
Hay bicicletas que sirven para ir al trabajo, llevar a los hijos al colegio, hacer mercado o simplemente escapar durante un rato del ruido de la ciudad. Otras cargan equipaje y se convierten en compañeras de aventuras capaces de atravesar países, cordilleras y fronteras. También están aquellas que parecen construidas para hacer las locuras más disparatadas sobre dos ruedas.
Pero existe otra bicicleta. Una mucho más íntima. Es la bicicleta que permite conversar con uno mismo mientras las piernas trabajan, los ojos recorren el camino y los brazos sostienen el manubrio. Una máquina aparentemente sencilla que, cuando encuentra a la persona adecuada, termina convirtiéndose en una especie de espacio personal con ruedas.
En San Juan, Argentina, esa historia tiene rostro de mujer.
Por las calles y rutas cercanas a la ciudad aparecen grupos de mujeres que han convertido la bicicleta en una compañera habitual. Salen a rodar durante dos o tres horas, recorren kilómetros, regresan cansadas y, probablemente, con las piernas reclamando un poco de consideración. Algunas pedalean todos los días; otras lo hacen día por medio.

No parecen buscar solamente velocidad ni kilómetros. Hay algo más. Uno de esos grupos es Victoria Team, integrado por cerca de 60 mujeres de distintas edades, ocupaciones y profesiones. Al frente está Amira Yanadel, profesora de Educación Física, una formación que ayuda a entender que el deporte no necesariamente consiste en derrotar a alguien más.
A veces la competencia más importante ocurre con nosotros mismos.
El deporte puede ser reto personal, disciplina, esfuerzo, perseverancia y, sobre todo, la posibilidad de descubrir capacidades que estaban allí, esperando una oportunidad. La bicicleta simplemente ofrece el escenario.
Cada salida tiene una pequeña historia. Una subida que antes parecía imposible. Una distancia que daba miedo. Un ritmo que costaba sostener. Un regreso en el que el cansancio confirma que el cuerpo todavía tiene mucho que decir.
Y en ese proceso aparece algo particularmente interesante: la posibilidad de desmontar algunos de los límites que la sociedad ha colocado históricamente sobre las mujeres.
No hace falta convertir la bicicleta en una pancarta ni en un discurso. Basta con pedalear.
Porque cuando una mujer decide salir, avanzar, sudar, cansarse y completar una ruta que se había propuesto, está haciendo algo mucho más profundo que ejercicio. Está comprobando, en primera persona, que puede enfrentarse a sus propios temores.
La bicicleta no hace milagros. Tampoco es psicóloga ni psiquiatra. No reemplaza a profesionales cuando se necesita ayuda especializada.
Pero puede ser una amiga extraordinariamente sincera. Una de esas amigas que no interrumpe mientras uno piensa. Que no pregunta demasiado. Que simplemente acompaña. Y cuando llega una subida, cambia la relación entre plato y piñón y parece decir: “Vamos, todavía podemos”.
Entonces ocurre algo curioso. La cabeza empieza a negociar con las piernas. El cuerpo dice que está cansado, pero la voluntad responde que todavía quedan unos metros. Aparece el límite y, detrás de él, otro pequeño esfuerzo hasta que se llega.
Tal vez sea una meta de dos horas. Tal vez una distancia determinada. Tal vez simplemente el regreso a casa. Lo importante no siempre está en el número que marca el ciclocomputador. Está en la sensación de haber cumplido aquello que unas horas antes parecía difícil.
Hay una especie de aprendizaje en el cansancio porque montar en bicicleta también es darse tiempo. para pensar, para respirar, para reconocer capacidades y límites. Incluso para perdonarse. Y esto último quizá sea una de las tareas más difíciles.
Somos mucho más generosos castigándonos por lo que no hicimos que reconociendo aquello que sí conseguimos, así la bicicleta propone otra conversación, no exige perfección, solo exige movimiento.
Por eso resulta tan interesante observar a estas mujeres sanjuaninas rodando juntas. Cada una tiene su propia historia, sus obligaciones, sus preocupaciones, sus alegrías y sus asuntos pendientes. Pero durante unas horas comparten una ruta y una decisión: pedalear.
La compañera que va adelante puede marcar el ritmo. La que viene detrás puede necesitar un poco de aliento. Una puede tener más experiencia; otra, menos kilómetros. Y, sin embargo, todas forman parte de la misma salida.
Ahí aparece otra de las virtudes de la bicicleta: iguala. No pregunta profesión, salario, edad ni cargo. Dos ruedas, un manubrio, pedales y una ruta. Lo demás queda momentáneamente estacionado.
Y quizá por eso Victoria Team y otros grupos de mujeres ciclistas representan una escena que merece ser contada. No porque estén haciendo algo extraordinario en el sentido espectacular de la palabra, sino porque están haciendo algo profundamente cotidiano: apropiarse de su tiempo, de su cuerpo, de sus decisiones y de sus caminos.
Son mujeres y bicicletas empoderadas, sí, pero sin necesidad de estereotipos ni discursos panfletarios. Simplemente mujeres que encontraron en una máquina maravillosa una compañera para sentirse mejor.
Después de dos o tres horas, regresan a sus casas. Allí siguen siendo madres, esposas, profesionales, trabajadoras, amigas y ciudadanas. La vida cotidiana no desaparece porque hayan pedaleado.
Pero quizá ellas sí regresan un poco diferentes. Con menos miedo. Con más confianza. Con la satisfacción de haber superado una subida, una distancia o, quién sabe, alguno de esos monstruos invisibles que todos cargamos alguna vez.
La bicicleta no promete cambiar la vida, pero a veces basta con que nos ayude a cambiar la manera de mirarla. Y mientras estas mujeres sigan pedaleando por San Juan, habrá una pequeña certeza rodando por sus calles: hay límites que no se rompen a gritos ni a golpes. Algunos simplemente se pedalean hasta dejarlos atrás.





