Inicio Editorial Cuando cae la tarde…

Cuando cae la tarde…

7
0
El día termina, llega la noche y es tiempo de pensar un poco, rodando en bicicleta

Cuando llega la tarde y el sol comienza a bajar, las grandes ciudades activan su propio mecanismo de supervivencia. No importa demasiado si el día fue bueno, malo o simplemente interminable: hay que volver a casa, llegar al segundo trabajo, recoger a los hijos, estudiar, hacer compras, responder mensajes y, si queda algo de energía, recordar que también existe una vida personal.

En teoría, muchas jornadas deberían terminar a las seis de la tarde. En la práctica, a esa hora comienza otra.

Las calles se llenan de personas que corren sin que nadie haya anunciado una emergencia. Corren hacia el colectivo, hacia el metro, hacia el auto, hacia una reunión, hacia el gimnasio o hacia ese misterioso lugar llamado “casa”, donde supuestamente uno descansa. La palabra “descanso”, conviene aclararlo, pertenece cada vez más al museo de las buenas intenciones.

En las ciudades pequeñas, en cambio, existe todavía esa institución casi revolucionaria que llamamos siesta. Mientras el resto del mundo discute sobre productividad, inteligencia artificial y cómo conseguir hacer más cosas en menos tiempo, alguien sensato decidió cerrar las persianas y dormir.

Dos horas. A veces tres. No es pereza. Es una forma de civilización.

El comercio vuelve a la actividad durante la tarde y la jornada laboral retoma su curso después de ese paréntesis que parece un lujo, aunque durante mucho tiempo fue simplemente una costumbre. Algunos aprovechan para dormir. Otros hacen deporte, salen a caminar, toman mate, conversan o se dedican a esas actividades que no producen absolutamente nada, que quizá por eso mismo resultan tan saludables.

Después llega la noche.

En algunos lugares, realmente llega la noche. La jornada termina y aparece la posibilidad de salir a comer algo rico, sentarse en un lugar agradable, escuchar buena música, conversar con alguien querido y mirar alrededor como si la vida tuviera, de vez en cuando, la delicadeza de una película.

Claro que eso también tiene algo de fantasía, porque mientras unos imaginan una cena perfecta, otros salen del trabajo pensando en la tarjeta de crédito. La gastronomía de autor puede esperar; la factura de electricidad, aparentemente, no.

También están quienes se dirigen al gimnasio. Allí comienza otra batalla, esta vez contra las calorías, la gravedad y el paso del tiempo. Hay que quemar las energías que quedaron después de trabajar ocho, diez o doce horas, mientras las pantallas prometen abdominales perfectos, músculos perfectamente imperfectos y una juventud que, convenientemente, siempre parece estar a tres cuotas sin interés.

Ellas y ellos sudan frente a espejos enormes, porque incluso el esfuerzo físico necesita testigos.

Y, sin embargo, todas esas escenas —la siesta, el restaurante, el gimnasio, la carrera hacia casa, la ciudad encendiendo sus luces— pertenecen a un mundo que, por momentos, parece vivir en una burbuja. Porque en otros lugares del planeta la tarde tiene otro significado.

No se espera la hora de cenar. Se espera que no caiga una bomba. No se piensa en qué restaurante elegir. Se piensa en conseguir comida. No se discute si conviene ir al gimnasio o quedarse en casa. Se intenta encontrar un lugar donde la casa siga en pie.

Hay millones de personas para quienes el final del día no significa descanso, sino otra prueba. Sobrevivir la noche. Conseguir agua. Encontrar medicinas. Proteger a los hijos. Dormir con un oído despierto. Esperar que llegue la mañana y que ojalá traiga algo parecido a una oportunidad.

Las guerras tienen esa capacidad extraordinaria de convertir lo cotidiano en un lujo.

Y mientras tanto, quienes estamos lejos de ellas seguimos con nuestras pequeñas tragedias domésticas: el tránsito, el jefe, el precio del supermercado, el celular sin batería, la contraseña que olvidamos, el gimnasio al que prometimos ir tres veces por semana y esa reunión que pudo haber sido un correo electrónico.

Es el mundo que hemos construido. Y no precisamente ayer.

Un mundo capaz de desarrollar inteligencia artificial para escribir poemas, diagnosticar enfermedades o responder preguntas en segundos, pero que todavía no encuentra la manera de impedir que seres humanos maten a otros seres humanos por territorio, poder, religión, dinero o banderas.

La ironía alcanza su punto máximo cuando aparecen declaraciones sobre el futuro de la inteligencia artificial. Donald Trump, por ejemplo, sostuvo que frente a los riesgos de esta tecnología la protección necesaria pasa por contar con un presidente “fuerte e inteligente”, incluso haciendo énfasis en el coeficiente intelectual. La humanidad lleva siglos intentando controlar sus propios impulsos y ahora parece haber descubierto que el problema fundamental era no tener suficiente IQ en la Casa Blanca.

En fin.

Quizá por hoy sea mejor apagar los noticieros. No porque lo que ocurre no importe, sino porque también hace falta respirar. Hay días en que uno necesita desconectarse un rato del ruido del mundo para recordar que todavía existe el mundo.

Así que esta tarde prefiero la bicicleta. Salir al parque. Rodar un poco. Mirar cómo el sol se esconde detrás de los árboles y cómo la noche comienza lentamente a ocupar su lugar. Dejar que el cuerpo haga algo tan elemental como avanzar mientras la cabeza, por un rato, deja de intentar entenderlo todo.

A quienes puedan, disfruten. Una comida, una conversación, una siesta, una caminata, una canción. No hace falta convertir cada minuto en una hazaña productiva.

A quienes sobreviven cada día en medio de la guerra, el hambre y la incertidumbre: paciencia, voluntad y esperanza.

Y por las víctimas de todas las guerras, una oración.

Yo seguiré pedaleando, quizá porque, al final, mientras unos buscan conquistar el mundo, otros apenas intentamos llegar a casa antes de que anochezca. Y, visto cómo va todo, pedalear despacio tampoco parece una mala estrategia de supervivencia.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí