
Fundación BiciActiva compartió experiencias y aprendizajes en un encuentro internacional sobre movilidad sostenible y transformación social.
Participar en la 15.ª edición del Foro Mundial de la Bicicleta, celebrada en San Salvador, El Salvador, fue para Fundación BiciActiva una oportunidad de encontrarse con organizaciones, colectivos, instituciones y personas de distintos países que comparten una convicción: la bicicleta puede ayudar a construir ciudades más humanas, sostenibles y solidarias.
Durante cuatro días, la Universidad de El Salvador se convirtió en punto de encuentro para conversar sobre movilidad, medio ambiente, seguridad vial, inclusión y transformación comunitaria. Más que un encuentro académico, fue una oportunidad para intercambiar experiencias y reflexionar sobre lo que cada organización puede aportar desde su territorio.

El Salvador nos abrió sus puertas
El Centro Salvadoreño de Tecnología Apropiada (CESTA) tuvo un papel fundamental en la organización del encuentro, que reunió a estudiantes, organizaciones sociales, colectivos ciclistas y representantes institucionales.
Conocer los esfuerzos de El Salvador para avanzar hacia una movilidad sostenible permitió reconocer tanto las iniciativas que están surgiendo como los obstáculos que todavía deben superarse.
Un dato divulgado durante el encuentro señaló que apenas el 1 % de la comunidad universitaria de la Universidad de El Salvador utiliza la bicicleta o medios de micromovilidad para llegar al campus. La cifra invita a reflexionar: promover la bicicleta no consiste solamente en construir infraestructura. También hacen falta seguridad, rutas conectadas, estacionamientos adecuados y una cultura ciudadana respetuosa.
Porque una ciclorruta puede estar muy bien pintada, pero si cada cruce parece una prueba de supervivencia, difícilmente se convertirá en una alternativa cotidiana.

Una región que pedalea con distintas realidades
Uno de los mayores valores del foro fue escuchar experiencias de cicloviajeros, líderes sociales, colectivos e instituciones de diferentes países. Aunque cada territorio tiene sus propias dificultades, muchas preguntas son comunes: ¿cómo hacer que la bicicleta sea accesible?, ¿cómo involucrar a las comunidades?, ¿cómo sostener económicamente las iniciativas sociales?
La Fundación BiciActiva compartió la experiencia ciclistica en Bogotá y mostró cómo las organizaciones sociales pueden conectar la bicicleta con la cultura, la educación, el arte, el territorio y la participación comunitaria.
La bicicleta no es solamente un vehículo para ir al trabajo, estudiar o hacer mercado. También puede convertirse en una herramienta educativa, un medio para recuperar espacios públicos y una oportunidad para fortalecer las relaciones entre vecinos.
Reparar bicicletas, transformar vidas
Entre las experiencias más interesantes estuvieron las iniciativas que utilizan la bicicleta para impulsar la autonomía económica y la transformación social.
Algunas organizaciones reciclan bicicletas usadas, recuperan las que todavía pueden rodar y destinan parte de ellas a la venta para financiar programas comunitarios gratuitos. Otras desarrollan talleres de mecánica que enseñan a reparar bicicletas y ofrecen conocimientos que pueden convertirse en una fuente de ingresos.
Una bicicleta recuperada puede significar transporte para quien lo necesita; una habilidad adquirida puede abrir una puerta laboral, y un taller comunitario puede convertirse en un espacio de aprendizaje y solidaridad.
En tiempos de consumo acelerado, estas experiencias recuerdan el valor de reparar, reutilizar y prolongar la vida útil de las cosas. La economía de la bicicleta también puede construirse con herramientas, conocimientos y voluntad de compartir.

Bogotá también pedaleó en San Salvador
Para Fundación BiciActiva fue especialmente significativo encontrar a Bogotá representada por el Instituto Distrital de Recreación y Deporte (IDRD), que compartió la historia y evolución de la Ciclovía bogotana.
Escuchar esa experiencia fuera de Colombia produce un sentimiento particular de orgullo. La Ciclovía forma parte de la identidad de Bogotá y demuestra que las calles pueden cumplir una función diferente a la de soportar interminables filas de automóviles.
Cuando el espacio público se habilita para caminar, pedalear, jugar y encontrarse, la ciudad deja de ser únicamente un lugar de paso y se convierte en un espacio para vivir.
Pero el reconocimiento internacional también trae responsabilidades. No basta con contar la historia de una experiencia exitosa: hay que conservarla, mejorarla y garantizar que siga siendo accesible para familias, niños, jóvenes y personas mayores.
Las lecciones que deja el encuentro
Las experiencias compartidas dejan varias enseñanzas. La primera es que la movilidad sostenible requiere políticas públicas, infraestructura segura, educación vial y participación ciudadana.
La segunda es que las organizaciones sociales necesitan alianzas y recursos para mantener sus proyectos. El entusiasmo permite comenzar, pero la continuidad exige planificación y compromiso.
La tercera es que la bicicleta puede contribuir a resolver problemas que van más allá de la congestión: facilita el acceso a oportunidades, promueve hábitos saludables, reduce impactos ambientales y fortalece vínculos comunitarios.
La cuarta es que ninguna ciudad tiene todas las respuestas. Compartir experiencias, reconocer errores y aprender de otras realidades es una forma inteligente de avanzar.

El próximo encuentro comienza desde ahora
Desde Bogotá, Fundación BiciActiva quisiera extender una invitación: que nuestra ciudad pueda convertirse algún día en sede del Foro Mundial de la Bicicleta. Sería una oportunidad para recibir a organizaciones de diferentes países, recorrer nuestras calles y mostrar lo que significa la Ciclovía para varias generaciones de bogotanos.
San Salvador nos recordó que las transformaciones importantes no siempre comienzan con grandes inversiones ni discursos solemnes. A veces nacen en un taller de mecánica, una bicicleta recuperada o una conversación entre personas que comparten los mismos sueños.
Porque la bicicleta tiene esa virtud: nos permite encontrarnos antes de tener todas las respuestas. Y mientras las ciudades discuten cómo resolver sus problemas de movilidad, podemos seguir pedaleando por algo tan sencillo y tan importante como vivir mejor, compartir el espacio público y construir comunidad.
Al fin y al cabo, para cambiar una ciudad no siempre hace falta un motor más potente. A veces bastan dos ruedas, un poco de confianza y muchas personas dispuestas a pedalear juntas.





