
Hay una escena que se repite en muchas casas: el niño llega del colegio, deja la mochila en cualquier parte, abre el computador, enciende la tableta o agarra el celular y desaparece.
No se fue de la casa. Peor: se quedó en ella. Está en su habitación o el estudio, pero puede encontrarse simultáneamente en cualquier lugar del planeta, rodeado de personajes digitales, recompensas, desafíos, sonidos, colores y desconocidos que nadie sabe muy bien quiénes son.
—¿Ya hiciste las tareas? Silencio.
—¿Me escuchaste? —Sí.
—¿Entonces qué te dije? —Ya voy.
Ese “ya voy” puede durar unas horas.
Y aquí aparece una de las grandes paradojas de nuestro tiempo: los adultos entregamos a los niños un aparato para que se entretengan un rato, porque necesitamos trabajar, cocinar, descansar o simplemente tener cinco minutos de tranquilidad. Después descubrimos que el aparato se convirtió en el dueño de esos cinco minutos, de la tarde y, en algunos casos, de buena parte de la vida familiar.
Y entonces nos indignamos. Claro que también tenemos algo de responsabilidad.
Porque nadie le enseñó a un niño a pasar horas frente a una pantalla por arte de magia. En algún momento alguien le entregó el dispositivo, permitió la conexión y dijo aquello de “solo un ratico”. El problema es que en el mundo digital los “raticos” tienen una extraña capacidad para convertirse en tardes completas.
Los videojuegos no son malos por definición. Tampoco lo es la tecnología. El problema aparece cuando el entretenimiento digital desplaza el sueño, el estudio, el ejercicio, la conversación familiar, el juego presencial y las relaciones con otros niños.
Ahí comienzan las dificultades. Algunos menores muestran irritabilidad cuando deben desconectarse, tienen problemas para aceptar límites, pierden interés por otras actividades y pueden terminar aislándose. Los juegos en línea agregan otra preocupación: el contacto con personas desconocidas y la posibilidad de compartir información personal sin comprender realmente sus consecuencias.
Plataformas como Roblox hacen parte de ese nuevo universo digital. No son simplemente un videojuego tradicional, sino espacios donde los usuarios encuentran múltiples experiencias, recompensas e interacción social. Y ahí los padres tienen una tarea que no admite delegación completa en la tecnología: acompañar, supervisar y poner límites.
Pero hay una pregunta más incómoda: ¿Qué hacemos después de apagar la pantalla? Porque decirle a un niño “deja el celular” y luego mandarlo a su habitación a mirar el techo tampoco parece una estrategia particularmente brillante. Tal vez la solución esté mucho más cerca y sea bastante más antigua. La bicicleta.
Esa bicicleta que compramos con tanta ilusión cuando nuestros hijos eran pequeños. La primera, con rueditas. Después, sin rueditas. Luego una más grande. Y finalmente una con cambios, luces, parrilla y, si el presupuesto alcanza, todos esos accesorios que aparentemente convierten al niño en explorador para rodar por el mundo con su bici.
Y después hacemos algo extraordinario: la dejamos guardada. Así termina colgada en una pared, detrás de unas cajas, debajo de una escalera, en el garaje o en el bicicletero. Mientras tanto, el automóvil sale algunos fines de semana porque “es más cómodo” y el niño sigue frente a la pantalla, bien del auto o la del celular. Tal vez el problema no sea solamente que los niños abandonaron la bicicleta, tal vez los adultos también la abandonamos.

Nos acostumbramos a llevarlos y recogerlos en automóvil, a comprarles bicicletas y a olvidarnos de que una bicicleta tiene una característica extraordinaria: funciona mucho mejor cuando alguien se sube en ella. y, lo hace mejor cuando se sube toda la familia. Una salida familiar en bicicleta no necesita grandes preparativos. No requiere pagar una mensualidad, reservar una cancha ni contratar un entrenador, tampoco exige convertir el domingo en una competencia de resistencia.
Puede ser algo tan sencillo como salir una hora. Padre, madre, hijos, abuelos. Pedalear despacio, conversar, detenerse parar a tomar agua y esperar al que va más lento. Reírse cuando alguien se equivoca de camino, ayudar al pequeño a subir una pendiente y regresar a casa.
Parece poca cosa, pero no lo es porque en esas pequeñas acciones el niño aprende a convivir, a que no siempre se gana, que hay que esperar, que existen normas, que otros también tienen derecho a circular, que hay que respetar al peatón y que la prudencia no es cobardía.Aprende también que sus padres no son solamente quienes pagan la conexión a internet, son sus compañeros y eso puede ser mucho más importante que cualquier recompensa digital.
La bicicleta además tiene una virtud que las pantallas todavía no han logrado copiar: obliga al cuerpo a participar. Hay que pedalear, mantener el equilibrio, mirar hacia adelante, escuchar, calcular distancias y tomar decisiones. El cerebro trabaja, pero también trabajan las piernas. Y entre una cosa y otra aparece algo que hemos ido perdiendo: el contacto con el mundo real.

No se trata de demonizar ni de declarar la guerra a los videojuegos. Se trata de recuperar el equilibrio.
- Que haya tecnología, sí, pero también parque.
- Que haya videojuegos, sí, pero también bicicleta.
- Que haya amigos digitales, pero que existan amigos de carne y hueso.
- Que haya pantallas, pero que no desaparezcan las conversaciones alrededor de la mesa.
- Y, sobre todo, que los padres no se queden mirando desde la ventana mientras los hijos pedalean.
Subámonos a la bicicleta, quizá descubramos algo curioso: la bicicleta que compramos para que nuestros hijos aprendieran a crecer también puede servirnos a nosotros para recordar cómo se juega, cómo se conversa y cómo se comparte el tiempo. La pantalla nos promete mundos infinitos sin movernos de la silla, la bicicleta hace exactamente lo contrario: nos mueve para descubrir el mundo que ya tenemos.
Y quizás ese sea el mejor videojuego de todos: una familia pedaleando junta, sin controles, sin contraseñas y sin necesidad de darle “me gusta” a nadie. Además se logra que la ciudad preste atención a los parques y promueva ciclorrutas familiares para lograr un mejor vivir urbano para todos.





