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El agua no sale de la llave: también pedalea por la vida

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El agua es un bien preciado para todo el paneta, solo que se nosl olvida cuando tomamos una ducha de tiempo infinito

Hay un momento del día en el que casi nadie piensa en el planeta: cuando abre la ducha y deja caer sobre el cuerpo un chorro de agua tibia. Parece un acto cotidiano, casi automático. Abrimos la llave, esperamos unos segundos y allí está.

Pero que haya agua en una casa, en una ducha, en un sanitario o en la cocina es mucho más que un asunto de tuberías, bombas, tanques y plantas de tratamiento. Es el resultado visible de un enorme sistema natural que lleva millones de años funcionando: el ciclo del agua. El problema es que ese ciclo ya no funciona con la regularidad que conocíamos.

La Organización Meteorológica Mundial (OMM), en su más reciente informe sobre el estado de los recursos hídricos mundiales, acaba de advertir que el ciclo del agua se está volviendo cada vez más irregular e imprevisible. El año 2025 estuvo entre los más secos para los caudales de los ríos en los últimos 35 años y, por séptimo año consecutivo, las cuencas con condiciones consideradas normales fueron claramente minoritarias.

Y aquí aparece una palabra que ya forma parte de nuestras conversaciones cotidianas: El Niño.

Este fenómeno natural altera los patrones de lluvia y temperatura en diferentes regiones del planeta. En las condiciones actuales, la OMM advierte que un El Niño en fortalecimiento puede aumentar el riesgo de sequías en unas zonas y de lluvias e inundaciones en otras.

Pero el problema no está únicamente en lo que cae del cielo. El agua también está desapareciendo de las reservas que durante siglos funcionaron como una especie de caja de ahorros de la humanidad. Las aguas subterráneas, los lagos, los ríos, la humedad del suelo, la nieve y los glaciares forman parte de ese almacenamiento continental. Según la OMM, esta reserva lleva aproximadamente una década disminuyendo.

Los glaciares ofrecen una señal particularmente preocupante. Por cuarto año consecutivo, todas las grandes regiones glaciares registraron pérdida de masa. Entre 2023 y 2025 desaparecieron, acumuladamente, unas 1.400 gigatoneladas de agua almacenada en los glaciares. Es una cifra difícil de imaginar, pero sirve para entender la magnitud del problema: equivale aproximadamente al agua de 560 millones de piscinas olímpicas.

Las aguas subterráneas tampoco están enviando buenas noticias. Casi dos terceras partes de los pozos monitoreados en el mundo presentaron en 2025 condiciones fuera de su comportamiento histórico.

Entonces, ¿qué hacemos nosotros frente a semejante escenario? Tal vez comenzar por algo tan sencillo como dejar de comportarnos como si el agua fuera infinita.

Una ducha más corta. Una llave que no permanezca abierta innecesariamente. Reparar una fuga. Reutilizar, cuando sea posible y seguro, el agua doméstica. Recoger agua lluvia para usos que no requieran agua potable. Regar en las horas adecuadas. No convertir el sanitario en una papelera. No lavar vehículos, pisos o aceras como si el planeta tuviera una fuente inagotable detrás de cada grifo.

El fenómeno de El Niño y de la Niña, la perdida constante de glaciares y aguas subterraneas, ríos que pierden caudal y represas que se secan.

Son pequeños actos, sí. Pero millones de pequeños actos construyen una cultura. Y aquí aparece nuestra querida bicicleta. No porque una bicicleta vaya a solucionar por sí sola la crisis mundial del agua. Sería absurdo decirlo. Pero sí puede formar parte de una manera diferente de relacionarnos con los recursos naturales.

Una bicicleta no necesita gasolina ni diésel para desplazarnos. No requiere combustibles para llevarnos al trabajo, a estudiar, a comprar el pan o simplemente a dar una vuelta. Consume energía humana y, en comparación con un automóvil, o una motocicleta demanda muchos menos recursos para realizar desplazamientos cotidianos.

Incluso su limpieza puede ser un pequeño ejemplo de sobriedad: un trapo, un poco de agua y sentido común suelen ser suficientes para mantenerla en condiciones dignas. No hace falta convertir cada bicicleta en una pieza de exhibición bañada diariamente con litros de agua.

La relación entre bicicleta y agua, entonces, no está solamente en el balde utilizado para lavarla. Está en todo lo que evitamos consumir cuando elegimos movernos de una manera más sencilla.

Menos combustibles fósiles significan menos emisiones. Menos emisiones ayudan a enfrentar el calentamiento del planeta, que está alterando el comportamiento de la atmósfera y del ciclo hidrológico. Y cuidar el agua significa, también, cuidar los ecosistemas que hacen posible nuestra propia existencia.

El agua no desaparece: circula. Se evapora, forma nubes, precipita, corre por los ríos, penetra en el suelo, alimenta acuíferos, se almacena en lagos y glaciares y vuelve nuevamente a la atmósfera.

Ese es el maravilloso ciclo del agua. Lo que estamos haciendo es alterar las condiciones en las que ese ciclo ocurre. Por eso quizá sea hora de mirar la ducha, la llave, el río, el glaciar y también la bicicleta como partes de una misma conversación. Una conversación sencilla: si queremos seguir pedaleando sobre este planeta, primero tenemos que ayudar a que el planeta conserve el agua que hace posible la vida y llevar una caramañola llena en nuestras bicicletas todos los días.

Una forma muy especial de usar la bici

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Más que salir a pedaler, es una oportunidad para recuperar vida y hacer amistades

En San Juan la bicicleta no es solo un aparato a tener en casa, es mucho más. Esto lo entienden tanto mujeres como hombres, y aquí si que no importa la edad, prefesión u oficio. Y hay ruras que son permanentes espacios para entrenar, exigirse, quizás hacer sufrir un poco a las piernas, pero todos encuentran en la Ruta del Sol, que les lleva hasta el Dique de Ullun, una meta por lograr.

En esa ruta se quedan todos los espantos, angustias y problems, porque la bici no solo es ejercicio, es terapia personal, aunque se vaya en grupo. Lo interesante es que la mayoria van solos y con el tiempo se van uniendo, alrededor de la bici- Y no se propone comprar la super bici, bueno eso llega con el tiempo y en ciertas circunstancias, pero la primera bici se mantiene por muchos años.

Adrian Murciano es testigo y parte de esta locura colectiva, por demás muy positiva, que vive en la sociedad sanjuanina. Aquí su testimonio.

Dos ruedas, muchas historias: las mujeres que pedalean en San Juan- Argentina

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“Hay límites que no se rompen a gritos ni a golpes. Algunos simplemente se pedalean hasta dejarlos atrás.”

Hay bicicletas que sirven para ir al trabajo, llevar a los hijos al colegio, hacer mercado o simplemente escapar durante un rato del ruido de la ciudad. Otras cargan equipaje y se convierten en compañeras de aventuras capaces de atravesar países, cordilleras y fronteras. También están aquellas que parecen construidas para hacer las locuras más disparatadas sobre dos ruedas.

Pero existe otra bicicleta. Una mucho más íntima. Es la bicicleta que permite conversar con uno mismo mientras las piernas trabajan, los ojos recorren el camino y los brazos sostienen el manubrio. Una máquina aparentemente sencilla que, cuando encuentra a la persona adecuada, termina convirtiéndose en una especie de espacio personal con ruedas.

En San Juan, Argentina, esa historia tiene rostro de mujer.

Por las calles y rutas cercanas a la ciudad aparecen grupos de mujeres que han convertido la bicicleta en una compañera habitual. Salen a rodar durante dos o tres horas, recorren kilómetros, regresan cansadas y, probablemente, con las piernas reclamando un poco de consideración. Algunas pedalean todos los días; otras lo hacen día por medio.

Amira Yanadel de buzo azul con tres de sus compañeras de ruta

No parecen buscar solamente velocidad ni kilómetros. Hay algo más. Uno de esos grupos es Victoria Team, integrado por cerca de 60 mujeres de distintas edades, ocupaciones y profesiones. Al frente está Amira Yanadel, profesora de Educación Física, una formación que ayuda a entender que el deporte no necesariamente consiste en derrotar a alguien más.

A veces la competencia más importante ocurre con nosotros mismos.

El deporte puede ser reto personal, disciplina, esfuerzo, perseverancia y, sobre todo, la posibilidad de descubrir capacidades que estaban allí, esperando una oportunidad. La bicicleta simplemente ofrece el escenario.

Cada salida tiene una pequeña historia. Una subida que antes parecía imposible. Una distancia que daba miedo. Un ritmo que costaba sostener. Un regreso en el que el cansancio confirma que el cuerpo todavía tiene mucho que decir.

Y en ese proceso aparece algo particularmente interesante: la posibilidad de desmontar algunos de los límites que la sociedad ha colocado históricamente sobre las mujeres.

No hace falta convertir la bicicleta en una pancarta ni en un discurso. Basta con pedalear.

Porque cuando una mujer decide salir, avanzar, sudar, cansarse y completar una ruta que se había propuesto, está haciendo algo mucho más profundo que ejercicio. Está comprobando, en primera persona, que puede enfrentarse a sus propios temores.

La bicicleta no hace milagros. Tampoco es psicóloga ni psiquiatra. No reemplaza a profesionales cuando se necesita ayuda especializada.

Pero puede ser una amiga extraordinariamente sincera. Una de esas amigas que no interrumpe mientras uno piensa. Que no pregunta demasiado. Que simplemente acompaña. Y cuando llega una subida, cambia la relación entre plato y piñón y parece decir: “Vamos, todavía podemos”.

Entonces ocurre algo curioso. La cabeza empieza a negociar con las piernas. El cuerpo dice que está cansado, pero la voluntad responde que todavía quedan unos metros. Aparece el límite y, detrás de él, otro pequeño esfuerzo hasta que se llega.

Tal vez sea una meta de dos horas. Tal vez una distancia determinada. Tal vez simplemente el regreso a casa. Lo importante no siempre está en el número que marca el ciclocomputador. Está en la sensación de haber cumplido aquello que unas horas antes parecía difícil.

Hay una especie de aprendizaje en el cansancio porque montar en bicicleta también es darse tiempo. para pensar, para respirar, para reconocer capacidades y límites. Incluso para perdonarse. Y esto último quizá sea una de las tareas más difíciles.

Somos mucho más generosos castigándonos por lo que no hicimos que reconociendo aquello que sí conseguimos, así la bicicleta propone otra conversación, no exige perfección, solo exige movimiento.

Por eso resulta tan interesante observar a estas mujeres sanjuaninas rodando juntas. Cada una tiene su propia historia, sus obligaciones, sus preocupaciones, sus alegrías y sus asuntos pendientes. Pero durante unas horas comparten una ruta y una decisión: pedalear.

La compañera que va adelante puede marcar el ritmo. La que viene detrás puede necesitar un poco de aliento. Una puede tener más experiencia; otra, menos kilómetros. Y, sin embargo, todas forman parte de la misma salida.

Ahí aparece otra de las virtudes de la bicicleta: iguala. No pregunta profesión, salario, edad ni cargo. Dos ruedas, un manubrio, pedales y una ruta. Lo demás queda momentáneamente estacionado.

Y quizá por eso Victoria Team y otros grupos de mujeres ciclistas representan una escena que merece ser contada. No porque estén haciendo algo extraordinario en el sentido espectacular de la palabra, sino porque están haciendo algo profundamente cotidiano: apropiarse de su tiempo, de su cuerpo, de sus decisiones y de sus caminos.

Son mujeres y bicicletas empoderadas, sí, pero sin necesidad de estereotipos ni discursos panfletarios. Simplemente mujeres que encontraron en una máquina maravillosa una compañera para sentirse mejor.

Después de dos o tres horas, regresan a sus casas. Allí siguen siendo madres, esposas, profesionales, trabajadoras, amigas y ciudadanas. La vida cotidiana no desaparece porque hayan pedaleado.

Pero quizá ellas sí regresan un poco diferentes. Con menos miedo. Con más confianza. Con la satisfacción de haber superado una subida, una distancia o, quién sabe, alguno de esos monstruos invisibles que todos cargamos alguna vez.

La bicicleta no promete cambiar la vida, pero a veces basta con que nos ayude a cambiar la manera de mirarla. Y mientras estas mujeres sigan pedaleando por San Juan, habrá una pequeña certeza rodando por sus calles: hay límites que no se rompen a gritos ni a golpes. Algunos simplemente se pedalean hasta dejarlos atrás.

Cuando cae la tarde…

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El día termina, llega la noche y es tiempo de pensar un poco, rodando en bicicleta

Cuando llega la tarde y el sol comienza a bajar, las grandes ciudades activan su propio mecanismo de supervivencia. No importa demasiado si el día fue bueno, malo o simplemente interminable: hay que volver a casa, llegar al segundo trabajo, recoger a los hijos, estudiar, hacer compras, responder mensajes y, si queda algo de energía, recordar que también existe una vida personal.

En teoría, muchas jornadas deberían terminar a las seis de la tarde. En la práctica, a esa hora comienza otra.

Las calles se llenan de personas que corren sin que nadie haya anunciado una emergencia. Corren hacia el colectivo, hacia el metro, hacia el auto, hacia una reunión, hacia el gimnasio o hacia ese misterioso lugar llamado “casa”, donde supuestamente uno descansa. La palabra “descanso”, conviene aclararlo, pertenece cada vez más al museo de las buenas intenciones.

En las ciudades pequeñas, en cambio, existe todavía esa institución casi revolucionaria que llamamos siesta. Mientras el resto del mundo discute sobre productividad, inteligencia artificial y cómo conseguir hacer más cosas en menos tiempo, alguien sensato decidió cerrar las persianas y dormir.

Dos horas. A veces tres. No es pereza. Es una forma de civilización.

El comercio vuelve a la actividad durante la tarde y la jornada laboral retoma su curso después de ese paréntesis que parece un lujo, aunque durante mucho tiempo fue simplemente una costumbre. Algunos aprovechan para dormir. Otros hacen deporte, salen a caminar, toman mate, conversan o se dedican a esas actividades que no producen absolutamente nada, que quizá por eso mismo resultan tan saludables.

Después llega la noche.

En algunos lugares, realmente llega la noche. La jornada termina y aparece la posibilidad de salir a comer algo rico, sentarse en un lugar agradable, escuchar buena música, conversar con alguien querido y mirar alrededor como si la vida tuviera, de vez en cuando, la delicadeza de una película.

Claro que eso también tiene algo de fantasía, porque mientras unos imaginan una cena perfecta, otros salen del trabajo pensando en la tarjeta de crédito. La gastronomía de autor puede esperar; la factura de electricidad, aparentemente, no.

También están quienes se dirigen al gimnasio. Allí comienza otra batalla, esta vez contra las calorías, la gravedad y el paso del tiempo. Hay que quemar las energías que quedaron después de trabajar ocho, diez o doce horas, mientras las pantallas prometen abdominales perfectos, músculos perfectamente imperfectos y una juventud que, convenientemente, siempre parece estar a tres cuotas sin interés.

Ellas y ellos sudan frente a espejos enormes, porque incluso el esfuerzo físico necesita testigos.

Y, sin embargo, todas esas escenas —la siesta, el restaurante, el gimnasio, la carrera hacia casa, la ciudad encendiendo sus luces— pertenecen a un mundo que, por momentos, parece vivir en una burbuja. Porque en otros lugares del planeta la tarde tiene otro significado.

No se espera la hora de cenar. Se espera que no caiga una bomba. No se piensa en qué restaurante elegir. Se piensa en conseguir comida. No se discute si conviene ir al gimnasio o quedarse en casa. Se intenta encontrar un lugar donde la casa siga en pie.

Hay millones de personas para quienes el final del día no significa descanso, sino otra prueba. Sobrevivir la noche. Conseguir agua. Encontrar medicinas. Proteger a los hijos. Dormir con un oído despierto. Esperar que llegue la mañana y que ojalá traiga algo parecido a una oportunidad.

Las guerras tienen esa capacidad extraordinaria de convertir lo cotidiano en un lujo.

Y mientras tanto, quienes estamos lejos de ellas seguimos con nuestras pequeñas tragedias domésticas: el tránsito, el jefe, el precio del supermercado, el celular sin batería, la contraseña que olvidamos, el gimnasio al que prometimos ir tres veces por semana y esa reunión que pudo haber sido un correo electrónico.

Es el mundo que hemos construido. Y no precisamente ayer.

Un mundo capaz de desarrollar inteligencia artificial para escribir poemas, diagnosticar enfermedades o responder preguntas en segundos, pero que todavía no encuentra la manera de impedir que seres humanos maten a otros seres humanos por territorio, poder, religión, dinero o banderas.

La ironía alcanza su punto máximo cuando aparecen declaraciones sobre el futuro de la inteligencia artificial. Donald Trump, por ejemplo, sostuvo que frente a los riesgos de esta tecnología la protección necesaria pasa por contar con un presidente “fuerte e inteligente”, incluso haciendo énfasis en el coeficiente intelectual. La humanidad lleva siglos intentando controlar sus propios impulsos y ahora parece haber descubierto que el problema fundamental era no tener suficiente IQ en la Casa Blanca.

En fin.

Quizá por hoy sea mejor apagar los noticieros. No porque lo que ocurre no importe, sino porque también hace falta respirar. Hay días en que uno necesita desconectarse un rato del ruido del mundo para recordar que todavía existe el mundo.

Así que esta tarde prefiero la bicicleta. Salir al parque. Rodar un poco. Mirar cómo el sol se esconde detrás de los árboles y cómo la noche comienza lentamente a ocupar su lugar. Dejar que el cuerpo haga algo tan elemental como avanzar mientras la cabeza, por un rato, deja de intentar entenderlo todo.

A quienes puedan, disfruten. Una comida, una conversación, una siesta, una caminata, una canción. No hace falta convertir cada minuto en una hazaña productiva.

A quienes sobreviven cada día en medio de la guerra, el hambre y la incertidumbre: paciencia, voluntad y esperanza.

Y por las víctimas de todas las guerras, una oración.

Yo seguiré pedaleando, quizá porque, al final, mientras unos buscan conquistar el mundo, otros apenas intentamos llegar a casa antes de que anochezca. Y, visto cómo va todo, pedalear despacio tampoco parece una mala estrategia de supervivencia.

La vieja historia del saqueo, ahora con inteligencia artificial

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La tecnología promete conducirnos al futuro, pero para llegar hasta allí vuelve a depender de una vieja práctica: extraer del planeta todo aquello que considera indispensable, justificando todo tipo de guerra y dominación

Hay historias que nunca terminan de contarse porque, en realidad, nunca terminan de suceder. Una de ellas es la explotación de los minerales del planeta. La humanidad cambia de imperios, de banderas, de tecnologías y hasta de discursos, pero mantiene una sorprendente fidelidad a una vieja costumbre: encontrar algo valioso bajo tierra, declarar que es indispensable para el progreso y proceder a extraerlo con la mayor velocidad posible.

Algo parecido ha ocurrido con la agricultura a gran escala. El azúcar, el té, la palma de aceite, las maderas, el trigo, la cebada y muchos otros productos han sido, en distintos momentos de la historia, mucho más que simples alimentos o materias primas. Han servido para construir fortunas, financiar imperios y consolidar poderes políticos. También han dejado a su paso pobreza, guerras, desplazamientos, explotación laboral y, por supuesto, discursos solemnes sobre el desarrollo.

La geografía ha hecho su parte. Las riquezas están repartidas por el planeta y, casualmente, no siempre se encuentran debajo de las casas de quienes tienen el dinero, la tecnología o el poder para explotarlas. De modo que el comercio global, las necesidades industriales y los avances tecnológicos han terminado por convertir territorios enteros en piezas de un gigantesco tablero económico.

El procedimiento tampoco ha cambiado demasiado. Llega el buscador de recursos, acompañado de mapas, estudios técnicos, maquinaria y una presentación cuidadosamente elaborada. Se habla entonces de inversión, empleo, infraestructura, desarrollo y bienestar para las comunidades cercanas. Se promete, en suma, un futuro luminoso al país que tiene en su suelo esas riquezas.

La historia, sin embargo, suele tener la desagradable costumbre de contradecir los folletos corporativos.

Hoy las justificaciones pueden ser distintas. Se habla de la defensa de las fronteras, de la seguridad nacional, de la industria armamentística, de la energía, de la transición tecnológica y, más recientemente, de la inteligencia artificial y la robótica. Son palabras modernas, incluso fascinantes. Parecen pertenecer a un futuro que acaba de llegar.

Pero detrás de esa modernidad hay algo bastante antiguo: minerales.

Porque la inteligencia artificial no flota mágicamente en el aire, ni los robots nacen de una impresora celestial. Ambos necesitan computadores, centros de datos, redes, baterías, sensores, sistemas de comunicación y una enorme infraestructura industrial. Y todo eso requiere materiales que, para la mayoría de nosotros, tienen nombres bastante menos familiares que los de un teléfono móvil o una marca de automóvil.

Nuestra vieja tabla periódica del bachillerato, aquella que alguna vez miramos con la esperanza de aprobar química, quizá no llegó a prepararnos para esta nueva fiebre extractiva. Hay elementos y minerales cuya importancia estratégica crece al mismo ritmo que nuestra dependencia tecnológica.

Un teléfono celular, por ejemplo, es mucho más que un aparato para llamar, enviar mensajes o mirar las redes sociales mientras esperamos el café. Es, en esencia, un pequeño computador que llevamos en el bolsillo y cuya capacidad aumenta constantemente. Lo mismo ocurre con los automóviles, los electrodomésticos, los equipos médicos, las herramientas de oficina y prácticamente cualquier dispositivo que forme parte de la vida contemporánea.

La tecnología se ha instalado en casi todo lo que hacemos, compramos y utilizamos. Y cuanto más sofisticados son nuestros artefactos, mayor es la demanda de los materiales que los hacen posibles.

Aquí aparece una curiosa paradoja. La humanidad presume de haber entrado en una nueva era tecnológica, pero para hacerlo necesita regresar a una actividad tan antigua como la civilización: sacar cosas de la tierra.

Lo que ayer fueron el oro y la plata de los imperios europeos en nuestra Abya Yala, hoy puede adoptar otros nombres y presentarse con una estética mucho más futurista. Cambian los minerales, cambian las herramientas y cambian los argumentos. La lógica, en cambio, conserva una inquietante continuidad.

Y si existen recursos estratégicos, también aparecen intereses estratégicos. Y cuando los intereses son suficientemente grandes, siempre hay alguien dispuesto a explicar por qué una guerra, una intervención, una frontera reforzada o una población desplazada constituye, en realidad, una necesidad histórica.

Así, la historia vuelve a repetirse, aunque ahora tenga mejores gráficos, inteligencia artificial y discursos sobre innovación.

También los robots parecen pertenecer al futuro, pero quizá tampoco sean tan nuevos como creemos. La literatura antigua está llena de criaturas artificiales, seres fabricados para servir, proteger, combatir o sustituir al ser humano. Lo verdaderamente nuevo no es la imaginación sobre las máquinas, sino la velocidad con la que estamos consiguiendo convertirla en realidad.

Y aquí aparece quizá el problema más inquietante: las máquinas no solamente pueden reproducir nuestras capacidades; también pueden reproducir nuestros defectos.

Porque la tecnología no nace en un vacío moral. Aprende de los modelos que construimos, de los datos que producimos y de las estructuras de poder que organizan nuestras sociedades. Si el modelo dominante está marcado por la competencia, la acumulación, la explotación y la desigualdad, resulta ingenuo pensar que una máquina será automáticamente más sensata que sus creadores.

La gente sencilla, por cierto, rara vez parece necesitar semejante despliegue tecnológico para imaginar una vida digna. A menudo basta con algo bastante menos espectacular: un paisaje tranquilo, agua limpia, un ambiente saludable, tiempo para crear, trabajar, conversar, descansar y satisfacer las necesidades básicas.

Eso sí, ese paisaje puede convertirse en un magnífico producto turístico de alto nivel, siempre que se le coloque un precio suficientemente alto. La naturaleza, después de todo, también ha aprendido a cotizarse.

Quizás algún día, no tan lejano, veamos robots tomando el sol junto a una piscina o recargando literalmente sus baterías en una playa. Será una escena perfecta del progreso: máquinas inteligentes disfrutando de un descanso que probablemente los humanos que las construyeron no puedan permitirse.

Mientras tanto, seguimos pagando con vidas, territorios y ecosistemas la historia de cada imperio que se concede el derecho de decidir cuánto planeta puede arruinar en nombre del futuro.

Y mientras todo esto sucede, yo prefiero una tecnología bastante más antigua. Voy a sacar mi bicicleta. Quiero sentir que todavía existo, moviéndome sobre una de las máquinas más eficientes, sencillas y elegantes que haya diseñado el cerebro humano. No necesita minerales estratégicos, inteligencia artificial ni un centro de datos. Solo un poco de energía, dos ruedas y el deseo elemental de avanzar.

Quizá, después de tantos siglos buscando máquinas que hagan todo por nosotros, todavía quede algo de sabiduría en recordar cómo movernos por nuestros propios medios.

Dos ruedas, cuatro ruedas y el extraño placer de acercarnos al desastre

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Solo basta con sentir la velocidad en nuestra infancia...es terriblemente adictiva

Hay un momento, probablemente entre los tres y los cinco años, en el que el ser humano descubre una verdad peligrosa: si tiene ruedas, puede ir más rápido.

Hasta ese instante caminamos. Después corremos. Y cuando aparece una bicicleta, se acabó la tranquilidad familiar. El niño aprende a pedalear y, en cuestión de minutos, la casa deja de ser un hogar y se convierte en una pista de pruebas. La madre grita “¡despacio!”, el padre grita “¡cuidado!” y el niño, naturalmente, acelera.

No hay mucha ciencia detrás. Dos piernas pequeñas, un par de pedales, una relación de transmisión bastante miserable y un sistema de frenos cuya eficacia depende de que alguien haya recordado ajustarlo. Pero alcanza para descubrir la velocidad y, sobre todo, para descubrir que la velocidad produce placer.

Después llega la adolescencia y el asunto se pone interesante. La bicicleta ya parece demasiado lenta. Aparecen los monopatines, las patinetas, los patinetes eléctricos, las bicicletas eléctricas y, finalmente, esa criatura maravillosa llamada motocicleta, y ahí ya no hay que pedalear.

El motor se encarga de todo mientras el cerebro adolescente, todavía en proceso de instalación, intenta administrar la situación.

La ciencia tiene algunas malas noticias al respecto. Durante la adolescencia se desarrollan y reorganizan sistemas cerebrales relacionados con la recompensa, la novedad y la toma de decisiones. Y la presencia de amigos puede aumentar la propensión a asumir riesgos. Es decir, si un adolescente está solo puede hacer una estupidez, si hay otros tres adolescentes mirando, puede hacer una estupidez considerablemente mayor.

Y no, no es un fenómeno exclusivamente masculino. Aunque los hombres jóvenes aparecen con mayor frecuencia en las estadísticas de muertes viales, las mujeres también descubrieron hace rato que un acelerador puede producir una relación sentimental bastante intensa.

Las dulces niñas que jugaban con muñecas crecen, algunas se convierten en excelentes conductoras, otras descubren el placer de hundir el pie derecho hasta el fondo. Así que la especie humana, en ese sentido, es bastante democrática.

Después llega el automóvil y ocurre algo todavía más interesante: la sensación de vulnerabilidad desaparece. En una bicicleta sabemos que estamos expuestos. En una motocicleta sabemos, al menos teóricamente, que una caída puede convertir nuestro cuerpo en un argumento médico, pero dentro de un automóvil estamos rodeados de acero, vidrio, airbags, cinturones, controles electrónicos, sensores, cámaras y asistentes que nos avisan hasta si estamos respirando demasiado cerca del volante. Y entonces nosotros, agradecidos, aceleramos.

La Organización Mundial de la Salud estima que aproximadamente 1,16 millones de personas mueren cada año en siniestros viales. Las lesiones de tránsito continúan siendo la principal causa de muerte entre niños y jóvenes de 5 a 29 años. Más de la mitad de las víctimas mortales son peatones, ciclistas y motociclistas: precisamente quienes tienen menos carrocería entre el cuerpo y la desgracia.

Y existe un detalle particularmente incómodo: la velocidad. La OMS calcula que cada incremento del 1% en la velocidad media se relaciona con un aumento aproximado del 4% en el riesgo de un choque mortal. Y para un peatón atropellado, pasar de 50 a 65 kilómetros por hora multiplica aproximadamente por 4,5 el riesgo de morir. Pero seguimos pensando que 15 kilómetros por hora no son nada, “Voy apenas un poquito más rápido.” Entonces nos encontramos con que la física no conoce el concepto de “apenas”.

Pero uno siempre cree que esas estadísticas les ocurren a otros. El otro es el idiota que adelanta, el que va demasiado rápido, el que cruza el semáforo en rojo, el motociclista que aparece por el retrovisor a 140. Nosotros simplemente tenemos prisa y aquí la diferencia semántica es importante.

Después están los aficionados al todoterreno. Esas personas que compran una camioneta cuyo precio podría financiar una pequeña vivienda y luego gastan otra fortuna en suspensiones, neumáticos, bloqueos de diferencial y modificaciones para introducirla voluntariamente en un barrizal donde una mula con veinte años de experiencia laboral miraría el camino y diría: “Por ahí no paso”.

La finalidad es demostrar que el vehículo puede hacerlo, y cuando finalmente lo consigue, todos celebran aunque después viene la grúa, en ocasiones también la ambulancia, o la aseguradora, que es una forma moderna de funeraria financiera, si es que se tomo un seguro.

Lo verdaderamente preocupante es que esa cultura del riesgo no siempre queda confinada a la pista, la montaña o el barro, la llevamos a la calle. Salimos con la moto, arrancamos el automóvil y empieza la carrera contra el reloj.

Hay que llegar…Hay que llegar ya…Hay que llegar antes.

¿Antes de quién? Nadie lo sabe, pero hay que llegar. Ah, y la locura aumenta cuando te enfrentas a un tracón, ahí llega la gota que derrama el vaso. Entonces adelantamos, aceleramos, nos pegamos al vehículo de adelante, cambiamos de carril, calculamos distancias con una precisión quirúrgica y confiamos en una mezcla de experiencia, reflejos, suerte y algún santo de preferencia.

La OMS tiene una expresión mucho más aburrida y bastante más sensata: Sistema Seguro. La idea parte de una premisa brutalmente realista: los seres humanos cometemos errores y el sistema vial debe estar diseñado para que esos errores no necesariamente terminen en una muerte.

Nosotros, en cambio, seguimos apostando por la teoría de que nunca nos equivocamos, hasta que lo hacemos y, cuando ocurre, la velocidad cobra la factura. Porque el automóvil moderno puede tener frenos excelentes, pero no puede frenar el tiempo. Puede tener airbags, pero no puede hacer desaparecer la energía de una colisión. Puede tener radar, cámaras y asistentes, pero todavía necesita un ser humano que no decida que el semáforo en rojo es una sugerencia cromática.

Hemos desarrollado máquinas capaces de circular con una precisión extraordinaria y, al mismo tiempo, conservamos dentro de ellas a un primate con prisa que quiere llegar cinco minutos antes, que se enfurece porque otro conductor va “demasiado lento”, que acelera cuando escucha que el motor cambia de sonido, que, después de haber visto cientos de videos de accidentes, sigue pensando: “A mí no me pasa”.

Tal vez la fascinación por la velocidad no sea únicamente tecnológica, quizás sea profundamente humana. Corremos, aceleramos, saltamos más lejos, subimos montañas, porque podemos.

Compramos vehículos preparados para cruzar desiertos y los utilizamos para llevar a los niños al colegio. Y después, cuando alguien nos pregunta por qué lo hacemos, respondemos: “Porque me gusta.” Una respuesta científicamente impecable y filosóficamente desastrosa.

La velocidad nos hace sentir vivos, el problema es que a veces lo demuestra de una manera demasiado literal y por eso existe una escena que resume toda esta historia mejor que cualquier estudio científico.

Una caravana de vehículos detrás de una camioneta fúnebre. De repente, nadie adelanta.
Nadie toca bocina. Nadie zigzaguea. Nadie tiene prisa. Todos guardan distancia. Todos circulan despacio. Todos respetan la velocidad.

Es curioso que para conseguir que millones de seres humanos reduzcan la velocidad quizá no necesitamos más radares, campañas, multas ni estadísticas. Quizá bastaría con poner una carroza fúnebre adelante de cada automóvil, aunque habría un pequeño inconveniente, la carroza solo funciona una vez para cada uno de nosotros.

El fin de semana: ese pequeño lujo llamado tiempo

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Tan esperado por todos, y dua menos queun suspiro: fin de semana

Llega el fin de semana y, con él, esa sensación de que por fin el mundo debería bajar un poco la velocidad. Es una ilusión bastante extendida, aunque no siempre se cumple. Para algunos, el sábado y el domingo representan descanso; para otros, una oportunidad para poner la casa en orden, llenar la despensa, hacer compras, resolver pendientes y, si queda algo de energía, salir el sábado por la noche. Porque descansar, en estos tiempos, también parece requerir cierta planificación.

Hay quienes se lanzan a la noche con entusiasmo y terminan en rumbas de resultado impredecible. La noche empieza con un inocente “vamos un rato” y puede terminar cuando ya canta el primer pájaro, generalmente sin que nadie sepa muy bien qué ocurrió entre una cosa y otra. Otros prefieren una estrategia bastante más conservadora: quedarse en casa, preparar algo sencillo, elegir una película y acostarse temprano. No hay nada heroico en ello, salvo el intento, cada vez más difícil, de recuperar esas horas de sueño que la semana laboral se encargó de cobrar con intereses.

Porque la semana moderna no parece tener siete días. Tiene seis de trabajo y uno de remordimiento por no haber hecho todo lo que estaba pendiente.

En las ciudades intermedias y pequeñas aparece otra posibilidad: salir. Caminar, tomar una ruta secundaria, conocer un pueblo cercano, buscar un paisaje que todavía no haya sido invadido por estacionamientos, filas y fotografías tomadas desde el mismo ángulo por cientos de personas. Hay algo profundamente saludable en salir sin demasiadas pretensiones, simplemente para descubrir que a pocos kilómetros de casa todavía existen caminos, árboles, montañas, ríos y lugares donde el teléfono deja de ser el protagonista.

Para otros, el plan es más elaborado: campamento familiar o con amigos. Se prepara el equipo, se revisa la carpa, se carga la comida y, por supuesto, alguien pregunta si llevaron carbón. Después llega el asado, la conversación y esa ceremonia sencilla de mirar el cielo cuando la noche ha conseguido apagar las luces de la ciudad.

En esos momentos ocurre algo curioso: nadie parece necesitar una pantalla para entretenerse. La conversación vuelve a ocupar su lugar natural y la compañía adquiere un valor que durante la semana suele quedar sepultado debajo de las notificaciones. Una fogata, una buena charla y un cielo despejado pueden ser una forma bastante económica de recordar que todavía sabemos divertirnos sin pagar una suscripción mensual.

También están los ciclistas. Esos personajes que el sábado por la mañana aparecen completamente equipados, con casco, guantes, gafas, ropa técnica y una bicicleta que parece tener más tecnología que el automóvil de la familia. Se reúnen en grupo y parten con una determinación que, para el ciudadano común, resulta desconcertante.

“Hoy hacemos una salida tranquila”, dicen.

Dos horas después ya han recorrido una distancia que obliga a revisar el mapa para comprobar que efectivamente siguen dentro de la misma provincia. Regresan felices, cansados y con una historia completa del recorrido: la subida, el viento, el compañero que pinchó, el café del camino y, por supuesto, lo bien que se portó la bicicleta.

Para ellos, darle gusto a las piernas es también una forma de descanso.

Las grandes ciudades, entretanto, ofrecen otro menú. Hay espectáculos, conciertos, restaurantes, centros culturales, parques temáticos y una interminable oferta de actividades. Muchas son excelentes, aunque casi todas tienen algo en común: hay que pagar. Y cuando no hay que pagar entrada, probablemente haya que pagar estacionamiento, transporte, comida o alguna otra cosa que empieza pareciendo pequeña y termina convirtiéndose en una cifra respetable.

El centro comercial, que durante años fue una especie de templo del entretenimiento urbano, tampoco conserva necesariamente el mismo encanto. Para muchos se ha convertido en un recorrido conocido: vitrinas, escaleras eléctricas, patio de comidas, tráfico y nuevamente vitrinas. Algunos fines de semana, además, hay centros comerciales tan congestionados que salir de ellos parece una actividad de resistencia física. Otros, por el contrario, adquieren un aire casi fantasmagórico, como si la ciudad hubiera decidido apagar parcialmente sus luces y esperar al lunes.

Pero existe una transformación más profunda: el fin de semana dejó de ser, para millones de personas, sinónimo de descanso.

La economía digital ha creado trabajadores que pueden estar en cualquier lugar y, precisamente por eso, parecen estar en todas partes. Hay negocios que deben atenderse por redes sociales, pedidos que deben despacharse, clientes que escriben a cualquier hora y reuniones que aparecen en la pantalla con una facilidad desconcertante. La oficina puede estar a cientos de kilómetros, pero cabe perfectamente dentro de un teléfono.

Son personas que viven en y de la Red. Para ellas, desconectarse no siempre es una decisión sencilla. Hay mensajes que contestar, ventas que cerrar y asuntos que resolver. Como diría algún comerciante de barrio, con absoluta sabiduría empresarial: “Negocio es negocio, socio, y no da espera”.

Y así llegamos al viernes esperando el fin de semana como quien espera una pequeña tregua. Queremos cambiar de escenario, dormir un poco más, respirar distinto, caminar sin mirar el reloj. Pero la gran ciudad tiene sus propias reglas y muchas veces obliga a continuar con tareas menos románticas: trabajar, producir, vender, responder, resolver.

Además, hay algo que no debemos olvidar: hacer ciertas cosas personalmente cuesta tiempo; pagar para que alguien las haga cuesta dinero. Y en muchas familias urbanas ambas cosas son bienes escasos.

Por eso quizá el verdadero lujo del fin de semana no sea una cena costosa, un espectáculo multitudinario o un viaje de cientos de kilómetros. Tal vez sea simplemente disponer de unas horas sin obligaciones, salir de casa y compartirlas con alguien.

En lo posible, darle gusto a las piernas. Subirse a la bicicleta, tomar un camino distinto, alejarse un poco del ruido de la gran ciudad y pedalear sin otra urgencia que regresar antes de que oscurezca. Encontrarse con otros ciclistas, compartir una conversación, detenerse a tomar algo y comprobar que el mundo sigue ahí afuera.

Porque, al final, el fin de semana no debería ser una carrera para completar pendientes. Tampoco una competencia para demostrar cuánto podemos hacer en cuarenta y ocho horas.

Quizá debería ser algo mucho más sencillo: una pausa.

Un espacio para recordar que la vida no consiste únicamente en llegar a tiempo, responder mensajes y cumplir obligaciones. A veces también consiste en pedalear, caminar, conversar, mirar el cielo y reírse un rato, y si además la bicicleta se porta bien, mucho mejor.

El día que dejé empijamado mi auto

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Vivir mejor podría consistir en necesitar menos y si para conseguirlo tenemos que bajarnos del automóvil y subirnos a una bicicleta, tampoco parece un sacrificio demasiado grande. Después de todo, siempre podremos comprarle una buena piyama al auto, taparlo con cariño y dejarlo descansar, probablemente se lo haya ganado y nosotros también.

En mi casa siempre hubo autos y camionetas. Allí aprendí a conducir y, por fortuna, durante más de treinta años jamás tuve un accidente serio con otro vehículo, una moto, una bicicleta, un perro o, peor aún, una persona. Solo recibí una multa. Fue por conducir en contravía. La vía había cambiado de sentido y yo, evidentemente, no había recibido el memorando. Esa fue mi relación más cercana con la ley de tránsito.

Conduje en Perú y Argentina, en ciudades grandes y pequeñas. Tuve Renault, Suzuki y Volkswagen. En aquellos tiempos, conducir era relativamente sencillo: uno encendía el motor, ponía gasolina y llegaba. Luego aparecieron las grandes ciudades modernas y entre ellas Bogotá.

El automóvil que no se mueve y Bogotá pertenece a ese selecto grupo de ciudades donde un automóvil puede convertirse en una excelente máquina para permanecer quieto. La teoría dice que el auto nos permite llegar más rápido. La práctica bogotana recomienda salir más de una hora antes, rezar un poco y no hacer compromisos demasiado precisos.

Un trayecto de treinta minutos puede convertirse en una hora, dos o en una experiencia espiritual de duración indefinida. Mientras tanto, el automóvil consume combustible, aceite, frenos, llantas y paciencia.

El conductor también consume algo: salud mental, porque mantener un automóvil no consiste únicamente en pagar impuestos, seguro, mantenimiento y combustible. Están los pequeños gastos que aparecen cuando menos se necesitan: una rayadura, un espejo roto, una pieza que decidió jubilarse prematuramente.

Y en Bogotá hay una particular interacción entre automóviles, motos y bicicletas. Algunos motociclistas y ciclistas parecen convencidos de que el cuerpo humano puede adelgazar milagrosamente para atravesar el espacio entre dos vehículos. El problema es que los espejos retrovisores no participan de ese milagro. Un roce, un golpe, una pintura rayada y aparece el inevitable interrogante: ¿quién fue?

El responsable suele desaparecer con admirable velocidad. Y discutir puede ser una actividad de riesgo. De modo que uno respira profundo, guarda las imprecaciones y empieza a sacar cuentas.

Llegar es solo la mitad del problema y supongamos que finalmente llegamos y ahora, parece otro problemita y por demás costoso: estacionar. Dejar el automóvil en la calle es una invitación abierta a la multa, la grúa, el robo o a regresar y descubrir que nuestro vehículo ha emprendido una vida independiente. Si se lo llevó la grúa, comienza otra aventura: patios, multas, trámites y una factura capaz de producir síntomas que ningún médico había diagnosticado.

Por eso hay que buscar parqueadero y pagar. Incluso visitar amigos puede implicar pagar estacionamiento. Uno llega con un regalo, un abrazo y, dependiendo del conjunto residencial, una tarjeta de crédito. Así el automóvil, ese supuesto símbolo de libertad, termina necesitando alojamiento.

Y hay un detalle muy particular, no solo en Bogotá, también en otras capitales de departamento, o provincias como dirian al Sur del Continente, el pico y placa. Y por favor, por salud mental, no se ponga hacer cuentas sobre los días al año que no puede usar su vehículo por esa norma que intenta solucionar la falta de vías, aún así, los impuestos son anuales al igual que los seguros. Y si quiere circular el día que no puede, simple: pague para poder hacer uso de su querido vehículo.

Durante décadas nos vendieron el llamado sueño americano: una casa, electrodomésticos, un automóvil y muchas cosas que demostraran que habíamos progresado. El auto era parte fundamental del paquete. Representaba independencia, éxito y estatus, pero quizá confundimos el símbolo con el objetivo.

Porque una cosa es tener automóvil y otra necesitarlo para absolutamente todo. En una ciudad como Bogotá, la pregunta resulta inevitable: ¿cuánta libertad nos da realmente una máquina que debemos comprar, asegurar, mantener, alimentar, estacionar y proteger? y además, se devalúa, es decir, pagamos mucho dinero por algo que, con el simple paso del tiempo, vale menos.

Nos vendieron una inversión extraordinaria, solo que al revés. Y aquí aparece una luchadora infatigable para mantener su espacio y vias en la Capital colombiana: la bicicleta entra en escena y entonces aparece una máquina bastante menos pretenciosa. No necesita gasolina. No paga parqueadero. No tiene embrague, radiador ni batería que decida morir un lunes por la mañana. Además no ocupa media calle y, sobre todo, no necesita que uno permanezca sentado esperando que el tráfico decida moverse.

En una ciudad como Bogotá, la bicicleta urbana no debería verse únicamente como un instrumento deportivo o una afición de personas vestidas con lycra., es la alternativa de movilidad para muchas distancias cotidianas y funciona. Uno se sube, pedalea, avanza y aprovecha la infraestructura de ciclorrutas que tiene la ciudad. No es perfecta, pero hay.

Mientras el automóvil permanece atrapado en un embotellamiento, la bicicleta sigue su camino. Mientras el conductor busca parqueadero, el ciclista busca dónde asegurarla. Mientras el motor consume combustible, las piernas hacen el trabajo. Y hay una ventaja adicional: la bicicleta no necesita demostrarle a nadie que uno triunfó.

Quizás se trata de vivir con menos y no se trata de declarar la guerra al automóvil porque hay viajes, cargas, distancias y circunstancias en las que sigue siendo necesario. Se trata de dejar de considerarlo indispensable.

Quizás el verdadero lujo contemporáneo no sea tener un auto nuevo, sino recuperar tiempo. Tiempo para caminar. Para pedalear. Para respirar. Para mirar la ciudad sin hacerlo a través de un parabrisas.

Durante años creímos que progresar significaba tener más cosas. Quizás ahora debamos descubrir que vivir mejor también puede significar necesitar menos. La bicicleta urbana representa justamente eso: sencillez, eficiencia y libertad. A diferencia del auto, no promete prestigio, ni promete comodidad absoluta. Solo promete algo bastante más valioso en una ciudad congestionada: moverse.

Así que quizá ha llegado el momento de comprarle al automóvil una buena piyama, cubrirlo con cariño y utilizarlo solamente cuando sea indispensable. Después de todo, tanto él como nosotros hemos trabajado bastante. Y, en Bogotá, permanecer estacionado ya sabemos hacerlo perfectamente.

Bogotá: de la ciudad de las bicicletas a la dictadura de las motos

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En Bogotá hay más de 500.000 motocicletas matriculadas, según datos recientes de movilidad y registros locales

Hay una curiosa familia de dos ruedas que merece algo de respeto histórico: la motocicleta. Prima acelerada de la bicicleta, ha sido durante más de un siglo mucho más que un vehículo para ir de un punto a otro. Ha servido como transporte individual y colectivo, como plataforma de carga, como herramienta de trabajo y, por supuesto, como juguete para quienes consideran que la velocidad es una forma de filosofía.

Hay marcas y modelos que parecen haber firmado un pacto con el tiempo. Sobrevivieron guerras mundiales, crisis económicas, carreteras imposibles y generaciones enteras de conductores. En muchos lugares del planeta, la motocicleta se convirtió en una alternativa económica y eficiente frente al automóvil e incluso frente a vehículos de transporte de mayor tamaño y consumo.

Los aventureros tampoco se quedaron atrás. La llevaron por desiertos, montañas, selvas y caminos donde el concepto de “carretera” era más una esperanza que una realidad. Y, en el otro extremo, están quienes decidieron convertirlas en protagonistas de carreras donde la velocidad y el riesgo parecen competir por el primer lugar.

El problema comienza cuando esa lógica de la pista se traslada a la calle.

Bogotá cambia de dos ruedas

Bogotá, durante años orgullosa de su condición de ciudad ciclística, parece estar transformándose aceleradamente en una ciudad de motocicletas. Y no precisamente mediante una transición tranquila, ordenada y hay varias razones.

La primera es el bolsillo. Tener automóvil en Bogotá puede convertirse rápidamente en una experiencia financiera cercana a la ciencia ficción. Comprar el vehículo ya es costoso; mantenerlo, alimentarlo con combustible y encontrar dónde estacionarlo puede convertir una simple diligencia en una pequeña expedición económica.

El automóvil particular es, en muchos casos, ese cajón sin fondo donde desaparece el dinero. Combustible, estacionamientos, seguros, mantenimiento, reparaciones y demás gastos aparecen con una puntualidad admirable. La moto, en cambio, ofrece una alternativa mucho más accesible para quien necesita desplazarse diariamente.

La segunda razón tiene que ver con la ciudad misma. Bogotá parece haber descubierto una peculiar forma de arquitectura urbana: construir obras que duran casi tanto como las obras literarias clásicas. Puentes, corredores, avenidas y tramos viales parecen tener una relación bastante relajada con el calendario, no hay fecha que se cumpla y los meses se convierten en años.

Mientras tanto, los ciudadanos pasan horas atrapados en trancones. Moverse por la ciudad exige tiempo, paciencia y una considerable capacidad para aceptar que quizá aquello que estaba “a diez minutos” realmente queda a cuarenta y cinco o más.

Y aparece la tercera razón: las motos son, sencillamente, más asequibles que un automóvil. Hay modelos económicos, de trabajo, de turismo, deportivos y auténticas máquinas de lujo. El mercado ofrece prácticamente una moto para cada bolsillo y para cada ego.

La regulación y la formación de conductores también han cambiado. Hoy existen escuelas de conducción y mayores exigencias para obtener la licencia. Algo que, dicho sea de paso, no debería ser visto como un obstáculo, sino como una inversión en algo bastante útil: llegar vivo.

El problema no son las motos

Aquí conviene hacer una precisión: el problema no son las motocicletas. Son las conductas. Hay excelentes motociclistas que respetan las normas, conviven con automóviles, buses, peatones, bicicletas y entienden que una vía pública no es una pista de pruebas. Pero también están los otros…

Los que convierten el escape en sistema de tortura pública con sonidos terriblemente molestos. Los que consideran que la ciclorruta es un carril adicional. Los que descubren que el andén puede ser una vía rápida cuando hay tráfico. Los que adelantan por donde encuentran un espacio de veinte centímetros y, en general, parecen interpretar las normas de tránsito como sugerencias creativas.

Y hay algo todavía más preocupante: la violencia y la arbitrariedad con la que algunos motociclistas se relacionan con los demás usuarios de la vía. Para un peatón, un ciclista o incluso para quien conduce un automóvil, encontrarse con una moto que aparece de cualquier lado, invade el espacio reservado para otros, toca la bocina de manera intimidante o responde con agresividad ante un reclamo puede convertir un desplazamiento cotidiano en una situación de tensión y peligro permanente. Ya no se trata simplemente de llegar rápido; se trata de poder llegar tranquilo. En una ciudad donde movilizarse debería ser una actividad cotidiana y predecible, resulta bastante absurdo tener que calcular si el vehículo que viene detrás respetará la distancia, si el que aparece por la derecha ocupará la ciclorruta o si una protesta por una maniobra peligrosa terminará en una discusión. La calle no debería ser un ring y mucho menos una prueba de carácter.

Para quienes utilizamos la bicicleta urbana, la situación resulta especialmente delicada. Compartir la ciudad debería significar eso: compartirla. No convertir cada trayecto en una competencia para descubrir quién tiene menos paciencia.

Los accidentes están ahí, con heridos, víctimas mortales y nuevos trancones que se suman a los que Bogotá ya produce con una eficiencia casi industrial.

Como ciclista urbano, uno termina preguntándose dónde están los controles. No se trata de perseguir motociclistas ni de demonizar un medio de transporte que, bien utilizado, resulta extraordinariamente útil. Se trata de hacer cumplir las reglas para todos.

Una ciudad que necesita convivir

Bogotá tiene encantos de sobra, pero cada día parece más difícil habitarla. Moverse puede ser complicado, inseguro y contaminante. Y mientras se intenta solucionar un problema, aparecen otros.

Los andenes y las calles, incluso después de ser limpiados o recuperados, vuelven rápidamente a convertirse en basureros. No parece ser un problema de quienes hacen la limpieza, sino de una cultura ciudadana que todavía confunde espacio público con “territorio de nadie”.

En el transporte público la situación tampoco resulta alentadora. TransMilenio ha sido víctima de buena parte de ese desorden: puertas vulneradas, ingresos irregulares, vendedores ambulantes y comportamientos que ponen en riesgo e incomodan a los demás usuarios.

Y el futuro metro tendrá, además de trenes y estaciones, un reto menos tecnológico pero mucho más difícil de resolver: la convivencia. Porque construir infraestructura es complicado. Construir cultura ciudadana parece ser bastante más difícil.

La motocicleta, mientras tanto, seguirá ganando espacio. Es económica, práctica y necesaria para miles de personas. La bicicleta urbana también seguirá siendo una herramienta fundamental para una ciudad que necesita alternativas de movilidad más limpias y eficientes.

Quizá el verdadero desafío de Bogotá no sea decidir si quiere ser una ciudad de bicicletas, motos, buses o metro. El desafío es conseguir que todos puedan circular sin sentirse protagonistas de una película de acción.

Alguna vez llamaron a Bogotá la Atenas Suramericana, no precisamente por su arquitectura, sino por su vida cultural. Hoy, viendo cómo nos movemos, cómo ocupamos el espacio público y cómo respetamos —o no— las reglas, quizá haya que actualizar el título.

Por ahora, Bogotá parece ser apenas suramericana. Y con bastante problemas de circulación en cualquier vehículo que se disponga.

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A la sombra de los árboles: pedalear la ciudad

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Los parques urbanos son un oasis de vida, de espacios para disfrutar y dejar la rutina de correr y correr, para solo contemplar la vida

Hay ciudades que se conocen desde la ventanilla de un automóvil, otras desde la mesa de un café y algunas, quizá las más interesantes, se descubren a pie o sobre una bicicleta. San Juan, y Mendoza en Argentina, son esas ciudades que invitan a bajar la velocidad.

No hace falta buscar grandes monumentos ni diseñar una ruta turística demasiado elaborada. A veces basta con entrar a un parque, dejar la bicicleta a un lado o comenzar a pedalear por sus senderos para descubrir una ciudad diferente. Una ciudad que respira entre los árboles, que conversa en los bancos y que, durante unas horas, parece olvidarse de las prisas.

El Parque de Mayo es uno de esos lugares. Está ahí, en medio de San Juan, como una pausa verde entre las calles, los edificios y el movimiento cotidiano. El visitante puede llegar caminando, en automóvil o, mejor aún, en bicicleta. Y una vez dentro, algo cambia. El ruido de la ciudad parece quedar unos metros atrás y aparece otro paisaje: árboles enormes, senderos, césped, fuentes y personas que han decidido regalarse un poco de tiempo.

Los ciclistas pasan sin afán. Algunos utilizan la bicicleta como ejercicio; otros simplemente ruedan. No parece importar demasiado la distancia recorrida. Lo importante es estar allí, moverse y disfrutar de una velocidad que permite mirar. Porque la bicicleta tiene esa ventaja: permite avanzar sin aislarse completamente del lugar.

Desde el asiento se puede ver al corredor que calcula su ritmo, a la persona que camina con las manos detrás de la espalda, al niño que persigue una paloma o al lector que ha encontrado un banco bajo la sombra de un árbol. También está el habitual del parque, ese que parece conocer cada rincón y que seguramente conoce al vendedor del kiosco.

Los kioscos de los parques merecerían, por sí solos, una crónica. Tienen algo de almacén, de refugio y de punto de encuentro. Allí se compra una bebida, un café, algo para comer. Pero con el tiempo ocurre algo más importante: el vendedor empieza a reconocer a sus clientes. Primero es un saludo; después, una conversación breve; finalmente, aparece el nombre. Así se construye una pequeña comunidad alrededor de un lugar que quizá en un mapa solo aparece señalado como un kiosco.

Los árboles hacen el resto. En San Juan, donde el clima puede recordar con fuerza que estamos en una región de temperaturas exigentes, la sombra no es un detalle menor. Es parte fundamental de la experiencia urbana. Bajo esos árboles se camina, se conversa, se lee y se descansa. Las copas verdes transforman el ambiente y ofrecen un refugio frente al sol.

Las fuentes también cumplen su papel. Son hermosas, claro, pero su presencia no es únicamente decorativa. El agua aporta frescura y humedad, y durante los días calurosos puede cambiar la sensación térmica del entorno. Son pequeños oasis construidos dentro de la ciudad.

Parque San Martín – Mendoza

Algo parecido ocurre en Mendoza, donde el agua y los árboles forman parte esencial de la identidad urbana. Allí el Parque General San Martín ofrece otra escala y otra manera de encontrarse con el verde. Sus caminos permiten caminar, correr y pedalear mientras la ciudad parece alejarse progresivamente.

San Juan y Mendoza tienen diferencias evidentes, pero comparten una lección urbana: el espacio verde no es un lujo, es una necesidad.

En medio del crecimiento de las ciudades, los parques representan una oportunidad para conservar una relación cotidiana con la naturaleza. No se trata de una naturaleza salvaje, desde luego. Son espacios cuidadosamente diseñados, mantenidos y organizados. Pero cumplen una función que va más allá de la estética: permiten que los habitantes encuentren un lugar donde desacelerar.

Y quizá ahí esté su verdadero valor. Vivimos pendientes del reloj. Hay que llegar, producir, responder, comprar, vender, avanzar. Incluso el ocio parece haber adquirido una velocidad propia. Salimos a correr con una aplicación que registra los kilómetros, tomamos café mientras respondemos mensajes y paseamos mirando una pantalla.

El parque propone exactamente lo contrario, propone detenerse, sentarse en un banco y mirar cómo un pájaro picotea el césped puede parecer una actividad insignificante. Pero tal vez sea precisamente lo contrario. En ese instante no estamos produciendo nada. No estamos cumpliendo una meta. No estamos acumulando kilómetros, estamos viviendo.

Y una bicicleta puede ser una excelente compañera para ese ejercicio de lentitud. No la bicicleta de la competencia, ni la del cronómetro, ni la que convierte cada trayecto en una prueba de rendimiento. La bicicleta urbana, la que permite desplazarse, mirar, descubrir una calle diferente y detenerse ante un árbol particularmente grande, una fuente, una conversación o una escena cotidiana, eso también es movilidad urbana y eso también es ciudad.

Por eso, la próxima vez que llegue a San Juan o Mendoza, quizá valga la pena hacer algo diferente. Buscar un parque, alquilar o llevar una bicicleta y comenzar a rodar sin una meta demasiado precisa y dejar que el camino decida un poco.

Detenerse bajo la sombra. Tomar un café. Hablar con alguien. Leer unas páginas. Escuchar el agua de una fuente. Mirar los árboles y descubrir que, entre las construcciones, los automóviles y las calles, todavía hay lugares donde la ciudad permite respirar.

Y cuando vuelva a subir a la bicicleta, hacerlo sin afán. Pedalear respetando a quienes caminan, manteniéndose lejos de los jardines y del césped, entendiendo que el parque es un espacio compartido.

Porque una ciudad también se mide por la posibilidad que ofrece de detenerse y quizá una de las mejores maneras de conocerla sea, sencillamente, pedalear despacio bajo sus árboles.

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