Hay un momento, probablemente entre los tres y los cinco años, en el que el ser humano descubre una verdad peligrosa: si tiene ruedas, puede ir más rápido.
Hasta ese instante caminamos. Después corremos. Y cuando aparece una bicicleta, se acabó la tranquilidad familiar. El niño aprende a pedalear y, en cuestión de minutos, la casa deja de ser un hogar y se convierte en una pista de pruebas. La madre grita “¡despacio!”, el padre grita “¡cuidado!” y el niño, naturalmente, acelera.
No hay mucha ciencia detrás. Dos piernas pequeñas, un par de pedales, una relación de transmisión bastante miserable y un sistema de frenos cuya eficacia depende de que alguien haya recordado ajustarlo. Pero alcanza para descubrir la velocidad y, sobre todo, para descubrir que la velocidad produce placer.
Después llega la adolescencia y el asunto se pone interesante. La bicicleta ya parece demasiado lenta. Aparecen los monopatines, las patinetas, los patinetes eléctricos, las bicicletas eléctricas y, finalmente, esa criatura maravillosa llamada motocicleta, y ahí ya no hay que pedalear.
El motor se encarga de todo mientras el cerebro adolescente, todavía en proceso de instalación, intenta administrar la situación.
La ciencia tiene algunas malas noticias al respecto. Durante la adolescencia se desarrollan y reorganizan sistemas cerebrales relacionados con la recompensa, la novedad y la toma de decisiones. Y la presencia de amigos puede aumentar la propensión a asumir riesgos. Es decir, si un adolescente está solo puede hacer una estupidez, si hay otros tres adolescentes mirando, puede hacer una estupidez considerablemente mayor.
Y no, no es un fenómeno exclusivamente masculino. Aunque los hombres jóvenes aparecen con mayor frecuencia en las estadísticas de muertes viales, las mujeres también descubrieron hace rato que un acelerador puede producir una relación sentimental bastante intensa.
Las dulces niñas que jugaban con muñecas crecen, algunas se convierten en excelentes conductoras, otras descubren el placer de hundir el pie derecho hasta el fondo. Así que la especie humana, en ese sentido, es bastante democrática.
Después llega el automóvil y ocurre algo todavía más interesante: la sensación de vulnerabilidad desaparece. En una bicicleta sabemos que estamos expuestos. En una motocicleta sabemos, al menos teóricamente, que una caída puede convertir nuestro cuerpo en un argumento médico, pero dentro de un automóvil estamos rodeados de acero, vidrio, airbags, cinturones, controles electrónicos, sensores, cámaras y asistentes que nos avisan hasta si estamos respirando demasiado cerca del volante. Y entonces nosotros, agradecidos, aceleramos.
La Organización Mundial de la Salud estima que aproximadamente 1,16 millones de personas mueren cada año en siniestros viales. Las lesiones de tránsito continúan siendo la principal causa de muerte entre niños y jóvenes de 5 a 29 años. Más de la mitad de las víctimas mortales son peatones, ciclistas y motociclistas: precisamente quienes tienen menos carrocería entre el cuerpo y la desgracia.
Y existe un detalle particularmente incómodo: la velocidad. La OMS calcula que cada incremento del 1% en la velocidad media se relaciona con un aumento aproximado del 4% en el riesgo de un choque mortal. Y para un peatón atropellado, pasar de 50 a 65 kilómetros por hora multiplica aproximadamente por 4,5 el riesgo de morir. Pero seguimos pensando que 15 kilómetros por hora no son nada, “Voy apenas un poquito más rápido.” Entonces nos encontramos con que la física no conoce el concepto de “apenas”.
Pero uno siempre cree que esas estadísticas les ocurren a otros. El otro es el idiota que adelanta, el que va demasiado rápido, el que cruza el semáforo en rojo, el motociclista que aparece por el retrovisor a 140. Nosotros simplemente tenemos prisa y aquí la diferencia semántica es importante.
Después están los aficionados al todoterreno. Esas personas que compran una camioneta cuyo precio podría financiar una pequeña vivienda y luego gastan otra fortuna en suspensiones, neumáticos, bloqueos de diferencial y modificaciones para introducirla voluntariamente en un barrizal donde una mula con veinte años de experiencia laboral miraría el camino y diría: “Por ahí no paso”.
La finalidad es demostrar que el vehículo puede hacerlo, y cuando finalmente lo consigue, todos celebran aunque después viene la grúa, en ocasiones también la ambulancia, o la aseguradora, que es una forma moderna de funeraria financiera, si es que se tomo un seguro.
Lo verdaderamente preocupante es que esa cultura del riesgo no siempre queda confinada a la pista, la montaña o el barro, la llevamos a la calle. Salimos con la moto, arrancamos el automóvil y empieza la carrera contra el reloj.
Hay que llegar…Hay que llegar ya…Hay que llegar antes.
¿Antes de quién? Nadie lo sabe, pero hay que llegar. Ah, y la locura aumenta cuando te enfrentas a un tracón, ahí llega la gota que derrama el vaso. Entonces adelantamos, aceleramos, nos pegamos al vehículo de adelante, cambiamos de carril, calculamos distancias con una precisión quirúrgica y confiamos en una mezcla de experiencia, reflejos, suerte y algún santo de preferencia.
La OMS tiene una expresión mucho más aburrida y bastante más sensata: Sistema Seguro. La idea parte de una premisa brutalmente realista: los seres humanos cometemos errores y el sistema vial debe estar diseñado para que esos errores no necesariamente terminen en una muerte.
Nosotros, en cambio, seguimos apostando por la teoría de que nunca nos equivocamos, hasta que lo hacemos y, cuando ocurre, la velocidad cobra la factura. Porque el automóvil moderno puede tener frenos excelentes, pero no puede frenar el tiempo. Puede tener airbags, pero no puede hacer desaparecer la energía de una colisión. Puede tener radar, cámaras y asistentes, pero todavía necesita un ser humano que no decida que el semáforo en rojo es una sugerencia cromática.
Hemos desarrollado máquinas capaces de circular con una precisión extraordinaria y, al mismo tiempo, conservamos dentro de ellas a un primate con prisa que quiere llegar cinco minutos antes, que se enfurece porque otro conductor va “demasiado lento”, que acelera cuando escucha que el motor cambia de sonido, que, después de haber visto cientos de videos de accidentes, sigue pensando: “A mí no me pasa”.
Tal vez la fascinación por la velocidad no sea únicamente tecnológica, quizás sea profundamente humana. Corremos, aceleramos, saltamos más lejos, subimos montañas, porque podemos.
Compramos vehículos preparados para cruzar desiertos y los utilizamos para llevar a los niños al colegio. Y después, cuando alguien nos pregunta por qué lo hacemos, respondemos: “Porque me gusta.” Una respuesta científicamente impecable y filosóficamente desastrosa.
La velocidad nos hace sentir vivos, el problema es que a veces lo demuestra de una manera demasiado literal y por eso existe una escena que resume toda esta historia mejor que cualquier estudio científico.
Una caravana de vehículos detrás de una camioneta fúnebre. De repente, nadie adelanta.
Nadie toca bocina. Nadie zigzaguea. Nadie tiene prisa. Todos guardan distancia. Todos circulan despacio. Todos respetan la velocidad.
Es curioso que para conseguir que millones de seres humanos reduzcan la velocidad quizá no necesitamos más radares, campañas, multas ni estadísticas. Quizá bastaría con poner una carroza fúnebre adelante de cada automóvil, aunque habría un pequeño inconveniente, la carroza solo funciona una vez para cada uno de nosotros.






