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El motor de la bicicleta también necesita mantenimiento y buen trato

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La bicicleta recibe mantenimiento porque sabemos que puede dañarse; el ciclista muchas veces espera a dañarse para acordarse de que también necesita mantenimiento.

Hay una costumbre bastante extendida entre quienes montamos bicicleta: somos extraordinariamente cuidadosos con la máquina y bastante descuidados con quien la conduce.

Antes de salir revisamos las llantas, los frenos, la cadena, los cambios, la presión de aire y hasta ese pequeño ruido que apareció ayer y que, según nosotros, “no es nada”. Pero al ciclista nadie le revisa las piernas. Ni la espalda. Ni las rodillas. Ni la cadera. Mucho menos el corazón.

El urbano es particularmente curioso. Se levanta, se viste, monta la bicicleta y arranca. No hay calentamiento, no hay preparación muscular y, cuando llega a destino, tampoco hay estiramiento. La única técnica que desarrolla con verdadera disciplina es intentar no sudar la camisa. Y cuando eso fracasa, aparece el plan B: una muda de ropa en la mochila.

El ciclista de fin de semana tampoco se queda atrás. El sábado prepara la bicicleta, llena los termos, compra unas barras, unos bananos, quizá algo de panela y aparece puntual para salir con “el equipo”. Y comienza la aventura: 80, 100, 120 kilómetros o los que determine el entusiasmo colectivo.

Todo muy bien organizado, excepto por un pequeño detalle: nadie parece haber preparado al ciclista. Porque una cosa es tener una bicicleta preparada para recorrer 100 kilómetros y otra muy distinta es tener un cuerpo preparado para hacerlo.

La medicina deportiva lleva años diciendo que el ejercicio debe progresar de manera gradual y que el entrenamiento no debería limitarse a una sola capacidad. La OMS recomienda para los adultos entre 150 y 300 minutos semanales de actividad aeróbica moderada —o su equivalente vigoroso— y ejercicios de fortalecimiento muscular al menos dos días por semana.

Es decir, pedalear sirve muchísimo, pero pedalear no lo resuelve todo. El cuerpo del ciclista es una máquina bastante más sofisticada que una bicicleta de 21 cambios. Cada pedalazo involucra músculos, tendones y articulaciones que trabajan miles de veces durante una salida. Rodillas, tobillos, caderas, columna lumbar, cuello, hombros y hasta las manos reciben una carga repetitiva.

Y ahí empiezan los problemas cuando confundimos entusiasmo con preparación. Las lesiones por sobreuso son frecuentes entre los ciclistas. La literatura médica señala especialmente molestias en rodillas, cadera y zona lumbar, y relaciona buena parte de estos problemas con incrementos bruscos de carga, técnica, posición y otros factores individuales.

La rodilla, por ejemplo, no entiende de grupos de WhatsApp ni de retos personales. Si el cuerpo no está preparado para aumentar de repente la distancia o la intensidad, probablemente terminará cobrando la factura. Y la factura puede llegar precisamente cuando uno está orgulloso de haber completado esos kilómetros que nunca había entrenado.

Por eso el calentamiento no debería ser visto como una pérdida de tiempo. Unos minutos de movilidad y activación antes de comenzar pueden ser una forma sencilla de decirle al organismo: “señores, vamos a trabajar”.

Y después viene otro asunto que solemos olvidar: la recuperación. Terminar una rodada, bajarse de la bicicleta y dirigirse directamente a la ducha, al almuerzo o a la cerveza de celebración puede ser una tradición muy arraigada, pero no necesariamente una buena estrategia de recuperación. El organismo necesita alimentación adecuada, hidratación, descanso y, dependiendo del nivel de exigencia, trabajo específico de movilidad, fuerza y recuperación.

También hay que hablar de alimentación al ciclista urbano que vive corriendo contra el reloj y suele resolver el desayuno con cualquier cosa, el almuerzo con lo que aparezca y la cena con lo que quede, luego se pregunta por qué está cansado.

Y el ciclista deportivo puede caer en el extremo contrario: creer que una barra de proteína, un suplemento o una bebida “especial para deportistas” compensará una alimentación desordenada, no necesariamente.

Las recomendaciones de nutrición deportiva destacan la importancia de cubrir adecuadamente las necesidades de energía, carbohidratos, proteínas y líquidos antes, durante y después del ejercicio. Para quienes entrenan con mayor volumen, la alimentación debe responder a la carga real de trabajo y, cuando se necesita una estrategia personalizada, lo sensato es acudir a un profesional de nutrición deportiva.

Y aquí aparece otro capítulo poco simpático: tabaco, alcohol y drogas. No tiene mucho sentido entrenar para mejorar la capacidad cardiovascular y después someter al organismo a sustancias que hacen justamente lo contrario. El tabaco aumenta el riesgo cardiovascular y perjudica el transporte de oxígeno; el consumo excesivo de alcohol también incrementa diversos riesgos para la salud, y conducir una cicla embriagado o drogado es penalizado por las normas de tránsito, además de poner al”suicida” en un altísimo riesgo de un accidente.

Dicho en lenguaje BiciUrba: no podemos ponerle gasolina de mala calidad al ciclista y esperar que funcione como una bicicleta de competencia. También debemos aprender a escuchar el cuerpo. Un dolor que aparece repetidamente no es necesariamente “parte del entrenamiento”. Puede ser una señal de que algo está mal: la carga, la técnica, la posición sobre la bicicleta, la fuerza muscular o simplemente que necesitamos descansar.

Y aquí la bicicleta también tiene responsabilidad. Una mala adaptación entre máquina y ciclista puede contribuir a molestias y lesiones, aunque la ciencia también advierte que no existe una única medida mágica de “bike fit” capaz de explicar todos los dolores. Cada cuerpo es diferente.

Finalmente, para quienes hacen ciclismo deportivo o recorridos exigentes, un chequeo médico especializado periódico no debería ser considerado una exageración. La evaluación previa a la práctica deportiva permite identificar antecedentes y condiciones cardiovasculares, musculoesqueléticas y otros factores que pueden afectar la seguridad del ejercicio.

Porque aquí está el asunto fundamental: la bicicleta puede cambiarse; las rodillas no vienen con repuestos en la caja de herramientas. Podemos limpiar la cadena, lubricar los cambios, ajustar los frenos, inflar las llantas y consentir nuestra bicicleta todo lo que queramos. Y debemos hacerlo, pero antes de revisar la máquina, hay que revisar al ciclista.

Calentar, fortalecer, alimentarse bien, hidratarse, descansar, controlar las cargas, escuchar el dolor, evitar el tabaco y las drogas, moderar —o mejor evitar— el alcohol y hacerse controles médicos cuando corresponda no son exigencias para convertirse en campeón.

Son simplemente formas razonables de conseguir algo mucho más importante: seguir pedaleando durante muchos años. Porque al final, la bicicleta tiene cadena, cambios y frenos, nosotros solamente tenemos un cuerpo, y ese sí que no se consigue en una tienda de bicicletas.

Realmente en dónde está presente lo que nos hace mal: en la cocina o en la góndola del supermercado

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Una cosa son comestibles y otra muy distinta alimentos

Hay palabras que se han convertido en culpables universales. Azúcar. Sal. Grasa. Grasas saturadas. Las repetimos como si cada una, por separado, fuera una especie de delincuente nutricional que hubiera que expulsar de nuestra cocina, pero la historia es bastante más compleja.

Durante años nos dijeron que el problema era echarle azúcar al café, ponerle sal a la sopa o cocinar con mantequilla. Y mientras discutíamos si una cucharadita de azúcar era peor que una pizca de sal, los supermercados se fueron llenando de productos diseñados para que comiéramos más: bebidas azucaradas, cereales de desayuno, galletas, paquetes de snacks, salsas, panes industriales, embutidos, postres, comidas listas para calentar.

Conviene empezar por desmontar una idea: el azúcar, la sal y las grasas no son venenos. El cuerpo necesita nutrientes y energía. El sodio cumple funciones esenciales; las grasas participan en procesos fundamentales del organismo; los carbohidratos son una fuente importante de energía. El problema aparece cuando determinados nutrientes se consumen en exceso y dentro de un patrón alimentario de baja calidad.

Y ahí aparece una diferencia que suele perderse en las conversaciones sobre alimentación: no es lo mismo comer una fruta que beber una gaseosa; no es lo mismo cocinar fríjoles con ingredientes reconocibles que abrir una sopa instantánea; no es lo mismo comer un puñado de nueces que consumir diariamente una galleta industrial que combina harinas refinadas, grasas, azúcar, sal y una larga lista de aditivos.

Una porción de fruta es mucho mejor que bebidas azucaradas, lácteos con supuestas cantidades de fruta y otra cantidad de productos comestibles que nos ofrece la industriaría de alimentos

Por eso la discusión contemporánea no debería reducirse a preguntar cuánto azúcar tiene un alimento. También deberíamos preguntar: ¿Qué alimento estamos comiendo realmente?

Los ultraprocesados son formulaciones industriales elaboradas principalmente a partir de sustancias derivadas de alimentos, junto con aditivos que modifican sabor, textura, color, aroma y conservación. En muchos casos contienen grandes cantidades de azúcares, grasas, grasas saturadas y sodio, mientras aportan poca fibra, vitaminas, minerales o proteínas en comparación con alimentos frescos o mínimamente procesados.

La diferencia parece semántica, pero no lo es. Una cosa es un alimento que contiene azúcar y otra muy diferente es un producto industrial diseñado alrededor del azúcar.

¿Entonces el azúcar es el enemigo? No necesariamente. La fruta contiene fructuosa, la leche contiene lactosa, una zanahoria contiene carbohidratos y nadie sensato propondría declarar la guerra a las zanahorias. El problema está especialmente en los azúcares libres o añadidos, aquellos que terminan apareciendo en cantidades importantes en bebidas, dulces, postres, cereales, salsas y numerosos productos industriales.

La OPS considera que los azúcares libres, el sodio, las grasas totales, las grasas saturadas y las grasas trans son nutrientes críticos cuando aparecen en exceso. Su modelo de perfil de nutrientes permite identificar productos que contienen cantidades excesivas de estos componentes y sirve como referencia para políticas públicas.

Por eso resulta tan engañoso el argumento de: «Yo casi no le pongo azúcar al café.» Puede ser cierto y, al mismo tiempo, no decir absolutamente nada sobre la cantidad de azúcar que esa persona consume durante el día, porque puede llegar disfrazada de cereal «fitness», bebida «energizante», yogur «con fruta», salsa de tomate, galletas, pan industrial o bebida que promete vitaminas. El problema no siempre está en la cucharadita que vemos, está en la que no vemos.

La oferta de comida de mar es estupenda en la culinaria peruana

¿Y la sal? Con la sal ocurre algo parecido. El sodio es necesario para el funcionamiento del organismo, pero consumirlo en exceso está asociado con hipertensión y otras enfermedades cardiovasculares. Y una parte importante del problema no está necesariamente en el salero que tenemos en casa, está en los productos procesados y ultraprocesados.

Una sopa instantánea, una salsa, un embutido, unas papas de paquete o determinados panes industriales pueden aportar cantidades importantes de sodio antes de que el consumidor haya tocado el salero. Por eso la pregunta «¿comes mucha sal?» puede ser menos útil que otra: ¿Cuántos productos industriales consumes habitualmente?

¿Y las grasas saturadas? Aquí también hay una simplificación que conviene evitar. Durante décadas la conversación pública convirtió a la grasa en el gran enemigo. Luego llegaron las versiones «light», «0 % grasa» o «bajas en grasa». Pero quitar grasa de un producto no necesariamente lo convierte en saludable.

Si para conservar su sabor y textura se incorporan grandes cantidades de azúcar, almidones refinados, edulcorantes u otros ingredientes, simplemente hemos cambiado una característica del producto. La cuestión no es encontrar un único nutriente culpable, la cuestión es la calidad global de la alimentación.

La OPS incluye las grasas saturadas y las grasas trans entre los nutrientes críticos cuya ingesta excesiva debe ser vigilada. Y aquí aparece una idea que debería ser mucho más conocida: un producto puede cumplir perfectamente con una afirmación publicitaria y seguir siendo un producto de baja calidad nutricional. Puede decir «sin azúcar añadida», «reducido en grasa» o «fuente de vitaminas» y continuar siendo un ultraprocesado que desplaza alimentos mucho más nutritivos.

Ese es precisamente uno de los problemas de los llamados mensajes positivos en los empaques: pueden producir un «halo saludable», haciendo que el consumidor perciba como saludable un producto que continúa teniendo cantidades excesivas de nutrientes críticos.

Grasas naturales son necesarias, las industriales generan problemas de salud

En lugar de obligar al consumidor a convertirse en químico, nutricionista y matemático antes de comprar unas galletas, varios países decidieron poner la información donde realmente importa: en la parte frontal del paquete, no se trata de prohibir una galleta, se trata de decir: «Ojo: aquí hay exceso de esto», la decisión debería tomarse sabiendo qué contiene el producto.

Hay quienes consideran que estas normas son una intromisión del Estado, pero ¿qué tan libre es una elección cuando una industria tiene millones de dólares para estudiar nuestro comportamiento, diseñar productos irresistibles, colocarlos estratégicamente, promocionarlos y venderlos desde la infancia? La libertad de elección necesita información. Son productos de un sistema industrial y comercial que ha aprendido a competir por nuestro tiempo, nuestro dinero, nuestra atención y nuestro apetito.

Los octágonos negros son apenas una señal y la pregunta que queda después de verlos en el empaque es mucho más grande: ¿queremos una sociedad en la que la comida que más se vende sea también la comida que más necesitamos? Porque una cosa es tener libertad para elegir y otra muy diferente es vivir en un entorno diseñado para que siempre terminemos eligiendo lo mismo.

comer alimentos cultivados de forma sana, garantizan una mejor nutrición que deriva en salud y bienestar. Los procesador y ultraprocesados generan riesgos demostrados por organismos nacionales e internacionales dedicados a la salud

Colombia también rueda en bicicleta urbana diariamente

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La bicicleta no es bogotana. Bogotá simplemente tuvo la ventaja de hacer más ruido con ella. El resto del país también está aprendiendo a pedalear y Cali es un buen ejemplo

Hay una costumbre bastante bogotana que consiste en pensar que, si algo sucede en Bogotá, necesariamente está sucediendo en el resto del país. Con la bicicleta pasa algo parecido. La ciudad tiene una relación larga, intensa y a veces tormentosa con las dos ruedas. Es, sin duda, la gran vitrina colombiana de la bicicleta urbana y una de las ciudades latinoamericanas que más ha apostado por ella. Pero sería injusto pensar que la historia termina en la capital.

Porque Colombia también rueda en Cali, Medellín, Manizales, Barranquilla, Bucaramanga, Ibagué y, en menor o mayor escala, en muchas otras ciudades, cada una lo hace a su manera.

Bogotá tiene las cifras para presumir: cerca de 886.000 viajes diarios en bicicleta y una extensa red de infraestructura ciclovial. También cuenta con Registro Bici, una herramienta que permite asociar la bicicleta con su propietario para facilitar su recuperación en caso de hurto, y con miles de cupos para bicicletas y vehículos de micromovilidad. Pero cuando uno sale de la capital descubre que la bicicleta colombiana no tiene domicilio fijo.

Cali cuenta con alrededor de 192 kilómetros de ciclorrutas; Medellín, unos 120; Manizales supera los 100 y Barranquilla tiene más de 63 kilómetros. Bucaramanga ha planteado una estrategia metropolitana cercana a los 70 kilómetros de cicloinfraestructura y, además, experimentó con Clobi, un sistema público de bicicletas y patinetas que llegó a registrar más de 283.000 viajes antes de dejar de operar. Ibagué, entretanto, está escribiendo una historia diferente. Su sistema público y gratuito Rueda por Ibagué regresó a comienzos de 2026 con ocho estaciones y durante 2025 había registrado cerca de 7.000 viajes.

Barranquilla

Y aquí aparece lo verdaderamente interesante: una bicicleta puede ser la misma, pero ninguna ciudad se mueve igual. No es lo mismo pedalear en Bogotá que hacerlo en Barranquilla. Tampoco enfrentar las pendientes de Medellín o Manizales que atravesar Cali o Ibagué. Bucaramanga tiene su propia geografía y sus propios desafíos metropolitanos. Por eso no tiene demasiado sentido establecer un campeonato nacional para decidir quién tiene más kilómetros de ciclorruta, las ciudades no necesitan una medalla por metro construido, necesitan que esos metros tengan sentido.

Una ciclorruta sirve realmente cuando permite salir del barrio, llegar al trabajo, ir a estudiar, hacer una diligencia, conectarse con el transporte público o simplemente regresar a casa sin tener que jugar una versión urbana de Supervivencia Extrema cada vez que aparece una avenida y esa es quizá la verdadera discusión.

La bicicleta no necesita solamente infraestructura. Necesita continuidad, conexión, seguridad y cultura ciudadana. De poco sirve una magnífica ciclorruta si termina abruptamente frente a una avenida y el ciclista debe decidir si se convierte en peatón, en motociclista improvisado o en estadística.

Bucaramanga

Las ciudades colombianas están empezando a entender que la bicicleta no debe verse únicamente como un elemento recreativo o deportivo. Es un vehículo de transporte. Uno bastante particular: no necesita gasolina, ocupa poco espacio, produce muy pocas emisiones y, como si fuera poco, obliga a mover las piernas. Una máquina bastante extraña en estos tiempos en que la humanidad inventa dispositivos para hacer casi todo sin levantarse de la silla.

Pero la infraestructura es apenas una parte de la historia, también están los datos. Las ciudades utilizan Sistemas de Información Geográfica para conocer dónde están las ciclorrutas, cómo se conectan con el transporte público, dónde existen cicloparqueaderos, cuáles son los tiempos de desplazamiento y qué lugares pueden convertirse en nuevos puntos de conexión para la micromovilidad.

Porque la bicicleta también entró en la era de los datos, y la pregunta es qué hacemos con ellos. Bogotá, Medellín, Cali, Bucaramanga, Ibagué y las demás ciudades tienen una oportunidad enorme para aprender unas de otras. No necesariamente para copiarse, porque una solución que funciona en Bogotá puede resultar absurda en Manizales, y una pensada para Barranquilla quizá necesite algunos ajustes para una ciudad de montaña.

Lo que sí pueden compartir es algo mucho más importante: la idea de que la bicicleta merece un lugar permanente dentro de la movilidad urbana. Y ese lugar no se construye solamente con cemento, pintura y señales. Se logra cuando el ciclista deja de sentirse un intruso en la calle. Cuando puede cruzar una intersección sin jugarse la vida. Cuando encuentra dónde estacionar su bicicleta. Cuando puede combinarla con el transporte público. Cuando el conductor de automóvil entiende que compartir la vía no significa haber perdido una guerra.

Y cuando el peatón comprende, igualmente, que la ciclorruta tampoco es una extensión de la acera. Ahí aparece el verdadero valor de la bicicleta. Cada kilómetro de infraestructura puede convertirse en algo mucho más importante que una obra pública: puede convertirse en cultura ciudadana.

La ciclovía dominical es el pretexto para desarrollar las ciclorrutas y demás infraestructura urbana, para hacer de la bicicleta protagonista de la ciudad y de la protección del medio ambiente. Ibague.

Colombia no es solamente Bogotá sobre una bicicleta. Hay miles de personas pedaleando en Cali, Medellín, Manizales, Barranquilla, Bucaramanga e Ibagué que han descubierto que para llegar de un lugar a otro no siempre hacen falta cuatro ruedas, un tanque de combustible y una paciencia del tamaño de una avenida en hora pico.

Algunas ciudades tienen grandes redes. Otras están empezando. Unas tienen sistemas públicos; otras los intentaron y tendrán que decidir si vuelven a pedalear. Algunas luchan contra las pendientes, otras contra el calor, otras contra la falta de continuidad. Pero todas tienen algo en común: están entendiendo que la bicicleta ya no es una visita ocasional a la ciudad. Es parte de ella.

Bogotá puede seguir siendo la gran vitrina, pero la bicicleta colombiana es mucho más grande porque Colombia no tiene una sola ciudad bicicleta. Tiene muchas ciudades aprendiendo a pedalear a su manera.

La deuda también tiene dos ruedas: vivir para pagar o pagar para vivir

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Para el presidente Milei, "nadie les puso un revólver en la cabeza" para endeudarse. Una realidad mundial.

Hay una epidemia silenciosa que no necesita vacunas ni respeta fronteras: el endeudamiento de las familias. Ocurre en Argentina, Colombia, Estados Unidos, Europa y, con diferentes intensidades, prácticamente en cualquier lugar donde exista alguien dispuesto a prestar dinero y alguien convencido de que mañana podrá pagar lo que hoy no puede comprar.

El problema es que ya no se trata solamente de endeudarse para comprar el último teléfono, el televisor más grande o ese electrodoméstico que promete hacer en cinco minutos lo que nuestras abuelas hacían en media hora.

El asunto se vuelve mucho más serio cuando el crédito comienza a utilizarse para pagar la vida. Alimentos, arriendo, servicios públicos, transporte, educación. Gastos que llegan puntualmente, aunque los ingresos no tengan la misma puntualidad para crecer. Y entonces aparece la tarjeta de crédito como una especie de salvavidas financiero. Solo que algunos salvavidas tienen la desagradable costumbre de convertirse en ancla.

La tecnología hizo algo extraordinario: convirtió el dinero en algo casi invisible y el crédito en un clic. Antes había que entrar a un banco, llenar formularios, esperar una respuesta y probablemente conversar con alguien que hacía muchas preguntas antes de prestar un peso. Hoy una aplicación puede ofrecer crédito en cuestión de minutos.

Abrimos la billetera digital, pulsamos un botón y el dinero aparece en la cuenta, maravilloso. El pequeño detalle es que también desaparece después, cuando llega la fecha de pago. Así la facilidad de acceso al crédito puede convertirse en una trampa cuando se utiliza para cubrir gastos que los ingresos ya no alcanzan a sostener. Y allí la tecnología deja de ser solamente una herramienta financiera para convertirse en un acelerador del endeudamiento.

Después aparecen modalidades todavía más peligrosas. En Colombia sabemos perfectamente de qué hablamos cuando mencionamos el gota a gota: dinero rápido, intereses brutales y una cobranza que puede pasar de la amenaza financiera a la violencia. Y así entre la sofisticación de una fintech y la brutalidad del cobrador de esquina puede existir una misma tragedia: vivir por encima de los ingresos porque los ingresos ya no alcanzan para vivir.

Cuidado con lo fácil, generalmente se vuelve contra nosotros

Pero sería demasiado sencillo culpar únicamente a los bancos, las aplicaciones o la inflación., hay otra pieza del engranaje: nosotros. Durante décadas, la publicidad nos ha enseñado que comprar produce felicidad. Que cambiar de teléfono es progresar, que estrenar automóvil significa éxito, que una casa más grande representa bienestar y que el electrodoméstico más reciente solucionará esa parte de nuestra existencia que aparentemente estaba incompleta. El mercado es extraordinariamente creativo para descubrir necesidades que no sabíamos que teníamos.

Un mundial de fútbol puede convertirse en la justificación perfecta para comprar un televisor nuevo. Un teléfono que todavía funciona perfectamente se transforma, de repente, en un objeto viejo. Y la bicicleta que nos llevaba tranquilamente al trabajo puede terminar arrumada porque apareció un automóvil que, además de costar mucho más, necesita combustible, seguro, impuestos, mantenimiento y parqueadero.

La felicidad, aparentemente, viene ahora con factura mensual y esa factura puede durar mucho más que la emoción de estrenar. Y se suma la revolución tecnológica, que también cuesta. Inteligencia artificial, automatización, vehículos eléctricos, electrodomésticos inteligentes, teléfonos cada vez más sofisticados y nuevas formas de trabajar.

Todo cambia, el problema es que nuestras necesidades de consumo cambian mucho más rápido que nuestros ingresos, entonces aparece una pregunta incómoda: ¿cuánto de lo que compramos realmente necesitamos? Y una cosa es mejorar la calidad de vida y otra convertir cada novedad tecnológica en una obligación.

El automóvil eléctrico, por ejemplo, puede ser una excelente solución de movilidad y ambiental en determinados contextos. Pero si una persona se endeuda durante años para adquirirlo mientras sus ingresos apenas alcanzan para cubrir las necesidades básicas, quizá el problema no sea la tecnología sino la decisión financiera.

Y aquí la bicicleta tiene algo que decir. No necesita gasolina, no paga parqueadero y, hasta donde sabemos, todavía no requiere una cuota mensual para seguir avanzando. A veces la tecnología más revolucionaria consiste en recordar que hay cosas que funcionan muy bien desde hace mucho tiempo.

La vida sencilla, sin gastar en cosas innecesarias, es a veces la clave para vivir mejor

En esta época el empleo ya no es una garantía, el viejo pacto social también se está debilitando. Estudiar una profesión ya no garantiza un empleo estable durante décadas. Tener experiencia tampoco. Trabajar desde un computador puede ofrecer independencia, pero no necesariamente seguridad. Las transformaciones tecnológicas, la automatización y los cambios económicos están modificando el mercado laboral a una velocidad difícil de asimilar.

Y aquí aparece una contradicción peligrosa: vivimos en una sociedad que invita permanentemente a consumir, pero en la que cada vez más personas tienen dificultades para saber cuánto ganarán dentro de algunos meses. Nos dicen: compre ahora…el futuro responde: veremos.

En esas condiciones, endeudarse para mantener un determinado estilo de vida puede convertirse en una crisis permanente. Y esa crisis no se queda en la cuenta bancaria. Entra en la casa, afecta las relaciones familiares, altera el sueño y convierte cada fin de mes en una pequeña batalla.

Por esos menos cosas, más espacio y en medio de tanta velocidad, exista una idea bastante antigua que vale la pena recuperar: la sencillez. No se trata de regresar a las cavernas ni de renunciar a los avances tecnológicos. Se trata de recordar algo que el mercado parece empeñado en hacernos olvidar: no todo lo que podemos comprar necesitamos comprarlo.

¿Para qué otro apartamento si existe una vivienda familiar que puede utilizarse? ¿Para qué un automóvil de moda si podemos caminar, utilizar transporte público o montar en bicicleta? ¿Para qué cinco electrodomésticos que hacen prácticamente lo mismo? ¿Para qué veinte prendas que permanecen meses dentro de un armario? ¿Para qué convertir cada deseo en una deuda?

Por eso entre menos cosas, hay más espacio, entre menos deudas, hay más tranquilidad y entre menos necesidad de aparentar, probablemente haya más libertad. En tiempos de incertidumbre, ahorrar tampoco es una idea anticuada. Puede ser una forma de resistencia. Porque cuando el empleo deja de ser seguro, tener un margen financiero significa algo mucho más importante que comprar: poder dormir tranquilo.

Hay otra factura que casi nunca aparece en el extracto bancario: la ambiental. Cada teléfono, televisor, automóvil, electrodoméstico o prenda que compramos necesitó materias primas, energía, agua, transporte y procesos industriales para llegar hasta nosotros. Y cuando deja de servir, aparece otro problema: los residuos. Nada es gratis en la naturaleza. Nada.

El planeta paga una parte de cada compra, aunque nosotros no la veamos en la factura. Por eso consumir menos, reparar antes de reemplazar y comprar solamente aquello que realmente necesitamos no es solamente una decisión económica, también puede ser una decisión ambiental.

Quizá la pregunta final sea sencilla: ¿Somos personas que utilizan el mercado para satisfacer sus necesidades o consumidores cuya principal función es mantener funcionando el mercado? La diferencia no es pequeña. Una vida digna no necesita ostentación. Necesita vivienda, alimentación, salud, educación, afectos, movilidad, descanso y cierta tranquilidad para mirar el día siguiente sin que una montaña de cuotas esté esperando en la puerta.

En BiciUrba nos gusta pensar que la bicicleta tiene algo de esa filosofía: pedalea con lo necesario, no necesita demostrar nada. Y quizá esa sea una buena metáfora para estos tiempos: avanzar sin cargar más peso del necesario, porque cuando las deudas pesan demasiado, hasta la bicicleta más liviana se siente pesada. Tal vez el verdadero lujo de estos tiempos sea tener lo necesario, deber poco, consumir con conciencia y poder levantarse cada mañana sin que el futuro ya venga hipotecado.

La sencillez, eficiencia y modestia son virtudes que hoy más que nunca debemos desarrollar para tener una vida tranquila, sin deudas que no podemos pagar y que nos ahogan, hoy menos es más

Bogotá: la bicicleta espera… y las ciclorrutas también

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La falta de ciclorrutas dificultan la circulación ecológica que es la bicicleta en una ciudad como Bogotá

Hubo un tiempo en que hablar de Bogotá y bicicleta era hablar de una ciudad que se había atrevido a hacer algo diferente. Mientras muchas capitales todavía discutían si la bicicleta era un juguete, un deporte o un verdadero medio de transporte, Bogotá construía ciclorrutas, ampliaba la infraestructura y se ganaba un lugar en el mapa mundial de la movilidad sostenible.

Hoy la historia parece ir por otro carril. Y no precisamente por una ciclorruta. De acuerdo con las cifras de la propia Alcaldía de Bogotá, la administración de Carlos Fernando Galán habría construido 30,4 kilómetros de los 87 kilómetros de nueva cicloinfraestructura establecidos como meta en el Plan Distrital de Desarrollo. Es decir, poco más del 35 % de lo comprometido, cuando el gobierno ya superó la mitad de su periodo.

No parece una cifra especialmente alentadora para una ciudad que durante años hizo de la bicicleta una de sus cartas de presentación internacional. Y hay un detalle adicional: según la información disponible, no aparecen nuevos proyectos en ejecución que permitan pensar que el ritmo de construcción vaya a cambiar sustancialmente. La bicicleta, al parecer, tendrá que seguir esperando. Con paciencia bogotana, que para eso tenemos experiencia.

El contraste con administraciones anteriores resulta inevitable. Durante el gobierno de Gustavo Petro se entregaron 83,54 kilómetros de nueva infraestructura ciclista; Enrique Peñalosa construyó 111,08 kilómetros y Claudia López terminó su administración con 96,42 kilómetros. La actual administración fijó una meta de 87 kilómetros y, hasta marzo de 2026, lleva 30,4. Las cifras no necesitan demasiada interpretación. Simplemente están ahí, esperando que alguien las mire.

Una ciudad que todavía pedalea

El asunto no es menor porque Bogotá no dejó de ser una ciudad de bicicletas. Todo lo contrario. Según la Encuesta Bogotá Cómo Vamos 2025, el 75,5 % de los habitantes se moviliza mediante medios considerados sostenibles. El 39,7 % utiliza TransMilenio troncal, el 21 % TransMiZonal, el 8,6 % se desplaza en bicicleta y el 6,2 % camina.

Pero hay una cifra que debería prender una luz amarilla: la participación de la bicicleta cayó del 11 % en 2024 al 8,6 % en 2025. Y cuando disminuye el uso de la bicicleta en una ciudad que pretende promover la movilidad sostenible, la pregunta resulta bastante sencilla: ¿qué está pasando?

Bogotá tiene, según la Encuesta de Movilidad 2023, alrededor de 1,1 millones de bicicletas. Buena parte de los viajes se concentra en localidades como Bosa, Kennedy, Suba y Engativá. Es decir, precisamente allí donde miles de ciudadanos no utilizan la bicicleta para tomarse una fotografía ambientalmente correcta, sino porque necesitan llegar al trabajo, estudiar, hacer diligencias o simplemente regresar a casa. La bicicleta no es una moda urbana. Para muchos bogotanos es transporte y el transporte necesita infraestructura.

Del liderazgo al retrovisor

La pérdida de protagonismo internacional también merece atención. En 2019, Bogotá ocupaba el puesto 12 en el Índice de Copenhague y era considerada la ciudad líder de América Latina en materia de infraestructura ciclista. Hoy aparece en el puesto 51.

Mientras otras ciudades han seguido invirtiendo en infraestructura, seguridad y conectividad para bicicletas, Bogotá parece haber bajado la velocidad. Y aquí aparece una de esas ironías que la ciudad conoce perfectamente: mientras Bogotá sigue hablando de movilidad sostenible, la bicicleta parece estar haciendo precisamente lo contrario de lo que hacen los discursos oficiales: esperar.

Esperar una ciclorruta que conecte con otra. Esperar mantenimiento. Esperar seguridad. Esperar que una vía no termine abruptamente y obligue al ciclista a mezclarse con automóviles, buses y motocicletas. Porque construir una ciclorruta no consiste solamente en poner unos cuantos metros de pavimento y pintar una señal. Se trata de crear una red segura, continua y funcional.

Y mientras tanto, llegan las patinetas y la e-bike

Al problema de la infraestructura se suma otro desafío: la micromovilidad eléctrica. El Observatorio de Movilidad de la Universidad Nacional ha advertido sobre la necesidad de fortalecer la regulación de estos vehículos, especialmente frente al aumento de la siniestralidad y las dificultades para identificar y controlar a algunos de sus usuarios.

La situación adquiere mayor relevancia si se tiene en cuenta que los datos conocidos este año muestran un incremento del 500 % en las muertes de usuarios de patinetas eléctricas entre 2024 y 2025.

A esto se agrega la seguridad contra el delito. Entre enero y mayo de 2026 se registraron 2.774 hurtos de bicicletas. La cifra representa una reducción frente a los 3.216 casos registrados durante el mismo periodo de 2025, pero sigue siendo demasiado alta para quienes esperan que pedalear por Bogotá sea una actividad cotidiana y no una especie de deporte extremo con final abierto.

El crecimiento de motos en Bogotá es continuo, lo que no significa que sea ecológico, eficiente, seguro y sigue atiborrando las vías existentes

La bicicleta no pide privilegios

Bogotá no necesita que le devuelvan el título de capital mundial de la bicicleta mediante una campaña publicitaria. Necesita algo bastante más sencillo: infraestructura que funcione, mantenimiento, seguridad vial, control y continuidad en las políticas públicas.

Las administraciones cambian. Las bicicletas permanecen. También permanecen los ciudadanos que las utilizan todos los días y que no deberían tener que esperar a que llegue el próximo alcalde para saber si tendrán una ciclorruta segura para ir a trabajar.

Bogotá construyó durante años una reputación internacional sobre dos ruedas. Sería una lástima que ahora terminara mirándola por el retrovisor. Porque una ciudad que deja de construir infraestructura para la bicicleta no necesariamente está dejando de hablar de movilidad sostenible, pero sí corre el riesgo de estar dejando de pedalear hacia ella.

La bicicleta y esa extraña costumbre de complicarnos la vida

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De los placeres que te da la vida, andar en bicicleta, donde el límite sea tu decisión, y rodar aún en una sociedad cada vez...en fin!

Hay días en los que uno sale en bicicleta con la intención de despejar la cabeza, respirar un poco, mirar el vecindario y recordar que todavía existen cosas sencillas que funcionan. Pero entonces aparecen las noticias y se acabó la tranquilidad.

Guerras en el país, en Europa, conflictos en Oriente Medio, enfrentamientos que llevan años en distintos lugares de África y otros tantos que apenas ocupan unas líneas en los diarios. Y, por si faltara algo, están las guerras comerciales, donde ya no hacen falta tanques ni misiles: basta una buena dosis de aranceles, restricciones y decisiones económicas para convertir el comercio internacional en un campo de batalla con corbata.

Uno termina preguntándose cuánto dinero se está gastando en destruir lo que después habrá que reconstruir. Y la pregunta no es nueva. Cada época de la humanidad ha tenido sus guerras, sus ambiciones, sus ideologías y sus poderosos convencidos de que poseen la razón definitiva. Lo extraño es que hoy tenemos algo que nuestros antepasados no tenían: una capacidad tecnológica extraordinaria para resolver problemas que durante siglos parecieron imposibles, y sin embargo, seguimos haciendo muchas cosas de la misma manera.

Podemos producir electricidad con el sol, el viento o el calor de la Tierra. Podemos llevar comunicaciones y conocimiento a lugares donde antes una carta tardaba meses en llegar. La medicina tiene herramientas de prevención, diagnóstico y tratamiento que hace apenas unas décadas parecían ciencia ficción. Podemos construir viviendas más eficientes, mejorar el transporte, diseñar ciudades más habitables y desarrollar soluciones para reducir nuestra presión sobre el ambiente.

Podemos. Esa palabra merece atención, porque una cosa es poder hacer algo y otra, bastante diferente, decidir hacerlo. Ahí aparece la gran contradicción de nuestra época. Tenemos tecnología para producir más y contaminar menos, pero buena parte de nuestras decisiones continúa dependiendo de cuánto dinero puede producir una actividad. Tenemos herramientas extraordinarias para educar, pero también las utilizamos para desinformar, manipular, polarizar y convertir la atención humana en mercancía.

Tenemos capacidad para producir alimentos suficientes, pero el hambre continúa existiendo. Tenemos conocimientos para prevenir muchas enfermedades, pero con frecuencia resulta más atractivo económicamente atenderlas cuando ya aparecieron. Y tenemos alternativas para movernos de manera más limpia y eficiente, pero seguimos construyendo ciudades donde recorrer unos pocos kilómetros puede convertirse en una pequeña expedición.

La bicicleta, curiosamente, sigue allí. Una máquina bastante elemental frente a la sofisticación tecnológica de nuestro tiempo, capaz de transportar a una persona utilizando fundamentalmente dos cosas que no requieren patente: sus piernas y la voluntad de moverlas. Mientras tanto, nosotros inventamos máquinas cada vez más complejas para solucionar problemas que, en muchos casos, nosotros mismos hemos creado. Es una paradoja bastante humana.

También está nuestra relación con el planeta. Consumimos como si los recursos fueran infinitos y como si la Tierra tuviera un departamento de repuestos en alguna galaxia cercana, ¡pues no lo tiene! El planeta nos proporciona agua, alimentos, energía, biodiversidad y las condiciones necesarias para vivir. A cambio, hemos desarrollado una sorprendente capacidad para convertir casi cualquier cosa en mercancía.

El problema no es comerciar. El comercio ha acompañado a la humanidad durante miles de años y ha permitido intercambiar alimentos, conocimientos, herramientas y culturas. El problema aparece cuando el negocio termina siendo más importante que aquello que estamos negociando. Entonces el bosque se convierte en madera, el río en recurso, el suelo en lote, la atención en producto y hasta el tiempo libre en una oportunidad para vender algo. Y después nos sorprendemos porque el planeta comienza a pasarnos la factura.

No hace falta imaginar una humanidad malvada para explicar esta contradicción. Basta observar millones de decisiones individuales y colectivas que, sumadas durante décadas, terminan produciendo consecuencias que nadie parece haber querido directamente. Nos hemos vuelto extraordinariamente eficientes para hacer cosas, pero no necesariamente igual de eficientes para preguntarnos si deberíamos hacerlas.

Y mientras tanto, las ideologías siguen disputándose el derecho a explicar cómo debe funcionar el mundo. Cambian los nombres, los discursos, las banderas y los sistemas, pero demasiadas veces terminan apareciendo los mismos viejos acompañantes de la historia: corrupción, soberbia, egoísmo, ambición y vanidad.

Por supuesto, no todo está perdido. También existen sociedades que han conseguido mejorar sus condiciones de vida, ampliar derechos, reducir desigualdades, proteger parte de su naturaleza y construir instituciones que funcionan razonablemente bien. No son perfectas. Ninguna lo es, pero demuestran algo importante: las cosas pueden hacerse de otra manera.

Tal vez por eso una bicicleta termina siendo un buen lugar para pensar. Cuando voy pedaleando por el vecindario o por una ciclorruta, viendo pasar automóviles, peatones, vendedores, estudiantes, trabajadores y otros ciclistas, resulta inevitable preguntarse qué nos pasa como especie.

¿Cómo podemos enviar una nave a otro planeta y no encontrar la manera de convivir razonablemente con el vecino? ¿Cómo podemos desarrollar inteligencia artificial, medicina de precisión, energía renovable y comunicaciones globales, pero continuar resolviendo nuestras diferencias con violencia? ¿Cómo podemos conocer los efectos de nuestras acciones sobre el clima y los ecosistemas y, aun así, comportarnos como si el planeta fuera una propiedad privada?

Quizá el problema nunca fue nuestra capacidad para inventar. Quizá el problema está en decidir para qué utilizamos aquello que inventamos.

Las generaciones futuras probablemente no recordarán la mayoría de nuestras discusiones, nuestros discursos ni nuestras pequeñas batallas políticas. Pero sí vivirán las consecuencias de las decisiones que tomemos ahora.

Por eso, después de tantos siglos de civilización, quizá sería razonable que la humanidad comenzara a preguntarse algo bastante sencillo: ¿Para qué sirve tener tanto conocimiento si no aprendemos a utilizarlo para vivir mejor?

Mientras encontramos la respuesta, seguiré haciendo algo mucho más modesto: montar bicicleta. Al menos durante unos kilómetros, el mundo parece tener dos ruedas, una cadena, algunos semáforos y la posibilidad de llegar a casa sin haber declarado una guerra. Y, francamente, ya es bastante.

Un invento maravilloso, incluso sirve para reflexionar sobre nuestras realidades

La bicicleta que un día decidió no regresar a casa

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Hoy no hay que cruzar América, ni llegar a México, ni darle la vuelta al mundo. Con salir a rodar ya estamos haciendo una pequeña rebelión contra la rutina.

Hay sueños que tienen una curiosa costumbre: nunca se cumplen. Uno los guarda durante años en algún rincón de la cabeza, junto a otras cosas que dejamos para “algún día”. Ese día, por supuesto, nunca aparece en el calendario. La vida se encarga de llenarlo todo de obligaciones, cuentas, trabajo, compromisos, semáforos, trancones y reuniones que pudieron ser un correo electrónico.

Uno de esos sueños podría ser tan sencillo —y tan complicado— como tomar la bicicleta, cargarla con lo indispensable y comenzar a pedalear hacia el norte o hacia el sur del continente. Sin fecha de regreso. Sin una meta demasiado precisa. Y, si fuera posible, sin tener que explicarle a nadie por qué.

La idea parece maravillosa desde el sofá de la casa. Una bicicleta, unas alforjas, algo de ropa, herramientas, comida, agua, documentos, un teléfono y muchas ganas de conocer el mundo. En la imaginación todo funciona perfectamente: amanecer frente a una montaña, atravesar pueblos desconocidos, conversar con personas que nunca habíamos visto, descubrir paisajes que ninguna pantalla puede reproducir y terminar el día mirando las estrellas.

Lo que la imaginación suele olvidar es que al día siguiente hay que volver a montar la bicicleta. Y al siguiente también…Y al otro…Entonces comienza la verdadera aventura.

Porque recorrer miles de kilómetros en bicicleta no es simplemente una cuestión de tener buenas piernas. Es una negociación permanente con el cuerpo, con el clima, con el dinero, con las carreteras, con la soledad y, algunas veces, con la mala suerte.

La bicicleta puede ser muy democrática, pero la carretera no siempre lo es. Hay días de viento en contra, lluvia, frío, calor insoportable, hambre, cansancio y kilómetros que parecen no terminar nunca. Hay caminos que aparecen en el mapa como una delgada línea y que, en la realidad, pueden convertirse en una prueba de paciencia, resistencia y hasta de carácter.

También está el asunto del dinero. Porque viajar en bicicleta no significa viajar gratis. Hay que comer, reparar la bicicleta, comprar repuestos, pagar algún alojamiento cuando el cuerpo ya no quiere saber nada de la carpa y, por supuesto, enfrentar esas pequeñas sorpresas que el presupuesto nunca contempla. Una cadena rota tiene la desagradable costumbre de no consultar la cuenta bancaria antes de romperse.

Y si aparece una enfermedad, una lesión o un accidente, la aventura puede convertirse rápidamente en una factura. Por eso estos viajeros desarrollan una habilidad que pocas escuelas enseñan: aprender a vivir con poco.

Muchos descubren que pueden pasar días con lo indispensable, que una ducha puede convertirse en un acontecimiento extraordinario y que una cama después de ocho o diez horas sobre la bicicleta tiene propiedades casi medicinales.

También descubren algo que las grandes ciudades nos hacen olvidar: la solidaridad de la gente. En muchos relatos de cicloviajeros aparece una constante. Cuando la situación se complica, siempre puede aparecer alguien dispuesto a ayudar. Una familia que ofrece comida, alguien que permite acampar en su terreno, un mecánico que arregla una bicicleta sin cobrar o simplemente una persona que pregunta: “¿Para dónde va?”

Y esa pregunta, en medio de una carretera desconocida, puede tener un significado enorme. Pero la confianza también tiene límites. Los viajeros aprenden a recibir una mano tendida sin dejar de mirar alrededor. La carretera enseña solidaridad, pero también prudencia. No todo desconocido es un amigo y no toda invitación es inocente. Sobrevivir también significa aprender a desconfiar lo suficiente.

Hoy, además, estos aventureros llevan consigo algo que las generaciones anteriores no tenían: tecnología. GPS, teléfonos, aplicaciones de navegación, mapas digitales, cámaras, baterías externas, paneles solares y dispositivos para comunicarse. La aventura parece más segura, aunque también bastante más cara, porque hasta la libertad tiene batería y cuando la batería se acaba, volvemos a la vieja tecnología que nunca ha fallado del todo: preguntar.

“Una preparación o entrenamiento específico no tuve. Siempre he montado bicicleta, me voy al trabajo todos los días en bicicleta, regularmente los fines de semana monto uno 100 o 150 kilómetros, pero nunca había hecho un viaje tan largo. Fue más la preparación logística del viaje, la visa para Nicaragua, alistar la bicicleta y las cosas que podía llevar porque el equipaje era muy pequeño con dos camisetas y las badanas”. Entrevista en el diario El País, en México.

La historia de estos cicloviajeros está llena de nombres que demuestran que la idea no es una fantasía imposible. Andrés Gualteros, por ejemplo, convirtió la bicicleta en vehículo para recorrer el continente desde Colombia hasta México. El argentino Pablo García llevó la idea a otra dimensión: su proyecto “Pedaleando el Globo” lo llevó a recorrer cerca de 167.500 kilómetros en 106 países durante 16 años.

Nancy Sathre-Vogel y su familia demostraron que semejante aventura tampoco tiene que ser exclusivamente individual. Entre 2008 y 2011, ella, su esposo y sus dos hijos mellizos, entonces de apenas 10 años, recorrieron América en bicicleta desde Alaska, convirtiendo el viaje familiar en una verdadera expedición continental.

En Colombia también existen historias como la de Mike, conocido como “El Biciaventurero”, quien después de la pandemia decidió dejar atrás su profesión formal en Bogotá para perseguir un sueño de infancia: conocer el mundo en bicicleta. Lleva años viviendo en la ruta y recorriendo diferentes regiones de Sudamérica junto a Heidi, apostándole a una vida minimalista y autosuficiente.

Tras 21 años como maestra, Nancy Sathre-Vogel finalmente se dio cuenta de que la vida era demasiado corta para pasarla entera con los hijos de otros. Ella y su esposo dejaron sus trabajos y, junto con sus hijos gemelos, se subieron a sus bicicletas para emprender un viaje de cuatro años desde Alaska hasta Argentina.

Y está Edinson Carmona, otro cicloviajero colombiano que ha recorrido países del Cono Sur llevando consigo algo que pesa menos que una alforja: la idea de que la bicicleta también puede ser una embajadora cultural.

Son muchos más. Algunos viajan solos. Otros lo hacen en pareja. También están los grupos de cuatro o cinco ciclistas que parecen una pequeña caravana de nómadas modernos. Todos tienen algo en común: en algún momento decidieron que la vida organizada, previsible y repetitiva no era suficiente.

Porque una cosa es montar bicicleta todos los días para atravesar Bogotá, pelear con los carros, esquivar huecos, llegar a tiempo al trabajo y sobrevivir a una ciclorruta. Otra muy diferente es salir por una carretera que nunca hemos recorrido, sin saber exactamente dónde terminaremos el día.

La primera bicicleta sirve para llegar, la segunda, para descubrir y quizá ahí esté la verdadera diferencia. El cicloviajero no sabe exactamente qué encontrará después de la próxima curva. Puede aparecer una montaña, un pueblo, una tormenta, un paisaje extraordinario, un perro con vocación de perseguidor profesional o una persona que terminará ofreciéndole un plato de comida.

Cada mañana es una página en blanco. Cada noche es una pequeña victoria. Cada kilómetro deja de ser simplemente distancia para convertirse en historia. Tal vez por eso, cuando algunos de estos viajeros hablan de regresar a la vida urbana, aparece una cierta nostalgia. Porque después de pasar meses o años viviendo con lo indispensable, la ciudad puede parecer excesiva.

Demasiados objetos, demasiadas obligaciones, demasiadas cosas que supuestamente necesitamos. La carretera, en cambio, obliga a escoger. ¿Qué llevo?¿Qué dejo?¿Dónde duermo?¿Dónde como? ¿Cuánto puedo pedalear hoy?¿Y qué hago mañana? Quizá el mayor lujo del cicloviajero sea precisamente ese: volver a formular preguntas que la rutina urbana ya respondió por nosotros.

¿Y nosotros? Los que cada lunes regresamos al trabajo, al tráfico, al reloj, a las reuniones, a las facturas y a la misma ruta de siempre, ¿nos atreveríamos? ¿Cambiaríamos por un tiempo la seguridad de la ciudad por la incertidumbre de una carretera? ¿Seríamos capaces de salir sin saber exactamente dónde estaremos dentro de una semana?

Probablemente no, y tampoco pasa nada. No todos nacimos para darle la vuelta al mundo en bicicleta. Algunos apenas estamos tratando de darle una vuelta a la cuadra sin que nos cierre un automóvil.

Pero quizá el sueño no tenga que cumplirse literalmente, a veces basta con reconocer que existe, porque la bicicleta tiene esa extraña capacidad de mostrarnos dos mundos completamente diferentes. Puede ser una herramienta para sobrevivir a la ciudad, o puede convertirse en una máquina para escapar de ella. Y tal vez el verdadero viaje comience mucho antes de poner el primer pie en el pedal, comienza el día en que uno se pregunta, mirando la bicicleta apoyada contra la pared: ¿Y si mañana, en lugar de regresar a casa, sigo derecho?

Ahí comienza el problema y probablemente también comienza la aventura.

Utrecht la capital mundial de la bicicleta: apuesta al buen vivir

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Además de la administración municipal, sus habitantes tomaron la opción de los pedales al motor de los automotores.

Utrecht demuestra que una ciudad no se transforma solamente construyendo ciclorrutas. Se transforma cuando decide que la bicicleta, el transporte público y el peatón deben tener prioridad sobre el automóvil. Bogotá, con más de 600 kilómetros de ciclorrutas, tiene buena parte de la infraestructura. El reto ahora es convertirla en un verdadero sistema de movilidad.

Utrecht no se convirtió en referente mundial de la bicicleta de un día para otro. Su transformación comenzó hace más de un siglo, pero tomó un rumbo decisivo en las décadas de 1970 y 1980, cuando el crecimiento del automóvil empezó a amenazar la seguridad y el espacio público de la ciudad.

La presión ciudadana y una decisión política cambiaron el rumbo. En lugar de continuar ampliando las vías para los automóviles, Utrecht comenzó a reducir su protagonismo: disminuyó velocidades, restringió el tráfico en determinadas zonas, eliminó espacios de estacionamiento y recuperó áreas para peatones y bicicletas.

Uno de los ejemplos más simbólicos fue la recuperación del canal de Catharijnesingel. Una vía que había sido convertida en una arteria vehicular terminó siendo desmantelada para devolverle a la ciudad el agua y el espacio público.

La apuesta no consistió simplemente en pintar carriles sobre las calles. Utrecht construyó una red de cientos de kilómetros de infraestructura ciclista y la conectó con estaciones de transporte público, barrios, centros de empleo, colegios y zonas comerciales.

En la Estación Central se encuentra uno de los mayores estacionamientos de bicicletas del mundo, con capacidad para miles de vehículos. Allí se resume buena parte del secreto neerlandés: la bicicleta no compite con el transporte público; lo complementa.

Una persona puede pedalear desde su casa, dejar la bicicleta en la estación, tomar el tren y completar posteriormente su viaje nuevamente en bicicleta. De esta manera, la movilidad activa amplía el alcance del transporte colectivo y reduce la dependencia del automóvil particular.

Menos automóvil, más ciudad

Utrecht también entendió una verdad que muchas ciudades todavía evitan: favorecer la bicicleta implica, necesariamente, dejar de favorecer en la misma proporción al automóvil. La reducción de estacionamientos, la gestión del parqueo, las restricciones de circulación y los límites de velocidad hacen que conducir deje de ser la única opción cómoda para desplazarse.

Al mismo tiempo, las calles residenciales se diseñan para velocidades bajas y existen corredores donde la bicicleta tiene prioridad. El objetivo no es expulsar al automóvil de la ciudad, sino evitar que determine cómo se distribuye todo el espacio urbano.

El resultado va mucho más allá del transporte. Menos tráfico significa menos contaminación y ruido, mientras que caminar y pedalear incorporan actividad física a la vida cotidiana. Además, una bicicleta ocupa mucho menos espacio que un automóvil y genera un desgaste prácticamente insignificante sobre las vías.

Por eso, la infraestructura ciclista puede entenderse como una inversión en salud pública, productividad, espacio urbano y calidad de vida, y no simplemente como un gasto de movilidad.

La bicicleta como transporte cotidiano

Quizá una de las mayores diferencias de Utrecht está en su cultura. Allí la bicicleta no se entiende principalmente como deporte ni como símbolo ambiental. Es transporte cotidiano. La utilizan niños, trabajadores, estudiantes, adultos mayores y familias.

La infraestructura también se ha adaptado a esa diversidad. Bicicletas eléctricas, bicicletas de carga y otros vehículos de movilidad activa requieren corredores más seguros, amplios y conectados.

La ciudad ha creado, además, incentivos económicos y programas para facilitar el acceso a las bicicletas, evitando que su precio se convierta en una barrera para determinados sectores de la población. El resultado es una movilidad que no depende de la edad, el nivel de ingresos o la condición física de cada ciudadano.

Bogotá es reconocida a nivel mundial por sus ciclovías y ciclorrutas, más de 600 kilómetros establecidos al servicio de los ciclistas urbanos de la ciudad

¿Y Bogotá?

Aquí aparece la pregunta inevitable. Bogotá ya cuenta con más de 600 kilómetros de ciclorrutas y tiene una cultura ciclista que pocas ciudades latinoamericanas pueden igualar. El problema, por tanto, no es empezar de cero, el desafío es dar el siguiente paso.

La experiencia de Utrecht sugiere que Bogotá debería dejar de pensar únicamente en kilómetros de ciclorruta y comenzar a pensar en redes integradas de movilidad.

Una ciclorruta sirve realmente cuando conecta con otra, cuando permite llegar con seguridad a una estación de TransMilenio, al futuro sistema ferroviario, a un colegio, una universidad o un centro de trabajo. También cuando cuenta con estacionamientos seguros y cuando las intersecciones y cruces no obligan al ciclista a exponerse permanentemente al tráfico.

Bogotá podría aprovechar mucho más la combinación entre bicicleta y transporte masivo. Una persona que vive lejos de su lugar de trabajo no necesariamente necesita utilizar un automóvil durante todo el trayecto. Puede pedalear hasta una estación, continuar en transporte público y completar el recorrido en bicicleta. Esa combinación puede convertirse en una de las principales herramientas para reducir la dependencia del vehículo particular.

El verdadero cambio está en el espacio público

La lección más importante de Utrecht quizá no sea cuántos kilómetros de ciclorrutas tiene, sino qué hizo con el espacio que dejó de dedicar al automóvil.

Antiguas arterias vehiculares pueden convertirse en bulevares verdes. Espacios de estacionamiento pueden transformarse en zonas peatonales, parques, viviendas o áreas comerciales. Las calles pueden volver a ser lugares de encuentro y no solamente corredores para atravesar la ciudad.

También cambia la vida de los niños. Cuando existen calles seguras, velocidades bajas y rutas protegidas, aumenta la posibilidad de que puedan desplazarse por sí mismos hasta el colegio, los parques o las actividades deportivas. En otras palabras, una política de bicicleta no consiste únicamente en mover personas de un punto a otro. También consiste en devolver autonomía a los ciudadanos y espacio a la ciudad.

El Transmilenio y el Metro serán claves para mejorar la infraestructura de las ciclorrutas en beneficio de los bogotanos

La decisión que Bogotá tiene por delante

Utrecht demuestra que la transformación fue posible porque hubo continuidad política, presión ciudadana e inversión sostenida durante décadas. Bogotá ya tiene una ventaja enorme: una extensa infraestructura ciclista y millones de viajes que demuestran que la bicicleta puede ser parte de la movilidad cotidiana.

Ahora la discusión debería ser más ambiciosa. No se trata solamente de construir más ciclorrutas. Se trata de conectarlas, hacerlas seguras, integrarlas con el transporte público, reducir velocidades en los barrios, ordenar el estacionamiento y recuperar espacio público.

La pregunta no es cuántos kilómetros más de ciclorruta necesita Bogotá. La pregunta es qué ciudad quiere construir alrededor de los más de 600 kilómetros que ya tiene.

La experiencia de Utrecht ofrece una respuesta posible: una ciudad donde la bicicleta no sea una alternativa frente al automóvil, sino, junto con caminar y el transporte público, uno de los pilares de una movilidad más limpia, segura, eficiente y humana.

Para tener en cuenta…

Video de la DW. Crónica de Aditi Rajagopal. Agosto de 2026

Robots humanoides: el futuro ya llegó… y quién sabe para qué

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Actualmente, la industria de la robótica humanoide está atrayendo enormes cantidades de inversión, ya que grandes empresas, como Tesla, BYD y Amazon, están desarrollando máquinas bípedas capaces de realizar tareas que normalmente llevan a cabo las personas. (BBC News)

La noticia parece salida de una película de ciencia ficción, aunque esta vez no hubo que esperar al estreno. Según informaciones de medios internacionales, Unitree Robotics, uno de los mayores fabricantes mundiales de robots humanoides, debutó en la Bolsa de Shanghái y sus acciones cerraron la primera jornada con una subida superior al 460 %. Si la cifra se confirma, los inversionistas parecen haber entendido algo antes que muchos de nosotros: el futuro no viene caminando hacia la humanidad; ya está entrando por la puerta y camina sobre dos piernas

Los robots dejaron hace rato de ser personajes de películas. Están en las fábricas, los laboratorios, los cultivos, los hospitales, los sistemas de vigilancia ambiental y hasta en nuestras casas. Solo que la mayoría no tiene cara, brazos ni apariencia humana. Son brazos mecánicos, máquinas autónomas, aspiradoras que recorren la sala como pequeños animales domésticos o vehículos capaces de estacionarse solos mientras el conductor mira sorprendido cómo la máquina hace aquello que antes exigía cierta habilidad.

La diferencia ahora es que queremos que las máquinas se parezcan a nosotros, y ahí empieza el verdadero asunto.

Los robots humanoides de Unitree una opción Made In China para el mundo

Un robot humanoide puede cargar objetos, desplazarse por espacios diseñados para personas, realizar labores peligrosas, asistir en determinados procesos médicos, trabajar en laboratorios o acompañar a personas mayores. En sociedades donde la población envejece y donde cada vez hay menos tiempo para cuidar a los demás, la máquina aparece como una solución aparentemente perfecta.

Una sociedad con millones de dispositivos para comunicarnos, pero con cada vez menos tiempo para conversar, podría terminar inventando un robot que escuche pacientemente durante ocho horas, yY no se cansará, tampoco reclamará, ni dirá: “Eso ya me lo contaste”.

Pero el ser humano, además de práctico, es bastante peculiar. Si puede convertir una herramienta en negocio, lo hará. Y si puede convertirla en objeto de deseo, también. No tardaremos demasiado en descubrir que los robots humanoides tendrán aplicaciones que la ingeniería jamás puso en sus primeros planos. Digamos, para mantener cierta elegancia periodística, que el mercado del entretenimiento para adultos ya tiene puesta la mirada en ellos.

La humanidad lleva siglos inventando cosas extraordinarias y encontrando inmediatamente una manera bastante extraña de utilizarlas, pero el verdadero problema está en otra parte. Los mismos robots capaces de cuidar ancianos, asistir médicos o trabajar en ambientes contaminados pueden ser programados para intervenir en conflictos armados. Máquinas que no sienten miedo, cansancio ni compasión podrían convertirse en soldados perfectos para quienes entienden la guerra como un tablero de ajedrez.

La diferencia es que las piezas ya no serían seres humanos. Eso, presentado adecuadamente, podría incluso venderse como una buena noticia: los soldados dejarían de ser carne de cañón. El problema es que una máquina que no tiene miedo tampoco tiene conciencia del miedo ajeno. Recibe una orden y la ejecuta. No pregunta por qué. No negocia. No se arrepiente.

El viejo sueño militar de tener un combatiente que obedezca absolutamente podría estar encontrando su forma definitiva, y mientras unos construyen robots para salvar vidas, otros probablemente estarán pensando cómo hacerlos más eficientes para quitarlas.

El mercado mundial ofrecen muchas opciones para considerar, desde vigilancia, manufactura o compañía para humanos

La tecnología, entonces, vuelve a colocarnos frente al mismo espejo. No existe una maldad intrínseca en una máquina. Tampoco una bondad. El robot no nace generoso ni perverso. Hace aquello para lo que fue diseñado y programado. El problema, como casi siempre, está detrás de la máquina: en quién decide para qué sirve, quién controla sus capacidades y quién se queda con los beneficios.

Por eso las llamadas tierras raras, los minerales estratégicos, los semiconductores y los componentes electrónicos han adquirido una importancia geopolítica gigantesca. La nueva carrera tecnológica no consiste solamente en fabricar el robot más inteligente, rápido o parecido a un humano. También consiste en controlar las materias primas, las cadenas industriales y el conocimiento necesario para producirlo. En otras palabras: detrás del simpático robot que camina, baila o levanta una caja puede existir una disputa bastante menos simpática por el control de industrias enteras.

Y el cine, por supuesto, ya nos había advertido. Desde máquinas bondadosas que quieren aprender a ser humanas hasta ejércitos mecánicos empeñados en destruirnos, la ficción lleva décadas contando nuestras propias angustias. Curiosamente, cuando imaginamos robots inteligentes, casi siempre terminamos hablando de nosotros mismos.

Queremos máquinas que tengan nuestras virtudes, pero también les atribuimos nuestros defectos. Les damos inteligencia artificial y después nos preocupamos porque puedan comportarse como nosotros, tal vez deberíamos preocuparnos exactamente por lo contrario.

Porque el riesgo no está únicamente en que las máquinas lleguen a pensar como humanos. Está en que los humanos terminemos comportándonos como máquinas: obedeciendo órdenes, repitiendo instrucciones, trabajando sin descanso y aceptando que nuestra única función sea producir.

La historia de la explotación humana tampoco terminó con la abolición formal de la esclavitud. Cambiaron las formas, los mecanismos y las palabras. En buena parte del mundo contemporáneo todavía existen trabajadores convertidos en piezas reemplazables de enormes sistemas económicos.

Las opciones están en la medida de las ambiciones humanas. Simples robots que perfectamente pueden constituir ejércitos sin alma y de eficiencia espantosa

Ahora aparece la posibilidad de una nueva generación de trabajadores que, literalmente, no duerme, no come, no protesta y puede ser reemplazada por otra máquina cuando quede obsoleta. Paradójicamente, el robot podría terminar siendo el trabajador perfecto mientras el ser humano se pregunta qué trabajo queda para él. Ese es quizá el interrogante más importante de toda esta revolución.

Porque detrás del entusiasmo de las bolsas, de los empresarios y de quienes anuncian un mundo maravilloso lleno de máquinas inteligentes, existe una pregunta mucho más sencilla: ¿para qué queremos robots?

Si sirven para explorar lugares donde un humano moriría, atender determinadas tareas médicas, trabajar en ambientes tóxicos, ayudar a personas con discapacidad, colaborar en investigaciones científicas o facilitar la vida cotidiana, bienvenida sea la tecnología.

Si ayudan a cuidar a nuestros mayores porque nosotros no tuvimos tiempo para hacerlo, convendría, eso sí, preguntarnos qué clase de sociedad estamos construyendo. Y si finalmente terminan convertidos en soldados, esclavos industriales o juguetes de lujo para quienes puedan pagarlos, habrá que admitir que las máquinas no hicieron nada malo, simplemente aprendieron de nosotros.

Por eso, en BiciUrba tenemos una propuesta bastante más modesta para la nueva generación de robots humanoides. Que nos acompañen a montar bicicleta. Que aprendan a disfrutar del viento, de una ciudad que todavía puede recorrerse sin gasolina, del esfuerzo de subir una pendiente y de esa curiosa sensación que produce llegar cansado pero satisfecho.

Que, por una vez, una máquina nos ayude a recuperar algo que ninguna inteligencia artificial puede fabricar por nosotros: el placer de sentirnos vivos. Porque mientras los poderosos se disputan los minerales, los chips, los mercados y el control del futuro, quizá los humanos deberíamos conservar al menos una pequeña parcela de autonomía.

La de pedalear y decidir hacia dónde vamos. Eso sí: esperemos que el robot no termine pedaleando por nosotros, porque ahí sí habremos llegado demasiado lejos.

El cine nos trae muchas versiones de los robots y los humanos, en el fondo solo cuentan nuestras propias historias llenas de virtudes y de vicios, de bondad y maldad. Las tecnologías no son buenas ni malas peerse, todo depende de quién está detrás de ellas.

La humanidad: entre la bicicleta y el misil

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Todas las guerras entre pueblos terminan en lo mismo, destrucción y muerte.

La historia de la humanidad podría escribirse como una larga disputa entre dos fuerzas: la capacidad para destruir y la capacidad para cuidar. Hemos sido capaces de levantar ciudades, descubrir vacunas, llegar al espacio y comunicarnos instantáneamente con cualquier lugar del planeta. Pero también hemos construido armas capaces de borrar ciudades enteras en cuestión de segundos.

No es una contradicción reciente. Desde los antiguos imperios hasta las potencias contemporáneas, el poder ha utilizado casi siempre un argumento parecido: convencer a los demás de que su verdad es la única que merece sobrevivir. Después vienen las fronteras, las invasiones, las guerras, los impuestos, los bloqueos económicos, las amenazas y, finalmente, las armas.

Cambian los uniformes, los discursos y la tecnología. El mecanismo parece conservarse.

El poder de los clanes, de las familias, de las élites económicas y políticas tampoco nació ayer. Siempre ha habido quienes se consideran destinados a mandar y quienes terminan destinados a obedecer. Una curiosa clasificación humana, porque al final todos compartimos exactamente la misma condición: nacemos, vivimos durante un tiempo y morimos.

Ni siquiera el hombre más poderoso del planeta ha encontrado todavía la manera de negociar con la muerte.

Mientras tanto, la humanidad ha convertido la guerra en una industria gigantesca. Se fabrican aviones, misiles, drones, barcos, sistemas de vigilancia y sofisticadas herramientas tecnológicas para destruir al enemigo antes de que el enemigo pueda destruirnos. Se gastan fortunas en preparar para matar a miles de personas en ejércitos donde solo son cifras y códigos, no seres humanos. Mientras tanto, millones de personas siguen sin tener agua potable, vivienda digna, alimentación suficiente o un transporte que les permita llegar a trabajar sin jugarse la vida en el camino.

Hay aquí una paradoja difícil de explicar. Somos capaces de enviar una máquina a otro planeta, pero seguimos sin resolver cómo convivir con el vecino de la casa de al lado.

Y ahora hemos agregado un nuevo ingrediente: la inteligencia artificial. Una tecnología con posibilidades extraordinarias para la medicina, la educación, la ciencia, la movilidad y el conocimiento, pero que también puede convertirse en una herramienta para manipular información, vigilar poblaciones, profundizar conflictos y hacer más eficiente la maquinaria de la confrontación.

La tecnología, por sí sola, no tiene moral. La moral sigue siendo responsabilidad de quien la utiliza.

Y quizá ahí esté uno de los grandes problemas de nuestra época. Hemos confundido desarrollo con acumulación de poder. Creemos que una sociedad es más avanzada porque tiene más armas, más dinero, más capacidad de consumo o mayor dominio tecnológico. Mientras tanto, el planeta nos recuerda, con terremotos, sequías, inundaciones, incendios, pérdida de biodiversidad y temperaturas extremas, que existe una cuenta pendiente que ninguna potencia puede pagar con dinero.

La naturaleza tampoco reconoce imperios, una tormenta no pregunta quién gobierna. Una sequía no distingue entre ricos y pobres. Un río desbordado no consulta ideologías. Y un terremoto, como tantas veces hemos visto, puede reducir en segundos las diferencias sociales que durante décadas parecieron inamovibles.

Pero existe otra humanidad, la que aparece cuando ocurre una tragedia. La que comparte comida, abre una puerta, presta una herramienta, carga una caja o simplemente pregunta: “¿En qué puedo ayudar?”. Esa humanidad también existe y, aunque suele ocupar mucho menos espacio en las noticias, probablemente sea mucho más numerosa.

En Colombia lo hemos visto recientemente. Frente al dolor provocado por una tragedia, ciudadanos comunes han convertido sus vehículos, sus manos y su tiempo en instrumentos de solidaridad. Entre ellos, ciclistas que decidieron utilizar sus bicicletas para transportar ayudas hacia los centros de acopio. No tenían ejércitos. No tenían misiles. No tenían grandes presupuestos. Tenían una bicicleta, y quizá allí aparece una metáfora que BiciUrba no puede dejar pasar.

Una bicicleta es una máquina extraordinariamente sencilla. No necesita petróleo para moverse, no dispara contra nadie, no invade territorios y no necesita una frontera para funcionar. Puede llevar a una persona al trabajo, transportar alimentos, acercar una ayuda humanitaria o simplemente permitir que alguien regrese a casa. No pretende conquistar el mundo, solo avanzar. Tal vez la humanidad necesite recuperar precisamente esa capacidad: avanzar sin destruir al que viene al lado.

Porque mientras los grandes poderes discuten territorios, mercados, recursos estratégicos y zonas de influencia, la vida cotidiana continúa dependiendo de cosas mucho más elementales: agua, alimentos, aire limpio, vivienda, salud, movilidad y seguridad. Y de algo todavía más sencillo: que los seres humanos se reconozcan como seres humanos, no somos cosas intercambiables. No somos cifras para una estadística militar. No somos población prescindible. No somos enemigos por nacimiento.

La historia nos ha demostrado demasiadas veces lo que ocurre cuando olvidamos esa verdad y que también debería enseñarnos algo más. Que ningún imperio es eterno. Ninguna fortuna acompaña a su dueño después de la muerte. Ningún gobernante consigue llevarse sus palacios. Y ningún fabricante de armas ha encontrado todavía la manera de fabricar un proyectil que pueda detener el paso del tiempo.

Los poderosos también mueren.

La diferencia está en qué dejan detrás. Algunos dejan monumentos, fronteras, ruinas y cementerios. Otros dejan instituciones, conocimiento, solidaridad, árboles plantados, ciudades más habitables y personas que recuerdan que alguna vez alguien decidió hacer el bien sin esperar nada a cambio.

Entre una bicicleta y un misil existe una diferencia tecnológica enorme, pero existe una diferencia humana todavía mayor. Una sirve para llegar, el otro, para destruir.

Quizá el verdadero progreso de la humanidad consista en descubrir, de una vez por todas, que no necesitamos llegar primeros a ninguna parte si para hacerlo tenemos que destruir el camino y dejar atrás a los demás. Porque, al final, todos vamos hacia el mismo destino. Y sería bastante más inteligente pedalear juntos mientras llegamos.

Cuando podamos entender que el poder es efímero, que el dinero es un acuerdo pero que en la realidad no vale nada, que la arrogancia, vanidad y soberbia solo conducen al fracaso, al olvido y entender que somos efímeros, nos vamos de esta realidad lo queramos o no,

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