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Salvar el planeta: mucho discurso, poca caja registradora

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La biodiversidad también necesita financiación, no solamente discursos

La COP17 sobre Diversidad Biológica reunida en Ereván, Armenia, con el propósito de revisar qué tanto ha avanzado el mundo en la protección de la naturaleza y acelerar los compromisos adquiridos en el Marco Mundial de Biodiversidad de Kunming-Montreal, terminó con las diferencias económicas y políticas que dejaron nuevamente en evidencia una vieja costumbre internacional: todos quieren salvar el planeta, siempre que la factura no llegue a su escritorio.

Entre los resultados se encuentra la denominada Ruta de Ereván, una hoja de ruta para acelerar las metas ambientales. También se avanzó en el reconocimiento de los derechos y la participación de los pueblos indígenas y las comunidades locales, fundamentales para proteger territorios que durante generaciones han conservado bosques, fuentes de agua y ecosistemas.

Otro propósito es alcanzar el famoso 30×30: proteger el 30 % de las tierras y los océanos para 2030. Una meta que suena estupenda en las presentaciones oficiales, pero que exige mucho más que dibujar polígonos verdes sobre los mapas. Hay que impedir la minería ilegal, controlar la deforestación, frenar la expansión agrícola desordenada y conseguir que los parques naturales sean verdaderos territorios protegidos, no simples reservas de papel.

Latinoamérica: la riqueza natural y la cuenta pendiente

Nuestra región tiene razones de sobra para estar en el centro de estas discusiones. La Amazonía, el Gran Chaco, los Andes, los humedales, los bosques tropicales y los ecosistemas marinos representan una riqueza biológica extraordinaria. Sin embargo, Latinoamérica también registra uno de los deterioros más preocupantes de las poblaciones de fauna silvestre monitoreadas en el mundo.

La paradoja es evidente: tenemos buena parte de la riqueza natural que necesita el planeta, pero también soportamos las consecuencias de modelos económicos que convierten bosques en potreros, montañas en minas y ríos en canales de residuos. Y sin contar los estragos del narcotráfico y la minería ilegal, especialmente en Colombia, Venezuela y Ecuador

En nuestra realidad los pueblos indígenas y las comunidades afrodescendientes tienen un papel relevante. Su conocimiento del territorio y sus prácticas tradicionales de conservación no deberían aparecer solamente en las fotografías de las delegaciones internacionales. Deben participar en las decisiones, recibir reconocimiento y contar con recursos para proteger sus territorios.

Pero aquí aparece el viejo protagonista de todas las cumbres: el dinero, y la naturaleza no funciona con promesas politiqueras de ocasión. Los países en desarrollo necesitan recursos para cumplir sus compromisos ambientales, mientras las economías más poderosas siguen discutiendo cuánto deben aportar y bajo qué condiciones.

El Fondo Cali, creado para compartir los beneficios económicos derivados del uso de información genética de la biodiversidad, es un ejemplo bastante ilustrativo. Su propósito es que las grandes empresas que utilizan esos recursos, entre ellas las farmacéuticas y biotecnológicas, contribuyan a financiar la conservación y a beneficiar a las comunidades.

Sin embargo, a octubre de 2026, apenas dos empresas habían aportado conjuntamente 6.000 dólares. Una cifra que difícilmente alcanza para financiar una campaña de conservación de mediana escala, mucho menos para proteger los ecosistemas de un continente.

Mientras tanto, en las reuniones se anuncian compromisos multimillonarios, se crean comisiones, se redactan documentos y se organizan nuevas mesas de trabajo. La burocracia ambiental parece tener buena salud; la biodiversidad, no tanta.

Ecuador tendrá la responsabilidad de organizar la COP18 en 2028, después de ser elegido en la votación final frente a Panamá. Una oportunidad para que Latinoamérica pase de anfitriona de discursos a protagonista de resultados.

El planeta no puede esperar a que cuadren las cuentas

Hay otra contradicción que merece atención. Mientras las cumbres ambientales reclaman reducir las emisiones y proteger los ecosistemas, el mundo continúa dependiendo del petróleo, el carbón y el gas. Los combustibles fósiles siguen alimentando economías, conflictos geopolíticos y guerras transcontinentales. Sus consecuencias no se limitan a los ataques militares o a las disputas entre gobiernos: también llegan al bolsillo de los consumidores, a través del precio de la gasolina, el transporte, los alimentos y la energía.

La transición ambiental avanza, pero tropieza con intereses comerciales que parecen tener más capacidad de negociación que la propia naturaleza.

No se trata de desconocer la importancia de las conferencias internacionales. Sin acuerdos, cooperación y financiación sería todavía más difícil enfrentar la crisis ecológica. Pero tampoco podemos confundir las declaraciones con las soluciones. La naturaleza no entiende de calendarios diplomáticos y las especies que desaparecen no pueden esperar hasta la siguiente COP para conocer los resultados de una negociación.

También hacen falta decisiones cotidianas. Consumir menos, desperdiciar menos agua, proteger los árboles, exigir ciudades más verdes, cuidar los espacios públicos y utilizar medios de transporte que reduzcan la contaminación son acciones que suman.

Y aquí aparece una vieja conocida de BiciUrba: la bicicleta. No va a detener por sí sola la deforestación amazónica ni a resolver las disputas petroleras, pero sí demuestra que podemos movernos de otra manera, consumir menos energía y recuperar una relación más sensata con nuestro entorno.

Mientras algunos gobiernos necesitan dos semanas para acordar cómo proteger la vida, millones de ciclistas salen diariamente a demostrar que existe otra forma de habitar el planeta.

Quizás la próxima COP debería incluir una prueba sencilla para sus delegados: dejar por un día los vehículos oficiales, bajarse de las camionetas y recorrer la ciudad en bicicleta. Tal vez así descubran que el planeta no necesita tantos discursos para respirar un poco mejor, sino más voluntad para cambiar de rumbo.

Porque salvar la biodiversidad no consiste únicamente en proteger los lugares donde viven las especies. También significa construir ciudades donde los seres humanos puedan vivir mejor, con menos humo, menos ruido, más árboles y más espacio para pedalear.

Al final, el planeta es nuestra única casa. Y sería bastante absurdo terminar destruyéndola por no querer bajarnos del acelerador. ¡Nos vemos en la próxima rodada!

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