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La vida sobre dos ruedas

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Con el paso de los años comprendemos que el esfuerzo, la dedicación, el aprendizaje permanente y el cuidado del cuerpo y de las emociones son el verdadero combustible para seguir pedaleando.

Cuando llegan los años y tienes tiempo para mirar hacia atrás, descubres que todo pasó demasiado rápido. Los afanes fueron más numerosos que los triunfos, las preocupaciones más frecuentes que las celebraciones. Pero también entiendes que el mayor logro no fue acumular bienes ni reconocimientos, sino llegar a ser un adulto mayor con los asuntos esenciales resueltos, con la esperanza de conservar la salud y la tranquilidad, sin quedarse detenido en la nostalgia pensando que cualquier tiempo pasado fue mejor.

Si comparamos la vida con una bicicleta, lo primero fue aprender a montarla. Casi siempre alguien nos sostuvo el sillín, corrió a nuestro lado y nos dio ese pequeño impulso que cambió nuestra historia. Desde ese instante entendimos, aunque todavía no lo supiéramos, que nadie construye su vida completamente solo. Siempre necesitaremos una mano amiga, y con el paso de los años también seremos esa mano para alguien más.

La primera bicicleta, como la vida misma, no la escogimos. Simplemente la recibimos. Después aprendimos a hacerla nuestra. Ajustamos el sillín, acomodamos el manubrio, buscamos que todo funcionara mejor para nosotros. Aunque, en realidad, no era la bicicleta la que hacía posible el viaje, sino nuestro talento, la disciplina, la paciencia y las ganas de seguir adelante.

Así comenzamos a recorrer valles, montañas, calles, ciudades, campos, oficinas, fábricas y despachos. Kilómetro tras kilómetro descubrimos que siempre había algo por mejorar. Un poco de pintura, un manubrio diferente, mejores frenos, unas llantas nuevas o unos rines más bonitos. Cambiaban las piezas, pero la bicicleta seguía siendo la misma, llevándonos por los caminos de la vida.

Y, casi sin darnos cuenta, apareció alguien rodando por la misma ruta. Al principio fue una conversación compartida durante el recorrido. Después llegaron las salidas de fin de semana, los descansos bajo un árbol, las fotografías con las bicicletas apoyadas una junto a la otra y los proyectos que empezaron a escribirse en plural. Entonces comprendimos que ya no bastaba una sola bicicleta.

Había que conseguir otra para esa compañera de ruta que decidió recorrer la vida a nuestro lado. Más adelante llegarían bicicletas más pequeñas, cascos de colores, rodillas raspadas y las interminables tardes enseñando a los hijos a mantener el equilibrio. Algún día serían los nietos quienes tomarían el relevo. Sin darnos cuenta, repetíamos el mismo gesto de quien alguna vez corrió detrás de nosotros sosteniendo el sillín para evitar la caída. La vida cerraba así uno de sus círculos más hermosos.

Todos aprendimos a pedalear gracias a alguien. La verdadera felicidad consiste en que, antes de terminar la ruta, también hayamos podido correr al lado de otra bicicleta, sosteniendo el sillín hasta que descubriera su propio equilibrio.

También aprendimos a detenernos a tiempo. Otras veces nos dimos un buen porrazo, porque había lecciones que solo podían aprenderse cayendo. Hubo metas alcanzadas a punta de esfuerzo, entrenamiento y perseverancia, poniendo a prueba tanto el cuerpo como la máquina.

La ruta también tuvo días generosos. Descensos suaves, viento a favor y paisajes capaces de borrar cualquier cansancio. Pero no faltaron los largos falsos planos, las subidas interminables, la lluvia inesperada, el frío que cala los huesos y esas jornadas en las que parecía que el viento siempre soplaba en contra.

Como ocurre con toda buena ruta, hubo momentos en los que fue necesario cambiar de dirección. Apretar con fuerza el manubrio, detenerse a pensar, observar las alternativas y tomar decisiones que modificaron el recorrido. Porque la bicicleta continúa siendo la misma, pero quien realmente cambia somos nosotros.

Con el paso de los años comprendemos que el esfuerzo, la dedicación, el aprendizaje permanente y el cuidado del cuerpo y de las emociones son el verdadero combustible para seguir pedaleando.

También vimos a otros querer ganar cualquier carrera. Algunos buscaron atajos, recurrieron a sustancias prohibidas o confundieron el éxito con la velocidad. Muchos terminaron arrinconados por sus propias decisiones, avergonzados y fuera de la gran competencia que realmente importa: la de vivir con dignidad.

La prudencia, la constancia y la capacidad de entender la ruta terminan siendo mejores compañeras que la prisa. En el camino aparecen muchos ciclistas. Algunos apenas cruzan un saludo; otros se quedan para siempre. Compartimos historias, remedios caseros para aliviar los dolores, una caramañola cuando la sed aprieta y no hay dónde conseguir agua, consejos sobre cómo mantener la bicicleta en buen estado y conversaciones que terminan siendo tan valiosas como cualquier destino.

Y un día llegan los años.

Entonces ya no existe la necesidad de correr tanto. Hasta la bicicleta cambia. Preferimos la seguridad antes que la velocidad, unas buenas luces para ver y ser vistos, frenos confiables y llantas capaces de enfrentar cualquier camino. Pero, por encima de todo, buscamos seguir compartiendo la ruta con esa persona que un día encontramos pedaleando en la misma dirección y decidió quedarse para siempre. Ver rodar a los hijos, y más adelante a los nietos, termina siendo una de las mayores recompensas del viaje.

Porque al final entendemos que la verdadera riqueza nunca fue la bicicleta. Fueron las personas con quienes compartimos el camino.

Llegará el día en que ya no necesitaremos seguir pedaleando. Seguramente extrañaremos el viento en la cara, el sonido de la cadena bien lubricada, el amanecer de una nueva ruta y la alegría sencilla de volver a casa después de un buen recorrido.

No tenemos noticias ciertas sobre lo que existe después de la última curva. Pero me gusta imaginar que, en ese nuevo destino, habrá caminos tranquilos, árboles dando sombra, amigos esperando para conversar y bicicletas listas para seguir rodando.

Y en la eternidad ojalá también tenga ciclovías, paisajes infinitos y el privilegio de volver a pedalear junto a quienes hicieron de nuestra ruta una vida que verdaderamente valió la pena.

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