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Robots humanoides: el futuro ya llegó… y quién sabe para qué

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Actualmente, la industria de la robótica humanoide está atrayendo enormes cantidades de inversión, ya que grandes empresas, como Tesla, BYD y Amazon, están desarrollando máquinas bípedas capaces de realizar tareas que normalmente llevan a cabo las personas. (BBC News)

La noticia parece salida de una película de ciencia ficción, aunque esta vez no hubo que esperar al estreno. Según informaciones de medios internacionales, Unitree Robotics, uno de los mayores fabricantes mundiales de robots humanoides, debutó en la Bolsa de Shanghái y sus acciones cerraron la primera jornada con una subida superior al 460 %. Si la cifra se confirma, los inversionistas parecen haber entendido algo antes que muchos de nosotros: el futuro no viene caminando hacia la humanidad; ya está entrando por la puerta y camina sobre dos piernas

Los robots dejaron hace rato de ser personajes de películas. Están en las fábricas, los laboratorios, los cultivos, los hospitales, los sistemas de vigilancia ambiental y hasta en nuestras casas. Solo que la mayoría no tiene cara, brazos ni apariencia humana. Son brazos mecánicos, máquinas autónomas, aspiradoras que recorren la sala como pequeños animales domésticos o vehículos capaces de estacionarse solos mientras el conductor mira sorprendido cómo la máquina hace aquello que antes exigía cierta habilidad.

La diferencia ahora es que queremos que las máquinas se parezcan a nosotros, y ahí empieza el verdadero asunto.

Los robots humanoides de Unitree una opción Made In China para el mundo

Un robot humanoide puede cargar objetos, desplazarse por espacios diseñados para personas, realizar labores peligrosas, asistir en determinados procesos médicos, trabajar en laboratorios o acompañar a personas mayores. En sociedades donde la población envejece y donde cada vez hay menos tiempo para cuidar a los demás, la máquina aparece como una solución aparentemente perfecta.

Una sociedad con millones de dispositivos para comunicarnos, pero con cada vez menos tiempo para conversar, podría terminar inventando un robot que escuche pacientemente durante ocho horas, yY no se cansará, tampoco reclamará, ni dirá: “Eso ya me lo contaste”.

Pero el ser humano, además de práctico, es bastante peculiar. Si puede convertir una herramienta en negocio, lo hará. Y si puede convertirla en objeto de deseo, también. No tardaremos demasiado en descubrir que los robots humanoides tendrán aplicaciones que la ingeniería jamás puso en sus primeros planos. Digamos, para mantener cierta elegancia periodística, que el mercado del entretenimiento para adultos ya tiene puesta la mirada en ellos.

La humanidad lleva siglos inventando cosas extraordinarias y encontrando inmediatamente una manera bastante extraña de utilizarlas, pero el verdadero problema está en otra parte. Los mismos robots capaces de cuidar ancianos, asistir médicos o trabajar en ambientes contaminados pueden ser programados para intervenir en conflictos armados. Máquinas que no sienten miedo, cansancio ni compasión podrían convertirse en soldados perfectos para quienes entienden la guerra como un tablero de ajedrez.

La diferencia es que las piezas ya no serían seres humanos. Eso, presentado adecuadamente, podría incluso venderse como una buena noticia: los soldados dejarían de ser carne de cañón. El problema es que una máquina que no tiene miedo tampoco tiene conciencia del miedo ajeno. Recibe una orden y la ejecuta. No pregunta por qué. No negocia. No se arrepiente.

El viejo sueño militar de tener un combatiente que obedezca absolutamente podría estar encontrando su forma definitiva, y mientras unos construyen robots para salvar vidas, otros probablemente estarán pensando cómo hacerlos más eficientes para quitarlas.

El mercado mundial ofrecen muchas opciones para considerar, desde vigilancia, manufactura o compañía para humanos

La tecnología, entonces, vuelve a colocarnos frente al mismo espejo. No existe una maldad intrínseca en una máquina. Tampoco una bondad. El robot no nace generoso ni perverso. Hace aquello para lo que fue diseñado y programado. El problema, como casi siempre, está detrás de la máquina: en quién decide para qué sirve, quién controla sus capacidades y quién se queda con los beneficios.

Por eso las llamadas tierras raras, los minerales estratégicos, los semiconductores y los componentes electrónicos han adquirido una importancia geopolítica gigantesca. La nueva carrera tecnológica no consiste solamente en fabricar el robot más inteligente, rápido o parecido a un humano. También consiste en controlar las materias primas, las cadenas industriales y el conocimiento necesario para producirlo. En otras palabras: detrás del simpático robot que camina, baila o levanta una caja puede existir una disputa bastante menos simpática por el control de industrias enteras.

Y el cine, por supuesto, ya nos había advertido. Desde máquinas bondadosas que quieren aprender a ser humanas hasta ejércitos mecánicos empeñados en destruirnos, la ficción lleva décadas contando nuestras propias angustias. Curiosamente, cuando imaginamos robots inteligentes, casi siempre terminamos hablando de nosotros mismos.

Queremos máquinas que tengan nuestras virtudes, pero también les atribuimos nuestros defectos. Les damos inteligencia artificial y después nos preocupamos porque puedan comportarse como nosotros, tal vez deberíamos preocuparnos exactamente por lo contrario.

Porque el riesgo no está únicamente en que las máquinas lleguen a pensar como humanos. Está en que los humanos terminemos comportándonos como máquinas: obedeciendo órdenes, repitiendo instrucciones, trabajando sin descanso y aceptando que nuestra única función sea producir.

La historia de la explotación humana tampoco terminó con la abolición formal de la esclavitud. Cambiaron las formas, los mecanismos y las palabras. En buena parte del mundo contemporáneo todavía existen trabajadores convertidos en piezas reemplazables de enormes sistemas económicos.

Las opciones están en la medida de las ambiciones humanas. Simples robots que perfectamente pueden constituir ejércitos sin alma y de eficiencia espantosa

Ahora aparece la posibilidad de una nueva generación de trabajadores que, literalmente, no duerme, no come, no protesta y puede ser reemplazada por otra máquina cuando quede obsoleta. Paradójicamente, el robot podría terminar siendo el trabajador perfecto mientras el ser humano se pregunta qué trabajo queda para él. Ese es quizá el interrogante más importante de toda esta revolución.

Porque detrás del entusiasmo de las bolsas, de los empresarios y de quienes anuncian un mundo maravilloso lleno de máquinas inteligentes, existe una pregunta mucho más sencilla: ¿para qué queremos robots?

Si sirven para explorar lugares donde un humano moriría, atender determinadas tareas médicas, trabajar en ambientes tóxicos, ayudar a personas con discapacidad, colaborar en investigaciones científicas o facilitar la vida cotidiana, bienvenida sea la tecnología.

Si ayudan a cuidar a nuestros mayores porque nosotros no tuvimos tiempo para hacerlo, convendría, eso sí, preguntarnos qué clase de sociedad estamos construyendo. Y si finalmente terminan convertidos en soldados, esclavos industriales o juguetes de lujo para quienes puedan pagarlos, habrá que admitir que las máquinas no hicieron nada malo, simplemente aprendieron de nosotros.

Por eso, en BiciUrba tenemos una propuesta bastante más modesta para la nueva generación de robots humanoides. Que nos acompañen a montar bicicleta. Que aprendan a disfrutar del viento, de una ciudad que todavía puede recorrerse sin gasolina, del esfuerzo de subir una pendiente y de esa curiosa sensación que produce llegar cansado pero satisfecho.

Que, por una vez, una máquina nos ayude a recuperar algo que ninguna inteligencia artificial puede fabricar por nosotros: el placer de sentirnos vivos. Porque mientras los poderosos se disputan los minerales, los chips, los mercados y el control del futuro, quizá los humanos deberíamos conservar al menos una pequeña parcela de autonomía.

La de pedalear y decidir hacia dónde vamos. Eso sí: esperemos que el robot no termine pedaleando por nosotros, porque ahí sí habremos llegado demasiado lejos.

El cine nos trae muchas versiones de los robots y los humanos, en el fondo solo cuentan nuestras propias historias llenas de virtudes y de vicios, de bondad y maldad. Las tecnologías no son buenas ni malas peerse, todo depende de quién está detrás de ellas.

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