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La elegancia del ciclista urbano: ropa seca y cambios bien usados

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Lo ideal para un desplazamiento urbano es mantener una cadencia relativamente ágil, entre 70 y 90 pedaladas por minuto. Las piernas deben girar con facilidad, como si caminaran rápido, no como si estuvieran empujando un automóvil averiado.

De los retos más interesantes que enfrenta el ciclista urbano está el de llegar seco a su destino. Nada de sudoración excesiva que obligue a pasar por la ducha y cambiarse de ropa antes de entrar a la oficina, la empresa, el aula de clase o el almacén. ¿Cómo lograr entonces llegar presentable después de un recorrido urbano? No hay secreto que permanezca oculto para siempre y, en esta entrega de BiciUrba, vamos a desentrañar la ciencia de llegar impecable al destino.

Comencemos por la ropa. Si bien existen ciudades frías, templadas o de clima cambiante, algunas completamente planas y otras llenas de colinas o montañas, la idea es siempre la misma: utilizar prendas ligeras, de secado rápido, poco propensas a las arrugas y preferiblemente de colores suaves. Conviene mantenerse alejado de las licras, camisetas ajustadas y equipamientos propios de la competición. Para recorridos urbanos de entre tres y quince kilómetros suele resultar mucho más práctico vestir ropa cotidiana adaptada al movimiento.

La clave está en evitar prendas gruesas, pesadas o con poca capacidad de ventilación. En el caso de los hombres, una camiseta interior de secado rápido, con buena mezcla de algodón y fibras técnicas, ayuda a absorber parte de la humedad y evita que la camisa exterior termine empapada. Los pantalones ligeros funcionan mejor que los jeans ajustados, mientras que el calzado deportivo suele ofrecer mayor comodidad durante el trayecto.

Si debe vestir traje formal, la recomendación es utilizar durante el recorrido una chaqueta cortavientos ligera, capaz de evacuar el calor y la humedad corporal. La chaqueta formal puede transportarse cuidadosamente doblada dentro de una alforja. Los morrales o maletines cargados en la espalda tienen un inconveniente evidente: aumentan la temperatura corporal y generan una desagradable zona de sudor precisamente donde menos se desea.

Para las mujeres, cada vez más habituadas a combinar pantalones, blusas y chaquetas de corte ejecutivo, las recomendaciones son prácticamente las mismas: prendas cómodas para el recorrido y la ropa más formal protegida dentro de una alforja o bolso adecuado.

Respecto al calzado, una buena estrategia consiste en mantener en la oficina los zapatos formales exigidos por el trabajo o por las normas de seguridad laboral. De esta manera se puede pedalear con total comodidad y cambiar de calzado al llegar. Y surge inevitablemente la pregunta: ¿qué hacer cuando llueve?

Lo primero es evaluar la intensidad de la lluvia. Por seguridad, no es recomendable salir a rodar durante un fuerte aguacero, una granizada o una tormenta eléctrica. Sin embargo, si se trata de una llovizna ligera, de esas que popularmente llamamos «espanta flojos», basta con utilizar un impermeable diseñado para ciclistas. Los modelos modernos son livianos, permiten la transpiración y suelen estar compuestos por pantalón impermeable, chaqueta con capota y cierres que protegen hasta el cuello y parte del rostro.

Como recomendación adicional, siempre utilice guantes. Protegen del frío, la lluvia, el sol y el polvo. Además, en una eventual —y nada deseada— caída, las manos suelen ser lo primero que ponemos sobre el suelo para proteger el resto del cuerpo. Un buen par de guantes puede evitar lesiones bastante dolorosas.

Hasta aquí hemos hablado de la ropa. Sin embargo, existe otro secreto para evitar la sudoración excesiva cuando usamos la bicicleta en la ciudad. Curiosamente, los conductores de automóvil lo entienden perfectamente: la caja de velocidades.

Nadie pretende arrancar un automóvil en quinta velocidad. El vehículo inicia en primera y, a medida que gana velocidad, se van realizando los cambios correspondientes. Si aparece una pendiente, se reduce una marcha para recuperar fuerza. Con la bicicleta ocurre exactamente lo mismo.

Muchos ciclistas urbanos desconocen que una gran parte de su sudoración no proviene de la distancia recorrida, sino del esfuerzo innecesario que realizan por utilizar mal los cambios. Si pretende arrancar con el plato más grande y el piñón más pequeño, deberá ejercer una enorme fuerza para poner en movimiento la bicicleta. El resultado será un aumento inmediato de la frecuencia cardíaca y una producción de sudor digna de una etapa de alta montaña.

Por el contrario, si inicia la marcha utilizando un desarrollo más suave —por ejemplo, plato intermedio y piñón medio— el arranque será cómodo y progresivo. Cuando aparezca una colina, anticipe el cambio antes de que la bicicleta pierda velocidad. La regla es sencilla: para alcanzar velocidades elevadas en terreno plano, plato grande y piñón pequeño; para subir cómodamente, plato pequeño y piñón grande.

Aquí una fórmula fácil de recordar para llegar a una reunión, una oficina o una universidad sin empapar la camisa:

Cambie antes de necesitarlo.

Cambie antes de arrancar.

Cambie antes de subir.

Cambie antes de quedarse sin impulso.

La bicicleta moderna tiene siete, ocho, diez o más velocidades por una razón: evitar que el cuerpo haga esfuerzos innecesarios. El ciclista urbano elegante no es el que llega primero al semáforo ni el que convierte cada trayecto en una competencia. Es aquel que llega unos minutos después a la oficina con el pulso normal, la ropa seca y la sensación de que el recorrido fue un placer y no una etapa del Tour de Francia. Y por cierto, salga siempre con tiempo así el recorrido se torna una práctica diaria deseable, y no regrese demasiado tarde, por buenas luces que lleve su bici, es mejor conducir con luz natural.

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