Inicio Noticias Ciudad Sostenible 40 minutos más de vida: la bicicleta no hace milagros, pero casi

40 minutos más de vida: la bicicleta no hace milagros, pero casi

10
0
Porque la vida no se mide solamente por las horas que pasan, sino también por las que conseguimos vivir de verdad

Hay maneras de alejarse de una metrópolis sin salir de ella. No hace falta comprar un tiquete de avión, mudarse al campo ni esperar a que llegue un puente festivo para escapar del ruido, las carreras y esa curiosa costumbre urbana de vivir siempre de afán, como si al final del día entregaran un premio a quien más se haya estresado. A veces basta con ponerse ropa cómoda, sacar la bicicleta y comenzar a pedalear.

Esta es la historia de una decisión sencilla que me está regalando algo que vale mucho más que cualquier accesorio de moda: 40 minutos más de vida.

Durante mucho tiempo gasté 60 minutos, y a veces un poco más, entre esperar la llegada de la ruta de transporte público y completar el recorrido hasta mi lugar de trabajo. Una hora de mi existencia que se evaporaba entre la incertidumbre de los horarios, las esperas y los desplazamientos. Un tiempo que parecía perdido antes de que comenzara oficialmente mi jornada laboral.

Hasta que un día decidí cambiar de estrategia. En lugar de seguir esperando que el transporte resolviera mis mañanas, opté por ponerme ropa cómoda, montar en mi caballito de dos ruedas y salir a rodar. Y vaya sorpresa: no descubrí la pólvora, no inventé una aplicación revolucionaria ni necesité un curso de productividad. Simplemente comencé a pedalear.

El resultado ha sido estupendo. He conseguido ahorrarme más de 40 minutos y, lo mejor de todo, he comenzado a recuperar una porción de mi tiempo. Esos minutos que antes se iban entre la espera y el recorrido ahora tienen otro destino: mi familia, mis pensamientos, mi tranquilidad y esos pequeños placeres que solemos aplazar porque siempre estamos demasiado ocupados.

Las compañeras de ruta

¡Qué curioso! Trabajamos para vivir, pero a veces terminamos viviendo apenas para llegar al trabajo.

La bicicleta me ha permitido romper, al menos durante una parte del día, con esa rutina que convierte las mañanas en una carrera de obstáculos. Mientras algunos comienzan la jornada con el ceño fruncido, pendientes del reloj y haciendo cálculos para no llegar tarde, yo encuentro en la ciclorruta una oportunidad para respirar, observar y disfrutar.

Cada mañana, el paisaje urbano me ofrece una ciudad distinta. La misma metrópolis que desde una ventana puede parecer gris, ruidosa y desesperada, sobre dos ruedas revela otros encantos. Aparecen los árboles, las flores, el cielo que cambia de color, los pájaros que no parecen enterados de nuestras angustias y esos rincones que, por andar siempre corriendo, dejamos de mirar.

La ciudad no ha cambiado de un día para otro. Siguen ahí los trancones, las bocinas, las prisas y las obligaciones. Lo que ha cambiado es mi manera de relacionarme con ella. Ahora puedo recorrerla sin sentir que todo es una competencia. No tengo que ganarle al conductor del automóvil de al lado ni discutir con el reloj. Mi propósito es más sencillo: llegar a mi destino, disfrutar el camino y comenzar el día con otra disposición.

La ciclorruta se ha convertido en una pequeña pausa dentro del gran espectáculo de la vida urbana. Un espacio para pensar, ordenar las ideas y disfrutar de mi propio silencio. Porque también hace falta desconectarse un poco de las pantallas, de las noticias, de las conversaciones apresuradas y de esa avalancha de información que pretende mantenernos ocupados hasta cuando no tenemos nada urgente que hacer.

Rumbo a casa en una noche bogotana

En medio de ese recorrido encuentro tiempo para hablar con el Creador, agradecer por la vida y contemplar la naturaleza. No necesito grandes ceremonias ni escenarios extraordinarios. A veces, una mañana fresca, un árbol frondoso y el aire sobre el rostro son suficientes para recordar que estamos aquí, que tenemos mucho por agradecer y que la felicidad no siempre viene empacada en una caja con etiqueta y precio.

Por supuesto, pedalear no elimina las responsabilidades. Al llegar a la oficina, la metrópolis vuelve a reclamar su cuota de afán, reuniones, tareas y compromisos. Pero hay una diferencia: llego después de haberme regalado un momento para mí. Con la mente más despejada, el cuerpo en movimiento y la sensación de que el día no comenzó perdiendo una hora de mi vida.

Y esos 40 minutos recuperados no son solamente una cifra en el reloj. Son tiempo que puedo compartir con mi familia, tiempo para conversar, descansar, disfrutar y recordar que la vida está hecha de momentos que no deberían quedar relegados a los escasos minutos que sobran después de cumplir con todas las obligaciones.

Tal vez por eso la bicicleta tenga algo de rebelde. No necesita hacer ruido para cuestionar nuestras costumbres, ni gastar combustible para demostrar que nos podemos mover. Tampoco exige grandes inversiones para ofrecernos beneficios cotidianos. Basta con utilizarla con responsabilidad, respetar las normas, cuidar nuestra seguridad y entender que la vía pública es un espacio compartido.

Eso sí, la ciudad también tiene una tarea pendiente: ofrecer ciclorrutas seguras, continuas y bien mantenidas, con buena iluminación y respeto por quienes las utilizan. La voluntad individual ayuda, pero no puede reemplazar la responsabilidad de las autoridades ni la convivencia entre todos los actores viales. Mientras tanto, cada pedalazo es una pequeña declaración de independencia frente al afán. Una forma de recuperar el cuerpo, el paisaje y el tiempo que tantas veces entregamos sin preguntarnos si realmente vale la pena.

Hoy puedo decirlo sin exageraciones: amo montar en mi cicla. No porque sea una deportista de alto rendimiento ni porque pretenda convertir cada desplazamiento en una hazaña, sino porque encontré una manera sencilla de vivir mejor dentro de mi propia ciudad. Cuarenta minutos más para mi familia, para mí y para la vida. Si eso no es una buena inversión, habrá que preguntarle al reloj qué negocio estábamos haciendo antes.

Y mañana, cuando vuelva a salir el sol, ahí estará mi caballito de dos ruedas, listo para recordarme que no siempre necesitamos correr más para llegar más lejos. A veces, basta con pedalear para descubrir que el destino más importante no está en la oficina, sino en aprender a disfrutar el camino. Porque la vida no se mide solamente por las horas que pasan, sino también por las que conseguimos vivir de verdad. Y yo, por fortuna, he decidido regalarme 40 minutos más de vida. ¡Nos vemos en la ciclorruta!

Autora: Ing. Diana Paola Velasquez Ruiz.

Bogotá nos ofrece ciclorrutas en buenas condiciones, esperamos muchos más kilómetros para mejorar todo el sistema de bicis urbanas

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí