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Un momento para comenzar escribir y compartir con ustedes

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La bicicleta, una forma inteligente de vivir la ciudad

Esta parte del siglo tiene sus urgencias, crisis y ponteciales esperanzas para poder superar la historia que hemos venido arrastrando de siglos anteriores, el 19 y el 20, donde se van terminando los grandes imperios colonialistas, especialmente el Británico, que de alguna forma fue el combustible de las dos Guerras Mundiales, y después una Guerra Fría que pensabamos superada, pero que vuelve a sentirse con el tema Ruso y Ucrania y el tema terrible de Palestina e Irsael.

Toda esa locura transita por el poder económico de la industrialización, la energía para poder sostenerla y el comercio global, que si bien nos trae de todo como en botica, los problemas comerciales y las estrategías económicas nos llevan de nuevo, si es que hemos salido alguna vez, a tiempos de Guerra Fría.

¿Qué hacer ante esta realidad desde el poder individual que tiene cada ser humano para transformar su contexto? Bueno BICIURBA pretende ayudar a encontrar caminos posibles, tanto urbanos como rurales, para defender el planeta, la existencia y diseñar un buen vivir desde la sencillez, la tecnología y recuperar viejas formas de hacer las cosas, que en la realidad si funcionan y no desentonan con este siglo digital.

Sean bienvenidos y vamos a recorrer desde una bicicleta senderos que nos permitan un buen vivir.

La bicicleta no es un objeto que envejece, es una historia que sigue rodando

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Ellas siguen circulando orgullosas, con una pintura renovada o con las cicatrices del tiempo a la vista, como veteranas que no sienten vergüenza de su edad. Son las abuelas de las ciclorrutas, las guardianas de una época en la que las cosas se compraban para durar.

Hay objetos que nacen con vocación de eternidad, mientras otros como un teléfono puede volverse viejo en dos años, un computador en cinco y algunos electrodomésticos traen incorporada la fecha de su jubilación, sin embargo, existe un objeto que lleva décadas resistiéndose a esa costumbre moderna de nacer, consumirse y desaparecer.

No hablamos de la bicicleta futurista fabricada con materiales espaciales ni la máquina de competición que vale lo mismo que un automóvil. Hablamos de la bicicleta de verdad, la que ha acompañado generaciones enteras, la que duerme en patios, garajes y cuartos de herramientas esperando que alguien vuelva a descubrirla, porque las bicicletas tienen una rara habilidad: envejecen sin morir.

La prueba es sencilla. Tome una bicicleta urbana cualquiera, la común y corriente, de esas que han llevado niños al colegio, trabajadores a la fábrica o la oficina, al parche de amigos y a los chicos de la cuadra, novios a citas memorables y abuelos al parque.

Como es natural después de una década de servicio, la bici presenta algunos signos de cansancio. Las llantas están gastadas, el sillín parece haber sobrevivido a una guerra civil, los manillares tienen más kilómetros que una mula de carga y la pintura acusa el paso del tiempo. O quizás nuestra protagonista la dejaron tirada en el patio o en el bici parqueadero del conjunto residencial acumulando polvo, humedad y óxido.

Diagnóstico mecánico: cambiar guayas, fundas, pastillas de freno, cadena, llantas, neumáticos, platos o piñones si es necesario, dar una buena lubricada, pintura general y quizá regalarle un timbre nuevo para elevar su autoestima. La vieja bicicleta sale del taller convertida en una respetable ciudadana, lista para otros diez años de servicio.

Este vehículo tiene una característica extraordinaria, casi cualquier problema se resuelve sin necesidad de vender un órgano vital, meterse en un crédito bancario o exprimir la tarjeta de crédito, y es que una bicicleta vieja nunca está acabada. Está esperando una segunda oportunidad.

Si el cuadro sigue entero, hay esperanza. La bicicleta pertenece a una especie de objetos que la humanidad debería estudiar con más atención. No se jubila. No pasa de moda. No pierde su razón de ser. Se cambia el color, se instala una parrilla, agregan guardabarros cromados, luces nuevas, canasta, espejos retrovisores, tan necesarios y tan olvidados, incluso unos adhesivos para que parezca recién llegada de una aventura europea.

Y ocurre el milagro, la bicicleta renace. Nadie habla de depreciación. Nadie pregunta por el valor comercial. Nadie consulta tablas financieras. La bicicleta simplemente vuelve a rodar. Su filosofía económica es simple: mientras existan ruedas y ganas de pedalear, todavía tiene futuro.

Además, posee una virtud que los expertos financieros no suelen incluir en sus informes: va exactamente donde usted quiera llevarla. No consume combustible cuando hay trancón. No cobra parqueadero mientras usted compra el pan. No exige impuestos anuales ni SOAT, no va a examen técnico mecánica. No pide un crédito a cinco años para existir, es un vehículo de una honestidad conmovedora.

Y si el nuevo propietario resulta ser hijo, nieto, sobrino o simplemente heredero de una vieja compañera de pedales, las posibilidades son casi infinitas. La bicicleta puede recibir un manubrio recto para verse más urbana, uno curvo para recuperar el aire clásico, frenos más modernos, una parrilla para las compras del mercado o unas llantas que la hagan parecer lista para atravesar la cordillera.

Puede transformarse en una elegante bicicleta de ciudad, en una aventurera de caminos rurales o en una deportiva de fin de semana. Y si el heredero es de los que respetan las tradiciones familiares, puede conservarla exactamente como salió de la fábrica hace veinte o treinta años atrás.

Lo mejor es que para esas viejas guerreras casi siempre aparece un repuesto en algún taller de barrio, una caja olvidada en un garaje o un mecánico que guarda piezas como si fueran reliquias arqueológicas. Así, lo que para otros sería un objeto viejo termina convertido en una pieza de colección, porque una bicicleta clásica perfecta, despierta sonrisas, recuerdos y comentarios de admiración en cada esquina. Porque hay bicicletas tan antiguas que ya no son un medio de transporte: son patrimonio rodante.

Un poco de limpieza, algunas piezas nuevas, una mano de pintura, grasa en los rodamientos y vuelve a rodar como si los años hubieran sido apenas una pausa para tomar aliento.

Por eso, cuando alguien diga que una bicicleta está muy vieja, conviene recordar una verdad elemental de la economía popular: una bicicleta no es un gasto que envejece. Es una inversión que aprende nuevos trucos, y en tiempos donde todo parece diseñado para ser reemplazado, resulta casi revolucionario montar un vehículo que todavía cree en las segundas oportunidades.

Porque las bicicletas no se botan, se reciclan, cuidan también nuestro presupuesto, y en una época donde todo parece diseñado para ser basura, una bicicleta antigua nos recuerda una idea casi revolucionaria: las mejores cosas no son las que compramos para usar unos años, son las que construimos para toda una vida, y, con un poco de suerte, para la vida de quienes vienen después.

La bici es una inversión a largo plazo, no un gasto momentáneo

El ciclista bogotano: ese ser mitológico que no conoce semáforos, leyes ni responsabilidades

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Ciudad de ciclistas, pero hay que ver lo que se vive cada día en un transito demencial

Una amiga me recordó en un WhatsApp el drama de transitar por Bogotá, ciudad que tiene algo más 9 millones de habitantes, 14.588 kilómetros-carril de malla vial urbana y rural, 677 de kilómetros de ciclorrutas y una cantidad indeterminada de ciclistas. Decimos «indeterminada» porque algunos aparecen súbitamente por la izquierda, otros emergen desde un andén, unos cuantos descienden de una ciclorruta en contravía y no faltan los que parecen materializarse espontáneamente en medio de una intersección, desafiando las leyes de la física, el sentido común y el Código Nacional de Tránsito.

Y en el reclamo caí en cuenta que el ciclista bogotano es una criatura fascinante. Durante años luchó por el reconocimiento de sus derechos en una ciudad dominada por los automotores de todo orden. Exigió respeto, infraestructura segura, educación vial y protección. Y cuando logró buena parte de ello, decidió emprender una nueva cruzada: incumplir exactamente las mismas normas cuyo respeto reclamaba.

Para muchos ciudadanos, el semáforo en rojo es una orden. Para ciertos ciclistas es una sugerencia filosófica. Una invitación a reflexionar sobre la naturaleza de la autoridad y la relatividad del tiempo. ¿Por qué esperar treinta segundos si existe un pequeño espacio entre dos buses articulados que permite atravesar la avenida con la elegancia de un venado perseguido por cazadores?

La ciclorruta, por su parte, es una obra maestra de la ingeniería urbana. Construida para brindar seguridad, comodidad y orden. Sin embargo, algunos ciclistas la consideran un elemento decorativo. Una especie de monumento lineal que merece ser admirado desde la calzada vehicular, donde el riesgo es mayor y la adrenalina más estimulante.

Foto de Gustavo Torrijos. El Espectador.

En los últimos años apareció una subespecie particularmente ruidosa: la bicicleta con motor a gasolina. Técnicamente sigue siendo una bicicleta. Filosóficamente es una motocicleta tímida. Avanza dejando una estela aromática de combustible quemado, ocupa la ciclorruta cuando conviene, la calzada cuando conviene más y, en ocasiones, el andén cuando la física urbana se vuelve incómoda.

Los repartidores que las conducen viven bajo una presión real de tiempo y entregas, pero algunos parecen haber concluido que la mejor estrategia es convertirse en proyectiles motorizados de baja cilindrada. El timbre fue reemplazado por el rugido del motor y el concepto de «velocidad razonable» quedó archivado junto con los manuales de convivencia ciudadana. Para el peatón desprevenido, escuchar ese zumbido acercándose por la ciclorruta es una experiencia educativa: descubre que existen vehículos que no son motos, no son bicicletas y, sin embargo, pueden sorprenderlo a la velocidad suficiente para hacerle reconsiderar sus decisiones de movilidad.

Luego están los artistas urbanos. Los jóvenes que convierten cualquier avenida, puente o ciclorruta en pista de exhibición acrobática. Levantan la rueda delantera y avanzan únicamente sobre la trasera con una mezcla admirable de equilibrio, audacia y desprecio por el entorno.

El problema no es la habilidad. Muchos de ellos poseen un control impresionante de la bicicleta. El problema es la elección del escenario. Una maniobra que podría practicarse en espacios adecuados termina ejecutándose entre buses, peatones, taxis y ciclistas comunes que solo intentan llegar vivos a su destino.

La escena suele repetirse: un grupo se aproxima, uno de ellos eleva la rueda delantera, los amigos celebran, un peatón se sobresalta, un conductor frena y el artista continúa su recorrido convencido de haber conquistado el Cirque du Soleil versión barrio capitalino.

En cualquier momento de la ciudad puede aparecer este espectáculo gratuito: Avenida Boyacá, carrera Séptima, Avenida Suba, cualquier ciclorruta o un puente peatonal convertido en gradería improvisada. Bogotá es una metrópoli democrática: el circo llega a todos los estratos.

En medio de esa cadena alimenticia del caos, la ciclorruta intenta cumplir su función original: ser un espacio ordenado y seguro. Pero con frecuencia termina convertida en una mezcla de autopista, pista de entrenamiento, corredor de reparto y escenario de exhibición acrobática. Sería injusto atribuir estas conductas únicamente a quienes usan bicicleta. Bogotá posee una curiosa tradición democrática de desobediencia vial. El conductor invade la cebra peatonal, el motociclista convierte cualquier espacio libre en un carril, el peatón cruza donde le parece más conveniente despreciando los puentes peatonales y el ciclista aporta su propio repertorio de improvisaciones.

El resultado es una coreografía caótica donde cada actor denuncia los excesos ajenos mientras justifica los propios. El automovilista se indigna con el ciclista que se pasa el semáforo; el ciclista se indigna con el carro mal estacionado; el peatón se indigna con ambos; y el repartidor motorizado simplemente continúa su ruta porque la aplicación ya marcó retraso. Bogotá, al final, es una gran escuela de supervivencia urbana. Sus habitantes aprenden a esquivar buses, motos, bicicletas, bicicletas con motor, patinetas, peatones distraídos y jóvenes que practican acrobacias como si estuvieran en una competencia internacional patrocinada por la imprudencia.

Al final del día, cuando la ciudad vuelve a congestionarse y las ciclorrutas se llenan de luces parpadeantes, timbres impacientes y frenadas repentinas, queda una certeza: Bogotá es posiblemente la única ciudad donde algunos ciclistas logran sentirse perseguidos por los carros, obstaculizados por los peatones, incomprendidos por otros ciclistas y, aun así, convencidos de que las normas son un problema que afecta exclusivamente a los demás.

Y mientras tanto, el semáforo sigue allí, iluminando la noche con su obstinada luz roja, esperando el día en que alguien descubra que también fue instalado para las patinetas, las bicicletas, las bicicletas con motor y las bicicletas que, por breves instantes, creen ser monociclos de circo. Esa es nuestra realidad y a mi querida lectora la movilidad urbana supera la cordura, el civismo y la lógica de un buen vivir, es el mundo de la arbitrariedad y del primero yo, los demás «de malas».

Escuela sobre ruedas para toda la vida

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Después de más de dos siglos de existencia, sigue siendo una de las invenciones más extraordinarias de la humanidad. Porque mientras transporta el cuerpo, también fortalece el espíritu y eso, para un vehículo tan sencillo, no deja de ser una verdadera maravilla.

Hay quienes creen que la bicicleta sirve únicamente para ir de un lugar a otro. Un vehículo sencillo, dos ruedas, un sillín y unos pedales, nada extraordinario. Sin embargo, millones de personas saben que detrás de esa aparente simplicidad se esconde una de las herramientas más poderosas para construir salud, carácter y felicidad. La bicicleta es mucho más que transporte. Es una escuela ambulante que enseña lecciones que difícilmente caben en un salón de clases.

Todo comienza en la infancia. Un niño que aprende a montar bicicleta no solo adquiere equilibrio físico. También desarrolla coordinación, reflejos, percepción espacial y confianza en sí mismo. Descubre que las caídas son inevitables, pero también que siempre es posible levantarse, sacudirse el polvo y volver a intentarlo. Esa lección, aparentemente sencilla, termina siendo una de las más valiosas para la vida adulta.

Con los años, la bicicleta sigue enseñando. Cada recorrido fortalece músculos, huesos, corazón y pulmones. El cuerpo aprende a trabajar de manera eficiente mientras la mente encuentra momentos de tranquilidad que rara vez aparecen en medio del ruido cotidiano. Pedalear ayuda a reducir el estrés, mejora el estado de ánimo y combate esa extraña epidemia moderna llamada sedentarismo.

Los beneficios van mucho más allá de la salud física. Quien utiliza la bicicleta diariamente desarrolla una relación diferente con su entorno. Los sentidos permanecen despiertos. Se perciben aromas que pasan desapercibidos dentro de un automóvil. Se escuchan conversaciones, cantos de aves, el rumor de los árboles y hasta los cambios del clima. El ciclista no atraviesa la ciudad; la vive y además aprovecha mejor el tiempo al no estar atascado en el tránsito de vehículos, motos y colectivos.

También aprende a observar. Una calle nueva, una panadería recién abierta, un parque escondido o un vecino que saluda cada mañana se convierten en parte de una geografía humana que normalmente permanece invisible para quienes viajan encerrados entre vidrios y metal.

La bicicleta enseña además algo que las sociedades modernas parecen olvidar: el valor del esfuerzo gradual. No importa si se trata de subir una colina, completar una ruta larga o simplemente decidir dejar el automóvil en casa durante una semana. Cada logro nace de pequeños avances acumulados. El llegar a la meta propuesta que puede ser de la casa al trabajo, la universidad o el colegio.

Y allí aparece una enseñanza fundamental: aprender a ganar y a perder. No hablamos de competencias ni de trofeos. El ciclista cotidiano compite principalmente consigo mismo. Algunos días las piernas responden con energía; otros, el viento o la lluvia parecen empeñados en demostrar quién manda. Hay jornadas de entusiasmo y otras de cansancio. Sin embargo, cada salida representa una oportunidad para superar una dificultad personal.

La victoria puede ser llegar al trabajo sin utilizar transporte motorizado. Puede consistir en atreverse a recorrer una distancia que parecía imposible o en recuperar la condición física después de una enfermedad. Y la derrota, cuando llega, enseña humildad, paciencia y perseverancia.

Las bicicletas también fabrican amistades, los ciclistas suelen reconocerse entre sí con una sonrisa, un saludo o una conversación espontánea en un semáforo. En parques, ciclorrutas, ciclovías y carreteras nacen amistades que tienen como punto de partida algo tan simple como compartir el placer de pedalear y porque dos ruedas son suficientes para iniciar una conversación.

No es casualidad que tantos adultos mayores sigan encontrando en la bicicleta una fuente de bienestar. Mientras otros cuentan años, ellos cuentan kilómetros. Mantienen su movilidad, conservan autonomía y continúan explorando el mundo con la curiosidad de quien todavía tiene mucho por descubrir. La bicicleta no promete riqueza, fama ni éxito instantáneo. Ofrece algo mucho más valioso: salud, libertad, independencia y confianza. Enseña a respetar el ritmo propio, a disfrutar del camino y a comprender que las metas importantes se alcanzan pedalazo a pedalazo.

Cuando circulan durante el día los usuarios de las ciclorrutas se convierten en algo más que una infraestructura de movilidad, son un gigantesco gimnasio al aire libre, una escuela de convivencia y un espacio de libertad cotidiana y Bogotá cuenta con una de las redes más extensas de América Latina, con más de 630 kilómetros que conectan barrios, parques, universidades y lugares de trabajo, permitiendo cientos de miles de viajes diarios en bicicleta. El uso constante, hace que la administración distrital piensen en más ciclorrutas y no solo vías para el transporte motorizado, queremos una ciudad más verde, menos gris y cemento.

Ejecutivos, estudiantes, obreros, jubilados, mensajeros, deportistas y escolares avanzan a diferentes velocidades, pero comparten algo en común: cada trayecto fortalece el cuerpo, despeja la mente y demuestra que la ciudad puede vivirse de una manera más humana. Al final, la bicicleta no solo transporta personas de un punto a otro, lleva sueños, amistades, aprendizajes y pequeñas victorias cotidianas. Quizás por eso, en una ciudad tan intensa como Bogotá, cada pedalazo es también una forma de resistencia, de bienestar y de esperanza. Porque mientras las ruedas giran, también crecen la salud, la confianza, la alegría y logramos una mejor manera de vivir

Pasaporte, alforjas y una bicicleta: la feliz locura de viajar despacio

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Un sueño, una decisión, una ruta y la mejor compañía: una bici

Los cicloviajeros, esa extraña especie humana que considera perfectamente razonable atravesar la cordillera de los Andes empujando una bicicleta cargada con treinta kilos de equipaje, dormir bajo una tormenta en Patagonia, cocinar arroz en una estufa del tamaño de una taza y celebrar con lágrimas de felicidad cuando encuentran una ducha caliente después de cuatro días de carretera.

Para el ciudadano promedio, semejante comportamiento merece una evaluación médica. Para ellos, es simplemente martes. Cada día se suman más nombres y Yotubers que van consignando su viaje y experiencias en las redes sociales, haciendo soñar a algunos y asustar a otros, ¿Realmente son tan valientes e intrépidos? Y no solo son ellos, ellas también se arriesgan, en pareja o de forma individual, van con sus motetes en la bici que resiste todo los terrenos imaginables.

Por las carreteras de América han pasado personajes extraordinarios. Viajeros como Caren y Cruz, la pareja argentina que convirtió las rutas del continente en su hogar durante años. Mujeres inspiradoras como Isabel Lorca Benavides, «Atisbo», que decidió descubrir su país y buena parte del mundo a la velocidad de los pedales. Aventureros europeos que cruzaron océanos para descubrir que el verdadero lujo no estaba en los hoteles sino en los caminos secundarios donde todavía la gente saluda al desconocido.

Algunos hacen de su viaje una experiencia compartida con caninos, como es el caso de Jonathan Suárez Álvarez, que no solo recorre kilómetros, a donde llegan hacen campañas de protección y cuidado de los perros, y como él son varios los que hacen de su experiencia una labor social destacable, promoviendo temas ambientales, sociales y en general la defensa del planeta y quienes lo habitamos.

Los cicloviajeros poseen además una capacidad sobrenatural para sufrir voluntariamente. Mientras el resto de la humanidad busca rutas fáciles, ellos parecen atraídos por los mapas que contienen palabras como «Paso de montaña», «Ascenso prolongado», «Ruta sin pavimentar» o «Camino en construcción».
Y cuando finalmente alcanzan la cima después de ocho horas de esfuerzo, descubren que ahora viene una bajada de cuarenta kilómetros con viento helado, lluvia horizontal y una temperatura capaz de congelar las ideas. Es la ruta y la variedad climática y paisajística de nuestro continente.

Pero sonríen, siempre sonríen. Quizás porque el cicloviajero aprende rápidamente que el humor pesa menos que la queja. Que una sonrisa abre puertas, y que siempre hay alguien que quiere compartir su experiencia sobre la bici. En alguna parte de Perú descubrirá que los perros tienen un doctorado en persecución de bicicletas. En Bolivia aprenderá que el viento puede convertirse en un enemigo personal, porque es más duro que algunas cuestas. En Chile comprobará que la Patagonia fabrica ráfagas capaces de desplazar camiones, y en Colombia recordará que ninguna montaña del continente parece haber escuchado hablar de la palabra «plano».

Sin embargo, detrás de las bromas existe una admirable preparación. Antes de iniciar una travesía continental, el viajero debe entrenar las piernas, fortalecer la espalda y, sobre todo, educar la paciencia. No es salir de la noche a la mañana, pero tampoco es aplazarlo indefinidamente, es tomar un plan, organizarlo y atreverse a salir.

La compañera de ruta también hay escogerla muy bien y prepararla, porque será casa, vehículo, socia en todo, y también presentará fatigas y ajustes necesarios en la ruta. Una bicicleta sencilla, bien mantenida y fácil de reparar suele ser más valiosa que un modelo sofisticado imposible de arreglar en un pequeño pueblo andino.

Las alforjas transportan mucho más que equipaje. Llevan herramientas, ropa, carpa, saco de dormir, repuestos, documentos y, sobre todo, la capacidad de resolver problemas, porque tarde o temprano llegará el pinchazo bajo la lluvia, la cadena rota en mitad de la nada, la cuesta que parecía corta en el mapa pero se vuelve eterna. El campamento improvisado cuando cae la noche, o la pregunta que inevitablemente aparece en algún rincón remoto del continente:
—¿Y usted para dónde va? La respuesta suele generar silencio.
—Voy para Argentina.
—¿En bicicleta?
—Sí.
—¿Está loco?

Y tal vez tengan razón, un poco locos sí están. Como lo estuvieron los navegantes que cruzaron océanos desconocidos, los exploradores que atravesaron selvas o los montañistas que decidieron subir donde nadie les había pedido que subieran. La diferencia es que los cicloviajeros modernos no buscan conquistar territorios ni descubrir continentes, casi siempre buscan descubrirse a sí mismos. Por eso, después de miles de kilómetros, ya no recuerdan con precisión cuántos puertos de montaña escalaron o cuántas fronteras cruzaron.

Pero sí recuerdan al campesino que les regaló un café caliente en una mañana fría, a la familia que les permitió instalar la carpa en el patio, al mecánico que arregló una rueda sin cobrar un peso, al niño que observó la bicicleta cargada como si estuviera viendo una nave espacial.

Porque viajar en bicicleta por Suramérica termina enseñando una verdad sencilla y poderosa: el continente no está hecho de carreteras, está hecho de personas. Y quizás esa sea la razón por la cual quienes emprenden estos viajes siempre regresan distintos. Más cansados, ciertamente, más flacos, casi siempre, con algunas cicatrices y muchas historias para compartir.

Pero también con la certeza de que todavía existen caminos donde la aventura sigue viva, donde la solidaridad aparece cuando menos se espera y donde una simple bicicleta puede abrir puertas que ningún vehículo de lujo jamás encontrará. Después de todo, viajar despacio sigue siendo una de las formas más hermosas de llegar lejos.

Claro, está el asunto del miedo. Porque apenas alguien anuncia que piensa recorrer Suramérica en bicicleta, aparecen de inmediato los expertos en catástrofes: el vecino que conoce a alguien que conoce a alguien que fue atracado en una carretera; el familiar convencido de que detrás de cada curva se esconde un ladrón; el amigo que enumera secuestros, robos y accidentes como si leyera el parte diario de una guerra. Y sí, los riesgos existen.

Hay zonas donde la inseguridad obliga a tomar precauciones, planear rutas con cuidado y mantenerse alerta. Sería ingenuo negarlo. Pero ocurre algo curioso: cuando los cicloviajeros hacen cuentas después de miles de kilómetros, suelen recordar más actos de generosidad que episodios de violencia.

Recuerdan al tendero que les llenó gratuitamente las botellas de agua, al camionero que les indicó una ruta más segura, a la familia que les ofreció una cena caliente, al policía que les permitió dormir bajo techo durante una tormenta o al campesino que les regaló frutas para continuar el camino. Descubren entonces que, aunque las noticias suelen amplificar nuestros temores, las carreteras todavía están llenas de personas buenas. Quizás por eso muchos viajeros afirman que el equipaje más pesado no son las alforjas sino los prejuicios que cargamos antes de partir. Los cicloviajeros aprenden pronto que la prudencia es indispensable, pero también que la confianza en la gente suele recibir más recompensas que decepciones.

Si te decides, ponte a planear el viaje, preparación física adecuada, alistar bici y equipaje mínimo necesario, revisar contactos y poner fecha de arranque. Buen viaje y que sea una aventura enriquecedora, y no hablo de dinero, hablo de vida.

Viajar en pareja, una aventura de valor, amor, y buena compañía

Un regalo para toda la vida: la bicicleta que me enseña a crecer

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No sueño con ganar el Tour de Francia ni convertirme en campeón mundial. Lo que más me gusta es sentir el viento en la cara mientras voy al colegio o cuando salgo con mi familia los fines de semana. La bicicleta me ha enseñado que moverme sin contaminar también es una forma de cuidar el planeta.

Me llamo Juan Mateo, tengo 10 años y vivo en un conjunto residencial en Suba, Bogotá. Mi mejor amiga tiene dos ruedas, un timbre medio escandaloso y una cadena que a veces protesta cuando no la limpio. Es mi bicicleta.

Me la regaló mi abuelo cuando cumplí cinco años. Recuerdo que era lo más grande que había recibido en toda mi vida. Mi papá y mi tío me enseñaron a montar en el parque del conjunto. Al principio parecía una misión imposible. Me iba para un lado, luego para el otro, y el suelo me saludaba más veces de las que yo quería. Pero ellos nunca se rindieron. Un día dejé de sentir las manos de mi papá sosteniendo el sillín y descubrí que estaba pedaleando solo. Ese fue uno de los días más felices de mi vida.

Ahora la bicicleta me acompaña todos los días al colegio. Allí hacemos parte de un grupo de estudiantes ciclistas apoyado por programas de movilidad de la ciudad. Lo mejor no es solamente pedalear. Lo mejor son los amigos y amigas que he conocido gracias a ella.

Cuando llegamos al colegio siempre terminamos hablando de bicicletas. Que si a uno le cambiaron las llantas, que si otro aprendió a reparar un pinchazo, que si alguien estrenó casco o descubrió una nueva ciclorruta. Algunos son muy rápidos, otros más tranquilos, pero todos compartimos algo: nos gusta movernos por la ciudad sobre dos ruedas.

La bicicleta también me ha enseñado cosas que no salen en los libros. Me ha enseñado a ser responsable, a respetar los semáforos, a ceder el paso a los peatones y a entender que las calles son de todos. Cuando uno va pedaleando aprende a observar mejor la ciudad. Ve a los vecinos, los árboles, los perros que salen a pasear o a defenderse de aquellos que salen ladrando junto a la bici, y hasta los cambios del clima que en Bogotá es permanente, es una ciudad don brilla el sol, pero al ratito llega la lluvia, o un torrencial aguacero.

Además, me ha despertado un cariño enorme por la naturaleza. Antes veía una nube o un árbol y ya. Ahora me fijo en muchas cosas. Me gusta cuando el aire está limpio después de la lluvia y me preocupa cuando veo basura en los parques, quebradas o en las ciclorrutas. Siento que la bicicleta me enseñó que la ciudad y el medio ambiente son como una casa grande que todos compartimos que debemos cuidar porque ella nos cuida y aquí vivo con mi familia.

Mi bicicleta ya tiene varios años y, aunque la quiero muchísimo, creo que ya se me quedó chiquita. Mis piernas crecieron más rápido que ella. Por eso sueño con cambiarla por una bicicleta rin 26, nada lujosa ni llena de adornos, solo una bicicleta urbana que sea cómoda y segura para las ciclorrutas.

Me imagino con cambios para las subidas, unas buenas luces delanteras y traseras para que me vean cuando oscurece, una parrilla o una alforja para llevar la lonchera y mis útiles escolares, eso si con guardabarros para los días de lluvia bogotana, que siempre llegan cuando menos uno lo espera y nos arruinan la ropa. Ah, y el timbre de la viejita se lo ponga a la nueva.

No quiero una bicicleta para presumir. La quiero para moverme mejor por la ciudad y seguir descubriendo lugares nuevos y salir en familia y con mis compañeros del cole, siempre es divertido.

También he aprendido algo muy importante: la seguridad. Los adultos del grupo, mis profesores y mis padres nos enseñan que montar bicicleta no es solamente pedalear. Hay que estar atentos. Ya sé cuáles son las rutas más seguras, los lugares donde es mejor no pasar solo y la importancia de estar siempre acompañado cuando se puede.

He aprendido a mantenerme alerta y a confiar más en la prevención que en la suerte. La bicicleta me ha dado libertad, pero también me ha enseñado que la libertad viene acompañada de responsabilidad. Tal vez soy solo un niño, pero me gusta pensar que cada viaje en bicicleta ayuda un poquito a que la ciudad respire mejor.

Los instructores, mis padres y los profesores nos enseñan que hay lugares donde debemos estar más atentos y rutas que son más seguras que otras. También aprendimos que es mejor andar en grupo, evitar distracciones y mantener los ojos abiertos. No se trata de tener miedo, sino de ser inteligentes. Mi papá dice que la mejor herramienta de seguridad de un ciclista es prestar atención, y cada día entiendo mejor lo que quiere decir.

Mi abuelo dice que las bicicletas son máquinas que convierten la energía de las piernas en felicidad. Yo creo que tiene razón. Gracias a ella tengo amigos, conozco mejor mi ciudad, cuido un poquito el planeta y cada día llego al colegio con una sonrisa. Y lo mejor es cuando salgo a rodar con mi papá, mi tío Sebastian y mi abuelo Carlos, de vez en cuando mi mamá nos acompaña, hacemos un equipo muy chévere los domingos en la ciclovía.

Por eso, cuando alguien me pregunta qué significa mi bicicleta, siempre respondo lo mismo: no es un juguete, no es un deporte y tampoco es solamente un medio de transporte. Es una compañera de aventuras que me está enseñando a crecer , a ser ciudadano y espero que la ciudad construya nuevas ciclorrutas, más bonitas, arborizadas, que le den vida a la naturaleza . Recordarnos que Bogotá es verde y florida, y no gris pavimento y rojo ladrillo, que también hay espacio para las ciclas y no solo carros y motos escandalosas e imprudentes.

Creo que mi abuelo estará contento con el cambio de bici, la que me regaló cumplió su misión. Me enseñó a moverme, a cuidar de mí mismo y a confiar en mis capacidades. Hace poco me vio llegar después de una salida con el grupo del colegio. Me miró sonriendo y me dijo: —Ya no te acuerdas cuando no podías avanzar tres metros sin caerte, nos reímos los dos. Y mientras guardaba la bicicleta pensé que tenía razón. Ya no soy el niño que aprendía a pedalear en el parque. Tampoco soy un adulto, estoy justo en la mitad del camino de la adolescencia y qué bueno que puedo recorrerlo sobre dos ruedas.

Un aparato noble, sencillo, casi inmortal que continúa prestando servicio generación tras generación

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La bicicleta combina historia, tecnología, salud, libertad, nostalgia y hasta un poco de filosofía cotidiana. Además, es uno de esos raros inventos que, después de más de siglo y medio, sigue siendo tan útil como el primer día.

La bicicleta es, probablemente, uno de los inventos más exitosos de la historia humana. No necesita gasolina, no produce humo, no genera trancones por sí sola, no exige licencias complejas y rara vez se niega a funcionar por un problema de software. De hecho, una bicicleta puede pasar años arrinconada, acumular polvo, oxido, y recibir una gota de aceite y volver a la vida como si nada hubiera ocurrido.

Es una máquina tan eficiente que convierte un simple desayuno en kilómetros de movimiento. Mientras un automóvil necesita combustible extraído de las profundidades de la Tierra, refinado, transportado y vendido en estaciones de servicio, además de generar guerras y contaminación ambiental, la bicicleta funciona con una arepa, una taza de café, chocolate, agua de panela o una buena porción de fruta. Ningún ingeniero de la industria petrolera ha logrado superar semejante nivel de eficiencia.

Es ultra flexible a casi cualquier escenario. En la ciudad es transporte. En el campo es compañera de trabajo. En los parques es diversión. En la montaña es aventura. En la carretera es deporte. Y para millones de niños ha sido, durante décadas, el primer vehículo de su vida y una escuela temprana de independencia y sociabilidad.

Pocas experiencias producen tanta felicidad como aprender a montar bicicleta. Es una combinación de miedo, emoción, equilibrio, caídas memorables y una sensación inolvidable de libertad. El día que un niño logra pedalear sin ayuda descubre algo más importante que una habilidad física: descubre que puede avanzar por sí mismo.

Los adultos tampoco escapan a sus encantos. Muchos redescubren la bicicleta años después y se sorprenden al encontrar que sigue allí, esperando pacientemente. No importa si se tienen treinta, cincuenta o setenta años. La bicicleta recibe a todos con la misma filosofía: «suba, pedalee y disfrute».

Los médicos suelen verla con simpatía porque ayuda al corazón, fortalece músculos y articulaciones, mejora la capacidad respiratoria y contribuye a controlar el estrés. Los psicólogos también podrían reclamar una parte del mérito, pues pocas cosas despejan tanto la mente como una ruta tranquila entre árboles, senderos o calles poco transitadas. Después de varios kilómetros, muchos problemas parecen haber perdido tamaño.

Y está, por supuesto, el aspecto económico. Mientras otros medios de transporte consumen una parte considerable del presupuesto familiar, la bicicleta se conforma con muy poco. Un mantenimiento ocasional, algunas reparaciones sencillas en casa y listo. Hay bicicletas que son heredadas, de abuelos, padres, hijos, nietos, o sobrinos. Desafian las leyes de la obsolescencia programada que gobiernan buena parte de los productos modernos.

También posee una virtud social poco reconocida. Quien va en bicicleta no está aislado detrás de vidrios polarizados. Saluda vecinos, observa árboles, escucha pájaros, descubre pequeños comercios y mantiene una relación más cercana con la ciudad o con el paisaje rural. Pedalear es una forma de viajar a velocidad humana, suficientemente rápida para avanzar, pero suficientemente lenta para apreciar la vida.

En tiempos donde las ciudades buscan soluciones para la congestión y la contaminación la bicicleta aparece como una vieja conocida que nunca dejó de tener razón. No promete milagros tecnológicos ni necesita inteligencia artificial. Su propuesta es mucho más simple: dos ruedas, un marco, unos pedales y la energía de quien decide ponerse en movimiento.

Mientras innumerables inventos han desaparecido en museos, la bicicleta sigue rodando por calles, caminos, montañas, parques y senderos de todo el planeta. Sigue transportando trabajadores, estudiantes, deportistas, viajeros y soñadores. Y tal vez ahí radica su verdadera magia. No es solamente un medio de transporte. Es una máquina de libertad, salud, ahorro, aventura y alegría. Una compañera silenciosa que no pide mucho y entrega bastante.

Porque, al final de cuentas, pocas cosas producen una sensación tan agradable como el viento en el rostro, el sonido suave de las ruedas sobre el camino y la certeza de que, con cada pedalazo, uno avanza no solo hacia un destino, sino también hacia una vida más saludable, económica y feliz.

Y para un invento de más de ciento cincuenta años, no está nada mal, como diría un ciclista optimista, los problemas pueden seguir existiendo, pero siempre parecen un poco más pequeños después de unos cuantos kilómetros de pedaleo, y si alguna vez las inteligencias artificiales tuvieran aficiones, probablemente la bicicleta estaría entre sus favoritas. Es difícil no admirar un invento tan simple, eficiente y elegante.

Si alguna vez hubiera que construir un monumento a los inventos que realmente mejoraron la vida humana, la bicicleta debería ocupar un lugar privilegiado: silenciosa, económica, duradera, democrática y sorprendentemente moderna para haber nacido en el siglo XIX.

Voces que no escuchamos, realidades que desconocemos pero una secuencia que se va cumpliendo

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Suramérica, pocas regiones del planeta poseen simultáneamente tanta agua dulce, tierras agrícolas, biodiversidad, potencial energético renovable y capacidad para producir alimentos. Sin embargo, buena parte de esos activos naturales están sometidos a presiones que podrían comprometer precisamente las ventajas estratégicas que el continente necesitará durante las próximas décadas.

La humanidad está viviendo una de sus épocas más brillantes. Nunca habíamos tenido tanta tecnología, tantos avances científicos, tantos productos innovadores y tantas aplicaciones capaces de decirnos cuántos pasos damos al día, cuánto dormimos y hasta cuántas veces respiramos.

En medio de semejante despliegue de inteligencia artificial, seguimos siendo incapaces de resolver problemas tan rudimentarios como el hambre, la injusticia social, la destrucción ambiental o la creciente cantidad de personas que viven en las calles. Y los políticos en campañas o los gobiernos arrodillados al poder del mundo, prefieren destruir a sostener y limitar sistemas económicos, industriales y sociales que destrozan el único planeta que sustenta nuestra existencia. Pero no seamos pesimistas, al menos ahora podemos pedir un café desde el celular o desde el reloj en la muñeca, mientras el planeta se recalienta.

La economía moderna parece haberse convertido en una gigantesca competencia para determinar quién compra la versión más reciente de algo que ya funcionaba perfectamente. Y ahora a tiempo de mundial de fútbol lo primero que se reemplaza es la televisión, y eso que el actual solo tiene cuatro años, fue la compra del mundial anterior.

El teléfono inteligente del año pasado es ahora una reliquia arqueológica. El refrigerador, licuadoras, brilladoras, aspiradoras, escobas y traperos y una gama infinita de electrodomésticos a la basura, hay que cambiarlos por los de IA que lo hacen todo, desde decirnos que falta del mercado, hasta que ropa usar. El automóvil adquirido con sacrificio en 2022 es presentado hoy como una amenaza para la civilización porque no conversa con la nevera, no se conecta con el reloj inteligente y, peor aún, no actualiza su software mientras uno duerme. Por eso prefiero la bicicleta que ya cumple cuatro décadas y está perfecta.

Los fabricantes descubrieron hace tiempo una verdad fundamental: si los objetos duran demasiado, las utilidades se deprimen, así nació la religión contemporánea del consumo permanente. Los antiguos mandamientos fueron reemplazados por otros más modernos: «No repararás.» «No conservarás.» «No reutilizarás.» «Comprarás la nueva versión» y los fieles obedecen, para eso están las tarjetas de crédito. La nueva generación de dispositivos sale al mercado prometiendo cambiar nuestras vidas para siempre… al menos hasta la próxima temporada.

Según organismos internacionales, cerca de una quinta parte de los alimentos producidos para consumo humano termina desperdiciándose. El dato sería cómico si no fuera obsceno. Hay países donde toneladas de frutas son descartadas porque no tienen la forma adecuada para una fotografía publicitaria. La zanahoria es demasiado curva, la papa es demasiado pequeña, el tomate no salió suficientemente fotogénico y mientras tanto, millones de personas buscan qué comer en escenarios de guerra de un sadismo extraordinario, destruyendo todo, y es ¡todo!, y la naturaleza también ha sido invitada a esta fiesta del despilfarro y destrucción.

Durante décadas se talaron bosques, se contaminaron ríos, se drenaron humedales y se destruyeron ecosistemas bajo la brillante teoría de que siempre habría más y que el desarrollo lo requiere. Una lógica similar a la de quien vacía su cuenta bancaria convencido de que el cajero automático produce dinero por generación espontánea.

Ahora aparecen las sorpresas, sequías históricas, o inundaciones extraordinarias. Olas de calor cada vez más frecuentes y en consecuencia incendios forestales gigantescos. Y científicos que, con admirable paciencia, siguen explicando por cuadragésima vez que el cambio climático no es una conspiración, un invento ni una moda ideológica. Los políticos y economistas del capitalismo neo liberal desmienten, desacreditan y mantienen su idea de lo que es desarrollo. Es física, simple física, pero la física tiene un problema de mercadeo: no hace campañas publicitarias.

Un mundo en destrucción de la naturaleza y de la humanidad

Suramérica observa este espectáculo desde una posición particularmente absurda. Países como Colombia, Venezuela, Ecuador, Brasil y Argentina poseen algunas de las mayores riquezas naturales del planeta. Bosques inmensos, agua dulce, biodiversidad extraordinaria, tierras fértiles y una variedad de ecosistemas que medio mundo quisiera tener. Sin embargo, nos hemos especializado en una disciplina muy latinoamericana: destruir lentamente aquello que nos mantiene vivos.

La Amazonía, considerada uno de los principales reguladores climáticos del planeta, sigue perdiendo millones de hectáreas de selva. La avaricia por metales destruyen ríos, contaminan acuíferos, los bosques retroceden, los páramos son presionados y destruidos, porque también las ciudades se expanden sobre terrenos cada vez más vulnerables, y luego nos sorprendemos cuando faltan lluvias, sobra calor o aumentan las emergencias climáticas. Es como desmontar el techo de una casa para vender las tejas y después indignarse porque entra agua cuando llueve. Pero hay más.

Mientras el mercado produce consumidores cada vez más sofisticados, la población empieza a producir menos niños. Las tasas de natalidad caen en casi todo el hemisferio. Los jóvenes descubren que comprar vivienda es más difícil que viajar a Marte, que tener hijos cuesta una fortuna, y la estabilidad laboral parece una especie en vía de extinción. Así que millones de personas simplemente deciden no reproducirse y buscar tierras extranjeras con el sueño de un mejor vivir y crecer, con el tiempo se dan cuenta que viven una pesadilla y casi siempre no tienen la humildad del volver al terruño, hasta que los expulsan y regresan como delincuentes.

La paradoja es magnífica, el sistema económico necesita consumidores, pero las condiciones económicas reducen la cantidad de futuros “consumidores”. Un negocio brillante, digno de un premio internacional en planificación estratégica inversa. Mientras tanto, en algunas de las ciudades de Norteamérica se multiplica una imagen inquietante: calles ocupadas por personas sin hogar, atrapadas por adicciones severas, enfermedades mentales, exclusión social o desempleo crónico. Es una escena que resume buena parte de las contradicciones del siglo XXI y a la cual Europa no es ajena.

Se desarrollan algoritmos capaces de imitar conversaciones humanas, robots humanoiedes ya son populares, se diseñan y se ponen al servicio de taxis autónomos, se proyectan colonias espaciales, pero millones de personas la pasan muy mal. Quizás la civilización no tenga un problema de capacidad tecnológica, pero si uno de las prioridades.

La sociedad del desperdicio celebra cada nuevo lanzamiento comercial. La sociedad de las carencias celebra cuando logra llegar a fin de mes. La primera cambia de celular porque apareció uno más rápido. La segunda cambia la batería del viejo celular para que aguante otro año. La primera desecha comida, la segunda la raciona. La primera compra por impulso, la segunda por necesidad, ambas comparten exactamente el mismo planeta que comienza a enviar señales cada vez menos sutiles de agotamiento.

Tal vez el verdadero símbolo de nuestra época no sea la IA, sino montañas de un gran basurero humano y de cosas, porque nunca habíamos acumulado tanta riqueza material y, al mismo tiempo, tanta basura física, ambiental, social y humana. También somos desechables.

La pregunta es sencilla: ¿Hasta cuándo podremos seguir llamando progreso a un modelo que produce más desperdicios que bienestar, más ansiedad que tranquilidad y más consumidores que ciudadanos? La respuesta probablemente llegará y, como suele ocurrir con la naturaleza, llegará sin necesidad de actualizar el software, porque el hardware está pasando problemas serios.

Esto se esta calentando y no da espera las soluciones que podemos implementar para adaptarnos mejor

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Según estimaciones internacionales, una persona en una ciudad moderna consume indirectamente cientos de litros de agua y varios kilovatios-hora de energía cada día a través de los alimentos, el transporte, la climatización y los bienes que utiliza. Por eso, las medidas de ahorro doméstico, aunque parezcan pequeñas, tienen un efecto acumulado muy importante cuando son adoptadas por miles o millones de personas.. Fotografía de Josefina VIillarreal -EL HERALDO

El diario El Heraldo publica una reflexión que resume una realidad cada vez más evidente para millones de habitantes del Caribe colombiano: «Barranquilla y el resto del Caribe colombiano soportan la severidad de un calor asfixiante. Temperaturas de hasta 36, 37 y 38 grados centígrados, cielos totalmente despejados, baja nubosidad y la ausencia de viento han hecho de las últimas jornadas toda una prueba de resistencia física para miles de ciudadanos que no tienen otra opción que salir a la calle bajo el sol intenso. Lo que aparece como una molestia cotidiana es, en realidad, la señal temprana de retos significativos que han ido configurándose silenciosamente».

Y sí, como ocurre con frecuencia, estamos ocupados en miles de asuntos cotidianos y prestamos poca atención a los cambios climáticos que ya estamos enfrentando y que serán aún más intensos en el futuro. Sin embargo, además de comprender el fenómeno, es importante aprender cómo mitigarlo desde nuestros hogares, especialmente porque el calor extremo implica mayores gastos en energía eléctrica para refrescarnos y más consumo de combustibles para cocinar y movilizarnos.

Lo primero es aprender a cuidar el agua. El tema no es tan complicado si entendemos que gran parte del agua utilizada en nuestras actividades diarias puede tener una segunda vida antes de llegar al alcantarillado. Por ejemplo, durante una ducha de cinco minutos se pueden consumir entre 80 y 120 litros de agua, dependiendo del tipo de regadera. Parte de esa agua puede recogerse para utilizarla posteriormente en la descarga de los sanitarios. Lo mismo ocurre con el agua proveniente de la lavadora. Un ciclo de lavado doméstico puede utilizar entre 50 y 150 litros de agua, que en muchos hogares se desperdician porque la manguera de desagüe está conectada directamente al alcantarillado.

Cuando es posible recuperarla, esa agua puede servir para lavar pisos, baños, patios, bicicletas, motocicletas o para labores generales de limpieza. Incluso el agua del último ciclo de enjuague puede utilizarse para regar jardines y zonas verdes. El objetivo es sencillo: evitar el desperdicio y optimizar al máximo el recurso. En tiempos de sequías prolongadas y fenómenos climáticos extremos, cada litro ahorrado cuenta. También es recomendable utilizar jabones biodegradables o de bajo impacto ambiental, lo que facilita la reutilización doméstica del agua y reduce la contaminación.

Cuando las temperaturas aumentan, también lo hace el consumo de energía, por ello resulta fundamental ampliar el uso de energías renovables. Actualmente existe una gran variedad de paneles solares domésticos, lámparas autónomas y sistemas de iluminación que funcionan directamente con energía solar. Muchos de ellos son económicos, fáciles de instalar y no requieren conexiones complejas.

Los ventiladores también son grandes aliados. Un ventilador doméstico consume normalmente entre 40 y 80 vatios por hora, mientras que un aire acondicionado puede consumir entre 1.000 y 3.500 vatios por hora. En otras palabras, un aire acondicionado puede gastar entre veinte y cuarenta veces más energía que un ventilador. Hoy existen ventiladores portátiles con baterías recargables, modelos de escritorio alimentados desde un conector USB, equipos silenciosos que pueden utilizarse en oficinas, dormitorios y espacios pequeños con costos energéticos muy bajos.

Si el uso de aire acondicionado es indispensable, conviene revisar puertas y ventanas para evitar fugas de aire frío. Una mal aislamiento térmico obliga al equipo a trabajar durante más tiempo y puede incrementar significativamente el consumo eléctrico. Diversos estudios muestran que una vivienda bien aislada puede reducir entre un 20 % y un 30 % la energía destinada a climatización.

Existe un sistema biológico extraordinariamente eficiente para enfrentar las altas temperaturas: los árboles. Además de ser bellos, duraderos y mejorar el paisaje urbano, cumplen una función esencial en la regulación del clima local mediante dos mecanismos naturales. El primero es la evapotranspiración. Así como el cuerpo humano transpira para refrescarse, los árboles liberan vapor de agua a través de los poros de sus hojas. Este proceso absorbe calor del ambiente y reduce la temperatura del aire circundante. El segundo mecanismo es la sombra. Sus copas interceptan gran parte de la radiación solar directa, evitando que el asfalto, los techos y las superficies de concreto absorban calor y formen las conocidas «islas de calor» urbanas.

Un árbol maduro puede transpirar entre 200 y 400 litros de agua al día en condiciones favorables. Su efecto de enfriamiento puede equivaler al funcionamiento simultáneo de varios equipos de aire acondicionado. Además, la ubicación estratégica de árboles alrededor de viviendas y edificios puede reducir las necesidades de refrigeración hasta en un 30 %. A esto se suma otro beneficio invaluable: las hojas capturan partículas contaminantes, reducen el polvo en suspensión y liberan oxígeno, mejorando la calidad del aire.

Quizás estos días de intenso calor sean una oportunidad para apreciar más nuestros árboles y lamentar la pérdida constante de cobertura vegetal. Colombia es uno de los países con mayor riqueza natural del planeta, pero con frecuencia destruimos bosques, montañas, humedales y valles que cumplen funciones esenciales para la regulación climática y el abastecimiento de agua.

Otro aspecto importante es el consumo energético de los electrodomésticos y gasodomésticos. Actualmente existe una enorme oferta de hornos eléctricos, freidoras de aire, ollas multifuncionales, calentadores y otros equipos. Sin embargo, pocas veces analizamos cuánto cuesta utilizarlos diariamente. Una freidora de aire puede consumir entre 1.200 y 2.000 vatios por hora. Un horno eléctrico puede superar los 2.500 vatios. Un calentador eléctrico de agua puede convertirse en uno de los mayores consumidores energéticos del hogar. Vale la pena hacer un inventario de los equipos existentes, revisar sus fichas técnicas y comparar consumos. Muchas veces descubrimos que algunos aparatos permanecen conectados sin necesidad o que existen alternativas más eficientes.

Frente a fenómenos como El Niño y al avance del cambio climático, cuidar el agua y la energía ya no es únicamente una cuestión económica; también es una responsabilidad ambiental. Sembrar jardines, proteger las zonas verdes, promover la arborización de calles y parques, reutilizar el agua cuando sea posible, mejorar la eficiencia energética de nuestras viviendas y acercarnos a las energías limpias son acciones que ayudan a construir ciudades más resilientes.

En las zonas rurales, por ejemplo, la energía solar se ha convertido en una alternativa cada vez más económica, duradera y eficiente para sistemas de iluminación, bombeo de agua y electrificación básica.

Finalmente, no olvidemos las medidas más sencillas: mantener una adecuada hidratación, utilizar protector solar, vestir ropa ligera de colores claros y evitar la exposición prolongada al sol durante las horas de mayor radiación. El cambio climático ya no es una advertencia para el futuro. Está ocurriendo ahora mismo. Y aunque las soluciones globales requieren grandes decisiones políticas y económicas, muchas de las acciones más efectivas comienzan en nuestros hogares, que también depende de cada uno de nosotros.

Día Internacional de la Bicicleta: la máquina que nunca pidió gasolina, parqueadero ni psicólogo

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La bicicleta tiene una cualidad que pocos medios de transporte pueden reclamar: casi siempre deja una historia para contar. Desde el niño que aprende a mantener el equilibrio, hasta el adulto mayor que descubre que todavía puede subir una colina, pasando por el trabajador que recorre la ciudad antes de que amanezca, todos terminan acumulando anécdotas, amistades y kilómetros de vida.

Cada 3 de junio el mundo celebra el Día Internacional de la Bicicleta, una fecha dedicada a uno de los inventos más extraordinarios de la humanidad. Y no, no estamos hablando de inteligencia artificial, cohetes espaciales ni teléfonos inteligentes. Hablamos de dos ruedas, un marco, una cadena y unos pedales. Nada más.

La bicicleta es tan eficiente que, si hubiera sido inventada por una empresa tecnológica moderna, costaría una fortuna, necesitaría una suscripción mensual, tres actualizaciones de software por semana y dejaría de funcionar justo cuando más la necesitáramos. Pero no. La bicicleta sigue siendo la misma compañera fiel desde hace generaciones.

Para millones de personas es un medio de transporte urbano capaz de realizar una hazaña que parece imposible: mover seres humanos por ciudades congestionadas sin producir humo, ruido ni discusiones con la estación de servicio. Mientras algunos conductores pasan cuarenta minutos atrapados en un embotellamiento observando cómo cambia tres veces el semáforo, el ciclista pasa lentamente a su lado con una sonrisa que mezcla felicidad, ejercicio y una ligera sensación de superioridad moral.

La bicicleta también posee propiedades casi mágicas para los adultos mayores. Los médicos recomiendan caminar, nadar y montar en bicicleta para conservar la salud cardiovascular, fortalecer músculos y mantener activas las articulaciones. Sin embargo, quienes montan bicicleta después de los sesenta o setenta años suelen descubrir un beneficio adicional: vuelven a sentirse de quince. El único inconveniente es que el espejo del baño insiste en mostrar otra información.

Muchos adultos mayores salen a pedalear convencidos de que realizarán una ruta tranquila de diez kilómetros y terminan recorriendo treinta porque encontraron un grupo de amigos que juró que «la subida es suave». En el lenguaje ciclista, una subida suave suele ser una montaña capaz de poner a prueba la amistad, la paciencia y la presión arterial.

Para los niños, la bicicleta representa algo aún más importante: libertad. Aprender a montar bicicleta es uno de los grandes rituales de la infancia. Primero aparecen los ruedines. Luego llega el padre, la madre, el abuelo o algún tío voluntario que corre detrás del pequeño sujetando el sillín mientras grita instrucciones contradictorias.

—¡No tengas miedo!
—¡Mira hacia adelante!
—¡Pedalea!
—¡Frena!
—¡No frenes!

Y entonces ocurre el milagro. Por primera vez el niño avanza solo. Descubre el equilibrio, la coordinación, la confianza y la sensación de que puede llegar mucho más lejos de lo que imaginaba. Así la bicicleta enseña física sin necesidad de exámenes, desarrolla reflejos sin videojuegos y crea amistades sin redes sociales. Con los años muchos adultos aún recuerdan perfectamente el color de su primera bicicleta, aunque hayan olvidado dónde dejaron las llaves hace apenas cinco minutos.

Pero la bicicleta no solo sirve para transportarse o hacer ejercicio, también es una formidable herramienta de trabajo. Con ella trabajan mensajeros, repartidores, vendedores ambulantes, guías turísticos, policías, deportistas, entrenadores, mecánicos, fabricantes, recicladores y miles de personas que encuentran en las dos ruedas una fuente de ingresos. En muchas ciudades del mundo, la bicicleta es responsable silenciosa de que lleguen documentos urgentes, medicamentos, almuerzos, flores, encomiendas y hasta declaraciones de amor de último minuto. Pocas máquinas pueden presumir de semejante currículo.

Además, la bicicleta posee una virtud que la hace especialmente querida en tiempos modernos: no distingue entre ricos y pobres. Puede encontrarse en un garaje elegante, en una finca campesina, en una universidad, en una fábrica o frente a una tienda de barrio. Puede ser de carbono ultraligero o una vieja bicicleta de acero que ha sobrevivido a tres generaciones y todavía protesta cada vez que se le exige una subida.

Y allí sigue, cumpliendo su trabajo con una dignidad mecánica admirable.

En un mundo lleno de aparatos complejos, baterías agotadas, pantallas omnipresentes y dispositivos que exigen actualizaciones permanentes, la bicicleta continúa recordándonos una verdad sencilla: a veces las mejores soluciones siguen siendo dos ruedas, un poco de equilibrio y la voluntad de avanzar. Por eso, en este Día Internacional de la Bicicleta, vale la pena celebrar a esta extraordinaria máquina que mejora la salud, fortalece amistades, ayuda a los niños a crecer, permite ganarse la vida y, de paso, nos recuerda que la felicidad muchas veces viaja exactamente a la velocidad de un buen pedaleo.

y para personas de más de 15 años rin 26 a rin 29

Democracia también es la capacidad de convivir con quienes piensan diferente

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Cuando una campaña destruye amistades, divide familias y convierte a los vecinos en adversarios permanentes, los daños colaterales pueden terminar siendo más duraderos que los propios resultados electorales

Cada cuatro años, Colombia entra en una intensa temporada electoral. Las calles se llenan de publicidad política, los medios de comunicación amplifican los debates y millones de ciudadanos toman posición frente a los candidatos que aspiran a gobernar el país. La democracia se activa y el debate público cobra protagonismo. Sin embargo, junto a este ejercicio legítimo de participación surge un fenómeno menos visible, pero cada vez más preocupante: los daños colaterales que las campañas políticas generan en la convivencia cotidiana.

Las elecciones presidenciales no solo enfrentan propuestas de gobierno; también terminan enfrentando a familiares, amigos, vecinos y compañeros de trabajo. Lo que comienza como una conversación sobre economía, seguridad, educación o reformas sociales puede transformarse en una confrontación emocional donde el respeto desaparece y el adversario político deja de ser una persona con opiniones distintas para convertirse en alguien a quien se desprecia o rechaza, y hasta se le desea la muerte, tan presente en nuestra historia como país..

En Colombia, este fenómeno tiene raíces históricas profundas. A diferencia de otros países donde la competencia electoral se ha desarrollado dentro de marcos relativamente estables, la política colombiana ha estado marcada durante más de un siglo por confrontaciones intensas entre proyectos ideológicos opuestos. Desde finales del siglo XIX, liberales y conservadores protagonizaron guerras civiles que dejaron miles de muertos y una profunda división social. La más devastadora fue la llamada Guerra de los Mil Días (1899-1902), un conflicto que causó enormes pérdidas humanas y económicas y que nos dio la entrada al siglo XX.

Décadas después, la búsqueda de la reforma agraria, principal motivo de la guerra, dio pauta para enfrentamientos muy dolorosos como la matanza de Las bananeras, enfrentamiento constantes y pequeños acuerdos de paz que siempre prometían la reforma, que realmente nunca ha llegado a concretarse. El asesinato de Jorge Eliécer Gaitán en 1948 desencadenó el período conocido como La Violencia que dejó cientos de miles de víctimas y desplazados. Aquella etapa consolidó una cultura política donde la diferencia ideológica era vista con frecuencia como una amenaza y no como una expresión natural de la democracia.

La lucha entre los liberales y conservadores permitió el acenso al poder del general Gustavo Rojas Pinilla, intentando cerrar el paso a los liberales y mantenerlo los conservadores. Cuando el militar no sirvió a los intereses de los políticos le quitaron el ejercicio presidencial. Aparece el Frente Nacional, una forma de no matarnos, pero también darle gusto a la rapiña sobre el erario público y la burocracia.

La segunda mitad del siglo XX agregó nuevos actores al conflicto. El surgimiento de organizaciones guerrilleras como las FARC-EP, el ELN, el Quintin Lame y otros grupos insurgentes, así como la posterior aparición de estructuras paramilitares, prolongó durante décadas una confrontación armada que tuvo motivaciones políticas, sociales y económicas. El resultado fue una de las guerras internas más largas del mundo, con millones de víctimas entre muertos, heridos, secuestrados y desplazados.

Esa historia ha dejado huellas profundas en la memoria colectiva. Para muchos colombianos, las posiciones políticas no son simples preferencias electorales; representan visiones del país asociadas a experiencias familiares, sufrimientos, temores o esperanzas acumuladas durante generaciones. Por ello, los debates políticos suelen adquirir una carga emocional mucho mayor que la discusión racional sobre programas de gobierno.

Las redes sociales han amplificado esta situación. Los algoritmos premian los mensajes más polémicos y emocionales, mientras que la desinformación, las noticias falsas y los discursos de odio circulan con rapidez. Como consecuencia, la polarización encuentra un terreno fértil para crecer y expandirse.

Las consecuencias se observan en los espacios más cercanos. Hermanos que dejan de hablarse, matrimonios sometidos a tensiones permanentes, amistades de décadas que terminan abruptamente, grupos familiares divididos y ambientes laborales enrarecidos por las diferencias políticas. Lo que debería ser un intercambio democrático de ideas se convierte con frecuencia en una disputa personal.

En algunos casos, las tensiones trascienden las palabras. Colombia ha conocido episodios de agresiones físicas, amenazas e intimidaciones motivadas por diferencias ideológicas. Aunque la mayoría de los ciudadanos rechaza la violencia, la persistencia de estos comportamientos demuestra que ciertos reflejos de intolerancia política continúan presentes en la sociedad.

La paradoja es evidente. Mientras las campañas duran unos pocos meses y los gobiernos apenas algunos años, las fracturas personales pueden permanecer durante décadas. Los candidatos pasan, las elecciones terminan y los discursos se olvidan, pero las relaciones humanas dañadas suelen tardar mucho más en recuperarse, si es que alguna vez lo hacen.

La democracia no exige que todos piensen igual. Por el contrario, su esencia radica en la coexistencia pacífica de opiniones distintas. Una sociedad madura es aquella capaz de debatir con firmeza sin destruir los vínculos que la mantienen unida. Colombia, con toda la experiencia acumulada por más de un siglo de confrontaciones políticas y violencia, tiene razones de sobra para comprender el valor de esa lección.

Quizás uno de los mayores retos de las futuras campañas presidenciales no sea únicamente elegir un nuevo gobernante, sino aprender a disentir sin odiar, discutir sin deshumanizar y participar sin romper los lazos de confianza que sostienen a las familias, las amistades y las comunidades. Porque cuando la política divide de manera irreversible a quienes deben seguir viviendo juntos, los daños colaterales terminan siendo más profundos y duraderos que cualquier resultado electoral.

Nota: si bien el objetivo de BiciUrba es otro, la realidad colombiana por estos días es preocupante, más allá de los candidatos y sus visiones, el tema es la gente, nosotros y la búsqueda permanente de una mejor manera de vivir y coexistir, por eso este llamado a la paz, la tranquilidad y al respeto mutuo.

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