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Los humedales, un ecosistema que hay que salvar

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Nuestra América tiene una riqueza en los humedales que hay que estudiar, reconocer y defender a toda costa. En muchos casos se encuentran en ciudades que se ha extendido hacia campos que han sucumbido para siempre bajo el asfalto, el ladrillo y el cemento.Hay otros que aún perviven en zonas rurales y en reservas de biodiversidad. En todos los casos, siempre se ven atacados por el ser humano, en un sin sentido, que daña la vida, el equilibrio de las aguas y la biodiversidad.

Conversamos con el biólogo Byron Calvache, a cuenta de un viaje académico a la Argentina en donde se reunió con científicos, investigadores y administradores de los países del Cono Sur para encontrar caminos juntos para salvar estos ecosistemas tan necesarios y tan hermosos: los humedales.

Dos variantes que llevan a un problema global, la RAM

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La RAM (resistencia a los antimicrobianos), se desarrolla principalmente como resultado del uso indebido y excesivo de antimicrobianos en humanos, animales y en la agricultura. Cada vez que se utilizan antibióticos de manera incorrecta, como cuando se administran para infecciones virales o se suspenden antes de completar el tratamiento, las bacterias resistentes pueden sobrevivir y multiplicarse. Este mal uso se ha exacerbado por la automedicación, la falta de regulación en la venta de antibióticos, y la prescripción excesiva de los mismos por parte de profesionales de la salud.

En el ámbito agrícola, los antibióticos se han utilizado durante décadas no solo para tratar infecciones en animales, sino también como promotores del crecimiento. Este uso excesivo contribuye a la aparición de bacterias resistentes, que luego pueden transmitirse a los humanos a través del consumo de alimentos contaminados o mediante el contacto directo con animales infectados.

El sector agrícola juega un papel importante en la propagación de la RAM. La utilización de antibióticos en animales destinados al consumo humano genera resistencia que se disemina a través de productos animales, agua, suelo y aire. Estos antibióticos también ingresan en los ecosistemas acuáticos a través de residuos industriales y desechos, lo que contamina las fuentes de agua y promueve la aparición de microorganismos resistentes en el medio ambiente.

Además, la resistencia antimicrobiana en la agricultura pone en riesgo la seguridad alimentaria mundial. A medida que los antibióticos pierden su efectividad, las infecciones en animales se vuelven más difíciles de controlar, lo que podría tener un impacto negativo en la producción de alimentos, reduciendo el suministro y encareciendo los productos básicos.

Las prácticas agroindustriales son uno de los principales contribuyentes a la propagación de la resistencia antimicrobiana (RAM), y su impacto en la salud humana es significativo. Estas prácticas incluyen el uso excesivo de antibióticos en la cría de animales y la producción agrícola, lo que contribuye a la aparición de bacterias resistentes que pueden transmitirse a las personas a través de diferentes vías.

El uso de antibióticos en la producción animal tiene como objetivo prevenir enfermedades en el ganado, promover el crecimiento y aumentar la eficiencia productiva. Sin embargo, esta práctica también genera un ambiente propicio para el desarrollo de bacterias resistentes, las cuales pueden transferirse a los humanos de varias maneras.

La ganadería industrial solo espera rendimientos, a costa de la vida animal y de los consumidores de sus productos.

Las bacterias resistentes pueden encontrarse en productos de origen animal, como carne, leche y huevos. Cuando los humanos consumen estos alimentos sin cocinarlos adecuadamente, las bacterias pueden ingresar al organismo y causar infecciones que son difíciles de tratar debido a su resistencia a los antibióticos. Los trabajadores agrícolas y ganaderos, así como las personas que viven en áreas rurales, están en mayor riesgo de estar expuestos a bacterias resistentes. Esta exposición directa puede ocurrir mediante el manejo de animales o la manipulación de productos agrícolas contaminados.

Los residuos de antibióticos utilizados en la ganadería y la agricultura contaminan los suelos y las fuentes de agua. Estos residuos pueden persistir en el ambiente y promover la diseminación de bacterias resistentes en los ecosistemas naturales. Así, los humanos pueden verse afectados por el consumo de agua contaminada o el contacto con suelos y vegetación que han absorbido estos antibióticos.

Un ejemplo alarmante es el uso de antibióticos en la acuicultura, donde los peces y otros organismos acuáticos son tratados con grandes cantidades de antimicrobianos. Los residuos de estos medicamentos se vierten en cuerpos de agua, afectando no solo a la vida acuática, sino también a las personas que consumen productos marinos o utilizan esas aguas para otros fines.

La industria de la acuicultura utiliza grandes cantidades de antibióticos que también dañan los suelos de lagos, lagunas y mares.

Uno de los mayores problemas es la falta de regulación estricta en muchos países respecto al uso de antibióticos en la industria alimentaria. En algunos casos, los antibióticos se venden sin receta para uso en animales, y las prácticas de administración a menudo no siguen las recomendaciones adecuadas. Esto es particularmente problemático en países en desarrollo, donde las normas de control son más laxas y la fiscalización es limitada.

De otra parte, la automedicación es una práctica muy extendida en muchas regiones del mundo, y contribuye de manera significativa a la propagación de la RAM. La automedicación ocurre cuando las personas se tratan a sí mismas con antibióticos sin la supervisión de un profesional de la salud, y puede ser resultado de la facilidad de acceso a los medicamentos, la falta de información o la presión económica que lleva a evitar consultas médicas.

Los pacientes que se automedican a menudo eligen el antibiótico incorrecto para tratar su condición. Muchas infecciones son causadas por virus, como la gripe o los resfriados comunes, para los cuales los antibióticos no son efectivos. El uso innecesario de antibióticos en estas circunstancias no solo es inútil, sino que aumenta la probabilidad de que las bacterias presentes desarrollen resistencia.

Otro problema común es el uso de dosis incorrectas o tratamientos incompletos. Muchas personas, al automedicarse, no siguen las pautas adecuadas sobre la duración del tratamiento, lo que significa que las bacterias pueden sobrevivir y volverse resistentes. Detener el uso de antibióticos antes de completar el tratamiento prescrito permite que las bacterias parcialmente resistentes sigan proliferando.

En algunos países, los antibióticos están disponibles sin receta médica, lo que facilita la automedicación. Esto es particularmente problemático en áreas donde la educación sanitaria es limitada, y las personas no están plenamente conscientes de los riesgos asociados con el uso indebido de estos medicamentos.

Para combatir la automedicación y reducir su impacto en la RAM, es crucial informar al público sobre los peligros de la automedicación y es esencial para cambiar los comportamientos. Estas campañas deben centrarse en la importancia de usar antibióticos solo cuando sean recetados por un médico, y en la necesidad de completar el tratamiento prescrito incluso si los síntomas desaparecen. Iniciativas como la «Semana Mundial de Concienciación sobre el Uso de los Antibióticos», organizada por la OMS, son ejemplos de esfuerzos globales para aumentar la conciencia.

La automedicación, es poner en riesgo su salud con medicamentos que no le van a mejorar y menos sanar. Una práctica muy peligrosa.

En muchos lugares, la automedicación es el resultado de la falta de acceso a servicios médicos adecuados. Al mejorar la infraestructura de salud y hacer que las consultas médicas sean más accesibles y asequibles, se puede reducir la necesidad de automedicarse. La implementación de políticas que restrinjan la venta de antibióticos sin receta es una herramienta eficaz para reducir la automedicación. Algunos países han adoptado sistemas de venta controlada en farmacias, donde los antibióticos solo se dispensan con una prescripción válida. Esta medida debe ir acompañada de sistemas de vigilancia para garantizar su cumplimiento.

Los médicos y farmacéuticos desempeñan un papel clave en la lucha contra la RAM. Es importante que reciban formación continua sobre las mejores prácticas en la prescripción de antibióticos y cómo asesorar a los pacientes sobre su uso adecuado. Además, la disponibilidad de diagnósticos rápidos en clínicas y hospitales puede ayudar a determinar con precisión si un antibiótico es necesario y cuál es el tratamiento más adecuado.

Algunas soluciones incluyen mejorar las políticas regulatorias para limitar el uso de antibióticos en animales sanos, promover alternativas no antimicrobianas, como vacunas y mejores condiciones de manejo, y crear incentivos para que los productores adopten prácticas más seguras. Países como Dinamarca y los Países Bajos han implementado con éxito políticas que restringen el uso de antibióticos en la ganadería, reduciendo significativamente la aparición de bacterias resistentes sin afectar la productividad agrícola.

Otra causa clave es la falta de investigación y desarrollo de nuevos antimicrobianos. Desde hace más de 30 años, el desarrollo de nuevos antibióticos se ha ralentizado considerablemente. Las empresas farmacéuticas han mostrado poco interés en invertir en esta área, ya que los antibióticos generan menos ingresos a largo plazo en comparación con medicamentos que tratan enfermedades crónicas.

El aumento de la resistencia antimicrobiana está llevando al resurgimiento de infecciones que antes se consideraban controladas. Infecciones como la neumonía, la tuberculosis, la gonorrea y las infecciones de transmisión alimentaria son cada vez más difíciles de tratar. Las «superbacterias», como el Staphylococcus aureus resistente a la meticilina (SARM), son un ejemplo de microorganismos que han desarrollado una resistencia tal que los tratamientos estándar son ineficaces. En algunos casos, no existen alternativas viables para tratar a los pacientes, lo que lleva a un aumento en la mortalidad.

La OMS estima que, si no se toman medidas, para el año 2050, las infecciones resistentes a los antimicrobianos podrían causar la muerte de 10 millones de personas anualmente, superando las muertes causadas por el cáncer. Este escenario se conoce como el «apocalipsis antibiótico», donde los procedimientos médicos más comunes, como cirugías, trasplantes o tratamientos para el cáncer, se convertirán en peligrosos debido a la falta de antibióticos efectivos para prevenir infecciones.

Los incendios, un síntoma del colapso climático anunciado por la ciencia ambiental

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Es una realidad, los incendios forestales son respuesta al rompimiento de los sistemas naturales del planeta a causa de la avaricia de nuestra sociedad..

En lo que va del 2024, los incendios forestales han alcanzado niveles de alarma tanto en Suramérica como en Norteamérica. Colombia, Brasil, Bolivia y Argentina, la Amazonia, el Gran Chaco y otros ecosistemas vitales han sido consumidos por el fuego.

En Norteamérica, estados como California y regiones de Canadá han experimentado una temporada de incendios especialmente destructiva. Estos eventos no solo han devastado millones de hectáreas de bosques, sino que han desplazado a comunidades enteras, liberado enormes cantidades de CO2 a la atmósfera, y afectando gravemente la biodiversidad.

El impacto de estos incendios forestales no puede considerarse un fenómeno aislado; forman parte de un patrón más amplio que refleja el estado crítico de la naturaleza en el siglo XXI. La crisis ambiental, exacerbada por el cambio climático, la deforestación y la intervención humana en ecosistemas vulnerables, nos enfrenta a un futuro incierto, estamos en pleno Antropoceno.

El Antropoceno se refiere a una era geológica en la que la actividad humana se ha convertido en la fuerza principal que moldea el planeta. Este término, ampliamente discutido por el académico español Manuel Arias Maldonado, marca un antes y un después en la relación entre la humanidad y el medio ambiente. En lugar de ser una especie más adaptándose a su entorno, el ser humano ha transformado profundamente los ecosistemas y el clima del planeta. Los incendios forestales son un claro reflejo de esta realidad.

Maldonado señala que la interconexión de factores humanos y ambientales ha creado un ciclo de degradación. Las actividades como la agricultura, la ganadería, la minería y la urbanización han aumentado la vulnerabilidad de los bosques a incendios, mientras que el cambio climático ha intensificado las sequías y olas de calor que los desencadenan. Los incendios forestales son, por tanto, tanto un síntoma como una causa de la crisis ecológica global que define al Antropoceno.

En este contexto, los incendios que devastan la Amazonia, los bosques de California y otras regiones no son simples fenómenos naturales; son productos de un sistema económico y social que ha sobreexplotado los recursos naturales. Según Maldonado, reconocer esta interrelación es el primer paso para comprender la magnitud de la crisis ambiental.

En su libro «El planeta inhóspito» , David Wallace-Wells describe un futuro en el que los efectos del cambio climático llevan al planeta a una transformación tan profunda que la Tierra se vuelve cada vez menos habitable. Incendios, olas de calor, sequías, inundaciones y huracanes forman parte de ese sombrío escenario. Para Wallace-Wells, la frecuencia y la intensidad de estos desastres son señales de advertencia que indican que nos acercamos rápidamente a un punto de no retorno.

Los incendios forestales que estamos presenciando en 2024 son ejemplos de ese futuro apocalíptico que él describe. La destrucción de bosques enteros, el colapso de ecosistemas y las emisiones masivas de carbono que resultan de estos incendios no solo afectan a las áreas locales, sino que tienen repercusiones planetarias. En este sentido, Wallace-Wells argumenta que estamos viviendo en la antesala de un planeta inhóspito, donde los incendios forestales se volverán la norma en lugar de la excepción.

El futuro que Wallace-Wells vislumbra es uno donde las grandes catástrofes naturales, como los incendios forestales, se multiplicarán a medida que las temperaturas globales aumenten. Las áreas afectadas por incendios en 2024 no solo enfrentan la pérdida de biodiversidad y recursos, sino también la posibilidad de convertirse en zonas desérticas, incapaces de sostener la vida humana o animal.

El Dr. Manuel Rodríguez Becerra, uno de los más reconocidos defensores del medio ambiente en Colombia y América Latina, ha alertado durante años sobre la acelerada destrucción planetaria que estamos presenciando. Según Rodríguez Becerra, los incendios forestales son solo un aspecto de un problema mucho más grande: la degradación irreversible de los ecosistemas esenciales para la vida en la Tierra. La sobreexplotación de recursos naturales han llevado a un punto de no retorno en muchas regiones del mundo. Los incendios forestales, alimentados por prácticas destructivas como la tala ilegal y la expansión agrícola, actúan como catalizadores de la destrucción, acelerando el colapso de ecosistemas y haciendo imposible la recuperación de los mismos.

La crisis ambiental que estamos viviendo no es solo el resultado de malas decisiones a nivel local; es el producto de un sistema global que prioriza el crecimiento económico a corto plazo sobre la sostenibilidad a largo plazo. La visión de Rodríguez Becerra refuerza la idea de que estamos en una carrera contra el tiempo para salvar lo que queda de los ecosistemas vitales del planeta.

Según la investigación de la Dra. Silvina Heguy, la Amazonia desempeña un papel crucial no solo en la absorción de CO2, sino también en la regulación de los patrones climáticos globales. Sin embargo, la deforestación en la región, combinada con los incendios forestales, está destruyendo ese delicado equilibrio. La suma de la tala ilegal y la expansión de la agricultura, ha dejado vastas áreas vulnerables al fuego. La investigación de Heguy destaca cómo la pérdida de masa forestal afecta no solo a la biodiversidad local, sino también a los ciclos de lluvia que son esenciales para la estabilidad climática de toda la región.

La Amazonia es un sistema interconectado con otros ecosistemas, como la Cordillera de los Andes , y su destrucción tiene consecuencias directas para el suministro de agua y la salud de los ríos que nacen en los Andes. La investigación de Heguy subraya que, sin la Amazonia, la Cordillera de los Andes también está en peligro.

La Cordillera depende de los ciclos de lluvia que se originan en la Amazonia para mantener sus glaciares y ríos. A medida que los incendios y la deforestación continúan destruyendo la Amazonía, los sistemas fluviales están en peligro de colapsar. Los ríos que nacen en los Andes, como el Amazonas, están experimentando una disminución de caudal, lo que afecta gravemente a las comunidades que dependen de ellos para su agua potable y agricultura.

El retroceso de los glaciares andinos, debido tanto al cambio climático como a la pérdida de la Amazonia, está provocando una escasez de agua en las zonas montañosas. La agricultura, la ganadería y el acceso a agua potable se ven afectados, y la falta de agua está obligando a las comunidades a migrar en busca de mejores condiciones.

El colapso de los ecosistemas no solo afecta a la biodiversidad, sino también a las comunidades humanas . Los pueblos indígenas, que han dependido durante siglos de los bosques y los ríos, están viendo cómo sus medios de vida desaparecen ante sus ojos. A medida que el agua se vuelve escasa y los incendios destruyen sus tierras, se ven obligados a migrar a las ciudades, donde enfrentan nuevos desafíos como la pobreza y la marginación.

Además, la pérdida de biodiversidad está afectando los biosistemas locales. Animales y plantas que alguna vez prosperaron en los bosques ahora enfrentan la extinción. El cambio en los patrones climáticos también está afectando los ciclos agrícolas, lo que a su vez pone en peligro la seguridad alimentaria de millones de personas en América Latina.

La crisis de los incendios forestales es un recordatorio brutal de que la naturaleza está en un punto de quietud. La deforestación, el cambio climático y la sobreexplotación de los recursos naturales están llevando al planeta a un estado crítico. Si no se toman medidas urgentes para proteger los bosques, restaurar los ecosistemas y mitigar el cambio climático, el futuro de la humanidad estará en peligro.

Es imperativo que tanto los gobiernos como la sociedad civil actúen de manera conjunta para frenar la destrucción de los bosques y adoptar prácticas sostenibles. Solo a través de una acción concertada podremos evitar que el planeta se vuelva verdaderamente inhóspito para las generaciones futuras. También depende de nosotros en nuestras acciones diarias y nuestras costumbres de consumo que están relacionados directamente a la destrucción del planeta.

Un sueño y promesa Made in USA que ya no es tan real

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Un deseo de vivir mejor, frente a una realidad aplastante de una verdadera pesadilla en USA.

El “sueño americano” ha sido durante generaciones una promesa de éxito y prosperidad para millones de personas, tanto dentro como fuera de Estados Unidos. Este ideal se basa en la creencia de que, mediante el trabajo duro y la perseverancia, cualquier persona puede alcanzar una vida cómoda, estable y satisfactoria, independientemente de su origen o clase social. Para muchos, representa la esperanza de escapar de la pobreza, la inseguridad o la falta de oportunidades en sus países de origen.

Sin embargo, en las últimas décadas, este sueño ha comenzado a desmoronarse para gran parte de la población. Los costos de vida, la creciente desigualdad, la crisis educativa y la falta de movilidad social han hecho que la realidad estadounidense se aleja de la narrativa optimista que solía atraer a migrantes de todo el mundo.

El concepto del “sueño americano” tiene sus raíces en la idea de que Estados Unidos es un país de oportunidades ilimitadas. Durante gran parte del siglo XX, las historias de migrantes que llegaron con nada y lograron construir imperios financieros o una vida estable resonaban por todo el mundo. Este ideal se basaba en la promesa de un sistema meritocrático, donde el esfuerzo era recompensado con prosperidad. Sin embargo, en la actualidad, este mito se enfrenta a una realidad mucho más compleja.

Las oportunidades laborales no son tan accesibles como antes, y la movilidad social, que alguna vez fue un pilar del sueño americano, ha disminuido significativamente. Estudios recientes han demostrado que la desigualdad económica ha crecido a niveles históricos, y muchas personas nacidas en la pobreza se encuentran casi imposible salir de ella. Además, los trabajos bien remunerados y estables han sido reemplazados por empleos precarios y mal pagados, especialmente en sectores como la atención médica y el servicio al cliente.

Para los migrantes, el sueño americano es aún más difícil de alcanzar. Muchos llegan buscando un futuro mejor, solo para encontrar barreras insuperables, como la falta de derechos laborales, la dificultad para regularizar su situación migratoria y un sistema que los discrimina activamente. Esta brecha entre la expectativa y la realidad ha generado una creciente sensación de desesperanza, tanto para los migrantes como para los naturales del país.

Los extranjeros que llegan después de vivir situaciones de muy alto riesgo y logran pasar los controles migratorios, enfrentan una serie de desafíos sociales y estructurales que dificultan su integración plena en la sociedad. A pesar de que muchos llegan con el objetivo de trabajar arduamente para construir un futuro mejor, la realidad con la que se encuentran es muy diferente. El racismo, las barreras lingüísticas y la discriminación por su estatus migratorio son algunos de los problemas más frecuentes que tienen que experimentar a diario.

Los latinos, afroamericanos y otras minorías étnicas y raciales son particularmente vulnerables a la exclusión social. En lugar de encontrar oportunidades, muchos migrantes terminan atrapados en empleos mal remunerados y en condiciones precarias. Las barreras para acceder a derechos básicos, como la educación o la atención médica, son enormes, especialmente para aquellos que no tienen un estatus legal definido. La promesa de una vida mejor parece cada vez más remota e imposible de tener.

El racismo institucional también juega un papel importante en la exclusión social de los migrantes. Las políticas restrictivas, como la separación familiar en la frontera y las deportaciones masivas, han sembrado un clima de miedo entre las comunidades migrantes. A esto se suma la percepción de que los migrantes “roban” empleos a los ciudadanos estadounidenses, lo que genera tensiones y resentimientos. Este ambiente hostil no solo afecta a los migrantes, sino que también erosiona el tejido social del país, generando divisiones profundas, alimentadas por propuestas de campaña presidencial en estos tiempos que hay que buscar votos para retomar el poder en el caso de Trump, que lidera el movimiento antimigratorio.

Ante una vida cada vez más desilusionarte, el migrante corre el riesgo de ser victima de una plaga que erosiona la sociedad americana, y es la epidemia de opiáceos. Este problema no solo ha costado la vida a miles de personas, sino que ha expuesto una realidad preocupante: la falta de oportunidades y el desarraigo social han empujado a muchos a la adicción. La drogadicción no es un problema exclusivo de los migrantes o de las minorías, afecta a todas las clases sociales, pero ha devastado particularmente a las comunidades que se encuentran en desventaja.

La crisis de salud mental en el país también está alcanzando proporciones alarmantes. El estrés constante por las dificultades económicas, la incertidumbre laboral y la presión social por cumplir con ciertos ideales de éxito han provocado un aumento en los trastornos mentales. La ansiedad y la depresión son comunes entre los jóvenes, quienes ven cómo se desmoronan sus expectativas de una vida mejor. Muchos recurren a las drogas o al alcohol como una forma de escapar de una realidad que parece insostenible.

Este problema no solo afecta a los jóvenes o a las clases más bajas. La presión por tener éxito y cumplir con ciertos estándares sociales es abrumadora en todos los niveles. La falta de apoyo institucional y la estigmatización de los problemas de salud mental agravan la situación, haciendo que muchas personas no busquen ayuda hasta que es demasiado tarde.

La ansiedad y la depresión son comunes entre los jóvenes, quienes ven cómo se desmoronan sus expectativas de una vida mejor. En muchos casos, la falta de acceso a servicios de salud mental y el estigma asociado a buscar ayuda agravan estos problemas, lo que lleva tristemente al suicidio, que es ahora una de las principales causas de muerte entre jóvenes de entre 15 y 24 años en Estados Unidos.

A menudo, estos casos están relacionados con el aislamiento social, la presión académica y la desesperanza por no poder cumplir con las obligaciones impuestas por la sociedad. Para muchos jóvenes, la desesperación los lleva a tomar decisiones drásticas, reflejo de una crisis que sigue siendo abordada de forma insuficiente por el sistema social y médico del país. La salud sigue siendo un lujo que se paga a través de seguros médicos que van en aumento en costo y baja calidad del servicio.

Además de este drama, el mal uso de armas de fuego en un país donde el acceso a ellas es relativamente fácil, ha generado otro problema crítico: las masacres en espacios públicos, como colegios, iglesias y centros comerciales.

Estados Unidos tiene una de las tasas más altas de muertes por armas de fuego en el mundo desarrollado, y muchos de estos incidentes están relacionados con personas que sufren de trastornos mentales no tratados. Las masacres en instituciones educativas son particularmente alarmantes, ya que dejan una profunda cicatriz en las comunidades y exacerban el miedo y la inseguridad en la sociedad.

La falta de una regulación efectiva en el uso de armas y el acceso limitado a tratamiento de salud mental son una combinación que está cobrando demasiadas víctimas, que en un sistema donde la Sociedad del Rifle tiene tanto poder político y económico, difícilmente se logra ver una solución pronta.

Este ciclo de violencia, impulsado por el mal uso de armas y una crisis de salud mental sin resolver, es otro factor que contribuye a la desilusión generalizada entre los jóvenes ya la creciente sensación de inseguridad en todo el país.

En un sistema social donde la educación es un factor primordial para lograr el éxito en todos los niveles de la vida, su costo se ha disparado, dejando a millones de jóvenes endeudados y sin garantías de encontrar un trabajo bien remunerado. Hoy en día, las deudas estudiantiles en Estados Unidos superan el billón de dólares, atrapando a los jóvenes y sus familias en un ciclo de precariedad económica.

Además de la crisis educativa, los jóvenes se sienten frustrados por las limitadas oportunidades laborales que encuentran después de graduarse. Muchos se ven obligados a aceptar empleos mal pagados o sin beneficios, lo que genera una profunda sensación de desesperanza. A esto se suma una sociedad que valoriza el éxito material y el consumo por encima de otros aspectos de la vida, lo que contribuye a una crisis existencial.

La presión por encajar en moldes sociales impuestos por la publicidad y las redes sociales también afecta gravemente la salud mental de los jóvenes. El agotamiento emocional y la sensación de que el sistema está en su contra, han llevado a muchos a cuestionar la validez del sueño americano. La generación más joven ya no aspira a las mismas metas que sus padres, sino que busca formas alternativas de vivir, menos dependientes del consumo y de las expectativas de éxito.

Cuando se encuentran estas realidades de los nativos y los migrantes, en un país donde la economía y la estructura social están en crisis, los migrantes suelen ser los primeros en sufrir las consecuencias. Con la creciente xenofobia y el resentimiento hacia las comunidades migrantes, son frecuentemente vistos como chivos expiatorios de los problemas económicos de Estados Unidos. Se les culpa por la falta de empleo, por el aumento en los costos de servicios sociales y, en algunos casos, por la inseguridad en las comunidades.

Además de enfrentarse a esta hostilidad social, los migrantes se ven obligados a competir por trabajos mal pagados y con condiciones laborales precarias. Muchos quedan atrapados en el sector informal, donde no tienen acceso a beneficios laborales o derechos básicos. Esta precarización del trabajo es una de las causas que perpetúa la pobreza entre las comunidades migrantes, quienes se ven obligados a aceptar condiciones laborales que a duras penas les permite sobrevivir el día a día.

Las políticas migratorias restrictivas también contribuyen a aumentar la presión sobre los migrantes. En lugar de encontrar soluciones para una integración más justa, las políticas de deportación y criminalización exacerban el problema, separando familias y dejando miles de personas en situaciones vulnerables. Esta crisis no solo afecta a los migrantes, sino que también genera tensiones en el país, que se ve incapaz de lidiar con la realidad de una sociedad diversa.

El «sueño americano», como ideal de prosperidad y éxito, ha quedado lejos de la realidad que enfrenta hoy en día la población de Estados Unidos, tanto migrantes como ciudadanos. La creciente desigualdad económica, la crisis de salud mental, la drogadicción y el endeudamiento educativo han creado un panorama desolador, especialmente para los jóvenes. Mientras tanto, los migrantes se encuentran atrapados en un sistema que los discrimina y excluye, con pocas posibilidades de integrarse plenamente en una sociedad dividida, la presión social pesan sobre cada aspecto de la vida.

Solo quedan las imágenes de ciudades iluminadas y cosmopolitas, autos y casas grandes, barrios perfectos con calles limpias y servicios de transporte eficientes y muy bonitos. La realidad es muy diferente y más cuando vives como migrante en un país que se conformó por las grandes movimientos de personas en los siglos anteriores y que construyeron la idea del sueño americano. Por ahora es una pesadilla para millones.

No todo tiempo pasado fue mejor, pero hoy el escenario es complejo en Suramérica

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Suramérica es el continente de promesas inclumplidas aunque es el lugar del planeta más rico en todos los recursos naturales y paisajes que se puedan desear.

El joven en América del Sur siempre ha tenido motivos para enfrascarse en luchas sociales que han determinado infinitas guerras contra el sistema, y que han cambiado con el tiempo la forma de hacerse. Se han enfrentado con gobiernos y sistemas económicos que no ayuda mucho para lograr cambios sustanciales, siguiendo promesas mundiales de tener la vida al modelo norteamericano o al europeo.

El tener casa, auto, finca, dinero para pagar estudios, tanto para ellos como sus descendientes, tener dinero para gastar y mostrarse ante los demás como un ganador, ha implicado desconocer su propia historia, despreciar conocimientos de la región y que ahora, por temas de la crisis climática, toman relevancia como es el cuidado de la tierra y sus recursos naturales.

En la década de 1950 América Latina estuvo marcada por un crecimiento económico impulsado por la industrialización, aunque también coexistía con profundas desigualdades sociales. La juventud de este período vivía con un fuerte apego a los valores tradicionales, en los que la familia ocupaba el centro de la vida y el trabajo estable era visto como un camino natural hacia el desarrollo y el bienestar.

Aquellos más arriesgados lograban desarrollar empresas manufactureras de toda índole. Así las oportunidades laborales en sectores como la manufactura y la agricultura eran abundantes, y la movilidad social se consideraba posible para aquellos dispuestos a trabajar arduamente. Sin embargo, la distribución desigual de la riqueza entre clases sociales y entre las zonas rurales y urbanas ponía un techo a las aspiraciones de muchos jóvenes.

Para esos años la migración del campo a la ciudad era relativamente equilibrada, pero guerras internas, como es el caso de Colombia obligaba a los campesinos dejar el terruño y salvar sus vidas en las goteras de las ciudades, en muchos casos en barriadas miserables.

La década de 1970 fue un período turbulento en América Latina, caracterizado por la instauración de dictaduras militares en países como Argentina, Chile, Uruguay y Brasil. Estos regímenes autoritarios influyeron profundamente en la juventud de la época, que se encontró inmersa en la represión política, las desapariciones forzadas y la migración como única salida para salvaguardar la existencia. Aún así la idea de familia se mantenía y la mujer tomaba otro protagonismo al poder ser parte activa de la formación académica superior y en la fuerza de trabajo a todos los niveles.

Las dictaduras y los gobiernos represivos fueron decayendo en la década de 1990, lo que marcó el retorno de las democracias en gran parte de América Latina. Sin embargo, el regreso de los gobiernos civiles coincidió con la adopción generalizada de políticas neoliberales, lo que trajo consigo una fuerte reducción de los estados de bienestar y el aumento del desempleo y la pobreza.

La globalización y los acuerdos comerciales con las potencias aumentaron el desequilibrio, ya no era rentable tener industrias que no pueden competir y es más fácil importar o simplemente ensamblar. Nos volvimos consumidores, compradores compulsivos de cuanta cosa nos traen, pero la dinámica del obrero decayó, el campo es cada vez menos rentable para el campesino propietario, que se va convirtiendo en jornalero y en general aumenta el sector de servicios como alternativa comercial y laboral urbana.

En el caso colombiano, la paz sigue siendo esquiva y en estos tiempos se mezcla el narcotráfico, los movimientos insurgentes y la política tradicional, dejando tras de si violentos ataques y atentados donde se implica a la ciudadanía en general y el desbarajuste de las instituciones donde la corrupción, a todos los niveles, se extiende y hoy mantiene su actividad con ferocidad.

Con la llegada de la década de 2010, la juventud latinoamericana se encontró inmersa en una realidad definida por la conectividad global, las redes sociales y las crisis políticas recurrentes. Esta generación fue testigo de una serie de movimientos sociales, desde protestas estudiantiles hasta manifestaciones masivas contra la corrupción y los gobiernos autoritarios y dictatoriales como el caso de Venezuela y Bolivia.

La década de 2020 llegó con la pandemia de COVID-19, que redefinió extensamente las realidades laborales, familiares y de salud. Esta generación enfrenta una incertidumbre sin precedentes, marcada por el cambio climático, la crisis económica global y la creciente polarización política.

La migración sigue siendo un escape para poder cristalizar los sueños, especialmente para aquellos que logran establecer estudios de posgrado, que les abre oportunidades laborales y de hacer vida en Europa, Estados Unidos, Canadá y Corea del Sur.

Las familias se disgregan y ya no es el eje de la vida y ni siquiera una aspiración totalmente deseable. Convivir hasta donde aguante es la vida en pareja, y no es exclusiva, la homosexualidad en todos sus matices hace carrera en la sociedad que rompe todos los parámetros tradicionales.

A través de las décadas, la juventud latinoamericana se ha enfrentado a un entorno en constante cambio, desde las promesas de industrialización en los años 50 hasta los desafíos políticos y económicos del siglo XXI. Las esperanzas de vida, los sueños de estabilidad familiar y laboral, y la búsqueda de seguridad a través de la educación han sido constantes.

Hoy el reto es mayor en un continente con muchas riquezas naturales que no se deberían tocar precisamente por el desequilibrio ambiental que se experimenta, con tiempos más secos, o de tormentas que arrasan todo, en ciudades que experimentan escasez de recursos como el agua, electricidad, gas, aire sano y una vida con seguridad a todos los niveles.

Si bien es cierto ser joven es una ventaja, también lo es ser protagonista de inmensos retos que no dan tregua, porque aquí si cabe decir “que los tiempos pasados no han sido mejores”, porque el continente promesa sigue sin ser cumplida para millones de suramericanos.

Matarredonda, apuesta por la vida del páramo

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Cuando te comparten la historia de un finquero que decide con sus hermanos, devolver a la naturaleza sus terrenos de cultivo de papa y ganadería, salta el optimismo al ver que ya es una realidad. El Páramo Matarredonda, un lugar de naturaleza viva, centro de investigación académica, un parque que ha cambiado la vida de otros agricultores de esta montañas que rodean a Bogotá. No ha sido fácil, pero es una realidad que vale la pena conocer.

Conversamos con Sandra Sabogal, sobre la trayectoria de una idea de generosidad y compromiso con la naturaleza, para ahora y el futuro. BiciUrba

Megalópolis, una realidad costosa en recursos y vida

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El gasto en recursos ambientales y sociales de las grandes ciudades del continente no se detiene, ¿tendrán futuro?

Las grandes ciudades del mundo, y particularmente las capitales de América Latina, son centros que nunca duermen, impulsadas por una idea de desarrollo y un imparable deseo de progreso. Sin embargo, ese crecimiento vertiginoso tiene un costo alto, tanto ambiental como social. La promesa de bienestar que ofrecen estas urbes parece inalcanzable para muchos de sus habitantes, mientras que los niveles de indigencia y el mal vivir aumentan cada vez más.

El desarrollo de las metrópolis viene acompañado de un uso intensivo de los recursos ambientales. Ciudad de México, Bogotá, Buenos Aires y São Paulo, son ejemplos claros de este fenómeno, donde el crecimiento desmedido y la falta de planificación han generado una crisis ambiental que amenaza tanto el bienestar de sus habitantes como la sostenibilidad del entorno

Las grandes ciudades que nunca duermen requieren una cantidad de energía monumental. Los sistemas de transporte, las industrias y los millones de hogares demandan energía constante, lo que a su vez incrementa las emisiones de gases de efecto invernadero. Y hay que considerar las ciudades que tienen estaciones y lo que implica en el uso de la energía eléctrica para lograr un ambiente más amable para vivir.

Ciudad de México, Santiago de Chile por ejemplo, enfrentan una contaminación atmosférica crónica, São Paulo también es una de las ciudades con mayor producción de CO2 en el continente, y su crecimiento desmedido ha llevado a la deforestación de importantes áreas circundantes. Bogotá o Medellín no se quedan atrás de esta realidad enfermante para sus habitantes.

El acceso al agua potable es otro de los grandes desafíos en las ciudades latinoamericanas. En Ciudad de México, la sobreexplotación de los acuíferos ha provocado hundimientos y una escasez crítica de agua para millones de personas. El desperdicio de agua en sistemas mal gestionados y la falta de inversiones adecuadas en infraestructura agravan el problema que se vuelve más evidente con el cambio del régimen de lluvias y el agotamiento de las represas y otras reservas de agua, como es el caso de Bogotá y su área metropolitana.

La expansión urbana a menudo va acompañada de la destrucción de ecosistemas naturales. Los cinturones verdes alrededor de las ciudades son sustituidos por barrios y asentamientos, lo que aumenta la deforestación y el uso insostenible del suelo. El crecimiento acelerado de Buenos Aires y sus alrededores ha provocado la desaparición de espacios verdes, afectando tanto la biodiversidad como la calidad del aire.

En el caso de Bogotá, su extensión se prolonga en los municipios cercanos que han crecido notablemente asumiendo los problemas de la capital y haciendo de estas pequeñas poblaciones dormitorios, lugares congestionados por falta de vías, servicios públicos suficientes, aumento del costos de vida, además de la urbanización de terrenos que otrora fueran campos de cultivos.

Aunque las grandes ciudades suelen ser vistas como lugares donde las personas pueden mejorar su calidad de vida, la realidad es que para muchos esa promesa es inalcanzable. La creciente desigualdad, la falta de acceso a servicios básicos y el deterioro de las condiciones de vida se han transformado a las urbes en lugares donde la indigencia y el mal vivir se extiende en las goteras de la ciudad y en barrios desorganizados, inseguros, sucios y saturados con viviendas de todos los estilos, lo que da la sensación de pobreza y mal vivir.

En ciudades como Buenos Aires y Ciudad de México, los índices de pobreza han aumentado en las últimas décadas. En Río de Janeiro, las favelas se expanden mientras que las zonas ricas de la ciudad siguen prosperando, lo que evidencia una desigualdad estructural, se suma a esta realidad la migración venezolana que ha complicado a muchas ciudades que no estaban preparadas para esta realidad.

La vida urbana también ha traído consigo una crisis de salud mental. Las tasas de suicidio han aumentado considerablemente en las últimas décadas. En Argentina, se reportó un incremento notable en la tasa de suicidios durante la última década, reflejo de un malestar creciente entre jóvenes y adultos. Este fenómeno no es exclusivo de este país: en México y Brasil, los suicidios también son realidades palpables que van en aumento.

La drogadicción es otro síntoma de la crisis social. En muchas ciudades latinoamericanas, las drogas han penetrado en los sectores más vulnerables. En Brasil, el consumo de crack ha alcanzado niveles críticos, particularmente en las áreas más pobres de São Paulo y Río de Janeiro. En México, el uso de cocaína y otras sustancias ha aumentado, lo que refleja una sociedad atrapada en el ciclo de violencia y desesperación y donde el poder del narcotráfico es palpable. En Colombia, calificado como el gran exportador de droga al mundo, ahora es victima de este tráfico y de un ataque directo a la niñez escolar por parte de los carteles de microtráfico.

Ante estas realidades y al no encontrar formas de vivir mejor, muchas personas se están aislando voluntariamente de la sociedad, incapaces de soportar las presiones y el estrés de la vida moderna. Este fenómeno de aislamiento, similar al de los «hikikomori» en Japón, está empezando a observarse en las grandes ciudades. Aparece entonces los NiNi, jóvenes que renuncian literalmente a vivir, simplemente existen a costa de sus familias y en algunos casos con ayudas estatales, arrinconados, ocultos y resignados a ver pasar el tiempo.

Los altos costos de vida, la falta de acceso a una vivienda digna y la presión económica están llevando a que las familias tengan menos hijos o decidan no tenerlos, o simplemente no forman uniones estables y prefieren encuentros sexuales o amistades casuales. El miedo a no poder ofrecer un futuro adecuado para los hijos, considerando la crisis climática global, junto con el costo económico de criar una familia, está cambiando la estructura familiar en las grandes urbes.

Vivir en una gran ciudad tiene un precio elevado. El salario medio promedio para satisfacer las necesidades básicas oscilan entre 1200 a 2000 dólares mensuales, y el sueldo mínimo promedio esta entre 200 a 600 dólares mensuales, lo que hace casi imposible lograr la soñada vida buena que prometen las capitales.

Las grandes ciudades, en su búsqueda de bienestar y crecimiento económico, se enfrentan a un colapso tanto ambiental como social. El sistema urbano actual es insostenible y requiere una reestructuración urgente. La crisis climática, la creciente desigualdad y el deterioro de la salud mental en estas urbes son señales claras de que se necesita un cambio a todo nivel.

Las soluciones pasan por la creación de ciudades más sostenibles, con un enfoque eficiente en el transporte público, del espació público, de la densificación urbana y la conurbación para lograr la redistribución equitativa de recursos y su buen uso en el tiempo.

El gigantismo que tienen, esta demostrando que no funciona de forma eficiente y menos tiene futuro dadas las realidades ambientales, de recursos energéticos, agua, aire y espacios de vida para los habitantes de las urbes latinoamericanas ahora y en el futuro cercano.

Hace 23 años se desató una guerra entre occidente y oriente medio, que aún no termina

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El 11 de septiembre de 2001 transformó radicalmente las relaciones entre Estados Unidos y el mundo islámico, generando tensiones duraderas. En el World Trade Center 2.753 personas murieron como resultado de los atentados. 343 eran bomberos de Nueva York, 23 eran policías de la ciudad y 37 eran agentes de la Autoridad Portuaria.

El 11 de septiembre de 2001, cerca de las 8 de la mañana, 19 yihadistas de Al Qaeda secuestraron cuatro aviones de pasajeros para realizar unos atentados que cambiaron el rumbo de la historia, en un ataque directo a un símbolo del poder de los USA líder del Occidente liberal. Tras el ataque, la administración de George W. Bush adoptó una postura agresiva frente a los países del Medio Oriente y Asia Central, identificando a algunos como cómplices del terrorismo, y consolidando la narrativa de que era necesario enfrentarlos militar y diplomáticamente.

El sentimiento de venganza y la necesidad de proteger la seguridad nacional motivaron a Estados Unidos a lanzar una campaña global para desmantelar las redes terroristas y evitar futuros ataques. La percepción de que el terrorismo islamista tenía un alcance global llevó a los estadounidenses a justificar intervenciones militares, sanciones económicas y cambios en sus alianzas estratégicas. Países como Afganistán, Irak, Irán y Siria quedaron atrapados en una vorágine de hostilidades que impactaría no solo sus economías, sino también la estabilidad social y política de toda la región.

Los atentados exacerbaron la desconfianza hacia las naciones islámicas, vistas por muchos en Occidente como incubadoras de radicalismo. Esta hostilidad generó una brecha aún más grande entre las potencias occidentales y varios países del Medio Oriente, consolidando un sentimiento antioccidental en algunos sectores de estas naciones. Esta dinámica de conflicto y desconfianza se mantiene hasta el día de hoy, como una de las principales consecuencias del 11 de septiembre.

La respuesta oficial de Estados Unidos al 11 de septiembre se formalizó como la “Guerra contra el Terror”, una política que implicaba no solo combatir a los perpetradores de los ataques, sino también erradicar cualquier amenaza terrorista global. Esta estrategia abarcaba la identificación de grupos como Al-Qaeda y el uso de la fuerza militar para eliminar su influencia. Pero más allá de los grupos terroristas, la doctrina también incluía sancionar o intervenir en cualquier país que diera refugio o apoyo a estas organizaciones.

El presidente George W. Bush dejó claro en su discurso de la Unión de 2002 que Estados Unidos no solo estaba en guerra con terroristas como individuos, sino con un “Eje del Mal”, una alianza implícita de países que, según él, representaban una amenaza a la paz mundial. Irán, Irak y Corea del Norte fueron nombrados explícitamente, lo que sentaron las bases para futuras confrontaciones. Este enfoque justificó la invasión de Afganistán y, más tarde, Irak, a pesar de las dudas sobre la conexión de estos países con el terrorismo global y los atentados del 11 de septiembre.

El 7 de octubre de 2001, menos de un mes después de los ataques, Estados Unidos lanzó la invasión de Afganistán con el objetivo de desmantelar el régimen talibán, que había dado refugio a Osama bin Laden y Al-Qaeda. Esta invasión fue ampliamente respaldada por la comunidad internacional, ya que el mundo estaba unido en su condena al terrorismo tras el 11-S. Sin embargo, aunque la guerra logró el derrocamiento del régimen talibán en cuestión de meses, los objetivos a largo plazo —la reconstrucción del país y la eliminación de los grupos terroristas— resultaron mucho más esquivos.

A lo largo de dos décadas de conflicto, Afganistán fue testigo de una continua inestabilidad. La guerra, lejos de eliminar la amenaza terrorista, exacerbó la violencia en muchas regiones del país.

El costo humano de la guerra ha sido inmenso: según el proyecto “Costs of War” de la Universidad de Brown, más de 47.000 civiles afganos murieron como resultado directo de las hostilidades, y cerca de 69.000 miembros de las fuerzas de seguridad afganas perdieron la vida. Además, millones de afganos fueron desplazados, creando una crisis humanitaria que aún no se resuelve.

La guerra también afectó profundamente a la sociedad estadounidense. Las bajas militares estadounidenses alcanzaron más de 2.400 soldados, y la fatiga por el conflicto contribuyó a un cambio en la opinión pública respecto a la eficacia y moralidad de las intervenciones militares. El costo económico de la guerra, estimado en más de 2 billones de dólares, también fue una carga significativa para el gobierno de Estados Unidos.

La invasión de Irak en marzo de 2003 fue la culminación de meses de tensiones. Estados Unidos, junto con una coalición de aliados, invadió el país bajo el pretexto de que el régimen de Saddam Hussein poseía armas de destrucción masiva (ADM) y que estaba vinculado con grupos terroristas como Al-Qaeda. Sin embargo, las justificaciones para la guerra rápidamente se derrumbaron cuando las ADM no fueron encontradas, lo que desató una crisis de credibilidad para el gobierno de Bush .

Las consecuencias de la invasión fueron desastrosas para Irak. El colapso del gobierno de Saddam Hussein y la desintegración del ejército iraquí crearon un vacío de poder que desató una guerra civil entre grupos sectarios, incluido el surgimiento de insurgentes suníes y chiíes, que más tarde darían origen a grupos extremistas como el Estado Islámico (ISIS). ). A medida que el conflicto se extendía, las condiciones de vida en Irak se deterioraron exclusivamente. La infraestructura del país, ya debilitada por años de sanciones internacionales, colapsó bajo la presión de la guerra y la ocupación.

El número de víctimas civiles en Irak es difícil de precisar, pero los estudios más conservadores estiman que al menos 200.000 iraquíes murieron como resultado de la invasión y la ocupación posterior. Además, millones de personas fueron desplazadas internamente o buscaron refugio en otros países.

El legado de la guerra en Irak sigue siendo uno de los conflictos más controvertidos y destructivos de la era moderna, con consecuencias geopolíticas que continúan afectando la región hasta el día de

Una de las comparaciones más significativas al analizar las consecuencias del 11-S es el contraste entre las víctimas directas del ataque y las muertes resultantes de las guerras que siguieron. Los atentados del 11 de septiembre de 2001 dejaron un saldo de 2.977 víctimas en suelo estadounidense.

Las guerras que surgieron como consecuencia del 11-S produjeron un número mucho mayor de muertes. En Afganistán, como se mencionó, más de 47.000 civiles han muerto debido a la guerra, y en Irak, la cifra asciende a más de 200.000 muertos. Si sumamos las bajas militares y los combatientes insurgentes, las cifras son aún más alarmantes, alcanzando cientos de miles de vidas perdidas.

El contraste entre las 2.977 víctimas del 11 de septiembre y los cientos de kilómetros de muertos en Afganistán e Irak plantea preguntas difíciles sobre los costos humanos de la “Guerra contra el Terror”. ¿Fue la respuesta proporcionada a la magnitud del ataque? ¿Qué tanto contribuyeron las intervenciones militares a una mayor estabilidad y seguridad global? Estas son preguntas que siguen siendo objeto de debate hasta el día de hoy.

El 11 de septiembre fue un evento que cambió el curso de la historia, pero las respuestas que surgieron de él también han tenido un impacto profundo y duradero en la geopolítica global. Las guerras en Afganistán e Irak, lejos de traer estabilidad, sembraron las semillas de una mayor violencia, inestabilidad y pérdida de vidas. El número de víctimas, tanto en Estados Unidos el 11-S como en las guerras subsecuentes, nos recuerda la escalada y el costo humano de las decisiones geopolíticas que se tomaron en nombre de la paz y la seguridad norteamericana.

Aún resuenan en el mundo las palabras del entonces presidente George W. Bush cuando se dirigió a los estadounidenses desde el despacho oval de la Casa Blanca y denuncia “actos terroristas despreciables, malvados”. Promete hallar a los responsables y asegura que Estados Unidos “no hará diferencias entre los terroristas que cometieron estos actos y aquellos que los albergan”. Los escenarios cambian, pero la guerra continúa.

Histórica participación de Colombia en los Juegos Paralímpicos 2024

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La delegación nacional terminó los Juegos Paralímpicos en el puesto 19 de la tabla de medallería, siendo la segunda mejor nación de Sudamérica, solo superada por Brasil, que ganó 25 oros, 26 platas y 38 bronces; y la tercera mejor de América, también tras Estados Unidos, con 36 oros, 42 platas y 27 bronces.

La delegación nacional realizó sus mejores justas de todos los tiempos, ocupando un lugar en el Top 20 de la tabla de medallería. La delegación nacional conquistó un total de 28 medallas, 7 oros, 7 platas y 14 bronces, superando de lejos la marca de Tokio 2020, donde ganó 24 medallas, 3 oros, 7 platas y 14 bronces. Los Juegos Paralímpicos de París 2024 han sido testigos de la buena actuación de los atletas colombianos donde se ha mezclado experiencia, talento y determinación, logrando además varias nuevas marcas, tanto mundiales como continentales, este es un balance de los cafeteros en París:

Medallas de Oro: José Gregorio Lemos inauguró el medallero dorado para Colombia al consagrarse campeón en lanzamiento de jabalina F38, con un lanzamiento de 63.81 metros, rompiendo su propio récord mundial.

Érica Castaño también se llevó el oro en para atletismo, en la prueba de lanzamiento de disco F55 femenino, con una marca de 26.70 metros.

Karen Palomeque continuó con la racha dorada al ganar los 100 metros T38 femenino con una impresionante marca de 12.26 segundos, estableciendo un nuevo récord mundial.

Juan Sebastián Obando se coronó campeón en los 400 metros T20 masculino, dejando todo en la pista y mostrando su imparable velocidad.

Leidy y Edilson Chica conquistaron el oro en boccia, en la categoría parejas mixtas BC4, tras una dominante victoria 6-1 sobre Hong Kong.

Medallas de Plata con Nelson Crispín brilló en natación, logrando tres medallas de plata: en los 200 metros combinado individual SM6, en los 100 metros pecho SB6 y en los 50 metros mariposa S6.

Edilson Chica se llevó la plata en la categoría individual masculina BC4 de boccia, tras un emocionante encuentro contra el británico Stephen McGuire.

Mauricio Valencia destacó en el lanzamiento de jabalina F34, obteniendo la plata con un impresionante lanzamiento de 39.09 metros, estableciendo un nuevo récord americano.

Carlos Daniel Serrano añadió otra plata para Colombia en los 50 metros libre S7, con un tiempo de 27.60 segundos.

Medallas de Bronce: El bronce también fue protagonista en la delegación colombiana, con actuaciones que han dejado al país orgulloso. Carlos Daniel Serrano sumó una medalla de bronce en los 100 metros pecho SB8, con un tiempo de 1:10.55.

Juan Alejandro Campas obtuvo el bronce en los 100 metros T38 masculino y en los 400 metros T38 masculino, estableciendo un récord continental en esta última prueba con un tiempo de 48.83 segundos.

Faisury Jiménez subió al podio en los 100 metros T38 femenino, logrando el bronce con un tiempo de 12.53 segundos.

Leidy Chica se convirtió en la primera colombiana en ganar una medalla de bronce en boccia en estos Juegos, con una contundente victoria 7-1.

José Gregorio Lemos añadió otra medalla de bronce en salto largo T38, con un salto de 6.40 metros.

Diego Meneses y Paula Andrea Ossa completaron el conteo de bronces en jabalina F34 y en la ruta femenina C5, respectivamente.

Fuente: Uniminuto Radio.

Bicicletas en Mendoza, propuesta que crece cada día y que va por toda Argentina

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La unión de la responsabilidad social empresarial y las políticas urbanas de hacer de la ciudad un mejor lugar para vivir, hacen de las bicicletas y Mendoza una combinación perfecta. Son utilizadas para el turismo, deporte recreativo, de competencia y para el diario tránsito de sus habitantes ayudando de forma directa al medio ambiente. Conversamos con Nelson Andrés Negretti, impulsor de este proyecto de movilidad en bicicletas.

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