
Durante miles de años el planeta ha conocido períodos de lluvias intensas, sequías prolongadas, erupciones volcánicas y grandes oscilaciones climáticas. El fenómeno de El Niño no nació con las industrias, ni con los automóviles, ni con las ciudades modernas. Ha existido desde mucho antes de que apareciera la civilización.
Ya recorría el océano Pacífico cuando nuestros antepasados apenas aprendían a cultivar la tierra. Es un viejo viajero del clima terrestre que aparece cada cierto número de años alterando lluvias, temperaturas y vientos. Lo que ha cambiado no es su existencia, sino el mundo que encuentra a su paso: ciudades gigantescas, millones de personas concentradas en zonas vulnerables y una atmósfera más caliente por efecto de la actividad humana.
Vivimos en el Antropoceno, un concepto cada vez más utilizado por la comunidad científica para describir una época en la que la actividad humana se convirtió en una fuerza capaz de modificar el funcionamiento del planeta. Nunca antes hubo tantos combustibles fósiles quemándose, tantos bosques desapareciendo, tantos ríos intervenidos ni tantas ciudades cubriendo la superficie terrestre con cemento y asfalto.
La Tierra continúa generando sus propios fenómenos naturales, pero ahora lo hace sobre un sistema climático más cálido, más vulnerable y con menor capacidad para absorber los impactos. En otras palabras, El Niño sigue siendo un fenómeno natural. Lo extraordinario es el mundo donde ahora se manifiesta.
Hace apenas unas décadas era posible hablar de fenómenos regionales. Hoy, en la era del Antropoceno, resulta más apropiado hablar de un sistema climático global donde lo que ocurre en un océano repercute sobre todos los continentes. La Tierra se ha convertido en un inmenso laboratorio interconectado, y cada evento extremo recuerda que las fronteras políticas y económicas poco significan para la atmósfera.
Durante las últimas semanas, los principales centros meteorológicos de Suramérica comenzaron a coincidir en un mismo diagnóstico: las condiciones oceánicas y atmosféricas muestran una consolidación del fenómeno de El Niño que podría extenderse durante lo que resta de 2026 y los primeros meses de 2027. En Colombia, el IDEAM confirmó que las condiciones tipo El Niño ya están presentes y que existe una alta probabilidad de que persistan durante el resto del año.
El panorama es similar en buena parte del continente. Desde Perú, el SENAMHI mantiene un seguimiento permanente debido al calentamiento del Pacífico oriental y a los riesgos asociados con lluvias intensas e inundaciones en algunas regiones costeras, mientras que el gobierno peruano incluso declaró el estado de emergencia en numerosos distritos por las fuertes precipitaciones relacionadas con El Niño.
En Chile, la Dirección Meteorológica observa la posibilidad de episodios de lluvias más intensas sobre la zona centro-sur, aunque recuerda que El Niño no garantiza precipitaciones uniformes y que otros factores atmosféricos también intervienen.
Brasil, Argentina, Ecuador, Bolivia, Paraguay, Uruguay, Venezuela, Guyana y Surinam mantienen igualmente sistemas de vigilancia permanente, conscientes de que un mismo fenómeno puede provocar efectos completamente distintos dependiendo de la geografía de cada país: sequías prolongadas en unas regiones, inundaciones en otras, incendios forestales, pérdidas agrícolas, afectaciones energéticas o problemas de abastecimiento de agua. El mapa climático sudamericano nunca responde de manera uniforme.
Pero el alcance de El Niño no termina en el continente americano. Sus efectos se propagan por todo el planeta a través de complejas conexiones atmosféricas. En América del Norte, varias regiones de Estados Unidos suelen enfrentar olas de calor, sequías e incendios forestales, mientras otras experimentan lluvias extraordinarias.
Europa puede registrar veranos más cálidos y secos en el norte y condiciones más húmedas en algunos sectores del sur. En África, las consecuencias suelen dividirse entre graves sequías en el sur y precipitaciones extremas en el este del continente.
Asia enfrenta alteraciones del régimen de los monzones, con impactos sobre la agricultura y el abastecimiento de agua, mientras que Australia, uno de los territorios históricamente más sensibles a El Niño, acostumbra sufrir prolongadas sequías, temperaturas extremas y temporadas de incendios forestales de gran magnitud.
En un planeta interconectado, un fenómeno que nace en las aguas del Pacífico termina alterando cosechas, economías, ecosistemas y millones de vidas alrededor del mundo. Y allí aparece el verdadero desafío del Antropoceno, donde las ciudades fueron diseñadas para un clima que lentamente está dejando de existir.
Los drenajes urbanos resultan insuficientes frente a lluvias cada vez más intensas. Las islas de calor elevan varios grados la temperatura respecto de las zonas rurales. Los embalses enfrentan mayores presiones durante los períodos secos. Los incendios forestales se vuelven más frecuentes y los sistemas de salud deben atender golpes de calor que hace apenas unas décadas eran excepcionales.

No es solamente un problema ambiental, es económico, sanitario, urbano, social y la movilidad tampoco escapa a esta transformación. Cuando aumentan las temperaturas, disminuye el confort para caminar o pedalear durante ciertas horas del día. Cuando las lluvias son más intensas, muchas ciclorrutas quedan anegadas. Cuando aparecen incendios forestales, la calidad del aire empeora y miles de ciclistas deben modificar sus recorridos.
Paradójicamente, la bicicleta también representa una de las respuestas más inteligentes frente al desafío climático. Cada viaje que sustituye un automóvil reduce emisiones contaminantes, disminuye la congestión y ocupa mucho menos espacio urbano. Ninguna bicicleta resolverá por sí sola el cambio climático, pero millones de bicicletas incorporadas a sistemas de transporte eficientes sí forman parte de una estrategia de adaptación y mitigación.
Quizá esa sea una de las grandes lecciones del Antropoceno: la naturaleza seguirá produciendo fenómenos como El Niño. Lo que está en nuestras manos es decidir si queremos ciudades más resilientes o más vulnerables; si seguimos ampliando el asfalto o recuperamos árboles, humedales y corredores verdes; si continuamos dependiendo exclusivamente de combustibles fósiles o impulsamos formas de movilidad que consuman menos energía y generen menos emisiones.
El Niño no puede evitarse, pero muchas de sus consecuencias sí pueden reducirse y tal vez la bicicleta, silenciosa y cotidiana, tenga mucho más que aportar a ese futuro de lo que imaginamos.





