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Pedalear para ganarle terreno al mal vivir

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Mente sana en cuerpo sano a través de una bicicleta, una cancha, un parque, una biblioteca, una escuela, una ciclorruta… y, sobre todo, una ciudad que los quiera vivos, sanos y participando en ella.

Hay jóvenes que necesitan muchas cosas para construir un proyecto de vida: educación, oportunidades laborales, espacios seguros, una familia que acompañe y una ciudad que no los abandone. Pero hay algo que suele quedar relegado a un segundo plano y que puede cumplir una función mucho más importante de lo que imaginamos: el deporte.

No se trata de convertir a cada muchacho en atleta olímpico ni de pensar que una bicicleta puede resolver los problemas de una sociedad atravesada por la violencia. Se trata de algo más sencillo: ofrecer alternativas.

La Organización Mundial de la Salud advierte que la adolescencia es una etapa determinante para establecer hábitos que pueden proteger la salud o aumentar riesgos futuros. Y los números ayudan a entender la dimensión del problema: uno de cada siete adolescentes entre 10 y 19 años vive con algún trastorno mental. Depresión, ansiedad y problemas de conducta están entre las principales causas de enfermedad y discapacidad en esa etapa de la vida.

En ese escenario, el deporte puede ser mucho más que sudar una camiseta.

La Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito, UNODC, lleva años trabajando precisamente sobre esta idea. Su programa Line Up, Live Up utiliza actividades deportivas combinadas con formación en habilidades para la vida: manejo de las emociones, resistencia a la presión de los pares, comunicación, toma de decisiones y comportamientos prosociales. La conclusión es importante: el deporte, acompañado de una intervención adecuada, puede convertirse en una herramienta para fortalecer la resistencia de los jóvenes frente a la violencia, el delito y el consumo de drogas.

Porque una cancha, un parque, una pista o una ciclorruta pueden hacer algo que muchas veces no consigue la ciudad: juntar a jóvenes en un espacio donde las reglas están claras y donde ganar no significa necesariamente derrotar al otro.

Hay que correr, pedalear, respetar turnos, aceptar que alguien puede ser mejor, aprender a perder y volver a intentarlo. Parece poca cosa, pero ahí aparecen algunas de las habilidades que después sirven para la vida.

La OMS reconoce que la actividad física regular beneficia tanto la salud física como la mental. En adultos ayuda a prevenir y controlar enfermedades cardiovasculares, diabetes y otros problemas crónicos, y también reduce síntomas de depresión y ansiedad. En niños y adolescentes favorece el desarrollo motor y cognitivo, la integración social y el bienestar.

La bicicleta puede ser una herramienta de prevención, pero también una puerta de entrada a una vida más activa, disciplinada y social

Y aquí aparece una palabra que puede resultar incómoda, pero necesaria: rutina.

Una persona que intenta salir de una conducta adictiva necesita recuperar, entre otras cosas, estructura, disciplina y actividades alternativas. El ejercicio puede ayudar a construir esa rutina y convertirse en una fuente saludable de satisfacción. Pero hay que decirlo claramente: el deporte no reemplaza un tratamiento profesional para una adicción. Puede ser un componente complementario dentro de una estrategia integral, no una receta milagrosa.

Lo mismo ocurre con las pantallas. Pasar muchas horas frente al celular, los videojuegos o las redes sociales no significa automáticamente tener una adicción. Pero determinadas conductas pueden convertirse en problemáticas y, en el caso del juego de apuestas, llegar a un trastorno reconocido clínicamente. Por eso resulta mucho más sensato hablar de equilibrio, hábitos y prevención que declarar una guerra contra el teléfono.

El cuerpo, además, tiene su propia farmacia.

La actividad física modifica numerosos procesos fisiológicos relacionados con el estado de ánimo, el estrés y el funcionamiento cerebral. Puede contribuir a mejorar el sueño, reducir la ansiedad y favorecer el bienestar. La evidencia científica respalda estos beneficios, aunque conviene desconfiar de las explicaciones demasiado fáciles sobre “dopamina, serotonina y endorfinas” como si tres sustancias fueran suficientes para explicar todo lo que ocurre en el cerebro. La biología humana es bastante más complicada que una publicidad de bebida energética.

Y hablando de publicidad, también hay una lección que BiciUrba debería repetir hasta que alguien la escuche: hacer deporte no significa consumir productos para deportistas.

No todo ciclista necesita bebidas energéticas, suplementos de proteínas, estimulantes, geles o una colección de polvos de colores. Para la mayoría de las personas que realizan actividad física recreativa o se desplazan diariamente en bicicleta, una alimentación adecuada, hidratación suficiente, descanso y una actividad progresiva son mucho más importantes.

La bicicleta urbana, además, tiene una particularidad: obliga a estar despierto.

El ciclista cotidiano no necesita ser un atleta de competencia, pero sí necesita tener buena condición física y, sobre todo, atención. Circular entre automóviles, buses, motos, peatones, semáforos, cruces, huecos, alcantarillas y otros ciclistas exige reflejos, capacidad de anticipación y decisiones rápidas.

Por eso montar bicicleta también puede convertirse en una escuela de comportamiento urbano. El semáforo se respeta aunque no venga nadie. El peatón tiene prioridad cuando corresponde. No se adelanta de manera irresponsable. No se circula mirando el teléfono. No se convierte la ciclorruta en una pista de carreras. Y si otro ciclista comete una imprudencia, la respuesta no tiene que ser una batalla campal sobre dos ruedas.

Claro que siempre habrá algún díscolo dispuesto a desafiar al mundo, a la ciudad, a la física y, de paso, a los demás usuarios de la vía. Algunos maduran. Otros terminan aprendiendo de la manera más costosa: después de un accidente.

“A los jóvenes no basta con decirles de qué deben alejarse. También tenemos que ofrecerles hacia dónde pueden ir.”

Pero ahí está precisamente el valor del deporte bien orientado: enseñar que existen límites.

La OMS recomienda para los adultos entre 18 y 64 años al menos 150 minutos semanales de actividad física moderada, o 75 minutos de actividad vigorosa, además de ejercicios de fortalecimiento muscular. No hace falta convertirse en atleta para obtener beneficios. Esa quizá sea una de las mejores enseñanzas que puede ofrecer el deporte: no siempre más es mejor.

Hay deportistas de alto rendimiento, deportistas recreativos, ciclistas urbanos y también quienes salen el domingo a dar una vuelta. Cada uno tiene necesidades diferentes. El problema aparece cuando confundimos actividad saludable con obsesión, entrenamiento con exceso o bienestar con competencia permanente.

La juventud necesita espacios donde pueda pertenecer sin tener que demostrar violencia, dinero, poder o superioridad. Necesita lugares donde pueda construir amistades, adquirir responsabilidades y descubrir que el cuerpo también puede ser una fuente de bienestar.

Una bicicleta no va a resolver por sí sola la delincuencia juvenil. Una cancha tampoco. Pero una ciudad que ofrece deporte, educación, cultura, parques, ciclorrutas y espacios públicos seguros está haciendo algo fundamental: está ampliando las opciones de vida de sus jóvenes.

Y eso no es poca cosa, porque prevenir la violencia no consiste únicamente en perseguir al que ya cometió un delito. También consiste en construir las condiciones para que muchos jóvenes tengan razones, oportunidades y espacios para no llegar hasta allí.

Tal vez por eso pedalear sea algo más que desplazarse. A veces es simplemente ir de un lugar a otro, y otras veces, sin que nos demos cuenta, puede ser una manera de aprender a llegar a otra parte de la vida.

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