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Mientras los autos cambian, la bicicleta urbana permanece y siempre gana

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A diferencia del automóvil, que cambia cada pocos años para estimular el consumo, la bicicleta no necesita reinventarse constantemente. Su diseño básico alcanzó hace más de un siglo un equilibrio extraordinario entre simplicidad, eficiencia y utilidad. Lo que cambia son los materiales, algunos componentes y los accesorios; la esencia permanece intacta.

Los vehículos urbanos en los que nos movilizamos todos los días también están sometidos a los mandatos de la moda. No se trata únicamente de mecánica o de fuentes de energía; también es una cuestión de diseño. Cada época impone sus tendencias y los fabricantes las replican con innumerables variantes.

En los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial y hasta bien entrada la década de los sesenta, muchos diseños automotrices estaban inspirados en los aviones de combate. Durante los treinta años siguientes la prioridad fue reducir el tamaño de los vehículos y mejorar el consumo de combustible. Aparecieron los automóviles subcompactos, las camionetas familiares dejaron de ser aquellas inmensas salas de estar sobre ruedas y surgieron las furgonetas: verdaderos cajones con ruedas que terminaron convertidos en casas rodantes, puestos de venta ambulante o vehículos de carga.

Y, por supuesto, están las pickups norteamericanas, rebosantes de potencia y con amplias plataformas de carga. Con el tiempo evolucionaron hasta parecer grandes sedanes de cuatro puertas con una caja de carga cada vez más pequeña, aunque algunas conservaron dimensiones descomunales al estilo Ford. Eso sí, siguieron siendo grandes consumidoras de combustible y, de manera indirecta, parte de una economía mundial profundamente dependiente del petróleo.

Más tarde llegaron las SUV, una mezcla de camioneta, furgoneta y automóvil. Sus formas se volvieron cada vez más exageradas y complejas. En muchos casos, una simple reparación de latonería dejó de ser posible porque resulta más práctico reemplazar piezas completas. Ahora la tendencia parece orientarse hacia vehículos de líneas rectas y aspecto cuadrado, auténticas cajas rodantes que, por supuesto, son eléctricas.

¿A qué viene todo esto? A que son productos que deben venderse para mantener en marcha un inmenso negocio global. Y aunque algunos se resistan a reconocerlo, China les lleva hoy una considerable ventaja a fabricantes norteamericanos y europeos en materia de movilidad eléctrica.

Sin embargo, existe un vehículo que parece inmune a estas locuras de ingenieros, mecánicos y diseñadores; un vehículo que tampoco ha sido causa de guerras, conflictos geopolíticos o disputas por recursos energéticos. Ese vehículo es la bicicleta.

No me refiero a los esperpentos que algunos supuestos diseñadores publican en las redes sociales. Primero, porque suelen ser piezas únicas y, por fortuna, jamás llegarán a la producción en serie. La bicicleta urbana sigue siendo esencialmente la misma ayer, hoy y mañana, porque su esencia es la simplicidad eficiente, durable y funcional.

Ha habido algunos cambios de diseño interesantes. Ahí está la Monareta, por ejemplo, o aquellas bicicletas que combinan una rueda más grande que la otra, ya sea adelante o atrás, acompañadas de sillines alargados e incluso respaldos. También han cambiado los manubrios. Ya no existen únicamente los de cachos de carnero o los playeros; hoy abundan los rectos y horizontales. Sin embargo, el más cómodo, eficiente y práctico para el uso urbano sigue siendo el tradicional, porque prioriza la comodidad y la visibilidad, permitiendo una postura erguida y relajada, ideal para trayectos cortos y cotidianos por la ciudad.

En general, la bicicleta urbana tradicional es un prodigio de ergonomía. Su geometría favorece una posición natural de brazos y espalda, reduciendo la tensión en la zona lumbar, el cuello y las muñecas. Además, el ancho adecuado del manubrio facilita la maniobrabilidad a velocidades moderadas y permite observar mejor el entorno y ser visto por los demás usuarios de la vía.

Los cuadros pueden variar en materiales y dimensiones, pero la estructura básica en forma de trapecio o triángulo sigue vigente porque ha demostrado resistir décadas de uso, abuso y reparaciones. También apareció el diseño de barra baja, pensado para facilitar el acceso a personas mayores y usuarios que prefieren no levantar tanto la pierna al montar.

Ahora se le han agregado motores eléctricos y baterías de litio, aunque siempre quedará la posibilidad de pedalear para llegar al destino. También se han incorporado más piñones y platos. La vieja bicicleta de una sola velocidad puede tener hoy 21 o más cambios, heredados en buena medida de las bicicletas de competición.

Los frenos evolucionaron hacia sistemas de disco e hidráulicos, aunque todavía sobreviven los tradicionales de zapatas. Los sillines han cambiado de forma y materiales, pero muchas veces se vuelve a los diseños clásicos, ligeramente más acolchados, porque continúan siendo los más cómodos. Los accesorios siguen siendo prácticamente los mismos: canastas, parrillas, alforjas y luces. La diferencia es que ahora muchas de estas últimas incluyen direccionales y baterías recargables mediante puertos USB.

Del acero se pasó al aluminio y al carbono, aunque los cuadros de acero continúan fabricándose por una razón muy sencilla: son duraderos, fáciles de soldar y relativamente sencillos de reparar. Se busca que las bicicletas sean cada vez más livianas, sí, pero sin caer en exageraciones. Parte de la confianza que transmite una bicicleta radica en sentir que se conduce una máquina sólida, resistente y confiable.

A diferencia del automóvil, que cambia constantemente para estimular el consumo y responder a las modas del mercado, la bicicleta no necesita reinventarse cada década. Su diseño básico alcanzó hace más de un siglo un equilibrio extraordinario entre simplicidad, eficiencia y utilidad. Cambian los materiales, evolucionan algunos componentes y aparecen nuevos accesorios, pero la esencia permanece intacta.

Sea como fuere, la bicicleta convencional seguirá siendo el primer vehículo serio de muchos niños, la promesa de aventura para los adolescentes, el medio de transporte más eficiente para trabajadores y estudiantes, y el gimnasio cotidiano de quienes ya peinan canas. No solo fortalece músculos y articulaciones; también crea amistades, conversaciones, independencia y salud mental.

La bicicleta es imbatible porque depende de algo que ninguna tecnología ha podido reemplazar: la voluntad humana de moverse. Funciona en cualquier lugar, consume únicamente la energía de quien la conduce y conserva una virtud que pocos inventos pueden reclamar. Aprendemos a montarla en la infancia, perfeccionamos su uso con los años y, una vez dominada, jamás la olvidamos.

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