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Tener una bicicleta de alta gama no sirve de mucho si nadie sabe mantenerla ni sabe hacia dónde quiere llevarla

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Dos continentes súper ricos en recursos naturales y aún así, hay que ver sus realidades sociales. medioambientales y culturales

Todos soñamos con la súper máquina, para disfrutar la vida, pero si esa maquinota son América Latina y África, que tienen algo más que una historia de conquistas, independencias y guerras; tienen una paradoja que debería incomodarnos: son algunos de los territorios más ricos del planeta en recursos naturales y, al mismo tiempo, concentran enormes desigualdades sociales, económicas y ambientales.

América del Sur posee minerales estratégicos, petróleo, gas, agua dulce, enormes extensiones agrícolas y una diversidad biológica extraordinaria. Sus pisos térmicos permiten producir desde papa hasta café, cacao, frutas tropicales y una interminable lista de especies vegetales. Y antes de la llegada europea ya existían sociedades capaces de desarrollar conocimientos sofisticados de astronomía, matemáticas, agricultura, arquitectura e ingeniería hidráulica.

No eran sociedades esperando a que alguien llegara a enseñarles a construir el mundo. Algo parecido ocurrió en África, continente de extraordinaria riqueza mineral, agrícola y biológica, donde florecieron civilizaciones, rutas comerciales, centros urbanos y sistemas políticos mucho antes de la expansión colonial europea.

Después vino la historia que conocemos. Los imperios cambiaron de nombre, de bandera y de método. España y Portugal dieron paso, en distintas épocas, a la influencia británica, francesa, estadounidense y, más recientemente, a una disputa global en la que también aparecen China, Rusia y otras potencias. Niall Ferguson, al estudiar el Imperio británico, muestra cómo comercio, tecnología, finanzas, migraciones, guerra e instituciones se combinaron para construir una maquinaria imperial de alcance mundial.

Ricos en incontables recursos naturales

Orlando Figes, desde la historia rusa, recuerda otra característica de los grandes poderes: los imperios no solamente conquistan territorios; construyen relatos, identidades y justificaciones históricas para explicar por qué tienen derecho a ejercer su poder. Y ahí aparece una palabra incómoda para América Latina: dependencia.

Germán Colmenares estudió cómo la economía colonial colombiana se organizó alrededor del trabajo, la tierra y la extracción de riqueza. David Bushnell, por su parte, mostró que la construcción de la Colombia moderna fue un proceso mucho más complejo que la simple ruptura con España: hubo formación del Estado, conflictos políticos, transformaciones económicas y nuevas relaciones con el mundo exterior.

Aníbal Quijano llevó la discusión a otro terreno con su concepto de “colonialidad del poder”: la idea de que algunas estructuras creadas durante el colonialismo pueden sobrevivir después de que desaparece formalmente el dominio colonial. Es decir, puede terminar el imperio, pero no necesariamente terminan todas las relaciones económicas, sociales y culturales construidas durante él.

La historia, entonces, no necesariamente se repite. Pero sí puede conservar ciertas mañas. Hoy América Latina vuelve a vivir una disputa por sus recursos estratégicos. Litio, cobre, petróleo, gas, tierras agrícolas, agua, biodiversidad y minerales críticos son piezas de una nueva geopolítica. Las potencias ya no necesitan necesariamente izar su bandera en un territorio para tener influencia sobre él. Pueden hacerlo mediante inversiones, comercio, aranceles, tecnología, deuda, cadenas de suministro, acuerdos militares o presión diplomática.

Estados Unidos continúa siendo una potencia decisiva en el hemisferio, pero el escenario ya no es el de hace cincuenta años. China compra materias primas e invierte en infraestructura; Europa busca minerales y energía; Estados Unidos protege sus intereses estratégicos; y los propios gobiernos latinoamericanos intentan negociar, con mayor o menor éxito, entre esas fuerzas mundiales.

Explotaci´on minera, desde lo más tecnológico, hasta la minería ilícita que acaba con todos los recursos, especialmente el agua

Colombia tampoco está fuera de ese tablero. Somos un país rico en biodiversidad, agua, carbón, petróleo, oro, tierras agrícolas y posición geográfica. Pero la riqueza del territorio no se transforma automáticamente en bienestar. Bushnell advertía precisamente sobre la complejidad de una Colombia que, pese a sus enormes posibilidades, ha tenido que construir su Estado entre guerras, desigualdades, conflictos políticos y dificultades económicas.

Y aquí aparece una pregunta que BiciUrba considera inevitable: ¿de qué sirve tener una tierra extraordinariamente rica si sus habitantes no pueden vivir dignamente en ella y si para extraer esa riqueza terminamos destruyendo los ecosistemas que la producen?

Porque el asunto ya no es solamente económico. Una mina puede producir toneladas de mineral. Un bosque puede almacenar carbono, regular el agua, proteger los suelos y albergar miles de especies. Un río puede generar electricidad, alimentar cultivos y sostener ciudades. Una selva puede ser mucho más valiosa viva que convertida en madera, ganado o monocultivo.

Durante siglos hemos medido la riqueza por lo que podemos sacar del territorio, quizá ha llegado el momento de medirla también por lo que somos capaces de conservar.

Los imperios pasan. Roma pasó. España pasó. Gran Bretaña pasó. La Unión Soviética desapareció. Las grandes potencias actuales también cambiarán algún día, pero los territorios quedan. Quedan sus montañas, sus ríos, sus ciudades, sus culturas y, sobre todo, sus pueblos. Y queda una pregunta que debería acompañar cada decisión económica y política: ¿quién termina beneficiándose de la riqueza de un territorio y quién termina pagando la factura de su explotación?

Ser un país rico en recursos no garantiza un pueblo rico. La verdadera riqueza quizá consista en algo mucho más sencillo y mucho más difícil: tener la capacidad de decidir qué hacer con lo que se tiene, para que la riqueza del territorio no termine perteneciendo siempre a alguien más. Igual con la bici que costo millones de pesos y sigue guardada recibiendo el olvido, o en la realidad alguien más la usa a su gusto ya que el dueño ni siquiera tiene idea de la súper máquina que se supone, esta archivada y dizque para usarla más tarde.

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