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Ironman: cuando el cuerpo pone las reglas y la voluntad no conoce límites

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Una carrera para atletas de verdad. Foto flicker

San Juan, Argentina, se convirtió durante un fin de semana en escenario de una de esas citas deportivas que despiertan admiración, respeto y, por qué no, cierta preocupación por las rodillas de sus protagonistas. Hombres y mujeres se enfrentaron a competencias de Ironman, demostrando que la resistencia humana puede llegar bastante más lejos de lo que recomienda el sentido común.

Hay deportes que se practican para divertirse, otros para mantenerse en forma y algunos para demostrar que el cuerpo humano puede convertirse en una extraordinaria máquina de resistencia. El Ironman pertenece, sin discusión, a esta última categoría.

La prueba más exigente del calendario llevó a sus participantes a enfrentar una verdadera odisea física: 3,8 kilómetros de natación en aguas abiertas, 180 kilómetros de ciclismo en ruta y, cuando cualquier persona sensata estaría pensando en una ducha y una cama, otros 42 kilómetros de carrera a pie. En total, una jornada de 225,8 kilómetros de esfuerzo continuado.

Y todo esto por voluntad propia.

Foto de Tiempo de San Juan

Porque nadie los obliga, no hay un salario extraordinario esperando en la meta ni necesariamente un patrocinador dispuesto a convertirlos en celebridades. Son deportistas aficionados que entrenan, se preparan, ahorran, organizan sus agendas y sacrifican buena parte de su tiempo libre para participar. Lo hacen por gusto, por superación personal y por esa satisfacción difícil de explicar que produce alcanzar una meta que alguna vez parecía imposible.

Detrás de cada competidor hay un mundo que pocas veces aparece en las fotografías de llegada. Meses de entrenamiento, alimentación cuidadosamente planificada, jornadas de natación, kilómetros sobre la bicicleta, carreras a pie, controles médicos y una disciplina que no admite demasiadas excusas. También hay lesiones, agotamiento, frustraciones y días en los que el cuerpo parece presentar una carta de renuncia.

No es una actividad para improvisados. Someter al organismo a semejante exigencia requiere preparación, seguimiento profesional y acompañamiento. Entrenadores, médicos deportólogos, nutricionistas y especialistas forman parte de ese engranaje. Y cuando no existe un equipo profesional numeroso, aparecen los asistentes más importantes: la pareja, los hijos, los padres, los amigos y esos familiares que esperan, acompañan, hidratan, animan y, seguramente, se preguntan en algún momento por qué alguien necesita nadar casi cuatro kilómetros para después montarse en una bicicleta durante seis o siete horas.

Ellos también merecen una medalla.

El Ironman tiene circuitos locales, nacionales e internacionales, y San Juan se suma a ese calendario como escenario de estas competencias. Una ciudad que, al recibir estos acontecimientos, no solamente ofrece sus rutas y espacios deportivos: también moviliza organizaciones, voluntarios, servicios, autoridades y comunidades alrededor de una actividad que promueve el deporte y proyecta su capacidad para albergar eventos de esta naturaleza.

Organizar una competencia de estas dimensiones implica logística, seguridad, atención sanitaria, señalización, coordinación vial y acompañamiento. Nada sucede por generación espontánea, aunque al espectador le parezca que los atletas simplemente aparecen, compiten y desaparecen después de cruzar la meta.

Foto flicker

Pero volvamos a la bicicleta.

Para un ciclista urbano, imaginar 180 kilómetros sobre una bicicleta de ruta puede resultar una experiencia cercana a la ciencia ficción. Su entrenamiento suele ser bastante menos sofisticado: salir de casa, esquivar automóviles, soportar bocinas, negociar algún espacio con motociclistas invasores, enfrentar semáforos, baches y, si el pronóstico meteorológico falla, regresar bajo la lluvia.

No tiene entrenador esperándolo, ni nutricionista calculando cada caloría, ni un equipo de apoyo instalado en los puestos de hidratación. A veces lleva una botella de agua, una herramienta básica y la esperanza de que no se pinche una rueda en el peor momento.

Sus competencias tampoco aparecen en los rankings deportivos. No recibe una medalla al llegar al trabajo ni un diploma por regresar sano y salvo a casa. Sin embargo, acumula kilómetros todos los días. Los de la ida y los del regreso, los de la semana, los del mes y los del año. Poco a poco fortalece sus piernas, mejora su capacidad cardiovascular y descubre que la bicicleta es mucho más que un medio de transporte.

Quizás no aspire a convertirse en Ironman, pero termina desarrollando una resistencia muy particular: sobrevivir al tráfico, a los aguaceros, a las rutas congestionadas y a las pequeñas batallas cotidianas de la movilidad urbana.

Hay, sin embargo, una diferencia importante: mientras el atleta de resistencia busca llevar su cuerpo al límite bajo condiciones cuidadosamente preparadas, el ciclista urbano debería procurar exactamente lo contrario. Su objetivo no es agotarse ni poner en riesgo su integridad, sino desplazarse con prudencia, disfrutar el recorrido y regresar a casa en buenas condiciones.

A los hombres y mujeres que participaron en San Juan, nuestro reconocimiento. También a quienes organizaron, acompañaron y trabajaron para que estas competencias fueran posibles. El deporte necesita atletas, pero también ciudades que crean en él y ciudadanos dispuestos a construir escenarios para practicarlo.

Y a quienes pedalean diariamente por las calles, sin cronómetros ni aspiraciones olímpicas, tampoco hay que olvidarles el mérito. Cada uno tiene su propia meta y su particular manera de vencer distancias.

Al final, no todos necesitamos ser Ironman. Algunos solamente queremos llegar a casa con las piernas enteras, el corazón contento y suficientes ganas para volver a pedalear mañana.

Porque hay medallas que se cuelgan en el pecho y otras que se ganan todos los días, simplemente por no bajarse de la bicicleta.

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