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El abuelo que nos enseñó a montar bicicleta

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Celebrando a los abuelos y los adultos mayores, por lo menos en Suramérica.

Hay un día del año que no ha sido conquistado por las vitrinas, las promociones de «compre dos y lleve tres» ni por los descuentos de temporada. Es el Día de los Abuelos. Quizás porque el cariño no cabe en una bolsa de regalo y los recuerdos no se venden en centros comerciales.

La celebración sigue teniendo un aire familiar. Vive en los colegios, donde aparecen cartas escritas con letras temblorosas y dibujos llenos de colores; en las parroquias católicas, donde se recuerda a Santa Ana y San Joaquín, los padres de María y abuelos de Jesús; y, sobre todo, en las casas donde todavía existe el privilegio de compartir varias generaciones alrededor de una mesa.

Sin embargo, los tiempos han cambiado. La disminución de la natalidad hace que cada vez haya menos nietos y, con ellos, menos oportunidades para que los abuelos transmitan esos pequeños conocimientos que jamás aparecen en un tutorial de internet. Uno de ellos es enseñar a montar bicicleta.

Todo comienza con ese pequeño caminador en forma de bicicleta, sin pedales, donde el equilibrio se descubre casi sin darse cuenta. Después llegan las rodachinas, que tranquilizan más a los padres que a los niños. Y ojalá duren poco, porque el verdadero aprendizaje empieza cuando desaparecen y el pequeño comprende que mantener el equilibrio depende únicamente de él.

Es entonces cuando aparece el abuelo.

Con una paciencia que solo dan los años, sostiene el sillín con una mano mientras el nieto cree que ya va solo. Corre unos metros detrás de él, aunque las rodillas ya no sean las mismas. Da instrucciones sencillas: mirar hacia adelante, sujetar firme el manubrio, frenar con suavidad, respetar el semáforo y nunca olvidar que la bicicleta también es un vehículo.

Mucho antes de que existieran los videos en redes sociales, los abuelos ya enseñaban conducción defensiva.

«Tal vez ese sea el verdadero legado de quienes enseñan a montar bicicleta: no solo entregar el equilibrio sobre dos ruedas, sino transmitir una manera de recorrer la vida.»

También enseñan a despinchar una llanta, limpiar la cadena, lubricarla, ajustar un freno o inflar correctamente las llantas. Son mecánicos improvisados, instructores de movilidad y, de paso, narradores de historias que aparecen mientras las manos se llenan de grasa.

Claro que llega el día en que el nieto descubre que la bicicleta también sirve para hacer piruetas. Levantar la rueda delantera, brincar un andén o intentar alguna maniobra que vio en internet.

El abuelo respira profundo.

Le recuerda que la bicicleta no es un juguete cualquiera, que el asfalto nunca ha sido blando y que las leyes de la física no se pueden convencer con entusiasmo. Pero también entiende que aprender implica caer.

Y cuando la caída llega —porque siempre llega— aparece el ritual que ha acompañado a generaciones enteras: un poco de antiséptico, una curita, un abrazo, unas palabras de ánimo y esa frase inmortal que casi todos hemos escuchado alguna vez:

—Vea… no fue nada. Súbase otra vez.

Porque el verdadero aprendizaje no consiste en evitar todas las caídas, sino en perderles el miedo.

Si el golpe resulta más serio, el abuelo deja de ser profesor y se convierte en el primero que toma de la mano al nieto para llevarlo al servicio médico. Después avisará a los padres. Primero resuelve la emergencia; así ha funcionado siempre.

Con los años ocurre algo inevitable. El abuelo ya no puede correr detrás del sillín. Las piernas reclaman descanso, la bicicleta permanece más tiempo colgada en el garaje y aquellos bebés que aprendieron a montar ahora son adolescentes que salen con sus amigos.

La vida sigue pedaleando.

Sin embargo, algo permanece.

Cada vez que esos nietos ajusten un casco, revisen los frenos antes de salir o esperen el cambio del semáforo, seguramente aparecerá, aunque sea por un instante, la voz del abuelo diciéndoles cómo hacerlo mejor.

Tal vez ese sea el verdadero legado de quienes enseñan a montar bicicleta: no solo entregar el equilibrio sobre dos ruedas, sino transmitir una manera de recorrer la vida.

Y cuando llega el momento de despedirlos, porque el tiempo nunca deja de avanzar, cuesta creer que desaparezcan del todo. Es más fácil imaginar que siguen rodando por algún lugar.

Quizás exista una inmensa ciclorruta entre las nubes, con árboles siempre verdes, sin huecos, sin trancones, sin conductores impacientes y con el viento siempre a favor. Seguramente allí también habrá bicicletas esperando a quienes hicieron de la paciencia una forma de amar.

¿Y los condenados?

Bueno… probablemente descubrirán demasiado tarde que el peor castigo no consiste en pedalear cuesta arriba para siempre. El verdadero infierno será comprender que ya no tienen un nieto esperándolos para aprender a montar bicicleta.

Mientras tanto, aquí abajo, sigamos celebrando este día como merece ser celebrado: sin que el mercadeo lo convierta en una fecha de consumo. Que siga viviendo en los dibujos hechos a mano, en las eucaristías dedicadas a los mayores, en los abrazos de domingo y en esos paseos al parque donde tres generaciones comparten el mismo sendero.

Porque pocas escenas son tan esperanzadoras como ver a un abuelo caminando junto a un niño que acaba de descubrir el milagro del equilibrio.

Y pocas herencias duran tanto como esa primera bicicleta que alguien nos enseñó a conducir.

Feliz Día de los Abuelos. Y gracias a todos los que, alguna vez, corrieron detrás de nosotros hasta que, sin darnos cuenta, aprendimos a seguir solos.

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