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Vivir no es lo mismo que existir: la bicicleta como lección de vida

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No es suficiente existir, hay que vivir realmente

Hay noticias que se repiten con la puntualidad de un reloj descompuesto: inflación que golpea los bolsillos, economías que crecen menos de lo esperado, deudas externas que comprometen el futuro y gobiernos que prometen tiempos mejores mientras hacen malabares con las cuentas. En buena parte de Suramérica, millones de personas trabajan para vivir mejor, aunque a veces pareciera que viven exclusivamente para trabajar.

Desde pequeños nos enseñan la fórmula del éxito: estudiar, trabajar duro, progresar, comprar una casa, adquirir un automóvil, llenar la vivienda de comodidades y ahorrar para una jubilación tranquila. Un proyecto legítimo, por supuesto. El problema comienza cuando los medios se convierten en fines y terminamos sacrificando la vida para conseguir las cosas que supuestamente nos ayudarán a disfrutarla.

La sociedad de consumo es una excelente vendedora de promesas. Nos convence de que el próximo teléfono, el automóvil más reciente, la vivienda más grande o las vacaciones de catálogo nos acercarán a la felicidad. Y cuando finalmente conseguimos algo, ya hay una nueva versión esperando en la vitrina. Nunca es suficiente. El deseo tiene una particularidad: cuando lo alimentamos exclusivamente con objetos, siempre encuentra espacio para otro.

Mientras tanto, nuestras casas se llenan de cosas que compramos para ocasiones que nunca llegan. Aparatos que apenas utilizamos, ropa que olvidamos, herramientas que pierden sus instrucciones y muebles que terminan ocupando más espacio que las personas. Algún día habrá que decidir qué hacer con todo aquello. Si tenemos suerte, alguien lo aprovechará; si no, terminará en un vertedero, como testimonio material de una vida dedicada a acumular.

Y surge una pregunta incómoda: ¿cuánto de lo que poseemos nos ha permitido vivir mejor y cuánto de nuestra vida hemos dejado de vivir para conseguirlo?

No se trata de renunciar al progreso, sino de impedir que el progreso se convierta en una carrera sin línea de llegada. Tener una vivienda digna, alimentación, educación, salud y seguridad económica es fundamental. Para millones de familias, estas necesidades siguen siendo una aspiración legítima, no un lujo. El problema no es querer vivir mejor, sino aceptar que el valor de una persona se mida por sus adquisiciones.

Quizá debamos recuperar una distinción elemental: una cosa es existir y otra, muy diferente, construir una vida.

Vivir también significa desarrollar nuestros talentos, compartir conocimientos, cuidar a quienes nos rodean y aportar algo útil a la comunidad. No hace falta presidir una multinacional, dirigir una organización internacional ni aparecer en las portadas de las revistas. Un buen profesor, una enfermera comprometida, un mecánico honrado, una madre que acompaña a sus hijos o un vecino que ayuda sin esperar recompensa pueden contribuir mucho más a una sociedad humana que algún ejecutivo ocupado en multiplicar cifras.

Hay satisfacciones que no necesitan factura ni garantía extendida: aprender algo nuevo, conversar sin mirar el teléfono, compartir una comida, caminar por un parque o descubrir que nuestro trabajo le facilitó el día a otra persona. No producen dividendos bancarios, pero enriquecen una vida que no puede medirse únicamente en dinero.

En ese camino, la sencillez puede convertirse en una forma de inteligencia. Comprar lo necesario, disfrutar de comodidades razonables, mantener una vivienda que no nos esclavice con sus gastos y dedicar tiempo a lo que verdaderamente importa. Una casa ordenada, limpia y acogedora no necesita parecerse a la portada de una revista de decoración. Debe servir para vivir, no para impresionar a quienes nos visitan.

Y aquí aparece nuestra vieja amiga de dos ruedas.

Una bicicleta urbana, práctica, segura y sin adornos innecesarios, nos recuerda que para desplazarnos no siempre necesitamos una tonelada de metal, decenas de sistemas electrónicos y una cuenta mensual de gastos. Basta con una máquina bien mantenida, frenos confiables, luces, elementos reflectantes y la disposición de pedalear. No hace falta convertirla en una vitrina de accesorios para disfrutar de sus beneficios.

La bicicleta también enseña convivencia. No necesitamos correr como si el destino fuera a desaparecer, invadir el espacio ajeno ni demostrar superioridad en cada semáforo. Rodar implica respetar las normas, cuidar al peatón, anticipar riesgos y entender que la calle y las ciclorrutas son espacios compartidos. La prudencia no resta libertad; ayuda a conservarla.

Quizá esa sea una de sus lecciones más valiosas: avanzar sin agredir, disfrutar del trayecto y comprender que llegar sano y salvo importa mucho más que presumir de velocidad o de máquina.

Construir una vida es diferente de construir un imperio de objetos. Lo primero deja recuerdos, afectos, conocimientos y comunidades más fuertes. Lo segundo puede dejar bodegas llenas, deudas pendientes y herederos que no saben qué hacer con tantas cosas.

Al final, nadie puede pedalear por nosotros el camino de la existencia. Podemos pasar los años persiguiendo aquello que todavía no tenemos o aprender a disfrutar, cuidar y compartir lo que ya forma parte de nuestra vida.

La bicicleta no promete convertirnos en millonarios ni garantizar una jubilación de lujo. Nos ofrece algo más sencillo: la posibilidad de movernos, respirar, encontrarnos con otros y descubrir que el mundo no termina en la pantalla de un celular ni en la puerta de un centro comercial.

Así que bajemos un cambio. Menos afán por aparentar, menos objetos acumulados y más tiempo para vivir. Que el trabajo nos ayude a sostener la vida, pero que no termine consumiéndola. Porque, cuando llegue la hora de hacer el balance, sería triste descubrir que conseguimos casi todo lo que nos ofreciron comprar, pero dejamos pendiente aquello para lo que, en realidad, estábamos vivos.

Y si todavía tenemos fuerzas para pedalear, salgamos a la calle. Con una bicicleta sencilla, la prudencia como compañera y la generosidad como equipaje. No para demostrar cuánto tenemos, sino para recordar cuánto podemos disfrutar y compartir.

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