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Iguales ante la ley, diferentes en comportamientos en la vía que pueden ser fatales

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Bogotá tiene cientos de kilómetros de ciclorrutas y más de un millón de viajes diarios en bicicleta, pero cada año sigue perdiendo aproximadamente un ciclista por semana en sus calles.

Cuando nos referimos a los biciusuarios casi siempre es para quejarnos de sus comportamientos en la vía. Se moviliza entre los vehículos zigzagueando, no respetan semáforos, no llevan casco, ni prendas reflectivas, menos luces, en fin…y si lo observamos en las ciclorrutas, se transforma en un ciclista de carreras y no solo de velocidad, también de acrobacias, cada una más tonta que la anterior. En general se expone y expone a los demás a un accidente.

Lo interesante, es que no pasa nada ante las autoridades de tránsito, hasta que ocurre la fatalidad, y el ciclista se convierte en una estadística más. En promedio en Bogotá cerca de cuarenta ciclistas se ven involucrados en este tipo de siniestro por año, parecería bajo en comparación a lo que vemos todos los días, pero es un número significativo de personas fatalmente accidentadas.

Las normas de tránsito para ciclistas en el mundo comparten una filosofía común: la bicicleta es un vehículo y, por tanto, debe obedecer señales de tránsito, semáforos tanto vehiculares, peatonales como para ciclistas, sentidos de circulación y prioridades de paso. En casi todas partes está prohibido zigzaguear entre peatones y vehículos como si se tratara de una competencia de videojuegos, circular en contravía o atravesar un semáforo en rojo con la esperanza de que la suerte acompañe más que la prudencia, o no circular por puentes construidos para su tránsito seguro en intersecciones o cruces de vías de alto flujo vehícular.

También existe un consenso casi universal sobre algunos elementos básicos de seguridad. Luces delanteras y traseras para circular de noche y de día, reflectivos visibles y frenos en buen estado aparecen repetidamente en las legislaciones del planeta. La experiencia humana demuestra que siempre hay alguien dispuesto a considerar esos detalles como un accesorio opcional.

En buena parte de Europa, por ejemplo, la bicicleta ha alcanzado un nivel de respeto institucional que en otras regiones parece ciencia ficción. En ciudades de los Países Bajos, Dinamarca o Alemania compartimos los semáforos exclusivos para bicicletas, puentes reservados para ciclistas e incluso estacionamientos, como sucede en las estaciones de Transmilenio o Centros Comerciales. En Europa el ciclista no es visto como un aventurero urbano ni como un obstáculo rodante, sino como un usuario legítimo del sistema de transporte, en Bogotá se aprecia igual.

En muchas ciudades de Suramérica las leyes suelen ser modernas y relativamente completas, pero si bien el reglamento indica una cosa, el comportamiento de algunos conductores otra y el de ciertos ciclistas una tercera completamente distinta. El resultado es una convivencia complicada donde todos reclaman derechos y pocos recuerdan obligaciones.

En varias ciudades de Canadá y los Estados Unidos, algunas normas permiten que los ciclistas traten determinadas señales de pare como una especie de «ceda el paso». Es decir, pueden continuar sin detenerse completamente si no existe riesgo para otros usuarios. Para muchos esto parece razonable; para otros es una invitación al caos organizada por decreto.

Mientras algunas ciudades japonesas mantienen una disciplina vial casi quirúrgica, otras grandes metrópolis asiáticas albergan una mezcla de bicicletas, motocicletas, peatones, automóviles, camiones, autobuses, triciclos, vendedores ambulantes y repartidores que desafía cualquier intento de clasificación académica. El milagro cotidiano no es que existan embotellamientos, sino que millones de personas logren llegar a sus destinos.

Oceanía, particularmente en Australia y Nueva Zelanda, suele aplicar regulaciones bastante estrictas respecto al equipamiento de seguridad. El uso del casco obligatorio para ciclistas urbanos es una de las características más conocidas, una medida que genera aplausos entre los defensores de la seguridad y debates interminables entre quienes consideran que puede desincentivar el uso cotidiano de la bicicleta. En Bogotá se busca que el ciclista lo use y se argumenta lo mismo.

En China, que fue conocida como el «reino de las bicicletas» durante el siglo pasado, allá no era una alternativa de movilidad: era la movilidad. Sin embargo, el crecimiento económico de las décadas de 1990 y 2000 trajo consigo una auténtica fiebre automovilística. Hoy el ciclista chino convive entre trenes de alta velocidad, metros automatizados, plataformas digitales y autónomos, millones de bicicletas eléctricas, en una especie de viaje al futuro donde el viejo vehículo de dos ruedas no desapareció; simplemente se reinventó. China tardó apenas unas décadas en recorrer un camino que a muchas ciudades occidentales les tomó más de un siglo: pasar de la bicicleta al automóvil y, después, redescubrir las ventajas de la bicicleta para intentar escapar de los problemas creados por el automóvil.

Lo que si se puede concluir en todas las experiencias urbanas del mundo es que las normas más importantes son prácticamente las mismas en cualquier rincón del planeta. Ver y ser visto. Respetar a peatones. Obedecer señales. Mantener la bicicleta en condiciones seguras. Cuidar la seguridad personal, y la de los otros actores en las vías. Recordar que llegar dos minutos antes rara vez compensa el riesgo de no llegar. El ciclista que ignora el semáforo, el conductor que invade la ciclorruta, el peatón distraído mirando el teléfono y el funcionario convencido de que una línea pintada en el pavimento resolverá todos los problemas de movilidad parecen formar parte de una especie global perfectamente adaptada a cualquier latitud.

La bicicleta, mientras tanto, continúa haciendo lo suyo. Silenciosa, eficiente y obstinadamente simple. Recorre fronteras, culturas y reglamentos sin cambiar su esencia. Porque, al final, una bicicleta sigue siendo una bicicleta. Lo verdaderamente complicado es ponerse de acuerdo sobre cómo usarla de forma segura y respetuosa con los demás para no llegar a ser una estadística más de los accidentes fatales en las vías. Y recuerde, que cuando decide enseñarle a un niño a usar la bici, es la oportunidad para inculcarle el conocimiento y respeto de las normas de transito y el ser un ciclista responsable.

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