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La contaminación acústica desaparece en el mismo instante en que dejamos de producirla

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Bogotá tardó siglos en alcanzar sus actuales dimensiones urbanas; Shenzhen realizó una transformación comparable en una sola generación.

Está omnipresente en nuestras vidas urbanas, especialmente en mi país, Colombia. Desde antes de levantarnos nos va rodeando y aumentando su volumen. Nos sigue en el barrio, en las esquinas, en el transporte público, en los comercios y centros comerciales, en los restaurantes, en los parques, no da tregua, siempre está ahí torturándonos y generando ansiedad, irritabilidad, estrés, es una verdadera molestia, pero permitimos su invasión porque nosotros mismos la generamos.

El ruido de la música estridente que al vecino le parece maravillosa, pero a los demás una tortura, es una muestra de desconsideración total, y no es una fiesta, es la supuesta compañía para iniciar la jornada.

Durante siglos la humanidad asoció el progreso con el ruido. Las fábricas, los motores, los trenes, los puertos y el tráfico eran señales de actividad económica. Hoy ocurre algo paradójico: disponemos de más tecnología que nunca para comunicarnos, pero también vivimos rodeados de una cantidad sin precedentes de estímulos sonoros. El ruido también nos llega desde pantallas, altavoces, teléfonos, notificaciones y música permanente en espacios públicos. Una ciudad verdaderamente moderna no es aquella donde hay más ruido y movimiento, sino aquella donde las personas pueden elegir cuándo participar en ellos y cuándo disfrutar de la tranquilidad.

En las grandes ciudades colombianas, el ruido se ha convertido en una de las formas de contaminación más extendidas y menos atendidas. A diferencia de la contaminación del aire o del agua, el ruido no deja residuos visibles, pero sus efectos sobre la salud física y mental pueden ser profundos y acumulativos. En nuestras grande ciudades millones de personas conviven diariamente con niveles de ruido generados por el tráfico, el transporte público, motocicletas, aviones, establecimientos comerciales, dispositivos electrónicos y es una epidemia que si deja rastro.

La Organización Mundial de la Salud considera el ruido ambiental como uno de los principales riesgos generalizados para la salud humana, la exposición prolongada a niveles superiores a 65 decibeles durante el día o a 55 decibeles durante la noche puede generar efectos negativos sobre nuestra salud en general. El ruido no solo afecta los oídos, el cerebro interpreta los sonidos intensos e inesperados como señales de alerta. Esto activa mecanismos biológicos relacionados con el estrés.

Si a esto le sumamos afectaciones como el Tinitus, el ruido nunca desaparece porque el que lo sufre escucha zumbidos, pitidos, silbidos o sonidos inexistentes en el ambiente, para algunos es una molestia leve, pero para otros puede convertirse en una condición incapacitante que altera el sueño, la concentración, el estado de ánimo y la calidad de vida. Aparece por factores como la exposición prolongada a ruidos fuertes, el uso excesivo de audífonos a alto volumen, trabajar en entornos ruidosos, el mismo tráfico urbano constante y claro, no puede faltar el envejecimiento natural del sistema auditivo.

Shenzhen una ciudad donde el bienestar humano realmente importa

Hoy algunas de las ciudades más avanzadas tecnológicamente están descubriendo que el verdadero progreso también puede medirse por la capacidad de ofrecer tranquilidad, descanso y espacios donde las personas puedan conversar sin gritar, dormir sin interrupciones y caminar sin estar sometidas a una agresión sonora constante. Allí se entiende que el silencio es una forma de bienestar colectivo tan importante como el aire limpio, los parques o el transporte eficiente.

De hecho, el tema del silencio tiene una dimensión filosófica y cultural muy interesante. Muchas civilizaciones antiguas asociaban el silencio con la reflexión, el aprendizaje y la sabiduría. En los monasterios medievales, en tradiciones orientales como el budismo y el taoísmo, se consideraba que una parte importante del desarrollo humano dependía de la capacidad de estar a solas con los propios pensamientos. Hoy en nuestros ambientes es una tarea imposible. A medida que las ciudades crecen, quizá una de las señales más claras de civilización no sea la altura de los edificios ni la velocidad de las redes digitales, sino la consideración hacia los demás en los espacios compartidos.

Desde una perspectiva cultural, Colombia ha desarrollado históricamente una relación muy cercana con el sonido. La música, las celebraciones populares, las fiestas familiares, las verbenas, los carnavales y los eventos comunitarios que forman parte esencial de la identidad nacional, manifestaciones que reflejan una cultura donde el sonido tiene un papel central en la expresión colectiva. Sin embargo, esa riqueza cultural puede generar dificultades cuando la valoración social del ruido supera la consideración por quienes buscan tranquilidad. En muchos contextos colombianos, el silencio suele interpretarse como ausencia de actividad, mientras que el volumen alto se asocia con alegría, éxito, poder o dinamismo. Esta percepción puede dificultar la construcción de normas de convivencia acústica.

China nos ofrece hoy ejemplos muy interesantes, no solo se exportan productos, también formas de vivir en grandes ciudades, donde el silencio es muy apreciado. Resulta paradójico que una megaciudad tecnológica como Shenzhen pueda llegar a ofrecer en determinados sectores una experiencia acústica más tranquila que algunos corredores urbanos de Bogotá. Reducir el ruido no significa eliminar la música, las celebraciones o la actividad económica. Significa reconocer que el bienestar colectivo depende de encontrar un equilibrio entre la expresión individual y el respeto por el descanso, la concentración y la salud de los demás.

La lección china no es únicamente tecnológica. Los vehículos eléctricos ayudan mucho, pero los resultados también provienen de una combinación de legislación estricta, monitoreo permanente, diseño urbano, sanciones efectivas y una creciente conciencia de que el silencio no es un lujo, sino un componente esencial de la salud pública. Poco a poco iremos pasando del ruido occidental que intenta demostrar su poder, al silencio oriental que tanta falta nos hace para poder vivir mejor. Y por favor baje el volumen, gracias.

La calidad de vida que también depende de los habitantes de la ciudad
de Shenzhen

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