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¿Quién piensa realmente en el perro?

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"Los animales no existen para adaptarse a nuestros caprichos; somos nosotros quienes debemos comprender sus necesidades."

Los disgustos entre vecinos por culpa de los perros parecen no tener fin. Unos se quejan de los ladridos; otros, de los excrementos en jardines y parques; algunos protestan porque el ascensor huele mal, mientras otros defienden el derecho de sus mascotas a ocupar cualquier espacio común. En muchos conjuntos residenciales estos conflictos llegan a fracturar comunidades enteras, derriban administraciones, terminan en procesos judiciales y convierten lo que debería ser un lugar para convivir en un permanente campo de batalla.

Siempre analizamos el problema desde nuestra perspectiva. Desde la comodidad de ser quienes redactamos las normas, pagamos las cuotas de administración y decidimos quién tiene la razón. Como casi siempre ocurre, el ser humano se coloca en el centro del universo.

Pero… ¿alguien se ha detenido a preguntarle al perro? Si pudiera hablar, quizás nos sorprendería con una respuesta incómoda.

Tal vez nos diría que nunca pidió vivir en un apartamento de sesenta metros cuadrados. Que su naturaleza no fue diseñada para pasar diez o doce horas encerrado esperando que alguien llegue del trabajo. Que correr durante quince minutos alrededor de una manzana no reemplaza la libertad de explorar un bosque, seguir un rastro durante kilómetros o simplemente tumbarse bajo un árbol sin horarios ni correas.

Quizás nos preguntaría por qué insistimos en vestirlo con ropa cuando la naturaleza ya le regaló un abrigo perfecto. Por qué le ponemos zapatos que le impiden sentir el suelo. Por qué aceptamos como normal cargarlo en un coche de bebé, llevarlo a un centro comercial lleno de ruido o subirlo a un avión para satisfacer nuestras vacaciones.

Tal vez nos agradecería el cariño, pero también nos pediría que dejáramos de confundir el amor con la humanización. Porque un perro no necesita convertirse en un pequeño ser humano para ser feliz. Necesita seguir siendo perro.

Nos hemos acostumbrado tanto a proyectar nuestras emociones sobre ellos que olvidamos observar las suyas. Compramos camas ortopédicas, perfumes, cumpleaños con ponqué, coches de paseo, ropa para cada estación del año y hasta fiestas de disfraces. La industria descubrió hace tiempo que el amor por los animales también mueve miles de millones de dólares.

Y mientras el mercado celebra, muchos perros siguen padeciendo ansiedad, obesidad, estrés, aburrimiento y problemas de comportamiento derivados, precisamente, de una vida demasiado humana.

Pero hay algo aún más preocupante. Durante siglos los perros fueron seleccionados para cumplir funciones específicas. Algunos nacieron para conducir ovejas; otros para recorrer decenas de kilómetros siguiendo rastros; otros para proteger ganado, vigilar fincas, rescatar personas o soportar temperaturas bajo cero.

Hoy muchos de ellos viven encerrados entre cuatro paredes. Un Border Collie, posiblemente el perro más inteligente del mundo, fue creado para pensar mientras trabaja durante horas. Un Husky Siberiano nació para recorrer enormes distancias tirando de un trineo. Un Pastor Alemán necesita desafíos físicos y mentales permanentes.

Nosotros, en cambio, esperamos que permanezcan tranquilos todo el día mientras nosotros trabajamos frente a una pantalla.

Cuando ladran decimos que son problemáticos.

Cuando destruyen un sofá los llamamos desobedientes.

Cuando desarrollan ansiedad acudimos al etólogo.

Pocas veces aceptamos que el problema puede ser el estilo de vida que les imponemos.

Y como si eso fuera poco, seguimos fabricando auténticos «Frankenstein caninos». Cruces cada vez más extremos buscando hocicos más cortos, patas más pequeñas, arrugas más profundas o tamaños imposibles. Detrás de muchas razas de moda existen dificultades respiratorias, problemas articulares, enfermedades hereditarias y madres convertidas en simples máquinas reproductoras para abastecer un mercado que nunca parece saciarse.

Los perros no diseñaron esas razas, las diseñamos nosotros y ellos cargan con las consecuencias durante toda su vida.

Paradójicamente, mientras más hablamos de bienestar animal, más parece crecer la industria que convierte al perro en un producto. Alimentos premium, spas, hoteles cinco estrellas, ropa de diseñador, perfumes, cumpleaños temáticos, redes sociales y un interminable catálogo de servicios que, en ocasiones, buscan más satisfacer el ego del propietario que las verdaderas necesidades del animal.

El mayor acto de amor hacia un perro probablemente no sea comprarle más cosas, quizá sea permitirle comportarse como lo que realmente es. Oler durante media hora un árbol, ensuciarse, correr, socializar con otros perros, explorar, dormir tranquilo y ser simplemente perro.

También están los que nunca tuvieron esa oportunidad. Los que, cuando dejaron de ser un cachorro gracioso, fueron abandonados en una carretera desconocida. Para ellos comienza una existencia brutal. Despiertan en un mundo donde nadie habla su lenguaje, donde cada esquina representa un peligro y donde sobrevivir depende de volver a despertar instintos que llevaban años reprimidos.

Muchos no lo consiguen, sin embargo, siguen moviendo la cola cuando alguien les ofrece una oportunidad. Tal vez esa sea la mayor lección que los perros intentan enseñarnos desde hace miles de años, ellos nos entregan lealtad sin condiciones, a cambio nosotros solemos responder imponiéndoles las nuestras.

Quizás el verdadero conflicto en los conjuntos residenciales no sea el perro que ladra, sino una sociedad que sigue creyendo que amar consiste en poseer. Que confunde compañía con propiedad y afecto con control.

Los perros nunca eligieron vivir en nuestras ciudades, nosotros los trajimos. Por eso, antes de discutir en la próxima asamblea de copropietarios sobre bozales, ascensores, jardines o ladridos, tal vez convenga hacerse una pregunta mucho más sencilla y, al mismo tiempo, mucho más difícil:

¿La vida que le estamos ofreciendo a ese perro se parece, siquiera un poco, a la vida que merece vivir? Porque quizá el mayor acto de respeto hacia ellos no consista en permitirles entrar a un restaurante, viajar en un avión o dormir en nuestra cama.

Quizá consista, simplemente, en recordar que nunca dejaron de ser animales. Y que precisamente por eso merecen seguir viviendo con la dignidad, la libertad y el respeto que les corresponde como criaturas de la naturaleza, no como accesorios de una moda, un remedio contra la soledad o un objeto más de consumo.

Ellos jamás nos pidieron convertirse en humanos. Tal vez ha llegado el momento de que nosotros dejemos de olvidar que siguen siendo perros. Y recuerde…

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