Parte del sueño americano es tener un auto, y no solo uno, el automóvil personal, la camioneta familiar y el recreativo, que puede ser un 4X4 modificado para llevarlo a todos los terrenos posibles. También nos enseñó que son desechables aunque el costo de fabricación y el uso de materiales no se consideren como determinantes, lo importante es cambiar de modelo lo más pronto.
En la décadas de los cincuenta y sesenta del siglo pasado los vehículos eran estrafalarios, pesados, gastadores de combustible y de llantas, con diseños rebuscados recordando los aviones y las naves espaciales, medios para conquistar el mundo y el espacio, porque el imperio occidental se extendía hasta el infinito. En realidad es la misma historia de todos los imperios, solo que éste se proyecta al espacio, por eso los superhéroes y las series de ciencia ficción de viajes interestelares.
Pero llegó la crisis de los setenta y ochenta y los grandes motores tuvieron que ser modificados, ya no se podía consumir gasolina sin remordimientos. Se buscaba eficiencia, economía, mejor diseño y más compacto, nada de ostentar.
Con el tiempo las tecnologías, las guerras comerciales y el predominio global de las petroleras, dieron paso a lo inesperado, el retorno de los autos eléctricos, no eran absolutamente nuevos, es más, fueron una de las primeras propuestas energéticas para los vehículos, solo que Ford cambió las reglas del juego y el petroleo se volvió líder y meta geopolítica y comercial.
Las ciudades cambiaron, se hicieron gigantescas inversiones en infraestructura para que los vehículos en todas sus gamas rodaran a gusto, ello significó más impuestos, menos naturaleza, más dureza paisajística, y finalmente el centro ya no era el ser humano, fue desplazado por los automotores. Así vivir en las grandes urbes se volvió muy oneroso, contrastando de forma determinante entre adinerados, trabajadores y asalariados, pobres y miserables.
Hoy eso sigue y en el caso de la capital política de Colombia, la ciudad de Bogotá, la construcción de vías para los vehículos de todo género y los servicios de transporte urbano y masivo, hacen de la vida en general un verdadero sacrificio para sus habitantes. La angustia diaria por llegar a alguna parte es la constante, trayectos de pocos kilómetros se hacen eternos, gastando tiempo, combustible, lubricantes de motor y la paciencia se va transformando con el tiempo en agresividad de palabra, de gesto o de acción. El estrés que genera circular en esta ciudad es absoluto.
Ahora bien, que significa tener un vehículo en esta urbe, veamos. Un carro a gasolina tiene costos de operación más altos y está sujeto a restricciones de movilidad, uno eléctrico permite ahorros operativos de hasta el 60%, aunque con un precio de compra inicial significativamente mayor, que lo hace inasequible para la mayoría, los créditos bancarios no dan tregua.
En los costos de operación el galón ronda los $16.400. que va variando durante el año, casi siempre en aumento, así las cosas recorrer un kilómetro cuesta aproximadamente $364 (basado en un consumo de 45 km/galón). Frente a esto, un e-car el costo por kilómetro baja a un rango de $130 a $180 si se carga en casa. Así una carga completa puede costar entre $15.000 y $19.000 en estratos 4 a 6 para recorrer unos 250 km. Si lo carga en un Centro Comercial, tendrá que disponer de efectivo para pagar el tiempo de parqueo, es inevitable.
Si miramos temas de mantenimiento preventivo, el eléctrico sale ganando, el gasolinero por la cantidad de piezas siempre será más costoso, pero hay un detalle. Si usted mantiene su auto convencional en buen estado, durará por muchos años, el auto eléctrico literalmente morirá cuando se agoten las baterías, aunque la carrocería este perfecta. Cambiar el grupo eléctrico, si es que puede, será terriblemente costosa. Estos autos tienen fecha de caducidad.
Si hablamos de impuestos y restricciones, los eléctricos salen ganando, por ahora, aún son minoría, pero al momento que sean la mayoría siempre se inventaran impuestos, restricciones de uso y cualquier otra forma de recaudar dinero de los tenedores de vehículos, sea cual fuere su tamaño y uso. La mano avarienta del estado se extenderá.
Hay otros gastos como seguros contra todo, que seguirán siendo prohibitivos por sus costos, de forma tal que el costo promedio mensual de tener un vehículo (sumando prorrateo de seguros, impuestos, gasolina y mantenimiento) oscila entre $700.000 y $1.200.000, sin contar cuotas de crédito. Realmente es un lujo que no puede disfrutar a gusto, circular por la ciudad es perder tiempo y acumular estrés que termina afectando su salud física y emocional. Un conductor promedio en Bogotá pierde aproximadamente 153 horas anuales atrapado en trancones, lo que equivale a más de 6 días completos de vida al año.
En los momentos de mayor saturación, la velocidad cae a 14-15 km/h, una velocidad similar a la de una bicicleta. El promedio de velocidad es de 50 km/h, y ahí es donde cabe la pregunta, para qué quiere el súper auto si realmente no va a andar más rápido que el más modesto compacto.

Si hacemos números reales, movilizarnos en bici es mucho mejor y más eficiente en una ciudad como Bogotá. Son más de 677 kilómetros de ciclo infraestructura, que permiten que a diferencia del carro, el tiempo de viaje en bici no se triplica con el tráfico, manteniéndose estable independientemente del trancón. La bicicleta mantiene su ritmo, permitiendo recorrer unos 4 km cada 15 minutos de forma garantizada. La velocidad máxima permitida en ciclorrutas es de 30 km/h, lo que permite a ciclistas experimentados reducir los tiempos de viaje hasta en un 20%.
Y los costos de compra van desde medio millón de pesos o menos, hasta varios millones en sofisticados diseños, que a la verdad son poco prácticos en la movilidad diaria. Aquí la sencillez y la modestia son preeminentes, solo requiere tres platos y siete piñones para tener lo necesario para movilizarse con tranquilidad y confort. Y en la medida que la usa aprenderá a no sudar la camisa o la ropa, el esfuerzo está en los cambios y no en las bielas. Su equipo adicional constará de un impermeable de calidad y durabilidad y los hay térmicos que no dejará que se sude aún bajo la lluvia.
Como es la moda informal lo que predomina, calzado impermeable y deportivo es la pauta. Casco, anteojos de protección, guantes y ropa cómoda. Y a diferencia de los autos, en este escenario no hay nada que ostentar, su seguridad también depende de ello, aquí menos es más.
Haga cuentas, y mire los modelos culturales y sociales en el mundo que buscan alternativas más eficientes, económicas y ambiental más prometedoras, que no le roben su tiempo, su dinero, energía, salud y bienestar. Ya el modelo USA pasó de moda, ahora vale más la sensatez en los gastos de movilidad urbana.






