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Voces que no escuchamos, realidades que desconocemos pero una secuencia que se va cumpliendo

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Suramérica, pocas regiones del planeta poseen simultáneamente tanta agua dulce, tierras agrícolas, biodiversidad, potencial energético renovable y capacidad para producir alimentos. Sin embargo, buena parte de esos activos naturales están sometidos a presiones que podrían comprometer precisamente las ventajas estratégicas que el continente necesitará durante las próximas décadas.

La humanidad está viviendo una de sus épocas más brillantes. Nunca habíamos tenido tanta tecnología, tantos avances científicos, tantos productos innovadores y tantas aplicaciones capaces de decirnos cuántos pasos damos al día, cuánto dormimos y hasta cuántas veces respiramos.

En medio de semejante despliegue de inteligencia artificial, seguimos siendo incapaces de resolver problemas tan rudimentarios como el hambre, la injusticia social, la destrucción ambiental o la creciente cantidad de personas que viven en las calles. Y los políticos en campañas o los gobiernos arrodillados al poder del mundo, prefieren destruir a sostener y limitar sistemas económicos, industriales y sociales que destrozan el único planeta que sustenta nuestra existencia. Pero no seamos pesimistas, al menos ahora podemos pedir un café desde el celular o desde el reloj en la muñeca, mientras el planeta se recalienta.

La economía moderna parece haberse convertido en una gigantesca competencia para determinar quién compra la versión más reciente de algo que ya funcionaba perfectamente. Y ahora a tiempo de mundial de fútbol lo primero que se reemplaza es la televisión, y eso que el actual solo tiene cuatro años, fue la compra del mundial anterior.

El teléfono inteligente del año pasado es ahora una reliquia arqueológica. El refrigerador, licuadoras, brilladoras, aspiradoras, escobas y traperos y una gama infinita de electrodomésticos a la basura, hay que cambiarlos por los de IA que lo hacen todo, desde decirnos que falta del mercado, hasta que ropa usar. El automóvil adquirido con sacrificio en 2022 es presentado hoy como una amenaza para la civilización porque no conversa con la nevera, no se conecta con el reloj inteligente y, peor aún, no actualiza su software mientras uno duerme. Por eso prefiero la bicicleta que ya cumple cuatro décadas y está perfecta.

Los fabricantes descubrieron hace tiempo una verdad fundamental: si los objetos duran demasiado, las utilidades se deprimen, así nació la religión contemporánea del consumo permanente. Los antiguos mandamientos fueron reemplazados por otros más modernos: «No repararás.» «No conservarás.» «No reutilizarás.» «Comprarás la nueva versión» y los fieles obedecen, para eso están las tarjetas de crédito. La nueva generación de dispositivos sale al mercado prometiendo cambiar nuestras vidas para siempre… al menos hasta la próxima temporada.

Según organismos internacionales, cerca de una quinta parte de los alimentos producidos para consumo humano termina desperdiciándose. El dato sería cómico si no fuera obsceno. Hay países donde toneladas de frutas son descartadas porque no tienen la forma adecuada para una fotografía publicitaria. La zanahoria es demasiado curva, la papa es demasiado pequeña, el tomate no salió suficientemente fotogénico y mientras tanto, millones de personas buscan qué comer en escenarios de guerra de un sadismo extraordinario, destruyendo todo, y es ¡todo!, y la naturaleza también ha sido invitada a esta fiesta del despilfarro y destrucción.

Durante décadas se talaron bosques, se contaminaron ríos, se drenaron humedales y se destruyeron ecosistemas bajo la brillante teoría de que siempre habría más y que el desarrollo lo requiere. Una lógica similar a la de quien vacía su cuenta bancaria convencido de que el cajero automático produce dinero por generación espontánea.

Ahora aparecen las sorpresas, sequías históricas, o inundaciones extraordinarias. Olas de calor cada vez más frecuentes y en consecuencia incendios forestales gigantescos. Y científicos que, con admirable paciencia, siguen explicando por cuadragésima vez que el cambio climático no es una conspiración, un invento ni una moda ideológica. Los políticos y economistas del capitalismo neo liberal desmienten, desacreditan y mantienen su idea de lo que es desarrollo. Es física, simple física, pero la física tiene un problema de mercadeo: no hace campañas publicitarias.

Un mundo en destrucción de la naturaleza y de la humanidad

Suramérica observa este espectáculo desde una posición particularmente absurda. Países como Colombia, Venezuela, Ecuador, Brasil y Argentina poseen algunas de las mayores riquezas naturales del planeta. Bosques inmensos, agua dulce, biodiversidad extraordinaria, tierras fértiles y una variedad de ecosistemas que medio mundo quisiera tener. Sin embargo, nos hemos especializado en una disciplina muy latinoamericana: destruir lentamente aquello que nos mantiene vivos.

La Amazonía, considerada uno de los principales reguladores climáticos del planeta, sigue perdiendo millones de hectáreas de selva. La avaricia por metales destruyen ríos, contaminan acuíferos, los bosques retroceden, los páramos son presionados y destruidos, porque también las ciudades se expanden sobre terrenos cada vez más vulnerables, y luego nos sorprendemos cuando faltan lluvias, sobra calor o aumentan las emergencias climáticas. Es como desmontar el techo de una casa para vender las tejas y después indignarse porque entra agua cuando llueve. Pero hay más.

Mientras el mercado produce consumidores cada vez más sofisticados, la población empieza a producir menos niños. Las tasas de natalidad caen en casi todo el hemisferio. Los jóvenes descubren que comprar vivienda es más difícil que viajar a Marte, que tener hijos cuesta una fortuna, y la estabilidad laboral parece una especie en vía de extinción. Así que millones de personas simplemente deciden no reproducirse y buscar tierras extranjeras con el sueño de un mejor vivir y crecer, con el tiempo se dan cuenta que viven una pesadilla y casi siempre no tienen la humildad del volver al terruño, hasta que los expulsan y regresan como delincuentes.

La paradoja es magnífica, el sistema económico necesita consumidores, pero las condiciones económicas reducen la cantidad de futuros “consumidores”. Un negocio brillante, digno de un premio internacional en planificación estratégica inversa. Mientras tanto, en algunas de las ciudades de Norteamérica se multiplica una imagen inquietante: calles ocupadas por personas sin hogar, atrapadas por adicciones severas, enfermedades mentales, exclusión social o desempleo crónico. Es una escena que resume buena parte de las contradicciones del siglo XXI y a la cual Europa no es ajena.

Se desarrollan algoritmos capaces de imitar conversaciones humanas, robots humanoiedes ya son populares, se diseñan y se ponen al servicio de taxis autónomos, se proyectan colonias espaciales, pero millones de personas la pasan muy mal. Quizás la civilización no tenga un problema de capacidad tecnológica, pero si uno de las prioridades.

La sociedad del desperdicio celebra cada nuevo lanzamiento comercial. La sociedad de las carencias celebra cuando logra llegar a fin de mes. La primera cambia de celular porque apareció uno más rápido. La segunda cambia la batería del viejo celular para que aguante otro año. La primera desecha comida, la segunda la raciona. La primera compra por impulso, la segunda por necesidad, ambas comparten exactamente el mismo planeta que comienza a enviar señales cada vez menos sutiles de agotamiento.

Tal vez el verdadero símbolo de nuestra época no sea la IA, sino montañas de un gran basurero humano y de cosas, porque nunca habíamos acumulado tanta riqueza material y, al mismo tiempo, tanta basura física, ambiental, social y humana. También somos desechables.

La pregunta es sencilla: ¿Hasta cuándo podremos seguir llamando progreso a un modelo que produce más desperdicios que bienestar, más ansiedad que tranquilidad y más consumidores que ciudadanos? La respuesta probablemente llegará y, como suele ocurrir con la naturaleza, llegará sin necesidad de actualizar el software, porque el hardware está pasando problemas serios.

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