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Transporte activo: cuando la bici también es una forma de cuidar la salud y la ciudad

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Cuando miles de ciudadanos se movilizan en bici, el beneficio deja de ser individual. Menores niveles de sedentarismo significan menos enfermedades crónicas, menos incapacidad laboral y, a largo plazo, menores costos para los sistemas de salud pública, además de hacer de la ciudad un mejor lugar para vivir.

Durante muchos años nos enseñaron que el ejercicio tenía un lugar y un horario específicos. Había que sacar una hora del día, pagar una mensualidad, ponerse ropa deportiva y dirigirse al gimnasio o al parque para «hacer actividad física». Si no era así, el cuerpo simplemente no estaba siendo atendido. Pero esa idea comenzó a cambiar. En los últimos años, médicos, epidemiólogos, urbanistas y autoridades sanitarias han empezado a hablar con insistencia de un concepto que parece sencillo, aunque tiene profundas implicaciones para la salud de las personas y el futuro de las ciudades: el transporte activo.

¿En qué consiste? En algo tan cotidiano como caminar o montar en bicicleta para ir al trabajo, estudiar, hacer compras o visitar a un amigo. El desplazamiento deja de ser un tiempo perdido entre un punto y otro y se convierte en una oportunidad para mover el cuerpo, fortalecer el corazón y mejorar la calidad de vida. La diferencia parece pequeña, pero no lo es.

Una persona que utiliza la bicicleta durante treinta minutos para ir al trabajo y otros treinta para regresar acumula, casi sin darse cuenta, una hora diaria de actividad física. Al finalizar la semana habrá superado ampliamente los 150 minutos de ejercicio moderado que recomienda la Organización Mundial de la Salud (OMS) para proteger la salud cardiovascular y reducir el riesgo de enfermedades crónicas. Todo eso, sin haber reservado un solo minuto adicional en su agenda.

Los beneficios del transporte activo no terminan en quien pedalea. Cada bicicleta que sustituye un automóvil significa menos emisiones contaminantes, menor consumo de combustibles fósiles, menos ruido y una ligera disminución de la congestión vehicular. Puede parecer insignificante cuando se observa un solo ciclista, pero adquiere otra dimensión cuando miles de personas toman la misma decisión todos los días.La salud deja entonces de ser un asunto exclusivamente individual para convertirse en un beneficio colectivo. Respirar un aire un poco más limpio también es una forma de medicina preventiva.

Los especialistas en fisiología humana suelen recordar una verdad que a veces olvidamos: el cuerpo humano evolucionó caminando, cargando, explorando y desplazándose largas distancias. Permanecer sentado durante ocho o diez horas diarias representa una situación relativamente reciente en nuestra historia. Y es terriblemente desgastarte. Cuando se jubile sus articulaciones inferiores estarán literalmente oxidadas, sus brazos igual, su sistema digestivo se habrá vuelto lento con lo que ello implica. En general el escritorio acaba con nuestros sistemas, la bici es una opción sana, sencilla, económica y no rivaliza con nuestra actividad laboral diaria.

El transporte activo devuelve parte de ese movimiento perdido y ayuda a mantener un cuerpo saludable, claro, si usted lo cuida con alimentación sana. Cada pedaleo fortalece el sistema cardiovascular, mejora la circulación, estimula la capacidad pulmonar, ayuda a controlar el peso corporal y contribuye a mantener músculos y articulaciones en funcionamiento. Pero también activa procesos menos visibles: favorece el equilibrio hormonal, reduce el estrés y mejora la calidad del sueño. No se trata únicamente de quemar calorías, se trata de hacer que el organismo vuelva a trabajar como fue diseñado.

Existe otro beneficio del que cada vez se habla más, porque la salud mental también viaja en bicicleta. Numerosos estudios han encontrado que quienes realizan actividad física de manera regular presentan menores niveles de ansiedad y depresión, además de una mejor percepción de bienestar. El ciclista urbano conoce esa sensación sin necesidad de leer investigaciones científicas.

La experimenta cuando el viento rompe la monotonía de la jornada, cuando un parque reemplaza por unos minutos la pantalla del computador o cuando el regreso a casa deja de ser una fila interminable de vehículos detenidos. La bicicleta no elimina los problemas, pero muchas veces ayuda a llegar a ellos con una mente más tranquila.

Una política de salud sobre dos ruedas. En Colombia, el Ministerio de Salud y Protección Social también promueve este enfoque. Entre sus recomendaciones de actividad física invita a reducir el uso del transporte motorizado cuando sea posible y privilegiar desplazamientos caminando o en bicicleta, utilizando siempre casco y elementos reflectivos. No es una campaña ambiental disfrazada, es una estrategia de salud pública.

Cada ciudadano que incorpora el transporte activo a su rutina disminuye su riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares, diabetes tipo 2 y otras afecciones relacionadas con el sedentarismo. Al mismo tiempo, contribuye a construir ciudades menos contaminadas y más humanas donde el verde encuentra espacios compitiendo con asfalto y concreto.

Una revolución silenciosa que tal vez esa sea una de las mayores virtudes de la bicicleta urbana, no promete cuerpos perfectos de gimnasio, no exige cuotas mensuales por hacer ejercicio, no necesita equipos sofisticados ni suplementos milagrosos, que en realidad son bastante peligrosos. Simplemente convierte un trayecto cotidiano en una inversión diaria para la salud.

Mientras muchos siguen buscando tiempo para hacer ejercicio, miles de ciclistas ya lo encontraron sin modificar su agenda: está entre la puerta de su casa y el lugar donde transcurre su vida. Quizá el verdadero lujo del siglo XXI no sea tener el automóvil más potente ni el gimnasio más exclusivo, más bien consista en recuperar algo que parecía perdido: la posibilidad de mover el cuerpo todos los días mientras simplemente… vivimos.

Moverse por una ciudad implica un costo permanente. El usuario del transporte público paga uno o dos pasajes diarios. Quien utiliza motocicleta debe asumir combustible, mantenimiento, llantas, seguros, impuestos, revisiones técnicas y parqueaderos. El propietario de un automóvil suma, costo creciente de combustible y lubricantes, o estacionamientos para cargar cuando es un e-car, además del costo de la energía eléctrica, revisiones técnicas, peajes urbanos cuando existen, lavado, depreciación del vehículo y, muchas veces, elevadas tarifas de estacionamiento.

La bicicleta cambia por completo esa ecuación. Una vez realizada la inversión inicial, los costos de operación son sorprendentemente bajos. Un mantenimiento preventivo periódico, el cambio ocasional de llantas, pastillas de freno, cadena o transmisión, y algunos accesorios de seguridad representan gastos muy inferiores a los de cualquier vehículo motorizado.

Diversos estudios internacionales sobre costos de movilidad muestran que la bicicleta es el medio de transporte urbano con el menor costo por kilómetro recorrido. Incluso frente al transporte público, muchas personas recuperan el valor de la bicicleta en pocos meses cuando sustituyen parte de sus desplazamientos diarios. La bicicleta, entonces, no solo ahorra dinero al ciclista, también representa una inversión inteligente para la sociedad.

Foto: bogota.gov.co

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