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El día que dejé empijamado mi auto

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Vivir mejor podría consistir en necesitar menos y si para conseguirlo tenemos que bajarnos del automóvil y subirnos a una bicicleta, tampoco parece un sacrificio demasiado grande. Después de todo, siempre podremos comprarle una buena piyama al auto, taparlo con cariño y dejarlo descansar, probablemente se lo haya ganado y nosotros también.

En mi casa siempre hubo autos y camionetas. Allí aprendí a conducir y, por fortuna, durante más de treinta años jamás tuve un accidente serio con otro vehículo, una moto, una bicicleta, un perro o, peor aún, una persona. Solo recibí una multa. Fue por conducir en contravía. La vía había cambiado de sentido y yo, evidentemente, no había recibido el memorando. Esa fue mi relación más cercana con la ley de tránsito.

Conduje en Perú y Argentina, en ciudades grandes y pequeñas. Tuve Renault, Suzuki y Volkswagen. En aquellos tiempos, conducir era relativamente sencillo: uno encendía el motor, ponía gasolina y llegaba. Luego aparecieron las grandes ciudades modernas y entre ellas Bogotá.

El automóvil que no se mueve y Bogotá pertenece a ese selecto grupo de ciudades donde un automóvil puede convertirse en una excelente máquina para permanecer quieto. La teoría dice que el auto nos permite llegar más rápido. La práctica bogotana recomienda salir más de una hora antes, rezar un poco y no hacer compromisos demasiado precisos.

Un trayecto de treinta minutos puede convertirse en una hora, dos o en una experiencia espiritual de duración indefinida. Mientras tanto, el automóvil consume combustible, aceite, frenos, llantas y paciencia.

El conductor también consume algo: salud mental, porque mantener un automóvil no consiste únicamente en pagar impuestos, seguro, mantenimiento y combustible. Están los pequeños gastos que aparecen cuando menos se necesitan: una rayadura, un espejo roto, una pieza que decidió jubilarse prematuramente.

Y en Bogotá hay una particular interacción entre automóviles, motos y bicicletas. Algunos motociclistas y ciclistas parecen convencidos de que el cuerpo humano puede adelgazar milagrosamente para atravesar el espacio entre dos vehículos. El problema es que los espejos retrovisores no participan de ese milagro. Un roce, un golpe, una pintura rayada y aparece el inevitable interrogante: ¿quién fue?

El responsable suele desaparecer con admirable velocidad. Y discutir puede ser una actividad de riesgo. De modo que uno respira profundo, guarda las imprecaciones y empieza a sacar cuentas.

Llegar es solo la mitad del problema y supongamos que finalmente llegamos y ahora, parece otro problemita y por demás costoso: estacionar. Dejar el automóvil en la calle es una invitación abierta a la multa, la grúa, el robo o a regresar y descubrir que nuestro vehículo ha emprendido una vida independiente. Si se lo llevó la grúa, comienza otra aventura: patios, multas, trámites y una factura capaz de producir síntomas que ningún médico había diagnosticado.

Por eso hay que buscar parqueadero y pagar. Incluso visitar amigos puede implicar pagar estacionamiento. Uno llega con un regalo, un abrazo y, dependiendo del conjunto residencial, una tarjeta de crédito. Así el automóvil, ese supuesto símbolo de libertad, termina necesitando alojamiento.

Y hay un detalle muy particular, no solo en Bogotá, también en otras capitales de departamento, o provincias como dirian al Sur del Continente, el pico y placa. Y por favor, por salud mental, no se ponga hacer cuentas sobre los días al año que no puede usar su vehículo por esa norma que intenta solucionar la falta de vías, aún así, los impuestos son anuales al igual que los seguros. Y si quiere circular el día que no puede, simple: pague para poder hacer uso de su querido vehículo.

Durante décadas nos vendieron el llamado sueño americano: una casa, electrodomésticos, un automóvil y muchas cosas que demostraran que habíamos progresado. El auto era parte fundamental del paquete. Representaba independencia, éxito y estatus, pero quizá confundimos el símbolo con el objetivo.

Porque una cosa es tener automóvil y otra necesitarlo para absolutamente todo. En una ciudad como Bogotá, la pregunta resulta inevitable: ¿cuánta libertad nos da realmente una máquina que debemos comprar, asegurar, mantener, alimentar, estacionar y proteger? y además, se devalúa, es decir, pagamos mucho dinero por algo que, con el simple paso del tiempo, vale menos.

Nos vendieron una inversión extraordinaria, solo que al revés. Y aquí aparece una luchadora infatigable para mantener su espacio y vias en la Capital colombiana: la bicicleta entra en escena y entonces aparece una máquina bastante menos pretenciosa. No necesita gasolina. No paga parqueadero. No tiene embrague, radiador ni batería que decida morir un lunes por la mañana. Además no ocupa media calle y, sobre todo, no necesita que uno permanezca sentado esperando que el tráfico decida moverse.

En una ciudad como Bogotá, la bicicleta urbana no debería verse únicamente como un instrumento deportivo o una afición de personas vestidas con lycra., es la alternativa de movilidad para muchas distancias cotidianas y funciona. Uno se sube, pedalea, avanza y aprovecha la infraestructura de ciclorrutas que tiene la ciudad. No es perfecta, pero hay.

Mientras el automóvil permanece atrapado en un embotellamiento, la bicicleta sigue su camino. Mientras el conductor busca parqueadero, el ciclista busca dónde asegurarla. Mientras el motor consume combustible, las piernas hacen el trabajo. Y hay una ventaja adicional: la bicicleta no necesita demostrarle a nadie que uno triunfó.

Quizás se trata de vivir con menos y no se trata de declarar la guerra al automóvil porque hay viajes, cargas, distancias y circunstancias en las que sigue siendo necesario. Se trata de dejar de considerarlo indispensable.

Quizás el verdadero lujo contemporáneo no sea tener un auto nuevo, sino recuperar tiempo. Tiempo para caminar. Para pedalear. Para respirar. Para mirar la ciudad sin hacerlo a través de un parabrisas.

Durante años creímos que progresar significaba tener más cosas. Quizás ahora debamos descubrir que vivir mejor también puede significar necesitar menos. La bicicleta urbana representa justamente eso: sencillez, eficiencia y libertad. A diferencia del auto, no promete prestigio, ni promete comodidad absoluta. Solo promete algo bastante más valioso en una ciudad congestionada: moverse.

Así que quizá ha llegado el momento de comprarle al automóvil una buena piyama, cubrirlo con cariño y utilizarlo solamente cuando sea indispensable. Después de todo, tanto él como nosotros hemos trabajado bastante. Y, en Bogotá, permanecer estacionado ya sabemos hacerlo perfectamente.

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