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Bogotá: cuando llueve, el agua nos pasa la cuenta

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Una ciudad limpia y amable no se consigue únicamente con grandes obras. También se construye con pequeños actos de respeto

Las inundaciones no son solamente un problema de alcantarillas. También reflejan nuestros hábitos, la falta de civismo y esa curiosa costumbre de creer que la ciudad es responsabilidad de los demás.

Bogotá y sus municipios vecinos volvieron a experimentar, en los últimos días, la fuerza de las lluvias y las granizadas. El pasado 14 de octubre, los aguaceros provocaron inundaciones en Soacha, afectaciones en la Autopista Sur y serias dificultades para la movilidad. La naturaleza hizo lo suyo, pero también dejó al descubierto problemas que llevamos años acumulando. Literalmente.

Porque cuando las calles se convierten en ríos, los sumideros se taponan y los residuos aparecen flotando donde deberían circular las aguas lluvias, conviene hacerse una pregunta incómoda: ¿cuánto de esta situación tiene que ver con nuestra propia conducta?

Bogotá ha conocido campañas memorables de cultura ciudadana. Durante la alcaldía de Virgilio Barco Vargas, en los preparativos para la visita del papa Pablo VI en 1968, se impulsaron acciones de recuperación y embellecimiento urbano. Décadas después, Antanas Mockus llevó la pedagogía ciudadana a las calles, con mensajes y estrategias que buscaban enseñarnos algo elemental: convivir también requiere aprender a comportarse.

Parece que algunas lecciones necesitan repetirse, ojalá sin necesidad de convocar otra visita papal.

El agua siempre encuentra su camino

La Sabana de Bogotá fue un territorio de lagunas, humedales, ríos y corrientes que descendían de las montañas. Buena parte de ese paisaje fue transformado por la urbanización, las vías y las construcciones. Hoy vemos ladrillo, concreto y asfalto, y a veces olvidamos que debajo de esa ciudad persiste una geografía que no desapareció por decreto.

Cuando llegan precipitaciones intensas, el agua busca por dónde avanzar. Si encuentra sumideros obstruidos por bolsas, botellas, empaques y otros desperdicios, el problema se agrava. La lluvia no necesita leer un manual de urbanismo: simplemente sigue la pendiente y ocupa el espacio disponible.

Por supuesto, las inundaciones también dependen de la intensidad de las precipitaciones, la capacidad de los drenajes, la ocupación de zonas inundables y el mantenimiento de la infraestructura. No todo se explica por la basura. Pero arrojar residuos a la calle es una manera bastante eficaz de empeorar una situación que ya puede ser compleja.

Y ahí aparece nuestro talento para la contradicción: exigimos calles limpias mientras dejamos basura en las aceras; pedimos parques agradables, pero los tratamos como si fueran extensiones del basurero; reclamamos soluciones a las autoridades y, al mismo tiempo, ponemos obstáculos a quienes deben resolver los problemas.

La espuma de la vergüenza

En Bosa y sectores de Soacha, las inundaciones recientes volvieron a mostrar acumulaciones de espuma asociadas con aguas contaminadas. Detrás de esas imágenes hay una mezcla preocupante de residuos, materia orgánica y sustancias provenientes de actividades domésticas, comerciales e industriales.

Los detergentes y otros productos de limpieza, cuando llegan sin tratamiento adecuado a las corrientes de agua, pueden contribuir a deteriorar los ecosistemas acuáticos. Basta mirar la degradación histórica del río Bogotá y su recorrido hacia el Salto del Tequendama para comprender que la contaminación no desaparece porque dejemos de verla.

La espuma puede llamar la atención de las cámaras, pero el problema es mucho más profundo: consumimos, ensuciamos y descargamos residuos como si los ríos tuvieran una capacidad infinita para recibirlos.

Después, cuando el agua contaminada invade una calle o un barrio, nos sorprendemos. ¡Qué misterio! Parece que todavía no entendemos que todo lo que arrojamos a nuestro entorno termina afectando a alguien, en algún lugar.

Una ciudad no se construye solamente con cemento

Es justo reconocer la importancia de invertir en vías, ciclorrutas, colegios, parques y redes de servicios públicos. La infraestructura es necesaria, y su mantenimiento también. Las administraciones tienen responsabilidades concretas en la prevención de inundaciones, la gestión de residuos y la protección de los humedales.

Pero ninguna alcaldía puede instalar un policía detrás de cada ciudadano para impedir que arroje una envoltura al suelo.

La cultura ciudadana también se demuestra al respetar las normas de tránsito, no colarse en TransMilenio, evitar maniobras irresponsables en motocicleta, separar correctamente los residuos y no dejar regueros cuando se revisan los contenedores para recuperar materiales reciclables.

No se trata de señalar a un grupo particular. Se trata de entender que cada persona tiene una cuota de responsabilidad y que las buenas prácticas deben acompañarse de condiciones dignas de trabajo, infraestructura adecuada y servicios eficientes.

Mientras esperamos que termine la temporada de lluvias o que llegue el tiempo seco asociado con El Niño, deberíamos aprovechar para revisar nuestras costumbres. El clima no negocia con nuestra indiferencia. Y el agua, menos.

El civismo también tiene dos ruedas

La ciudad necesita obras, sí, pero también ciudadanos que las cuiden. Personas capaces de entender que el espacio público no es tierra de nadie, sino un lugar compartido que todos tenemos la obligación de respetar.

En ese propósito, la bicicleta urbana puede ser una gran maestra. Quien pedalea aprende que debe estar atento a los demás, respetar las señales, cuidar su vehículo, evitar riesgos innecesarios y compartir la vía con peatones, motociclistas y conductores.

Por supuesto, montar en bicicleta no convierte automáticamente a nadie en un buen ciudadano. También hay ciclistas imprudentes y quienes olvidan que las normas son para todos. La diferencia está en cómo usamos ese medio de transporte y en la responsabilidad que asumimos al hacerlo.
La lección empieza en casa, continúa en la acera y se demuestra todos los días.

El buen uso de la bicicleta demuestra que eres un buen ciudadano cuando pedaleas con prudencia, respetas a los demás y cuidas el espacio que compartimos. Y esa misma actitud debe acompañarnos al caminar, conducir, reciclar o sacar la basura.

Porque una ciudad limpia y amable no se consigue únicamente con grandes obras. También se construye con pequeños actos de respeto.

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