
Homenaje a un artesano que restauró muebles durante más de medio siglo y encontró en la bicicleta una compañera inseparable de camino.
Recién falleció un querido amigo: Oliverio Rodríguez. Campesino de origen, nacido aquí, en Cundinamarca, encontró con el paso de los años en la madera y la pintura un camino que le permitió construir una vida digna y productiva. Su trabajo era, sencillamente, una obra de arte.
Tomaba muebles viejos, deteriorados y, muchas veces, completamente desbaratados, para devolverles la vida. Los dejaba mejor que nuevos. Era, en el verdadero sentido de la palabra, un artista de la restauración.
Comenzó como ayudante en una gran fábrica de muebles, de todos los estilos y usos, en aquellos tiempos en que el sello Hecho en Colombia era sinónimo de calidad, buen gusto, maderas finas y del trabajo de artesanos que elaboraban cada pieza con dedicación y amor. Aquellos muebles terminaban exhibidos en las vitrinas de grandes almacenes y en los puntos de venta de las fábricas que tanto orgullo le dieron al país.
Con la desaparición de muchas de esas empresas, golpeadas por la apertura económica, la importación de materiales y la llegada masiva de muebles terminados, Oliverio decidió abrir su propio taller.
Nunca quiso un gran local. Prefería un espacio suficiente para dedicar a cada mueble el tiempo necesario. Su prioridad nunca fue producir en serie, sino entregar un trabajo impecable. Por eso sus clientes permanecieron a su lado durante décadas.
No solo restauró muebles para familias que querían conservar el legado de sus padres y abuelos. También trabajó para oficinas, empresas multinacionales y entidades de diferentes ciudades del país. Su taller ganó prestigio y, conforme crecían los encargos, llegaron los ayudantes. Primero fueron algunos sobrinos, quienes aprendieron el oficio y hoy varios de ellos continúan aplicando las enseñanzas del maestro en el arte de la restauración.
Sin proponérselo, convirtió su taller en una pequeña escuela donde, además de aprender, los estudiantes recibían un salario. La exigencia por la calidad era innegociable y no había manera de esquivarla. Si un trabajo no alcanzaba el nivel esperado, él mismo lo hacía de nuevo.
Nunca fue un jefe regañón. Era, más bien, un maestro artesano que comprendía que la práctica, la paciencia, la dedicación y la honradez eran los verdaderos pilares del oficio.
A los 93 años partió de este mundo, pero dejó un enorme legado de conocimientos. Entre ellos, una pasión muy especial: la bicicleta.

Desde muy joven, cuando trabajaba como ayudante en Fabrex, su medio de transporte fue la bicicleta. Y cuando emprendió su propio camino, la siguió utilizando durante muchos años. Eran épocas en las que miles de obreros, en todo el país, se distinguían por movilizarse en bicicleta. Era parte de su identidad.
Muchas empresas facilitaban a sus trabajadores la compra del «caballito de acero», casi siempre negro y completamente equipado para la ciudad: parrilla para transportar paquetes, sistema de iluminación con dinamo, inflador, herramientas básicas, timbre y, en algunos casos, hasta un impermeable con el logotipo de la empresa. Algunas bicicletas eran importadas; otras eran Monark, fabricadas en Colombia.
Con el paso del tiempo descubrió, casi sin proponérselo, que la bicicleta también era el mejor ejercicio para aliviar el estrés del trabajo y llegar más rápido a casa. Eran tiempos en que Bogotá todavía no tenía ciclorrutas y estaba lejos del caos vehicular que hoy caracteriza a una ciudad en permanente construcción.
Además de la bicicleta, Oliverio deja innumerables historias. Nació en julio de 1932 y fue testigo de algunos de los capítulos más intensos de la historia del país: la violencia política, la dictadura de Rojas Pinilla, el Frente Nacional, la apertura económica, los tratados de libre comercio, el conflicto armado, el narcotráfico y la violencia de los años noventa. También alcanzó a cruzar la frontera entre dos siglos y ver comenzar el XXI.

Siempre fue un hombre trabajador y generoso. En su casa nunca faltó un plato adicional para quien llegara de visita, ya fuera un familiar, un amigo o un conocido. En algunas ocasiones se convirtió en el hogar de sobrinos, hijos y sus familias, siempre fue un puerto seguro, de allí salían a sus casas o apartamentos propios. Era como una bendición para retomar el camino en circunstancias complejas.
Jamás negó un favor. Aunque tenía secretos propios del oficio, nunca los escondió de quienes realmente querían aprender. Conservó toda su vida esa forma tan característica de muchos campesinos cundinamarqueses: amable, generoso y sencillo. Pero también era serio cuando se trataba de negocios y del cumplimiento de la palabra. Así como él respondía, esperaba que los demás hicieran lo mismo.
Orden, disciplina, exigencia, generosidad y tiempo para su familia y sus amigos definieron su manera de vivir.
Hoy emprendió el viaje hacia la vida eterna, para quienes creemos en ella. Otros tendrán una mirada distinta. Pero para Oliverio el camino siempre conducía a Dios y a la Virgen María. No deja de ser simbólico que hubiera nacido precisamente el día de la Virgen del Carmen.
A mí me deja una bicicleta, grandes enseñanzas, el afecto de su familia y varios muebles que alguna vez restauró y que, después de tantos años, siguen intactos. Esa es la mejor prueba de lo que significa un trabajo hecho con excelencia.
Solo queda decirle gracias. Gracias por todo y gracias por la bicicleta. Ahora no sé si conservarla exactamente como está o darle una restauración, pero sin perder el estilo y la esencia que la hacen única. La seguiré usando para que el recuerdo de este artesano, digno heredero del trabajo de San José, continúe rodando por las calles. Algún día también tendré que heredársela a alguien más.
Porque las bicicletas, igual que los buenos maestros, nunca dejan de recorrer caminos.






