
Cada cuatro años, Colombia entra en una intensa temporada electoral. Las calles se llenan de publicidad política, los medios de comunicación amplifican los debates y millones de ciudadanos toman posición frente a los candidatos que aspiran a gobernar el país. La democracia se activa y el debate público cobra protagonismo. Sin embargo, junto a este ejercicio legítimo de participación surge un fenómeno menos visible, pero cada vez más preocupante: los daños colaterales que las campañas políticas generan en la convivencia cotidiana.
Las elecciones presidenciales no solo enfrentan propuestas de gobierno; también terminan enfrentando a familiares, amigos, vecinos y compañeros de trabajo. Lo que comienza como una conversación sobre economía, seguridad, educación o reformas sociales puede transformarse en una confrontación emocional donde el respeto desaparece y el adversario político deja de ser una persona con opiniones distintas para convertirse en alguien a quien se desprecia o rechaza, y hasta se le desea la muerte, tan presente en nuestra historia como país..
En Colombia, este fenómeno tiene raíces históricas profundas. A diferencia de otros países donde la competencia electoral se ha desarrollado dentro de marcos relativamente estables, la política colombiana ha estado marcada durante más de un siglo por confrontaciones intensas entre proyectos ideológicos opuestos. Desde finales del siglo XIX, liberales y conservadores protagonizaron guerras civiles que dejaron miles de muertos y una profunda división social. La más devastadora fue la llamada Guerra de los Mil Días (1899-1902), un conflicto que causó enormes pérdidas humanas y económicas y que nos dio la entrada al siglo XX.
Décadas después, la búsqueda de la reforma agraria, principal motivo de la guerra, dio pauta para enfrentamientos muy dolorosos como la matanza de Las bananeras, enfrentamiento constantes y pequeños acuerdos de paz que siempre prometían la reforma, que realmente nunca ha llegado a concretarse. El asesinato de Jorge Eliécer Gaitán en 1948 desencadenó el período conocido como La Violencia que dejó cientos de miles de víctimas y desplazados. Aquella etapa consolidó una cultura política donde la diferencia ideológica era vista con frecuencia como una amenaza y no como una expresión natural de la democracia.
La lucha entre los liberales y conservadores permitió el acenso al poder del general Gustavo Rojas Pinilla, intentando cerrar el paso a los liberales y mantenerlo los conservadores. Cuando el militar no sirvió a los intereses de los políticos le quitaron el ejercicio presidencial. Aparece el Frente Nacional, una forma de no matarnos, pero también darle gusto a la rapiña sobre el erario público y la burocracia.
La segunda mitad del siglo XX agregó nuevos actores al conflicto. El surgimiento de organizaciones guerrilleras como las FARC-EP, el ELN, el Quintin Lame y otros grupos insurgentes, así como la posterior aparición de estructuras paramilitares, prolongó durante décadas una confrontación armada que tuvo motivaciones políticas, sociales y económicas. El resultado fue una de las guerras internas más largas del mundo, con millones de víctimas entre muertos, heridos, secuestrados y desplazados.
Esa historia ha dejado huellas profundas en la memoria colectiva. Para muchos colombianos, las posiciones políticas no son simples preferencias electorales; representan visiones del país asociadas a experiencias familiares, sufrimientos, temores o esperanzas acumuladas durante generaciones. Por ello, los debates políticos suelen adquirir una carga emocional mucho mayor que la discusión racional sobre programas de gobierno.
Las redes sociales han amplificado esta situación. Los algoritmos premian los mensajes más polémicos y emocionales, mientras que la desinformación, las noticias falsas y los discursos de odio circulan con rapidez. Como consecuencia, la polarización encuentra un terreno fértil para crecer y expandirse.
Las consecuencias se observan en los espacios más cercanos. Hermanos que dejan de hablarse, matrimonios sometidos a tensiones permanentes, amistades de décadas que terminan abruptamente, grupos familiares divididos y ambientes laborales enrarecidos por las diferencias políticas. Lo que debería ser un intercambio democrático de ideas se convierte con frecuencia en una disputa personal.
En algunos casos, las tensiones trascienden las palabras. Colombia ha conocido episodios de agresiones físicas, amenazas e intimidaciones motivadas por diferencias ideológicas. Aunque la mayoría de los ciudadanos rechaza la violencia, la persistencia de estos comportamientos demuestra que ciertos reflejos de intolerancia política continúan presentes en la sociedad.
La paradoja es evidente. Mientras las campañas duran unos pocos meses y los gobiernos apenas algunos años, las fracturas personales pueden permanecer durante décadas. Los candidatos pasan, las elecciones terminan y los discursos se olvidan, pero las relaciones humanas dañadas suelen tardar mucho más en recuperarse, si es que alguna vez lo hacen.
La democracia no exige que todos piensen igual. Por el contrario, su esencia radica en la coexistencia pacífica de opiniones distintas. Una sociedad madura es aquella capaz de debatir con firmeza sin destruir los vínculos que la mantienen unida. Colombia, con toda la experiencia acumulada por más de un siglo de confrontaciones políticas y violencia, tiene razones de sobra para comprender el valor de esa lección.
Quizás uno de los mayores retos de las futuras campañas presidenciales no sea únicamente elegir un nuevo gobernante, sino aprender a disentir sin odiar, discutir sin deshumanizar y participar sin romper los lazos de confianza que sostienen a las familias, las amistades y las comunidades. Porque cuando la política divide de manera irreversible a quienes deben seguir viviendo juntos, los daños colaterales terminan siendo más profundos y duraderos que cualquier resultado electoral.
Nota: si bien el objetivo de BiciUrba es otro, la realidad colombiana por estos días es preocupante, más allá de los candidatos y sus visiones, el tema es la gente, nosotros y la búsqueda permanente de una mejor manera de vivir y coexistir, por eso este llamado a la paz, la tranquilidad y al respeto mutuo.





