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La tiranía de la inmediatez y el placer de recuperar nuestro tiempo

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Menos afán, más humanidad y muchos más caminos por disfrutar.

Vivimos apurados. Queremos que todo esté a la mano, funcione bajo cualquier circunstancia, nunca se detenga y, de ser posible, responda antes de que terminemos de formular la pregunta. Y no estamos hablando de un vehículo, sino de nuestra vida cotidiana, convertida en una carrera de velocidad donde parece que perder un segundo fuera una catástrofe.

Los aparatos que nos rodean deben ser cada vez más rápidos, eficientes y obedientes. Nosotros, mientras tanto, corremos detrás de ellos, como si pudiéramos ganarle al tiempo. Una batalla inútil: el tiempo sigue su camino, indiferente a nuestros afanes, mientras nosotros acumulamos pendientes, mensajes y una curiosa sensación de que nunca hacemos suficiente.

El celular es el rey de esta fiesta. Nos acompaña al trabajo, a la mesa, a la cama y hasta de vacaciones. Si estamos en otro país, podemos hablar con la familia, consultar las noticias de nuestra ciudad y enterarnos de lo que ocurre al otro lado del planeta. Una maravilla tecnológica, sin duda. El problema comienza cuando, estando lejos, seguimos viviendo exactamente donde estábamos.

Nos llevamos el mundo en el bolsillo, pero dejamos de mirar el que tenemos delante.

La naturaleza también habita en las ciudades: un árbol que florece, un pájaro que busca alimento, una nube que cambia el paisaje o una plaza donde alguien conversa sin mirar el reloj. Sin embargo, vamos tan ocupados que apenas registramos esas pequeñas maravillas. Si algo llama nuestra atención, levantamos el celular, disparamos una fotografía y seguimos de largo. Después tendremos pruebas de que estuvimos allí, aunque no necesariamente recuerdos de haberlo disfrutado.

Como aquellos viajes relámpago por Europa, con diez ciudades en quince días y cientos de fotografías. París, Roma, Madrid, Bruselas, Berlin, Londres… pasan ante nuestros ojos como diapositivas. Cumplimos el itinerario, compramos recuerdos y regresamos agotados. Estuvimos en muchos lugares, pero ¿cuánto tiempo dedicamos a sentirlos, conversar con sus habitantes o sentarnos tranquilamente a tomar un café? Solo cruzamos, no vivimos o experimentamos.

La vida urbana reproduce ese mismo frenesí desde que despertamos hasta que intentamos dormir. El trabajo, el tráfico, las obligaciones, las pantallas y las notificaciones se disputan nuestra atención. Y cuando por fin tenemos un momento libre, muchas veces lo llenamos con más ruido. Descansar parece haberse convertido en otra tarea pendiente.

La tecnología, además, nos ha vuelto dependientes de un pequeño aparato que concentra buena parte de nuestra existencia. Allí están las cuentas bancarias, los medios de pago, el correo, los periódicos, el entretenimiento y las comunicaciones laborales y familiares. Si falla, aparece la angustia. Si estamos de viaje, el problema puede ser mayor: conseguir un reemplazo cuesta dinero y tiempo, precisamente esos recursos que creíamos ahorrar gracias a la tecnología.

Entonces corremos al centro comercial para resolver de inmediato el desastre. No vaya a ser que pasemos unas horas sin conexión y descubramos que el mundo sigue funcionando.

Desconectarse no significa renunciar a los avances tecnológicos ni regresar a las cavernas. Significa recuperar la capacidad de elegir cuándo conectarnos y cuándo prestar atención a la vida que sucede alrededor. Caminar sin auriculares, conversar sin interrupciones, observar un paisaje o tomar una bebida sin consultar cada tres minutos la pantalla son placeres sencillos que no requieren suscripción mensual.

Y aquí aparece nuestra querida bicicleta.

También hay dos maneras de pedalear. Una consiste en subirse a una bicicleta y correr como locos, al buen estilo de la estática de un gym, mirar una pantalla, perseguir cifras, mantener una cadencia y terminar exhausto, convencido de que cada gota de sudor debe traducirse en un indicador de rendimiento. Es una opción válida para quien la disfruta, pero no es la única forma de moverse ni de cuidar la salud.

La otra consiste en salir a la ciudad, tomar una ciclorruta, descubrir una calle arbolada o recorrer el campo sin convertir cada salida en una competencia. Pedalear porque estamos vivos, porque las piernas responden y porque todavía podemos descubrir algo nuevo a la vuelta de una esquina. Detenernos a tomar un café, compartir una charla, conocer a otros ciclistas o simplemente contemplar el paisaje.

En esa bicicleta, el tiempo recupera otra dimensión. Si hay que regresar, regresamos; si podemos prolongar el recorrido, lo hacemos. No necesitamos batir un récord ni publicar la ruta en las redes para demostrar que existimos. El premio está en el camino, en la conversación y en la libertad de avanzar al ritmo que nuestro cuerpo permite.

Quizá el verdadero lujo contemporáneo no sea tener el teléfono más moderno, la conexión más veloz o la agenda más ocupada. Quizá consista en disponer de tiempo para uno mismo, para la familia, los amigos y esas experiencias que no caben en una pantalla.

La conexión permanente promete acercarnos a todo, pero también puede alejarnos de lo esencial. Desconectarnos un rato nos devuelve el silencio, la curiosidad y la posibilidad de mirar a los demás sin pensar en la siguiente notificación.

En BiciUrba lo tenemos claro: una bicicleta no necesita wifi para llevarnos a lugares extraordinarios, ni una aplicación para enseñarnos el valor de una buena conversación.

La bicicleta número uno es la de los robots: corre, mide, registra y obedece. La bicicleta número dos es la de los humanos: rueda, descubre, comparte y disfruta. Y entre vivir acelerados para llegar a ninguna parte y pedalear sin afán para disfrutar el camino, todavía podemos elegir. Afortunadamente, para esa decisión no necesitamos actualizar ninguna aplicación ni cambiar de celular.

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