Criar hijos nunca ha sido una tarea sencilla. Acompañarlos en su crecimiento, compartir tiempo, estimular sus talentos y ofrecerles espacios de recreación y aprendizaje constituyen responsabilidades fundamentales de quienes deciden formar una familia. Sin embargo, esta aspiración enfrenta hoy una contradicción evidente: mientras se exige a los padres mayor dedicación, el sistema económico parece empeñado en quitarles precisamente aquello que más necesitan: tiempo.
La economía del rendimiento ha convertido la jornada laboral en una carrera de resistencia. Trabajar más, producir más, consumir más. Muchas familias deben distribuir sus esfuerzos entre dos o más empleos para sostener una estructura de gastos que parece no tener techo. La estabilidad laboral pierde terreno y las promesas tradicionales del bienestar —casa, automóvil, tecnología y una interminable colección de objetos— terminan ocupando buena parte de la vida cotidiana. Curiosamente, cada vez tenemos más cosas y menos tiempo para disfrutarlas.
En este escenario, atender a los niños se transforma en un problema logístico. Algunas familias pueden contratar personal para acompañarlos; otras recurren a instituciones públicas o privadas, cuya cobertura suele ser limitada. Para muchos, la solución más inmediata parece estar en las pantallas.
Un teléfono, una tableta o un televisor inteligente pueden mantener entretenido a un niño durante horas. El recurso es práctico, pero también esconde una paradoja: aquello que parece resolver un problema doméstico puede abrir la puerta a un universo para el cual los menores todavía no cuentan con herramientas suficientes. Internet no es precisamente un jardín infantil, aunque algunos dispositivos parezcan ofrecerlo como tal.
Los videojuegos, las plataformas y las redes sociales han evolucionado hacia sistemas capaces de capturar y prolongar la atención. Detrás del entretenimiento existen modelos comerciales que compiten por cada minuto disponible. Los algoritmos aprenden preferencias, estimulan conductas y ofrecen contenidos diseñados para mantener la conexión. Los niños, todavía en proceso de desarrollar sus capacidades críticas y emocionales, quedan particularmente expuestos.
La supervisión adulta es indispensable, pero conviene preguntarse cuánto puede supervisar quien trabaja durante buena parte del día y llega a casa con el cansancio acumulado de una jornada interminable. La responsabilidad familiar no desaparece, aunque tampoco puede analizarse al margen de las condiciones sociales y económicas que la dificultan.
Para comprender estas transformaciones resulta interesante acercarse a tres autores. Shoshana Zuboff, en La era del capitalismo de la vigilancia, examina cómo las grandes plataformas convierten los datos personales y el comportamiento humano en materia prima de un poderoso modelo económico. Steven Brill, en The Death of Truth, analiza el deterioro de la verdad compartida y el papel de las plataformas digitales en la propagación de la desinformación. Por su parte, Oscar Agost Carreño, en su reciente libro ¿Quién está pensando por vos?, plantea una pregunta tan sencilla como inquietante sobre la autonomía del pensamiento en tiempos de algoritmos e inteligencia artificial.
Aunque desde perspectivas diferentes, sus trabajos convergen en una preocupación: quién controla la información, quién organiza nuestra atención y qué margen de libertad conservamos frente a estructuras tecnológicas cada vez más influyentes. La pregunta de Agost Carreño adquiere aquí una dimensión especial: si los adultos ya tenemos dificultades para reconocer cómo se orienta nuestra atención, ¿qué posibilidades tienen los niños de defenderse de semejante arquitectura digital?

El fenómeno no afecta exclusivamente a los menores. Los adultos permanecemos igualmente atrapados en las pantallas, consultando noticias, respondiendo mensajes, consumiendo opiniones y participando de discusiones que muchas veces terminan sin producir una sola idea propia. La información abunda, pero la comprensión parece escasear. Tenemos miles de voces disponibles y, paradójicamente, cada vez menos oportunidades para escuchar, reflexionar y construir un criterio independiente.
La inteligencia artificial agrega otra dimensión a este escenario. Sus posibilidades son extraordinarias, pero también lo es la concentración de capacidades tecnológicas en manos de empresas privadas cuyos intereses económicos no necesariamente coinciden con las necesidades de la sociedad. El desafío no consiste en rechazar los avances, sino en discutir quién los administra, con qué objetivos y bajo qué responsabilidades.
Frente a este panorama, recuperar espacios de convivencia y actividades fuera de las pantallas adquiere un valor que va mucho más allá del entretenimiento. Caminar, jugar, practicar deportes y compartir experiencias permiten desarrollar habilidades, autonomía y vínculos humanos. Entre esas alternativas hay una que merece especial consideración: la bicicleta.
Para los niños, pedalear significa movimiento, coordinación, equilibrio, confianza y descubrimiento. Aprender a andar implica superar dificultades, asumir pequeños riesgos y experimentar una libertad que no viene programada por ningún fabricante de software. Para los adultos, salir a rodar ofrece una pausa frente a la aceleración cotidiana. El cuerpo recupera protagonismo, la mirada vuelve a recorrer el paisaje y la mente encuentra un espacio menos condicionado por notificaciones, titulares y recomendaciones algorítmicas.
Naturalmente, pedalear no resolverá por sí solo las dificultades de la crianza, la precariedad laboral ni las contradicciones del modelo económico. Sería ingenuo atribuirle semejantes poderes. Pero puede contribuir a recuperar hábitos, encuentros y experiencias que la vida hiperconectada tiende a desplazar.
Quizás debamos revisar nuestras prioridades. Tener más dispositivos, más suscripciones y más posibilidades de consumo no significa necesariamente vivir mejor. Tampoco criar mejor. A veces, el verdadero progreso consiste en disponer de tiempo para acompañar a los hijos, compartir una actividad, conversar sin interrupciones y descubrir juntos el mundo que existe más allá de una pantalla.
Por ahora, queda una propuesta bastante menos sofisticada que cualquier innovación tecnológica: apagar los dispositivos, sacar las bicicletas y salir a rodar. Unos minutos pueden alcanzar para desentumecer las piernas, ordenar las ideas y recuperar cierta esperanza.
Al fin y al cabo, mientras algunos algoritmos trabajan incansablemente para decidir dónde debemos poner nuestra atención, la bicicleta nos recuerda algo elemental: todavía podemos elegir hacia dónde queremos ir. Y quizás, en estos tiempos, recuperar esa capacidad sea una de las formas más sencillas y necesarias de ejercer nuestra libertad.







