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La inteligencia artificial también puede arruinar el mercado con estrategías ya conocidas

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La inteligencia artificial, como tantas herramientas humanas, puede contribuir al bienestar o utilizarse para hacer daño. Por eso importan tanto la responsabilidad de quienes la desarrollan, la ética de quienes la utilizan y el criterio de quienes reciben sus mensajes.

Hay días en que uno quisiera desconectarse de internet, de las noticias, apagar el celular y salir a caminar o montar bicicleta para recuperar el contacto con el mundo real. No es mala idea. Sobre todo cuando descubrimos que, mientras discutimos con una aplicación porque no reconoce nuestra contraseña, alguien podría estar utilizando la tecnología para convertir los refrigeradores de un supermercado en hornos capaces de arruinar gran cantidad de alimentos.

Eso es, en esencia, lo que ocurrió en Francia, donde cientos de supermercados fueron afectados por un ciberataque contra los sistemas informáticos que regulan la temperatura de sus equipos de refrigeración. Los atacantes habrían manipulado el software para elevar las temperaturas durante la noche, en algunos casos hasta los 50 °C, comprometiendo alimentos frescos y congelados y provocando pérdidas millonarias.

Los congeladores suelen realizar ciclos nocturnos de descongelación, una operación normal y controlada. Pero una cosa es que el equipo descanse de la escarcha y otra muy distinta que alguien decida convertirlo en una sucursal del desierto del Sahara o pasar de neveras a hornos.

La Fiscalía de París abrió una investigación por un ataque informático de gran escala contra sistemas de refrigeración de importantes cadenas comerciales. Las autoridades calificaron el incidente como extremadamente grave y sin precedentes. Y no es para menos: cuando alguien puede manipular a distancia los equipos que conservan los alimentos, el problema deja de ser exclusivamente informático. Se convierte en una amenaza para el abastecimiento, la economía y la seguridad alimentaria.

El supermercado conectado, pero indefenso

Durante años nos vendieron las maravillas de la conectividad: electrodomésticos inteligentes, edificios automatizados, ciudades digitales y máquinas capaces de comunicarse entre sí. Todo muy moderno, eficiente y conveniente, hasta que alguien encuentra la puerta equivocada y decide entrar sin invitación.

Ahora, además de preguntarnos si el pescado está fresco, tendremos que confiar en que el sistema informático que mantiene frío el mostrador no haya recibido instrucciones de cocinarlo.

La paradoja es evidente. Hemos construido sistemas cada vez más dependientes de internet para facilitar tareas cotidianas, pero no siempre dedicamos la misma energía a protegerlos. La eficiencia avanza a toda velocidad; la seguridad, en ocasiones, pedalea con una llanta desinflada.

Y el asunto puede ser más complejo.

Según publicación de DW, investigadores de Anthropic han advertido sobre los riesgos potenciales de programas maliciosos basados en inteligencia artificial que podrían propagarse entre dispositivos conectados, adaptándose a diferentes sistemas y aprovechando vulnerabilidades. La idea recuerda a los conocidos gusanos informáticos, capaces de copiarse de un equipo a otro, pero con una diferencia inquietante: la IA podría ayudar a automatizar tareas de adaptación y resolución de problemas que antes exigían mayor intervención humana.

Imaginemos una red de electrodomésticos, cámaras, sensores y equipos industriales comprometidos, capaces de comunicarse y contribuir a la propagación de un programa malicioso. Cuantos más dispositivos vulnerables existan, mayor podría ser el alcance del problema. Y si la amenaza logra operar de manera descentralizada, contenerla podría resultar mucho más difícil.

Por supuesto, conviene separar las advertencias tecnológicas de los hechos comprobados. No se ha establecido que el ataque francés utilizara gusanos de inteligencia artificial. El incidente demuestra los riesgos de manipular sistemas de control conectados, pero no permite atribuirle automáticamente las capacidades más avanzadas que se investigan en el campo de la IA.

La diferencia importa. El periodismo responsable no necesita convertir cada refrigerador averiado en el comienzo de una película de ciencia ficción. La realidad ya ofrece suficientes motivos para preocuparse.

La tecnología debería servir para acercarnos, aliviar dificultades, despertar curiosidad y ayudarnos a comprender mejor el mundo; nunca para sembrar odio, fabricar sufrimiento o convertirnos en instrumentos de agresión.

La tecnología necesita frenos, no solamente aceleradores

Las recomendaciones de ciberseguridad son conocidas: actualizar los equipos, corregir vulnerabilidades, restringir los accesos remotos y desactivar las conexiones a internet que no sean necesarias. También hacen falta controles independientes, planes de contingencia y procedimientos para intervenir manualmente cuando los sistemas automáticos fallen o sean atacados.

Porque no basta con instalar el último programa disponible y cruzar los dedos. Una empresa que depende de sistemas digitales para conservar toneladas de alimentos necesita saber qué hará si esos sistemas dejan de obedecer.

La discusión también nos obliga a pensar en nuestra dependencia tecnológica. Si una falla informática puede comprometer una cadena de frío, ¿qué podría ocurrir cuando los sistemas conectados administren redes eléctricas, agua potable, transporte o centros de distribución de medicamentos?

La inteligencia artificial puede ayudar a detectar amenazas, mejorar procesos y ahorrar recursos. Pero también puede facilitar actividades maliciosas. El desafío no consiste en demonizarla ni en aplaudirla como si fuera una divinidad recién llegada, sino en desarrollar controles proporcionales a su capacidad de causar daños.

Mientras tanto, los consumidores podemos hacer algo más sencillo: valorar las tecnologías útiles sin entregarles una confianza ilimitada. No todo necesita estar conectado, no todo requiere una aplicación y no toda novedad representa un progreso. Hay máquinas que trabajan mejor con buenos controles y personas que viven mejor cuando no tienen que consultar una pantalla para resolver cada pequeño asunto.

Quizás por eso convenga recordar que todavía existen soluciones bastante elementales para algunos de nuestros problemas cotidianos. Para recorrer la ciudad, hacer ejercicio, ahorrar combustible y despejar la cabeza no necesitamos una red neuronal instalada en el manubrio ni una aplicación que nos autorice a respirar.

A veces basta con revisar los frenos, inflar las llantas y salir a pedalear. Eso sí, antes de regresar a casa, conviene comprobar que el refrigerador siga funcionando. Porque una cosa es disfrutar de la libertad sobre dos ruedas y otra muy distinta descubrir que la cena también decidió independizarse de la cadena de frío.

Que la tecnología nos facilite la vida, no que termine cocinándonos los alimentos, enfriándonos las ideas y calentándonos la cabeza. O que en casa se arme un ejercito de electrodomésticos hackeados y amenazantes que impliquen también el automotor de la familia.

Por ahora, que nunca falten caminos por recorrer ni buenas historias sobre dos ruedas, construidos entre amigos, un buen café y paisajes urbanos o rurales para observar y sentirnos conectados con la naturaleza y con los pedales de la bici…

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