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Mateo y su bicicleta del futuro

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Este es el posible diseño de la bici-robótica que algún día construirá el protagonista de esta pequeña historia


Me llamo Mateo y tengo 9 años.Vivo en la hermosa ciudad de San Juan.. Mi papá me regaló mi primera bicicleta. Era negra y tenía llantitas auxiliares. Con esa bici aprendí a andar y, aunque ahora está guardada, llena de polvo, todavía me acuerdo de cuando empecé a pedalear.

Hoy tengo una bicicleta muy diferente. Por lo menos para mí, es una súper bicicleta. Tiene rin 29 y me la adaptaron para que yo pudiera usarla.

Cuando voy en ella siento el aire en la cara y claro, en cada estación del año, las sensaciones son distintas. Frío en invierno, y calor en el verano. Sea como fuere, en las cuatro estaciones siempre hay un motivo para disfrutar de andar en bici. Es una bicicleta muy bonita, pero también es bastante grande para mí y a veces eso me incomoda, especialmente cuando tengo que detenerme.

En la calle tengo que tener cuidado. Muchas veces voy muy cerca de la vereda porque necesito poder apoyar un pie rápidamente cuando tengo que parar. Si no alcanzo a hacerlo, me puedo caer. Arrancar es más fácil, eso sí. Cuando hacemos trayectos largos, las piernas empiezan a sentirse, pero igual me gusta salir y rodar.

En San Juan, una ciudad del norte de Argentina, está mi casa y también mi colegio. Los lunes, además, voy a un taller de robótica. Me encanta todo lo que tiene que ver con los robots. Son geniales y divertidos, especialmente cuando con mis compañeritos podemos diseñar, armar y hacer funcionar una máquina hecha por nosotros.

Y tengo una idea que me gustaría hacer realidad algún día: diseñar una bicicleta que también sea un robot.

Me imagino una bici para ir al colegio y moverme por la ciudad, pero que también tenga piloto automático para llevarme a los lugares donde tengo que llegar. Quisiera que pudiera evitar accidentes, avisarme cuándo puedo cruzar una calle y decirme cuándo cambia el semáforo.

Sería genial que fuera un tándem para tres pasajeros. Espero poder construirla algún día, quizás dentro de un año. También tendría los colores de mi bandera: celeste y blanco.

Le pondría buenos cambios, luces suficientes y guardabarros, porque tendría que ser una bicicleta urbana. No sería para competir. Para eso tendría que pensar en otra bicicleta.

Por ahora, sigo usando la que tengo. Mi ciudad es muy agradable para andar en bicicleta y, hasta el momento, no he tenido ningún problema.

Así que sigo pedaleando. Y quién sabe… quizás algún día la bicicleta robot deje de ser una idea y pueda salir conmigo a recorrer San Juan.

La humanidad también necesita una familia

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La familia se vive mejor en ciudades pequeñas, donde el ritmo de vida es más sereno, humano y solidario

Hay días en que uno abre el periódico, escucha la radio o mira las noticias y tiene la sensación de que las buenas noticias se quedaron sin espacio. El poder político, el dinero, las guerras, las disputas comerciales, la dominación cultural y las grandes decisiones tomadas desde oficinas muy lejanas parecen ocuparlo todo. Y casi siempre quienes tienen el poder nos explican que tienen la razón.

El problema es que, en esa pelea por tener la razón, pareciera que algunas personas terminaran convertidas en cifras, daños colaterales o simplemente en seres prescindibles. Ahora, además, aparece una nueva promesa: robots acompañados de inteligencia artificial capaces de hacer buena parte de los trabajos que hoy realizan millones de seres humanos.

No le tengo miedo a la tecnología. La bicicleta también fue tecnología alguna vez. Y qué maravilla de tecnología. El problema nunca ha sido la herramienta. El problema es lo que hacemos con ella. Pero detrás de todas estas discusiones hay un asunto que pocas veces ocupa los titulares y que, personalmente, me preocupa mucho más: estamos perdiendo, poco a poco, el sentido de familia.

En buena parte de Occidente, y particularmente en América Latina, las familias se han venido haciendo más pequeñas. Las tasas de natalidad han descendido y las razones son muchas: dificultades económicas, cambios culturales, nuevas prioridades profesionales, incertidumbre frente al futuro y, sencillamente, una manera distinta de entender la vida.

No se trata de condenar a nadie por sus decisiones. Cada generación tiene derecho a construir su propio camino, pero sí vale la pena preguntarnos qué estamos dejando por el camino. Porque una familia no es solamente una fotografía de domingo, una reunión en Navidad o una casa llena de personas. Una familia es, en esencia, un lugar seguro para aprender a ser humanos.

Allí conocemos el amor, pero también la diferencia. Aprendemos que existen las rabietas, los desacuerdos, las equivocaciones y hasta esos silencios incómodos que hacen parte de cualquier convivencia. Aprendemos a pedir perdón, a compartir, a cuidar al más pequeño y a respetar al más grande. Allí comienza nuestra educación social y cívica mucho antes de que aparezca un libro de colegio. En la familia aprendemos algo fundamental: el otro importa. Y quizás ahí está el gran problema de nuestro tiempo.

Si miramos a la humanidad como una enorme familia, viviendo todos bajo el mismo techo llamado planeta Tierra, resulta mucho más fácil comprender buena parte de lo que estamos haciendo.

Nos comportamos como una familia en la que algunos quieren quedarse con la comida, otros con la habitación más grande, otros con el agua, otros con la energía y otros pretenden decidir quién puede o no puede sentarse a la mesa.

La avaricia, la soberbia, la envidia y la obsesión por el poder terminan reemplazando aquello que debería mantener unida a cualquier familia: la consideración por el otro. Y cuando dejamos de considerar al otro como parte de nosotros, todo parece permitido.

Podemos destruir su territorio, aprovechar su pobreza, explotar sus necesidades, venderle adicciones, convertir sus debilidades en negocio y, llegado el caso, justificar la violencia porque siempre encontramos una explicación para convencernos de que somos los buenos. La historia de la humanidad está llena de ejemplos.

Quizás por eso necesitamos volver a una palabra aparentemente sencilla, pero extraordinariamente poderosa: familia.

No una familia perfecta, porque esas no existen. Una familia humana. Con diferencias, con discusiones, con distintas maneras de pensar, pero capaz de entender que nadie crece completamente solo. Y hoy, mientras escribo estas líneas, tengo una razón particularmente personal para pensar en todo esto.

Vuelvo a ser parte de una familia extensa. Hijos, nietos, amigos y allegados se encuentran nuevamente alrededor de una mesa, en una hermosa ciudad al sur del continente. Hay conversaciones pendientes, recuerdos que regresan, risas, historias repetidas —porque en las familias las historias buenas se cuentan muchas veces— y también tiempo para pensar.

Pensar en la vida, en la familia, en ese planeta que les estamos entregando a quienes vienen detrás y, por supuesto, pensar en la bicicleta. Porque habrá pocas máquinas tan sencillas capaces de recordarnos que la vida puede disfrutarse a otra velocidad. Una bicicleta nos permite recorrer una ciudad pequeña, descubrir sus calles, sus ciclovías, sus parques y esa particular tradición deportiva que le da carácter.

Rodar permite mirar a los ojos a la ciudad y quizá también nos permite mirarnos un poco a nosotros mismos. Mientras pedaleamos, entendemos que no necesitamos conquistar el mundo para sentirnos parte de él. Basta con avanzar, respirar, conversar, detenernos cuando sea necesario y continuar.

Tal vez eso sea también una buena definición de familia. Avanzar juntos, aunque no siempre pensemos igual. Esperarnos cuando alguien se queda atrás. Ayudar al que necesita una mano. Y entender que llegar primero no sirve de mucho si llegamos solos.

Después de miles de años de historia, guerras, imperios, revoluciones y tecnologías capaces de cambiar nuestra manera de vivir, seguimos teniendo una necesidad elemental: sentir que pertenecemos a alguien y que alguien pertenece a nosotros.

Quizás el gran desafío de la humanidad no sea construir máquinas cada vez más inteligentes, quizás sea aprender nuevamente a comportarnos como una familia, que es enorme, diversa, imperfecta y maravillosa que comparte una sola casa: La Tierra.

Y esa casa, por ahora, no tiene otro domicilio.

“¿Y si el planeta no se acaba…pero nosotros sí?”

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Consumir menos, para vivir mejor. Desperdiciar menos para ayudar a la humanidad a vivir en La Tierra

Hay momentos en la historia de la Tierra en los que resulta difícil imaginar que este planeta, tal como lo conocemos, alguna vez haya sido diferente. Y, sin embargo, lo ha sido muchas veces. La Tierra no ha permanecido quieta ni un solo instante de sus aproximadamente 4.500 millones de años de existencia. Ha cambiado de piel, de clima, de geografía y hasta de habitantes.

Hubo un tiempo en que los continentes no estaban separados como los conocemos hoy. Pangea reunía buena parte de las tierras emergidas en un enorme territorio que, con el paso de millones de años, comenzó a fragmentarse hasta dar origen al mapa que ahora vemos en los atlas. Los océanos cambiaron, las montañas aparecieron, desaparecieron especies y otras ocuparon su lugar.

Y no fueron cambios precisamente amables. La historia geológica está marcada por grandes extinciones. Algunas especies desaparecieron prácticamente de un día para otro en términos geológicos. Otras transformaciones fueron tan profundas que modificaron para siempre las condiciones de vida sobre el planeta. La Tierra ha sobrevivido a impactos de asteroides, enormes erupciones volcánicas, variaciones climáticas extremas y alteraciones de los océanos. La vida, de alguna manera, siempre encontró una salida.

Nosotros aparecimos muchísimo después. La época en la que actualmente vivimos pertenece al Holoceno, un periodo geológico relativamente reciente que comenzó hace unos 11.700 años, después de la última gran glaciación. Durante este tiempo se estabilizaron las condiciones climáticas que favorecieron el desarrollo de la agricultura, el crecimiento de las sociedades humanas y, finalmente, la civilización que hoy conocemos. Es decir, buena parte de lo que llamamos historia humana ocurrió bajo unas condiciones ambientales extraordinariamente favorables.

En estos tiempos abundan las voces que anuncian el fin del mundo. Unas lo hacen desde la religión, otras desde la política, algunas desde las redes sociales y otras simplemente porque el apocalipsis parece vender bastante bien. Pero la ciencia, aunque tiene suficientes razones para preocuparse, no necesariamente está anunciando que mañana se acaba el planeta.

La Tierra no está a punto de desaparecer, tampoco el Sol. Nuestra estrella algún día cambiará radicalmente y, muchísimo más adelante, dejará de ser la estrella que conocemos. Pero para entonces habrán pasado miles de millones de años. Si alguien está pensando en organizar desde ahora la despedida, puede guardar tranquilamente la tarjeta de invitación.

El problema verdadero es mucho más cercano, porque no necesitamos esperar a que el Sol se apague para tener dificultades, basta mirar cómo utilizamos los recursos disponibles del planeta.

El modelo económico dominante ha conseguido algo extraordinario: convertir prácticamente todo lo que existe en un recurso susceptible de ser extraído, transformado, vendido, consumido y, finalmente, desechado. Agua, bosques, minerales, combustibles, alimentos, suelo y hasta la atención humana entraron en esa gigantesca cadena de consumo.

El problema no es consumir. La humanidad necesita consumir para vivir, el problema aparece cuando confundimos vivir mejor con consumir más. Extraemos recursos a una velocidad que muchas veces supera la capacidad de recuperación de los ecosistemas. Desperdiciamos alimentos mientras millones de personas padecen hambre. Utilizamos enormes cantidades de energía para fabricar objetos que tendrán una vida útil cada vez más corta. Contaminamos ríos, alteramos ecosistemas y reducimos la diversidad biológica, como si la naturaleza tuviera una bodega infinita de repuestos.

Y no todos participan de la fiesta de la misma manera. Hay personas que han decidido no tener hijos porque consideran que traer nuevas generaciones a un mundo incierto sería una irresponsabilidad. Otras intentan vivir con poco, reducir su consumo y dejar una huella más pequeña. Y hay millones que ni siquiera tienen la posibilidad de escoger: simplemente sobreviven. Mientras tanto, una pequeña fracción de la población mundial puede consumir recursos en cantidades que para otros resultarían inimaginables.

La bicicleta, desde luego, no va a resolver por sí sola semejante problema. Pero quizá tenga algo que enseñarnos. Cuando alguien decide desplazarse en bicicleta, descubre una verdad elemental: para avanzar no siempre necesitamos quemar combustible, consumir toneladas de materiales o gastar grandes cantidades de energía. A veces basta con dos ruedas, una cadena, algo de mantenimiento y nuestras propias piernas.

Tal vez el asunto sea precisamente ese: recuperar la capacidad de distinguir entre lo que necesitamos y aquello que simplemente nos han convencido de necesitar.

Porque la Tierra continuará. Si desapareciéramos, el planeta no tendría demasiado interés en nuestra ausencia. La vida probablemente encontraría otros caminos, como ya lo hizo después de las grandes extinciones.

La pregunta, entonces, no es si la Tierra sobrevivirá. La pregunta es si nosotros seremos capaces de sobrevivir a nuestra propia manera de habitarla, y si algún día el Holoceno termina, como han terminado todos los periodos geológicos anteriores, ¿qué condiciones encontrará la humanidad para continuar?

Tal vez el futuro no dependa de conquistar otro planeta, tal vez dependa de algo mucho más sencillo y mucho más difícil: aprender a vivir en este sin agotarlo.

Mientras tanto, una bicicleta, con buenos años encima, sigue esperando en la puerta. Dos ruedas, poco consumo y una lección bastante antigua: para avanzar no siempre hace falta gastar más y consumir más.

El Niño nos obliga a ahorrar… ¿por qué no empezar pedaleando?

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Ideam encendió las alertas sobre las condiciones climáticas que enfrentaría Colombia durante los próximos meses

Hay fenómenos de la naturaleza que uno quisiera recibir con sombrilla, gafas oscuras y paciencia. Pero El Niño no viene precisamente de paseo. Menos lluvias, temperaturas elevadas, riesgo de incendios, presión sobre los embalses y posibles restricciones de agua y energía terminan llevando el fenómeno hasta nuestra propia casa.

Y allí aparece una pregunta sencilla: ¿qué podemos hacer nosotros?

Porque el ahorro de agua y energía no puede ser responsabilidad exclusiva del Gobierno o de las empresas de servicios públicos. También corresponde a quienes vivimos en apartamentos, casas, conjuntos, fincas y, especialmente, a quienes todavía creen que abrir una llave o encender un interruptor no tiene consecuencias porque “para eso pagamos”.

En Colombia buena parte de la generación eléctrica depende de las hidroeléctricas. Cuando disminuye el nivel de los embalses, el sistema debe recurrir con mayor intensidad a las termoeléctricas, que utilizan combustibles como gas y carbón. Es decir, cuando falta agua para producir electricidad, podemos terminar utilizando más combustibles fósiles para mantener encendidas las luces.

Una paradoja bastante incómoda, la primera recomendación es sencilla: consumir menos electricidad. Apagar luces innecesarias, utilizar iluminación LED, desconectar equipos que permanecen en espera y aprovechar la luz natural son pequeñas acciones que, multiplicadas por millones de hogares, dejan de ser pequeñas. También puede usar equipos que funcionan con baterías recargables para tener radio, lámparas de lectura, o su computador portátil como oficina personal.

En tierra fría —como llamamos los colombianos a nuestras ciudades de montaña— conviene revisar especialmente calentadores, duchas eléctricas y otros equipos destinados a combatir el frío.

En tierra caliente y en las zonas costeras, el gran consumidor suele ser el aire acondicionado. Antes de convertirlo en el trabajador más ocupado de la casa, conviene aprovechar ventilación cruzada, cortinas, persianas, sombra, vegetación y ventiladores cuando las condiciones lo permitan y si utilizamos aire acondicionado, tampoco es necesario convertir la sala en una nevera. También puede usar ventiladores personales de baterías recargables.

Colombia tiene sol de sobra. ¿Por qué no aprovecharlo? Los paneles solares pueden ser una alternativa para casas, pequeños comercios y conjuntos residenciales. En viviendas con techo propio puede estudiarse su instalación; en apartamentos, la solución puede ser colectiva para zonas comunes, iluminación, bombas o calentamiento de agua, dependiendo de las condiciones.

Pero hay una regla BiciUrba: antes de producir más energía, aprendamos a desperdiciar menos. No tiene mucho sentido llenar el techo de paneles para continuar gastando electricidad sin necesidad. Y ya pronto llegan las fiestas de fin de año, bueno iluminación LED alimentada con baterías recargables a través de paneles solares.

Al agua, otra oportunidad recogerse el agua que dejamos correr mientras esperamos que salga caliente de la ducha, y aún cuando nos bañamos, con ella se puede para limpiar pisos u otros usos apropiados. También podemos instalar dispositivos ahorradores, reparar fugas y reducir el tiempo bajo la ducha. Y cierre la llave en procesos de lavado de la vajilla, cuando nos lavamos los dientes o cuando nos afeitamos. Y si puede, recoja el agua de la lavadora, sirve para los sanitarios.

La casa también puede defenderse del clima. En tierra caliente, proteger ventanas del sol, ventilar durante las horas más frescas y aprovechar árboles y zonas de sombra puede disminuir el uso de equipos de refrigeración. Plantas al interior también ayudan a mejoran la sensación de frescura.

En tierra fría, aprovechar el sol durante el día, cerrar cortinas al caer la tarde, revisar puertas y ventanas y evitar pérdidas de calor puede reducir el consumo destinado a calentarnos. Y por supuesto, puede abrigarse con ropa que lo mantenga a buena temperatura. En ambos casos, la vivienda puede convertirse en nuestra primera herramienta de adaptación.

Y salgamos a la calle, todo esto nos lleva a la movilidad. Podemos ahorrar agua, apagar bombillos, instalar paneles solares y reutilizar agua, pero si para recorrer tres kilómetros seguimos encendiendo un motor de combustión, dejamos una parte importante de la conversación por fuera.

Automóviles y motocicletas con motores de combustión siguen dependiendo de combustibles derivados del petróleo. La motocicleta puede gastar menos combustible que un automóvil, pero menos petróleo sigue siendo petróleo. La bicicleta tiene una ventaja elemental: no necesita gasolina, diésel ni estación de servicio, necesita piernas, y cuando esas piernas necesitan ayuda, existen las bicicletas eléctricas.

El cambio climático tiene causas globales y la quema de combustibles fósiles es una de las principales. No vamos a detenerlo desde el grifo de la cocina ni con una bicicleta, pero sí podemos reducir nuestra propia huella. El Niño nos recuerda que el agua y la energía no son infinitas. La pregunta es si vamos a esperar a que llegue el racionamiento para aprender a ahorrar, o si podemos convertir el ahorro en una costumbre.

Porque, al final, cuidar el planeta también puede comenzar cerrando una llave, apagando un interruptor…y sacando la bicicleta del bici parqueadero. Ah, y circular en bici también ayuda a disminuir las facturas de servicios cada mes y mejora el balance financiero mensual personal y familiar.

No solo es racionamiento de agua y de energía, es la pérdida de biodiversidad, alimentos y alteración de los ecosistemas que afectan a todas las manifestaciones de la vida a nuestro alrededor

El oro que brilla… y el río que desaparece

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Es la cotidianidad en nuestro continente, la pérdida constante de biodiversidad en manos criminales

Hay algo profundamente contradictorio en el oro. Lo admiramos porque brilla, porque representa riqueza, porque termina convertido en joyas, lingotes, monedas, componentes electrónicos y hasta reservas financieras. Pero pocas veces nos preguntamos qué quedó atrás para que ese pequeño objeto dorado llegara hasta nuestras manos.

En algunos lugares de América Latina, la respuesta es incómoda: quedó un río destruido, un bosque convertido en lodo, un suelo sin vida y comunidades que perdieron una de sus principales fuentes de agua y alimento.

La minería ilegal no solamente extrae oro. También puede extraerle la vida al territorio. El río Sambingo, en el Cauca colombiano, es uno de los ejemplos más dramáticos. La desviación de cauces y el uso de maquinaria pesada llevaron a que prácticamente desapareciera. El Atrato, mientras tanto, ha soportado durante años la extracción de oro y platino, el trabajo de dragas y la contaminación con mercurio, hasta el punto de que la Corte Constitucional reconoció en 2016 sus derechos bioculturales.

Y no estamos hablando únicamente de Colombia. En la cuenca del Madre de Dios, que atraviesa Perú, Bolivia y Brasil, la minería aurífera ha transformado extensas zonas de bosque amazónico en paisajes de lodo y arena. En los ríos Puré y Cotuhé, en la Amazonía colombiana y brasileña, las dragas alteran ecosistemas fluviales que también son territorio de pueblos indígenas. El Puyango-Tumbes, entre Ecuador y Perú, ha sufrido contaminación minera y pérdida de especies de peces. Y en el río Santiago, en la Amazonía peruana, las dragas amenazan los ecosistemas y las fuentes de agua de comunidades awajún y wampis.

Daños ambientales irreversibles por actividad minera ilegal en el municipio de Ataco, Tolima

El problema comienza mucho antes de que el oro sea convertido en una joya. Una retroexcavadora puede remover las capas superficiales del suelo, precisamente aquellas donde está concentrada buena parte de la materia orgánica. Después llegan las bombas, el lavado de toneladas de tierra y la formación de grandes montículos de arena prácticamente estéril.

Donde antes había bosque, raíces, microorganismos y humedad, queda un terreno que difícilmente puede volver a ser lo que fue. El bosque tampoco desaparece simplemente porque corten los árboles. La maquinaria destruye el banco natural de semillas y las redes de hongos que ayudan a regenerarlo. Las especies oportunistas ocupan el espacio y el microclima cambia: aumenta la temperatura, disminuye la humedad y se altera el delicado equilibrio del agua.

Y entonces aparece otro problema: los animales. La turbidez provocada por las dragas puede afectar las branquias de los peces, bloquear la entrada de luz al agua y destruir zonas de reproducción. El ruido, la maquinaria y la fragmentación del bosque expulsan aves, mamíferos y reptiles.

Y están los metales. El mercurio es quizá el más conocido porque puede transformarse en metilmercurio y acumularse en los peces. Pero la remoción de grandes cantidades de tierra también puede movilizar otros elementos potencialmente tóxicos, como arsénico, cadmio y plomo.

La tragedia ambiental, entonces, no termina cuando la draga apaga su motor. Pero hay una pregunta todavía más incómoda: ¿quién compra ese oro?

El mercado latinoamericano funciona entre una minería legal sometida —con distintos grados de cumplimiento— a títulos, impuestos, regalías y controles, y otra corriente ilegal que puede estar vinculada con organizaciones criminales, grupos armados, redes de lavado de dinero y empresas fachada. El oro tiene además una característica que facilita el problema: una vez fundido y mezclado, resulta extremadamente difícil determinar visualmente de qué mina salió.

Opulencia descarada y sin ninguna consideración con el planeta y la humanidad

Así, el oro que nació en un río devastado puede terminar convertido en un lingote, una joya o un diminuto componente de un teléfono, un computador, un satélite o un dispositivo médico.

Y aquí aparece la bicicleta. Porque cuando hablamos de movilidad sostenible solemos concentrarnos en los combustibles, las emisiones, las ciclorrutas y los automóviles. Pero la sostenibilidad también consiste en preguntarnos de dónde salen los materiales que utilizamos para construir nuestro mundo moderno y qué costo ambiental pagamos por ellos. No basta con movernos de manera limpia si seguimos consumiendo sin preguntarnos qué ocurre detrás de cada producto.

El oro seguirá brillando. Eso difícilmente cambiará. Lo que sí podemos cambiar es nuestra indiferencia frente al lugar de donde viene. Tal vez la próxima vez que veamos una joya de oro, un teléfono nuevo o cualquier objeto que contenga ese metal, valga la pena hacernos una pregunta sencilla, pero incómoda:

¿Cuánto río, cuánto bosque, cuánto suelo y cuánta vida tuvo que desaparecer para que ese pequeño pedazo de oro pudiera llegar hasta nosotros? Porque quizá el verdadero lujo del futuro no sea tener más oro. Quizá sea poder beber de un río que todavía exista y de un bosque que lo acompaña y protege…

La sostenibilidad no solamente consiste en cómo nos movemos, sino también en preguntarnos qué mundo estamos dejando mientras nos movemos. En qué ponemos nuestra atención y lo que realmente representa para los ecosistemas, la fauna, flora y la vida en general, porque somos protagonistas de este desastre planetario comprando y gastando sin medida y sin saber el costo real de nuestros gustos y despilfarro

Cuando la bicicleta deja de ser bicicleta… y se convierte en locura

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La bici nos acompaña a donde nuestras locuras nos lleven, el tema es considerar riesgos y accidentes lamentables

Hay muchas maneras de entender el ciclismo. Para un niño, montar bicicleta es casi un acto de magia: descubrir que dos ruedas pueden llevarlo más lejos que sus propios pies. Para el adolescente comienza otra etapa, generalmente acompañada por una preocupante relación con las normas de seguridad: casco que desaparece, luces que nadie sabe dónde quedaron y una confianza en las propias habilidades que suele superar ampliamente la experiencia.

Luego llega la juventud y aparece la velocidad. La bicicleta deja de ser solamente un vehículo y se convierte en desafío. Hay quienes buscan competir, superar marcas, ganar carreras y conseguir triunfos deportivos. Otros, sencillamente, buscan demostrar que pueden bajar más rápido, saltar más alto o hacer una maniobra que nadie en su sano juicio recomendaría repetir.

Con la madurez, afortunadamente, algo cambia. La bicicleta vuelve a ser lo que siempre debió ser: un vehículo. Nos lleva, nos trae, nos permite hacer ejercicio y, sobre todo, nos interesa que nos devuelva a casa con todas las piezas originales.

Pero el ciclismo tiene un lado bastante más extremo. Cuando bajar ya no es simplemente bajar. Las competencias de ruta, pista y montaña forman parte del ciclismo deportivo convencional. Sin embargo, existen modalidades en las que la palabra riesgo parece haber sido incorporada deliberadamente al reglamento.

Los descensos de alta velocidad son un buen ejemplo. En carreteras de montaña, algunos ciclistas pueden alcanzar velocidades de entre 80 y más de 100 kilómetros por hora. La indumentaria, en cambio, sigue siendo sorprendentemente sencilla: un traje de licra y un casco.

A esas velocidades, un bache deja de ser un desperfecto de la carretera y se convierte en una decisión de vida. Una mancha de aceite, una curva mal calculada o una pérdida de control pueden terminar contra un guardarraíl, una roca o, en el peor de los casos, en un precipicio.

Y aquí aparece una pregunta muy BiciUrba: ¿en qué momento alguien decidió que bajar una montaña a más de 100 kilómetros por hora sobre dos ruedas era una buena idea? La respuesta probablemente tenga que ver con la pasión deportiva. Y también con esa antigua costumbre humana de descubrir los límites… normalmente después de acercarse peligrosamente a ellos.

El downhill lleva la idea todavía más lejos. Los ciclistas descienden por montañas, bosques o pistas artificiales extremadamente empinadas, enfrentando raíces, piedras, saltos, curvas y obstáculos naturales o construidos. Aquí no se trata simplemente de bajar. Hay que hacerlo rápido, controlar la bicicleta y, de paso, conseguir que el cuerpo sobreviva a la experiencia.

Los ciclistas utilizan cascos integrales y protecciones corporales, pero el riesgo sigue presente. Las fracturas, los traumatismos craneoencefálicos y las lesiones de columna forman parte de los peligros de una disciplina en la que un error de centímetros puede convertirse en un problema de varios meses.

Entre las lesiones más frecuentes aparecen las fracturas de clavícula, muñeca, mano y costillas. La clavícula, particularmente, parece tener una relación poco amistosa con el ciclismo de montaña: una caída sobre el hombro o sobre el brazo extendido puede transmitir una enorme cantidad de energía hasta ese pequeño hueso que, probablemente, jamás pidió participar en semejante aventura.

Las muñecas y las manos tampoco salen bien libradas. Cuando la bicicleta se encuentra repentinamente con una piedra, una raíz o un obstáculo, el cuerpo busca instintivamente detener el golpe con los brazos. El problema es que el suelo normalmente tiene más argumentos que nosotros.

Si el downhill parece suficientemente extremo, existe el freeride y competencias como Red Bull Rampage, donde los ciclistas descienden por terrenos desérticos y prácticamente verticales, eligiendo sus propias líneas entre acantilados y formaciones rocosas. Allí aparecen saltos enormes, maniobras en el aire y aterrizajes que parecen diseñados para poner a prueba simultáneamente la bicicleta, el ciclista y las leyes de la física. Un error en la trayectoria o en el aterrizaje puede tener consecuencias fatales.

Es una modalidad espectacular, sin duda. También es una de esas actividades que uno puede admirar tranquilamente desde una pantalla, sentado en un sofá, con la certeza de que el sofá no tiene precipicios.

En la pista tampoco hay mucha tranquilidad, particularmente modalidades como el keirin y la Madison, tiene otra característica: la velocidad. Las bicicletas de pista no tienen frenos convencionales ni piñón libre. Las piernas forman parte del sistema de propulsión y también del control de la máquina. En determinadas pruebas, las velocidades superan los 70 kilómetros por hora y los ciclistas comparten un espacio relativamente reducido.

Un pequeño error puede provocar una caída colectiva a gran velocidad. Aquí no hay árboles, rocas ni precipicios. Pero hay algo que puede ser igualmente contundente: la madera del velódromo.

Y están los que convierten la ciudad en una pista, porque una ciudad también puede ser un circuito de aventura. Escaleras, callejones, rampas, muros, techos y descensos urbanos se transforman en obstáculos. Es una especie de parkour sobre bicicleta, con el pequeño detalle de que el concreto, los postes, los cables y las paredes no suelen tener ninguna intención de colaborar.

La espectacularidad puede ser enorme. El margen de error, diminuto y cuando llega la caída, el cuerpo suele ser el primero en pagar la factura, además que tiene memoria… y facturas pendientes

En las disciplinas de mayor riesgo, muchas lesiones se concentran en la parte superior del cuerpo: hombros, brazos y manos. El motivo es bastante sencillo. Cuando el ciclista sale despedido por encima del manubrio, el instinto natural es extender los brazos para intentar amortiguar el impacto. El resultado puede ser una fractura de clavícula, una lesión de muñeca, daños en los ligamentos del hombro o fracturas de costillas.

También aparecen las lesiones articulares y ligamentarias. Una caída lateral puede producir una separación o luxación acromioclavicular. El pulgar y la muñeca pueden sufrir esguinces cuando el manubrio gira violentamente después de que la rueda delantera encuentra un obstáculo inesperado.

Y está la cabeza, que aunque el casco integral reduce considerablemente determinados riesgos, no convierte al ciclista en invulnerable. Una desaceleración brusca puede producir una conmoción cerebral o un traumatismo craneoencefálico incluso sin que exista una fractura del cráneo. Y hay que tener muy en claro: el casco protege, pero no hace milagros.

Las abrasiones y laceraciones completan el catálogo. Tierra, piedras, ramas y superficies ásperas pueden producir heridas profundas, raspaduras y las famosas «quemaduras por fricción». En otras palabras: la naturaleza también tiene su propia manera de cobrar peaje.

La bicicleta no siempre tiene la culpa, como máquina, nunca va a decir que no. Uno puede llevarla por una ciclorruta, por una carretera de montaña, por una escalera o directamente hacia una decisión cuestionable. La bicicleta obedecerá, por eso, más que culpar a la máquina, habría que hablar de quien decide cómo utilizarla.

Una bicicleta puede ser una extraordinaria herramienta deportiva. Puede llevarnos a competir, superar nuestros límites y alcanzar metas que parecían imposibles. Pero también puede convertirse en una máquina para producir lesiones cuando la velocidad, la imprudencia o el exceso de confianza reemplazan la técnica y la preparación.

Y aquí aparece una diferencia fundamental. El ciclista profesional conoce el riesgo, entrena para enfrentarlo y utiliza equipamiento específico. El ciclista urbano, en cambio, tiene otra misión: llegar al trabajo, a la casa, al supermercado, a recoger a los hijos. Llegar a donde sea que la ciudad nos obligue a llegar!

El ciclista urbano ya tiene suficientes obstáculos: vehículos que no respetan la distancia, motocicletas que aparecen de cualquier dirección, peatones distraídos, huecos, infraestructura incompleta, cruces peligrosos y ciclorrutas que, en algunos lugares, parecen haber sido diseñadas por alguien que jamás montó bicicleta, por eso no necesitamos agregarle más problemas al recorrido.

La ciudad nos enseña, muchas veces a la fuerza, que la prudencia no es cobardía. Que frenar a tiempo no significa perder. Que llegar cinco minutos después es infinitamente mejor que no llegar. Porque al final, la bicicleta tiene una maravillosa particularidad: no necesita que arriesguemos la vida para demostrarnos que somos buenos ciclistas.

Y quizás la verdadera hazaña del ciclismo urbano no sea bajar una montaña a 100 kilómetros por hora, saltar un precipicio o atravesar una escalera a toda velocidad. La verdadera hazaña puede ser mucho más sencilla: salir en bicicleta, disfrutar el recorrido y regresar a casa completos, funcionando y con ganas de volver a rodar mañana.

Eso también es ciclismo y, francamente, bastante más inteligente.

Los Supersónicos ya llegaron… ¿y nosotros estamos preparados?

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Todas las historias han sido contadas, solo que las vamos modificando a la técnica narrativa y tecnológica de cada época

Hay recuerdos de televisión que, con el paso de los años, dejan de parecer ciencia ficción y empiezan a convertirse en documentales anticipados. Eso ocurre con Los Supersónicos, aquella serie de Hanna-Barbera que llegó a la televisión en 1962 y nos mostraba una familia viviendo en un futuro lleno de máquinas, robots y artefactos capaces de hacer casi todo.

Uno de los personajes más llamativos era Robotina, la empleada doméstica robot que limpiaba, atendía la casa y, de paso, resolvía buena parte de los problemas cotidianos de la familia. En aquel momento parecía una fantasía divertida. Hoy, medio siglo después, la pregunta ya no es si tendremos robots en casa, sino cuánto tardarán en convertirse en parte habitual de nuestra vida.

Ya existen aspiradoras que limpian y trapean los pisos, electrodomésticos que pueden programarse desde el teléfono y automóviles capaces de tomar decisiones que antes dependían exclusivamente del conductor. Los refrigeradores, las lavadoras, los sistemas de climatización y hasta los televisores siguen teniendo una apariencia relativamente familiar, pero por dentro son máquinas muy diferentes a las de hace unas décadas.

Y esto apenas comienza. China se ha convertido en uno de los grandes protagonistas del desarrollo de robots humanoides. En eventos internacionales, las máquinas caminan, manipulan objetos, realizan tareas industriales y muestran capacidades que hasta hace poco pertenecían exclusivamente al terreno de las películas de ciencia ficción.

La inteligencia artificial generativa está acelerando todavía más este proceso. Ya no se trata únicamente de programar una máquina para que repita mecánicamente una secuencia. Los nuevos sistemas pueden interpretar instrucciones habladas, reconocer objetos, comprender espacios cambiantes y tomar decisiones frente a situaciones que no estaban previstas exactamente en su programación original.

En fábricas, almacenes y plantas solares, los robots comienzan a encargarse de tareas peligrosas, repetitivas o que requieren gran precisión. En hospitales pueden colaborar en procedimientos quirúrgicos y en centros de atención apoyar algunas labores relacionadas con el cuidado de personas mayores.

Y aquí aparece uno de los cambios más interesantes: el robot está dejando de ser únicamente una máquina industrial para convertirse en un posible habitante de la casa.

Una caricatura animada a la que le asignamos acciones humanas, es la historia de siempre porque son nuestros relatos que vivimos

Algunos desarrollos buscan que los robots limpien, cocinen, organicen objetos, carguen electrodomésticos, doblen ropa o ayuden a personas que tienen dificultades para realizar determinadas actividades. Con sensores táctiles, cámaras, inteligencia artificial y sistemas capaces de aprender las rutinas de una familia, el electrodoméstico del futuro podría terminar pareciéndose más a un asistente personal que a una simple máquina. Robotina, entonces, estaría buscando empleo nuevamente.

Claro que este futuro también genera preguntas incómodas. Si una máquina puede limpiar una casa, conducir un automóvil, trabajar en una fábrica, cuidar a una persona mayor o realizar determinadas labores profesionales, ¿qué pasará con quienes hoy viven de esos trabajos?

El temor al desempleo tecnológico no es nuevo. Lo nuevo es la velocidad con la que la inteligencia artificial y la robótica están avanzando. Y junto con el empleo aparecen otras preocupaciones: quién controlará esas tecnologías, quién tendrá acceso a ellas, quién manejará los enormes volúmenes de información que producirán y qué poder económico y político terminará concentrándose en unas pocas manos. Porque el problema, posiblemente, nunca ha sido la tecnología, el problema hemos sido nosotros.

La historia demuestra que cualquier herramienta puede utilizarse para mejorar la vida o para aumentar la capacidad de destruirla. La tecnología puede servir para cuidar a un adulto mayor o para fabricar armas más sofisticadas. Puede reducir riesgos laborales o convertirse en instrumento de vigilancia. Puede ayudar a distribuir mejor los recursos o profundizar las desigualdades.

Y mientras hablamos de robots capaces de cocinar, planchar y doblar ropa, en las ciudades seguimos teniendo otro artefacto mucho más sencillo: la bicicleta urbana, no aprende nuestras rutinas familiares, no reconoce nuestra voz y tampoco requiere actualizaciones de software. Basta con pedalear.

La bicicleta, en cierta manera, representa la otra cara de esta revolución tecnológica. Frente a máquinas cada vez más autónomas, nos recuerda que todavía podemos hacer algo por nosotros mismos. Nos transporta, nos obliga a mover el cuerpo, ocupa poco espacio y no necesita un cerebro digital para entender una ciudad y tal vez el futuro no tenga que escoger entre robots y bicicletas.

Podemos utilizar robots para realizar trabajos peligrosos, pesados o repetitivos; inteligencia artificial para resolver problemas complejos; máquinas para asistir a quienes necesitan ayuda y, al mismo tiempo, conservar espacios donde las personas sigan caminando, pedaleando, conversando y encontrándose cara a cara.

Las tecnologías como la robótica y la IA, reflejan nuestras realidades humanas y encarnan nuestras virtudes y vicios

Eso sería bastante parecido al mundo de Los Supersónicos: tecnología, trabajo, escuela, familia, relaciones sociales y hasta problemas cotidianos. Porque aquella caricatura, más allá de sus máquinas voladoras y sus casas automatizadas, mostraba algo que a veces olvidamos: la tecnología debía estar al servicio de la vida, no la vida al servicio de la tecnología.

La pregunta final, entonces, resulta inevitable: ¿serán los robots humanoides mejores que nosotros tratando a las demás personas y a las otras especies que comparten el planeta?

Quizás sea una pregunta incómoda, porque si algún día tenemos en casa máquinas capaces de aprender, comprender, cuidar y actuar con mayor empatía que nosotros, tendremos que reconocer una curiosa derrota: habremos creado máquinas inteligentes para enseñarnos algo que los seres humanos llevamos miles de años intentando aprender.

Y mientras llega ese día, siempre nos quedará una bicicleta urbana para recordar que no todo necesita un algoritmo porque para avanzar, simplemente basta con pedalear y tener ganas de hacerlo.

El motor de la bicicleta también necesita mantenimiento y buen trato

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La bicicleta recibe mantenimiento porque sabemos que puede dañarse; el ciclista muchas veces espera a dañarse para acordarse de que también necesita mantenimiento.

Hay una costumbre bastante extendida entre quienes montamos bicicleta: somos extraordinariamente cuidadosos con la máquina y bastante descuidados con quien la conduce.

Antes de salir revisamos las llantas, los frenos, la cadena, los cambios, la presión de aire y hasta ese pequeño ruido que apareció ayer y que, según nosotros, “no es nada”. Pero al ciclista nadie le revisa las piernas. Ni la espalda. Ni las rodillas. Ni la cadera. Mucho menos el corazón.

El urbano es particularmente curioso. Se levanta, se viste, monta la bicicleta y arranca. No hay calentamiento, no hay preparación muscular y, cuando llega a destino, tampoco hay estiramiento. La única técnica que desarrolla con verdadera disciplina es intentar no sudar la camisa. Y cuando eso fracasa, aparece el plan B: una muda de ropa en la mochila.

El ciclista de fin de semana tampoco se queda atrás. El sábado prepara la bicicleta, llena los termos, compra unas barras, unos bananos, quizá algo de panela y aparece puntual para salir con “el equipo”. Y comienza la aventura: 80, 100, 120 kilómetros o los que determine el entusiasmo colectivo.

Todo muy bien organizado, excepto por un pequeño detalle: nadie parece haber preparado al ciclista. Porque una cosa es tener una bicicleta preparada para recorrer 100 kilómetros y otra muy distinta es tener un cuerpo preparado para hacerlo.

La medicina deportiva lleva años diciendo que el ejercicio debe progresar de manera gradual y que el entrenamiento no debería limitarse a una sola capacidad. La OMS recomienda para los adultos entre 150 y 300 minutos semanales de actividad aeróbica moderada —o su equivalente vigoroso— y ejercicios de fortalecimiento muscular al menos dos días por semana.

Es decir, pedalear sirve muchísimo, pero pedalear no lo resuelve todo. El cuerpo del ciclista es una máquina bastante más sofisticada que una bicicleta de 21 cambios. Cada pedalazo involucra músculos, tendones y articulaciones que trabajan miles de veces durante una salida. Rodillas, tobillos, caderas, columna lumbar, cuello, hombros y hasta las manos reciben una carga repetitiva.

Y ahí empiezan los problemas cuando confundimos entusiasmo con preparación. Las lesiones por sobreuso son frecuentes entre los ciclistas. La literatura médica señala especialmente molestias en rodillas, cadera y zona lumbar, y relaciona buena parte de estos problemas con incrementos bruscos de carga, técnica, posición y otros factores individuales.

La rodilla, por ejemplo, no entiende de grupos de WhatsApp ni de retos personales. Si el cuerpo no está preparado para aumentar de repente la distancia o la intensidad, probablemente terminará cobrando la factura. Y la factura puede llegar precisamente cuando uno está orgulloso de haber completado esos kilómetros que nunca había entrenado.

Por eso el calentamiento no debería ser visto como una pérdida de tiempo. Unos minutos de movilidad y activación antes de comenzar pueden ser una forma sencilla de decirle al organismo: “señores, vamos a trabajar”.

Y después viene otro asunto que solemos olvidar: la recuperación. Terminar una rodada, bajarse de la bicicleta y dirigirse directamente a la ducha, al almuerzo o a la cerveza de celebración puede ser una tradición muy arraigada, pero no necesariamente una buena estrategia de recuperación. El organismo necesita alimentación adecuada, hidratación, descanso y, dependiendo del nivel de exigencia, trabajo específico de movilidad, fuerza y recuperación.

También hay que hablar de alimentación al ciclista urbano que vive corriendo contra el reloj y suele resolver el desayuno con cualquier cosa, el almuerzo con lo que aparezca y la cena con lo que quede, luego se pregunta por qué está cansado.

Y el ciclista deportivo puede caer en el extremo contrario: creer que una barra de proteína, un suplemento o una bebida “especial para deportistas” compensará una alimentación desordenada, no necesariamente.

Las recomendaciones de nutrición deportiva destacan la importancia de cubrir adecuadamente las necesidades de energía, carbohidratos, proteínas y líquidos antes, durante y después del ejercicio. Para quienes entrenan con mayor volumen, la alimentación debe responder a la carga real de trabajo y, cuando se necesita una estrategia personalizada, lo sensato es acudir a un profesional de nutrición deportiva.

Y aquí aparece otro capítulo poco simpático: tabaco, alcohol y drogas. No tiene mucho sentido entrenar para mejorar la capacidad cardiovascular y después someter al organismo a sustancias que hacen justamente lo contrario. El tabaco aumenta el riesgo cardiovascular y perjudica el transporte de oxígeno; el consumo excesivo de alcohol también incrementa diversos riesgos para la salud, y conducir una cicla embriagado o drogado es penalizado por las normas de tránsito, además de poner al”suicida” en un altísimo riesgo de un accidente.

Dicho en lenguaje BiciUrba: no podemos ponerle gasolina de mala calidad al ciclista y esperar que funcione como una bicicleta de competencia. También debemos aprender a escuchar el cuerpo. Un dolor que aparece repetidamente no es necesariamente “parte del entrenamiento”. Puede ser una señal de que algo está mal: la carga, la técnica, la posición sobre la bicicleta, la fuerza muscular o simplemente que necesitamos descansar.

Y aquí la bicicleta también tiene responsabilidad. Una mala adaptación entre máquina y ciclista puede contribuir a molestias y lesiones, aunque la ciencia también advierte que no existe una única medida mágica de “bike fit” capaz de explicar todos los dolores. Cada cuerpo es diferente.

Finalmente, para quienes hacen ciclismo deportivo o recorridos exigentes, un chequeo médico especializado periódico no debería ser considerado una exageración. La evaluación previa a la práctica deportiva permite identificar antecedentes y condiciones cardiovasculares, musculoesqueléticas y otros factores que pueden afectar la seguridad del ejercicio.

Porque aquí está el asunto fundamental: la bicicleta puede cambiarse; las rodillas no vienen con repuestos en la caja de herramientas. Podemos limpiar la cadena, lubricar los cambios, ajustar los frenos, inflar las llantas y consentir nuestra bicicleta todo lo que queramos. Y debemos hacerlo, pero antes de revisar la máquina, hay que revisar al ciclista.

Calentar, fortalecer, alimentarse bien, hidratarse, descansar, controlar las cargas, escuchar el dolor, evitar el tabaco y las drogas, moderar —o mejor evitar— el alcohol y hacerse controles médicos cuando corresponda no son exigencias para convertirse en campeón.

Son simplemente formas razonables de conseguir algo mucho más importante: seguir pedaleando durante muchos años. Porque al final, la bicicleta tiene cadena, cambios y frenos, nosotros solamente tenemos un cuerpo, y ese sí que no se consigue en una tienda de bicicletas.

Realmente en dónde está presente lo que nos hace mal: en la cocina o en la góndola del supermercado

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Una cosa son comestibles y otra muy distinta alimentos

Hay palabras que se han convertido en culpables universales. Azúcar. Sal. Grasa. Grasas saturadas. Las repetimos como si cada una, por separado, fuera una especie de delincuente nutricional que hubiera que expulsar de nuestra cocina, pero la historia es bastante más compleja.

Durante años nos dijeron que el problema era echarle azúcar al café, ponerle sal a la sopa o cocinar con mantequilla. Y mientras discutíamos si una cucharadita de azúcar era peor que una pizca de sal, los supermercados se fueron llenando de productos diseñados para que comiéramos más: bebidas azucaradas, cereales de desayuno, galletas, paquetes de snacks, salsas, panes industriales, embutidos, postres, comidas listas para calentar.

Conviene empezar por desmontar una idea: el azúcar, la sal y las grasas no son venenos. El cuerpo necesita nutrientes y energía. El sodio cumple funciones esenciales; las grasas participan en procesos fundamentales del organismo; los carbohidratos son una fuente importante de energía. El problema aparece cuando determinados nutrientes se consumen en exceso y dentro de un patrón alimentario de baja calidad.

Y ahí aparece una diferencia que suele perderse en las conversaciones sobre alimentación: no es lo mismo comer una fruta que beber una gaseosa; no es lo mismo cocinar fríjoles con ingredientes reconocibles que abrir una sopa instantánea; no es lo mismo comer un puñado de nueces que consumir diariamente una galleta industrial que combina harinas refinadas, grasas, azúcar, sal y una larga lista de aditivos.

Una porción de fruta es mucho mejor que bebidas azucaradas, lácteos con supuestas cantidades de fruta y otra cantidad de productos comestibles que nos ofrece la industriaría de alimentos

Por eso la discusión contemporánea no debería reducirse a preguntar cuánto azúcar tiene un alimento. También deberíamos preguntar: ¿Qué alimento estamos comiendo realmente?

Los ultraprocesados son formulaciones industriales elaboradas principalmente a partir de sustancias derivadas de alimentos, junto con aditivos que modifican sabor, textura, color, aroma y conservación. En muchos casos contienen grandes cantidades de azúcares, grasas, grasas saturadas y sodio, mientras aportan poca fibra, vitaminas, minerales o proteínas en comparación con alimentos frescos o mínimamente procesados.

La diferencia parece semántica, pero no lo es. Una cosa es un alimento que contiene azúcar y otra muy diferente es un producto industrial diseñado alrededor del azúcar.

¿Entonces el azúcar es el enemigo? No necesariamente. La fruta contiene fructuosa, la leche contiene lactosa, una zanahoria contiene carbohidratos y nadie sensato propondría declarar la guerra a las zanahorias. El problema está especialmente en los azúcares libres o añadidos, aquellos que terminan apareciendo en cantidades importantes en bebidas, dulces, postres, cereales, salsas y numerosos productos industriales.

La OPS considera que los azúcares libres, el sodio, las grasas totales, las grasas saturadas y las grasas trans son nutrientes críticos cuando aparecen en exceso. Su modelo de perfil de nutrientes permite identificar productos que contienen cantidades excesivas de estos componentes y sirve como referencia para políticas públicas.

Por eso resulta tan engañoso el argumento de: «Yo casi no le pongo azúcar al café.» Puede ser cierto y, al mismo tiempo, no decir absolutamente nada sobre la cantidad de azúcar que esa persona consume durante el día, porque puede llegar disfrazada de cereal «fitness», bebida «energizante», yogur «con fruta», salsa de tomate, galletas, pan industrial o bebida que promete vitaminas. El problema no siempre está en la cucharadita que vemos, está en la que no vemos.

La oferta de comida de mar es estupenda en la culinaria peruana

¿Y la sal? Con la sal ocurre algo parecido. El sodio es necesario para el funcionamiento del organismo, pero consumirlo en exceso está asociado con hipertensión y otras enfermedades cardiovasculares. Y una parte importante del problema no está necesariamente en el salero que tenemos en casa, está en los productos procesados y ultraprocesados.

Una sopa instantánea, una salsa, un embutido, unas papas de paquete o determinados panes industriales pueden aportar cantidades importantes de sodio antes de que el consumidor haya tocado el salero. Por eso la pregunta «¿comes mucha sal?» puede ser menos útil que otra: ¿Cuántos productos industriales consumes habitualmente?

¿Y las grasas saturadas? Aquí también hay una simplificación que conviene evitar. Durante décadas la conversación pública convirtió a la grasa en el gran enemigo. Luego llegaron las versiones «light», «0 % grasa» o «bajas en grasa». Pero quitar grasa de un producto no necesariamente lo convierte en saludable.

Si para conservar su sabor y textura se incorporan grandes cantidades de azúcar, almidones refinados, edulcorantes u otros ingredientes, simplemente hemos cambiado una característica del producto. La cuestión no es encontrar un único nutriente culpable, la cuestión es la calidad global de la alimentación.

La OPS incluye las grasas saturadas y las grasas trans entre los nutrientes críticos cuya ingesta excesiva debe ser vigilada. Y aquí aparece una idea que debería ser mucho más conocida: un producto puede cumplir perfectamente con una afirmación publicitaria y seguir siendo un producto de baja calidad nutricional. Puede decir «sin azúcar añadida», «reducido en grasa» o «fuente de vitaminas» y continuar siendo un ultraprocesado que desplaza alimentos mucho más nutritivos.

Ese es precisamente uno de los problemas de los llamados mensajes positivos en los empaques: pueden producir un «halo saludable», haciendo que el consumidor perciba como saludable un producto que continúa teniendo cantidades excesivas de nutrientes críticos.

Grasas naturales son necesarias, las industriales generan problemas de salud

En lugar de obligar al consumidor a convertirse en químico, nutricionista y matemático antes de comprar unas galletas, varios países decidieron poner la información donde realmente importa: en la parte frontal del paquete, no se trata de prohibir una galleta, se trata de decir: «Ojo: aquí hay exceso de esto», la decisión debería tomarse sabiendo qué contiene el producto.

Hay quienes consideran que estas normas son una intromisión del Estado, pero ¿qué tan libre es una elección cuando una industria tiene millones de dólares para estudiar nuestro comportamiento, diseñar productos irresistibles, colocarlos estratégicamente, promocionarlos y venderlos desde la infancia? La libertad de elección necesita información. Son productos de un sistema industrial y comercial que ha aprendido a competir por nuestro tiempo, nuestro dinero, nuestra atención y nuestro apetito.

Los octágonos negros son apenas una señal y la pregunta que queda después de verlos en el empaque es mucho más grande: ¿queremos una sociedad en la que la comida que más se vende sea también la comida que más necesitamos? Porque una cosa es tener libertad para elegir y otra muy diferente es vivir en un entorno diseñado para que siempre terminemos eligiendo lo mismo.

comer alimentos cultivados de forma sana, garantizan una mejor nutrición que deriva en salud y bienestar. Los procesador y ultraprocesados generan riesgos demostrados por organismos nacionales e internacionales dedicados a la salud

Colombia también rueda en bicicleta urbana diariamente

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La bicicleta no es bogotana. Bogotá simplemente tuvo la ventaja de hacer más ruido con ella. El resto del país también está aprendiendo a pedalear y Cali es un buen ejemplo

Hay una costumbre bastante bogotana que consiste en pensar que, si algo sucede en Bogotá, necesariamente está sucediendo en el resto del país. Con la bicicleta pasa algo parecido. La ciudad tiene una relación larga, intensa y a veces tormentosa con las dos ruedas. Es, sin duda, la gran vitrina colombiana de la bicicleta urbana y una de las ciudades latinoamericanas que más ha apostado por ella. Pero sería injusto pensar que la historia termina en la capital.

Porque Colombia también rueda en Cali, Medellín, Manizales, Barranquilla, Bucaramanga, Ibagué y, en menor o mayor escala, en muchas otras ciudades, cada una lo hace a su manera.

Bogotá tiene las cifras para presumir: cerca de 886.000 viajes diarios en bicicleta y una extensa red de infraestructura ciclovial. También cuenta con Registro Bici, una herramienta que permite asociar la bicicleta con su propietario para facilitar su recuperación en caso de hurto, y con miles de cupos para bicicletas y vehículos de micromovilidad. Pero cuando uno sale de la capital descubre que la bicicleta colombiana no tiene domicilio fijo.

Cali cuenta con alrededor de 192 kilómetros de ciclorrutas; Medellín, unos 120; Manizales supera los 100 y Barranquilla tiene más de 63 kilómetros. Bucaramanga ha planteado una estrategia metropolitana cercana a los 70 kilómetros de cicloinfraestructura y, además, experimentó con Clobi, un sistema público de bicicletas y patinetas que llegó a registrar más de 283.000 viajes antes de dejar de operar. Ibagué, entretanto, está escribiendo una historia diferente. Su sistema público y gratuito Rueda por Ibagué regresó a comienzos de 2026 con ocho estaciones y durante 2025 había registrado cerca de 7.000 viajes.

Barranquilla

Y aquí aparece lo verdaderamente interesante: una bicicleta puede ser la misma, pero ninguna ciudad se mueve igual. No es lo mismo pedalear en Bogotá que hacerlo en Barranquilla. Tampoco enfrentar las pendientes de Medellín o Manizales que atravesar Cali o Ibagué. Bucaramanga tiene su propia geografía y sus propios desafíos metropolitanos. Por eso no tiene demasiado sentido establecer un campeonato nacional para decidir quién tiene más kilómetros de ciclorruta, las ciudades no necesitan una medalla por metro construido, necesitan que esos metros tengan sentido.

Una ciclorruta sirve realmente cuando permite salir del barrio, llegar al trabajo, ir a estudiar, hacer una diligencia, conectarse con el transporte público o simplemente regresar a casa sin tener que jugar una versión urbana de Supervivencia Extrema cada vez que aparece una avenida y esa es quizá la verdadera discusión.

La bicicleta no necesita solamente infraestructura. Necesita continuidad, conexión, seguridad y cultura ciudadana. De poco sirve una magnífica ciclorruta si termina abruptamente frente a una avenida y el ciclista debe decidir si se convierte en peatón, en motociclista improvisado o en estadística.

Bucaramanga

Las ciudades colombianas están empezando a entender que la bicicleta no debe verse únicamente como un elemento recreativo o deportivo. Es un vehículo de transporte. Uno bastante particular: no necesita gasolina, ocupa poco espacio, produce muy pocas emisiones y, como si fuera poco, obliga a mover las piernas. Una máquina bastante extraña en estos tiempos en que la humanidad inventa dispositivos para hacer casi todo sin levantarse de la silla.

Pero la infraestructura es apenas una parte de la historia, también están los datos. Las ciudades utilizan Sistemas de Información Geográfica para conocer dónde están las ciclorrutas, cómo se conectan con el transporte público, dónde existen cicloparqueaderos, cuáles son los tiempos de desplazamiento y qué lugares pueden convertirse en nuevos puntos de conexión para la micromovilidad.

Porque la bicicleta también entró en la era de los datos, y la pregunta es qué hacemos con ellos. Bogotá, Medellín, Cali, Bucaramanga, Ibagué y las demás ciudades tienen una oportunidad enorme para aprender unas de otras. No necesariamente para copiarse, porque una solución que funciona en Bogotá puede resultar absurda en Manizales, y una pensada para Barranquilla quizá necesite algunos ajustes para una ciudad de montaña.

Lo que sí pueden compartir es algo mucho más importante: la idea de que la bicicleta merece un lugar permanente dentro de la movilidad urbana. Y ese lugar no se construye solamente con cemento, pintura y señales. Se logra cuando el ciclista deja de sentirse un intruso en la calle. Cuando puede cruzar una intersección sin jugarse la vida. Cuando encuentra dónde estacionar su bicicleta. Cuando puede combinarla con el transporte público. Cuando el conductor de automóvil entiende que compartir la vía no significa haber perdido una guerra.

Y cuando el peatón comprende, igualmente, que la ciclorruta tampoco es una extensión de la acera. Ahí aparece el verdadero valor de la bicicleta. Cada kilómetro de infraestructura puede convertirse en algo mucho más importante que una obra pública: puede convertirse en cultura ciudadana.

La ciclovía dominical es el pretexto para desarrollar las ciclorrutas y demás infraestructura urbana, para hacer de la bicicleta protagonista de la ciudad y de la protección del medio ambiente. Ibague.

Colombia no es solamente Bogotá sobre una bicicleta. Hay miles de personas pedaleando en Cali, Medellín, Manizales, Barranquilla, Bucaramanga e Ibagué que han descubierto que para llegar de un lugar a otro no siempre hacen falta cuatro ruedas, un tanque de combustible y una paciencia del tamaño de una avenida en hora pico.

Algunas ciudades tienen grandes redes. Otras están empezando. Unas tienen sistemas públicos; otras los intentaron y tendrán que decidir si vuelven a pedalear. Algunas luchan contra las pendientes, otras contra el calor, otras contra la falta de continuidad. Pero todas tienen algo en común: están entendiendo que la bicicleta ya no es una visita ocasional a la ciudad. Es parte de ella.

Bogotá puede seguir siendo la gran vitrina, pero la bicicleta colombiana es mucho más grande porque Colombia no tiene una sola ciudad bicicleta. Tiene muchas ciudades aprendiendo a pedalear a su manera.

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