
Las ciudades invierten millones en parques, estaciones de transporte, andenes, jardines, fachadas, bancas y luminarias para que sus habitantes disfruten de espacios públicos dignos. Sin embargo, basta con dar una vuelta para descubrir una paradoja: mientras unos construyen, otros se dedican a destruir. Y lo hacen con una tranquilidad que invita a preguntarse si hemos confundido la libertad con el derecho a estropear lo que pertenece a todos.
El mobiliario urbano parece tener enemigos declarados. Bancas rotas, papeleras arrancadas, señales de tránsito convertidas en adornos inútiles, jardines pisoteados y paredes recién pintadas que duran menos que un helado al sol. A ello se suman los grafitis realizados sin autorización, que algunos defienden en nombre del arte y la expresión personal. Pero una cosa es el arte urbano, capaz de embellecer y darle identidad a un barrio, y otra muy distinta es convertir cualquier pared ajena en un lienzo obligatorio. La creatividad no debería necesitar una víctima.
También está el pequeño catálogo de trampas cotidianas: arrojar basura a la calle, invadir los andenes, romper los contenedores para la basura, las ventas ambulantes, estacionar donde no corresponde o evadir el pago del transporte público. En Bogotá, por ejemplo, colarse en TransMilenio se ha convertido en una conducta recurrente que perjudica las finanzas del sistema y a quienes sí pagan su pasaje. El argumento parece sencillo: si puedo hacerlo sin pagar, ¿para qué voy a pagar? Una filosofía extraordinaria para ahorrar unas monedas y empobrecer la convivencia.
El problema va más allá de una papelera rota o un pasaje evadido. Es la idea de que lo público no es de nadie, cuando en realidad es de todos. Y cuando algo es de todos, su cuidado también debería ser responsabilidad de cada uno.

¿Dónde comienza esta cultura de la destrucción?
La respuesta incómoda está, muchas veces, en casa. La formación ciudadana no empieza cuando un profesor explica las normas de convivencia ni cuando una campaña oficial pega carteles sobre el respeto. Comienza cuando un niño aprende a recoger lo que ensucia, a cuidar sus juguetes, ordenar su habitación y su ropa, a desconectarse de las pantallas, a respetar al vecino, a esperar su turno y a comprender que sus derechos terminan donde empiezan los de los demás.
Pero ¿qué ocurre cuando esa escuela inicial funciona a media marcha? Hay hogares donde los padres están físicamente presentes, pero su papel formativo parece haber sido tercerizado. El televisor entretiene, los videojuegos ocupan las horas y las redes sociales administran buena parte de la atención familiar. Se comparte techo, pero no necesariamente conversaciones, valores ni experiencias.
Y cuando aparecen los problemas, surge el recurso habitual: que se encargue el colegio. Como si los docentes, además de enseñar matemáticas y ciencias, debieran reparar todas las ausencias de la crianza. La escuela tiene una responsabilidad fundamental, por supuesto, pero no puede sustituir a una familia que renuncia a ejercer la suya.
¿Qué podemos hacer, entonces?
Primero, recuperar el ejemplo cotidiano. No sirve exigirle a un niño que respete las normas mientras el adulto cruza con el semáforo en rojo, arroja una botella a la calle o presume de haberse colado en el transporte.
Segundo, dedicar tiempo real a los hijos. Conversar, caminar por el barrio, visitar un parque, utilizar el transporte público y enseñar a cuidar los espacios compartidos. La educación cívica necesita menos discursos solemnes y más prácticas diarias.
Tercero, combinar prevención con consecuencias. Las autoridades deben mantener los espacios públicos, facilitar la disposición de residuos, promover el arte urbano autorizado y aplicar sanciones proporcionales frente al vandalismo y la evasión. La ciudadanía, por su parte, debe participar en el cuidado de su entorno y denunciar los daños sin convertir cada problema en una pelea.
Y cuarto, reconocer las buenas conductas. Cuidar una jardinera, respetar una fila o recoger un residuo no debería parecer una hazaña extraordinaria. Es, sencillamente, cumplir con nuestra parte.

La bicicleta también enseña civismo
El ciclista urbano tiene una oportunidad cotidiana para practicar estos principios. Aprende a compartir la vía, respetar semáforos, ceder el paso, advertir sus maniobras, cuidar su bicicleta y reconocer la vulnerabilidad de peatones y demás usuarios. También descubre que una ciudad amable no se construye únicamente con cemento, sino con prudencia, paciencia y consideración.
No todos los ciclistas son modelos de comportamiento, ni basta con pedalear para obtener un diploma de ciudadano ejemplar. También hay quienes invaden andenes, ignoran señales o creen que las normas son para los demás. Pero la bicicleta, utilizada responsablemente, puede convertirse en una escuela práctica de convivencia: permite observar la ciudad a otra velocidad y comprender que compartimos mucho más que una calle.
Nos falta camino, desde luego. Sería ingenuo afirmar que ya alcanzamos la perfección cívica. Pero cada vez que un ciclista respeta al peatón, cada vez que una familia cuida un parque y cada vez que alguien decide pagar su pasaje, estamos avanzando.
Porque una ciudad no es verdaderamente moderna por sus edificios, sus pantallas o sus estaciones inteligentes. Lo es cuando sus habitantes saben cuidar lo que les pertenece a todos. Y si queremos ciudades más limpias, seguras y agradables, empecemos por algo sencillo: eduquemos en casa, respetemos en la calle y demos ejemplo en cada recorrido. Que el buen uso de la bicicleta también demuestre que somos buenos ciudadanos.





