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Las mil y una excusas para no usar la bicicleta diariamente

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“Bueno… mañana sí saco la bicicleta”.

Hay personas que tienen una bicicleta guardada en el apartamento, en el garaje, en el bicicletero, o en el cuarto de los chécheres. Está ahí, perfectamente inflada, esperando que algún día su propietario decida utilizarla para algo más que colgarle una chaqueta.

La bicicleta, paciente como pocas cosas en la vida, lleva meses escuchando las mismas explicaciones: “Es que queda muy lejos”, “es peligroso”, “hace mucho frío”, “seguro llueve”, “me voy a sudar”, “hay demasiadas subidas”, “las ciclorrutas están llenas”, “me pueden robar la bicicleta” o, la más honesta de todas: “Me da pereza”.

En Bogotá tenemos una ventaja extraordinaria: prácticamente contamos con un catálogo completo de excusas para no pedalear.

La primera es la pereza. Esa sí no necesita estudios científicos ni estadísticas. Es una negociación interna entre el cerebro y las piernas que generalmente termina con el cerebro diciendo: “Mejor cojamos el carro”. Y las piernas, agradecidas, vuelven al sofá.

Después aparece el miedo. Y aquí hay que reconocer que no todo es imaginación. Circular en una ciudad con millones de desplazamientos diarios implica riesgos. El ciclista comparte espacio con buses, camiones, motocicletas, automóviles y conductores que parecen considerar la bicicleta una especie de obstáculo móvil.

Pero una cosa es tener miedo y otra convertirlo en una excusa permanente. La solución no consiste en lanzarse a las calles como si uno fuera invulnerable, sino en aprender a circular: luces, casco, señalización, prudencia, rutas adecuadas, atención permanente y respeto por las normas. La bicicleta no elimina el riesgo; la educación ayuda a reducirlo.

Luego viene la lluvia. En Bogotá basta con que aparezca una nube oscura para que algunos ciclistas urbanos entren en estado de emergencia. “Hoy no puedo, está lloviendo”. Ciertamente no siempre es cómoda, desde luego, pero también se puede aprender a convivir con ella. Un buen impermeable, protección para las pertenencias, luces y una planificación razonable hacen una diferencia enorme. Y si el aguacero parece diluvio universal, quizá lo sensato sea esperar unos minutos.

Está también el famoso argumento del sudor. “¿Y cómo llego a trabajar todo sudado?” Pues depende de cómo se use la bicicleta. Pedalear con tranquilidad, utilizar cambios adecuados, salir con suficiente tiempo y aprender a regular el esfuerzo permiten llegar bastante más presentable de lo que muchos imaginan. Además, siempre queda la posibilidad de una ducha. Sí, esa maravillosa invención humana que, según parece, todavía funciona.

Otra excusa frecuente es la distancia. Para algunos bogotanos, recorrer cinco kilómetros en bicicleta parece una expedición al Amazonas. Pero esos mismos cinco kilómetros pueden convertirse en cuarenta minutos dentro de un automóvil atrapado en un trancón. Y aquí aparece una de las grandes paradojas de la movilidad urbana: muchas veces no necesitamos recorrer grandes distancias; necesitamos dejar de perder tanto tiempo recorriéndolas.

También están las montañas. Bogotá tiene pendientes, claro. Pero la bicicleta tiene cambios. No están ahí como decoración tecnológica para presumir en la ciclovía dominical. Sirven precisamente para subir con menos esfuerzo. Y si una subida es demasiado dura, siempre existe la posibilidad de bajarse y caminar unos metros. Nadie ha establecido que el ciclista urbano pierda su ciudadanía por hacerlo.

Otra explicación: “Las ciclorrutas están congestionadas”. Es cierto que algunos corredores tienen una alta demanda y que compartir espacio exige paciencia. Pero tampoco podemos pedirle a la bicicleta que resuelva sola los problemas de una ciudad diseñada durante décadas alrededor del automóvil.

La solución pasa por mejorar la infraestructura, conectar corredores, mantenerlos, iluminarlos y hacerlos seguros. Y también por aprender a convivir. Una ciclorruta no es una pista privada para demostrar quién pedalea más rápido o una arena de circo para hacer piruetas.

Después aparece el argumento del robo, puede desaparecer en pocos minutos si se deja mal asegurada, así que utilizar buenos sistemas de seguridad, registrar la bicicleta, evitar lugares de alto riesgo y no convertir una máquina sencilla en un objeto innecesariamente atractivo para los amigos de lo ajeno. Entre más humilde mejor!

Y queda la excusa definitiva: “Yo necesito el carro”, pero la bici también ofrece soluciones como sidecars o remolques pequeños. No se trata de convertir la bicicleta en sustituto universal de todos los vehículos. Hay desplazamientos para los cuales el automóvil parece más una costumbre que una necesidad, mientras tanto la bicicleta seguirá esperando, lista, silenciosa. y paciente.

Quizá lo único que necesita es que un día abramos la puerta, montemos y descubramos que muchas veces el viaje era bastante más sencillo de lo que habíamos imaginado.

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