Inicio Noticias Ciudad Sostenible El fin de semana: ese pequeño lujo llamado tiempo

El fin de semana: ese pequeño lujo llamado tiempo

28
0
Tan esperado por todos, y dua menos queun suspiro: fin de semana

Llega el fin de semana y, con él, esa sensación de que por fin el mundo debería bajar un poco la velocidad. Es una ilusión bastante extendida, aunque no siempre se cumple. Para algunos, el sábado y el domingo representan descanso; para otros, una oportunidad para poner la casa en orden, llenar la despensa, hacer compras, resolver pendientes y, si queda algo de energía, salir el sábado por la noche. Porque descansar, en estos tiempos, también parece requerir cierta planificación.

Hay quienes se lanzan a la noche con entusiasmo y terminan en rumbas de resultado impredecible. La noche empieza con un inocente “vamos un rato” y puede terminar cuando ya canta el primer pájaro, generalmente sin que nadie sepa muy bien qué ocurrió entre una cosa y otra. Otros prefieren una estrategia bastante más conservadora: quedarse en casa, preparar algo sencillo, elegir una película y acostarse temprano. No hay nada heroico en ello, salvo el intento, cada vez más difícil, de recuperar esas horas de sueño que la semana laboral se encargó de cobrar con intereses.

Porque la semana moderna no parece tener siete días. Tiene seis de trabajo y uno de remordimiento por no haber hecho todo lo que estaba pendiente.

En las ciudades intermedias y pequeñas aparece otra posibilidad: salir. Caminar, tomar una ruta secundaria, conocer un pueblo cercano, buscar un paisaje que todavía no haya sido invadido por estacionamientos, filas y fotografías tomadas desde el mismo ángulo por cientos de personas. Hay algo profundamente saludable en salir sin demasiadas pretensiones, simplemente para descubrir que a pocos kilómetros de casa todavía existen caminos, árboles, montañas, ríos y lugares donde el teléfono deja de ser el protagonista.

Para otros, el plan es más elaborado: campamento familiar o con amigos. Se prepara el equipo, se revisa la carpa, se carga la comida y, por supuesto, alguien pregunta si llevaron carbón. Después llega el asado, la conversación y esa ceremonia sencilla de mirar el cielo cuando la noche ha conseguido apagar las luces de la ciudad.

En esos momentos ocurre algo curioso: nadie parece necesitar una pantalla para entretenerse. La conversación vuelve a ocupar su lugar natural y la compañía adquiere un valor que durante la semana suele quedar sepultado debajo de las notificaciones. Una fogata, una buena charla y un cielo despejado pueden ser una forma bastante económica de recordar que todavía sabemos divertirnos sin pagar una suscripción mensual.

También están los ciclistas. Esos personajes que el sábado por la mañana aparecen completamente equipados, con casco, guantes, gafas, ropa técnica y una bicicleta que parece tener más tecnología que el automóvil de la familia. Se reúnen en grupo y parten con una determinación que, para el ciudadano común, resulta desconcertante.

“Hoy hacemos una salida tranquila”, dicen.

Dos horas después ya han recorrido una distancia que obliga a revisar el mapa para comprobar que efectivamente siguen dentro de la misma provincia. Regresan felices, cansados y con una historia completa del recorrido: la subida, el viento, el compañero que pinchó, el café del camino y, por supuesto, lo bien que se portó la bicicleta.

Para ellos, darle gusto a las piernas es también una forma de descanso.

Las grandes ciudades, entretanto, ofrecen otro menú. Hay espectáculos, conciertos, restaurantes, centros culturales, parques temáticos y una interminable oferta de actividades. Muchas son excelentes, aunque casi todas tienen algo en común: hay que pagar. Y cuando no hay que pagar entrada, probablemente haya que pagar estacionamiento, transporte, comida o alguna otra cosa que empieza pareciendo pequeña y termina convirtiéndose en una cifra respetable.

El centro comercial, que durante años fue una especie de templo del entretenimiento urbano, tampoco conserva necesariamente el mismo encanto. Para muchos se ha convertido en un recorrido conocido: vitrinas, escaleras eléctricas, patio de comidas, tráfico y nuevamente vitrinas. Algunos fines de semana, además, hay centros comerciales tan congestionados que salir de ellos parece una actividad de resistencia física. Otros, por el contrario, adquieren un aire casi fantasmagórico, como si la ciudad hubiera decidido apagar parcialmente sus luces y esperar al lunes.

Pero existe una transformación más profunda: el fin de semana dejó de ser, para millones de personas, sinónimo de descanso.

La economía digital ha creado trabajadores que pueden estar en cualquier lugar y, precisamente por eso, parecen estar en todas partes. Hay negocios que deben atenderse por redes sociales, pedidos que deben despacharse, clientes que escriben a cualquier hora y reuniones que aparecen en la pantalla con una facilidad desconcertante. La oficina puede estar a cientos de kilómetros, pero cabe perfectamente dentro de un teléfono.

Son personas que viven en y de la Red. Para ellas, desconectarse no siempre es una decisión sencilla. Hay mensajes que contestar, ventas que cerrar y asuntos que resolver. Como diría algún comerciante de barrio, con absoluta sabiduría empresarial: “Negocio es negocio, socio, y no da espera”.

Y así llegamos al viernes esperando el fin de semana como quien espera una pequeña tregua. Queremos cambiar de escenario, dormir un poco más, respirar distinto, caminar sin mirar el reloj. Pero la gran ciudad tiene sus propias reglas y muchas veces obliga a continuar con tareas menos románticas: trabajar, producir, vender, responder, resolver.

Además, hay algo que no debemos olvidar: hacer ciertas cosas personalmente cuesta tiempo; pagar para que alguien las haga cuesta dinero. Y en muchas familias urbanas ambas cosas son bienes escasos.

Por eso quizá el verdadero lujo del fin de semana no sea una cena costosa, un espectáculo multitudinario o un viaje de cientos de kilómetros. Tal vez sea simplemente disponer de unas horas sin obligaciones, salir de casa y compartirlas con alguien.

En lo posible, darle gusto a las piernas. Subirse a la bicicleta, tomar un camino distinto, alejarse un poco del ruido de la gran ciudad y pedalear sin otra urgencia que regresar antes de que oscurezca. Encontrarse con otros ciclistas, compartir una conversación, detenerse a tomar algo y comprobar que el mundo sigue ahí afuera.

Porque, al final, el fin de semana no debería ser una carrera para completar pendientes. Tampoco una competencia para demostrar cuánto podemos hacer en cuarenta y ocho horas.

Quizá debería ser algo mucho más sencillo: una pausa.

Un espacio para recordar que la vida no consiste únicamente en llegar a tiempo, responder mensajes y cumplir obligaciones. A veces también consiste en pedalear, caminar, conversar, mirar el cielo y reírse un rato, y si además la bicicleta se porta bien, mucho mejor.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí