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La bicicleta que un día decidió no regresar a casa

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Hoy no hay que cruzar América, ni llegar a México, ni darle la vuelta al mundo. Con salir a rodar ya estamos haciendo una pequeña rebelión contra la rutina.

Hay sueños que tienen una curiosa costumbre: nunca se cumplen. Uno los guarda durante años en algún rincón de la cabeza, junto a otras cosas que dejamos para “algún día”. Ese día, por supuesto, nunca aparece en el calendario. La vida se encarga de llenarlo todo de obligaciones, cuentas, trabajo, compromisos, semáforos, trancones y reuniones que pudieron ser un correo electrónico.

Uno de esos sueños podría ser tan sencillo —y tan complicado— como tomar la bicicleta, cargarla con lo indispensable y comenzar a pedalear hacia el norte o hacia el sur del continente. Sin fecha de regreso. Sin una meta demasiado precisa. Y, si fuera posible, sin tener que explicarle a nadie por qué.

La idea parece maravillosa desde el sofá de la casa. Una bicicleta, unas alforjas, algo de ropa, herramientas, comida, agua, documentos, un teléfono y muchas ganas de conocer el mundo. En la imaginación todo funciona perfectamente: amanecer frente a una montaña, atravesar pueblos desconocidos, conversar con personas que nunca habíamos visto, descubrir paisajes que ninguna pantalla puede reproducir y terminar el día mirando las estrellas.

Lo que la imaginación suele olvidar es que al día siguiente hay que volver a montar la bicicleta. Y al siguiente también…Y al otro…Entonces comienza la verdadera aventura.

Porque recorrer miles de kilómetros en bicicleta no es simplemente una cuestión de tener buenas piernas. Es una negociación permanente con el cuerpo, con el clima, con el dinero, con las carreteras, con la soledad y, algunas veces, con la mala suerte.

La bicicleta puede ser muy democrática, pero la carretera no siempre lo es. Hay días de viento en contra, lluvia, frío, calor insoportable, hambre, cansancio y kilómetros que parecen no terminar nunca. Hay caminos que aparecen en el mapa como una delgada línea y que, en la realidad, pueden convertirse en una prueba de paciencia, resistencia y hasta de carácter.

También está el asunto del dinero. Porque viajar en bicicleta no significa viajar gratis. Hay que comer, reparar la bicicleta, comprar repuestos, pagar algún alojamiento cuando el cuerpo ya no quiere saber nada de la carpa y, por supuesto, enfrentar esas pequeñas sorpresas que el presupuesto nunca contempla. Una cadena rota tiene la desagradable costumbre de no consultar la cuenta bancaria antes de romperse.

Y si aparece una enfermedad, una lesión o un accidente, la aventura puede convertirse rápidamente en una factura. Por eso estos viajeros desarrollan una habilidad que pocas escuelas enseñan: aprender a vivir con poco.

Muchos descubren que pueden pasar días con lo indispensable, que una ducha puede convertirse en un acontecimiento extraordinario y que una cama después de ocho o diez horas sobre la bicicleta tiene propiedades casi medicinales.

También descubren algo que las grandes ciudades nos hacen olvidar: la solidaridad de la gente. En muchos relatos de cicloviajeros aparece una constante. Cuando la situación se complica, siempre puede aparecer alguien dispuesto a ayudar. Una familia que ofrece comida, alguien que permite acampar en su terreno, un mecánico que arregla una bicicleta sin cobrar o simplemente una persona que pregunta: “¿Para dónde va?”

Y esa pregunta, en medio de una carretera desconocida, puede tener un significado enorme. Pero la confianza también tiene límites. Los viajeros aprenden a recibir una mano tendida sin dejar de mirar alrededor. La carretera enseña solidaridad, pero también prudencia. No todo desconocido es un amigo y no toda invitación es inocente. Sobrevivir también significa aprender a desconfiar lo suficiente.

Hoy, además, estos aventureros llevan consigo algo que las generaciones anteriores no tenían: tecnología. GPS, teléfonos, aplicaciones de navegación, mapas digitales, cámaras, baterías externas, paneles solares y dispositivos para comunicarse. La aventura parece más segura, aunque también bastante más cara, porque hasta la libertad tiene batería y cuando la batería se acaba, volvemos a la vieja tecnología que nunca ha fallado del todo: preguntar.

“Una preparación o entrenamiento específico no tuve. Siempre he montado bicicleta, me voy al trabajo todos los días en bicicleta, regularmente los fines de semana monto uno 100 o 150 kilómetros, pero nunca había hecho un viaje tan largo. Fue más la preparación logística del viaje, la visa para Nicaragua, alistar la bicicleta y las cosas que podía llevar porque el equipaje era muy pequeño con dos camisetas y las badanas”. Entrevista en el diario El País, en México.

La historia de estos cicloviajeros está llena de nombres que demuestran que la idea no es una fantasía imposible. Andrés Gualteros, por ejemplo, convirtió la bicicleta en vehículo para recorrer el continente desde Colombia hasta México. El argentino Pablo García llevó la idea a otra dimensión: su proyecto “Pedaleando el Globo” lo llevó a recorrer cerca de 167.500 kilómetros en 106 países durante 16 años.

Nancy Sathre-Vogel y su familia demostraron que semejante aventura tampoco tiene que ser exclusivamente individual. Entre 2008 y 2011, ella, su esposo y sus dos hijos mellizos, entonces de apenas 10 años, recorrieron América en bicicleta desde Alaska, convirtiendo el viaje familiar en una verdadera expedición continental.

En Colombia también existen historias como la de Mike, conocido como “El Biciaventurero”, quien después de la pandemia decidió dejar atrás su profesión formal en Bogotá para perseguir un sueño de infancia: conocer el mundo en bicicleta. Lleva años viviendo en la ruta y recorriendo diferentes regiones de Sudamérica junto a Heidi, apostándole a una vida minimalista y autosuficiente.

Tras 21 años como maestra, Nancy Sathre-Vogel finalmente se dio cuenta de que la vida era demasiado corta para pasarla entera con los hijos de otros. Ella y su esposo dejaron sus trabajos y, junto con sus hijos gemelos, se subieron a sus bicicletas para emprender un viaje de cuatro años desde Alaska hasta Argentina.

Y está Edinson Carmona, otro cicloviajero colombiano que ha recorrido países del Cono Sur llevando consigo algo que pesa menos que una alforja: la idea de que la bicicleta también puede ser una embajadora cultural.

Son muchos más. Algunos viajan solos. Otros lo hacen en pareja. También están los grupos de cuatro o cinco ciclistas que parecen una pequeña caravana de nómadas modernos. Todos tienen algo en común: en algún momento decidieron que la vida organizada, previsible y repetitiva no era suficiente.

Porque una cosa es montar bicicleta todos los días para atravesar Bogotá, pelear con los carros, esquivar huecos, llegar a tiempo al trabajo y sobrevivir a una ciclorruta. Otra muy diferente es salir por una carretera que nunca hemos recorrido, sin saber exactamente dónde terminaremos el día.

La primera bicicleta sirve para llegar, la segunda, para descubrir y quizá ahí esté la verdadera diferencia. El cicloviajero no sabe exactamente qué encontrará después de la próxima curva. Puede aparecer una montaña, un pueblo, una tormenta, un paisaje extraordinario, un perro con vocación de perseguidor profesional o una persona que terminará ofreciéndole un plato de comida.

Cada mañana es una página en blanco. Cada noche es una pequeña victoria. Cada kilómetro deja de ser simplemente distancia para convertirse en historia. Tal vez por eso, cuando algunos de estos viajeros hablan de regresar a la vida urbana, aparece una cierta nostalgia. Porque después de pasar meses o años viviendo con lo indispensable, la ciudad puede parecer excesiva.

Demasiados objetos, demasiadas obligaciones, demasiadas cosas que supuestamente necesitamos. La carretera, en cambio, obliga a escoger. ¿Qué llevo?¿Qué dejo?¿Dónde duermo?¿Dónde como? ¿Cuánto puedo pedalear hoy?¿Y qué hago mañana? Quizá el mayor lujo del cicloviajero sea precisamente ese: volver a formular preguntas que la rutina urbana ya respondió por nosotros.

¿Y nosotros? Los que cada lunes regresamos al trabajo, al tráfico, al reloj, a las reuniones, a las facturas y a la misma ruta de siempre, ¿nos atreveríamos? ¿Cambiaríamos por un tiempo la seguridad de la ciudad por la incertidumbre de una carretera? ¿Seríamos capaces de salir sin saber exactamente dónde estaremos dentro de una semana?

Probablemente no, y tampoco pasa nada. No todos nacimos para darle la vuelta al mundo en bicicleta. Algunos apenas estamos tratando de darle una vuelta a la cuadra sin que nos cierre un automóvil.

Pero quizá el sueño no tenga que cumplirse literalmente, a veces basta con reconocer que existe, porque la bicicleta tiene esa extraña capacidad de mostrarnos dos mundos completamente diferentes. Puede ser una herramienta para sobrevivir a la ciudad, o puede convertirse en una máquina para escapar de ella. Y tal vez el verdadero viaje comience mucho antes de poner el primer pie en el pedal, comienza el día en que uno se pregunta, mirando la bicicleta apoyada contra la pared: ¿Y si mañana, en lugar de regresar a casa, sigo derecho?

Ahí comienza el problema y probablemente también comienza la aventura.

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