
Érase una vez, en un lugar no tan lejano y en un tiempo que se parecía demasiado al nuestro, una enorme sala donde se reunían los reyes, emperadores, príncipes y consejeros de todos los reinos de la Tierra.
La llamaban la Gran Asamblea de los Reinos.
Había sido creada muchos años atrás con una noble intención: evitar que los habitantes de un reino mataran a los habitantes de otro y encontrar, mediante palabras, acuerdos que permitieran vivir en paz.
Pero con el paso de los años, las grietas entre los reinos se hicieron profundas, hasta convertirse en verdaderos abismos.
El Gran Secretario tomó entonces la palabra.
—Mis queridos reyes y emperadores —dijo—, el mundo está lleno de peligros. Las guerras se multiplican, las leyes que deberían protegernos no siempre se cumplen y hasta las máquinas que hemos inventado comienzan a preocuparnos. Debemos recordar que los robots asesinos no tienen lugar en nuestro futuro.
Los monarcas escucharon.
Algunos asentían. Otros miraban sus teléfonos. Y alguno, escondido detrás de una enorme corona, seguramente pensaba cuánto costaría fabricar un robot que obedeciera únicamente sus órdenes.
El Secretario también pidió que el Gran Consejo fuera más representativo y transparente.
Hubo aplausos.
Hubo caras serias.
Y, como casi siempre ocurría allí, después de los aplausos cada rey regresó a defender exactamente lo mismo que defendía antes de escuchar al Secretario.
Entonces habló uno de los grandes emperadores.
Recordó que la Asamblea se había alejado de sus propósitos originales y que muchas de sus resoluciones terminaban olvidadas en algún viejo archivo.
Después habló de unas islas lejanas.
—Son nuestras —afirmó.
Un viejo imperio, que durante mucho tiempo había gobernado aquellos territorios, decía exactamente lo contrario.
—¡Devuélvanlas! —exigió el emperador—. Son una causa nacional.
Y los habitantes de aquellas islas, que seguramente tenían sus propias preocupaciones, quedaron otra vez atrapados entre mapas, banderas, discursos y recuerdos de antiguos imperios.
Desde otro de los reinos más grandes llegó una voz igualmente firme.
Su gobernante criticó a la Asamblea por no haber conseguido detener varias guerras y denunció la intervención de poderes extranjeros en su región.
Pero también habló de algo mucho más sencillo: comida para los hambrientos, oportunidades para los pobres y un planeta donde la desigualdad no fuera una condena.
Recordó los grandes Objetivos de Desarrollo Sostenible.
Por unos minutos pareció que todos estaban de acuerdo.
Solo por unos minutos.
Más tarde apareció una antigua consejera de un pequeño reyezuelo. Había cambiado de trono y ahora administraba otro reino.
La mujer reconoció la fuerza del Gran Emperador y aseguró que, bajo su sombra, su pueblo tendría una vida mejor.
—¿Y cómo será esa vida mejor? —preguntó alguien desde el fondo.
La mujer guardó silencio.
Tal vez todavía no lo sabía.
Mientras tanto, en otra parte del mundo, viejos emperadores y sus cortes preparaban soldados y armas para proteger instalaciones que producían la energía de sus reinos.
Decían que todo aquello era exclusivamente defensivo.
—Debemos ser poderosos para que nadie se atreva a amenazarnos —repetían.
El problema era que, al otro lado de la frontera, alguien decía exactamente lo mismo.
Y así, cada reino acumulaba armas para defenderse de otro reino que acumulaba armas para defenderse de él.
Finalmente habló un rey guerrero.
Aseguró que su guerra tenía una misión extraordinaria: librar a todos los reinos de la amenaza de armas terribles y destructivas.
Algunos lo aplaudieron. Otros lo condenaron. Unos hicieron alianzas. Otros las deshicieron.
Y mientras los grandes señores discutían sobre quién tenía la razón, los habitantes de los reinos seguían viviendo sus vidas.
Una madre preparaba la cena. Un campesino miraba el cielo esperando lluvia. Un niño iba a la escuela. Un anciano cerraba la puerta de su casa. Un trabajador contaba las monedas antes de regresar. Todos escuchaban las noticias y se preguntaban si aquella nueva amenaza terminaría convirtiéndose en una nueva guerra.
Porque eso era lo extraño de la Gran Asamblea. Cada año los reyes llegaban, pronunciaban largos discursos, se acusaban unos a otros, defendían sus fronteras, hacían alianzas y se reunían en pequeños grupos para hablar de sus propios intereses. Después regresaban a sus palacios y los pueblos regresaban a sus preocupaciones.
Los grandes gobernantes parecían vivir en un mundo de mapas, tratados, ejércitos, tecnologías y estrategias. Los habitantes vivían en otro: el de conseguir trabajo, alimentar a sus familias, cuidar a sus hijos, pagar las cuentas y llegar tranquilos a la noche.
Pero una mañana ocurrió algo curioso. Por una de las avenidas que comunicaban los distintos reinos comenzó a circular una larga fila de personas sobre unas máquinas extrañas y sencillas. Eran bicicletas. No llevaban coronas. No tenían ejércitos. No necesitaban discursos. Cada ciclista llevaba solamente sus piernas, sus ganas de avanzar y una bicicleta que parecía decirle: “Confía en mí. Vamos juntos.”
En el camino encontraban a otros viajeros. Algunos iban deprisa, otros despacio. Unos llevaban niños, otros alimentos. Había jóvenes, adultos y personas mayores. Y cuando se cruzaban, no necesitaban preguntarse de qué reino venían. Bastaba con respetar al otro.
Quizá por eso la bicicleta seguía siendo una de las pocas criaturas de aquel mundo que no necesitaba enemigos para existir. Era sencilla, confiable, acompañaba sin mandar y formaba un dúo extraordinario con quien la montaba.
Después de tantos discursos de emperadores y reyes, quizá había una pequeña lección escondida en aquellas ruedas: para avanzar no siempre hace falta conquistar al que viene de frente; a veces basta con compartir el camino.
Y mientras en la Gran Asamblea los poderosos seguían discutiendo sobre cómo debía ser el mundo, por las calles de los reinos los ciclistas continuaban pedaleando.
Sin coronas, sin ejércitos, sin amenazas, simplemente juntos. Porque algunas veces, para encontrar un poco de paz, no hace falta conquistar el mundo, solo hace falta aprender a recorrerlo acompañado.





