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Cuando la solidaridad también rueda en bicicleta

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En tiempos de necesidad urgente, la bici esta presente y dispuesta a lo que sea

Colombia todavía intenta asimilar la magnitud de la tragedia provocada por el terremoto. Detrás de las cifras de afectados hay personas que lo perdieron todo, o casi todo; familias que buscan a sus seres queridos y comunidades que, en cuestión de minutos, vieron cambiar sus vidas. Frente a una tragedia de semejante dimensión, resulta difícil permanecer indiferente. Para muchos, la primera reacción fue una oración. Para otros, fue preguntarse qué podían hacer para ayudar.

Y la respuesta llegó de muchas maneras.

En 15 departamentos y 472 municipios del occidente y centro del país afectados por el sismo, comenzaron a movilizarse alimentos, agua, ropa, elementos de primera necesidad y toda clase de ayudas. En Bogotá, la respuesta ciudadana fue especialmente generosa. Supermercados, empresas, organizaciones sociales y ciudadanos particulares habilitaron diferentes mecanismos para facilitar las donaciones, incluso mediante paquetes de productos básicos que podían adquirirse a precios accesibles y entregarse directamente a los centros de acopio.

Pero hubo una solidaridad que, literalmente, se puso a rodar.

Grupos de ciclistas urbanos de Bogotá decidieron poner a disposición algo que conocen bien: sus bicicletas, sus músculos y su tiempo. No se trataba de una competencia, ni de recorrer kilómetros por diversión. Esta vez la bicicleta tenía otra misión: recoger donaciones, transportarlas y llevarlas hasta los lugares donde podían ser clasificadas y posteriormente enviadas a las zonas afectadas.

Entre esas iniciativas estuvo BiciActiva, una comunidad vinculada al uso de la bicicleta urbana y a diferentes actividades culturales y deportivas. Su convocatoria, liderada por Lorena Romero Fontecha, terminó reuniendo alrededor de 180 voluntarios de diferentes sectores de Bogotá.

La idea inicial parecía sencilla. Había que ayudar y, en materia de logística, los ciclistas tenían mucho que aportar.

“Comenzamos hablando con algunos amigos, conocidos y contactos de empresas con los que había trabajado anteriormente. Dijimos que había que hacer algo frente a la catástrofe y pensamos que nuestra comunidad de ciclistas de BiciActiva podía ayudar, especialmente en la logística”, recuerda Romero Fontecha.

La organización fue tomando forma rápidamente. Algunas empresas facilitaron sus canales de recolección, una de las colaboradoras dispuso un centro de acopio en Fontibón y BiciActiva aprovechó, además, un convenio con la Cruz Roja para direccionar parte de las donaciones. La intención era también ofrecer confianza a quienes querían contribuir y garantizar que las ayudas llegaran a lugares donde realmente fueran necesarias.

Entonces aparecieron las bicicletas de carga, las llamadas bicicletas panaderas, las bicicletas utilizadas diariamente por los domiciliarios y, junto a ellas, motos, automóviles y camionetas ofrecidos voluntariamente por ciudadanos que querían colaborar.

La convocatoria fue creciendo. Llegaron donaciones pequeñas, hechas por ciudadanos que entregaban algunos productos, pero también aparecieron empresas que aportaron cientos o miles de botellas de agua, mercados, bolsas, lonas, ropa y otros elementos esenciales.

Y hubo un protagonista particular: el ciclo mensajero. Bogotá cuenta con una comunidad de mensajeros en bicicleta considerablemente activa. Muchos de ellos tienen en su bicicleta no solamente su herramienta de trabajo, sino su fuente de ingresos. Sin embargo, durante estos días decidieron utilizarla para algo que no les representaba ningún pago.

“Lo lindo fue ver la comunidad de ciclo mensajeros, que en Bogotá es muy fuerte, y a quienes tienen bicicargos. Ellos tienen sus emprendimientos, pero básicamente dedicaron sus días a esta labor solidaria y nos ayudaron muchísimo”, cuenta Romero.

Ese detalle resume buena parte de la historia. La solidaridad no siempre se expresa mediante grandes aportes económicos. A veces consiste en entregar unas horas de trabajo, cargar una caja, pedalear varios kilómetros, transportar un mercado o simplemente preguntar dónde hace falta una mano.

Los voluntarios de BiciActiva no solamente recogieron y transportaron donaciones. Cuando no estaban atendiendo un servicio de mensajería solidaria, acudían a los centros de acopio para seleccionar, empacar y organizar los productos, según las necesidades del momento.

Fueron jornadas largas y agotadoras. La bicicleta, que habitualmente representa movilidad, independencia y trabajo, durante aquellos días se convirtió también en una herramienta de solidaridad.

La experiencia dejó una conclusión que va más allá de las donaciones recogidas. Para Lorena Romero Fontecha, la tragedia permitió comprobar que, frente a una emergencia, todavía existe una enorme capacidad de unión entre los colombianos. Y también demostró que la comunidad ciclista de Bogotá está dispuesta a responder cuando la ciudad y el país necesitan de ella.

Quizás allí esté una de las lecciones menos visibles de la tragedia. En medio de la destrucción, de las pérdidas y de la incertidumbre, aparecieron ciudadanos que no preguntaron cuánto iban a recibir a cambio de ayudar. Simplemente pusieron la bicicleta en la calle y comenzaron a pedalear, porque algunas veces la solidaridad no necesita discursos. Necesita ruedas.

Tener una bicicleta de alta gama no sirve de mucho si nadie sabe mantenerla ni sabe hacia dónde quiere llevarla

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Dos continentes súper ricos en recursos naturales y aún así, hay que ver sus realidades sociales. medioambientales y culturales

Todos soñamos con la súper máquina, para disfrutar la vida, pero si esa maquinota son América Latina y África, que tienen algo más que una historia de conquistas, independencias y guerras; tienen una paradoja que debería incomodarnos: son algunos de los territorios más ricos del planeta en recursos naturales y, al mismo tiempo, concentran enormes desigualdades sociales, económicas y ambientales.

América del Sur posee minerales estratégicos, petróleo, gas, agua dulce, enormes extensiones agrícolas y una diversidad biológica extraordinaria. Sus pisos térmicos permiten producir desde papa hasta café, cacao, frutas tropicales y una interminable lista de especies vegetales. Y antes de la llegada europea ya existían sociedades capaces de desarrollar conocimientos sofisticados de astronomía, matemáticas, agricultura, arquitectura e ingeniería hidráulica.

No eran sociedades esperando a que alguien llegara a enseñarles a construir el mundo. Algo parecido ocurrió en África, continente de extraordinaria riqueza mineral, agrícola y biológica, donde florecieron civilizaciones, rutas comerciales, centros urbanos y sistemas políticos mucho antes de la expansión colonial europea.

Después vino la historia que conocemos. Los imperios cambiaron de nombre, de bandera y de método. España y Portugal dieron paso, en distintas épocas, a la influencia británica, francesa, estadounidense y, más recientemente, a una disputa global en la que también aparecen China, Rusia y otras potencias. Niall Ferguson, al estudiar el Imperio británico, muestra cómo comercio, tecnología, finanzas, migraciones, guerra e instituciones se combinaron para construir una maquinaria imperial de alcance mundial.

Ricos en incontables recursos naturales

Orlando Figes, desde la historia rusa, recuerda otra característica de los grandes poderes: los imperios no solamente conquistan territorios; construyen relatos, identidades y justificaciones históricas para explicar por qué tienen derecho a ejercer su poder. Y ahí aparece una palabra incómoda para América Latina: dependencia.

Germán Colmenares estudió cómo la economía colonial colombiana se organizó alrededor del trabajo, la tierra y la extracción de riqueza. David Bushnell, por su parte, mostró que la construcción de la Colombia moderna fue un proceso mucho más complejo que la simple ruptura con España: hubo formación del Estado, conflictos políticos, transformaciones económicas y nuevas relaciones con el mundo exterior.

Aníbal Quijano llevó la discusión a otro terreno con su concepto de “colonialidad del poder”: la idea de que algunas estructuras creadas durante el colonialismo pueden sobrevivir después de que desaparece formalmente el dominio colonial. Es decir, puede terminar el imperio, pero no necesariamente terminan todas las relaciones económicas, sociales y culturales construidas durante él.

La historia, entonces, no necesariamente se repite. Pero sí puede conservar ciertas mañas. Hoy América Latina vuelve a vivir una disputa por sus recursos estratégicos. Litio, cobre, petróleo, gas, tierras agrícolas, agua, biodiversidad y minerales críticos son piezas de una nueva geopolítica. Las potencias ya no necesitan necesariamente izar su bandera en un territorio para tener influencia sobre él. Pueden hacerlo mediante inversiones, comercio, aranceles, tecnología, deuda, cadenas de suministro, acuerdos militares o presión diplomática.

Estados Unidos continúa siendo una potencia decisiva en el hemisferio, pero el escenario ya no es el de hace cincuenta años. China compra materias primas e invierte en infraestructura; Europa busca minerales y energía; Estados Unidos protege sus intereses estratégicos; y los propios gobiernos latinoamericanos intentan negociar, con mayor o menor éxito, entre esas fuerzas mundiales.

Explotaci´on minera, desde lo más tecnológico, hasta la minería ilícita que acaba con todos los recursos, especialmente el agua

Colombia tampoco está fuera de ese tablero. Somos un país rico en biodiversidad, agua, carbón, petróleo, oro, tierras agrícolas y posición geográfica. Pero la riqueza del territorio no se transforma automáticamente en bienestar. Bushnell advertía precisamente sobre la complejidad de una Colombia que, pese a sus enormes posibilidades, ha tenido que construir su Estado entre guerras, desigualdades, conflictos políticos y dificultades económicas.

Y aquí aparece una pregunta que BiciUrba considera inevitable: ¿de qué sirve tener una tierra extraordinariamente rica si sus habitantes no pueden vivir dignamente en ella y si para extraer esa riqueza terminamos destruyendo los ecosistemas que la producen?

Porque el asunto ya no es solamente económico. Una mina puede producir toneladas de mineral. Un bosque puede almacenar carbono, regular el agua, proteger los suelos y albergar miles de especies. Un río puede generar electricidad, alimentar cultivos y sostener ciudades. Una selva puede ser mucho más valiosa viva que convertida en madera, ganado o monocultivo.

Durante siglos hemos medido la riqueza por lo que podemos sacar del territorio, quizá ha llegado el momento de medirla también por lo que somos capaces de conservar.

Los imperios pasan. Roma pasó. España pasó. Gran Bretaña pasó. La Unión Soviética desapareció. Las grandes potencias actuales también cambiarán algún día, pero los territorios quedan. Quedan sus montañas, sus ríos, sus ciudades, sus culturas y, sobre todo, sus pueblos. Y queda una pregunta que debería acompañar cada decisión económica y política: ¿quién termina beneficiándose de la riqueza de un territorio y quién termina pagando la factura de su explotación?

Ser un país rico en recursos no garantiza un pueblo rico. La verdadera riqueza quizá consista en algo mucho más sencillo y mucho más difícil: tener la capacidad de decidir qué hacer con lo que se tiene, para que la riqueza del territorio no termine perteneciendo siempre a alguien más. Igual con la bici que costo millones de pesos y sigue guardada recibiendo el olvido, o en la realidad alguien más la usa a su gusto ya que el dueño ni siquiera tiene idea de la súper máquina que se supone, esta archivada y dizque para usarla más tarde.

Pedalear para ganarle terreno al mal vivir

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Mente sana en cuerpo sano a través de una bicicleta, una cancha, un parque, una biblioteca, una escuela, una ciclorruta… y, sobre todo, una ciudad que los quiera vivos, sanos y participando en ella.

Hay jóvenes que necesitan muchas cosas para construir un proyecto de vida: educación, oportunidades laborales, espacios seguros, una familia que acompañe y una ciudad que no los abandone. Pero hay algo que suele quedar relegado a un segundo plano y que puede cumplir una función mucho más importante de lo que imaginamos: el deporte.

No se trata de convertir a cada muchacho en atleta olímpico ni de pensar que una bicicleta puede resolver los problemas de una sociedad atravesada por la violencia. Se trata de algo más sencillo: ofrecer alternativas.

La Organización Mundial de la Salud advierte que la adolescencia es una etapa determinante para establecer hábitos que pueden proteger la salud o aumentar riesgos futuros. Y los números ayudan a entender la dimensión del problema: uno de cada siete adolescentes entre 10 y 19 años vive con algún trastorno mental. Depresión, ansiedad y problemas de conducta están entre las principales causas de enfermedad y discapacidad en esa etapa de la vida.

En ese escenario, el deporte puede ser mucho más que sudar una camiseta.

La Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito, UNODC, lleva años trabajando precisamente sobre esta idea. Su programa Line Up, Live Up utiliza actividades deportivas combinadas con formación en habilidades para la vida: manejo de las emociones, resistencia a la presión de los pares, comunicación, toma de decisiones y comportamientos prosociales. La conclusión es importante: el deporte, acompañado de una intervención adecuada, puede convertirse en una herramienta para fortalecer la resistencia de los jóvenes frente a la violencia, el delito y el consumo de drogas.

Porque una cancha, un parque, una pista o una ciclorruta pueden hacer algo que muchas veces no consigue la ciudad: juntar a jóvenes en un espacio donde las reglas están claras y donde ganar no significa necesariamente derrotar al otro.

Hay que correr, pedalear, respetar turnos, aceptar que alguien puede ser mejor, aprender a perder y volver a intentarlo. Parece poca cosa, pero ahí aparecen algunas de las habilidades que después sirven para la vida.

La OMS reconoce que la actividad física regular beneficia tanto la salud física como la mental. En adultos ayuda a prevenir y controlar enfermedades cardiovasculares, diabetes y otros problemas crónicos, y también reduce síntomas de depresión y ansiedad. En niños y adolescentes favorece el desarrollo motor y cognitivo, la integración social y el bienestar.

La bicicleta puede ser una herramienta de prevención, pero también una puerta de entrada a una vida más activa, disciplinada y social

Y aquí aparece una palabra que puede resultar incómoda, pero necesaria: rutina.

Una persona que intenta salir de una conducta adictiva necesita recuperar, entre otras cosas, estructura, disciplina y actividades alternativas. El ejercicio puede ayudar a construir esa rutina y convertirse en una fuente saludable de satisfacción. Pero hay que decirlo claramente: el deporte no reemplaza un tratamiento profesional para una adicción. Puede ser un componente complementario dentro de una estrategia integral, no una receta milagrosa.

Lo mismo ocurre con las pantallas. Pasar muchas horas frente al celular, los videojuegos o las redes sociales no significa automáticamente tener una adicción. Pero determinadas conductas pueden convertirse en problemáticas y, en el caso del juego de apuestas, llegar a un trastorno reconocido clínicamente. Por eso resulta mucho más sensato hablar de equilibrio, hábitos y prevención que declarar una guerra contra el teléfono.

El cuerpo, además, tiene su propia farmacia.

La actividad física modifica numerosos procesos fisiológicos relacionados con el estado de ánimo, el estrés y el funcionamiento cerebral. Puede contribuir a mejorar el sueño, reducir la ansiedad y favorecer el bienestar. La evidencia científica respalda estos beneficios, aunque conviene desconfiar de las explicaciones demasiado fáciles sobre “dopamina, serotonina y endorfinas” como si tres sustancias fueran suficientes para explicar todo lo que ocurre en el cerebro. La biología humana es bastante más complicada que una publicidad de bebida energética.

Y hablando de publicidad, también hay una lección que BiciUrba debería repetir hasta que alguien la escuche: hacer deporte no significa consumir productos para deportistas.

No todo ciclista necesita bebidas energéticas, suplementos de proteínas, estimulantes, geles o una colección de polvos de colores. Para la mayoría de las personas que realizan actividad física recreativa o se desplazan diariamente en bicicleta, una alimentación adecuada, hidratación suficiente, descanso y una actividad progresiva son mucho más importantes.

La bicicleta urbana, además, tiene una particularidad: obliga a estar despierto.

El ciclista cotidiano no necesita ser un atleta de competencia, pero sí necesita tener buena condición física y, sobre todo, atención. Circular entre automóviles, buses, motos, peatones, semáforos, cruces, huecos, alcantarillas y otros ciclistas exige reflejos, capacidad de anticipación y decisiones rápidas.

Por eso montar bicicleta también puede convertirse en una escuela de comportamiento urbano. El semáforo se respeta aunque no venga nadie. El peatón tiene prioridad cuando corresponde. No se adelanta de manera irresponsable. No se circula mirando el teléfono. No se convierte la ciclorruta en una pista de carreras. Y si otro ciclista comete una imprudencia, la respuesta no tiene que ser una batalla campal sobre dos ruedas.

Claro que siempre habrá algún díscolo dispuesto a desafiar al mundo, a la ciudad, a la física y, de paso, a los demás usuarios de la vía. Algunos maduran. Otros terminan aprendiendo de la manera más costosa: después de un accidente.

“A los jóvenes no basta con decirles de qué deben alejarse. También tenemos que ofrecerles hacia dónde pueden ir.”

Pero ahí está precisamente el valor del deporte bien orientado: enseñar que existen límites.

La OMS recomienda para los adultos entre 18 y 64 años al menos 150 minutos semanales de actividad física moderada, o 75 minutos de actividad vigorosa, además de ejercicios de fortalecimiento muscular. No hace falta convertirse en atleta para obtener beneficios. Esa quizá sea una de las mejores enseñanzas que puede ofrecer el deporte: no siempre más es mejor.

Hay deportistas de alto rendimiento, deportistas recreativos, ciclistas urbanos y también quienes salen el domingo a dar una vuelta. Cada uno tiene necesidades diferentes. El problema aparece cuando confundimos actividad saludable con obsesión, entrenamiento con exceso o bienestar con competencia permanente.

La juventud necesita espacios donde pueda pertenecer sin tener que demostrar violencia, dinero, poder o superioridad. Necesita lugares donde pueda construir amistades, adquirir responsabilidades y descubrir que el cuerpo también puede ser una fuente de bienestar.

Una bicicleta no va a resolver por sí sola la delincuencia juvenil. Una cancha tampoco. Pero una ciudad que ofrece deporte, educación, cultura, parques, ciclorrutas y espacios públicos seguros está haciendo algo fundamental: está ampliando las opciones de vida de sus jóvenes.

Y eso no es poca cosa, porque prevenir la violencia no consiste únicamente en perseguir al que ya cometió un delito. También consiste en construir las condiciones para que muchos jóvenes tengan razones, oportunidades y espacios para no llegar hasta allí.

Tal vez por eso pedalear sea algo más que desplazarse. A veces es simplemente ir de un lugar a otro, y otras veces, sin que nos demos cuenta, puede ser una manera de aprender a llegar a otra parte de la vida.

Reconstruir para vivir: cuando un terremoto obliga a repensar la ciudad

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La verdadera modernidad urbana no debería medirse en pisos. Debería medirse en vidas protegidas.

Los terremotos tienen una particularidad que pocas tragedias poseen: además de destruir edificios, calles, puentes y barrios, pueden destruir las certezas con las que una ciudad fue construida. Y cuando la tierra obliga a comenzar de nuevo, aparece una pregunta incómoda pero inevitable: ¿reconstruimos lo que había o aprovechamos la tragedia para construir una ciudad mejor?

América Latina conoce demasiado bien esa pregunta. Durante los siglos XX y XXI, Valdivia, Chillán, San Juan, Mendoza, Managua, Ciudad de México, Yungay, Armenia, Puerto Príncipe, Pisco, Maule y numerosas ciudades de Guatemala, El Salvador y Ecuador han sufrido terremotos que dejaron miles de muertos y enormes pérdidas materiales, pero también dejaron algo menos visible: conocimiento.

San Juan, Argentina, es quizá uno de los ejemplos más interesantes. El terremoto de 1944 destruyó alrededor del 90 % de la ciudad y produjo una tragedia humana de enormes proporciones. La reconstrucción significó prácticamente comenzar de nuevo y permitió incorporar criterios urbanísticos y constructivos que antes no tenían la misma importancia.

La ciudad fue replanteada con calles más amplias, nuevas áreas verdes, espacios abiertos y una arquitectura sometida progresivamente a criterios antisísmicos. El parque dejó de ser solamente un lugar para caminar o descansar: en una emergencia puede convertirse en espacio de reunión, evacuación y protección.

Esa es una de las grandes lecciones que dejan los terremotos: un parque también puede ser infraestructura de emergencia.

Parque 25 de Mayo, San Juan

La experiencia de San Juan y de otras ciudades sísmicas argentinas muestra que la seguridad no está solamente en el edificio que resiste el movimiento. Está también en lo que ocurre alrededor de él. Calles suficientemente amplias para permitir el paso de ambulancias y vehículos de emergencia, redes de servicios que puedan recuperarse rápidamente, puentes diseñados para soportar movimientos fuertes, espacios públicos que permitan evacuar y sistemas de transporte capaces de funcionar cuando una parte de la ciudad queda comprometida.

Mendoza también tiene una larga historia de terremotos y reconstrucciones. Allí la arquitectura tradicional de adobe demostró sus enormes vulnerabilidades y, con el tiempo, la ciudad fue incorporando criterios constructivos más exigentes. Su conocida estructura de acequias, arbolado y espacios verdes ofrece además una particular relación entre infraestructura, paisaje y habitabilidad.

La lección no consiste en copiar literalmente el modelo mendocino o sanjuanino. Consiste en entender su filosofía: la ciudad debe ser diseñada pensando también en el día en que ocurra aquello que nadie quiere que ocurra.

Chile ofrece otra enorme escuela. Después de terremotos como los de Chillán, Valdivia y Maule, el país fortaleció progresivamente sus normas de construcción sismorresistente. El terremoto de 2010, de magnitud 8,8, volvió a demostrar la importancia de contar con edificios, puentes, carreteras y sistemas de infraestructura capaces de soportar grandes movimientos.

En Ciudad de México, el terremoto de 1985 dejó una enseñanza diferente: no basta con mirar el edificio; hay que mirar el suelo. La capital está construida, en buena parte, sobre los antiguos sedimentos del lago de Texcoco, que pueden amplificar determinadas ondas sísmicas. Por eso, la ingeniería sísmica también implica conocer profundamente el territorio antes de decidir qué, dónde y cómo construir.

Yungay, en Perú, recuerda una verdad todavía más elemental: algunas veces no basta con reconstruir. Hay lugares donde reconstruir exactamente en el mismo sitio puede ser una equivocación. La ciudad quedó sepultada en 1970 por un alud provocado por el terremoto y la inestabilidad del nevado Huascarán. Allí la geografía terminó siendo una advertencia mucho más poderosa que cualquier plano urbano.

Mendoza- Argentina

¿Y qué tiene que ver todo esto con la ciudad que estamos construyendo hoy? Mucho.

En América Latina existe una tendencia a medir el progreso urbano por la cantidad de metros cuadrados construidos, la altura de los edificios, el número de apartamentos vendidos o la velocidad con que aparecen nuevas torres. Parece que una ciudad moderna fuera, necesariamente, una ciudad llena de edificios de veinte, treinta o cuarenta pisos.

Pero después de un terremoto la pregunta cambia. Ya no importa tanto cuántos pisos tiene el edificio, sino qué tan seguro es, cómo se evacúa, qué ocurre con los edificios vecinos, por dónde llegan los equipos de rescate, dónde se reúne la población, cómo funciona el transporte y qué sucede con los servicios esenciales.

No significa que construir en altura sea necesariamente malo. La densificación puede ser una herramienta útil para evitar que las ciudades continúen extendiéndose sobre áreas rurales y ecosistemas. El problema aparece cuando la altura se convierte en sinónimo de progreso y se olvida que la ciudad también necesita espacio, árboles, parques, corredores ambientales, transporte público eficiente y lugares seguros para caminar y pedalear.

Tal vez deberíamos aprender de quienes tuvieron que reconstruir después de perderlo casi todo. Una ciudad preparada para terremotos debería pensar en sus avenidas como corredores de emergencia, en sus puentes como piezas fundamentales de continuidad urbana, en sus parques como refugios temporales, en sus edificios como estructuras que deben proteger vidas y no solamente multiplicar metros cuadrados.

Autopista Circunvalar en San Juan

Y debería pensar también en algo que en BiciUrba nos interesa especialmente: cómo se mueve la gente cuando la ciudad está en emergencia. Una buena red de ciclorrutas puede convertirse en mucho más que una infraestructura para desplazarse diariamente. Si está bien diseñada, conectada, señalizada, iluminada y rodeada de áreas verdes, puede formar parte de una red urbana alternativa cuando determinados corredores viales queden bloqueados.

La bicicleta no reemplazará ambulancias, bomberos, transporte masivo ni vehículos de emergencia. Pero una ciudad con múltiples formas de movilidad tiene mayores posibilidades de mantener conectada a su población cuando una de ellas falla. Por eso, reconstruir después de un terremoto debería significar mucho más que levantar nuevamente lo que se cayó. Significa preguntarse qué hicimos mal antes de que la tierra nos obligara a detenernos.

Cada terremoto es una tragedia. Pero después de la tragedia aparece una oportunidad extraordinaria: construir una ciudad que no solamente sea más moderna, sino más segura, más humana, más verde y más preparada.

San Juan y Mendoza muestran que a veces hay que sacrificar unos cuantos pisos para ganar seguridad. Hay que sacrificar algunos metros de cemento para ganar parques. Hay que sacrificar protagonismo del automóvil para ganar transporte público. Y quizá haya que sacrificar la obsesión por construir cada vez más alto para recuperar algo que las ciudades modernas parecen haber olvidado: el derecho de las personas a vivir en una ciudad diseñada primero para protegerlas y después para venderles un apartamento.

Porque la verdadera modernidad urbana no debería medirse en pisos. Debería medirse en vidas protegidas.

Cuando la energía se pone cara, la bicicleta vuelve a tener la razón

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Energía verde que es sinónimo de contar con energía eléctrica constante, aún en tiempos de sequía y de El Niño

Hay una variable que suele quedar por fuera de las conversaciones sobre movilidad eléctrica: la electricidad también puede escasear. En Colombia lo sabemos bien. Cada vez que aparece un fenómeno de El Niño, la conversación cambia: hablamos de sequía, temperaturas altas, incendios, disponibilidad de agua y, por supuesto, de los embalses que alimentan buena parte de nuestra generación eléctrica.

Por ahora, no estamos frente a una crisis energética. Los embalses del país mantienen niveles relativamente favorables. XM reportó que el volumen útil alcanzaba alrededor del 80 % a finales de julio. Una buena noticia, sin duda. Pero hay otra noticia que conviene mirar con atención: las condiciones asociadas a El Niño se han venido fortaleciendo y el Ideam advierte sobre la posibilidad de que el fenómeno persista durante los próximos meses.

Entonces aparece una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿qué ocurre con la movilidad eléctrica si la electricidad empieza a escasear o a encarecerse?

No se trata de declarar culpable al automóvil eléctrico. Todo lo contrario. Frente a los combustibles fósiles, la electrificación del transporte ofrece enormes ventajas ambientales y puede ser una pieza fundamental de la transición energética. Pero también crea una dependencia que debemos reconocer: un vehículo eléctrico necesita electricidad para moverse.

Y si algún día la generación no alcanza cómodamente para atender la demanda, podrían aparecer restricciones, horarios de carga, aumentos en el precio de la energía o una competencia adicional por el consumo eléctrico. En otras palabras, podría llegar el momento en que hasta para salir en carro haya que preguntarle primero al embalse cómo amaneció.

Aquí conviene poner los pies —y las ruedas— sobre la tierra.

En Bogotá, un automóvil no solamente consume combustible o electricidad. Paga impuestos, seguro, mantenimiento, llantas, revisiones, crédito, depreciación y, por supuesto, parqueadero. El precio máximo regulado para un parqueadero fuera de vía puede llegar en 2026 a unos $13.800 por hora para un automóvil, mientras que para una bicicleta la tarifa máxima ronda los $600 por hora. Y algunos estacionamientos certificados pueden incluso ofrecer el servicio gratuito para bicicletas.

La diferencia no necesita calculadora. También podemos mirar el combustible. Un galón de gasolina corriente en Bogotá ronda actualmente los $15.500. Un automóvil eléctrico no necesita gasolina, evidentemente, pero sí necesita cargar su batería y esa electricidad tiene un costo que, además, puede aumentar cuando aumenta la presión sobre el sistema.

La bicicleta, en cambio, tiene una particularidad extraordinaria: no necesita combustible, enchufe, estación de carga ni embalse. La cuenta también se hace con kilovatios. Hay una comparación que ayuda a poner los pies sobre la tierra. En Bogotá, un galón de gasolina corriente ronda los $15.500, mientras que el kilovatio-hora residencial de Enel puede estar alrededor de los $821, según el tarifario y las condiciones del usuario.

Puesto en kilómetros, la ventaja energética del automóvil eléctrico es evidente. Un vehículo de gasolina que consiga unos 40 kilómetros por galón gastaría cerca de $387 en combustible para recorrer un kilómetro. Un eléctrico que consuma 15 kWh cada 100 kilómetros necesitaría aproximadamente $123 de electricidad para hacer la misma distancia, tomando como referencia esos $821 por kWh.

La diferencia es considerable y explica por qué la electrificación del transporte resulta tan atractiva. Pero también deja sobre la mesa una pregunta que no deberíamos ignorar: ¿qué ocurre cuando el precio del kilovatio aumenta o cuando la disponibilidad de electricidad se vuelve limitada?

El automóvil eléctrico puede ser mucho más eficiente y limpio que uno movido por gasolina, pero no funciona con buenos deseos: necesita electricidad. Y si algún día esa electricidad debe ser administrada con horarios, restricciones o mayores costos, tendremos una nueva variable en la ecuación de la movilidad.

La bicicleta, mientras tanto, observa la discusión desde la otra esquina. No consume gasolina, no consume kilovatios, no necesita cargador y, hasta donde sabemos, ningún embalse ha tenido que almacenar agua para que podamos llegar pedaleando al trabajo, eso sí que es independencia energética.

Y aquí reaparece nuestra vieja protagonista. La bicicleta urbana no promete llevarnos a 100 kilómetros por hora, ni tiene aire acondicionado, pantalla táctil, seis airbags o un sistema que nos avise que estamos demasiado cerca del carro de adelante. Tampoco presume de tener 300 caballos de fuerza. Tiene, eso sí, dos ruedas, una cadena y una extraordinaria capacidad para resolver desplazamientos cotidianos con muy poca infraestructura.

Claro, Bogotá no es precisamente una mesa de billar. Hay pendientes, viento, lluvia y uno que otro conductor que parece creer que la ciclorruta es una decoración urbana. Pero con una bicicleta adecuada, una buena relación de cambios y algo de práctica, la ciudad se puede recorrer sin necesidad de convertir cada desplazamiento en una prueba olímpica.

Y ocurre algo curioso: cuanto más usamos la bicicleta, mejor aprendemos a administrarnos. Encontramos nuestro ritmo, conocemos nuestros límites y descubrimos que no siempre hay que llegar sudando como si acabáramos de escapar de un incendio. Además, una bicicleta puede entrar en muchos lugares donde un automóvil jamás podría. Algunas son plegables y caben en la oficina, en el apartamento o debajo del escritorio. El estacionamiento cuesta poco y, en algunos casos, nada.

Pero hay algo todavía más importante. La bicicleta no solamente cuesta menos. Nos enseña a gastar menos y esa diferencia no aparece en ninguna factura de energía. La bicicleta obliga a cierta modestia. Nos recuerda que para desplazarnos no necesitamos necesariamente dos toneladas de metal, cientos de caballos de fuerza y una cabina climatizada. Nos exige disciplina, atención, equilibrio y un poco de esfuerzo personal.

Cuando ponemos en una misma cuenta el precio de compra, crédito, impuestos, seguros, mantenimiento, energía o combustible, parqueadero y gastos diarios, la comparación empieza a ponerse interesante. Por supuesto, un automóvil y una bicicleta no ofrecen las mismas prestaciones. Nadie pretende llevar a la abuela, tres maletas y el mercado semanal en una bicicleta de ciudad, pero para muchos desplazamientos urbanos cotidianos, la pregunta no debería ser cuál tiene más prestaciones, sino cuál necesitamos realmente.

El cambio climático está obligándonos a revisar muchas certezas. La energía que durante décadas dimos por garantizada puede convertirse en un recurso que debemos administrar con mayor cuidado. Y mientras desarrollamos redes eléctricas más robustas, energías renovables, almacenamiento y una movilidad cada vez más limpia, quizá convenga conservar una solución tecnológica bastante antigua y eficiente: la bicicleta.

Porque cuando el petróleo se encarece, protesta. Cuando la electricidad se encarece, protesta. Cuando los parqueaderos se vuelven imposibles, protesta. Pero cuando llega la sequía,la bici simplemente sigue rodando y eso, en tiempos de cambio climático, no es poca cosa.

Cuando la tierra tiembla, Colombia recuerda que somos uno

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Una tragedia que nos une y nos invita a repensar a Colombia

Las tragedias rompen mucho más que paredes, carreteras y edificios. También ponen a prueba nuestra capacidad para mirar al desconocido que sufre y reconocerlo como uno de los nuestros.

Colombia es un país profundamente dividido. La política, la guerra, la desigualdad y una larga tradición social han levantado fronteras entre ricos y pobres, entre regiones, entre indígenas, afrodescendientes y mestizos, entre quienes viven cerca del poder y aquellos que permanecen alejados de todo.

Pero basta con que la tierra tiemble para que muchas de esas diferencias pierdan, aunque sea temporalmente, buena parte de su fuerza. Cuando alguien queda atrapado bajo los escombros, nadie pregunta por quién votó. Se busca una señal de vida. Una mano. Un grito. Una respiración. Y el desconocido deja de serlo.

Eso es lo que también estamos viendo después del terremoto que golpeó especialmente al Chocó y que fue sentido con fuerza en buena parte del país. Bomberos, policías, militares, médicos, organismos de socorro y ciudadanos comunes se movilizan para ayudar. Alguien lleva agua, otro consigue alimentos, otro presta un vehículo y muchos trabajan durante horas buscando sobrevivientes.

En medio del dolor aparece una Colombia diferente. No desaparecen las diferencias, pero dejan de parecer tan importantes, entonces vemos la otra cara: los que ayudan y quienes intentan aprovecharse. El saqueo de viviendas y comercios afectados es una de las expresiones más miserables de una emergencia. Mientras unos buscan personas entre los escombros, otros buscan objetos para llevarse.

En algunos lugares, vecinos indignados han reaccionado contra presuntos saqueadores antes de que intervengan las autoridades. La rabia es comprensible, pero la justicia por mano propia no puede convertirse en otra tragedia. Detener al delincuente corresponde a la autoridad.

Y existe otro tipo de oportunismo, menos visible pero igualmente dañino: el político.

El presidente Abelardo de la Espriella, visitó Quibdó, en el recorrido evaluó las afectaciones e informó que los recursos económicos estatales ya se encuentran disponibles para atender la emergencia. Le acompaña la gobernadora Nubia Carolina Córdoba-Curi

En Colombia casi ninguna tragedia escapa de la discusión partidista. Y esta ocurre, además, en un momento de cambio de gobierno, cuando las redes sociales se convierten en escenario de acusaciones, interpretaciones apresuradas y críticas de todos contra todos. La vieja fórmula de “malo porque bogas y malo porque no bogas” vuelve a aparecer.

Si el Gobierno actúa, algunos dirán que busca protagonismo. Si tarda, hablarán de incompetencia. Si recibe ayuda internacional, habrá críticas; si no la recibe, también. Pero mientras los políticos discuten, hay personas esperando ser rescatadas., porque la política tendrá su momento, las responsabilidades también, pero primero están las vidas.

Chocó, una tragedia dentro de otra

El terremoto adquiere una dimensión especial por haber golpeado una región donde la geografía hace todavía más difícil atender una emergencia. En muchas comunidades del Chocó llegar no es sencillo. Hay pocas vías, grandes distancias, territorios selváticos y problemas históricos de conectividad. Cuando ocurre una tragedia, la distancia no se mide solamente en kilómetros: se mide en horas de espera para una ambulancia, maquinaria, alimentos, agua o una comunicación telefónica.

Para estas comunidades, el terremoto no termina cuando deja de moverse la tierra, comienza entonces otra espera. Y esa realidad debería recordarnos que Colombia no puede seguir construyéndose únicamente alrededor de sus grandes ciudades.

La Tierra nos recuerda nuestra verdadera dimensión

La Tierra tiene aproximadamente 4.540 millones de años. Nosotros llevamos apenas una diminuta fracción de ese tiempo habitándola, sin embargo, actuamos con frecuencia como si fuéramos sus propietarios.

Construimos ciudades, levantamos edificios, trazamos fronteras, acumulamos riquezas, peleamos por ideologías y nos sentimos superiores a quienes tenemos al lado, entonces la tierra se mueve durante unos segundos y todo cambia, porque un terremoto no distingue entre ricos y pobres, entre izquierda y derecha, entre indígenas, afrodescendientes o mestizos. No sabe quién gobierna ni quién hace oposición, simplemente ocurre.

Y durante unos segundos nos recuerda algo que solemos olvidar: somos pequeños, vulnerables y profundamente dependientes de un planeta que tiene una historia muchísimo más larga que la nuestra.

Organizaciones como La Cruz Roja Colombiana, cuerpo de bomberos, rescatistas de la Defensa Civil, Ejercito Nacional y otras organizaciones están presentes ayudando a recuperar victimas de esta tragedia nacional

La solidaridad no tiene fronteras

La tragedia también ha despertado expresiones de solidaridad internacional. Gobiernos y organizaciones han ofrecido ayuda a Colombia, recordándonos que ante una emergencia las fronteras políticas pierden importancia, y eso debería ocurrir también dentro de nuestro propio país.

Vendrán después los cálculos económicos. Habrá que establecer cuánto costará reconstruir viviendas, escuelas, hospitales, carreteras, puentes, redes eléctricas, sistemas de agua y comunicaciones, pero todavía no es el momento de ponerle precio al desastre.

Primero hay que encontrar a quienes siguen desaparecidos. Atender a los heridos. Acompañar a las familias. Recuperar lo que pueda recuperarse, después llegará la reconstrucción y con ella, las preguntas inevitables.

Un solo país

Colombia no puede impedir que la Tierra vuelva a temblar, pero sí puede decidir cómo responder cuando ocurra. Puede construir mejor, preparar mejor a sus comunidades, fortalecer los organismos de emergencia, mejorar las comunicaciones y llevar infraestructura a las regiones que durante décadas han permanecido demasiado lejos de los centros de decisión.

Y puede aprender algo todavía más importante: a mirarse como una sola sociedad, porque cuando la tierra tiembla, el rico necesita al pobre, la ciudad necesita al campo, el centro necesita a la periferia y el Gobierno necesita a los ciudadanos.

En estas realidades el desconocido se convierte en vecino, el que estaba lejos se convierte en hermano y el que pensaba diferente se convierte, por unos instantes, simplemente en colombiano.

No sabemos cuándo llegará el próximo terremoto, sabemos que llegará y la Tierra lleva unos 4.540 millones de años moviéndose y no va a detenerse porque nosotros hayamos construido nuestras ciudades sobre ella. Lo que sí podemos cambiar es la manera como respondemos.

  • Que el próximo movimiento nos encuentre preparados.
  • Que no nos encuentre saqueando.
  • Que no nos encuentre haciendo política con el dolor.
  • Que no nos encuentre indiferentes.
  • Que nos encuentre humanos.

Porque cuando la tierra tiembla, todas nuestras diferencias se vuelven pequeñas y por unos instantes —ojalá por mucho más tiempo— Colombia recuerda que Colombia somos todos.

BiciUrba

Los animales también están aprendiendo a vivir en nuestra ciudad

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Las ciudades pueden ser espacios importantes para conservar biodiversidad, siempre que dejemos de diseñarlas exclusivamente alrededor de las necesidades humanas.

El Antropoceno no solo está cambiando el clima y el paisaje. También está modificando la conducta, los cuerpos y, en algunos casos, la evolución de otras especies.

Hay una ciudad que conocemos perfectamente: la de los edificios, vehículos en movimiento, semáforos, grandes avenidas, parques, bicicletas, centros comerciales y millones de personas tratando de llegar a alguna parte.

Pero existe otra ciudad, mucho menos visible, la de los pájaros que anidan en los árboles de los parques, los murciélagos que sobrevuelan las avenidas, los insectos que buscan flores entre el concreto, los roedores que encuentran alimento en nuestras basuras, las mamíferos que cruzan silenciosamente una calle durante la noche y las numerosas especies que intentan encontrar un lugar donde vivir entre edificios, cables, antenas, automóviles y seres humanos.

Para ellas, la ciudad es un nuevo ambiente y algunas están aprendiendo a vivir en él.

La ciencia ha comenzado a estudiar este fenómeno desde una perspectiva fascinante: la evolución urbana. La urbanización no solamente cambia dónde viven las especies; modifica las presiones ambientales a las que están sometidas alterando su comportamiento, reproducción, desplazamientos y, cuando las condiciones se mantienen durante suficientes generaciones, incluso producir cambios evolutivos.

No todas las especies tienen la misma suerte, muchas simplemente desaparecen. Otras se refugian en los pocos fragmentos de naturaleza que dejamos entre las construcciones, y unas cuantas —generalistas, oportunistas y extraordinariamente adaptables— descubren que nuestra ciudad también tiene comida, agua y refugio.

Pensemos en las grandes capitales suramericanas: Bogotá, Quito, Lima, Santiago, Buenos Aires, Montevideo, Asunción, La Paz, Brasilia y Caracas tienen geografías, climas y ecosistemas completamente diferentes. Pero comparten algo: la transformación acelerada del territorio.

Una montaña se convierte en urbanización, un humedal termina rodeado de edificios, un bosque desaparece bajo una carretera. Una quebrada es canalizada y una avenida corta en dos el territorio de una especie. Un edificio de veinte, treinta o cuarenta pisos aparece donde antes había cielo abierto.

Para nosotros es infraestructura, para un ave migratoria puede ser una pared inesperada en una ruta que llevaba miles de años utilizando. En Bogotá existe evidencia concreta. Un estudio realizado en edificios de la Pontificia Universidad Javeriana registró 106 colisiones de aves pertenecientes a 18 especies; el 88 % de ellas fueron fatales. Las aves migratorias boreales fueron especialmente afectadas.

El vidrio es particularmente perverso para ellas, no lo ven como nosotros, ven el cielo reflejado, árboles reflejados y vuelan hacia ellos. El resultado puede ser mortal o deja terribles lesiones. Bogotá incluso ha desarrollado una guía de arquitectura amigable con aves y murciélagos, reconociendo que la construcción de edificios puede convertirse en una barrera y una trampa para la fauna.

Y aquí aparece una pregunta incómoda: ¿Cuántas especies tendrán que cambiar antes de que nosotros cambiemos la arquitectura?

Más crecimiento en vías, infraestructuras urbanas de todo tipo alteran para siempre la vida silvestre de lo que fueran montañas, valles, lagos, bosques

La ciudad que todo lo altera

Durante miles de años, la noche fue noche, hoy, buena parte de nuestras ciudades permanece iluminada hasta el amanecer, funcionan las 24 horas. Luminarias, edificios, avisos, vitrinas, estadios, carreteras, centros comerciales y viviendas han creado un paisaje nocturno completamente diferente al que conocieron los animales que evolucionaron bajo la oscuridad. La luz artificial altera relojes biológicos, actividad, alimentación, reproducción y migración.

Y después llegó el ruido. Para nosotros, el ruido urbano es una molestia, para muchas especies es algo mucho más serio. Los animales utilizan sonidos para encontrar pareja, defender territorios, detectar depredadores, comunicarse con sus crías y reconocer a otros individuos. Pero una avenida llena de automóviles, buses y motocicletas puede convertirse en una especie de interferencia permanente.

Entonces algunas aves cantan más fuerte, o cambian la frecuencia de sus vocalizaciones, modifican el horario en que cantan, o abandonan los lugares demasiado ruidosos. Y aquí aparece nuevamente la diferencia entre adaptarse y evolucionar.

Un animal puede modificar su conducta durante su vida y eso es adaptación conductual. pero si una determinada característica heredable permite sobrevivir y reproducirse mejor en ese ambiente y se acumula generación tras generación, estamos hablando de evolución, pero no todo cambio que observamos en una especie es evolución y tampoco debemos asumir que la evolución es siempre lenta.

La distinción es importante porque evita convertir cualquier animal que cambie de conducta en una especie que “está evolucionando”. Y entonces aparece un actor que no es exclusivamente urbano, pero que puede amplificar todos estos cambios: El Niño-Oscilación del Sur, ENSO.

El Niño y La Niña modifican temperaturas, lluvias, sequías, disponibilidad de alimento, incendios, productividad marina y condiciones de los ecosistemas en buena parte de Sudamérica. Para una especie que ya está sometida a urbanización, contaminación y fragmentación del hábitat, otro cambio climático puede convertirse en una presión adicional, porque una población que perdió parte de su territorio tiene menos lugares hacia dónde desplazarse y dependen de determinado alimento, que puede encontrarlo reducido o desaparecido totalmente.

Un animal que necesita temperaturas específicas puede quedar atrapado entre una ciudad y un territorio que ya no puede ocupar, el problema, entonces, no es solamente que cada presión exista, es que las presiones se acumulan. La investigación científica contemporánea está insistiendo precisamente en esto: clima y urbanización no deben analizarse como problemas independientes, porque interactúan para modificar la ecología, la evolución de las especies incluidos nosotros, los humanos.

Porque debajo de nuestros semáforos, entre nuestros edificios y detrás del ruido de nuestros motores, existe otra ciudad. Una ciudad que también está evolucionando y que, por ahora, nosotros seguimos diseñando, para bien o para mal.

El planeta se mueve… y nosotros vivimos encima

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Porque un terremoto puede durar segundos, pero estar preparados puede marcar la diferencia durante las horas y días que vienen después.

Ayer en la mañana, cuando miles de colombianos comenzaban sus labores diarias de trabajos, colegios, algunos comercios, bueno, el planeta nos recordó que la Tierra se mueve y que ante ella somos bastante frágiles y limitados.

Un fuerte terremoto sacudió buena parte del país y también fue sentido en naciones vecinas. Los primeros reportes hablan de una magnitud de 7,4 y de daños importantes en varias poblaciones del occidente colombiano, particularmente en Chocó y el Eje Cafetero, además de personas fallecidas y heridas. Como ocurre siempre después de un terremoto de esta magnitud, las cifras todavía pueden cambiar mientras avanzan las labores de búsqueda, rescate y evaluación de daños.

Pero más allá del susto, de las paredes agrietadas, de los edificios evacuados y de quienes lamentablemente perdieron la vida, queda una pregunta que deberíamos hacernos con mayor frecuencia:

¿Qué sabemos de las grandes fallas geológicas que están debajo de nuestros pies?

Porque Colombia no está sola en este asunto. La superficie de nuestro planeta no es una pieza única. Está dividida en enormes placas tectónicas que se desplazan lentamente unas respecto de otras. Algunas chocan, otras se separan y otras se deslizan lateralmente. Cuando la tensión acumulada supera la resistencia de las rocas, la energía se libera en forma de terremoto. Y Latinoamérica está sentada, literalmente, sobre una de las zonas tectónicas más activas del planeta.

La cordillera de los Andes es, en buena medida, el resultado de ese gigantesco proceso: la placa de Nazca se introduce por debajo de la placa Sudamericana. Desde Colombia hasta Chile, esa interacción genera una extraordinaria actividad sísmica y volcánica. En Chile, Perú, Ecuador y Colombia, los terremotos forman parte de la historia natural del territorio.

Colombia, además, tiene una geología particularmente compleja. Interactúan las placas Sudamericana, Nazca y Caribe, junto con diferentes bloques tectónicos y numerosas fallas activas. Por eso el Servicio Geológico Colombiano explica que nuestro país se encuentra entre los territorios con mayor actividad sísmica de América Latina. Aquí, sencillamente, tiembla todos los días, aunque la inmensa mayoría de esos movimientos sean tan pequeños que nadie los perciba.

Pero el fenómeno no termina en Colombia.

México está atravesado por la interacción de varias placas y por la zona de subducción del Pacífico. Centroamérica forma parte de un complejo sistema tectónico asociado al contacto entre las placas de Cocos, Caribe y Norteamérica. En el Caribe existen sistemas de fallas capaces de producir terremotos importantes, como ocurre en la región de Hispaniola, en el archipiélago de las Antillas Mayores. El propio Servicio Geológico de Estados Unidos describe allí una combinación de subducción, fallas transformantes y otros procesos tectónicos.

Más al sur, los Andes continúan siendo una gigantesca cicatriz geológica en movimiento. Perú y Chile han sufrido algunos de los mayores terremotos registrados por la humanidad. En Chile ocurrió, en 1960, el terremoto de Valdivia, de magnitud 9,5: el mayor terremoto instrumentado hasta ahora.

Y frente a semejante fuerza, el ser humano parece increíblemente pequeño. Pero hay algo que sí debemos hacer y es reducir sus consecuencias. Normas hay, desde las construcciones urbanas, guías para salir de edificios, ensayos y simulacros de cómo actuar en estas eventualidades, y hay que conocerlas y ponerlas en práctica.

Una ciudad bien planificada, construcciones que cumplan las normas sismorresistentes, infraestructura crítica preparada, sistemas de alerta, educación ciudadana, rutas de evacuación y una población que sepa cómo actuar pueden marcar la diferencia entre un movimiento de tierra y una tragedia. Porque el terremoto no tiene intención alguna de hacernos daño. No es enemigo de nadie. Simplemente es la Tierra acomodándose, liberando energía, haciendo aquello que lleva millones de años haciendo.

El problema aparece cuando nosotros construimos encima sin conocer suficientemente el terreno, cuando ignoramos las normas, cuando urbanizamos zonas de riesgo o cuando creemos que porque hace años no ocurrió una tragedia, mañana tampoco ocurrirá.

La bicicleta nos enseña algo parecido.

Cuando salimos a rodar sabemos que no podemos controlar el automóvil que aparece en la esquina, la lluvia que comienza de repente o el hueco que encontramos en la vía. Lo que sí podemos controlar es nuestra preparación, nuestra atención y la manera como respondemos.

Con los terremotos sucede algo parecido. La Tierra se mueve, eso no lo podemos cambiar, lo que sí podemos cambiar es qué tan vulnerables somos cuando decide hacerlo.

Colombia lo volvió a sentir y quizá la mejor manera de honrar a quienes fueron afectados no sea vivir con miedo, sino aprender. Porque debajo de nuestras ciudades, debajo de nuestras ciclorrutas, nuestras casas, nuestros edificios y nuestras carreteras, el planeta continúa moviéndose.

Siempre lo ha hecho, y lo seguirá haciéndolo mucho después de nosotros.

Recuerde esto y téngalo siempre listo…

La ciudad que todavía no existe… pero debería

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Ciudades a escala humana, donde el vivir bien es una forma natural de existir


Imaginemos una ciudad, no una ciudad perfecta —porque esas probablemente solo existen en los planos de los urbanistas y en los discursos de los políticos—, sino una ciudad posible. Una ciudad que, por alguna extraña razón, decidió hacer algo que parece revolucionario en pleno siglo XXI: pensar primero en las personas.

Está ubicada en una zona ecuatorial, generosa en lluvias y vegetación. Tiene una población permanente que no supera los 800.000 habitantes y, con visitantes y turistas, puede acercarse al millón. Una ciudad de tamaño razonable, suficientemente grande para tener universidades, centros de investigación, cultura, comercio y turismo, pero no tan grande como para terminar convertida en una gigantesca máquina de producir trancones, ruido, contaminación y estrés.

Aquí las vías fueron diseñadas pensando en la movilidad y no únicamente en los automóviles.

Y hay un detalle que para BiciUrba resulta fundamental: las ciclorrutas están presentes en todas las grandes vías y tienen continuidad. Una para cada sentido de circulación. Ida por un lado, regreso por el otro. Sin improvisaciones, sin convertir al ciclista en un obstáculo para los automotores ni obligarlo a jugarse la vida cada vez que necesita cruzar una avenida.

Las ciclorrutas atraviesan parques lineales, corredores verdes y hermosos paisajes urbanos. Hay árboles, jardines, pequeñas plazas, monumentos y cafeterías cuidadosamente organizadas. El comercio existe, por supuesto, porque una ciudad necesita actividad económica, pero aquí existe algo que parece haberse perdido en muchas ciudades: reglas que se cumplen.

No hay invasión permanente del espacio público. No aparecen de la noche a la mañana estructuras improvisadas, parlantes, avisos estridentes o vendedores ocupando cualquier lugar disponible. El comercio tiene su espacio, está reglamentado y convive con la ciudad sin apropiarse de ella. Porque esta ciudad entendió algo elemental: el espacio público pertenece a todos.

Una ciudad que no quiso convertirse en una selva de concreto

Aquí predominan las casas y las construcciones de escala humana. No es que estén prohibidas las edificaciones altas, pero la ciudad decidió no convertirse en una colección interminable de torres de apartamentos, inmensas superficies de vidrio y gigantescas moles de concreto que terminan modificando el paisaje, la temperatura y hasta la percepción que tenemos del lugar donde vivimos. La arquitectura conversa con la naturaleza.

Los centros comerciales tampoco son simples cajas destinadas a vender cosas. Son lugares de encuentro, cultura, gastronomía y entretenimiento. Tienen jardines, plantas, espacios para conversar, exposiciones, bibliotecas, pequeños escenarios culturales y restaurantes donde comer bien no significa necesariamente escuchar música a todo volumen.

Los colegios tienen espacios verdes. Y las universidades no son solamente fábricas de profesionales, son centros de investigación. Investigan cómo mejorar la vida cotidiana, cómo utilizar mejor el agua, cómo ahorrar energía, cómo producir alimentos, cómo solucionar problemas ambientales y cómo desarrollar tecnologías que puedan ser útiles para las empresas y para la comunidad. Aquí la ciencia aplicada no es un discurso de ceremonia de graduación, es una política de ciudad.

También se puede vivir bien sin hacer ruido

Como toda ciudad, existen restaurantes, cafés, pubs, hoteles y lugares turísticos. Pero hay una diferencia: la tranquilidad también forma parte de la infraestructura urbana.

Nadie siente que tiene derecho a instalar un parlante en la calle para imponerle música a todo el barrio. Los anuncios comerciales no compiten por ser cada vez más estridentes, luminosos o desagradables. Aquí se entendió que el silencio también es un servicio público.

Hay templos y lugares dedicados a la fe. Construcciones hermosas destinadas a la oración, la reflexión y el encuentro comunitario.

Y alrededor de la ciudad existen parques, senderos, escenarios deportivos, caminos para transitar y rutas para montar bicicleta. Hay lugares donde las familias pueden reunirse, donde los amigos pueden compartir un asado y donde los niños pueden jugar sin que un automóvil sea el protagonista permanente del paisaje.

La bicicleta dejó de ser invitada y se convirtió en parte de la ciudad.

Quizá aquí esté una de las mayores diferencias. La bicicleta no es considerada un juguete, una moda ni un elemento decorativo de las políticas públicas, es transporte.

Por eso existen estacionamientos adecuados, estaciones de servicio para bicicletas distribuidas estratégicamente y pequeños puntos de mantenimiento con infladores y herramientas básicas para resolver una pinchadura, ajustar una pieza o continuar el viaje. Y lo más sorprendente es que funcionan. después de muchos años siguen allí. No fueron inauguradas con una placa, una fotografía y un discurso para desaparecer seis meses después, forman parte de la infraestructura permanente de la ciudad.

Y cuando se proyecta una nueva obra pública, la pregunta no es únicamente cuántos automóviles podrá movilizar. También se pregunta: ¿Cuántas personas podrán caminar por aquí? ¿Cuántas podrán llegar en bicicleta? ¿Qué impacto tendrá sobre el paisaje?

En esta ciudad, construir una nueva ciclorruta puede tener incluso mayor prioridad que construir una nueva vía para automóviles. No porque el automóvil esté prohibido, sino porque la ciudad comprendió que mover personas no necesariamente significa mover toneladas de acero. Además tiene un sistema de transporte público eléctrico, que va a todas partes de la ciudad, a precio pasaje razonable. Lo mejor, es el respeto de los usuarios hacia el sistema, tanto al usar las estaciones, el cuidado al interior de los vehículos, el orden y limpieza en los mismos. Y nadie, ni siquiera lo piensa, en colarse y no pagar el servicio.

Agua, energía y residuos: recursos, no basura

El gobierno municipal convirtió el cuidado ambiental en una política permanente y no en una campaña de temporada. Las calles y parques públicos avanzan hacia la iluminación con energía solar. Las aguas residuales son tratadas y reutilizadas. El objetivo es sencillo: que cada litro de agua pueda aprovecharse tantas veces como sea técnicamente posible.

El reciclaje tampoco depende exclusivamente de una campaña publicitaria, se aprende desde la escuela. Los niños conocen la importancia del agua, la energía, el gas, la separación de residuos, el reciclaje y la elaboración de compost. Aprenden que los restos orgánicos pueden regresar al suelo y convertirse nuevamente en vida para los jardines.

La educación ambiental no termina en el aula, se extiende a las familias, los barrios, las empresas y las instituciones. La ciudad informa, educa, comunica y, cuando es necesario, regula, porque formar ciudadanos responsables no ocurre por decreto, se construye todos los días.

No es perfecta. Y precisamente por eso resulta creíble

Por supuesto, esta ciudad tiene problemas. Hay calles que necesitan reparación. Hay personas sin empleo. Hay conflictos, errores administrativos y decisiones que seguramente podrían hacerse mejor. Pero existe una diferencia fundamental: no hay personas abandonadas a su suerte.

Existe una política de ayuda social diseñada para recuperar autonomía, no para convertir la necesidad en una dependencia permanente de subsidios. La solidaridad tiene un propósito: ayudar a la persona a volver a caminar por sus propios medios.

Y sí, los habitantes pagan impuestos, pero ocurre algo curioso, les gusta pagarlos. No porque pagar impuestos sea divertido —eso sí sería entrar definitivamente en el terreno de la ciencia ficción—, sino porque pueden verlos convertidos en obras, parques, ciclorrutas, colegios, universidades, sistemas de agua, iluminación, seguridad, mantenimiento y servicios públicos que mejoran realmente la vida cotidiana.

¿Utopía? Naturalmente. Esta ciudad probablemente no existe, al menos no completa.

Quizás alguna ciudad tenga excelentes ciclorrutas. Otra haya conseguido reciclar buena parte de sus residuos. Otra haya desarrollado una extraordinaria política de transporte público. Otra proteja sus parques y otra tenga universidades dedicadas a resolver problemas reales. Pero ninguna necesita esperar a ser perfecta para comenzar. La verdadera utopía no consiste en imaginar una ciudad sin problemas. Consiste en imaginar una ciudad capaz de resolverlos sin destruir aquello que pretende mejorar.

En BiciUrba creemos que una ciudad se mide mucho más por la calidad de vida de sus habitantes que por la cantidad de automóviles que puede almacenar. Por eso, cuando llega el momento de decidir entre otra avenida para los carros o una nueva ruta para bicicletas, quizá deberíamos hacernos una pregunta muy sencilla: ¿Qué queremos construir: una ciudad para mover vehículos o una ciudad para vivir?

La respuesta puede parecer utópica, pero quizá el verdadero problema no sea que esta ciudad todavía no exista. Quizá el problema sea que hemos terminado creyendo que una ciudad así es imposible.

“La ciudad no es una pista: pedalee con los cinco sentidos”

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“En la ciudad no gana el que pedalea más rápido. Gana el que llega a casa”

Montar bicicleta todos los días en la ciudad no es precisamente el momento ideal para distraerse, consultar el celular, mirar las redes sociales o viajar con los oídos completamente aislados por unos audífonos.

La ciudad exige algo mucho más importante que una bicicleta costosa: atención.

Porque mientras uno pedalea aparecen vehículos, peatones, motocicletas, otros ciclistas, semáforos, cruces, puertas de automóviles que pueden abrirse de repente, perros, baches, alcantarillas, basura, charcos y toda una colección de pequeñas trampas que, dependiendo de la ciudad, pueden convertir un recorrido tranquilo en una situación bastante complicada.

Hay ciudades que han entendido que la bicicleta también es un vehículo y han construido infraestructura pensando realmente en quienes pedalean. Ciclorrutas protegidas, cruces seguros, puentes, señalización, semáforos, estacionamientos y vías donde el automóvil no es necesariamente el rey.

Pero también existen ciudades donde al ciclista simplemente le dijeron: “por aquí puede pasar” y luego le dejaron el resto de la aventura. Y ahí comienza el problema.

Las trampas también están en el piso

Una de las más peligrosas son las alcantarillas y rejillas cuya orientación deja espacios suficientes para que una rueda delgada pueda quedar atrapada. Para una bicicleta de ruta, ese pequeño espacio puede convertirse en una catapulta.

El resultado puede ser una llanta destruida, una rueda doblada, una caída aparatosa, lesiones en brazos y hombros o, en el peor escenario, un golpe considerable en la cabeza. Por eso el ciclista urbano debe aprender a leer el pavimento. No solamente mirar hacia adelante, sino anticipar lo que viene.

Después aparecen los baches. Algunos tienen la cortesía de anunciarse con varios días de anticipación; otros aparecen de repente. Y están los peores: los que quedan escondidos debajo de un charco de agua lluvia.

Ese charco puede tener cinco centímetros de profundidad o convertirse en una piscina olímpica de dudosa procedencia. El problema es que desde arriba casi nunca se sabe qué hay debajo.

También están los resaltos, las placas de concreto desniveladas, las tapas de alcantarilla hundidas y las reparaciones mal terminadas. Un pequeño desnivel puede obligar a realizar una maniobra evasiva y, si detrás viene un automóvil, una motocicleta o incluso otro ciclista demasiado cerca, el asunto deja de ser pequeño.

La bicicleta tampoco otorga inmunidad

Aquí viene una parte que a veces olvidamos. El automóvil debe respetar al ciclista. La motocicleta debe respetar al ciclista. El peatón debe respetar el espacio destinado a la bicicleta, pero el ciclista también debe respetar las normas.

No somos los reyes del planeta porque tengamos dos ruedas.

Adelantar de manera temeraria en medio de un embotellamiento, atravesar un semáforo en rojo, circular en sentido contrario, hacer maniobras inesperadas o lanzarse entre vehículos como si estuviéramos compitiendo por una medalla olímpica no convierte a nadie en mejor ciclista. Lo convierte, sencillamente, en un peligro.

Y tampoco hace falta imitar a esos motociclistas que parecen considerar cada semáforo una invitación a la acrobacia. El ciclista urbano debería representar precisamente lo contrario: prudencia, inteligencia, respeto y convivencia.

La bicicleta puede ser una forma silenciosa de cuestionar el automóvil, los combustibles fósiles, el ruido y la contaminación. Pero esa protesta pierde credibilidad cuando quien pedalea se comporta como otro actor más del caos vial.

Los peatones también tienen lo suyo

Otro obstáculo frecuente aparece caminando. Personas que atraviesan una ciclorruta sin mirar, grupos que ocupan todo el ancho del espacio, corredores que cambian de dirección de repente, peatones que cruzan un semáforo sin advertir que también circulan bicicletas.

Y sí, hay que decirlo: una ciclorruta no es una extensión de la acera, pero tampoco es una pista de carreras.

El ciclista debe anticipar la presencia de peatones y reducir la velocidad cuando sea necesario. Un timbre o una advertencia verbal pueden evitar un accidente. La paciencia, en cambio, evita una discusión. Porque la convivencia urbana tiene una regla sencilla: todos tenemos derecho a movernos, pero ninguno tiene derecho a comportarse como si los demás no existieran.

Y aparecen los perros…

Hay otro protagonista de las calles que merece capítulo propio: el perro. Uno solo puede generar un pequeño susto. Una jauría puede convertir una tranquila salida en una prueba de manejo defensivo.

La recomendación es mantener la calma, evitar movimientos bruscos y no entrar en una carrera desesperada. Muchas veces el animal ladra más de lo que realmente pretende hacer. Pero cuidado: cada situación es diferente. Si existe un riesgo evidente de ataque, lo prioritario es reducir la velocidad y buscar una salida segura, incluso deteniéndose si resulta necesario.

Entre el lento y el Flash

En las ciclorrutas también encontramos personajes. Está el ciclista que avanza tan despacio que parece estar contemplando filosóficamente el paisaje, y está el que cree que acaba de clasificarse para el Tour de Francia y pretende adelantar a todo lo que se mueva. Los dos pueden generar problemas.

La velocidad debe adaptarse al lugar, al estado de la vía, a la cantidad de personas y a las condiciones del tránsito. Adelantar requiere espacio, visibilidad y prudencia. Y hacer malabarismos con una o dos ruedas puede ser entretenido para quien los hace, pero no necesariamente para quien termina esquivándolo.

La discusión puede salir mucho más cara que el golpe

Hay algo que el ciclista urbano también debe aprender: no todas las batallas se ganan discutiendo.Una maniobra mal hecha, un giro inesperado o un adelantamiento indebido pueden provocar una discusión con otro ciclista o con un conductor.

¿Vale la pena? En una ciudad donde una discusión puede escalar rápidamente, lo inteligente muchas veces es respirar, continuar el camino y dejar la razón guardada para otra ocasión. Como dice el viejo principio colombiano: “no hay que dar papaya”.

Una bicicleta puede ser robada. Un teléfono también. Y una discusión puede terminar siendo la oportunidad que alguien estaba esperando.

La verdadera seguridad comienza en la cabeza

Para rodar por la ciudad no basta tener la bicicleta adecuada, buenas llantas, frenos en perfecto estado, luces, casco y todos los accesorios que ofrece el mercado. Hace falta algo mucho más importante: un ciclista que piense.

Que conozca las normas de tránsito. Que sepa interpretar una intersección. Que anticipe los movimientos de los demás. Que reduzca la velocidad cuando no tiene visibilidad. Que mantenga una distancia prudente. Que señalice sus maniobras. Que no utilice el celular mientras conduce. Que evite que los audífonos lo desconecten completamente de lo que ocurre alrededor.

Y que entienda algo fundamental: la vía no le pertenece. La comparte con peatones, automóviles, buses, motocicletas, camiones, otros ciclistas y, ocasionalmente, con un perro que decidió convertirse en agente de tránsito.

La bicicleta sigue siendo una extraordinaria herramienta de movilidad, salud, libertad y transformación urbana. Precisamente por eso debemos cuidarla y, sobre todo, cuidarnos. Porque llegar cinco minutos antes no sirve de mucho si llegamos cinco minutos después de haber tomado una mala decisión.

En la ciudad no gana el que pedalea más rápido, gana el que llega a casa y mañana vuelve a salir.

Para tener en cuenta….

Cuadro BiciUrba: las reglas que se repiten en buena parte del mundo

Aquí haría una precisión importante sobre la palabra “internacionales”: no existe un único código mundial de tránsito para bicicletas. Hay convenciones internacionales y principios ampliamente compartidos, pero cada país establece sus propias obligaciones. Por ejemplo, la Unión Europea señala que las reglas específicas varían entre países, mientras que la Convención de Viena establece elementos comunes para las bicicletas y la circulación.

Norma / principioRegla general para el ciclista urbanoObservación BiciUrba
Respetar semáforos y señalesObedecer señales, semáforos y prioridades de circulaciónLa bicicleta es un vehículo en muchos marcos normativos: no está por encima de las señales.
Circular por el sentido autorizadoNo circular deliberadamente en contravía, salvo excepciones señalizadasLa sorpresa es enemiga de la seguridad.
Usar infraestructura ciclistaUtilizar ciclorrutas o carriles exclusivos cuando la normativa local lo establezcaLa infraestructura debe ser segura, continua y correctamente señalizada.
Mantener control de la bicicletaConservar ambas manos disponibles para controlar la bicicleta, salvo cuando se señaliza una maniobraLa Convención de Viena recoge este principio.
Frenos y elementos de señalizaciónLa bicicleta debe contar con frenos eficientes y elementos de visibilidad/señalización exigidos localmenteLa Convención de Viena contempla freno, timbre y dispositivos reflectantes/luces.
Luces y reflectivosUsarlos cuando las condiciones de visibilidad o la legislación lo exijanEspecialmente importantes de noche y con lluvia.
CascoUtilizar casco certificado es una medida de protección; su obligatoriedad depende del país y, en algunos casos, de edad o tipo de víaNo confundir “recomendado” con “obligatorio”: las leyes no son iguales en todas partes.
No distraerseEvitar celular y cualquier actividad que reduzca la atenciónLa distracción es un factor reconocido internacionalmente de riesgo vial.
Velocidad prudenteAdaptar la velocidad al tráfico, infraestructura, visibilidad y presencia de peatonesLa velocidad determina tanto la probabilidad como la gravedad de una colisión.
AdelantamientoAdelantar únicamente cuando exista espacio, visibilidad y seguridad suficienteNunca convertir la ciclorruta en una pista de competencia.
Señalizar maniobrasAdvertir giros y cambios de trayectoria según las normas localesLa anticipación permite que los demás reaccionen.
No llevar objetos peligrososNo transportar elementos que dificulten el control o pongan en riesgo a tercerosEs un principio contemplado por las reglas internacionales de circulación ciclista.
No sujetarse de vehículosNo ser remolcado por automóviles, motos u otros vehículosDivertido hasta que deja de serlo.
Alcohol y drogasNo conducir bajo efectos que alteren las capacidadesLa conducción bajo sustancias psicoactivas incrementa el riesgo de siniestro.
Respetar a peatonesReducir velocidad y ceder prioridad cuando correspondaEl ciclista también es responsable de la convivencia.
Conservar distancia y controlMantener margen suficiente respecto de vehículos, peatones y otros ciclistasEspecialmente importante en cruces y adelantamientos.
Cuidar la infraestructuraNo invadir zonas peatonales o áreas restringidas sin autorizaciónLa infraestructura ciclista forma parte de un sistema, no de una pista privada.
ColombiaEl Código Nacional de Tránsito regula expresamente la circulación de bicicletasEn Colombia, la Ley 769 de 2002 contiene un capítulo específico sobre ciclistas y establece reglas generales de circulación.

La seguridad no puede depender únicamente de que todos los ciudadanos sean perfectos. Las ciudades también tienen que estar diseñadas para que los errores humanos no se conviertan en tragedias. Consulte las normas del código nacional de tránsito : https://www.funcionpublica.gov.co/eva/gestornormativo/norma.php?7&i=5557&utm_source=chatgpt.com

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