeno. Entre más humilde mejor!

Y queda la excusa definitiva: “Yo necesito el carro”, pero la bici también ofrece soluciones como sidecars o remolques pequeños. No se trata de convertir la bicicleta en sustituto universal de todos los vehículos. Hay desplazamientos para los cuales el automóvil parece más una costumbre que una necesidad, mientras tanto la bicicleta seguirá esperando, lista, silenciosa. y paciente.

Quizá lo único que necesita es que un día abramos la puerta, montemos y descubramos que muchas veces el viaje era bastante más sencillo de lo que habíamos imaginado.

TransMilenio: manual para sobrevivir a una buena idea

2
Una realidad que supera cualqier idea preconcebida de como destruir un sistema de transporte urbano

Hubo una época en la que Bogotá creyó que había encontrado la fórmula mágica para resolver el transporte público. Llegó TransMilenio y, durante un tiempo, la ciudad descubrió algo parecido al orden.

Los viejos buses quedaron atrás: aquellos vehículos que parecían haber sido diseñados para transportar personas, paquetes, mercados y, si quedaba espacio, algún pasajero. El conductor manejaba, cobraba, daba vueltas, hacía cuentas y cambiaba de emisora sin necesidad de inteligencia artificial. La verdadera inteligencia artificial estaba debajo de la gorra.

Después aparecieron los buses rojos, las estaciones y los carriles exclusivos. La ciudad sintió que estaba entrando al siglo XXI. Curitiba ya había demostrado que el transporte colectivo podía organizarse alrededor de corredores exclusivos y planificación urbana. Bogotá adaptó parte de esa filosofía y construyó un sistema que durante años fue presentado como una experiencia latinoamericana digna de ser estudiada.

Y funcionó, ese pequeño detalle conviene recordarlo. Y lo hizo porque había infraestructura, operación, reglas y, sobre todo, una expectativa colectiva: si todos respetábamos el sistema, todos ganábamos.

El problema apareció después. Porque Bogotá tiene una curiosa habilidad para convertir las buenas ideas en pruebas de resistencia.

Primero fueron los colados. El torniquete, que había sido diseñado para controlar el acceso, terminó convertido en obstáculo deportivo. Saltarlo comenzó a requerir menos entrenamiento que una clase de educación física.

Después llegaron quienes encontraron otras formas de ingresar sin pagar. Luego aparecieron los vendedores ambulantes, los revendedores de pasajes, las solicitudes de dinero, los discursos improvisados y las escenas que convierten una estación en una mezcla de terminal de transporte, mercado persa, teatro callejero y, ocasionalmente, ring de boxeo.

Y las puertas comenzaron a sufrir. Una puerta dañada parece un asunto menor. Hasta que se daña otra. Y otra. Entonces el problema deja de ser una puerta y se convierte en una pregunta incómoda: ¿cuánto cuesta reparar todos los días aquello que algunos destruyen en segundos? La respuesta, por supuesto, la terminamos pagando entre todos.

El asunto tampoco termina allí.

La violencia dentro del sistema ha producido situaciones cada vez más graves, incluso con víctimas mortales. Eso obliga a mirar el problema de frente: un sistema de transporte masivo no puede considerarse verdaderamente exitoso si sus usuarios sienten que, además de pagar el pasaje, deben pagar con tranquilidad, paciencia y, en algunos casos, con miedo.

Aquí conviene decir algo que parece obvio, pero que a veces olvidamos: el transporte público también es espacio público, y el espacio público funciona cuando existen derechos, pero también obligaciones.

El pasajero tiene derecho a viajar seguro. El trabajador tiene derecho a desempeñar su oficio. El operador tiene derecho a que los vehículos sean respetados. La ciudad tiene derecho a que sus bienes públicos no sean destruidos.

Y todos tenemos la obligación de comportarnos como si el sistema también fuera nuestro, porque lo es!

Ahora bien, las soluciones no consisten solamente en poner más policías, más cámaras o más avisos que nadie lee. También hay que preguntarse por qué una persona decide no pagar, por qué otra destruye una puerta, por qué alguien convierte un vagón en escenario de una pelea o por qué un bien público termina tratado como si perteneciera a nadie.

Ahí aparece la educación ciudadana, pero también la aplicación de la ley. Una norma que nadie cumple termina siendo decoración y Bogotá ya tiene suficiente decoración.

La bicicleta puede aportar otra pieza al rompecabezas. No va a solucionar por sí sola los problemas de TransMilenio, pero puede ayudar a disminuir algunos desplazamientos y ofrecer una alternativa económica para determinados trayectos. Incluso podría recuperarse, con las debidas garantías, aquella vieja bicicleta del trabajador.

Una empresa podría facilitar bicicletas resistentes a empleados que vivan relativamente cerca. Bicicletas registradas, identificadas, con mantenimiento básico y sistemas que dificulten su reventa o despiece. El trabajador podría aportar una pequeña parte del valor y adquirir progresivamente la propiedad.

No sería un regalo caído del cielo, sería una herramienta de movilidad y quizá allí esté parte de la diferencia. Porque cuando una persona recibe algo completamente gratis, puede valorarlo o no. Cuando participa en su adquisición, mantenimiento y cuidado, normalmente existe un vínculo distinto.

La bicicleta no necesita estaciones gigantes, motores, combustible ni conductores. Necesita aire en las llantas, una cadena lubricada y alguien dispuesto a pedalear. Claro que también necesita seguridad.

Y aquí hay otra conversación pendiente: ningún sistema de transporte masivo debería permitir el ingreso de personas armadas. Las tecnologías de detección pueden ser parte de la solución, siempre dentro del marco legal y con controles adecuados. No se trata de convertir TransMilenio en una fortaleza, sino de impedir que un vehículo lleno de pasajeros pueda transformarse en escenario de una tragedia.

Todo esto adquiere todavía más importancia con la llegada del Metro. Los trenes serán diferentes. La operación tendrá componentes tecnológicos distintos. Algunos procesos serán automatizados.

Pero hay algo que no cambiará: el pasajero seguirá siendo pasajero. La tecnología puede conducir un tren, pero no puede enseñarle modales al que empuja. Puede controlar una puerta, pero no puede convencer al que quiere dañarla. Puede detectar una anomalía, pero no necesariamente puede reemplazar la responsabilidad ciudadana.

Bogotá tiene entonces una tarea enorme. No consiste únicamente en construir más kilómetros de transporte, consiste en construir una cultura alrededor del transporte.

Curitiba mostró que la planificación puede transformar la movilidad. Bogotá demostró que un modelo innovador puede funcionar a gran escala. Ahora falta demostrar que una ciudad también puede cuidar lo que construye. Porque TransMilenio no se está deteriorando únicamente por sus buses, sus estaciones o sus puertas, también se deteriora cuando confundimos libertad con hacer lo que nos da la gana.

Y quizá esa sea la paradoja más bogotana de todas: construimos un sistema para organizar el caos y después algunos decidimos llevar el caos adentro. Mientras tanto, una bicicleta espera tranquilamente en una esquina.

  • No salta torniquetes.
  • No necesita conductor.
  • No grita.
  • No cobra.
  • No discute.
  • Simplemente espera que alguien se monte y pedalee.

Tal vez esa sea una buena metáfora para la ciudad que queremos. Menos fuerza para destruir lo que es de todos y más piernas para movernos juntos. Porque una ciudad no avanza solamente cuando construye grandes obras, también lo hace cuando sus habitantes aprenden a respetarlas.

Ni se vende, ni se compra y menos vender por piezas. Se usa y se aplica el reglamento de tránsito a los ciclistas urbanos

Si está en esta tentación, ponga atención a esta ruta

0
Ser ciclista urbano es una realidad, ser viajero puede ser un sueño. que también se puede realizar, pero...

Hay bicicletas que parecen hechas para decir: “¡vamos, que hoy hacemos 150 kilómetros!”. Y hay otras que, cuando uno les pone dos alforjas, una carpa y tres botellas de agua, parecen preguntar con cierta indignación: “¿Y usted pretende que yo cargue todo eso?”.

Para viajar largas distancias la bicicleta debe ser, ante todo, confiable, estable y cómoda. No necesariamente liviana, sofisticada ni carísima. El objetivo no es llegar convertido en héroe de las redes sociales, sino regresar con las piernas funcionando y ganas de volver a pedalear.

Una bicicleta de cicloturismo necesita un cuadro resistente, con geometría estable y suficientes puntos de anclaje para portaequipajes, guardabarros, luces y bidones. El acero cromoly sigue siendo una opción muy apreciada para viajes largos porque es resistente y, ante una eventual avería seria, puede repararse con soldadura en muchos lugares. El aluminio también funciona y permite reducir peso, pero una bicicleta pensada para llevar carga importa más que el material por sí solo.

La geometría debe ser tranquila. Una distancia entre ejes algo mayor y vainas traseras suficientemente largas ayudan a mantener la estabilidad cuando la bicicleta lleva equipaje. En otras palabras: no conviene que una bicicleta cargada se comporte como una ardilla después de tomar café.

Manubrio: muchas posiciones, menos dolores

Para jornadas largas, el manubrio debe permitir cambiar frecuentemente la posición de las manos. Puede ser de ruta, mariposa, trekking o plano con diferentes apoyos. No existe uno universalmente perfecto: depende de la postura, las manos, la espalda y el tipo de camino. Los manubrios con varias posiciones tienen una ventaja evidente: permiten repartir la presión durante muchas horas.

Los frenos de disco son especialmente interesantes cuando la bicicleta va cargada y aparecen descensos largos o lluvia. Los hidráulicos ofrecen gran potencia y modulación; los mecánicos tienen la ventaja de una reparación más sencilla en lugares remotos. Aquí vuelve a aparecer una palabra poco glamorosa pero fundamental: mantenimiento.

Cambios: subir despacio también es llegar

El cicloturismo no necesita desarrollos para correr como una bicicleta de competencia. Necesita marchas suficientemente bajas para subir cargado sin destruir las rodillas.

Un sistema de amplio rango, 1x, 2x o triple, puede funcionar dependiendo del terreno. Lo importante es disponer de una relación muy corta para las pendientes. Adventure Cycling Association destaca precisamente el bajo desarrollo como una de las características esenciales de una bicicleta viajera.

Y aquí conviene recordar una regla de oro: si una cuesta obliga a pedalear parado, haciendo fuerza como si se quisiera arrancar un tractor, probablemente falta una marcha más suave.

Alforjas: la casa va sobre ruedas

Las alforjas impermeables y resistentes son prácticamente la segunda vivienda del cicloviajero. Dos atrás pueden ser suficientes para un viaje sencillo; para recorridos largos, las delanteras ayudan a repartir la carga. También son útiles el bolso de manubrio y el del cuadro para documentos, teléfono, herramientas y objetos que deben estar a mano.

Pero hay una regla todavía más importante: no llevar media casa. Carpa, saco de dormir, aislante, cocina pequeña, utensilios, ropa, impermeable, botiquín, herramientas, repuestos, comida, agua y dispositivos electrónicos pueden convertir una bicicleta en una mula con pedales. La carga debe distribuirse y probarse antes del viaje.

La tecnología también pedalea

Teléfono con mapas descargados, GPS si se dispone de él, batería externa, cargadores, cables, luces delanteras y traseras, reflectivos, espejo retrovisor y algún sistema para proteger el teléfono de agua y golpes forman parte de la seguridad.

También hay que llevar bomba, cámaras de repuesto, desmontables, multiherramienta, parches, tronchacadenas, eslabón rápido, algunas bridas, cinta resistente y repuestos adecuados para la bicicleta. No hace falta llevar un taller mecánico completo: hay que poder solucionar las averías razonablemente previsibles. Mucha atención con el agua. La ruta debe planificarse teniendo claro dónde se puede reponer. En zonas aisladas, un filtro o método de potabilización puede ser fundamental.

El ciclista también necesita equipamiento, ropa por capas, prendas que sequen rápido, impermeable, guantes, casco, gafas, protector solar y calzado cómodo. Para viajes largos, el zapato debe servir para pedalear, pero también para caminar por un pueblo, visitar un museo o buscar una panadería. Porque sí: la panadería también forma parte del equipamiento.

¿Y las desventajas? Existen. El clima puede cambiar en cuestión de horas. Hay carreteras peligrosas, viento, calor, frío, pinchazos, cansancio, soledad, problemas mecánicos y noches en las que uno descubre que la fotografía de la carpa junto al lago omitía convenientemente los mosquitos. También está el peso. Y el cuerpo pasa factura si se exageran las distancias, no se descansa o se pretende mantener velocidades propias de una bicicleta sin equipaje.

Pero quizá ahí está la gracia. Viajar en bicicleta obliga a reducir la velocidad y aumentar la atención. El paisaje deja de ser una mancha que aparece detrás de la ventana. Se escuchan los pájaros, se conversa con la gente, se conoce el pueblo, se siente el viento y se entiende mejor la distancia.

La bicicleta viajera no promete rapidez, promete otra manera de llegar. Para BiciUrba, quizá esa sea la mejor definición: preparar la bicicleta para que pueda llevarnos lejos, pero sin olvidar que el equipaje más importante sigue siendo el ciclista, porque una buena bicicleta puede cruzar una cordillera, pero, si uno se pasa de entusiasmo, también puede terminar cruzando la sala de urgencias.

Una ley para pedalear con más seguridad

0
Una neva ley que garantiza la vida urbana de las bicis y los ciclistas, pero también implica cumplir las normas de tránsito

Hay leyes que se escriben pensando en los escritorios y hay otras que, si se cumplen, terminan llegando directamente a las calles. La Ley 2635 de 2026, promulgada el pasado 22 de septiembre en Colombia, pertenece a esa segunda categoría: habla de peatones, de ciclistas, de infraestructura, de educación vial y, sobre todo, de algo que debería ser la primera preocupación de cualquier sistema de movilidad: que la gente pueda regresar a casa.

La nueva norma adopta medidas para proteger a ciclistas y peatones en las vías del territorio nacional y establece responsabilidades para las autoridades nacionales, departamentales, municipales y distritales en materia de planeación, construcción, mejoramiento y mantenimiento de infraestructura segura. También permite incorporar metas e indicadores de infraestructura peatonal y ciclista en los instrumentos de planificación territorial.

Traducido al idioma de la bicicleta: la ciclorruta no debería ser un pedazo de asfalto que aparece, desaparece, termina contra un poste o se convierte en parqueadero. Debe formar parte de una red pensada para conectar barrios, escuelas, centros de trabajo, parques, estaciones de transporte y, en general, los lugares donde transcurre la vida.

La Ley 2635 también incorpora algo fundamental: educación y divulgación de las normas de seguridad, derechos, deberes y responsabilidades de ciclistas y peatones. Además, ordena desarrollar una línea específica de seguridad vial y prevención de siniestros para estos usuarios.

Y aquí aparece la parte interesante para BiciUrba, porque proteger al ciclista no significa decirle que puede hacer lo que quiera.

El Código Nacional de Tránsito establece que quien conduce una bicicleta debe respetar las señales y normas de tránsito, circular por los espacios permitidos, no utilizar los andenes como vía de circulación, utilizar elementos reflectivos cuando corresponda y llevar luces blanca adelante y roja atrás durante la noche. También establece que las bicicletas deben ocupar un carril cuando circulan por la calzada y contempla reglas para quienes circulan en grupo.

En otras palabras, el casco, las luces, los elementos reflectivos, el respeto por el semáforo, la señalización manual, la prudencia y el sentido común no desaparecen porque exista una nueva ley, al contrario: la nueva protección exige también un nuevo compromiso del ciclista.

Y la responsabilidad no termina ahí. La Ley 2635 modifica las reglas para el adelantamiento de ciclistas y establece que los conductores de vehículos automotores deben dejar una distancia mínima de 1,50 metros al realizar esa maniobra. El incumplimiento puede generar la multa correspondiente y, si como consecuencia de no respetar esa distancia se producen lesiones o la muerte del ciclista, puede llegar a suspenderse la licencia de conducción hasta por diez años.

Es una medida importante porque obliga a recordar algo elemental: una bicicleta y un automóvil no son equivalentes cuando comparten espacio. La diferencia de masa, velocidad y capacidad de protección física hace que el error del vehículo más grande pueda tener consecuencias mucho mayores para quien pedalea.

Pero también hay que decirlo sin rodeos: no todos los problemas de seguridad vial los producen los automóviles. Hay ciclistas que atraviesan semáforos en rojo, circulan de noche sin luces, van en contravía, utilizan el andén a toda velocidad, se meten entre vehículos o convierten una vía pública en una pista de competencia o de malabarismo de circo. También existen conductores de automóviles, buses, camiones y motocicletas que desconocen o ignoran las normas destinadas a proteger al ciclista.

Una política de seguridad seria debe mirar a todos.

La bicicleta reclama respeto, pero también debe ofrecer respeto. El automóvil tiene mayor responsabilidad por su capacidad de causar daño, pero el ciclista tampoco puede renunciar a sus obligaciones.

La Ley 2635 abre además una puerta interesante: la participación de organizaciones de ciclistas y peatones en planes, programas y proyectos relacionados con seguridad vial y promoción de la bicicleta.

Eso puede convertir a los usuarios en algo más que espectadores de las decisiones públicas. Quien pedalea todos los días conoce dónde termina una ciclorruta, dónde falta iluminación, dónde un vehículo invade el espacio ciclista y dónde una intersección se convierte en una pequeña trampa urbana o una venta ambulante que entorpece todo.

Y esta idea podría viajar mucho más allá de Colombia. Bogotá, Medellín, Cali, Bucaramanga, Pereira, Tunja, San Juan de Pasto o cualquier otra ciudad pueden beneficiarse de mejores redes ciclistas. Pero también lo podrían hacer Quito, Lima, Santiago, Buenos Aires, Montevideo, Asunción, San Juan, Mendoza, Córdoba, Rio de Janeiro o cualquier ciudad latinoamericana que quiera recuperar espacio para caminar y pedalear.

Porque al final, una buena ley necesita tres cosas: infraestructura, autoridad y ciudadanos dispuestos a cumplirla. La primera permite circular. La segunda hace respetar las reglas. La tercera evita que la seguridad dependa únicamente de multas.

Una bicicleta no necesita un ejército para avanzar, si una vía razonablemente segura, un conductor que la vea y la respete, y un ciclista que recuerde que llegar cinco minutos antes nunca vale una vida.

La Ley 2635 puede ser una buena noticia para quienes pedalean por Colombia. Ahora comienza la parte verdaderamente difícil: convertir las palabras del papel en calles más seguras y convertir las normas de tránsito en hábitos cotidianos. Porque una ciclorruta bien diseñada ayuda, una ley ayuda, pero la prudencia de todos salva vidas.

Y quizá esa sea la mejor manera de entender la bicicleta: no como enemiga del automóvil, ni como dueña de la calle, sino como una forma sencilla de compartirla. Una máquina de dos ruedas que, cuando encuentra respeto a su alrededor, puede llevarnos mucho más lejos que cualquier discurso, y además, sin gastar una gota de gasolina y ensuciar el aire que respiramos.

Un ciclista 100% en todo momento y labor

0
San Juan, tierra de ciclistas aficionados de marca mayor

San Juan es una ciudad muy especial, entre sus muchos atractivos, hay uno que se puede disfrutar de forma individual o en grupo: el ciclismo.

No es solo el de ruta, también hay recorridos turísticos, o de expertos montañistas que llevan sus máquinas a lugares de belleza y dificultad excepcional. Y no se puede olvidar la carrera internacional anual, donde el sol, el verano y la ruta son protagonistas de las pruebas internacionles reconocidas en nuestra América.

Entorno a este entusiasmo hay personas que marcan pautas en el mundo ciclistico, no solo de ruta o monrtaña, tambien del ciclismo urbano; Una de ellas es el protagonista de este video en BiciUrba

El gran reino donde todos tenían la razón

0
La Asamblea de los reinos e imperios de cada año, un encuentro de reproches, alianzas y conveniencias.

Érase una vez, en un lugar no tan lejano y en un tiempo que se parecía demasiado al nuestro, una enorme sala donde se reunían los reyes, emperadores, príncipes y consejeros de todos los reinos de la Tierra.

La llamaban la Gran Asamblea de los Reinos.

Había sido creada muchos años atrás con una noble intención: evitar que los habitantes de un reino mataran a los habitantes de otro y encontrar, mediante palabras, acuerdos que permitieran vivir en paz.

Pero con el paso de los años, las grietas entre los reinos se hicieron profundas, hasta convertirse en verdaderos abismos.

El Gran Secretario tomó entonces la palabra.

—Mis queridos reyes y emperadores —dijo—, el mundo está lleno de peligros. Las guerras se multiplican, las leyes que deberían protegernos no siempre se cumplen y hasta las máquinas que hemos inventado comienzan a preocuparnos. Debemos recordar que los robots asesinos no tienen lugar en nuestro futuro.

Los monarcas escucharon.

Algunos asentían. Otros miraban sus teléfonos. Y alguno, escondido detrás de una enorme corona, seguramente pensaba cuánto costaría fabricar un robot que obedeciera únicamente sus órdenes.

El Secretario también pidió que el Gran Consejo fuera más representativo y transparente.

Hubo aplausos.

Hubo caras serias.

Y, como casi siempre ocurría allí, después de los aplausos cada rey regresó a defender exactamente lo mismo que defendía antes de escuchar al Secretario.

Entonces habló uno de los grandes emperadores.

Recordó que la Asamblea se había alejado de sus propósitos originales y que muchas de sus resoluciones terminaban olvidadas en algún viejo archivo.

Después habló de unas islas lejanas.

—Son nuestras —afirmó.

Un viejo imperio, que durante mucho tiempo había gobernado aquellos territorios, decía exactamente lo contrario.

—¡Devuélvanlas! —exigió el emperador—. Son una causa nacional.

Y los habitantes de aquellas islas, que seguramente tenían sus propias preocupaciones, quedaron otra vez atrapados entre mapas, banderas, discursos y recuerdos de antiguos imperios.

Desde otro de los reinos más grandes llegó una voz igualmente firme.

Su gobernante criticó a la Asamblea por no haber conseguido detener varias guerras y denunció la intervención de poderes extranjeros en su región.

Pero también habló de algo mucho más sencillo: comida para los hambrientos, oportunidades para los pobres y un planeta donde la desigualdad no fuera una condena.

Recordó los grandes Objetivos de Desarrollo Sostenible.

Por unos minutos pareció que todos estaban de acuerdo.

Solo por unos minutos.

Más tarde apareció una antigua consejera de un pequeño reyezuelo. Había cambiado de trono y ahora administraba otro reino.

La mujer reconoció la fuerza del Gran Emperador y aseguró que, bajo su sombra, su pueblo tendría una vida mejor.

—¿Y cómo será esa vida mejor? —preguntó alguien desde el fondo.

La mujer guardó silencio.

Tal vez todavía no lo sabía.

Mientras tanto, en otra parte del mundo, viejos emperadores y sus cortes preparaban soldados y armas para proteger instalaciones que producían la energía de sus reinos.

Decían que todo aquello era exclusivamente defensivo.

—Debemos ser poderosos para que nadie se atreva a amenazarnos —repetían.

El problema era que, al otro lado de la frontera, alguien decía exactamente lo mismo.

Y así, cada reino acumulaba armas para defenderse de otro reino que acumulaba armas para defenderse de él.

Finalmente habló un rey guerrero.

Aseguró que su guerra tenía una misión extraordinaria: librar a todos los reinos de la amenaza de armas terribles y destructivas.

Algunos lo aplaudieron. Otros lo condenaron. Unos hicieron alianzas. Otros las deshicieron.

Y mientras los grandes señores discutían sobre quién tenía la razón, los habitantes de los reinos seguían viviendo sus vidas.

Una madre preparaba la cena. Un campesino miraba el cielo esperando lluvia. Un niño iba a la escuela. Un anciano cerraba la puerta de su casa. Un trabajador contaba las monedas antes de regresar. Todos escuchaban las noticias y se preguntaban si aquella nueva amenaza terminaría convirtiéndose en una nueva guerra.

Porque eso era lo extraño de la Gran Asamblea. Cada año los reyes llegaban, pronunciaban largos discursos, se acusaban unos a otros, defendían sus fronteras, hacían alianzas y se reunían en pequeños grupos para hablar de sus propios intereses. Después regresaban a sus palacios y los pueblos regresaban a sus preocupaciones.

Los grandes gobernantes parecían vivir en un mundo de mapas, tratados, ejércitos, tecnologías y estrategias. Los habitantes vivían en otro: el de conseguir trabajo, alimentar a sus familias, cuidar a sus hijos, pagar las cuentas y llegar tranquilos a la noche.

Pero una mañana ocurrió algo curioso. Por una de las avenidas que comunicaban los distintos reinos comenzó a circular una larga fila de personas sobre unas máquinas extrañas y sencillas. Eran bicicletas. No llevaban coronas. No tenían ejércitos. No necesitaban discursos. Cada ciclista llevaba solamente sus piernas, sus ganas de avanzar y una bicicleta que parecía decirle: “Confía en mí. Vamos juntos.”

En el camino encontraban a otros viajeros. Algunos iban deprisa, otros despacio. Unos llevaban niños, otros alimentos. Había jóvenes, adultos y personas mayores. Y cuando se cruzaban, no necesitaban preguntarse de qué reino venían. Bastaba con respetar al otro.

Quizá por eso la bicicleta seguía siendo una de las pocas criaturas de aquel mundo que no necesitaba enemigos para existir. Era sencilla, confiable, acompañaba sin mandar y formaba un dúo extraordinario con quien la montaba.

Después de tantos discursos de emperadores y reyes, quizá había una pequeña lección escondida en aquellas ruedas: para avanzar no siempre hace falta conquistar al que viene de frente; a veces basta con compartir el camino.

Y mientras en la Gran Asamblea los poderosos seguían discutiendo sobre cómo debía ser el mundo, por las calles de los reinos los ciclistas continuaban pedaleando.

Sin coronas, sin ejércitos, sin amenazas, simplemente juntos. Porque algunas veces, para encontrar un poco de paz, no hace falta conquistar el mundo, solo hace falta aprender a recorrerlo acompañado.

El rey que quería ser el más poderoso del mundo

1
El poder que amenaza puede impresionar, pero el poder que ayuda es el que finalmente transforma.

Había una vez, en un reino muy grande, un rey que estaba convencido de que el mundo entero debía escuchar su voz. Su castillo era enorme, sus salones estaban llenos de mapas y sobre las paredes colgaban espadas, escudos y antiguas coronas. Desde una torre muy alta, el rey podía mirar hacia las montañas, los ríos, los bosques y hasta los mares que rodeaban su reino.

—¡Somos los más poderosos! —decía con frecuencia—. Y nadie debe olvidar que podemos hacer lo que sea necesario para proteger lo que consideramos nuestro. Los consejeros asentían. Algunos lo hacían porque estaban de acuerdo y otros porque tenían miedo de que el rey se enfadara.

Una mañana, el rey extendió un enorme mapa sobre la mesa.

—Aquí hay tierras que están demasiado cerca de nosotros —dijo—. Y en ellas viven hombres peligrosos que se han apoderado de pueblos enteros. Hay que recuperar esos lugares.

Uno de sus consejeros, un hombre muy viejo, se atrevió a preguntar: Majestad, ¿y si antes de enviar soldados enviamos maestros, médicos y personas que ayuden a esos pueblos?

El rey lo miró sorprendido. —¿Ayudar? —preguntó—. Yo tengo ejércitos.

El anciano bajó la cabeza. A veces, Majestad, una mano extendida consigue más que una espada.

El rey no respondió.

Después miró otro mapa. Al otro lado del mar había una pequeña isla gobernada desde hacía muchos años por un régimen que él consideraba equivocado.

—Esa isla caerá —dijo—. Algún día cambiará.

Pero una niña que escuchaba escondida detrás de una cortina preguntó:

—¿Y si los habitantes de la isla quieren cambiar por sí mismos?

El rey volvió a quedarse callado.

Aquella misma tarde llegaron noticias de una gran guerra en tierras lejanas. Dos pueblos llevaban tanto tiempo enfrentados que ya nadie recordaba exactamente cómo había comenzado la pelea.

Miles de jóvenes habían partido hacia los campos de batalla y muchos no habían regresado. El rey observó las imágenes que llegaban desde aquellas tierras. Por primera vez en mucho tiempo, no habló de ejércitos ni de poder. —Ya no quiero ver esto —murmuró.

Entonces decidió enviar mensajeros a los dos bandos. Díganles que hablen —ordenó—. Que encuentren una manera de detener esta guerra.

Los mensajeros partieron.

Mientras tanto, en el reino comenzaba a aparecer algo nuevo. Era una máquina extraordinaria que podía aprender, conversar, calcular y resolver problemas en cuestión de segundos. Los sabios la llamaron la Gran Inteligencia. El rey quiso tenerla bajo su control.

—Nadie debe gobernar esa máquina desde fuera de nuestro reino —declaró—. Nosotros debemos decidir qué hacer con ella.

Pero una joven inventora le explicó: Majestad, una herramienta tan poderosa necesita responsabilidad. Si todos quieren dominarla, puede terminar sirviendo al miedo en lugar de servir a las personas.

El rey volvió a caminar hasta la ventana.

Abajo, en la plaza, vio algo que nunca había reparado en mirar.

Un niño avanzaba lentamente en una bicicleta, no llevaba soldados, ni armadura. No tenía mapas secretos ni máquinas extraordinarias.

Solo tenía dos ruedas, un manubrio y una pequeña campanilla.

El niño se detuvo para ayudar a una anciana a cruzar la calle. Después esperó a otro pequeño que había perdido una rueda de su bicicleta. Finalmente continuó su camino.

El rey bajó de la torre.

—¿Por qué haces eso? —preguntó.

—¿Hacer qué?

—Ayudar a todos.

El niño sonrió.

—Porque no cuesta mucho.

El rey miró aquella bicicleta sencilla. Comprendió entonces algo que ninguno de sus consejeros se había atrevido a decirle.

Había pasado tantos años pensando en cómo ser más fuerte que había olvidado algo mucho más importante: ser útil.

Una espada podía conquistar un territorio. Un ejército podía imponer obediencia. Una amenaza podía provocar miedo, pero ninguna de esas cosas conseguía que dos personas confiaran una en la otra.

Desde aquel día, el rey comenzó a recorrer su reino sin armadura. Escuchó a los campesinos, habló con los niños, visitó hospitales y permitió que los pueblos resolvieran sus propios problemas antes de enviar soldados.

Y cuando alguien le preguntaba cuál era la máquina más poderosa de su reino, señalaba aquella pequeña bicicleta que había visto en la plaza.

—No es una máquina poderosa —decía—. Es una máquina sencilla.

Y agregaba: Pero puede llevar a una persona hasta donde necesita llegar. Puede transportar una pequeña carga. Puede acompañar a un amigo. Puede enseñar paciencia. Puede acercar a una familia. Y cuando alguien cae, siempre hay otra persona que puede detenerse para ayudarlo.

Desde entonces, por los caminos del reino comenzaron a verse cada vez más bicicletas, grandes y pequeñas., nuevas y viejas. Con canastos, con parrillas, con campanillas y algunas tan sencillas que parecían hechas solamente para pedalear.

Y los habitantes descubrieron que aquella pequeña máquina tenía cinco grandes virtudes: sencillez, prudencia, generosidad, confianza y amistad.

Porque, al fin y al cabo, para avanzar por el mundo no siempre hace falta ser el más poderoso. A veces basta con tener dos ruedas, un camino por delante y alguien dispuesto a pedalear contigo.

Y cuentan los viejos del reino que, desde aquel día, el rey nunca volvió a preguntar quién era el más fuerte. Preguntaba algo mucho más importante: ¿A quién podemos ayudar hoy?

El bosque tarda décadas en crecer; para destruirlo basta una chispa

0
Incendio en Villa de Leyva, Boyacá

Hay una escena que se repite con demasiada frecuencia: humo en el horizonte, helicópteros descargando agua, bomberos agotados, animales huyendo, familias evacuadas y hectáreas de vegetación convertidas en ceniza. Después llegan las fotografías. Luego los balances. Finalmente, cuando desaparece el humo, llega el silencio. Pero el bosque no vuelve con el silencio.

En Villa de Leyva, Boyacá, el incendio del cerro San Marcos, en el sector La Marmolera, obligó a movilizar organismos de socorro, solicitar apoyo aéreo y ordenar la evacuación preventiva de viviendas cercanas. Las autoridades reportaron más de 40 hectáreas afectadas en una zona boscosa donde abundan los pinos. Los fuertes vientos complicaron las labores de control.

Incendios en Santander

Mientras tanto, en Ábrego, Norte de Santander, en el entorno regional de Cúcuta, otro incendio forestal llegó a afectar unas 3.000 hectáreas y comprometió cuatro veredas, cultivos, sistemas de riego y acueductos veredales. Las autoridades investigan las causas y han advertido sobre la necesidad de evitar quemas debido a las condiciones de propagación del fuego.

Y no muy lejos, en El Zulia, también en Norte de Santander, un incendio en el cerro Las Cruces alcanzó una afectación preliminar de unas 900 hectáreas de cobertura vegetal. Bomberos de El Zulia y Cúcuta participaron en las labores de control.

La preocupación no está solamente en el tamaño de las cifras, sino en lo que esconden. Detrás de una hectárea quemada puede haber árboles que tardaron décadas en convertirse en adultos. Puede haber nidos, madrigueras, insectos polinizadores, microorganismos, semillas, pequeños mamíferos, reptiles y plantas que quizá solamente existen en ese ecosistema.

Un incendio no pregunta si una especie es endémica, si está amenazada o si necesita cincuenta años para recuperarse. Simplemente avanza. Y cuando el bosque desaparece, también cambia el agua.

La vegetación ayuda a proteger el suelo, retener humedad, disminuir la erosión y regular el comportamiento del agua. Cuando las llamas destruyen esa cobertura, las lluvias posteriores pueden arrastrar cenizas y sedimentos hacia quebradas y ríos. Una reserva hídrica no siempre desaparece de golpe; algunas veces comienza a deteriorarse silenciosamente.

El problema adquiere otra dimensión con el cambio climático.

El IDEAM ha advertido sobre condiciones asociadas a El Niño, fenómeno que puede favorecer temperaturas superiores a lo normal, presiones sobre el recurso hídrico y una mayor amenaza de incendios de cobertura vegetal.

Pero cuidado: El Niño no es el único responsable. También están la urbanización que avanza sobre áreas naturales, la vegetación seca, las quemas, la basura y, algunas veces, la irresponsabilidad humana convertida en fuego.

Una botella abandonada, una colilla, un recipiente, un pedazo de vidrio o una quema mal controlada pueden terminar haciendo algo que ningún bosque merece: convertir años de crecimiento en unas horas de llamas.

En Colombia, además, existen denuncias e investigaciones sobre posibles incendios provocados deliberadamente. En el caso de Ábrego, por ejemplo, autoridades señalaron que presuntamente habría una persona involucrada, pero corresponde a las autoridades competentes establecer las responsabilidades. No se puede acusar sin pruebas, pero tampoco se puede mirar para otro lado.

Del fuego al granizo

Granizo en una ciudad costera del Caribe, Barranquilla

Mientras unos territorios se queman, otros reciben señales meteorológicas igualmente extraordinarias. En Barranquilla, después de jornadas con temperaturas cercanas a los 35 grados, las lluvias llegaron acompañadas de fuertes vientos, inundaciones y reportes de granizo en sectores de la ciudad y su área metropolitana.

¿Contradicción? No necesariamente. El clima puede producir extremos diferentes en lugares distintos y en momentos distintos. Una ciudad puede estar sufriendo calor intenso mientras otra recibe lluvias torrenciales.

Algo similar ocurre en Quito, Ecuador, donde entre el 7 y el 13 de septiembre el Municipio registró 30 incendios forestales y 189 quemas de desechos. En un incendio registrado en el Itchimbía, las autoridades incluso monitorearon la calidad del aire y la dispersión del humo.

En la zona de San Juan, Argentina, el fuego también forma parte de un escenario donde las condiciones ambientales pueden convertir rápidamente una chispa en una emergencia. Un ejemplo fue el incendio que afectó la Estancia Guañizuil, en Iglesia, donde unas 300 hectáreas de bosques, siembras y pasturas fueron alcanzadas por las llamas.

El humo no reconoce fronteras. Tampoco las consecuencias.

Estancia Guañizuil, en Iglesia

Un árbol adulto es una inversión de tiempo que ninguna máquina puede fabricar rápidamente. Sembrarlo es apenas el comienzo. Después vienen las lluvias, las raíces, los insectos, las aves, los hongos, las semillas, los ciclos de nutrientes y muchas estaciones. Un bosque maduro es una construcción colectiva de la naturaleza.

Por eso, cuando se quema, no estamos perdiendo solamente árboles: estamos perdiendo tiempo biológico. Y recuperarlo puede tomar décadas, siempre que vuelvan a darse las condiciones necesarias.

Quizás por eso resulte tan absurdo que alguien arroje basura desde la ventana de un automóvil, abandone un recipiente en un terreno seco o haga una quema pensando que “no pasa nada”.

Sí puede pasar. Y puede pasar muchísimo.

Y aparecen dos ruedas

Frente a semejante panorama, la bicicleta parece una cosa pequeña: dos ruedas, un marco, una cadena, unos pedales y las piernas de quien la conduce. Pero tiene una virtud extraordinaria: no necesita quemar combustible para moverse.

Una bicicleta utilizada diariamente para trabajar, estudiar, comprar o simplemente desplazarse no produce gases de escape. No necesita petróleo para recorrer cada kilómetro ni convierte combustible en humo. Tampoco tiene un motor de combustión capaz de producir chispas sobre un pastizal seco.

No va a apagar un incendio forestal, por supuesto. Pero puede ayudar a que necesitemos menos combustibles fósiles y contribuir a ciudades con menos contaminación, menos ruido y menos emisiones.

Tal vez la Tierra no esté pidiendo milagros. Quizás esté pidiendo un poco de sentido común: no arrojar basura, no hacer quemas irresponsables, cuidar el agua y entender que destruir un bosque también afecta el ciclo natural que sostiene la vida. El bosque tarda décadas en crecer. Para destruirlo, basta una chispa.

Para ayudar al planeta, a veces bastan dos ruedas y cuando podamos, a pedalear, porque también le conviene a todas las expresiones de vida que todavía nos acompañan en este planeta.

Una aliada de la naturaleza en general y de los bosques en particular: l bicicleta

La gasolina para comenzar la semana

0
Iniciemos la semana con esperanza y haber podido disfrutar de la familia

Hay fines de semana que funcionan como una suerte de gasolina para el resto de la semana. No necesariamente porque hagamos grandes cosas, viajemos lejos o llenemos la agenda de actividades. A veces basta con algo mucho más sencillo: estar juntos.

Para quienes tenemos la fortuna de contar con una familia extendida, reunirnos alrededor de una mesa tiene un valor que los años hacen cada vez más evidente. Hijos, nietos, yernos, nueras y aquellos que, de una u otra manera, se fueron incorporando a nuestra historia forman parte de ese patrimonio que no aparece en ninguna cuenta bancaria.

Es una sensación parecida a la de un día soleado, pero con temperatura fresca. El aire trae aromas: quizá el de un buen asado, el de una ensalada fresca, el de una copa de vino escogida sin demasiada ceremonia. Después llegará el café; en este caso, un buen colombiano. Y entonces uno solo puede decir gracias.

Gracias a Dios, a la vida, a la suerte o a aquello en lo que cada uno decida creer.

Hay algo de todo esto que se parece mucho a montar en bicicleta. Cuando uno sale acompañado, encuentra un camino bonito y confiable, pedalea sin demasiadas preocupaciones y disfruta de las buenas sensaciones que aparecen a cada vuelta de rueda. No se trata solamente de llegar. Se trata de compartir el camino.

Quizá por eso los espacios también importan.

Las grandes ciudades han ido reduciendo nuestra vida cotidiana. Apartamentos cada vez más pequeños, terrazas convertidas en lugares multifunción, balcones que intentan suplir lo que antes era un patio. Todo está optimizado, calculado y aprovechado al máximo. Pero, algunas veces, se pierde algo difícil de medir: la sensación de que ese lugar realmente nos pertenece.

Un parque público puede ser maravilloso, pero allí todos somos visitantes. Compartimos el espacio con desconocidos, soportamos ruidos que no escogimos y, en ocasiones, terminamos siendo testigos involuntarios de situaciones que preferiríamos no presenciar.

En cambio, en casa está nuestro patio, nuestro asador, nuestra mesa. Está ese asador en jefe que se toma su trabajo con seriedad y una colección de vinos que permite escoger cuál acompañará mejor la comida. No hace falta demasiada elegancia. Lo importante es sentirse parte.

Y quizá allí aparece uno de los grandes valores de la familia: pertenecer.

Porque cuando la vida termina reducida al trabajo, las obligaciones y una mascota que, por supuesto, queremos muchísimo, puede quedar un espacio vacío. La vida urbana tiene una manera muy particular de esconder la soledad. Estamos permanentemente conectados, pero no siempre acompañados.

El teléfono nos permite hablar con familiares que no vemos, conversar con amigos que hace tiempo no encontramos en persona y enterarnos de lo que ocurre al otro lado del planeta. Pero ninguna pantalla reemplaza completamente una mesa compartida, una conversación sin interrupciones o la risa de un nieto corriendo por el patio.

Mientras tanto, el mundo continúa girando. Las guerras no cesan. La inteligencia artificial abre preguntas que hace pocos años parecían propias de una película de ciencia ficción. No sabemos exactamente cuánto cambiará nuestras vidas ni qué mundo encontrarán los niños que hoy comienzan a crecer.

Una buena comida en muy buena compañia, una bendición en cualquier lugar del mundo

Por eso uno también guarda esperanza. La esperanza de que esos chicos encuentren su camino, desarrollen sus talentos, persigan sus sueños y tengan la oportunidad de construir una vida buena. Una vida que, ojalá, tenga menos pantallas y más encuentros; menos aislamiento y más familia.

El lunes llegará, como siempre. Con sus obligaciones, sus problemas, sus correos y sus angustias. Pero después de un fin de semana así, uno puede enfrentarlo de otra manera. Sabiendo que existe un tesoro que no se compra: el privilegio de compartir el presente con quienes queremos.

Quizá por ahora alcance con levantar una copa de buen vino. Y más tarde, cuando caiga la tarde, un “tinto”, como llamamos al café.

Y volver a decir gracias. A Dios, a la vida, a la suerte o simplemente a aquello que cada uno lleve dentro. Porque, al final, también de eso se trata pedalear: avanzar juntos, disfrutar el camino y agradecer que, por un momento, el camino sea bueno.

0SeguidoresSeguir
0SuscriptoresSuscribirte

Recent Posts