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Imperios: la historia del poder escrita sobre las rutas comerciales

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"Quien controla el comercio controla la riqueza; quien controla la riqueza termina controlando el mundo."

Mucho antes de que existieran los bancos internacionales, las bolsas de valores o los tratados de libre comercio, el mundo ya giraba alrededor de una misma idea: dominar las rutas por donde circulaban los bienes más valiosos. La historia de la humanidad puede leerse como una sucesión de imperios que crecieron gracias al comercio, conquistaron territorios para asegurar materias primas y desaparecieron cuando perdieron el control de ellas.

Durante más de cinco mil años cambiaron las banderas, los idiomas, las religiones y las armas. Sin embargo, la lógica económica fue prácticamente la misma. Recursos naturales que han definido el destino de pueblos enteros. Y hay que recordar que los bienes más valiosos los establece el mismo imperio, hoy por ejemplo el dinero se representa en el dólar americano, pero, realmente ¿qué lo sustenta? Solo lo que el imperio reinante determine para todo el mundo desde una idea global. Todos los procesos imperiales lo han soñado, el límite hasta donde se conocía el planeta, hoy es total esa referencia.

Los invito a hacer un recorrido por los grandes imperios históricos, así logramos entrever el inicio, el eje de crecimiento y posterior desaparición, o por lo menos su menor influencia en el planeta. Arrancamos con Mesopotamia y se dio a partir del comercio organizado. Hacia 3.500 a. C., en la antigua Mesopotamia —entre los ríos Tigris y Éufrates, en el actual Irak— surgieron las primeras ciudades organizadas. Allí aparecieron también los primeros registros escritos de transacciones comerciales en tablillas de arcilla.

Los sumerios intercambiaban cereales, tejidos, madera y cobre con pueblos situados a cientos de kilómetros. Aquellas rutas comerciales impulsaron el desarrollo urbano y también las primeras disputas por el control de los recursos. Más tarde surgiría el Imperio Babilónico, cuyo primer gran período se extendió aproximadamente entre 1894 y 1595 a. C. Bajo el reinado de Hammurabi (1792-1750 a. C.), se fortalecieron los mercados y la administración del comercio. Desde entonces quedó establecida una constante histórica: quien controlaba los ríos controlaba el comercio.

De esa premisa surge Egipto, su poder el río Nilo. Entre 3100 y 30 a. C., los faraones organizaron una de las economías más eficientes del mundo antiguo. El trigo egipcio alimentaba buena parte del Mediterráneo oriental. Así las expediciones comerciales llegaban hasta Nubia, el mar Rojo y el legendario País de Punt —probablemente ubicado entre Eritrea y Somalia— en busca de incienso, ébano, marfil, oro y animales exóticos. El comercio enriquecía al imperio, pero también justificaba campañas militares para asegurar las rutas.

Entre 1500 y 300 a. C., los fenicios, establecidos en las costas del actual Líbano, transformaron el Mediterráneo en una inmensa red comercial. No fueron grandes conquistadores militares, pero sí extraordinarios comerciantes. Fundaron colonias desde Chipre hasta España, incluida Cartago, y comerciaron madera de cedro, vidrio, tintes púrpura y metales. Demostraron que un imperio podía construirse más con barcos que con ejércitos.

Logrado el manejo del Mediterráneo, el Imperio Aqueménida (550-330 a. C.) encontró que las carreteras imperiales eran las vías para comerciar y conquistar. Así construyeron más de 2.500 kilómetros desde la India hasta Egipto, entre ellas la Ruta Real Persa. Así las mercancías podían recorrer el imperio protegidas por un sistema administrativo y un ejercito, era una gigantesca plataforma logística.

Al escenario mundial, de la época, llegan Grecia y Roma, a partir de un mercado único que dominaron buena parte del comercio marítimo entre los siglos VIII y IV a. C. y desde el año 27 a. C. hasta 476 d. C., el Imperio Romano convirtió al Mediterráneo en lo que llamaban Mare Nostrum. Además comprendieron que mantener abiertas las rutas comerciales era tan importante como ganar batallas. Cuando esas rutas comenzaron a fragmentarse por invasiones, crisis económicas y conflictos internos, también empezó el declive del imperio romano.

Y en oriente, Asia durante la dinastía Han, comenzó a consolidarse la famosa Ruta de la Seda. Aunque nunca fue una sola carretera, conectó China con Asia Central, Persia y finalmente Europa. La seda era apenas uno de los productos, también viajaban porcelana, papel, pólvora, especias, conocimientos matemáticos, religiones y tecnologías. Fue quizá la mayor red de intercambio cultural y económico de la historia y que hoy se trata de consolidar nuevamente.

El mundo conocido sufre una gran transformación cuando los europeos llegaron a Abya Yala también nombrada como Pindorama, o Anáhuac y que los españoles denominaron como América. A partir de 1492 cambió completamente el comercio mundial.

España construyó uno de los mayores imperios de la historia entre los siglos XVI y XVIII. Se calcula que entre los siglos XVI y XVIII fueron extraídas de América más de 180 toneladas de oro y cerca de 16.000 toneladas de plata, para financiar guerras, palacios y ejércitos europeos. También significó la destrucción de civilizaciones como los aztecas e incas, epidemias devastadoras, trabajo forzado y explotación minera a gran escala. Por su parte Portugal, desarrolló un imperio marítimo basado en el comercio de especias, azúcar y posteriormente esclavos africanos.

Y si hablamos de multinacionales, bueno los holandeses durante el siglo XVII apareció una innovación que cambiaría el mundo. En 1602 nació la Compañía Holandesa de las Indias Orientales (VOC), considerada como la primera corporación multinacional moderna. No solo comerciaba. Podía declarar guerras, acuñar moneda, administrar colonias y firmar tratados. Por eso se da como origen del capitalismo moderno a esta nueva forma de imperio comercial y bancario.

Otras de las razones para construir imperios es el desarrollo tecnológico. Ya no solo es la tierra o las materias primas, es aplicar procesos industriales para dominar todo. Así entre los siglos XVIII y XX, Gran Bretaña construyó el mayor imperio territorial conocido. Hacia 1920 controlaba una cuarta parte de la superficie terrestre y una población cercana a 458 millones de personas.

Con la máquina de vapor impulsó la minería del carbón a gran escala, mecanizó e industrializo el algodón proveniente de India y Estados Unidos. Al desarrollar vehículos automotrices el caucho de Asia permitió fabricar neumáticos. El té, el café y el azúcar transformaron los hábitos de consumo de Europa y del mundo. Con la Revolución Industrial multiplicó la producción, pero también aceleró la contaminación atmosférica, la minería intensiva, la deforestación, arruinando fuentes de agua, tierras y destruyendo culturas en todo el orbe.

Tras la Segunda Guerra Mundial (1945), Estados Unidos emergió como la principal potencia económica mundial. Su liderazgo no dependía únicamente de su capacidad militar, tenía nuevos procesos y sistemas tecnológicos, industriales, financiero global, innovación científica y buena parte del comercio internacional.

Durante gran parte del siglo XX, numerosos conflictos geopolíticos estuvieron relacionados directa o indirectamente con el control de hidrocarburos. Hoy el mapa comercial vuelve a transformarse. El litio, el cobre, el cobalto, el níquel, el grafito y las llamadas tierras raras son indispensables para fabricar las nuevas tecnologías. Bolivia, Argentina y Chile concentra cerca del 60 % de las reservas mundiales de litio conocidas, la República Democrática del Congo produce alrededor del 70 % del cobalto mundial. Y hay que considerar que China domina buena parte del procesamiento de tierras raras utilizadas en componentes electrónicos. Si bien el escenario ha cambiado, las materias primas también pero la competencia por controlarlas continúa.

Cada imperio aportó en infraestructura, tecnología, cultura, modos de ver y entender el mundo y la sociedad, pero también dejó cicatrices ambientales profundas, destrucción de culturas, con millones de personas esclavizadas o desplazadas, con la decisión política de destruir culturas enteras absorbidas o destruidas por las potencias dominantes para imponerse.

Hoy hablamos de comercio digital, inteligencia artificial, cadenas globales de suministro y energías limpias. Sin embargo, detrás de un teléfono inteligente siguen existiendo minas de cobre, litio, silicio y tierras raras. Detrás de un automóvil eléctrico continúan extrayéndose millones de toneladas de minerales. Y detrás de cada gran potencia económica permanece la necesidad de asegurar el acceso a recursos estratégicos.

La historia demuestra que ningún imperio es eterno, Babilonia cayó, Persia desapareció, Roma se fragmentó, España perdió sus colonias, el Imperio Británico se disolvió tras la Segunda Guerra Mundial, incluso la hegemonía de Estados Unidos enfrenta hoy la creciente competencia económica y tecnológica de China, lo único que parece permanecer inalterable es la importancia del comercio. El desafío se establece en hacerlo sin repetir el ciclo que ha acompañado a casi todos los imperios: extraer hasta agotar, conquistar hasta destruir y crecer sin medir las consecuencias.

Quizá la verdadera potencia del siglo XXI tal vez sea aquella que logre demostrar que el progreso puede construirse sin convertir a la naturaleza y a las culturas en el precio inevitable del desarrollo y de la inversión que hacen desde lo militar, tecnológico o financiero.

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